«Si vis pacem, para bellum». El Príncipe, la Fortuna y la guerra, por Manuel Tizziani (y Parte 2/2)

para bellum

«Si vis pacem, para bellum. El Príncipe, la Fortuna y la guerra», por Manuel Tizziani (Parte 1/2)

 

«Si vis pacem, para bellum. El Príncipe, la Fortuna y la guerra»

(y Parte 2/2)

Por Manuel Tizziani

para bellum

 

3. El poder de las armas

«La fortuna muestra todo su poder sobre todo cuando las acciones políticas no son conducidas por el hombre de virtud: el único modo apropiado de controlar los signos de la fortuna reside en la perspicaz preparación política y militar» (47), señala Carlo Altini.

A nuestro modo de ver, tiene muy buenas razones textuales en las cuales apoyarse. Como dijimos, ya en el capítulo I de El Príncipe, Maquiavelo traza una tajante distinción entre aquellos que han conquistado el poder por medio de la fortuna, o las armas ajenas, y aquellos otros que lo han hecho merced a su propio ejército, o a su propia virtud (48).

 

Maquiavelo traza una tajante distinción entre aquellos que han conquistado el poder por medio de la fortuna, o las armas ajenas, y aquellos otros que lo han hecho merced a su propio ejército, o a su propia virtud.

 

Tito Livio (Patavium, 59 a. C.-Padua, 17 d. C.)​ fue un historiador romano que escribió una monumental historia del Estado romano en ciento cuarenta y dos libros (el Ab urbe condita), desde la legendaria llegada de Eneas a las costas del Lacio hasta la muerte del cuestor y pretor Druso el Mayor.

 

Ésta es una distinción básica, sin grises, pues, como él mismo señala,

«entre el príncipe que está armado y el que está desarmado no hay analogía alguna» (49).

 

Y no existe analogía, en tanto y en cuanto el primero posee la autonomía (50) que le brinda el ser el arquitecto de que ideo los cimientos sobre los que se sostiene su poder, mientras que el segundo debe su lugar a los favores -en nada gratuitos, por cierto (51)– que otros han podido hacerle, o a un inesperado y por eso mismo, tan endeble como efímero- guiño de la Fortuna (52).

En ese sentido, según lo expresa el secretario, si un príncipe carece de buenos fundamentos, más temprano que tarde conocerá su ruina.

Ahora bien, ¿cuáles son los cimientos sobre los cuales debe erigir un príncipe su estado si desea sostenerse durante largo tiempo en el poder y hacer prósperos sus dominios?

 

«Los principales fundamentos que deben poseer todos los estados, y tanto los nuevos como los viejos o mixtos, son las buenas leyes y las buenas armas. Y, dado que no puede haber buenas leyes donde no hay buenas armas, y donde hay buenas armas debe haber buenas leyes«

 

«Los principales fundamentos que deben poseer todos los estados, y tanto los nuevos como los viejos o mixtos, son las buenas leyes y las buenas armas. Y, dado que no puede haber buenas leyes donde no hay buenas armas, y donde hay buenas armas debe haber buenas leyes« (53), es necesario, ante todo, que un estado posea un ejército poderoso; una milicia capaz de garantizar el orden y la organización.

Y el príncipe que se precie de tal «no debe tener otro objeto ni otra preocupación, ni cultivar otro arte fuera de la guerra y su organización y dirección, porque éste es el único arte que compete a quien manda» (54). Como dirá algunos años más tarde en las páginas iniciales de El Arte de la Guerra.

Todas las artes que se organizan en una civilización por el bien común de todos los hombres, todas las instituciones en ella establecidas para vivir en el temor de Dios y de las leyes, serían vanas si no estuvieran preparadas para su defensa; la cual bien organizada mantiene a aquéllas, aun cuando no estén bien organizadas.

Por el contrario, las buenas instituciones, sin ayuda militar, se desorganizan como las habitaciones de un soberbio palacio real que, aunque ornadas de gemas y de oro, cuando al carecer de techo, no tuvieran nada que las protegiese de la lluvia (55).

 

Laura y Petrarca, miniatura del Cancionero, publicado originariamente con el nombre de Rime in vita e Rime in morte de Madonna Laura y que Petrarca fue ampliando con el transcurso de los años. .

 

Las leyes y la religión, dos elementos indispensables para el sostenimiento de las sociedades según las expresiones del propio Maquiavelo, pierden toda su capacidad de ordenamiento y cohesión social sin el apoyo de un disciplinado ejército, sin una milicia organizada que sea capaz de garantizar su cumplimiento, o de reprimir debidamente su desobediencia (56). De sostener, si es necesario por la fuerza y la violencia, la organización del estado.

Pues, como señala Maquiavelo, lo que comúnmente muchos no advierten es

«que donde hay una buena milicia, suele haber una buena organización, y raras veces sucede también que allí no haya buena fortuna» (57).

 

Discursos sobre la primera década de Tito Livio de Nicolás Maquiavelo, 1531.

 

Es por eso mismo, por el valor que las armas poseen en esta lucha incesante por vencer a la ineludible contingencia, que «los príncipes que no están dispuestos a la guerra son débiles«.

Pues, el arte de la guerra es una actividad que resulta imposible de pensar más allá de su íntima relación con la política, con el estado, y, fundamentalmente, con el príncipe; quien encontrará su ruina si rehúsa hacerse cargo de dicha tarea, si declina dirigirla.

Es en los capítulos de El Príncipe referentes a la milicia en donde Maquiavelo señala algunas de las implicancias más importantes entre guerra y política. En ese marco, señala que los príncipes poseen dos modos de combatir:

«uno con las leyes, otro con la fuerza» (59).

 

Ab urbe condita (literalmente, «Desde la fundación de la ciudad») es una obra monumental escrita por Tito Livio que narra la historia de Roma desde su fundación, fechada en el 753 a. C. por Marco Terencio Varrón. El libro fue escrito por Tito Livio (59 a. C.-17 d. C.) y frecuentemente se cita como Historia de Roma o Historia de Roma desde su fundación. Los primeros cinco libros se publicaron entre los años 27 a. C. y 25 a. C. Originalmente escrito en 142 libros de los que sólo conservamos 35. El primer libro comienza con el desembarco de Eneas en la península itálica y la fundación de Roma por Rómulo y Remo.

 

El primero resulta más loable y es propiamente el que corresponde a los seres humanos, mientras que el segundo que, al menos a primera vista, no parece digno de elogio- es característico de las bestias. Pero dado que al príncipe «el primero muchas veces no [le] basta, [también le] conviene recurrir al segundo» (60).

Es una suerte de exigencia fatal la que en muchas ocasiones indica al gobernante la urgencia de recurrir a medios de combate propios de las bestias. Y cuando ello ocurre, sugiere Maquiavelo, de entre todas las estrategias bestiales, el líder político

«debe elegir al zorro y al león, porque el león no se defiende de las trampas y el zorro no se defiende de los lobos. Entonces, es necesario ser zorro para conocer las trampas, y león para intimidar a los lobos» (61).

 

 

Como ya hemos indicado, el príncipe que desee evitar los infortunios debe reunir en sí características muy variadas: debe ser fuerte y al mismo tiempo astuto; feroz, cuando así lo requieran las circunstancias; sigiloso, cuando la Fortuna lo demande (62).

Pues es «algo muy cierto que raramente, o nunca, los hombres de escasa fortuna llegan a puestos importantes sin la fuerza y sin el engaño» (63).

Así pues, si la necesidad apremia y no hay otro modo de salir airoso, el príncipe debe anteponer lo útil a lo honesto: «Se puede parecer clemente, fiel, humano, íntegro, religioso y también serlo, pero es preciso tener el ánimo preparado para que, si fuera necesario no serlo, se pueda y se sepa adoptar la cualidad contraria» (64).

Es claro, como dirá Michel de Montaigne algunos años más tarde, que existen determinadas ocasiones en las que

«el bien público requiere que se traicione y que se mienta y que se asesine» (65).

 

Michael de Montaigne

 

Dos más son los consejos que Maquiavelo brinda a los líderes políticos en relación con el arte militar:

el primero, que piensen constantemente en la guerra, aun en los tiempos en los que reina la paz y la concordia; el segundo, que formen un ejército propio, y eviten por todos los medios alistar en sus tropas a soldados mercenarios y auxiliares.

 

La primera máxima responde a un hecho que enseña la experiencia histórica, la cual «demuestra que los príncipes, cuando han pensado más en las delicias de la vida que en las armas, han perdido sus estados» (66).

Es por eso mismo que un príncipe verdaderamente prudente y virtuoso «jamás debe alejar su pensamiento de este ejercicio de la guerra, y en la paz habrá de ejercitarse en él más que en los tiempos de guerra» (67); cosa que puede hacer de dos modos: o mediante las acciones, o mediante la reflexión.

 

Filopemén herido, escultura de mármol de David d’Angers (1837). Filopemén (Philopoimen) (Megalópolis, 253 a. C. – Mesene, 184 a. C.), fue un general y político griego, que ocupó el cargo de strategos de la Liga Aquea en ocho ocasiones. Filopemén ayudó a convertir la Liga Aquea en un importante poder militar en Grecia. Fue denominado «el último de los griegos»

 

Siguiendo el ejemplo de Filopemenes (233-183 a.C.), aquel monarca de los aqueos que aun «en los tiempos de paz sólo pensaba en los modos de la guerra» (68), nunca un príncipe debe permanecer ocioso respecto de este arte, ni siquiera cuando la calma parece haberse establecido definitivamente.

Por el contrario, debe mantenerse activo mediante ejercicios especulativos, y estudiar con muchísima atención lo que los relatos antiguos consignan al respecto. Es allí donde hallará los ejemplos a seguir, los modelos a imitar. Alejandro, Aquiles, César, Escipión.

El príncipe virtuoso debe atesorar esas historias

«a fin de poder valerse de ellas en las adversidades; de modo que, al cambiar la fortuna, se encuentre preparado para resistirla» (69).

 

En cuando a la segunda cuestión, Maquiavelo señala que del mismo modo en que un príncipe que no se prepara para la guerra en forma constante es sumamente vulnerable a las variaciones de las circunstancias, un monarca que no posee un ejército propio no cuenta con ningún resguardo cierto.

Su situación es completamente endeble, insegura:

«Ningún príncipe está seguro si no tiene armas propias. Mas aún, queda totalmente sujeto a la fortuna, al no haber virtud que lo defienda con lealtad en las adversidades» (70).

 

Las armas mercenarias y auxiliares son completamente inútiles a juicio del secretario, pues ninguna de ellas podrá realmente poner al príncipe y al estado en resguardo contra la Fortuna; por el contrario, como lo muestran los ejemplos de Roma y de Esparta, sólo las armas empuñadas por los propios ciudadanos son las indicadas para enfrentar los avatares de la contingencia, garantizando, al mismo tiempo, el orden y la estabilidad interna del estado, y la defensa respecto de las amenazas de los enemigos externos (71).

 

Johann Gottlieb Fichte (1762-1814). Filósofo idealista alemán, nacido en Rammenau (Oberlausitz), en una familia muy humilde y sólo gracias a la protección del barón von Militz -a quien mostró su inteligencia repitiéndole de memoria el sermón que no había podido oír por llegar tarde a los oficios religiosos- puede iniciar sus estudios en Pforta, y proseguirlos luego en Jena y Leipzig, cursando la carrera eclesiástica. Muerto su protector en 1784, abandona la universidad y se gana la vida dando clases privadas en Zurich y Leipzig. En 1790, puesto en la necesidad de explicar la filosofía de Kant a un alumno, ahonda en la lectura de las Críticas kantianas, y surge así su orientación filosófica decisiva.

 

El príncipe, como bien indica otro atento lector de Maquiavelo, Johann Gottlieb Fichte, debe «estar siempre en situación de poder obtener lealtad y buena fe por la fuerza, lo que presupone que debe mantenerse como el más fuerte» (72); es decir, como aquel único actor que monopoliza bajo sus órdenes la violencia legítima y su uso (73).

Es por eso que no sólo debe poner todos sus esfuerzos en organizar un ejército propio, sino, incluso, en palabras de Maquiavelo, «debe ir personalmente, cumpliendo él mismo el oficio de capitán» (74).

Ese será el único modo de hacerse dueño de la gloria que consigan sus propios ejércitos, evitando que ninguno de sus generales adquiera mayor reputación y sea capaz de disputarle el poder por medio de una sublevación, y precaviéndose, también, de volverse ingrato ante los ojos de sus súbditos si no recompensa como es debido a quienes dan la vida en su nombre (75).

 

 

4. Armas a la mano

Llegando al final, debemos volver un paso atrás; dar un giro y volver nuestros ojos sobre una pregunta que resulta clave para hacer inteligible el recorrido que hemos transitado: ¿por qué, de acuerdo a la concepción de Maquiavelo, es necesario que el príncipe virtuoso disponga del -o, más bien, monopolice el- control de las armas?

 

¿Por qué, de acuerdo a la concepción de Maquiavelo, es necesario que el príncipe virtuoso disponga del -o, más bien, monopolice el- control de las armas?

 

La respuesta parece simple: porque ellas son el único medio capaz de resguardarlo contra la Fortuna, y de garantizar el orden y la estabilidad de su gobierno, tanto en el ámbito externo como en el ámbito interno (76).

Pues, como dijimos, el líder político no sólo se encuentra expuesto a los vaivenes de la diosa, o a la guerra que puedan iniciarle sus enemigos extranjeros, sino también porque debe cuidar y garantizar la buena organización de los asuntos que lo atañen hacia el interior de sus dominios.

Muchos son los príncipes que han muerto a manos de sus propios súbditos como para no prestar suma atención a las posibles conjuras (77).

 

Muchos son los príncipes que han muerto a manos de sus propios súbditos como para no prestar suma atención a las posibles conjuras

 

Por otra parte, y fundamentalmente, el príncipe debe poseer todo el poder de represión necesario a causa de una presuposición básica; una presuposición que da origen y se encuentra en el fundamento mismo del Estado moderno:

la de la malignidad de los hombres.

 

Pues, según señala Maquiavelo, como han sabido indicar quienes han reflexionado acerca de esta cuestión a lo largo de la historia, y como esa misma historia nos muestra a través de sendos ejemplos, a todo aquel que ordene un estado y disponga sus leyes

«le resulta necesario presuponer que todos los hombres son malos, y que siempre usarán la malignidad de sus almas cada vez que tienen ocasión de hacerlo» (78).

 

Relieve a la entrada del antiguo Casino Militar de Madrid (España), construido en 1916./span>

 

Así, dado que «los hombres siempre resultarán malos si una necesidad no los vuelve buenos» (79), y presuponiendo que nuestra condición natural es un estado de guerra de todos contra todos,

«se admite que la seguridad es un bien común» (80) .

 

Siendo el objetivo alcanzar la seguridad, y bajo la sospecha de que la maldad humana emergerá sin demora allí donde merme el control y la amenaza de castigo -ya sea temporal, ya sea eterno-, la opresión y la violencia, lejos de ser características distintivas de las sociedades atrasadas o despóticas, devienen la condición necesaria de cualquier orden social.

El hombre es malo por naturaleza. Ahora bien, como señala Carlo Altini, «la maldad significa egoísmo, no pecado» (81); significa que el único bien natural que el hombre persigue es el bien propio.

 

Como señala Carlo Altini, «la maldad significa egoísmo, no pecado«; significa que el único bien natural que el hombre persigue es el bien propio.

 

En tal sentido, el egoísmo no es, intrínsecamente, una característica censurable; por el contrario, puede ser incluso, guiado por la prudencia del hombre virtuoso, un elemento de sumo provecho.

Es más, si se mira con detenimiento, «el bien común de los súbditos es directa consecuencia de un calculado egoísmo» (82) por parte del príncipe:

éste, procurando «proteger sus propios intereses en un mundo sombrío en el que la mayoría de los hombres no son buenos» (83), y deseando alcanzar el honor y la gloria (84) mediante el engrandecimiento de sus territorios, deberá disponer todas las medidas necesarias para garantizar el orden y la estabilidad del estado (85).

 

Deberá establecer las leyes que le permitan alcanzar dichos fines (86), y resguardar su cumplimiento mediante la fuerza de las armas, pues,

«le guste o no al pueblo, la legalidad y la paz deben imponerse» (87).

 

En una palabra, el príncipe virtuoso es aquel capaz de garantizar la paz mediante la constante preparación de la guerra (88).

 

El príncipe virtuoso es aquel capaz de garantizar la paz mediante la constante preparación de la guerra

 

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Notas

(47) C. ALTINI, La fábrica de la soberanía, 85.

(48) «Y los dominios así adquiridos… se adquieren con las armas de otro, o con las propias, gracias a la fortuna o a la virtud«.

El Príncipe, I, 63.

(49) El Príncipe, XIV, 116.

(50) «Y para aclarar mejor este punto, diré que pueden sostenerse por sí mismos los que en virtud de la abundancia de hombres y de dinero, pueden organizar un ejercito poderoso como para dar batalla a quienquiera que los ataque«.

El Príncipe, X, 100.

(51) «Pues, al fin y al cabo, las armas de los otros se te caen de los hombros, te pesan o te aprietan«.

El Principe, XIII, 114.

(52) «Aquellos que solamente por fortuna se convierten de particulares en príncipes, lo logran con poco esfuerzo, pero deben hacer mucho para mantenerse en el poder. No tienen ninguna dificultad en el camino, pues parece que volaran, pero todas las dificultades nacen si son instalados en el poder».

El Príncipe, VII, 83.

(53) El Príncipe, XII, 106.

(54) El Príncipe, XIV, 116.

Maquiavelo volverá sobre esta misma idea en El Arte de la Guerra. Allí señalará que es precisamente en dicho campo donde es necesario que quien domina tome decisiones inmediatas que le permitan aprovechar al máximo cada ocasión de fortalecerse contra la Fortuna:

«Porque los reinos bien instituidos no dan a sus reyes el imperio absoluto sino sobre los ejércitos; porque es el único lugar donde son necesarias decisiones inmediatas«.

El arte de la guerra, I, 19.

(55) El arte de la guerra, Prólogo, 7-8.

En los Discursos también podemos encontrar reflexiones del mismo talante: «Y aunque otra vez se haya dicho que el fundamento de los estados es la buena milicia, y que si esta no existe no puede haber leyes buenas ni ninguna otra cosa buena, no me parece superfluo repetirlo...»

Discursos, II, XXXI, 416.

(56) De hecho, según parece sugerir el propio Maquiavelo, la milicia no sólo es capaz de garantizar el orden y la armonía social, sino incluso de contribuir a regenerar una sociedad corrupta:

«Allí donde la materia no está corrompida, los tumultos y los escándalos no suceden y, donde está corrompida, las leyes bien ordenadas no sirven, si no están movidas por alguien que con extrema fuerza las haga observar tanto que la materia resulte buena». Discursos, I, XVII, 107. Y si en esa regeneración, a un líder político no le son suficientes los medios ordinarios, le será «necesario recurrir a los extraordinarios, como la violencia y las armas«.

Discursos, I, XVIII, 111.

(57) Discursos, I, IV, 63.

Como indica Miguel Angel Granada: «Maquiavelo ha llegado al convencimiento de que la base para la conservación de todo Estado, con independencia de su forma, es la combinación de prudencia y armas«.

M. A. GRANADA, «La filosofía en el Renacimiento: Maquiavelo y las utopías», 550.

(58) Discursos, I, XIX, 113.

(59) El Príncipe, XVIII, 128.

(60) El Príncipe, XVIII, 128.

(61) El Príncipe, XVIII, 128.

El ejemplo histórico al recurre Maquiavelo para fundamentar su lección acerca de necesidad de usar las máscaras del zorro y el león es el del emperador romano Septimio Severo. Luego de relatar brevemente su historia, el florentino concluye:

«Quien examine entonces atentamente sus acciones, verá en él un ferocísimo león y astutísimo zorro«.

El Príncipe, XIX, 137.

Es clara, por otra parte, la inversión teórica que implican las aseveraciones de Maquiavelo respecto de las que Cicerón había realizado en su De Officiis, donde éste había señalado:

«De dos maneras se puede caer en la injusticia: o con violencia o con engaño. La primera es más propia de leones, la segunda de astutas zorras, y ambas muy ajenas de la generosidad del hombre, pero más aborrecible la última«.

CICERÓN, Los oficios, I, XIII, 42.

(62) «La clave de un gobierno pleno de éxito está en reconocer la fuerza de las circunstancias, aceptando lo que la necesidad dicta, y armonizando el propio comportamiento con los tiempos«.

Q. SKINNER, Maquiavelo, 58.

(63) Discursos, II, XIII, 246.

(64) El Príncipe, XVIII, 129.

(65) M. MONTAIGNE, Los ensayos, Barcelona, Editorial El Acantilado, 2007, III, 1, 1181.

(66) El Príncipe, XIV, 116.

Maquiavelo parece estar señalando no sólo la experiencia histórica del pasado, sino también la de su propio presente; la de -a sus ojos- la disoluta realidad italiana. Al respecto, casi al final de su tratado sobre la guerra, señala:

«Nuestros príncipes italianos, antes de recibir los golpes de las guerras ultramontanas, creían que a un príncipe le bastaba con saber pensar desde los escritorios una respuesta aguda, escribir una hermosa carta, mostrar en las palabras y dichos agudeza y rapidez, saber urdir un engaño, adornarse con gemas y oro, dormir y comer con mayor esplendor que los demás, rodeado de lujuria, comportarse con avaricia y soberbia ante sus súbditos, corromperse en el ocio, conceder graciosamente los rangos de la milicia, despreciar a quien le muestra una vida loable, pretender que sus palabras son respuesta s de oráculos; los desdichados no se daban cuenta de que se preparaban para ser presas de quien los atacara«.

El arte de la guerra, VII, 174-175.

(67) El Príncipe, XIV, 116-117.

(68) El Príncipe, XIV, 117.

(69) El Príncipe, XIV, 118.

(70) El Príncipe, XIII, 115. 

(71) Así lo dice Maquiavelo: «Las armas al hombro de tus ciudadanos y súbditos, entregadas por las leyes y el orden, nunca hicieron daño, por el contrario, siempre son útiles y las ciudades se mantienen más tiempo integras con armas que sin ellas. Roma estuvo libre cuatrocientos años y estaba armada; Esparta, ochocientos; muchas otras ciudades han estado desarmadas y fueron libre menos de cuarenta años«.

El arte de la guerra, I, 27.

Como señala Skinner (Maquiavelo, 51), Maquiavelo lleva este argumento a favor de las tropas propias hasta esta paradójica y «extravagante afirmación«:

«Por lo tanto, los príncipes prudentes siempre han evitado estas armas [1.e. las mercenarias y las auxiliares] y han recurrido a las propias, prefiriendo perder a vencer con ellas y no vencer con las ajenas, y juzgando que una victoria, gracias a estas últimas, no es una verdadera victoria«.

El Príncipe, XIII, 113.

El subrayado es nuestro. Maquiavelo vuelve sobre esta cuestión en el capítulo XX del libro II de sus Discursos, titulado: «Qué peligros corre el príncipe o la república que se valen de la milicia auxiliar o mercenaria«.

(72) J.G. FICHTE, «Sobre Maquiavelo como escritor y pasajes de sus obras«, en Reivindicación de la libertad de pensamiento y otros escritos, Madrid, Tecnos, 1986, 102.

(73) Como dirá algunos años más tarde Thomas Hobbes, al referirse a los derechos que detenta el soberano: el monopolio del poder que posee el titular de la soberanía incluye no sólo todas las medidas necesarias para garantizar la estabilidad interna del Estado, que es su principal labor, sino también, la potestad de hacer la guerra y concertar la paz:

«Y puesto que el fin de esta institución [soberana] es la paz y defensa de todos, y que quien tiene derecho al fin tiene derecho a los medios, pertenece por derecho al hombre o Asamblea con soberanía ser juez tanto para los medios de paz como para los de defensa, y también en los obstáculos y perturbaciones de esto mismo, y hacer todo cuanto considere necesario hacer de antemano para la preservación de la paz y la seguridad, temiendo la discordia en casa y a hostilidad en el exterior.

[…] Es anexo a la soberanía el derecho de hacer la guerra y la paz con otras naciones o república; esto es, de juzgar cuando es por el bien público y qué grandes fuerzas deben ser reunidas, armadas y pagadas a tal fin«.

T. HOBBES, Leviatán, Buenos Aires, Losada, 2003, I, XVIII, T.1, 168-170.

(74) El Príncipe, XII, p.107.

(75) «Si un príncipe quiere evitar esta necesidad de vivir con sospecha o de mostrarse ingrato, debe ir personalmente a las expediciones, como hacían al principio los emperadores romanos y como hace en nuestros tiempos el Turco, y también como hicieron y hacen quienes son virtuosos. Porque, si vence, la gloria es ajena, no parece que pueda aprovechar la conquista si no despoja a los otros de la gloria que él no ha sabido ganarse y si se vuelve ingrato e injusto, es más lo que pierde que lo que gana«.

Discursos, I, XXX, 130.

(76) «Un príncipe debe tener dos temores: uno, interno, respecto de los súbditos; otro, externo, ante los extranjeros poderosos. De este último se defiende con las buenas armas y con los buenos aliados, y si tiene buenas armas tendrá buenos aliados. Por el otro lado, los asuntos internos se mantendrán siempre estables si también lo están lo externos, a no ser que fueran perturbados por una conjura«.

El Príncipe, XIX, 131-132.

(77) Es elocuente la extensión que Maquiavelo dedica a esta cuestión en sus Discursos, y no menos elocuente la justificación de la reflexión acerca de estas maquinaciones internas:

«No me ha parecido que debiera dejar de lado el razonar sobre las conjuras, siendo ello algo tan peligroso para lo príncipes y los particulares. Porque vemos que son muchos más los príncipes que han perdido la vida y el estado por conjuras que por guerra abierta, en cuanto pocos pueden hacerle la guerra abierta a un principe, pero cualquiera puede conjurar contra él«.

Discursos, III, VI, 332.

(78) Discursos, I, III, 62. El subrayado es nuestro.

Al referirse a estas reflexiones sobre la malignidad de los hombres, Fichte dira:

«En una palabra, el Estado como institución coercitiva, los presupone [a los hombres] así necesariamente y sólo este presupuesto funda la existencia del Estado…

Para expresar lo mismo de otra forma: el Estado, como institución coercitiva, presupone la guerra de todos contra todos, y su fin es producir al menos la apariencia exterior de paz e incluso en el caso de que el odio de todos contra todos y de que las ganas de abalanzarse los unos contra los otros estuviesen anclados permanentemente en el corazón, el Estado debe impedir que este odio y estas ganas penetren en los hechos«.

J. G. FICHTE, «Sobre Maquiavelo como escritor», 95-96.

(79) El Príncipe, XXIII, 154.

(80) C. ALTINI, La fábrica de la soberanía, 158.

(81) C. ALTINI, La fábrica de la soberanía, 158.

(82) C. ALTINI, La fábrica de la soberanía, 159. 

(83) Q. SKINNER, Maquiavelo, 56.

(84) «La consecución del honor y gloria mundanos es el más alto de los fines para Maquiavelo«.

SKINNER, Maquiavelo, 47.

(85) Como señala el propio Maquiavelo, un príncipe no debe vacilar en ese objetivo ante ningún escollo, ni siquiera si para ello tiene que utilizar ciertos 

«vicios sin los cuales difícilmente podría salvar al estado. Porque, si examina todo bien, encontrará alguna cosas que parece virtud y que sin embargo, en caso de seguirla, sería su ruina, y alguna otra que parece vicio y siguiéndola le dará seguridad y bienestar«.

El Príncipe, XV, 120.

(86) «Maquiavelo responde a la ambigua pregunta socrática «¿qué es la ley?» simplificándola: la ley se vuelve voluntad del legislador… El problema no es ya más el problema platónico de la relación entre el orden de las leyes y la virtud, sino antes bien el problema práctico entre el orden de las leyes y la seguridad o, mejor, entre el poder político y el control social«.

C. ALTINI, La fábrica de la soberanía, 82.

(87) J. G. FICHTE,, «Sobre Maquiavelo como escritor», 97.

(88) En contraposición al negativo juicio de Hannah Arendt respecto de esta proposición, indicado en el inicio de nuestro trabajo, Maquiavelo señala:

«Hay aquí una gran justicia: «Istum enim est bellum quibus necessarium, et pia arma ubi nulla isi in armis spes est«.

El Príncipe, XXVI, 162.

La misma sentencia volverá a ser citada y utilizada por Maquiavelo, bajo el mismo talante, en el capítulo XII del Libro III de los Discursos, titulado «Cómo un capitán prudente debe imponer a sus soldados la necesidad de combatir y quitársela a los enemigos«.

 

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Imagen Principal

Preparing for War – Si vis pacem, para bellum – Robert Farrier

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