LA ORIGINALIDAD DE MAQUIAVELO, por Isaiah Berlin (2). Introducción a Nicolás Maquiavelo y la razón de estado

LA ORIGINALIDAD DE MAQUIAVELO

EL PRÍNCIPE de Nicolás Maquiavelo, por Isaiah Berlin (1)

LA ORIGINALIDAD DE MAQUIAVELO, por Isaiah Berlin (2)

NICOLÁS MAQUIAVELO Y LA RAZÓN DE ESTADO (Introducción), por Isaiah Berlin (3)

Nicolás Maquiavelo y la razón de estado, por Isaiah Berlin (y 4)

 

 

LA ORIGINALIDAD DE MAQUIAVELO

Isaiah Berlin

Nicolás Maquiavelo LA ORIGINALIDAD DE MAQUIAVELO

Nicolás Maquiavelo (1469-1527)

 

-II-

Al igual que los escritores romanos cuyos ideales tenía presentes sin cesar, como Cicerón y Livio, Maquiavelo creía que lo que buscaban los hombres -en todo caso los hombres superiores era la satisfacción y la gloria provenientes de la creación y conservación, a través del esfuerzo común, de un todo social fuerte y bien gobernado.

Solo lo lograrán quienes conozcan los hechos pertinentes. Si uno comete errores y vive alucinado, fallará en todo lo que intente, pues la realidad mal entendida -o peor aún, ignorada o despreciada- siempre lo derrotará al final. Solo podemos lograr lo que queremos si nos comprendemos, primero, a nosotros mismos, y luego a la naturaleza del material con el que trabajamos.

 

Solo lo lograrán quienes conozcan los hechos pertinentes.

Si uno comete errores y vive alucinado, fallará en todo lo que intente, pues la realidad mal entendida -o peor aún, ignorada o despreciada- siempre lo derrotará al final.

Solo podemos lograr lo que queremos si nos comprendemos, primero, a nosotros mismos, y luego a la naturaleza del material con el que trabajamos.

 

Nuestra primera tarea, por lo tanto, es la adquisición de tal conocimiento.

Esto, para Maquiavelo, era principalmente algo psicológico y sociológico, la mejor fuente de información es la observación sagaz de la realidad contemporánea junto con la sabiduría que pueda recogerse de los mejores observadores del pasado, en particular de las grandes mentes de la Antigüedad, los sabios cuya compañía busca (como dice en su célebre carta a Vettori) cuando escapa de las ocupaciones triviales de su vida diaria; estos nobles espíritus, en su benevolencia, lo tratan bondadosamente y dan respuesta a sus preguntas:

son ellos quienes le han enseñado que los hombres necesitan un gobierno civil firme y enérgico.

 

Los hombres diferentes persiguen fines diferentes, y en cada caso necesitan una habilidad adecuada. Escultores, médicos, soldados, arquitectos, estadistas, amantes, aventureros, cada quien va en pos de sus propias metas.

 

Para hacer posible que las alcancen se necesitan gobiernos, pues no hay Mano Oculta que ponga todas estas actividades humanas en armonía natural.

 

SOBRE LA EMPATÍA: «DE LA SIMPATÍA», por Adam Smith («La teoría de los sentimientos morales»).

 

Para hacer posible que las alcancen se necesitan gobiernos, pues no hay mano oculta que ponga todas estas actividades humanas en armonía natural. (Esta clase de abordaje es absolutamente típico del humanismo del país y la época de Maquiavelo).

 

Para hacer posible que las alcancen se necesitan gobiernos, pues no hay mano oculta que ponga todas estas actividades humanas en armonía natural

 

Los hombres necesitan dirigentes porque requieren que alguien ordene a los grupos humanos movidos por diversos intereses, para darles seguridad, estabilidad, por encima de todo protección contra sus enemigos, y para establecer instituciones sociales que los capaciten para satisfacer sus necesidades y aspiraciones.

Nunca obtendrán esto a menos que sean individual y socialmente sanos; solo una educación adecuada los puede hacer física y mentalmente firmes, vigorosos, ambiciosos y lo bastante enérgicos para la cooperación en la consecución del orden, el poder, la gloria, el buen éxito.

Las técnicas de gobierno existen -de esto no tiene duda aunque los hechos, y por lo tanto los métodos para tratar con ellos, pudieran parecer diferentes a un gobernante y a sus súbditos; es cuestión de perspectiva:

«Los que dibujan mapas de los países se ponen abajo, en las llanuras, para observar la naturaleza de las montañas… y para observar los lugares bajos se ponen en lo alto, en las cimas de las montañas» [67].

 

Lo cierto es que si no hay una mano firme en el timón, el navío del Estado se hundirá. La sociedad humana caerá en el caos y en la miseria a menos que la dirija un especialista hábil; y aunque Maquiavelo mismo da razones para preferir la libertad y el gobierno republicano, hay situaciones en las cuales un príncipe fuerte (el duque de Valentino, aunque fuese un Medici, si su alegato tenía sinceridad) es preferible a una república débil.

 

Aunque Maquiavelo mismo da razones para preferir la libertad y el gobierno republicano, hay situaciones en las cuales un príncipe fuerte es preferible a una república débil.

 

Todo esto lo hubieran avalado Aristóteles y los últimos estoicos. Pero del hecho de que existe el arte de gobernar, indispensable para alcanzar las metas que los hombres buscan realmente, no se concluye que a Maquiavelo no le importara a qué usos se aplicara, y solo produjera un manual de «directivas» científicas políticas, moralmente neutrales, wertfrei. Pues él deja muy claro qué es lo que desea.

Los hombres deben ser estudiados en su comportamiento así como en su profesión. No hay una ruta a priori para conocer el material humano con el que un gobernante debe tratar.

 

Existe, sin duda, una naturaleza humana inmutable y es posible determinar la gama de sus respuestas a situaciones cambiantes

 

Spinoza

 

Existe, sin duda, una naturaleza humana inmutable y es posible determinar la gama de sus respuestas a situaciones cambiantes (en el pensamiento de Maquiavelo no hay rastros de noción alguna de una evolución sistemática del individuo o de la sociedad, como entidades autotransformadoras); solo se puede obtener este conocimiento mediante la observación empírica.

 

Existe, sin duda, una naturaleza humana inmutable y es posible determinar la gama de sus respuestas a situaciones cambiantes ; solo se puede obtener este conocimiento mediante la observación empírica.

 

Los hombres no son como los describen quienes los idealizan –cristianos u otros utopistas– ni por quienes los quieren muy diferentes de lo que de hecho son y siempre han sido y no pueden evitar ser. Los hombres (cuando menos sus propios compatriotas, para quienes y acerca de quienes escribía) le parecen en su mayor parte

«ingratos, lascivos, falsos y disimulados, cobardes y codiciosos… arrogantes y ruines, su impulso natural es ser insolentes cuando sus negocios prosperan y abyectamente serviles cuando la adversidad los golpea» [68].

 

Les importa poco la libertad, el nombre significa para ellos más que la realidad y la colocan bien abajo de la seguridad, la propiedad o el deseo de venganza. Esto último el gobernante puede proporcionarlo en un grado razonable.

 

Los hombres son fácilmente corruptibles y difíciles de curar. Responden tanto al temor como al amor

 

Los hombres son fácilmente corruptibles y difíciles de curar. Responden tanto al temor como al amor, ante el cruel Aníbal y el justo y humano Escipión.

Si estas emociones no pueden combinarse, el temor es lo más confiable, siempre que no se convierta en odio, que destruye el mínimo de respeto que los súbditos deben conservar para quienes los gobiernan.

 

Si estas emociones no pueden combinarse, el temor es lo más confiable, siempre que no se convierta en odio, que destruye el mínimo de respeto que los súbditos deben conservar para quienes los gobiernan.

 

La sociedad es, normalmente, un campo de batalla en el que hay conflictos entre los grupos y dentro de ellos. Estos conflictos solo pueden ser controlados por el uso juicioso tanto de la persuasión como de la fuerza. ¿Cómo se hace esto?

Igual que en la medicina, la arquitectura o el arte de la guerra, podemos obtener conocimiento sistemático de la técnica requerida con solo observar la práctica (y la teoría) de las sociedades de mayor éxito que conocemos, es decir, las de los tiempos clásicos.

 

 

Las teorías de Maquiavelo no están basadas, ciertamente, sobre los principios científicos del siglo XVII. Él vivió un siglo antes que Galileo y Bacon, y su método es una mezcla de reglas empíricas, observación, conocimiento histórico y sagacidad general, un tanto como la medicina empírica del mundo precientífico.

 

Las teorías de Maquiavelo no están basadas, ciertamente, sobre los principios científicos del siglo XVII. Él vivió un siglo antes que Galileo y Bacon.

 

Abunda en preceptos, máximas útiles, consejos prácticos, reflexiones dispersas, especialmente paralelos históricos, aun cuando afirma haber descubierto leyes generales, regole generali, eternamente válidas.

El ejemplo de un triunfo o un fracaso en el mundo antiguo, una frase brillante de un autor antiguo, tenía para él más importancia (como advierten atinadamente Butterfield y Ramat) que el análisis histórico del tipo que ya se estaba haciendo común incluso en sus propios días, y del cual Guicciardini era un maestro.

 

Nicolás Maquiavelo y la razón de estado
Francesco Guicciardini nacido en Florencia el 6 de marzo de 1483. Escritor, historiador, político y filósofo florentino. Es uno de los principales intelectuales del Renacimiento italiano.

 

Sobre todo advierte que hay que estar en guardia contra los que no ven a los hombres como son, y los miran a través de cristales coloreados por sus propias esperanzas y deseos, sus amores y sus odios, en términos de un modelo idealizado del hombre que quisieran que fuera, y no como es y fue y será.

 

Advierte que hay que estar en guardia contra los que no ven a los hombres como son, y los miran a través de cristales coloreados por sus propias esperanzas y deseos, sus amores y sus odios, en términos de un modelo idealizado del hombre que quisieran que fuera, y no como es y fue y será.

 

Los reformadores honestos, por valiosos que pudieran ser sus ideales, como el digno guía de la república florentina, Piero Soderini, a quien Maquiavelo sirvió, o el mucho más talentoso Savonarola (hacia quien se inclinaba marcadamente) fracasaron y causaron la ruina de otros, más que nada porque sustituyeron lo que es la irrealidad por lo que debería ser, porque en algún momento cayeron en el irrealismo.

 

Los reformadores honestos, por valiosos que pudieran ser sus ideales, fracasaron y causaron la ruina de otros, más que nada porque sustituyeron lo que es la irrealidad por lo que debería ser, porque en algún momento cayeron en el irrealismo.

 

Nicolás Maquiavelo y la razón de estado
Girolamo Savonarola

 

Fueron hombres de calidades muy diferentes. Savonarola tenía una voluntad fuerte, mientras Soderini, en opinión de Maquiavelo, era indeciso y de mente estrecha. Pero lo que tenían en común era un planteamiento inadecuado de cómo usar el poder.

En los momentos cruciales a ambos les faltó el sentido de la verità effettuale en la política, de lo que opera en la práctica, del poder real, de los grandes batallones.

Los textos de Maquiavelo contienen frecuentes advertencias contra las fuentes de información no confiables, por ejemplo los emigrados, cuyas mentes están deformadas por sus deseos y no pueden llegar a una opinión objetiva de los hechos, y otros cuya razón (esto es un lugar común humanista) está oscurecida por las pasiones que distorsionan su visión.

¿Qué condujo y conducirá a tales estadistas a su condenación? Con gran frecuencia solo sus ideales. ¿Qué hay de malo en los ideales?

Que no pueden alcanzarse. ¿Cómo se sabe esto? Este es uno de los fundamentos sobre los que descansa la pretensión de Maquiavelo de ser un pensador de primer orden.

 

 

Tiene una visión clara de la sociedad que desea ver realizada sobre la tierra o, si esto suena demasiado grandioso para un pensador tan concreto y aplicado, la sociedad que desea ver lograda en su propio país, tal vez incluso solo en el término de su vida; en cualquier caso, dentro del futuro predecible.

Sabe que puede crearse tal orden porque esto mismo, o algo aproximado, se logró en Italia en el pasado, o en otros países, las ciudades suizas o alemanas, por ejemplo, o los grandes estados centralizados de su propio tiempo.

No es solo que desee crear o restaurar ese orden en Italia, sino que ve en ello la condición más deseable para ser alcanzada por los hombres, como enseñan tanto la historia como la observación.

Los datos observacionales se extraen principalmente de la Italia contemporánea; por lo que toca a la historia, para él es lo que ha sido registrado por los grandes historiadores, los escritores que más admira, griegos, romanos, los autores del Antiguo Testamento. ¿Dónde se elevaron los hombres a su cabal tamaño?

En la Atenas de Pericles, y en el más grandioso periodo de la historia humana, la República Romana antes de su decadencia, cuando Roma gobernaba el mundo. Pero piensa también en los reinados de los «buenos» emperadores, de Nerva a Marco Aurelio.

No siente necesidad de demostrar que estas han sido horas doradas en la vida de la humanidad; cree que es evidente por sí mismo a cualquiera que contemple estas épocas y las compare con los periodos malos:

los últimos años de la República Romana, el colapso que le siguió, la invasión de los bárbaros, la tiniebla medieval (aunque pudo no haber pensado en ella en tales términos), la división de Italia, la debilidad, la pobreza, la desgracia, la indefensión de los principados italianos agobiados, en sus mismos días, por los avasalladores ejércitos de los grandes y bien organizados estados nacionales del norte y el oeste.

 

El Emperador estoico, Marco Aurelio, en su función religiosa (Pontifex)

 

No se molesta en discutir esto en extenso; le parece perfectamente obvio (como debió haberlo sido para la mayoría de los hombres de su tiempo) que Italia estaba mal tanto material como moralmente. No necesitaba explicar lo que quería decir con vicio, corrupción, debilidad, vidas indignas de seres humanos.

Una buena sociedad es la que goza de estabilidad, armonía interna, seguridad, justicia, sentido del poder y del esplendor, como Atenas en sus mejores días, como Esparta, como los reinos de David y Salomón, como Venecia solía ser, pero, por encima de todo, como la República Romana:

«Verdaderamente es cosa maravillosa considerar a qué grandeza llegó Atenas en el espacio de cien años después de que se liberó de la tiranía de Pisístrato. Pero por encima de todo, es maravilloso observar a qué grandeza llegó Roma después de que se libró de sus reyes»[69].

 

La razón de esto es que en estas sociedades hubo hombres que supieron cómo hacer grandes a las ciudades. ¿Cómo lo lograron?

Desarrollando ciertas facultades del ser humano, como fuerza moral interior, magnanimidad, vigor, vitalidad, generosidad, lealtad, y por encima de todo espíritu público, sentido cívico, dedicación a la seguridad, al poder, a la gloria, a la expansión de la patria.

Los antiguos desarrollaron estas cualidades por toda clase de medios, entre los cuales se contaban espectáculos deslumbrantes y sacrificios sangrientos que excitaban los sentidos de los hombres y exaltaban sus habilidades marciales, y especialmente por el tipo de legislación y educación que promovía las virtudes paganas: Poder, magnificencia, orgullo, austeridad, búsqueda de la gloria, vigor, disciplina, antiqua Virtus:

esto es lo que hizo grandes a los estados.

 

Busto de Pericles

 

Sus héroes son Agesilao y Timoleón, Bruto y Escipión, no Pisístrato y Julio César, que extinguieron los regímenes republicanos y destruyeron su espíritu por la explotación de la debilidad humana.

Pero no hay necesidad de restringirse a los grecorromanos; Moisés y Ciro son tan merecedores de respeto como Teseo y Rómulo, hombres severos, sagaces e incorruptibles que fundaron naciones y fueron adecuadamente honrados por ellas.

Lo que se hizo una vez puede volverse a hacer. Maquiavelo no cree en la irreversibilidad del proceso histórico o en la singularidad de cada una de sus fases. Es posible revivir las glorias de la Antigüedad si se pueden movilizar con ese fin hombres vigorosos, bien dotados y realistas.

 

Para curar de sus males a las poblaciones degeneradas, estos fundadores de nuevos estados o iglesias pueden verse obligados a recurrir a medidas despiadadas, a la fuerza y la superchería, la astucia, la crueldad, la traición, la matanza de inocentes, medidas quirúrgicas que se necesitan para restaurar un cuerpo en decadencia a una condición saludable

 

Para curar de sus males a las poblaciones degeneradas, estos fundadores de nuevos estados o iglesias pueden verse obligados a recurrir a medidas despiadadas, a la fuerza y la superchería, la astucia, la crueldad, la traición, la matanza de inocentes, medidas quirúrgicas que se necesitan para restaurar un cuerpo en decadencia a una condición saludable.

E incluso estas cualidades pueden necesitarse aun cuando una sociedad haya sido vuelta a la salud;

pues los hombres son débiles y torpes, perpetuamente capaces de abandonar las únicas normas que los pueden conservar a la altura necesaria.

 

Orwell (1984): War is Peace. Libertad es esclavitud.

 

De aquí que haya que mantenerlos en la condición adecuada mediante medidas que ciertamente agravian a la moralidad de la época.

Pero si transgreden esta moralidad, ¿en qué sentido se puede decir que se justifican? Me parece que este es el punto nodal de toda la concepción de Maquiavelo.

En un sentido se las puede justificar; en otro no. Estos sentidos deben distinguirse de una forma más clara de lo que a él le pareció necesario, pues no era filósofo y no se dedicó a la tarea de examinar, ni siquiera de explicar, las implicaciones de sus propias ideas.

Permítaseme tratar de aclarar más esto. Suele decirse (en especial por parte de quienes siguen a Croce) que Maquiavelo separó a la política de la moral, que recomendó como políticamente necesarios ciertos caminos que la opinión común condena desde el punto de vista moral:

pisar cadáveres en beneficio del Estado.

 

Dejando a un lado lo que fue para él la concepción de Estado, y si de hecho [70] la tuvo, me parece que esta es una falsa antítesis.

Maquiavelo considera que los seres humanos inteligentes, los que comprenden la realidad, dedicarán su vida a los fines que propone. Los fines últimos en este sentido, sean o no sean los de la tradición judeocristiana, son los que usualmente se entienden como valores morales.

Lo que Maquiavelo distingue no son los valores específicamente morales de los específicamente políticos; [71] lo que logra no es emancipar la política de la ética o de la religión, que Croce y muchos otros ven como su máximo logro; lo que instituye es algo que va aún más a fondo:

una diferenciación entre dos ideales de vida incompatibles, y por lo tanto entre dos moralidades.

 

Discursos sobre la primera década de Tito Livio de Nicolás Maquiavelo, 1531.

 

Una es la moral del mundo pagano; sus valores son el coraje, el vigor, la fortaleza ante la adversidad, el logro público, el orden, la disciplina, la felicidad, la fuerza, la justicia y por encima de todo la afirmación de las pretensiones adecuadas y el conocimiento y poder necesarios para asegurar su satisfacción, lo que para un lector del Renacimiento equivalía a lo que Pericles había visto personificado en su Atenas ideal, lo que Livio había encontrado en la antigua República romana, lo que Tácito y Juvenal se lamentaron, en su época, de ver en decadencia y muerte.

Estas les parecen a Maquiavelo las mejores horas de la humanidad y, como humanista renacentista que es, desea restaurarlas.

Contra este universo moral (moral y ético no menos en el sentido de Croce que en el sentido tradicional, esto es, que personifica los fines humanos últimos como quiera que estos se conciban) se coloca en el primer lugar, antes que otra cosa, la moralidad cristiana.

Los ideales de la cristiandad son la caridad, la misericordia, el sacrificio, el amor a Dios, el perdón a los enemigos, el desprecio a los bienes de este mundo, la fe en la otra vida, la creencia en la salvación del alma individual, como valores incomparables, más elevados, y de hecho absolutamente inconmensurables con cualquier meta social, política o cualquier otra terrenal, a cualquier consideración económica, militar o estética.

 

Maquiavelo afirma que a partir de los hombres que creen en tales ideales, y los practican, en principio no puede construirse ninguna comunidad humana satisfactoria, en el sentido romano.

 

Maquiavelo afirma que a partir de los hombres que creen en tales ideales, y los practican, en principio no puede construirse ninguna comunidad humana satisfactoria, en el sentido romano. No se trata solo de lo inalcanzable de un ideal a causa de la imperfección humana, el pecado original, la mala suerte, la ignorancia o la insuficiencia de medios materiales.

No es, en otras palabras, la incapacidad de los seres humanos comunes para elevarse a un nivel suficiente en la virtud cristiana (que podría ser, de hecho, el sino inescapable de los pecadores sobre la tierra) lo que para él hace irrealizable establecer, o siquiera buscar, el buen Estado cristiano.

 

No es la incapacidad de los seres humanos comunes para elevarse a un nivel suficiente en la virtud cristiana lo que para él hace irrealizable establecer, o siquiera buscar, el buen Estado cristiano.

Es precisamente lo opuesto: las que suelen considerarse virtudes cristianas centrales, cualquiera que sea su valor intrínseco, son obstáculos insuperables para construir la clase de sociedad que desea ver.

 

 

Es precisamente lo opuesto; Maquiavelo está convencido de que las que suelen considerarse virtudes cristianas centrales, cualquiera que sea su valor intrínseco, son obstáculos insuperables para construir la clase de sociedad que desea ver; más aún, la sociedad que supone natural para todos los hombres normales, la clase de comunidad que, en su opinión, satisface los intereses y los deseos permanentes de los hombres.

Si los seres humanos fueran diferentes de lo que son tal vez serían capaces de crear una sociedad cristiana ideal. Pero es claro que en tal caso tendrían que ser muy diferentes de los hombres tal como han sido siempre; y sin duda es ocioso construir o discutir los proyectos de seres que nunca podrá haber sobre la tierra; hablar de eso no tiene sentido y solo engendra sueños y errores fatales.

Lo que hay que hacer se debe definir en términos de lo factible, no de lo imaginario; el arte de gobernar tiene que ver con acciones dentro de los límites de las posibilidades humanas, por vastos que sean, se puede cambiar a los hombres, pero no a un grado fantástico.

Propugnar medidas ideales, solo adecuadas para los ángeles, como cree que han hecho antes muchos autores políticos, es visionario e irresponsable, y conduce a la ruina.

 

Maquiavelo no desea negar que lo que los cristianos llaman bien es, en efecto, bien, que lo que llaman virtud y vicio es en verdad virtud y vicio.

 

Es importante darse cuenta de que Maquiavelo no desea negar que lo que los cristianos llaman bien es, en efecto, bien, que lo que llaman virtud y vicio es en verdad virtud y vicio.

A diferencia de Hobbes o de Spinoza (o de los philosophes del siglo XVIII o, para el caso, los primeros estoicos), que tratan de definir (o redefinir) nociones morales en forma tal que concuerden con la clase de comunidad que, en su opinión, los hombres racionales, si son consistentes, deben desear erigir, Maquiavelo no huye de las nociones comunes, del vocabulario tradicional, moralmente aceptado, de la humanidad:

No dice, ni implica (como hicieran diversos reformadores filosóficos radicales) que la humildad, la bondad, la espiritualidad, la fe en Dios, la santidad, el amor cristiano, la franqueza inalterable, la compasión, sean atributos malos o sin importancia; o que la crueldad, la mala fe, el poder político, el sacrificio de hombres inocentes a las necesidades sociales, etc., sean buenos.

 

 

Pero si han de guiarnos la historia y las ideas de los estadistas sabios, especialmente del mundo antiguo, verificadas como lo han sido en la práctica (verità effettuale), se verá que de hecho es imposible combinar las virtudes cristianas, por ejemplo la mansedumbre o la búsqueda de la salvación espiritual, con una sociedad terrena satisfactoria, estable, vigorosa, fuerte.

 

Es imposible combinar las virtudes cristianas, por ejemplo la mansedumbre o la búsqueda de la salvación espiritual, con una sociedad terrena satisfactoria, estable, vigorosa, fuerte.

 

Por consiguiente el hombre debe escoger. Elegir llevar una vida cristiana lo condena a la impotencia política, a ser usado y aplastado por hombres poderosos, ambiciosos, inteligentes, inescrupulosos; si desea construir una comunidad gloriosa como la de Atenas o Roma en su punto culminante, debe abandonar la educación cristiana y sustituirla por una mejor adaptada para el caso.

 

Elegir llevar una vida cristiana lo condena a la impotencia política, a ser usado y aplastado por hombres poderosos, ambiciosos, inteligentes, inescrupulosos.

 

Maquiavelo no es un filósofo y no se ocupa de abstracciones, pero su tesis llega a un punto de importancia central para la teoría política:

un hecho que los hombres no quieren enfrentar es que estas dos metas, en las que evidentemente pueden creer los seres humanos, no son compatibles entre sí.

 

 

Lo que suele ocurrir, en su opinión, es que dado que los hombres no pueden decidirse a seguir cualquiera de estas dos sendas, a dondequiera que conduzcan («los hombres toman ciertos caminos medios que son muy lesivos; de hecho son incapaces de ser completamente buenos o completamente malos»), [72] tratan de llegar a arreglos, vacilan, caen entre dos opciones y terminan en la debilidad y en el fracaso.

Condena todo lo que conduzca a la inefectividad política. En un famoso pasaje de los Discursos dice que la fe cristiana ha hecho «débiles a los seres humanos, presa fácil de los hombres malvados», ya que

«piensan más en soportar los agravios que en vengarlos» [73].

 

 

En general el efecto de la enseñanza cristiana ha sido aplastar el espíritu cívico de los hombres y hacerlos soportar con resignación las humillaciones, así que los destructores y los déspotas hallan muy poca resistencia. De aquí que en este respecto el cristianismo resulte peor que la religión romana, que hizo a los hombres más fuertes y más «feroces».

 

De aquí que el cristianismo resulte peor que la religión romana, que hizo a los hombres más fuertes y más «feroces».

 

Maquiavelo modifica este juicio acerca del cristianismo cuando menos en dos pasajes de los discursos.

En el primero observa que solo ha tenido este efecto infortunado porque ha sido malinterpretado con un espíritu de ozio -quietismo o indolencia-, pues desde luego no contiene nada que prohíba «el mejoramiento y la defensa de nuestro país» [74].

En el segundo pasaje declara que «Si los príncipes de la cristiandad hubieran mantenido este tipo de religión, tal como la fundó quien nos la dio, los estados y repúblicas cristianos estarían más unidos, mucho más felices de lo que son», [75]

pero el cristianismo decadente de la Iglesia de Roma ha tenido el efecto opuesto: el papado ha destruido «toda piedad y toda religión» en Italia, y también su unidad.

 

Retrato del papa León X con sus primos, los cardenales Julio de Médicis (futuro papa Clemente VII, a la izquierda) y Luis de Rossi (a la derecha), obra de Rafael Sanzio.

 

Si la Iglesia hubiera desarrollado un concepto patriótico y absolutamente militante, sobre las líneas de la antiqua virtus romana, y hubiese producido hombres viriles, austeros, devotos, con espíritu público, sus consecuencias sociales hubieran sido más satisfactorias.

 

Aun si estos pasajes se toman literalmente, y no se ven como piezas mínimamente destinadas a evitar la censura o la persecución eclesiástica, lo que afirman es que si la Iglesia hubiera desarrollado un concepto patriótico y absolutamente militante, sobre las líneas de la antiqua virtus romana, y hubiese producido hombres viriles, austeros, devotos, con espíritu público, sus consecuencias sociales hubieran sido más satisfactorias.

Pero lo que ha hecho es conducir, por una parte, a la corrupción y a la división política culpa del papado, y por la otra a vivir fuera de este mundo y a soportar mansamente el sufrimiento sobre la tierra en pro de la vida eterna más allá de la tumba. Esta última corriente disuelve el edificio social y ayuda a los malvados y a los opresores.

En su ataque político contra la Iglesia de Roma, compartido por Guicciardini y otros en su tiempo, Maquiavelo pudo haber encontrado entusiastas aliados en la Reforma (por lo que sé no hay pruebas de que a sus oídos llegaran noticias de la «reyerta de los monjes»).

 

En su ataque político contra la Iglesia de Roma, Maquiavelo pudo haber encontrado entusiastas aliados en la Reforma (la «reyerta de los monjes»).

 

Su exigencia de un cristianismo que no pusiera la bendición de la fe en el cielo y la conciencia pura por encima del éxito en la tierra, y que exaltara más el amor a la gloria y la autoafirmación que la mansedumbre y la resignación, podría haber sido más difícil de satisfacer.

Maquiavelo no halla nada que criticar en la religión pagana romana en su momento de más vigor, exige una religión similar, no necesariamente del todo anticristiana, pero sí lo bastante vigorosa como para no ser menos efectiva con fines prácticos.

 

Johann Gottlieb Fichte

 

No parece irrazonable concluir (como nos lo dicen Fichte  [76] y Prezzolini [77]) que es un crítico implacable de las verdaderas instituciones cristianas, más que su campeón.

En esto lo siguen todos aquellos pensadores posteriores que comparten con él su concepción del hombre y sus necesidades naturales (materialistas del siglo XVIII, Nietzsche, darwinistas sociales) o (como Rousseau y algunos positivistas del siglo XIX) sus ideales cívicos.

Es importante advertir que Maquiavelo no condena formalmente la moralidad cristiana o los valores aprobados de su propia sociedad.

 

Maquiavelo no condena formalmente la moralidad cristiana o los valores aprobados de su propia sociedad.

 

A diferencia de moralistas sistemáticos como Hobbes o Spinoza, él no intenta redefinir los términos para adaptarse a un racionalismo egoísta, a fin de que virtudes cristianas tales como, digamos, piedad, humildad, sacrificio, obediencia, sean vistas como debilidades o vicios.

No traspone nada: las cosas que los hombres llaman buenas en efecto lo son. Usaba palabras como buono, cattivo, onesto, inumano, etc., tal como se empleaban en el habla común de su tiempo, y de hecho en el nuestro.

Se limita a decir que la práctica de esas virtudes hace imposible construir una sociedad que, cuando se la contempla en las páginas de la historia o por medio de la imaginación política, despierte en nosotros -en cualquier hombre- una gran nostalgia.

Uno de los pasajes cruciales se encuentra en el capítulo décimo del primer libro de los Discursos; en él distingue, sobre las líneas de Tácito o Dion, entre los buenos y los malos emperadores romanos, y añade: «si un príncipe es de estirpe humana, se atemorizará ante cualquier imitación de los malos tiempos y se sentirá encendido por un inmenso deseo (immenso desiderio) de seguir la senda de los buenos»; «bueno», evidentemente, en algún sentido no cristiano. Whitfield piensa que Maquiavelo no es pesimista ni cínico.

Tal vez no sea cínico, esto es hilar fino: muchas veces es difícil trazar la línea entre el cinismo (y de hecho también el pesimismo) y un realismo inconmovible. Pero Maquiavelo no es una persona esperanzada en el sentido usual del término.

Sin embargo, como todo pensador humanista desde sus días hasta los nuestros, cree que el solo conocimiento de la verdad la verdadera verdad, no los cuentos de hadas de los moralistas superficiales, ayudaría a los hombres a entenderse y los haría ir más lejos

 

 

Cree también que las cualidades que los hombres necesitan para revivir esos buoni tempi no son compatibles con las que le exige la educación cristiana. No trata de corregir la concepción cristiana del hombre bueno.

No dice que los santos no son santos, o que ese comportamiento honorable no es honorable o no tiene que ser admirado; solo afirma que ese tipo de bondad, cuando menos en sus formas tradicionalmente aceptadas, no puede crear o mantener una sociedad fuerte, segura y vigorosa, y que de hecho resulta fatal para ella.

Señala que en nuestro mundo, quienes persiguen tales ideales, están destinados a la derrota y a conducir a otros a la ruina, dado que su perspectiva del mundo no está basada en la verdad, cuando menos no en la verità effettuale, la verdad que es probada por el buen éxito y la experiencia que (por cruel que sea), siempre es, al final, menos destructiva que la otra (por muy noble que pueda ser).

Si los dos pasajes mencionados arriba [78] se toman literalmente, el cristianismo, cuando menos en teoría, pudo haber adquirido una forma compatible con las cualidades que él celebra, pero y no sorprende- él no sigue esta línea de pensamiento.

La historia tomó otro camino. La idea de una comunidad cristiana si pesó seriamente en esto debe de haberle parecido tan utópica como un mundo en el que todos los seres humanos, o cuando menos la mayoría, fueran buenos.

Los principios cristianos han debilitado las virtudes cívicas de los hombres. Especular acerca de la forma que el cristianismo podría haber asumido, o que, en circunstancias improbables, aún podría adquirir, no es para él más que un pasatiempo ocioso (y peligroso).

Los cristianos, tal como los conocía en la historia y en su propia experiencia, esto es, los que en la práctica realmente siguen los preceptos cristianos, son buenos, pero si gobiernan estados a la luz de tales principios los llevan a la destrucción.

 

Los cristianos, tal como los conocía en la historia y en su propia experiencia, esto es, los que en la práctica realmente siguen los preceptos cristianos, son buenos, pero si gobiernan estados a la luz de tales principios los llevan a la destrucción.

 

EL GRAN INQUISIDOR, por Fiodor M. Dostoievski

 

Como el príncipe Mishkin, en El idiota de Dostoievski, como los bien intencionados gonfalonieri de la República Florentina, como Savonarola, están destinados a ser derrotados por los realistas (los Medici, o el papa, o el rey Fernando de España) que comprendieron cómo crear instituciones duraderas: erigirlas, si es necesario, sobre los huesos de víctimas inocentes.

Me gustaría volver a hacer hincapié en que él no condena explícitamente la moralidad cristianasolo anota que esto, cuando menos en los gobernantes (pero en algún grado también para los súbditos), es incompatible con esos fines sociales que, según piensa, es natural y sabio que busquen los hombres. Uno puede salvar su alma o puede uno mantener o servir a un Estado grande y glorioso, pero no siempre hacer ambas cosas a la vez.

 

Uno puede salvar su alma o puede uno mantener o servir a un Estado grande y glorioso, pero no siempre hacer ambas cosas a la vez.

 

Este es un desarrollo vasto y elocuente del obiter dictum de Aristóteles en la Política, donde dice que un buen hombre puede no ser lo mismo que un buen ciudadano (aunque Aristóteles no hablaba en términos de la salvación espiritual). Maquiavelo no valora explícitamente una forma de vida más que otra.

Cuando dice «se incurre en el odio tanto por medio de los buenos actos como por los malos», [79] por «buenos actos» quiere decir lo que diría cualquiera educado dentro de los valores cristianos.

Y cuando afirma que la buena fe y la integridad son «laudables aun si terminan en fracaso, por laudables» [80] entiende que es adecuado alabarlas pues, desde luego, lo que es bueno (en el sentido ordinario) es bueno.

Cuando elogia la «castidad, afabilidad, cortesía y liberalidad» [81] de Escipión, o Ciro, o Timoleón, o aun la «bondad» del papa Medici, León X, habla (sea sincero o no) en términos de valores que son comunes a Cicerón y a Dante, a Erasmo y a nosotros.

En el famoso capítulo decimoquinto de El príncipe dice que sin duda la liberalidad, la misericordia, el honor, la humanidad, la franqueza, la castidad, la religión, etc., son virtudes, y una vida vivida en el ejercicio de estas virtudes debería tener buen éxito si todos los hombres fueran buenos.

Pero no lo son, y es ocioso esperar que lleguen a serlo. Debemos tomarlos tal como los encontramos y buscar mejorarlos en términos de lo posible, no de lo imposible.

Esto puede implicar a los benefactores de los hombres-fundadores, educadores, legisladores, gobernantes en terribles crueldades. «Soy consciente de que todos admitirán que sería de lo más laudable en un príncipe exhibir cualidades tales como las mencionadas, pues son consideradas buenas. Pero como ningún gobernante puede poseerlas o practicarlas totalmente, dado que las condiciones humanas no lo permiten», [82] a veces debe comportarse de modo muy diferente para lograr sus fines.

Moisés y Teseo, Rómulo y Ciro, todos mataron; lo que crearon duró y fue glorioso:

«… el que en tales condiciones insista en que tiene que ser bueno seguramente será destruido entre tantos que no lo son. De aquí que un príncipe… debe adquirir el poder de ser bueno, y entender cuándo usarlo y cuándo no usarlo, de acuerdo con la necesidad» [83].

«Si todos los hombres fueran buenos esta máxima [faltar a lo prometido si el interés lo dicta] no sería buena, pero… son malos» [84].

 

 

La fuerza y el engaño deben enfrentarse con fuerza y engaño.

Las cualidades del león y de la zorra no son en sí mismas moralmente admirables, pero si, por sí misma, una combinación de estas cualidades preservara a la ciudad de la destrucción, estas serian las cualidades que los gobernantes deberían cultivar.

Tienen que hacerlo no simplemente por sus propios intereses, esto es, porque así es como uno puede llegar a ser líder -aunque el hecho de que los hombres se vuelvan o no líderes merece la indiferencia del autor, sino porque las sociedades humanas realmente necesitan la jefatura y no pueden llegar a ser lo que deberían salvo por la persecución efectiva del poder, la estabilidad, la Virtù, la grandeza.

Esto puede lograrse cuando los hombres están conducidos por Escipiones o Timoleones o, si los tiempos son malos, por hombres de carácter más despiadado.

Aníbal fue cruel, y la crueldad no es una cualidad laudable, pero si solo se puede crear una sociedad sana por medio de la conquista, y si la crueldad es necesaria para ello, entonces no debe evitarse.

Maquiavelo no es sádico; no se deleita en la necesidad de emplear la crueldad o el fraude para crear o mantener la clase de sociedad que admira y recomienda.

 

Maquiavelo no es sádico; sus ejemplos y preceptos más bárbaros se aplican solo a situaciones en las que la población es absolutamente corrupta, y necesitan medidas violentas para devolverla a la salud.

 

Sus ejemplos y preceptos más bárbaros se aplican solo a situaciones en las que la población es absolutamente corrupta, y necesitan medidas violentas para devolverla a la salud, esto es, donde un nuevo príncipe toma el poder o debe llevarse a cabo una revolución contra un mal príncipe.

Donde una sociedad es relativamente sana, o el gobierno es tradicional y hereditario y está apoyado por el sentimiento público, sería totalmente erróneo practicar la violencia por la violencia misma, dado que sus consecuencias serían destructivas para el orden social, mientras el propósito del gobierno es crear orden, armonía, fuerza.

El que es un león y una zorra puede permitirse la virtud -castidad, afabilidad, misericordia, humanidad, liberalidad, honor-, como Agesilao y Timoleón, Camilo, Escipión y Marco hicieron. Pero si las circunstancias son adversas, si se encuentra rodeado por la traición, ¿qué puede hacer sino emular a Filipo, a Aníbal y a Severo?

La mera ansia de poder es destructiva: Pisistrato, Dionisio, César, fueron tiranos e hicieron daño. Agátocles, el tirano de Siracusa, que ganó el poder asesinando a sus conciudadanos, traicionando a sus amigos «sin fidelidad, sin misericordia, sin religión», [85] fue demasiado lejos, y así no ganó gloria, «su ultrajante crueldad e inhumanidad, juntamente con sus incontables actos malvados», [86] lo condujeron al triunfo, pero dado que no era necesaria tanta maldad para ello, fue excluido del panteón; lo mismo ocurrió con Oliverotto da Fermo, su moderna contraparte, muerto por Cesare Borgia.

No obstante, carecer completamente de estas cualidades garantiza el fracaso, y eso hace imposibles las únicas condiciones en las que para Maquiavelo los hombres normales podían desarrollarse con buen éxito.

Los santos podrían no necesitarlas; posiblemente los anacoretas podrían practicar sus virtudes en el desierto; los mártires obtendrían su recompensa en la otra vida; pero es claro Maquiavelo no está interesado en esas formas de vida y no habla de ellas.

Escribe sobre el gobierno, está interesado en los asuntos públicos;

en la seguridad, la independencia, el éxito, la gloria, la fuerza, el vigor, la felicidad sobre la tierra, no en el cielo; en el presente y en el futuro así como en el pasado; en el mundo real, no en uno imaginario.

 

Y para esto, dadas las inalterables limitaciones humanas, el código predicado por la Iglesia cristiana no funciona.

 

Benedetto Croce

 

Maquiavelo, suelen decimos, no se ocupaba de la moral.

La más influyente de todas las interpretaciones modernas -la de Benedetto Croce, seguido hasta cierto punto por Chabod, Russo y otros, afirma que Maquiavelo, en palabras de Cochrane, [87]

«no niega la validez de la moral cristiana, y no pretende que un delito requerido por necesidad política sea por eso menos un delito.

Más bien descubrió… que esta moralidad simplemente no se sostenía en los asuntos políticos y que cualquier política con base en tal suposición terminaría en desastre.

Su descripción objetiva de los hechos, de las prácticas políticas contemporáneas, no es cínica o despreocupada, sino angustiosa».

 

Esta presentación, me parece, contiene dos interpretaciones erróneas. La primera es que el choque es entre «esta moralidad (es decir la cristiana)» y la «necesidad política».

La implicación es que hay incompatibilidad entre, por una parte, la moralidad, la región de valores últimos que se buscan por su propia importancia, el reconocimiento de valores que solo nos capacitan para hablar de «crímenes», la moralidad para justificar y condenar cualquier cosa, y por la otra, la política:

el arte de adaptar los medios a los fines, la región de habilidades técnicas, de lo que Kant iba a llamar «imperativos hipotéticos» que toman la forma «si quiere lograr x haga y (esto es, traicione a un amigo, mate a un inocente)», sin necesidad de preguntarse si x es o no intrínsecamente deseable.

 

Este es el meollo del divorcio entre la política y la ética que Croce y muchos otros atribuyen a Maquiavelo. Pero me parece que esto se basa en un error.

Si la ética se confina, digamos, a la estoica, la cristiana, la kantiana e incluso a algunos tipos de ética utilitaria, en los cuales la fuente y el criterio de valor es la palabra de Dios, o la razón eterna, o algún otro sentido interno del conocimiento del bien y del mal, de lo correcto o lo erróneo, voces que hablan directamente a la conciencia individual con autoridad absoluta, esto podría ser defendible.

Pero existe una ética consagrada por el tiempo, la de la polis griega, de la que Aristóteles proporcionó la más clara exposición.

Dado que los hombres son seres hechos por la naturaleza para convivir en comunidades, sus propósitos comunitarios son los valores últimos de los que se derivan los demás, o con los cuales se identifican sus fines como individuos.

La política, el arte de vivir en la polis, no es una actividad de la que puedan prescindir los que prefieren la vida privada, no es como navegar o esculpir, casos en los que quienes no desean hacerlo pueden, simplemente, abstenerse. La conducta política es intrínseca al ser humano en cierto estadio de civilización, y lo que demanda es intrínseco a una vida humana realizada.

 

La conducta política es intrínseca al ser humano en cierto estadio de civilización, y lo que demanda es intrínseco a una vida humana realizada.

 

La ética así concebida -el código de conducta o el ideal que debe perseguir el individuo- no puede conocerse más que por la comprensión del propósito y el carácter de su polis; todavía menos es posible divorciarse de ella, ni siquiera en pensamiento.

Esta es la clase de moralidad precristiana que Maquiavelo da por sentada:

«Es bien sabido -dice Benedetto Croce [88] que Maquiavelo descubrió la necesidad y la autonomía de la política, política que está más allá del bien y el mal morales, que tiene sus propias leyes contra las cuales es inútil rebelarse, que no puede ser exorcizada y desterrada del mundo con agua bendita».

 

 

Más allá del bien y del mal en algún sentido no aristotélico, religioso o liberal-kantiano; pero no más allá del bien y del mal de esas comunidades, antiguas o modernas, cuyos valores sagrados son sociales hasta la médula.

 

Más allá del bien y del mal en algún sentido no aristotélico, religioso o liberal-kantiano; pero no más allá del bien y del mal de esas comunidades, antiguas o modernas, cuyos valores sagrados son sociales hasta la médula.

El arte de la colonización o el del asesinato masivo (digamos), pueden también tener sus «propias leyes contra las cuales es inútil rebelarse» para aquellos que desean practicarlo con éxito. Pero cuando esas leyes chocan con las de la moral es posible, y de hecho moralmente imperativo, abandonar tales actividades.

 

El arte de la colonización o el del asesinato masivo (digamos), pueden también tener sus «propias leyes contra las cuales es inútil rebelarse» para aquellos que desean practicarlo con éxito.

Pero cuando esas leyes chocan con las de la moral es posible, y de hecho moralmente imperativo, abandonar tales actividades.

 

Pero si Aristóteles y Maquiavelo tienen razón acerca de lo que los hombres son (y deberían ser, y el ideal de Maquiavelo, sobre todo en los Discursos, se presenta con vivos colores), la actividad política es intrínseca a la naturaleza humana, y aunque los individuos, aquí o allá, pueden optar por apartarse, la masa de la humanidad no puede hacerlo, y la vida comunal determina los deberes morales de sus miembros.

De aquí que al oponer las «leyes de la política» a «el bien y el mal», Maquiavelo no contrasta dos esferas «autónomas» de acción, la «política» y la «moral», sino su propia ética «política» con otra concepción de ética que gobierna la vida de personas que no le interesan.

De hecho está rechazando una moral -la cristiana-, pero no en favor de algo que de ninguna manera puede describirse como moralidad, sino solo como un juego de destreza, una actividad llamada política, que no se ocupa de los fines humanos últimos y por lo tanto no es ética en forma alguna.

Sin duda rechaza la ética cristiana, pero en favor de otro sistema, otro universo moral:

el mundo de Pericles o de Escipión, aun el del duque de Valentino, una sociedad dirigida a fines tan últimos como la fe cristiana, una sociedad en la que los hombres luchan y están dispuestos a morir por fines (públicos) que persiguen por su propio bien.

 

No están eligiendo una esfera de medios (llamada política) en oposición a una esfera de fines (llamada moral), sino que optan por una moralidad rival (romana o clásica), una esfera alternativa de fines.

En otras palabras, el conflicto es entre dos moralidades, cristiana y pagana (o como algunos desean llamarla, estética), no entre esferas autónomas de moral y política.

 

El papa Pablo III junto a sus nepotes, el cardenal Alejandro Farnesio y el duque Octavio Farnesio, en una pintura de Tiziano del siglo XVI.

 

No se trata de una mera cuestión de nomenclatura, a menos que se conciba que la política no se ocupa (como suele ocurrir) de medios, habilidades, métodos, técnica, know how, la práctica (esté o no regida por reglas inquebrantables propias) de Croce, sino de un reino independiente de fines propios, a los que se busca por sí mismos, un sustituto de la ética [89].

Cuando Maquiavelo (en una carta a Francesco Vettori) decía que amaba a su ciudad nativa más que a su propia alma, revelaba sus creencias morales básicas, posición que Croce no le reconoce [90].

La segunda tesis relacionada con esto me parece equivocada; es la idea de que Maquiavelo veía con angustia los crímenes de su sociedad. (Chabod, en su excelente estudio, a diferencia de Croce y de otros croceanos, no insiste en esto).

 

Maquiavelo acepta a regañadientes las extremas necesidades de la raison d’état, porque no ve alternativa. Pero no hay prueba de ello; no hay trazas de congoja en sus obras políticas ni en su teatro o cartas.

 

Esto implica que acepta a regañadientes las extremas necesidades de la raison d’état, porque no ve alternativa. Pero no hay prueba de ello; no hay trazas de congoja en sus obras políticas ni en su teatro o cartas.

El mundo pagano que Maquiavelo prefiere está construido sobre el reconocimiento de la necesidad de astucia y fuerza sistemáticas por parte de los gobernantes, y parece pensar que es natural y en ninguna forma excepcional, o moralmente penoso, que emplearan estas armas siempre que las necesitaran.

Ni lo es la distinción que traza entre los gobernantes y los gobernados.

Los súbditos o ciudadanos también deben ser romanos:

no necesitan la Virtù de los gobernantes, pero si hacen trampa las máximas de Maquiavelo no funcionarán; tienen que ser pobres, militarizados, honrados y obedientes, si llevan una vida cristiana aceptarán sin queja alguna el dominio de meros intimidadores y pillos.

 

Ninguna república sana puede construirse con esos materiales.

Teseo y Rómulo, Moisés y Ciro, no predicaron a sus súbditos la humildad ni una visión de este mundo como un lugar de descanso temporal.

Pero es la primera interpretación errónea la que va más a fondo, la que representa a Maquiavelo como si le importaran poco o nada los asuntos morales. Sin duda esto no lo corrobora su mismo lenguaje.

Cualquiera cuyo pensamiento gire alrededor de conceptos centrales tales como el bien y el mal, lo corrupto y lo puro, tiene en mente una escala ética, en términos de la cual censura o ensalza moralmente. Los valores de Maquiavelo no son cristianos, pero son valores morales.

 

Cualquiera cuyo pensamiento gire alrededor de conceptos centrales tales como el bien y el mal, lo corrupto y lo puro, tiene en mente una escala ética, en términos de la cual censura o ensalza moralmente.

Los valores de Maquiavelo no son cristianos, pero son valores morales.

 

 

Sobre este punto crucial me parece correcta la crítica de Hans Baron a la tesis Croce-Russo [91]. Contra la opinión de que para Maquiavelo la política estaba más allá de la crítica moral, Baron cita algunos de los pasajes apasionadamente patrióticos, republicanos y libertarios de los Discursos en los que las cualidades (morales) de los ciudadanos de una república se comparan favorablemente con las de los súbditos de un príncipe despótico.

No puede decirse que el último capítulo de El príncipe sea obra de un observador indiferente, moralmente neutral, o de un hombre absorto en sí mismo, preocupado con sus propios problemas interiores personales, que ve la vida pública «con angustia» como el cementerio de los principios morales.

 

La moralidad de Maquiavelo, tal como la de Aristóteles o Cicerón, era social, no individual. Pero no es menos moralidad que la de ellos; no se trata de una región amoral, más allá del bien y del mal.

 

La moralidad de Maquiavelo, tal como la de Aristóteles o Cicerón, era social, no individual. Pero no es menos moralidad que la de ellos; no se trata de una región amoral, más allá del bien y del mal. De esto no se concluye, desde luego, que con frecuencia no se viera fascinado por las técnicas de la vida política como tal.

El consejo que da por igual a los conspiradores y a sus enemigos, la apreciación profesional de los métodos de Oliverotto, Sforza o Baglioni, emanan de una curiosidad típicamente humanista, de la búsqueda de una ciencia aplicada de la política, de la fascinación del conocimiento por el conocimiento, cualesquiera pudieran ser las implicaciones.

Pero el ideal moral, el del ciudadano de la república romana, nunca está lejos.

Las habilidades políticas se aprecian solo como medios, por su efectividad para recrear condiciones en las que los hombres enfermos recuperen su salud y puedan florecer. Y esto es precisamente lo que Aristóteles habría llamado el fin moral propio del hombre.

Esto nos deja todavía con el espinoso problema de la relación de El príncipe con los Discursos. Pero cualesquiera que fueran las disparidades, la corriente central que corre a través de ambos es la misma.

La visión -el sueño típica de muchos autores que se ven a sí mismos como realistas inflexibles, de la patria fuerte, unida, efectiva, moralmente regenerada, espléndida y victoriosa, salvada por la Virtù de un hombre o de muchos, permanece central y constante.

 

Fortuna, Diosa romana

 

Los juicios políticos, las actitudes hacia individuos o estados, la fortuna y la necessità, la evaluación de métodos, el grado de optimismo, el temperamento fundamental, cambian de una obra a otra, tal vez dentro de la misma exposición. Pero los valores básicos, el fin último -la beatifica visión de Maquiavelono varía

Su visión es social y política. De aquí que la tradicional opinión que lo considera simplemente como un especialista en cómo aprovecharse de los demás, un vulgar cínico que dice que los preceptos de la escuela dominical están muy bien, pero en un mundo lleno de hombres malvados uno tiene que mentir, matar, etc., si se quiere lograr algo, es incorrecta.

La filosofía que se compendia en «comer o ser comido, golpear o ser golpeado», la clase de sabiduría mundana que se encuentra en, digamos, Mazzei [92] o en Giovanni Morelli, [93] con los que ha sido comparado, no es lo central en él.

 

Maquiavelo no está especialmente preocupado por el oportunismo de individuos ambiciosos, es un típico humanista apasionado del Renacimiento, salvo que su ideal no es artístico o cultural sino político

 

Maquiavelo no está especialmente preocupado por el oportunismo de individuos ambiciosos; a sus ojos el ideal es una refulgente visión de Florencia o de Italia, a este respecto es un típico humanista apasionado del Renacimiento, salvo que su ideal no es artístico o cultural sino político, a menos que el Estado o la Italia regenerada se considere, en el sentido de Burckhardt, como una meta artística.

Esto es muy diferente de la mera defensa de la inclemencia como tal, o de un realismo que no se preocupa por su metaLos valores de Maquiavelo, me gustaría repetirlo, no son instrumentales sino morales y finales, y pide grandes sacrificios en su nombre.

 

Los valores de Maquiavelo no son instrumentales, sino morales y finales; y pide grandes sacrificios en su nombre.

 

Por ellos rechaza la escala rival -los principios cristianos de ozio y mansedumbre-, no por cierto como defectuosos en sí mismos, sino como inaplicables a las condiciones de la vida real; y la vida real para él quiere decir no solo (como a veces se afirma) la vida como se vivía en torno suyo en Italia:

los crímenes, hipocresías, brutalidades, locuras de Florencia, Roma, Milán, Venecia.

 

Esta no es la piedra de toque de la realidad. Su propósito es no dejar inalterada esta clase de vida ni reproducirla, sino elevarla a un nuevo plano, rescatar a Italia de la miseria y la esclavitud, restaurar su salud y su cordura.

 

Su propósito es no dejar inalterada esta clase de vida ni reproducirla, sino elevarla a un nuevo plano,

 

La idea moral para la que cree no hay sacrificio demasiado grande –el bienestar de la patria– es para él la forma más elevada de existencia social que puede alcanzar el hombre, pero debe ser alcanzable, no inalcanzable; no un mundo fuera de los límites de la capacidad humana, de los seres humanos tal como los conocemos, esto es, como criaturas compuestas de esas propiedades emocionales, intelectuales y físicas de las que la historia y la observación proporcionan ejemplos.

 

BIOPODER. «Los orígenes teológico-políticos del Biopoder. Pastoral y genealogía del Estado»

 

Pide hombres mejorados, no transfigurados, no sobrehumanos, ni un mundo de seres ideales desconocidos en esta tierra que, aun si pudieran ser creados, no podrían ser llamados humanos.

Si alguien objeta a los métodos políticos recomendados porque parecen moralmente detestables, si se rehúsa a embarcarse en ellos porque son, para usar la palabra de Ritter, erschreckend, demasiado atemorizantes, Maquiavelo no tiene respuesta ni argumento.

En tal caso se está perfectamente capacitado para llevar una vida moralmente buena, para ser un ciudadano privado (o un monje), para buscarse algún rincón propio. Pero no debe hacerse responsable de las vidas de otros, ni esperar buena fortuna; en un sentido material lo que cabe esperar es ser ignorado o destruido.

En otras palabras, se puede optar por salir del mundo público, pero en ese caso Maquiavelo no tiene nada que decir, pues él se dirige al mundo público y a sus hombres.

Esto se expresa más claramente en su famoso consejo al victorioso que tiene que dominar una provincia conquistada. Le recomienda hacer tabla rasa: nuevos gobernadores, nuevos títulos, nuevos poderes y nuevos hombres:

«hacer pobres a los ricos, ricos a los pobres, como hizo David cuando llegó a ser rey: «a los pobres los llenó de buenas cosas y a los ricos los dejó sin cosa alguna«.

Además de esto deberás construir nuevas ciudades, derribar las ya construidas, cambiar a los habitantes de un lugar a otro; en breve, no deberás dejar nada intacto en esta provincia, y habrás de asegurarte de que nadie deberá tener ninguna jerarquía, posición, cargo o riqueza que no reconozca como tuya» [94].

Deberá tomar como modelo a Filipo de Macedonia, quien «creció de esta forma hasta que llegó a ser señor de Grecia».

 

 

Ahora los historiadores de Filipo nos informan sigue diciendo Maquiavelo que trasladó a los habitantes de una provincia a otra, «como los pastores trasladan sus ganados» de un lugar a otro. Indudablemente, continúa Maquiavelo

Estos métodos son muy crueles, y enemistan a todo gobierno, no solo cristiano sino humano, y todo hombre debe evitarlos y preferir llevar una vida privada que ser un rey que acarrea tal ruina a los hombres.

Sin embargo, un gobernante que no desee tomar ese primer buen camino del gobierno legal, si quiere mantenerse, ha de seguir en esta senda de maldad.

Pero los hombres toman ciertos caminos intermedios que son muy dañinos; de hecho son incapaces de ser del todo buenos o del todo malos, [95]

 

Esto está muy claro. Hay dos mundos, el de la moralidad personal y el de la organización pública. Hay dos códigos éticos, ambos últimos; no dos regiones «autónomas», una de «ética», otra de «política», sino (para él), dos alternativas exhaustivas entre dos sistemas de valores conflictivos entre sí.

 

Si un hombre escoge el «primer buen camino», debe, presumiblemente, abandonar toda esperanza de Atenas y Roma, de una sociedad noble y gloriosa en que los seres humanos puedan medrar y lleguen a ser fuertes, orgullosos, sabios y productivos.

Pero si escoge la segunda vía, debe suprimir sus escrúpulos privados, si los tiene, pues es seguro que quienes son demasiado escrupulosos durante la remodelación de una sociedad, y aun durante la persecución y conservación de su gloria y su poder, irán al fracaso.

 

Si un hombre escoge el «primer buen camino», debe, presumiblemente, abandonar toda esperanza de Atenas y Roma, de una sociedad noble y gloriosa en que los seres humanos puedan medrar y lleguen a ser fuertes, orgullosos, sabios y productivos; de hecho, deben abandonar toda esperanza de una vida tolerable sobre la tierra, pues los hombres no pueden vivir fuera de la sociedad, si son conducidos por hombres que (como Soderini) son influidos por la primera, la moralidad «privada», no sobrevivirán colectivamente;

no serán capaces de llevar a cabo sus mínimas metas como hombres; terminarán en un estado de degradación no solo política sino moral.

 

Pero si un hombre, como lo hizo el mismo Maquiavelo, escoge la segunda vía, debe suprimir sus escrúpulos privados, si los tiene, pues es seguro que quienes son demasiado escrupulosos durante la remodelación de una sociedad, y aun durante la persecución y conservación de su gloria y su poder, irán al fracaso. Quien haya elegido hacer una tortilla no podrá hacerla sin romper los huevos.

 

Quien haya elegido hacer una tortilla no podrá hacerla sin romper los huevos.

 

Se acusa a veces a Maquiavelo de gustar mucho de la posibilidad de romper huevos… casi por el gusto mismo. Esto es injusto. Él piensa que estos métodos inhumanos son necesarios; necesarios como medio para proporcionar buenos resultados, buenos no en términos cristianos, sino de una moralidad secular, humanista, naturalista. Sus ejemplos más notables muestran esto.

El más famoso, tal vez, es el de Giampaolo Baglioni, que capturó a Julio II durante una de sus campañas, y lo dejó escapar, cuando en opinión de Maquiavelo pudo haberlos destruido a él y a sus cardenales, y por lo tanto cometido un crimen «cuya grandeza pudo haber trascendido toda infamia, todo peligro que podría haberse derivado de él» [96].

Como Federico el Grande (que llamó a Maquiavelo «enemigo de la humanidad», y siguió sus consejos), [97] Maquiavelo está diciendo, en efecto, «Le vin est tiré: il faut le boire». Una vez que uno se embarca en un plan para la transformación de la sociedad debe llevarlo a cabo sin importar a qué costo: titubear, dar marcha atrás, dejarse vencer por los escrúpulos, es traicionar la causa elegida.

Un médico es un profesional dispuesto a quemar, cauterizar, amputar, si eso es lo que la enfermedad requiere, de modo que detenerse a medio camino por escrúpulos personales, o por algún principio sin relación con su arte y su técnica, es signo de confusión y debilidad, y siempre acarreará lo peor de ambos mundos.

 

 

Y hay cuando menos dos mundos; cada uno de ellos tiene mucho, todo, de hecho, a su favor. Hay que aprender a elegir entre ambos y, habiendo elegido, no mirar atrás.

 

Y hay cuando menos dos mundos; cada uno de ellos tiene mucho, todo, de hecho, a su favor. Hay que aprender a elegir entre ambos y, habiendo elegido, no mirar atrás.

Hay más de un mundo y más de un conjunto de virtudes, la confusión entre ellos es desastrosa. Una de las principales ilusiones causadas por la ignorancia de esto es la opinión platónica-hebraica-cristiana en el sentido de que los gobernantes virtuosos crean hombres virtuosos.

Según Maquiavelo esto no es verdad. La generosidad es una virtud, pero no en los príncipes.

Un príncipe generoso arruinará a sus ciudadanos con impuestos demasiado gravosos, un príncipe mezquino (y Maquiavelo no dice que la mezquindad sea una buena cualidad en los hombres privados) cuidará los bolsillos de los ciudadanos y así se sumará al bienestar público.

 

 

Un gobernante bondadoso -y la bondad es una virtud- puede dejar que los intrigantes y los de carácter más fuerte lo dominen, y así causar caos y corrupción.

 

Un gobernante bondadoso -y la bondad es una virtud- puede dejar que los intrigantes y los de carácter más fuerte lo dominen, y así causar caos y corrupción.

Otros autores de «espejos de príncipes» también abundan en tales máximas, pero no sacan las implicaciones correspondientes; Maquiavelo no usa esas generalizaciones como ellos, no moraliza en general, sino ilustra una tesis específica:

que la naturaleza de los hombres dicta una moralidad pública diferente de las virtudes de los hombres que profesan creer en los preceptos cristianos, y tratan de actuar según ellos, y que puede entrar en conflicto con esas virtudes.

 

Estos preceptos podrían no ser completamente irrealizables en tiempos tranquilos, en la vida privada. Pero fuera de esta llevan a la ruina. 

La analogía entre un Estado y el pueblo y un individuo es falaz:

«un Estado y un pueblo son gobernados en forma diferente que un individuo»; [98] «lo que hace grandes a las ciudades no es el bien individual sino el bien común» [99].

 

Jean Charles Leonard Simonde de Sismondi (Ginebra, 9 de mayo de 1773-25 de junio de 1842) fue un escritor, economista e historiador suizo

 

Se puede argüir que la grandeza, la gloria y la riqueza de un Estado son ideales vacuos, o detestables, si los ciudadanos son oprimidos o tratados como meros medios para la grandeza del todo.

 

Se puede estar en desacuerdo con esto. Se puede argüir que la grandeza, la gloria y la riqueza de un Estado son ideales vacuos, o detestables, si los ciudadanos son oprimidos o tratados como meros medios para la grandeza del todo.

Como los pensadores cristianos, o como Constant y los liberales, o como Sismondi y los teóricos del Estado benefactor, se podría preferir un Estado en el que los ciudadanos sean prósperos aun cuando el tesoro público sea pobre, en el que el gobierno no sea ni centralizado ni omnipotente ni, tal vez, del todo soberano, pero donde los ciudadanos gocen un amplio grado de libertad individual,

se podría contrastar favorablemente esto con las grandes concentraciones autoritarias de poder erigidas por Alejandro o Federico el Grande o Napoleón, o por los grandes autócratas del siglo XX.

 

En este caso simplemente se está contradiciendo la tesis de Maquiavelo:

él no ve mérito en texturas políticas tan laxas. No pueden durar. Los hombres no pueden sobrevivir mucho tiempo en tales condiciones.

 

Está convencido de que los estados que han perdido el apetito de poder están condenados a la decadencia y probablemente sean destruidos por sus vecinos más vigorosos y mejor armados; Vico y los modernos pensadores «realistas« se hicieron eco de esto.

Maquiavelo está poseído por una visión clara, intensa y focalizada de una sociedad en la cual sería posible adaptar los talentos humanos para contribuir a un todo poderoso y espléndido. Prefiere el gobierno republicano en el que los intereses de los gobernantes no entran en conflicto con los de los gobernados.

 

Prefiere el gobierno republicano en el que los intereses de los gobernantes no entran en conflicto con los de los gobernados. 

Pero prefiere un principado bien gobernado que una república decadente.

 

Pero (como lo percibió Macaulay) prefiere un principado bien gobernado que una república decadente; y las cualidades que admira y cree posibles de consolidar -cosa indispensable- dentro de una sociedad perdurable no son diferentes en El príncipe y en Los discursos:

energía, audacia, espíritu práctico, imaginación, vitalidad, disciplina, astucia, espíritu público, buena fortuna, antiqua virtus, virtù, firmeza en la adversidad, fuerza de carácter, como las celebradas por Jenofonte o Livio.

 

Tito Livio (Patavium, 59 a. C.-Padua, 17 d. C.)​ fue un historiador romano que escribió una monumental historia del Estado romano en ciento cuarenta y dos libros (el Ab urbe condita), desde la legendaria llegada de Eneas a las costas del Lacio hasta la muerte del cuestor y pretor Druso el Mayor.

 

Sus máximas más escandalosas las responsables del «asesino Maquiavelo» -de la escena isabelina– son descripciones de métodos para alcanzar ese único fin: la visión clásica, humanista y patriótica que lo domina.

Permítaseme citar unas cuantas de sus más famosas muestras de consejos perversos a los príncipes.

Se debe emplear el terror o la bondad, según el caso lo dicte. La severidad suele ser más efectiva, pero la humanidad, en algunos casos, da mejores frutos.

Se puede excitar el miedo, pero no el odio, pues el odio termina por destruir.

Es mejor conservar a los hombres pobres y en pie de guerra permanente, pues esto será el antídoto para los dos grandes enemigos de la obediencia activa: la ambición y el aburrimiento, y los gobernados se sentirán en constante necesidad de tener grandes hombres que los dirijan (el siglo XX nos ofrece numerosas muestras de esta aguda intuición).

La competencia -las divisiones entre clases- es deseable en una sociedad, pues genera el grado adecuado de energía y ambición.

La religión debe ser promovida aunque pueda ser falsa, con tal de que sea de un tipo que conserve la solidaridad social y promueva virtudes viriles, cosa que históricamente el cristianismo no ha logrado hacer.

Cuando se confieran beneficios (dice, siguiendo a Aristóteles) hay que hacerlo en persona, pero si hay que hacer algo sucio conviene dejar que lo hagan otros, pues entonces serán culpados esos otros, no el príncipe, y este puede ganar favor si les manda cortar la cabeza oportunamente, pues los hombres prefieren la venganza y la seguridad que la libertad.

En todos los casos hay que hacer lo necesario, pero se debe tratar de presentarlo como un favor especial al pueblo. Si se requiere cometer un crimen no hay que anunciarlo de antemano, dado que de otra manera los enemigos podrían destruirlo antes de que hubiera tiempo de destruirlos a ellos.

Si la acción tiene que ser tajante, debe llevarse a cabo de golpe, no en etapas dolorosas. No hay que rodearse de sirvientes demasiado poderosos; es mejor deshacerse de los generales, o se corre el riesgo de que ellos se libren del príncipe.

Se puede ser violento y usar la fuerza para aterrorizar, pero no hay que quebrantar las propias leyes, pues eso destruye la confianza y desintegra la trama social. Los hombres deben ser acariciados o aniquilados; el apaciguamiento y la neutralidad siempre son fatales.

Los planes excelentes, sin armas, no son suficientes, de otra manera Florencia sería aún una república. Los gobernantes deben vivir en una constante expectativa de guerra. El éxito crea más devoción que un carácter amable; recuérdese el destino de Pertinax, Savonarola, Soderini.

Severo fue inescrupuloso y cruel, Fernando de España traicionero y mañoso; pero practicando las artes tanto del león como de la zorra escaparon de las trampas y también de los lobos.

Los hombres serán falsos a menos que se los fuerce a ser veraces creando circunstancias en las que la falsedad no dé buenos resultados. Y así por el estilo. 

Estos ejemplos son típicos del «compañero del diablo».

 

 

El bien público es el único que justifica los medios malvados

 

De vez en cuando la duda asalta a nuestro autor, se pregunta si un hombre de nobles ideales, lo bastante como para esforzarse por crear un Estado admirable según las normas romanas, será lo suficientemente duro como para usar los medios perversos y violentos que se prescriben; y a la inversa, si un hombre inhumano y brutal será lo bastante desinteresado como para lograr el bien público, que es el único que justifica los medios malvados.

Sin embargo Moisés y Teseo, Rómulo y Ciro, combinaron esas propiedades [100]Lo que ha sido una vez puede volver a ser la implicación es optimista.

Todas estas máximas tienen una propiedad en común:

están diseñadas para crear, revivir o mantener un orden que satisfaga lo que para el autor son los intereses más permanentes entre los hombres.

 

Los valores de Maquiavelo pueden ser erróneos, peligrosos, odiosos; pero son sinceros. No es cínico. El fin es siempre el mismo:

un Estado concebido por analogía con la Atenas de Pericles, o Esparta, pero por encima de todo de la República Romana.

 

Tal fin, que los hombres ansían naturalmente (él piensa que la historia y la observación proporcionan pruebas concluyentes de esto), «disculpa« cualquier medio; al juzgar los medios ve solo el fin:

si el Estado se hunde todo está perdido.

 

De aquí el famoso párrafo del capítulo 41 del tercer libro de Los discursos, donde dice:

«cuando es absolutamente cuestión de la seguridad del país de uno, no debe haber consideración de lo justo o lo injusto, de lo misericordioso o cruel, de lo laudable o vergonzoso; en lugar de ello, poniendo a un lado todo escrúpulo, debe uno seguir hasta el final cualquier plan que salve su vida y conserve su libertad».

 

 

Los franceses han razonado así, y la «majestad de su rey y el poder de su reino« vienen de esto. Rómulo no pudo haber fundado Roma sin matar a Remo. Bruto no pudo haber salvado la república sin matar a sus hijos.

Moisés y Teseo, Rómulo, Ciro y los liberadores de Atenas tuvieron que destruir para construir. Tal conducta, lejos de ser condenada, es vista con admiración por los historiadores clásicos y la Biblia. Maquiavelo es su admirador y fiel vocero.

¿Qué hay, entonces, en sus palabras, en su tono, que ha causado tales estremecimientos entre sus lectores? No, por cierto, en la época en que vivió; el efecto se retrasó un cuarto de siglo, pero después se convirtió en un horror continuo y creciente.

Fichte, Hegel, Treitschke, «reinterpretaron» sus doctrinas y las asimilaron a sus propias opiniones.

Pero el sentido del horror no se mitigó demasiado. Es evidente que el efecto de la conmoción que causó no fue temporal: ha durado casi hasta nuestros días.

Dejemos a un lado el problema histórico de por qué no hubo inmediata crítica contemporánea para considerar la continua molestia causada a sus lectores durante los cuatro siglos que han pasado desde que El príncipe fue incluido en el Index.

 

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Notas

[67] El príncipe, dedicatoria.

[68] Este celebrado pasaje del capítulo 17 de El príncipe se da aquí en la vivida traducción de Prezzolini: véase su «The Christian roots of Machiavelli’s moral pessimism», Review of National Literatures 1, 1970, 26-37:27. 

[69] Discourses II 2.

[70] Véanse acerca de este tan discutido asunto las pertinentes tesis de J. H. Whitfield en Machiavelli, Oxford, 1947, especialmente pp. 93-95, у J. H. Hexter, en «Il principe and lo stato», Studies in the Renaissance 4,1957, pp. 113-135, y las opiniones opuestas de Fredi Chiapelli en Studi sul linguaggio del Machiavelli, Florencia, 1952, pp. 59-73.

Francesco Ercole en La politica di Machiavelli, Roma, 1926 y Felix Gilbert, op. cit., (véase p. 89, nota 2), pp. 328-330. Para una versión anterior de la tesis antiercoliana de Gilbert véase su «The concept of nationalism in Machiavelli’s Prince», Studies in the Renaissance II, 1954, pp. 38-48.

Н. С. Dowdall va más allá y parece mantener que, en efecto, al inventar la palabra «Estado» Maquiavelo fundó la moderna ciencia política [«The word «State»», Law Quarterly Review 39, 1923, pp. 98-125]. 

[71] Por lo cual es recomendado por De Sanctis y (como lo anota Prezzolini, op. cit., nota 2), condenado por Maurice Joly en el famoso Dialogue aux enfers entre Machiavel et Montesquieu, Bruselas, 1864, que sirvió como el original de los falsificados Protocols of the Learned Elders of Zion, Londres, 1920. 

[72] Discourses 1 26.

[73] Discourses II 2.

[74] Discourses II 2.

[75] Discourses I 12.

[76] Fichte’s Werke, ed. Immanuel Hermann Fichte, Berlin, 1971, vol. II, pp. 411-413. 

[77] Giuseppe Prezzolini, Machiavelli Anticristo, Roma, 1954, traducido al inglés como Machiavelli, Nueva York, 1967; Londres, 1968, versión inglesa, p. 43. 

[78] Discourses II 2 y Discourses 1 12.

[79] El Príncipe, cap. 19.

[80] El Príncipe, cар. 18.

[81] El Príncipe, cар. 14.

[82] El Príncipe, cap. 15.

[83] El Príncipe, cap. 15.

[84] El Príncipe, cap. 18.

[85] El Príncipe, cap. 8.

[86] El Príncipe, cap. 8.

[87] Eric W. Cochrane, «Machiavelli: 1940-1960» Journal of Modem History 33,1961, p. 115. 

[88] Benedetto Croce, Elementi di política, Bari, 1925.

[89] Meinecke, Prezzolini, op. cit. (véase p. 89, nota 2), versión inglesa, p. 43, Ernesto Landi, «The political philosophy of Machiavelli», traducción de Maurice Cranston, History Today 14, 1964, pp. 550-555, tienen, me parece, un acercamiento más inmediato a esta posición. 

[90] Benedetto Croce, «Per un detto del Machiavelli», La Crítica 28,1930, pp. 310-312. 

[91] Hans Baron, «Machiavelli: The republican citizen and the author of «The Prince»», English Historical Review 76,1961, pp. 217-253, passim. 

[92] Ser Lapo Mazzei, Lettere di un notaro a un mercante del secolo XIV, Cesare Guasti (ed.), 2 vols., Florencia, 1880. 

[93] Giovanni di Pagolo Morelli, Ricordi, Vittore Branca (ed.), Florencia, 1956. 

[94] Discourses 1 26.

[95] Discourses 1 26.

[96] Discourses 1 27.

[97] Aún no está claro cuánto de esto se lo debía Federico a su mentor Voltaire. 

[98] «… una repubblica e un popolo si governa altrimenti che un privato», Legazion all’imperatore, citado por L. Burd, The Prince, Oxford, 1891, p. 298, nota 17. 

[99] Discourses II 2. Esto es un eco de lo que escribe Francesco Patrizzi, «aliae sunt regis virtutes, aliae privatorum», De regno et regis institutione, citado por Felix Gilbert en «The humanist concept of the prince and The Prince of Machiavelli», Journal of Modern History II, 1939, pp. 449-483; 464, nota 34. 

[100] Hugh Trevor-Roper me señaló la ironía del hecho de que todos los héroes de este realista supremo son, totalmente o en parte, míticos.

 

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