El Principe es una de las primeras manifestaciones para la estructuración de la política como saber científico. Entre sus páginas. se encuentran acercamientos a la moralidad y a la ética en el poder: la disciplina de los ciudadanos ante el peligro y, por último, un llamado desesperado para la liberación de Italia de las fuerzas extranjeras.
Por qué el reino de Darío, ocupado por Alejandro, no se sublevó contra los sucesores de éste tras su muerte
Capítulo V
De qué manera hay que gobernar las ciudades o los principados que se regían por sus propias leyes, antes de ser ocupados
Capítulo VI
De los principados nuevos adquiridos por las armas propias y el talento personal
Capítulo VII
De los principados nuevos que se adquieren con las armas y las fortunas de otros
Capítulo VIII
De los que llegaron al principado mediante crímenes
Capítulo IX
Del principado civil
Capítulo X
Cómo deben medirse las fuerzas de todos los principados
Capítulo XI
De los principados eclesiásticos
Capítulo XII
De las distintas clases de milicias y de los soldados mercenarios
Capítulo XIII
De los soldados auxiliares, mixtos y mercenarios
Capítulo XIV
De los deberes del príncipe en lo concerniente al arte de la guerra
Capítulo XV
De aquellas cosas por las cuales los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o censurados
Capítulo XVI
De la prodigalidad y de la avaricia
Capítulo XVII
De la crueldad y la clemencia; y si es mejor ser temido que amado
Capítulo XVIII
De qué modo los príncipes deben cumplir sus promesas
Capítulo XIX
El príncipe debe evitar ser aborrecido y odiado
Capítulo XX
Si las fortalezas que los príncipes hacen con frecuencia, son útiles o no
Capítulo XXI
Cómo debe comportarse un príncipe para ser estimado
Capítulo XXII
De los secretarios del príncipe
Capítulo XXIII
Cómo huir de los aduladores
Capítulo XXIV
Por qué los príncipes de Italia perdieron sus Estados
Capítulo XXV
Del poder de la fortuna de las cosas humanas y de los medios para oponérsele
Capítulo XXVI
Exhortación a liberar a Italia de los bárbaros
La dama del armiño (c. 1490), famoso óleo sobre tabla de Leonardo da Vinci que retrata a Cecilia Gallerani, amante de Ludovico Sforza, duque de Milán. Destaca por su composición dinámica, el uso del esfumado y el simbolismo del armiño, que representa pureza y al propio duque. Se encuentra en el Museo Nacional de Cracovia.
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EL PRÍNCIPE (Parte 2: Capítulos IV, V y VI)
CAPÍTULO IV: Por qué el reino de Darío, conquistado por Alejandro, no se rebeló contra sus sucesores tras la muerte de éste
Consideradas las dificultades que encierra el conservar un Estado recientemente adquirido, alguien podría preguntarse con asombro cómo, dado que Alejandro Magno se adueñó de Asia en pocos años, y murió cuando estaba poco colonizada (de lo que parece razonable deducir que todo el imperio se habría rebelado), sus sucesores no tuvieron que enfrentarse a mayores dificultades que las disputas entre ellos debido a sus propias ambiciones.
Contesto que todos los principados guardados en memoria han sido gobernados de dos modos diferentes:
Bien por un príncipe con un cuerpo de servidores, que le ayudan a gobernar el reino como ministros por su favor hacia ellos y con su permiso;
o por un príncipe y nobles, que ocupan esa dignidad no por gracia del soberano sino por antigüedad de su linaje familiar.
Estos nobles tienen Estados y sus propios súbditos, que los reconocen como señores y sienten por ellos un afecto natural.
Mientras que, en los Estados gobernados por un príncipe asistido por siervos,el príncipe goza de mayor autoridad, porque no hay nadie en el país que sea reconocido como superior a él, y si muestran obediencia a otro lo hacen como ministro y funcionario, sin especial afecto por él.
Dos modelos de gobierno: El Gran Turco y el rey de Francia
En nuestros días, los ejemplos de estas dos clases de gobierno se hallan hoy en el Gran Turco y en el rey de Francia.
Toda Turquía está gobernada por un solo señor, del cual los demás habitantes son siervos; un señor que divide su reino en sanjacados (provincias), nombra sus administradores y los cambia y reemplaza a su antojo.
En cambio, el rey de Francia está rodeado por una multitud de antiguos nobles que son dueños de un estado y son reconocidos y amados por sus propios súbditos, y que tienen sus prerrogativas, que ni el rey puede arrebatárselas sin exponerse a correr serio peligro.
Así, si se examina uno y otro gobierno, se verá que hay, en efecto, dificultad para conquistar el Estado del Turco, pero que, una vez conquistado, es muy fácil conservarlo.
Las razones de la dificultad para apoderarse del reino del Turco residen en que el usurpador no puede ser invitado por los príncipes del reino, ni esperar ayuda en sus designios mediante una revuelta de quienes rodean al señor, ni confiar en que su rebelión facilitará la empresa.
Esto se debe a las razones explicadas anteriormente, ya que sus ministros, al ser todos esclavos y siervos, son muy difíciles de corromper, y se les puede sacar poco partido cuando han sido corrompidos, porque no pueden arrastrar al pueblo con ellos por el motivo mencionado.
Así pues, quien ataque al Turco ha de tener presente que le encontrará unido, y tendrá que confiar más en su propia fuerza que en el alzamiento de otros; pero si el Turco ha sido vencido y aplastado en el campo de la batalla, de tal modo que le sea imposible rehacer sus ejércitos, no hay nada que temer salvo a la familia del príncipe.
Una vez exterminada esta, no queda nadie a quien temer, dado que los demás carecen de crédito alguno entre el pueblo. El conquistador, que no dependió de ellos antes de su victoria, tampoco ha de temerlos tras ella.
En los reinos gobernados como el de Francia ocurre lo contrario, porque es fácil penetrar en ellos ganándose el favor de algún noble del reino, ya que siempre es posible encontrar descontentos y gente que desea un cambio. Tales hombres, por las razones expuestas, pueden abrirte camino y facilitar la victoria.
Pero si deseas conservarlo después, te enfrentas a infinitas dificultades, tanto por parte de quienes te han ayudado como de aquellos a los que has aplastado.
Tampoco basta con exterminar a la familia del príncipe, porque los señores que queden encabezarán nuevas movilizaciones contra ti y, dado que no estás en condiciones de contentarles ni de destruirles, el Estado se perderá a la primera oportunidad.
El caso de Darío y Alejandro Magno
Alejandro visita a las princesas persas. Óleo por Charles Le Brun. siglo XVII. Trianon, Versalles.
En consecuencia, si los sucesores de Alejandro hubiesen permanecido unidos, habrían podido gozar en paz de la conquista porque no hubo en el reino otros tumultos ajenos a sus rencillas internas.
Si ahora tomamos en consideración cuál era la naturaleza de Darío III, veremos que era similar a la del reino del Turco, y por eso fue suficiente que Alejandro primero le derrotara en batalla y después le arrebatara el país.
Tras esta victoria, en la que murió Darío, el Estado quedó asegurado para Alejandro por las razones antes citadas. Si sus sucesores hubieran estado unidos habrían disfrutado de él con toda seguridad, ya que en el reino no hubo tumultos salvo los que ellos mismos provocaban.
Dos equipos preparados para participar en un torneo. Tomado del Tratado de la forma y las reglamentaciones de un torneo, de Renato de Anjou, rey de Nápoles, que compendiaba las normas entonces al uso en Francia, Alemania, Flandes y Brabante. (Torneos Medievales)
No obstante, es imposible conservar con tanta tranquilidad los Estados constituidos como el de Francia.
De ahí que se produjeran frecuentes rebeliones contra los romanos en España, Francia y Grecia, debido a los muchos principados existentes sobre los que, mientras perduró el recuerdo, los romanos siempre ejercieron un poder inseguro; pero con el poder y la larga duración del imperio, el recuerdo se difuminó y los romanos pasaron a ser sus dominadores seguros.
Después, cuando combatían unos contra otros, cada uno podía atraer a distintas partes del país como aliadas, de acuerdo con la influencia que hubiera ejercido allí. Al haberse extinguido la familia de sus antiguos señores, no se reconocían otros dueños que los romanos.
Pues, al considerar estas cosas, no se asombrará nadie de la facilidad con la cual Alejandro conservó el Imperio de Asia, al mismo nivel de la dificultad encontrada por los otros para conservar lo adquirido, como Pirro y muchos otros. Sin embargo, ello no depende de la poca o mucha virtud del conquistador, sino de la naturaleza, de la falta de uniformidad, en el Estado conquistado.
La dificultad para conservar lo adquirido, no depende de la poca o mucha virtud del conquistador, sino de la naturaleza, de la falta de uniformidad, en el Estado conquistado.
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CAPÍTULO V: Del modo de gobernar ciudades o principados que tenían sus propias leyes antes de ser anexionados
Siempre que aquellos Estados que han sido adquiridos como se ha expuesto estuvieran acostumbrados a vivir con sus propias leyes y en libertad, hay tres caminos para quien quiera conservarlos:
el primero es arruinarlos,
el segundo es residir en ellos en persona,
el tercero es permitirles vivir con arreglo a sus propias leyes, obteniendo de ellos un tributo y estableciendo en ellos un oligarca que mantenga su amistad con nosotros.
Sueño de Constantino antes de la batalla del Puente Milvio. In hoc signo vinces (Con este signo vencerás). Ilustración de las Homilías de san Gregorio Nacianceno, siglo IX.
Mas, se establece un gobierno por un pequeño número de personas para que vele por la conquista y obligarlo a pagar un tributo; por lo tanto, como ese gobierno sabe que no puede subsistir sin su amistad e interés, hace todo lo que está en su mano para apoyarle a conservar el Estado.
Aquel que quiera conservar una ciudad habituada a la libertad lo conseguirá más fácilmente con el respaldo de los propios ciudadanos que por ningún otro medio.
«Si se quiere conservar una ciudad acostumbrada a vivir libre, no hay nada mejor que hacerla gobernar por sus propios ciudadanos».
Porque, en verdad, el único medio seguro de dominar una ciudad acostumbrada a vivir libre es destruirla.
Quien se haga dueño de una ciudad así y no la aplaste, espere a ser aplastado por ella.
Porque, en verdad, el único medio seguro de dominar una ciudad acostumbrada a vivir libre es destruirla. Quien se haga dueño de una ciudad así y no la aplaste, espere a ser aplastado por ella.
Sus rebeliones siempre tendrán por baluarte el nombre de libertad y sus antiguos estatutos, cuyo hábito nunca podrá hacerle perder el tiempo ni los beneficios.
Por mucho que se haga y se prevea, si los habitantes no se separan ni se dispersan, nadie se olvida de aquel nombre ni de aquellos estatutos, a los cuales recurren en cualquier contingencia, como hizo Pisa tras estar un siglo bajo el yugo florentino.
El caso contrario es cuando las ciudades o provincias están acostumbradas a vivir bajo un príncipe.
Cuando, por la extinción de éste y su linaje, queda vacante el gobierno, un príncipe puede fácilmente conquistarlas y retenerlas ya que, por un lado, los habitantes están habituados a obedecer; por otro, no tienen a quién; no se ponen de acuerdo para elegir a uno de entre ellos; no saben vivir en libertad y, por último, tampoco se deciden a tomar las armas contra el invasor.
La diferencia entre ciudades habituadas a un príncipe y las Repúblicas
Asesinato de Julio César
En las Repúblicas, en cambio, hay más vida, más odio, más ansias de venganza. Debido a que el recuerdo de su antigua libertad no les concede, no puede concederles un solo momento de reposo el mejor camino es destruirlas o radicarse en ellas.
Ahí están los espartanos y los romanos como ejemplo de ello.
Los espartanos ocuparon Atenas y Tebas, dejaron en ambas ciudades un gobierno oligárquico, y, sin embargo, las perdieron.
Los romanos para conservar a Capua, Cartago y Numancia, las arrasaron y no las perdieron. Quisieron conservar a Grecia como lo habían hecho los espartanos, dejándole sus leyes y su libertad, pero no tuvieron éxito de modo que se vieron obligados a destruir muchas ciudades de aquella provincia para no perderla.
Quisieron conservar a Grecia como lo habían hecho los espartanos, dejándole sus leyes y su libertad, pero no tuvieron éxito de modo que se vieron obligados a destruir muchas ciudades de aquella provincia para no perderla.
Lacedemonia (Esparta)
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CAPÍTULO VI: De los nuevos principados adquiridos por las armas y la habilidad propias.
Ciro el Grande
Que nadie se sorprenda si al hablar de principados totalmente nuevos, como haré, recurro a los más altos ejemplos tanto de príncipes como de Estados, porque los hombres, que casi siempre recorren caminos abiertos por otros e imitan sus acciones, siguen siendo incapaces de asumir por completo la conducta o alcanzar el poder de aquellos a quienes imitan.
Un hombre prudente sabe que debería seguir siempre la senda trazada por grandes hombres e imitar a quienes han destacado, de modo que, aunque su capacidad no sea equiparable, al menos podrá impregnarse un poco de ella.
Un hombre prudente sabe que debería seguir siempre la senda trazada por grandes hombres e imitar a quienes han destacado, de modo que, aunque su capacidad no sea equiparable, al menos podrá impregnarse un poco de ella.
Coronación de Carlomagno por el papa León III, el día de Navidad del año 800.
Ha de actuar como el arquero inteligente, que con el objetivo de alcanzar un blanco que parece demasiado distante y conociendo los límites de la potencia de su arco, apunta mucho más arriba, no para alcanzar con su fuerza o su flecha una gran altura, sino para lograr con dicha altura en su disparo alcanzar el blanco que desean.
Afirmo, por tanto, que hay mayor o menos dificultad para conservar los principados totalmente nuevos, en los que hay un nuevo príncipe, según sea más o menos hábil quien los adquiera.
Ahora bien, dado que el hecho de convertirse en príncipe partiendo de un origen vulgar presupone virtud o fortuna, está claro que una de estas dos cosas mitigará en cierta medida muchas complicaciones.
Tyche, diosa griega de La Fortuna
No obstante, se ha mantenido mejor quien menos ha dependido de la fortuna. Lo que es más, todo es mucho más fácil cuando el príncipe, al no tener otro Estado, se ve obligado a residir en él.
Pero hablemos de quienes por su habilidad, no por fortuna, ascendieron a príncipes. Afirmo que Moisés, Ciro, Rómulo, Teseo y otros similares son ejemplos excelentes.
No puedo comentar el caso de Moisés, al ser un mero ejecutor de la voluntad divina, pero merece respeto aunque solamente sea por la gracia que le hizo digno de hablar con Dios.
Si estudiamos a Ciro y otros que han adquirido o fundado reinos, comprobaremos que todos ellos eran admirables; y si se examinan sus actos y conductas personales, se comprobará que no son inferiores a los de Moisés, pese a que él tuviera preceptor tan elevado.
Hacía falta, por tanto, que Moisés descubriera en Egipto al pueblo israelí esclavizado y oprimido para que este se mostrara dispuesto a seguirle y ser liberado de sus cadenas.
MOISÉS
Después de analizar sus actos y sus vidas no es posible ver que debieran nada a la fortuna, más allá de la oportunidad que puso en sus manos el material a moldear y al que ellos dieron la forma que consideraron mejor.
Sin esa oportunidad, el poder de su espíritu podría haberse extinguido y, sin ese poder, la oportunidad llegaría en vano.
Sin esa oportunidad, el poder de su espíritu podría haberse extinguido y, sin ese poder, la oportunidad llegaría en vano.
Hacía falta, por tanto, que Moisés descubriera en Egipto al pueblo israelí esclavizado y oprimido para que este se mostrara dispuesto a seguirle y ser liberado de sus cadenas.
Y era preciso que Rómulo no permaneciera en Alba, y que fuera abandonado al nacer, para que llegara a ser rey de Roma y fundador de la madre patria.
Fue necesario para Ciro que los persas estuvieran descontentos con el gobierno de los medos, y que los medos se mostraran blandos y afeminados a causa de una larga paz.
Fue necesario para Ciro que los persas estuvieran descontentos con el gobierno de los medos, y que los medos se mostraran blandos y afeminados a causa de una larga paz. Teseo no habría exhibido sus habilidades si los atenienses no hubieran estado desperdigados.
Estas oportunidades, pues, hicieron afortunados a estos hombres, y su gran virtud les permitió reconocer la ocasión por la que su país fue ennoblecido y se hizo famoso. Quienes se convierten en príncipes por actos valerosos, como estos hombres, adquieren un principado con dificultad pero lo conservan con facilidad.
Quienes se convierten en príncipes por actos valerosos, como estos hombres, adquieren un principado con dificultad pero lo conservan con facilidad.
Los problemas que tienen que afrontar para adquirirlo surgen de los nuevos métodos y reglas que se ven forzados a introducir para establecer su gobierno y asegurarlo. Hay que recordar que no existe nada más difícil de abordar, más peligroso de poner en práctica ni de resultados más inciertos, que ponerse a la cabeza en la introducción de un nuevo orden.
Hay que recordar que no existe nada más difícil de abordar, más peligroso de poner en práctica ni de resultados más inciertos, que ponerse a la cabeza en la introducción de un nuevo orden.
Maquiavelo, Numa, Moises y Licurgo.
El innovador tiene como enemigos a todos aquellos a los que les iba bien en las anteriores condiciones, y tibios defensores en aquellos a quienes podrían beneficiar las nuevas.
El innovador tiene como enemigos a todos aquellos a los que les iba bien en las anteriores condiciones, y tibios defensores en aquellos a quienes podrían beneficiar las nuevas.
Esta tibieza se debe en parte al miedo a los oponentes, que tienen la ley de su parte, y en parte a la incredulidad humana, que no admite con facilidad lo nuevo hasta que una prolongada experiencia lo respalda.
Así, ocurre que siempre que tengan ocasión de atacar quienes son hostiles lo hagan enérgicamente, mientras que los otros defenderán con tibieza, de tal modo que el príncipe se encontrará en peligro a su lado.
Así, ocurre que siempre que tengan ocasión de atacar quienes son hostiles lo hagan enérgicamente, mientras que los otros defenderán con tibieza, de tal modo que el príncipe se encontrará en peligro a su lado.
Por tanto, si deseamos analizar concienzudamente el tema, debemos preguntarnos si estos innovadores pueden valerse por sí mismos o han de depender de otros. Es decir, si para consumar las acciones emprendidas, tienen que rogar o pueden emplear la fuerza.
Debemos preguntarnos si estos innovadores pueden valerse por sí mismos o han de depender de otros. Es decir, si para consumar las acciones emprendidas, tienen que rogar o pueden emplear la fuerza.
En el primer caso, siempre terminan mal y no llegan a dirigir nada; pero cuando dependen de sí mismos y usan la fuerza, rara vez se encuentran en peligro.Es por esto por lo que todos los profetas armados han conquistado y los desarmados han sido destruidos.
Aparte de las razones mencionadas, la naturaleza de los pueblos es voluble; es fácil persuadirlos, difícil mantener la persuasión. Y por ello es necesario adoptar medidas, para que cuando dejen de creer sea posible convencerlos por la fuerza.
Aparte de las razones mencionadas, la naturaleza de los pueblos es voluble; es fácil persuadirlos, difícil mantener la persuasión.
Y por ello es necesario adoptar medidas, para que cuando dejen de creer sea posible convencerlos por la fuerza.
Girolamo Savonarola
Si Moisés, Ciro, Teseo y Rómulo hubieran estado desarmados no habrían podido imponer sus constituciones durante largo tiempo
Si Moisés, Ciro, Teseo y Rómulo hubieran estado desarmados no habrían podido imponer sus constituciones durante largo tiempo, como ocurrió en nuestra época a Fray Jerónimo Savonarola, cuyo nuevo orden de cosas quedó de inmediato arruinado en cuanto la multitud dejó de creer en él, y no disponía de medios para mantener firmes a quienes creían o hacer que los incrédulos creyeran.
Personajes como estos se enfrentan a grandes dificultades para consumar su empresa, ya que todos los riesgos van en ascenso, aunque con habilidad podrán superarlos:
una vez superados estos y exterminados quienes les envidiaban su éxito, empezarán a ser respetados, y continuarán siendo poderosos, seguros, honrados y felices.
A estos destacables ejemplos quiero añadir uno menor:
Restos del monumento funerario de Hierón II en Siracusa.
Este hombre ascendió de simple ciudadano a príncipe de Siracusa, sin deber nada a la fortuna sino a la oportunidad, porque los habitantes de Siracusa, oprimidos, le eligieron como capitán, y después recibió la recompensa de convertirse en su príncipe.
Poseía tales virtudes, incluso como ciudadano, que quien ha escrito sobre él asegura que no le faltaba más que un reino para ser rey.
Este hombre licenció el antiguo ejército, organizó el nuevo, renunció a viejas alianzas, estableció otras nuevas; y dado que tenía sus propios soldados y aliados, sobre tales cimientos pudo construir cualquier edificio. Así, aunque la adquisición le supuso grandes problemas, muy pocos tuvo para su mantenimiento.
Así, aunque la adquisición le supuso grandes problemas, muy pocos tuvo para su mantenimiento.
Tetradracma de Hierón II. Cara: Filistis, esposa de Hierón II. Cruz: Niké conduciendo una cuadriga (270 a. C.-215 a. C.).
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