«SE SIENTEN, COÑO». El Principio Político en que se fundó nuestra «Democracia Plena».

¿Y no sería más demócrata celebrar el 24-F?

Por Aníbal Malvar, 24-F- 2021

 

Somos un país rarito, no me digáis que no. Ayer, por ejemplo, celebramos el 40 aniversario del 23-F, cuando lo que teníamos que haber celebrado es la desactivación del golpe de Estado, que fue precisamente el día después. Es como si nuestras autoridades, con esta equívoca fecha, pretendieran rendir homenaje equidistante a los golpistas y a los golpeados. En Francia, por ejemplo, no se celebra el día en que los nazis entraron en París, sino la fecha en que la ciudad de Baudelaire fue liberada. Estos gabachos no tienen ni puta idea.

Otra de las simpáticas peculiaridades que ha rodeado esta celebración del 23-F, es que celebramos algo que no conocemos, pues una todavía vigente ley franquista de 1968 permite que la documentación oficial sobre aquel día bigotero y tricornial permanezca secreta. El pueblo español aun no goza del derecho a conocer lo que sucedió en aquellas calendas. Nuestra cacareada democracia plena solo se puede mantener caliente bajo el confortable manto de la ignorancia.

Por aquel 23-F solo fueron enjuiciadas 30 personas, 29 militares y un solo civil. Y, al rato, todos menos el montaraz Antonio Tejero fueron indultados o puestos en libertad por patrióticas razones. España siempre ha sido siempre muy indulgente con sus golpistas, salvo que el golpe se ejecute con urnas y los sediciosos sean catalanes. Para el español de bien, una urna será siempre más peligrosa que una pistola. Por eso asesinar a un toro drogado es arte más apreciado que escribir un soneto en alejandrinos. Ya he insinuado que en lo de ser especialitos no nos gana nadie.

Tampoco deja de ser curioso que el héroe oficial de aquella jornada que ayer celebrábamos, ese Juan Carlos Primero del que usted me habla, haya pasado la gloriosa onomástica exiliado de Abu Dabi, quizá sufriendo todo tipo de privaciones.

Cuando yo era mucho más joven y mucho menos indocumentado, a finales de los 90, se me ocurrió escribir una novela que fantaseaba sobre el papel de nuestros servicios de inteligencia y del rey Juan Carlos en la trama golpista. Y uso el verbo fantasear porque, para mi sorpresa, apenas existía bibliografía sobre unos sucesos que pudieron transformar radicalmente los destinos de nuestro noble imperio. Mis fuentes fueron un par de ex espías que conocía de los bares y de los que no me podía fiar mucho --cualquiera se fía de un espía--, y un exhaustivo dossier de prensa de un millar de páginas que le robé a mi director de entonces.

He seguido desde entonces coleccionando libros sobre el asunto, y puedo asegurar que sobre aquellos hechos poca luz más se ha arrojado desde nuestro corpus historiográfico. ¿Para qué conocer tu propia historia, si es mucho más español y divertido inventársela? No es casualidad que nuestros más prestigiosos hispanistas no sean españoles.

Pocos años después de publicar yo aquella novela, el superespía patrio Juan Alberto Perote (que dirigió la lucha anti-involucionista en el Cesid precisamente tras el 23-F) sacó dos libros bien curiosos. Unas memorias y 23-F: ni Milans ni Tejero (Ed. Foca, 2001).

Allí supimos, creo que por primera vez, de la declaración del golpista Milans del Bosch ante el fiscal que llevó la causa: "[Juan Carlos I] estaba harto del señor [Adolfo] Suárez y estaba dispuesto a cambiarlo", le había transmitido el también golpista general Alfonso Armada, preceptor del Campechano. Como advertiréis, nada más normal en una democracia plena que un rey harto de un presidente y dispuesto a cambiarlo.

Otra joya de Armada y Milans: "Parece ser que la reina se inclinaba por un gobierno de militares". Y Juan Carlos "estaría dispuesto, si se producía alguna acción violenta, a reconducir [la situación]".

FISCAL: ¿Reconducirla ustedes?

MILANS: No, no. Reconducirla el rey, naturalmente.

Pero de estas cosas no se debe hablar. Los españoles no estamos preparados aun para conocerlas. Como tampoco se conoce nada de los empresarios y oligarcas que financiaron la preparación del golpe. Lo que os digo: mientras nos mantengamos en la ignorancia, podremos seguir gozando de nuestra democracia plena.

PS: como nunca viene mal un poco de autobombo, y últimamente nadie me llama guapo, deciros que la novela se publicó originalmente en galego (Á de mosca, Ed. Xerais 1998), después en castellano (Ala de mosca, Akal 2017) y en francés (Comme un blues, Ed. Asphalte 2017).

 

Conozco bien a uno de los soldados (de reemplazo) que iban dentro de los tanques que Milans del Bosch sacó a la calle en Valencia. No sabían que pasaba, ni qué era lo que estaban haciendo. Creían que eran "maniobras"

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El proyectado Gobierno Golpista del General Armada
 
 

 

1. Presidente: Alfonso Armada Comyn (general de división)

2. Vicepresidente Político: Felipe González Márquez (secretario general del PSOE)

3. Vicepresidente Económico: José María López Letona (Ex gobernador del Banco de España)

4. Ministro de Asuntos Exteriores: José María de Areilza (diputado de Coalición democrática)

5. Ministro de Defensa: Manuel Fraga Iribarne (presidente de Alianza popular, diputado CD)

 

 

6. Ministro de Justicia: Gregorio Peces Barba (diputado PSOE)

7. Ministro de Hacienda: Pío Cabanillas Galla (ministro de Suárez, diputado UCD)

8. Ministro el Interior: Manuel Saavedra Palmeiro (general de división)

9. Ministro de obras públicas: José Luis Álvarez (ministro de Suárez y diputado de UCD)

10. Ministro de Educación y Ciencia: Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón (diputado UCD)

 

 

11. Ministro de Trabajo: Jordi Solé Tura (diputado PCE)

12. Ministro de Industria: Agustín Rodríguez Sahagún (ministro de Suárez, diputado UCD)

13. Ministro de Comercio: Carlos Ferrer Salat (presidente de la patronal CEOE)

14. Ministro de Cultura: Antonio Garrigues Walker (empresario)

15. Ministro de Economía: Ramón Tamames (diputado PCE)

 

 

16. Ministro de Transportes y Comunicaciones: Javier Solana (diputado del PSOE)

17. Ministro de Autonomías y Regiones: José Antonio Sáenz de Santamaría (teniente general)

18. Ministro de Sanidad: Enrique Múgica Herzog (diputado PSOE)

19. Ministro de Información: Luis María Ansón (periodista, presidente de la Agencia Efe)

 

 
Dios los hace, y entre ellos se condecoran. Es la Democracia plena de los Sediciosos y Golpistas. La Constitución es un papel manchado de tinta para los autoproclamados "Constitucionalistas" (¿o era "Constitucionaleros?)
 
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Extraído del libro “UN REY GOLPE A GOLPE” – Biografía no autorizada de Juan Carlos de Borbón

Por PATRICIA SVERLO (pseudónimo)

 

El 23 de febrero de 1981, a las 18:22 horas, el teniente coronel Antonio Tejero, al frente de 288 guardias civiles, irrumpió violentamente en el Congreso de los Diputados, interrumpiendo la sesión de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del Gobierno. Poco después, en Valencia, el teniente general Jaime Milans del Bosch sacaba a la calle los tanques y las tropas que tenía bajo su mando en la III Región Militar y decretaba el toque de queda; y la División Acorazada Brunete tomaba los puntos clave de Madrid, entre otros RTVE y varias emisoras de radio. Se trataba de la puesta en escena para el verdadero golpe de Estado, que tendría lugar –según los planes–, cuando el general Armada, en nombre del rey, abortara el alzamiento militar y formara un gobierno de “salvación nacional” encabezado por él mismo. Nadie ha planteado, y ni mucho menos se ha podido demostrar nunca, la participación del rey Juan Carlos I en el golpe. Bien al contrario, la mayor parte de las interpretaciones sitúan al monarca como el salvador de la patria Su intervención en los acontecimientos del 23 de febrero supuso la consagración definitiva para la monarquía española. Fue, sin duda, el más beneficiado. Al pueblo se le hizo ver que el riesgo de golpe de Estado estaba latente y que sólo el rey tenía poder para desactivarlo.

Como en todo caso Su Majestad, según lo que establece la Constitución, es irresponsable penalmente de sus actos, por mucho que se pueda demostrar su participación no se le puede juzgar por ello. Del mismo modo, y justamente por esto, especular sobre su participación no deja de ser un juego que no se podría tener en cuenta en absoluto como un intento de inculpación.

Entre las muchas cosas raras que pasaron aquel día, se encuentra el hecho de que un miembro de la Guardia Real había conseguido entrar desde el primer momento en el Congreso. Fue aquel guardia el que telefoneó a La Zarzuela para facilitar el número de teléfono a través del cual Sabino podría hablar con Tejero y preguntarle qué pretensiones tenía. Pero la gestión no fue posible, porque Tejero se negó a hablar con el secretario de la Casa (el rey ni lo intentó), y anunció que sólo recibiría órdenes de Milans del Bosch. Con Milans del Bosch, en cambio, la primera conversación (aproximadamente a las 8 de la tarde) la tuvo Juan Carlos, y todas las demás a lo largo de aquella noche. No había para menos, teniendo en cuenta que Milans era el militar más monárquico de España, y amigo personal de Juan Carlos desde hacía muchos años. Había asistido al bautizo del príncipe Felipe, y recibido al rey interino en el aeropuerto de Barajas para felicitarlo cuando volvió de la campaña en Al-A’yun… El rey nunca había tenido motivos para dudar de su lealtad.

Otra cosa rara, difícil de casar con la versión oficial que niega la participación del rey en el golpe, fue que, sorprendentemente, las líneas telefónicas de La Zarzuela no se cortaron. La centralita se saturó de llamadas. El mismo rey le comentó a Villalonga años después para su biografía autorizada, cuando ya estaba tan metido en el papel de salvador de la patria que no controlaba lo que decía: “Si yo fuera a llevar a cabo una operación en nombre del rey, pero sin el consentimiento de éste, la primera cosa en la que habría pensado sería en aislarle del resto del mundo impidiéndole que se comunicara con el exterior. Y bien, esa noche yo hubiera podido entrar y salir de La Zarzuela a mi voluntad y, en cuanto al teléfono, ¡tuve más llamadas en unas pocas horas que las que había tenido en un mes! De mi padre, que se encontraba en Estoril –y que se sorprendió también mucho de poder comunicarse conmigo–, de mis hermanas que estaban las dos en Madrid e, igualmente, de los jefes de Estado amigos que me llamaban para alentarme a resistir”. Sabino, que era más listo, se encargó de que este párrafo fuera suprimido de la edición española del libro, en el momento en que se dio cuenta de que el rey había desvelado importantes detalles.

Armada entró en el Congreso tras dar la contraseña convenida por los golpistas para recibir la “autoridad militar” que esperaban, el “elefante blanco”: “Duque de Ahumada”. Habló con Tejero en un despacho acristalado, desde donde los guardias armados no podían oírlos, pero sí que los veían discutir acaloradamente, mientras Armada agitaba en el aire un ejemplar de la Constitución de 1978 que había traído para explicar algo a Tejero. Su propuesta fundamentalmente consistía en el hecho de que se retiraran los guardias, le dejaran pasar al hemiciclo y permitieran que el mismo Congreso deliberara y acordara una fórmula para constituir un gobierno de solución a la situación creada, para que todo volviera a la normalidad. Después el Congreso presentaría su propuesta al rey, a fin de que todo fuera constitucional. En la versión de Tejero, que Armada no confirmó, los diputados ya estaban preparados, y el futuro gobierno pactado: la presidencia para él; la vice-presidencia para Felipe González; y dos o tres carteras para cada partido, con socialistas y comunistas moderados como Enrique Múgica y Solé Tura, éste como ministro de Trabajo. Armada, además, le habló del tema del avión para que él y sus hombres salieran de España. El enfado de Tejero fue monumental. Aquello no era lo que él esperaba, no era lo que le habían dicho… Insistió en que el rey tenía que promulgar unos decretos que disolvieran las Cortes, que Milans tenía que estar en el Gobierno, que nada de comunistas. Y, naturalmente, no se pusieron de acuerdo. A la 1:20 de la madrugada Tejero daba por finalizada la conversación con Armada, y ordenaba a dos guardias que lo condujeran a la salida e impidieran que volviera a entrar sin su permiso.

Sabino y varios funcionarios e instituciones se esforzaron mucho para intentar dejar a Juan Carlos al margen del procedimiento judicial. Los abogados defensores mantuvieron la tesis de que los militares insurrectos habían actuado “por obediencia debida” al rey. Y pretendieron que Juan Carlos prestara declaración como testigo, como mínimo por escrito, teniendo en cuenta el protagonismo que había tenido la noche y la madrugada del golpe de Estado. Pero no hubo manera. En lugar suyo, declaró Sabino. De todos modos, el rey acabó saliendo como implicado en las declaraciones de la mayor parte de los encausados. No en la de Armada, que se comprometió en un pacto de silencio que no pudo romper nadie. Los otros coincideron en el hecho de que el rey estaba enterado de todo y que participó en el plan de actuación. Aquellos meses tuvieron que ser amargos para el monarca, aunque una multitud enfervorizada de columnistas y políticos intentaron paliarlo en la medida de sus posibilidades, con una sólida campaña en defensa de la Corona. La Junta de Andalucía llegó a hacer una declaración oficial de adhesión al rey el marzo de 1982 durante el juicio.

Con respecto al CESID y a su papel en el 23-F, igual que en todo lo que hace referencia al monarca, también hubo una campaña de silencio, adoctrinamiento y destrucción de pruebas. Entre los documentos desaparecidos en los días siguientes, de los cuales sólo queda el recuerdo en la mente de los agentes que entonces estaban activos, se citan el informe “Delta sur” (que evaluaba la actitud de cada mando del CESID respecto a un cambio de régimen), unos edictos y decretos que se tenían que difundir una vez hubiera triunfado el golpe, e informes de vigilancia que incluían fotos de reuniones conspirativas celebradas en varios puntos de Madrid. Después se elaboró el “informe Jáudenes”, “acerca de la posible participación de miembros de la AOME [Agrupación Operativa de Medios Especiales, cuyo jefe era José Luis Cortina] en los sucesos de los días 23 y 24 de febrero pasado”. Fue encargado al teniente coronel Juan Jáudenes el 31 de marzo de 1981, cuando ya no quedaban pruebas. Pero todavía se pudieron reunir testigos que implicaban a unos ocho agentes (García Almenta, Monge, Sales y Moya, entre otros). De todos modos, ninguno fue denunciado por el CESID.

El “informe Jáudenes” fue incorporado a la causa 2/81 y después devuelto. En los 13.000 folios del sumario no se hace ninguna mención del Rey. En cuanto a la implicación de políticos, y muy especialmente de los socialistas que estaba probado que se habían reunido con Armada, hace falta decir que también tuvieron mucha suerte en el juicio. Tanto ellos como el grupo de La Zarzuela, incluyendo a Armada, cumplieron el compromiso de no implicarse mutuamente. Un equipo de abogados entrenó a Múgica durante mucho tiempo para que su declaración como testigo se ajustara a los intereses del PSOE, que consistían en desvincularse de Armada. Al cabo de los años, Múgica no ha modificado su disciplina y todo lo que reconoce es que hablaron de la cría de mulas para el transporte de las unidades de artillería de montaña.

Para que la historia lo juzgue, permanece la anodina sentencia del Supremo, que a lo largo de los considerandos puntualizaba que la rebelión habría existido incluso con el supuesto “impulso regio”. Se decía literalmente: “No sobra razonar que si, hipotéticamente y con los debidos respetos a Su Majestad, tales órdenes hubiesen existido, ello sin perjuicio de la impunidad de la Corona que proclama la Constitución, no hubiera excusado, de ningún modo, a los procesados, pues tales órdenes no entran dentro de las facultadas de Su Majestad el Rey, y, siendo manifiestamente ilegítimas, no tenían por qué haber sido obedecidas”.

Cuando en agosto se convocaron elecciones generales para octubre, el PSOE ya estaba preparado para cambiar su discurso, no preocupar a la banca ni a los poderes fácticos, y apoyar a la monarquía sin complejos. El 23-F fue la coartada perfecta. Fue la definitiva domesticación de las bases del partido. El 28 de octubre ganó por mayoría absoluta con el 48% de los votos, con promesas de salir de la OTAN, crear 800.000 puestos de trabajo y consolidar las libertades. En el discurso de apertura del nueve Parlamento, en noviembre, el antes republicano Peces-Barba se permitió el lujo de decir que “Monarquía y Parlamento no son términos antitéticos, sino complementarios, y su integración en la monarquía parlamentaria, tal como se dibuja en nuestro texto constitucional, produce una estabilidad, un equilibrio y unas posibilidades de progreso difíciles de encontrar en otras formas de Estado”. Cuando Juan Carlos firmó el decreto de nombramiento de Felipe González, el 3 de diciembre, dijo emocionado a Peces-Barba: “Si mi abuelo hubiera podido tener esta relación con Pablo Iglesias, habríamos evitado la guerra civil”. Y Gregorio le contestó: “Quizá, señor, para llegar a esto tuvimos que pasar por aquello”. Y por el 23-F, podríamos añadir, también, sin duda.

 

Descarga aquí "Un Rey Golpe a Golpe" de Patricia Sverlo

 

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Jugar con fuego: la morbosa reunión del PSOE con Armada antes del 23-F

Jordi Gracia desvela nuevos datos sobre los contactos entre Armada y Múgica en 1980 en su biografía sobre Javier Pradera. El militar enredó con las ansias socialistas de tumbar a Suárez

Por Carlos Prieto, 2-1-2020

El Confidencial

Alfonso Armada, en 2011. (EFE)

 

Te encuentras a Alfonso Armada en una escalera y nunca sabes si está salvando la democracia o montando un golpe de Estado… Alfonso Armada ha pasado a la historia como muñidor del 23-F, pero bien podría haberlo hecho como el gran especialista español en el arte de ocultar lo que piensa: Rajoy es un libro abierto en comparación.

Jordi Gracia acaba de publicar 'Javier Pradera o el poder de la izquierda', biografía del escritor, intelectual y cerebro gris de 'El País'. Como jefe de opinión, Pradera escribió algunos de los editoriales más relevantes del periódico en sus años de mayor influencia. Los meses previos al 23-F, Pradera criticó los flirteos del PSOE con las operaciones para derribar al presidente Adolfo Suárez, como las encabezadas por el general Alfonso Armada, antiguo secretario de la Casa del Rey y segundo jefe del Estado Mayor del Ejército. En plena crisis política con ruido de sables de fondo, Armada se dejaba querer para encabezar un Gobierno de concentración nacional en calidad de, ejem, militar independiente. Se llamó la Solución Armada... y se acabó cruzando con el tejerazo el 23-F.

Una comida indigesta

El 22 de octubre de 1980, Armada comió en Lérida con Enrique Múgica Herzog, diputado socialista, Joan Reventós, líder del PSC, y Antoni Siurana, alcalde socialista de Lérida. Lo que hablaron ese día, aún está en disputa, pero Gracia ha accedido —vía José María Maravall— a un informe inédito de la reunión redactado por Múgica y entregado a Felipe González.

“Se trataba de contarle con detalle su almuerzo en Lérida 15 días atrás… Armada tenía ya para entonces muy entrenada la defensa de su propuesta para que todo convergiese en él como figura salvadora del caos y la parálisis gubernamental. Pero había arrancado meses atrás, al menos desde junio, y eso es lo que contó, según el informe de Múgica, en ese almuerzo... Describió las cuatro posibles salidas que supuestamente examinaba el documento entregado al rey en junio o julio... Ese desconocido documento debería contener sin duda los planes de Armada como líder intelectual de una conspiración para derribar a Suárez y reemplazarlo por un Gobierno de coalición bajo su presidencia… Un 'Gobierno de coalición a partir de un voto de censura”, resume Gracia citando el informe socialista.

 

Múgica y Armada hablaron de las operaciones en marcha para tumbar a Suárez. El PSOE lo negaría insistentemente tras el 23-F

 

Y sigue: “En la copia del informe que González pidió a Múgica sobre aquel almuerzo, fechada a 5 de noviembre, se detalla la propuesta de la 'presidencia por un neutral', pero también el 'modus operandi' que Armada propone: 'podría ser que el Rey' llamase a Palacio a los líderes políticos, 'sin ninguna exclusión' (lo que incluye a los comunistas), y sugería que el rey se 'viera confortado por la formulación que hiciera Felipe' en favor de esa coalición presidida por un 'neutral”.

El informe de Múgica… no transpira suspicacia ni rechazo sino una suerte de neutralidad ante el plan”, concluye Gracia.

Múgica y Armada, por tanto, hablaron ese día de las maniobras en marcha para tumbar a Suárez, algo que el PSOE negaría insistentemente los meses posteriores al 23-F.

En enero de 1982, Múgica, Reventós y Siurana declararon ante el juez militar instructor del sumario del 23-F. A cuenta del almuerzo con Armada. Los tres aseguraron que se trató de una comida de perfil bajo. Múgica declaró en sede judicial: "Se habló del paro, por supuesto, se habló de la situación agraria de Lérida, se habló de cuestiones locales, se habló de lo hermosa que era Cataluña, pero no se habló en absoluto de ningún golpe de timón de ninguna clase”, testimonio judicial recogido por el historiador Robert Muñoz Bolaños en una investigación.

Repetimos: "Se habló de lo hermosa que era Cataluña". Múgica, por tanto, mintió.

 

Felipe González y Adolfo Suárez, durante una reunión en la Moncloa en 1977. (EFE)

 

Tras salir de declarar, el alcalde Siurana dijo a la prensa. “Hablamos de temas que afectan al ejército en una provincia como Lérida… Se quieren ver cuestiones que no existen en absoluto en una reunión que no tuvo importancia política alguna”. Siurana también mintió. ¿Por qué esa insistencia en mentir si no se había hecho nada malo?

 

Pujol: "El PSOE tenía una auténtica obsesión por hacer caer a Suárez"

 

Por cierto: no sería la única vez que Múgica pisaría un charco conspiratorio, como explicó Jordi Pujol en sus memorias: “El PSOE tenía una auténtica obsesión por hacer caer a Suárez. Una prueba de ello es la visita que el destacado líder socialista Enrique Múgica me había hecho a finales del verano de 1980 a mi casa de Premià de Dalt para preguntarme cómo veríamos que se forzase la dimisión del presidente del Gobierno y su sustitución por un militar de mentalidad democrática. Le manifesté mi total desacuerdo. Esta visita, junto con otros hechos, revela que los socialistas, o una buena parte de los socialistas, tenían una prisa enorme por llegar al poder. Todo ello, en definitiva, muy poco responsable”.

Pradera, en contra

Aunque Armada maniobraba en la sombra, su conversión en presidenciable requería también cultivar un perfil mediático. La Solución Armada se convirtió en tema recurrente en los mentideros madrileños. Era un secreto a voces. Pradera criticó los coqueteos del PSOE con Armada en varios editoriales para iniciados. La posición de Pradera era la siguiente: jugar con Armada era jugar con fuego y el PSOE podía acabar quemándose.

Lo explica Gracia en su libro: “El nombre de Alfonso Armada circula ya por redacciones y corrillos como ideólogo de un movimiento militar. Él lo promueve como si fuese un contragolpe destinado a sofocar el golpe duro que planean otros, y al menos el rey tiene información sobre todo ello (si es cierto lo que cuenta Armada en el almuerzo en Lérida). Que un Gobierno de coalición fuese una maniobra lícita, e incluso inscrita de forma nuclear en la tradición socialdemócrata, no diluía la convicción del periódico de que era un error en el caso español y en aquellas circunstanciasTensaría las cuerdas de una democracia en construcción y dañaría los intereses del PSOE como partido de poder en el futuro... El rumor contra el que va destinada la reflexión de ese editorial... tiene que ver con la presunta 'transformación de esa batalla política en una conspiración palaciega', porque eso sí 'sería harina de otro costal y un bocado difícilmente digerible por un régimen democrático'. El aviso está explícitamente destinado a abortar el mero intento o la consideración siquiera de 'una eventual maniobra extraparlamentaria para derribar' a Suárez, porque 'significaría, simplemente, el comienzo del fin de la experiencia parlamentaria en nuestro país'”.

Pradera, por tanto, se olió la tostada: dar cuerda a Armada podía acabar desencadenando un golpe de algún tipo.

 

 

El comentario editorial iba destinado a cortar en seco el sotobosque blando o duro de una 'conspiración palaciega' contra Suárez. Lo verdaderamente lamentable sería dilapidar el crédito socialista con un exceso de silencio táctico o con permisividad inconsecuente y que tanto 'las desmedidas ambiciones' como 'la concupiscencia del poder de los profesionales de la política' deformasen 'patológicamente el sistema parlamentario'. Esas 'maniobras, conspiraciones y combinaciones' no guardan apenas relación 'con los mandatos electorales' al realizarse 'extramuros de las Cortes Generales'”, resume Gracia sobre el editorial de 'El País'.

 

El encuentro de los socialistas con Armada podía ser convertido por él en falsa complicidad, en tácita conformidad o incluso en adhesión plausible

 

Y sigue: “Entender ahora un Gobierno de coalición 'como remedio preventivo de un supuesto golpe de Estado' podría tener también un efecto inverso al deseado. Pradera pensaba entonces, a 8 de noviembre, que podía acabar sucediendo lo que cuenta la fábula del pastor, 'que de tanto simular a gritos la presencia del lobo' solo consigue que nadie crea la amenaza cuando 'se convierte en realidad', y hoy uno de los divulgadores militantes de la amenaza golpista es el mismo general Armada. Excepto por un incontrolable 'deseo de llegar cuanto antes al poder', desde 'El País' seguían sin 'verse las razones' por las que los socialistas puedan ahora pretender o exigir su entrada en el Gobierno por la puerta falsa de las maniobras extraparlamentarias, incluidos documentos firmados por altos mandos militares".

Reflexión al hilo: es fácil hablar ahora de los grandes consensos de la Transición y de la falta de altura de miras de los políticos actuales. Es fácil sobre todo si uno ignora que la Transición se hizo también a golpe de conspiraciones, engaños y puñaladas por la espalda.

La hora del astracán

Cuando Armada se presentó en el Congreso la noche del 23-F, camuflado de desactivador del golpe, se produjo una escena digna de Pepe Gotera y Otilio: Tejero echó a patadas a su superior jerárquico (tanto en el escalafón militar como en el operativo golpista). El mismo Tejero con el que Armada se había reunido días antes para preparar la asonada. A Tejero se le cruzaron los cables cuando Armada le enseñó una lista con un Gobierno de salvación nacional —presidido por él— con ministros de los principales partidos, incluidos los de izquierdas.

O Tejero no se había enterado bien de qué iba aquel golpe, o Armada le había ocultado información, o ambos.

El enredo fue de tal calibre —al solaparse golpe duro y golpe blando— que Tejero entró en un estado de confusión del que ya no volvió a salir, como reconocería luego en el juicio: Lo que yo quisiera es que alguien me explique lo del 23-F… porque yo no lo entiendo.

 

 

Lo que deploró Pradera en 1980 fue tanto la tentación socialista de acceder al poder por una vía distinta de una mayoría absoluta electoral como los contactos con un general que lideraba entonces movimientos de militares para buscar salidas a la situación. El encuentro de los socialistas con Armada podía ser convertido por él en falsa complicidad, en tácita conformidad o incluso en adhesión plausible con esa solución inaceptable, en lugar de favorecer su total neutralización atajando sin reservas cualquier insinuación parecida. Nada de esto induce a pensar ni en conspiración golpista alguna de los socialistas es un absurdo retorcido y capcioso— ni tampoco prueba que Armada fuese un candidato aceptable en la ejecutiva o para la mayoría del partido. La irresponsabilidad que reprueban Pradera y el periódico es no haber abortado la rumorología que el propio Armada y otros propiciarían. Quizá no lo hicieron porque era una hipótesis tan esperpéntica que desmentirla era más comprometido que obviarla, o quizá no lo hicieron porque en la estrategia de acoso y derribo a Suárez aumentaba la presión sobre el presidente, sin sentirse comprometidos con semejante solución. La astucia de Armada en el almuerzo de Lérida pudo desarbolar a los socialistas presentes o cuando menos persuadirlos de estar ante una operación aceptable: pudo engañarlos llanamente mintiendo sobre la petición de dimisión del rey a Suárez o sobre su verdadero papel en un golpe preventivo, o sobre la gravedad y consistencia de los impulsos golpistas de otros militares como el mismo Tejero. Que la mentira habilidosa era parte de su temple lo sabemos positivamente y que negó hasta el final de su vida la menor participación en el 23- F también”, concluye Gracia.

 
 
 

O Armada como la madre de todos los enredadores.

José Luis Martín Prieto describió así a Armada en sus crónicas sobre el juicio del 23-F en 'El País': “Como el protagonista de la fábula de Kipling, Armada quería ser Rey, (o presidente del Gobierno) en una estrategia de sobreentendidos, medias verdades, citas fuera de contexto o distorsiones de la realidad... Quizá sinuoso por naturaleza, desarrolla una autodefensa basada en la práctica rural de marear a la perdiz… Raramente contesta sí o no, y aún menos con énfasis; sus construcciones verbales son curvilíneas, rodea constantemente el objetivo intelectual al que quiere acercarse, para, muchas veces, acabar huyendo de él... Si a Armada se le preguntara en la sala si es autor directo de un crimen de sangre es harto probable que no contestara con una indignada y cortante negativa; comenzaría aduciendo que las cosas son en esta vida más complicadas de lo que parecen y que si se le permite procederá a un exordio previo”.

En efecto, Armada era tan sinuoso que a su lado la variante de Pajares parece una línea recta. Cuando uno pisaba territorio Armada, podía acabar despeñándose. Algo así le ocurrió al PSOE a finales de 1980.

 

 

 

 

 

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