EL PRÍNCIPE Parte 7
Tabla de contenidos
El Príncipe
Nicolás Maquiavelo
El Principe es una de las primeras manifestaciones para la estructuración de la política como saber científico. Entre sus páginas. se encuentran acercamientos a la moralidad y a la ética en el poder: la disciplina de los ciudadanos ante el peligro y, por último, un llamado desesperado para la liberación de Italia de las fuerzas extranjeras.
ÍNDICE
Nicolás Maquiavelo al Magnífico Lorenzo De Médecis
De las distintas clases de principados y de la forma en que se adquieren
De los principados hereditarios
De los principados mixtos
Por qué el reino de Darío, ocupado por Alejandro, no se sublevó contra los sucesores de éste tras su muerte
De qué manera hay que gobernar las ciudades o los principados que se regían por sus propias leyes, antes de ser ocupados
De los principados nuevos adquiridos por las armas propias y el talento personal
De los principados nuevos que se adquieren con las armas y las fortunas de otros
De los que llegaron al principado mediante crímenes
Del principado civil
Cómo deben medirse las fuerzas de todos los principados
De los principados eclesiásticos
De las distintas clases de milicias y de los soldados mercenarios
De los soldados auxiliares, mixtos y mercenarios
De los deberes del príncipe en lo concerniente al arte de la guerra
De aquellas cosas por las cuales los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o censurados
De la prodigalidad y de la avaricia
De la crueldad y la clemencia; y si es mejor ser temido que amado
De qué modo los príncipes deben cumplir sus promesas
El príncipe debe evitar ser aborrecido y odiado
Si las fortalezas y otras muchas cosas que a menudo hacen los príncipes son útiles o perjudiciales
Cómo debe comportarse un príncipe para ganar renombre
De los secretarios del príncipe
Cómo huir de los aduladores
Por qué los príncipes de Italia perdieron sus Estados
Capítulo XXV
Del poder de la fortuna de las cosas humanas y de los medios para oponérsele
Capítulo XXVI
Exhortación a liberar a Italia de los bárbaros

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EL PRÍNCIPE (Parte 7, Capítulos XVI y XVII)
De la liberalidad y la mezquindad (De la prodigalidad y de la avaricia)
Por empezar por la primera de las arriba llamadas cualidades, reconozco que estaría bien ser considerado liberal.
No obstante, una liberalidad ejercida de manera que os traiga la reputación correspondiente os perjudica:
porque ejercerla con honestidad y como debiera ser practicada no evita ser tachado de lo contrario.

Así pues, todo el que desee mantener entre los hombres el nombre de liberal se ve obligado a no rehuir ninguno de los atributos de la magnificencia;
un príncipe con tal inclinación consumirá en esto todo su patrimonio y, al final, se verá obligado a oprimir injustamente a su pueblo e imponerle cargas, y a hacer todo lo que pueda para obtener dinero si quiere conservar su fama de liberal.

Esto no tardará en hacerle odioso para sus súbditos, y al empobrecerse será poco valorado por todos; con su liberalidad, al haber ofendido a muchos y recompensado a pocos, se verá afectado por el primer problema que surja y correrá riesgos ante el primer peligro.
Si lo reconoce él mismo y pretende impedirlo, de inmediato será tachado de mezquino.
Cuando un príncipe no es capaz de ejercer la virtud de la liberalidad de tal forma que sea reconocida, salvo pagando un precio, si es sabio no debería temer la acusación de mezquindad

Cuando un príncipe no es capaz de ejercer la virtud de la liberalidad de tal forma que sea reconocida, salvo pagando un precio, si es sabio no debería temer la acusación de mezquindad
Cuando un príncipe no es capaz de ejercer la virtud de la liberalidad de tal forma que sea reconocida, salvo pagando un precio, si es sabio no debería temer la acusación de mezquindad, ya que con el tiempo acabará siendo mejor considerado que si fuese liberal, al ver que con su economía sus ingresos son suficientes, que puede defenderse de todos los ataques y está en condiciones de abordar empresas sin que supongan una carga para su pueblo;
así, ocurre que ejerce de liberal con todos aquellos a los que no quita nada, que son innumerables, y de mezquino con aquellos a quienes no da nada, que son pocos.

En nuestro tiempo no hemos presenciado grandes hechos, excepto los realizados por quienes han sido considerados mezquinos; el resto ha fracasado.
El papa Julio II alcanzó el papado por su liberalidad, pero no se esforzó por mantener esa reputación cuando entró en guerra con el rey de Francia;
y libró muchas guerras sin aplicar impuestos extraordinarios a sus ciudadanos, ya que cubría sus gastos extraordinarios gracias a sus largamente acumulados ahorros.

El actual rey de España no hubiera podido asumir y ganar tantas empresas si hubiera tenido fama de liberal.
Un príncipe, pues, siempre que no tenga que robar a sus súbditos, que se pueda defender, que no caiga en la pobreza y la abyección, que no se vea obligado a la rapacidad, debería prestar poca atención a la fama de mezquino,
ya que es uno de esos vicios que le capacitarán para gobernar.
Y si alguien dijera:
«César ganó un imperio mediante la liberalidad, y muchos otros han alcanzado los más altos honores por ser así considerados»,
respondería:
«O sois ya un príncipe o vais camino de serlo».

En el primer caso, esta liberalidad es peligrosa; en el segundo, es muy necesario ser considerado liberal.
César era uno de los que deseaban sobresalir en Roma, pero si hubiera sobrevivido tras serlo y no hubiera moderado sus gastos, habría destruido su propio gobierno.
Y si alguien replicara:
«Muchos han sido los príncipes que han hecho grandes cosas con sus ejércitos, que han sido considerados muy liberales«,
mi respuesta sería:
«O bien un príncipe gasta lo que es de su propiedad o de sus súbditos, o gasta lo de otros. En el primer caso, deberá ser ahorrativo; en el segundo, no debería desperdiciar ninguna oportunidad de mostrarse liberal«.

Y para el príncipe que se pone en marcha con su ejército, sustentándolo por medio del pillaje, el saqueo y la extorsión, y usando aquello que pertenece a otros, esta liberalidad es necesaria, ya que de lo contrario sus soldados no le seguirían.
Se puede donar generosamente aquello que no es ni vuestro ni de vuestros súbditos, como hicieron Ciro, César y Alejandro;
despilfarrar lo ajeno no quita reputación, sino que la aumenta; solo el despilfarro de lo propio perjudica.

Y no hay nada que se gaste más rápidamente que la liberalidad, porque al ejercerla se pierde el poder de hacerlo y se cae en la pobreza o es uno despreciado; o, por el contrario, intentando no caer en la pobreza, se vuelve avaro y odiado.
Ante todo, un príncipe debería guardarse de ser despreciado y odiado, y la liberalidad conduce a ambas cosas.
Así pues, es más sabio tener fama de mezquino, lo que trae consigo el reproche sin odio, que verse obligado por la búsqueda de una reputación de liberalidad a incurrir en la rapacidad, que acarrea el reproche junto al odio.

De la crueldad y la clemencia, y si es mejor ser amado que temido
Al llegar ahora a las otras cualidades arriba mencionadas, afirmo que todo príncipe debe desear que se le considere clemente y no cruel.
Sin embargo, ha de procurar no utilizar mal su clemencia.

César Borgia era considerado cruel; no obstante, su crueldad reconcilió la Romaña, la unificó y restauró la paz y la lealtad.
César Borgiaera considerado cruel; no obstante, su crueldad reconcilió la Romaña, la unificó y restauró la paz y la lealtad.
Y si se analiza debidamente, se verá que fue mucho más misericordioso que el pueblo florentino, que, por evitar ser tachado de cruel, permitió la destrucción de Pistoia (durante los disturbios entre las facciones de los Cancellieri y los Panciatichi en 1502 y 1503).

Siempre que mantenga a sus ciudadanos unidos y leales, un príncipe no debería temer el reproche de ser cruel;
porque con unos pocos castigos ejemplares se mostrará más compasivo que aquellos que, en un exceso de clemencia, permiten que se produzcan desórdenes, a los que siguen asesinatos y robos;
porque estos dañan inevitablemente a todo el pueblo, mientras que las ejecuciones ordenadas por un príncipe ofenden solo al individuo.

EL PRINCIPE, Nicolás Maquiavelo, 1469-1527
Y de todos los príncipes, al nuevo le es imposible evitar la imputación de crueldad, dado que los Estados nuevos están llenos de peligros. Virgilio, por boca de Dido, excusa la inhumanidad de su reinado por ser nuevo, diciendo:
Res dura, el regni novitas me talia cogunt Moliri, et late fines custode tueri.
(«La dureza del Estado y la novedad del reino, a estos modos me fuerzan y, recelando de todos, he de custodiar las fronteras»)

No obstante, debe ser cauteloso en el creer y actuar, no tener miedo de sí mismo, sino conducirse de un modo templado, con prudencia y humanidad, para que un exceso de confianza no le coja desprevenido y un exceso de desconfianza le haga intolerable.
Sobre esto surge una pregunta:
¿es mejor ser amado que temido o temido que amado?
Se puede responder que ambas cosas, pero es difícil unirlas en una sola persona; cuando ha de ser desechada una de las dos opciones, es mucho más seguro ser temido que amado.
Cuando ha de ser desechada una de las dos opciones, es mucho más seguro ser temido que amado.
Porque, en general, se puede decir de los hombres que son desagradecidos, veleidosos, falsos, cobardes, envidiosos; y mientras tengáis éxito, estarán a vuestra completa disposición.
Los hombres que son desagradecidos, veleidosos, falsos, cobardes, envidiosos, mientras tengáis éxito, estarán a vuestra completa disposición.
Como se ha mencionado antes, os ofrecerán su sangre, sus propiedades, su vida y sus hijos si ven la necesidad muy distante; pero cuando esta se presenta se vuelven contra vos.
Y aquel príncipe que, confiando por entero en sus promesas, descuida otras precauciones está perdido; porque las amistades que se obtienen mediante pago, y no por la grandeza o nobleza de espíritu, no están aseguradas y en tiempos de necesidad no es posible confiar en ellas.
Las amistades que se obtienen mediante pago, y no por la grandeza o nobleza de espíritu, no están aseguradas y en tiempos de necesidad no es posible confiar en ellas.
Los hombres tienen menos escrúpulos en ofender a quien es amado que a quien es temido, ya que el amor es preservado por el vínculo de la obligación que, debido a la bajeza del hombre, se rompe a la menor ocasión en que les resulte ventajoso hacerlo; pero el temor os preserva por miedo al castigo, que nunca falla.
No obstante, un príncipe debe inspirar temor de tal forma que, si no le granjea amor, evite el odio; puede soportar muy bien ser temido siempre que no sea odiado, lo que ocurrirá en tanto se abstenga de apoderarse de las propiedades de sus ciudadanos y súbditos, y de sus mujeres.
Un príncipe puede soportar muy bien ser temido siempre que no sea odiado, lo que ocurrirá en tanto se abstenga de apoderarse de las propiedades de sus ciudadanos y súbditos, y de sus mujeres.
Por encima de todo ha de mantener sus manos alejadas de la propiedad ajena, porque los hombres olvidan antes la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio.
Si es preciso atentar contra la vida de alguien, ha de hacerlo con una adecuada justificación y causa manifiesta, pero por encima de todo ha de mantener sus manos alejadas de la propiedad ajena, porque los hombres olvidan antes la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio.

Además, nunca faltan pretextos para arrebatar propiedades;
quien haya empezado a vivir del robo siempre hallará excusas para apoderarse de lo que pertenece a otros;
por el contrario, las razones para quitar la vida son más difíciles de encontrar y se desvanecen más deprisa.
Pero cuando un príncipe está al frente de su ejército y ha de controlar a una multitud de soldados, es muy necesario que ignore la fama de cruel, ya que sin ella jamás podría mantener a su ejército unido o dispuesto a cumplir con sus deberes.

Entre los maravillosos logros de Aníbal enumeraré el siguiente:
que tras encabezar un inmenso ejército, compuesto por hombres de varias razas, para combatir en tierras extranjeras, no surgiera disensión alguna ni entre ellos ni contra el príncipe, tanto en sus momentos de buena como de mala fortuna.
Esto se debía exclusivamente a su crueldad inhumana, que, junto a su valor sin límites, hacía que fuera reverenciado y temido por sus soldados, pero sin esa crueldad sus otras virtudes no eran capaces de producir este efecto.
Los escritores de visión corta admiran sus hechos desde un punto de vista y desde otro condenan la principal causa de estos.

La certidumbre de que sus otras virtudes no le habrían bastado puede demostrarse recurriendo al caso de Escipión, ese hombre sobresaliente en su propia época y en la memoria de la humanidad, contra el cual, no obstante, se rebeló su ejército en España;
Se debió únicamente a un exceso de tolerancia por su parte, que otorgó a sus soldados mayor licencia que la correspondiente a la disciplina militar.
Por esto fue denostado en el Senado por Fabio Máximo y llamado corruptor de las milicias romanas.
Los locrios fueron arrasados por un legatario de Escipión, pero no fueron vengados por él, ni fue castigada la insolencia del Senado, debido exclusivamente a su naturaleza sosegada.
Hasta el punto de que alguien del Senado, en su deseo de excusarle, dijo que había muchos hombres que sabían mucho mejor cómo errar que cómo corregir los errores de otros.

Esta disposición, de haber continuado al mando, habría destruido con el tiempo la fama y la gloria de Escipión;
pero en él, dado que estaba bajo el control del Senado, esta característica injuriosa no solo quedó oculta, sino que contribuyó a su gloria.
Regresando a la pregunta de si ser temido o amado, llego a la conclusión de que, dado que el hombre ama según su voluntad y teme de acuerdo con la del príncipe, un príncipe sabio debería establecerse en un lugar sometido a su propio control y no al de otros; solo ha de esforzarse por evitar el odio, como se ha señalado.
Regresando a la pregunta de si ser temido o amado, llego a la conclusión de que, dado que el hombre ama según su voluntad y teme de acuerdo con la del príncipe, un príncipe sabio debería establecerse en un lugar sometido a su propio control y no al de otros;
Solo ha de esforzarse por evitar el odio.

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