LA TORTURA EN LA HISTORIA JUDICIAL: La Peste, el Populismo, Alessandro Manzoni y la «Columna Infame» (I).

La historia de la columna infame (fragmento)

Por Alessandro Manzoni

La Columna Infame de Milán


"No afirmaremos que todo esto es razonable, ya que no puede serlo aquello que implica una contradicción. Se trataba de esfuerzos vanos para conciliar la certeza con la duda, para evitar el peligro de aplicar el tormento a inocentes y obtener así falsas confesiones, pero aceptando la tortura como un medio para descubrir si uno era inocente o culpable y hacerle confesar una determinada cosa. La consecuencia lógica habría sido declarar absurda e injusta la tortura, pero lo impedía la ciega deferencia por la antigüedad y el derecho romano. Aquel librito De los delitos y las penas que promovió, no sólo la abolición de la tortura, sino también la reforma de toda la legislación criminal, comenzaba con las palabras: «Algunos restos de la legislación de un antiguo pueblo conquistador». Y lo que entonces supuso la osadía de una gran inteligencia, un siglo antes hubiese parecido una extravagancia. No existen razones para maravillarse de ello. ¿Acaso no se ha visto un legado del mismo género perdurar durante mucho tiempo, incluso devenir más fuerte, en la política, más tarde en literatura y posteriormente también en alguna rama de las Bellas Artes? Tanto para los pequeños como para los grandes asuntos, llega un momento en que, aun siendo accidentales y artificiosos, desean perpetuarse como naturales y necesarios, pero se ven obligados a ceder a la experiencia, al razonamiento, a la sociedad, a la moda e incluso a circunstancias de menor entidad; cambios éstos siempre determinados por la cualidad y la importancia de la materia. Pero este momento debe prepararse. Es mérito no menor de los intérpretes si, como creemos, fueron ellos quienes lo prepararon, aunque lentamente, y sin apercibirse de ello, para la jurisprudencia.

Pero las reglas que establecieron en este caso bastan para convencer a los jueces incluso de una verdadera prevaricación. Precisamente esos jueces quisieron empezar por la tortura. Sin entrar en nada que tuviese que ver con las circunstancias, ni sustanciales ni accidentales, del presunto delito, multiplicaron los interrogatorios no resolutorios para obtener de ellos los pretextos que les permitieran decirle a la víctima: no es verosímil. Y concediendo a las inverosimilitudes la fuerza de mentiras probadas legalmente, ordenar la tortura. Y es que no buscaban una verdad, sino querían una confesión. Ignorando las ventajas que habrían conseguido tras el estudio del hecho supuesto, querían pasar enseguida al sufrimiento porque les concedía una ventaja rápida y segura: estaban frenéticos. Todo Milán sabía (es el vocablo utilizado en casos similares) que Guglielmo Piazza había ungido los muros, los portillos, los zaguanes de la calle de la Vetra. Y ellos, que lo tenían en sus manos, ¿cómo no iban a hacerle confesar enseguida?

¿Se dirá acaso que para la jurisprudencia, y no digamos para la conciencia, todo lo justificaba la máxima detestable, aunque entonces aceptada, de que en los cielitos más atroces era lícito saltarse el derecho? Dejamos a un lado que la opinión más común, más bien casi universal, de los jurisconsultos, era (o si al cielo le place, debía ser) que tal máxima no pudiese aplicarse al procedimiento, sino sólo a la pena, «ya que —por citar a uno de ellos— aunque se trate de un delito enorme, no consta sin embargo que el hombre lo haya cometido; y hasta que no conste, es un deber que se mantengan los procedimientos del derecho». Tan sólo para recordar los rasgos notables con los que la eterna razón se manifiesta en todos los tiempos, citaremos la sentencia de un hombre de principios del siglo XV que durante mucho tiempo fue llamado el Bartola del derecho eclesiástico; me refiero a Nicolò Tedeschi, arzobispo de Palermo, más célebre, desde que fue célebre con el nombre de Abad Palermitano: «Cuanto más grave sea el delito —dice— tanto más firmes deben ser las presunciones, porque allí donde el peligro es mayor, hay que andar con más cautela». Esto no hace a nuestro caso (referido siempre a la jurisprudencia), ya que Claro atestigua que en el foro de Milán dominaba la tradición contraria. Es decir, en aquellos casos al juez le estaba permitido pasar por encima del derecho, también en la investigación. «Regla —dice Riminaldi, otro célebre jurisconsulto— inaceptable en otros países»; y Farinacci añade: «tiene razón». Pero veamos cómo interpreta Claro dicha regla: «Se llega a la tortura aunque los indicios no sean del todo suficientes (in totum sufficientia), ni probados por testigos por encima de toda censura, y muy a menudo también sin haber entregado al reo copia del proceso informativo». Y donde trata en particular de los indicios que legitiman la tortura, los declara expresamente necesarios «no sólo en los delitos menores, sino también en los mayores y hasta en los más atroces, incluso en el delito de lesa majestad». Por lo tanto, aunque se contentaba con indicios no probados con rigor, de todos modos los quería probados; con testimonios menos autorizados, pero quería testimonios; con indicios más ligeros, pero quería indicios reales, relacionados con el hecho; quería, en resumen, facilitar al juez el descubrimiento del delito, no darle la facultad de torturar, bajo cualquier pretexto, a quien cayera en sus manos. Pero lo que una teoría abstracta no reconoce, no inventa, no sueña siquiera, la rabia lo ejecuta". 

 

Alessandro Manzoni

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La columna infame de Milán en tiempos de pandemia

(Resumen)

Por Esteban Rodríguez

Evidencia.org

La sentencia dictada a Guglielmo Piazza y Gio. Giacomo Mora, según la cual asolaron la ciudad de Milán en el año 1630 con "pestíferos"

 

Las épocas de pandemia han despertado y despiertan miedo en individuos y pánico en sus comunidades. En este artículo el autor repasa brevemente los hechos históricos ocurridos durante La Gran Plaga (pandemia de peste bubónica) que dieron lugar a la denominada Columna Infame de Milán, haciendo un paralelismo con algunas situaciones de criminalización de los enfermos e individuos afectados por la actual pandemia de SARS-Cov-2.

Durante una de las tantas pandemias de la historia de la humanidad, los habitantes de Milán en la Región de Lombardia de Italia nos dejaron sin saber, una enseñanza muy útil en estos tiempos. La Peste Bubónica -una enfermedad bacteriana que todavía existe en la actualidad- provocó muchos brotes en distintos lugares del mundo pero se destacaron tres pandemias: La Peste de Justiniano, La Peste Negra y La Gran Plaga. Simplificando las cosas la primera provocó la caída del Imperio Romano de Oriente; la segunda aceleró el paso de la Edad Media a la Edad Moderna y la tercera es la que recordaremos brevemente en este tiempo de COVID (Madera Pedro Gargantilla, Breve historia de la medicina).

Los hechos en forma breve serían algo así: por el 1630 Milán estaba siendo asolada por la peste bubónica en forma inusual lo que generaba miedo individual y pánico colectivo. Al no estar claro cómo se propagaba esta enfermedad se buscaban chivos expiatorios para intentar frenar el descontento del pueblo, perjudicando sin razón a veces a algún individuo perteneciente a alguna minoría -extranjeros, leprosos o judíos-, o bien, a vecinos comunes. Muchas personas fueron linchadas por motivos triviales o por algún gesto que parecía inusual como el de un pobre anciano que vieron en la iglesia limpiando el banco con un paño antes de sentarse. Es que ya se había difundido la creencia de que determinadas personas untaban murallas y portones con una sustancia que era la causante de esta enfermedad. De esta forma se llegó a la denuncia de una anciana que acusó sin pruebas a otras dos personas por untar las paredes de la zona con esa supuesta sustancia pestífera y venenosa; esas dos personas (Piazza, un comisario de salud pública y Mora, un barbero) fueron llevadas a juicio, torturados para obtener una confesión –a cambio de falsas promesas de impunidad- sobre algo que no hicieron y luego sentenciadas a una muerte terrible en el patíbulo: previas quemaduras con hierros calientes en distintas partes del cuerpo, se les cortó la mano derecha con la que supuestamente habían untado esas sustancias, les quebraron todos los huesos a golpes y los dejaron allí por seis horas de largo suplicio para luego matarlos y quemarlos, lanzando sus cenizas al río. La casa del barbero fue arrasada y se construyó allí una inmensa columna para recordar el crimen y la pena de estos supuestos untadores infames, que pasó a llamarse la Colonna Infame. Con el tiempo se pudo comprobar que no era cierta aquella denuncia, pero el daño ya estaba hecho y lo infame no fue lo que (no) hicieron esos dos vecinos sino las estupideces que cometieron los milaneses que habían apoyado todos los eventos y las atrocidades del juicio. Si bien algunos dicen que hay restos de la columna en un museo del Castillo Sforza en Milán, la realidad es que en 1778 ésta se mandó a derrumbar y se construyó allí una casa, debido a que el monumento había pasado a ser algo vergonzoso para los habitantes de esa ciudad (Manzoni Alessandro, Historia de la columna infame).

En nada se parecen como enfermedad la Peste Bubónica y el COVID, pero generan los mismos miedos y reacciones y la columna infame milanesa debe hacernos recordar lo que no hay que hacer como pueblo.

Hay muchos Piazza y muchos Mora que simplemente haciendo sus trabajos son señalados, acusados y hasta juzgados. Afortunadamente esto ya no sucede en un patíbulo, pero sí en las redes sociales (¿sociales?). Luego de uno o muchos clicks, estas se han transformado en un calvario para muchas personas que nunca fueron criminales.

Sin dudas tenemos que cuidarnos de las pandemias pero también de las personas que propagan noticias falsas o indebidas que hacen mucho daño, incluso más daño que el propio microbio. Hace mucho fue la peste, ayer fue la lepra, la tuberculosis o el SIDA y hoy el COVID. ¿Y mañana cómo se llamará?

Siempre la humanidad ha terminado pudiendo prevalecer frente a las más terribles pandemias de la historia. ¿Pero, podremos prevalecer ante nuestros semejantes? ¿O el hombre será lobo del hombre?

Si los milaneses pudieron derribar la columna infame nosotros podemos como sociedad demoler algunas actitudes para construir otras útiles, porque en definitiva las grandes crisis son también grandes oportunidades.

 

La COLUMNA INFAME, Milán, 1630 (Fuente: Biblioteca Nacional de Medicina de los EE.UU.)

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La columna infame

Por Alfonso Sastre

El País, 18 de junio de 1985.

 

¡La columna infame! No me refiero, claro está, a la que ahora inicio con estas palabras; aunque es seguro que va a serlo (como todo o casi todo lo que uno publica en los periódicos, por importantes que ellos sean) en el sentido más vinculado a la etimología de la palabra: algo sin-fama, algo que no ha de ser re-nombrado posteriormente. Pero también hay, o sobre todo hay, la infamia como des-honra. Y eso espero que no. La cosa, al menos esta vez, es mucho más sencilla. Ocurre que... Ocurre -o no ocurre demasiado, digamos la verdad- que por estos días se conmemora el segundo centenario del nacimiento de Alessandro Manzoni. Al menos, algo se va a hacer en ese sentido bajo los auspicios del Instituto Italiano de Cultura en Barcelona, y allá piensa ir uno para decir, mejor o peor, algo sobre, precisamente, la columna infame. ¿De qué va la cosa? Los italianistas -¿hay muchos en España?- y, sin serlo, quienes hayan leído Los novios, de Manzoni, lo saben de sobra, o por lo menos suficientemente. Entre éstos me cuento: entre los que lo sabían, por lo menos, suficientemente. A mis recuerdos de adolescencia pertenece la lectura de las aventuras de Lorenzo y Lucía -tengo que decir que leí una edición de la editorial catalana Ramón Sopena, que hizo en su tiempo una importante labor en la difusión popular de la gran literatura-, y no olvido la presencia de ese extraordinario personaje que es el cura don Abundio; pero, sobre todo, las fases documentales en las que Manzoni, basándose particularmente en el testimonio de Giuseppe Ripamonti, relata la gran peste de Milán en 1630. Qué atmósfera, qué ambiente, qué gran sensación de catástrofe cuasi bíblica da -y ahí está lo curioso del asunto la mera, o casi mera, reproducción documental de los hechos, transcritos casi siempre con la precisión propia de los notarios y hasta, si mal no recuerdo, con una cierta exhibición de fuentes. ¿Qué tiene que hacer en una novela el aparato bibliográfico? El problema de los géneros se plantea ya, sin duda, en casos tan ilustres como este de Los novios, de Manzoni.

Ahora parece que vivimos en una ola -de esas que suelen invadirnos, como se dice- de novelas históricas: que si Yourcenar, que si Graves, que si otros muchos, ya ancianos como éstos, ya más jóvenes; cosa que ocurre una y otra vez en la historia de la novela: el recurso a la historia como materia o como fondo de la narración que muchas veces cobra relieve de primer plano. Por cierto que el tema de la peste ha motivado una buena estirpe de narraciones más o menos vinculadas a la ficción:, desde aquel Año de la peste, de Daniel de Foe -obra en la que él se considera presente en la que se abatió sobre Londres 35 años después de la de Milán-, hasta cuentos y novelas propiamente dichos, como en Poe, London o Camus.

El problema de los géneros, apuntábamos hace un momento. Así es, y Leonardo Sciascia lo apunta muy bien en la nota previa que acompaña a una edición castellana de la Historia de la columna infame, de Alessandro Manzoni, que acaba de aparecer. Se problematiza el concepto de novela histórica aplicado a esta de Manzoni. Novela-investigación, prefiere definirla Renzo Negri en su ensayo de 1974, que cita el mismo Sciascia. Sea como sea, la existencia como obrita aparte de este texto sobre la columna infame nos llama la atención sobre un problema de equilibrio entre los datos de la invención novelesca y los de la historia, que Manzoni se planteó muy seriamente, pues algo en la estructura de su novela produjo el rechazo de esta parte hasta convertirla en un apéndice de la novela; situación en la que la Historia de la columna infame ha continuado por mucho tiempo, hasta que observadores sensibles a la importancia de tal texto lo fueron rescatando de su situación secundaria y apendicular para reivindicar su autonomía como obra y aun como obra maestra.

En mis artículos, publicados en este periódico, sobre la tortura (La gangrena), ya hice mención de esta columna infame, aunque mi referencia fue sobre todo a la obra de Pietro Verri Observaciones sobre la tortura. Se recordará que la llamada colaboración ciudadana dio uno de sus frutos podridos -el más reciente entre nosotros o, por lo menos, el más grave es el que puede designarse como el horror de Almería, de infausta memoria- al advertir cierta vecina de la calle de la Vetra dei Cittadini, en Milán, que un hombre hacía movimientos extraños con un papel y restregaba sus dedos contra la muralla. El mito de los untadores pestíferos estaba a punto de tomar terrible cuerpo en la historia de Milán. Denunciado el hecho a las autoridades por aquella buena señora, se abrió el proceso, en el que se torturó y se ejecutó por medio de atroces suplicios a varias personas, naturalmente inocentes, pues no habrá que decir a estas alturas -¿o quizá sí?- que tales untadores fueron un producto de la imaginación más ignorante y de la mala fe de aquellos jueces en el marco institucional de la tortura como método legal de investigación. Una de las víctimas fue un pobre barbero, de nombre Giangiacomo Mora; precisamente sobre el solar en que se alzaba su barbería, fue erigida aquella columna infame para memoria y escarmiento de las gentes futuras.

El librito de Manzoni tiene un cierto carácter polémico con relación al de Verri. Teniendo en cuenta que Verri escribió el suyo en 1777, y Manzoni publicó Los novios en 1827, podría pensarse (claro está que desde un punto de vista historicista y desde una beata creencia en el progreso, día a día, de las ideas humanas) que la Historia de la columna infame habría de significar un paso adelante en la línea del pensamiento italiano contra la práctica, legal o ilegal, de la tortura: un pensamiento ilustre que presenta -en el mundo de la cultura italiana- muestras como los famosos pasajes de Cesare Beccaria en su obra De los delitos y de las penas, contemporánea en cuanto a su escritura de la de Verri, la cual se publicó después, en razón de su posición familiar y social y de la actitud del Senado, que se pronunciaba contra la abolición de la tortura al menos en tres casos -el de tratarse de un delito particularmente grave, la imposibilidad de obtener la verdad (?) de otra manera y el que se tratara de un juicio urgente-, hasta, ya en nuestros días, la importante obrita en la que Lelio Basso, reveló cómo la práctica de la tortura siguió realizándose en Italia después de la caída del fascismo... Pues bien, en la lectura de la obra de Manzoni advertimos que él puso el acento, al analizar aquel escandaloso proceso de 1630, en la ciega pasión de los jueces, es decir, en ciertas instancias individuales, de manera que el sistema de la tortura aparece como en un segundo plano dentro de su investigación del caso. Manzoni viene a decir que el mismo sistema policiaco-judicial, aplicado por otros jueces, hubiera desembocado en una evitación de tamaña tragedia. "No queremos, por cierto ( ... ) eximir a la ignorancia y a la tortura de la responsabilidad que les cupo en aquel horrible hecho ( ... )", dice Manzoni; pero también se expresa, en los términos corteses tan propios de su estilo, contra Verri en la medida en que éste "se propuso extraer de aquel hecho un argumento contra la tortura ( ... )". Para Manzoni, del hecho de estar -en vigor la tortura "no se seguía necesariamente que debieran padecerla todos los acusados, ni que todos aquellos a quienes fuera infligida debieran ser sentenciados culpables". Etcétera, pues no puede tratarse aquí del asunto en toda su complejidad. Sí es cierto, al menos desde mi punto de vista, que el ilustrado Verri, históricamente anterior, va por delante de Manzoni en el tratamiento de este problema; y ello sucede con frecuencia: que lo cronológicamente posterior es ideológicamente anterior, y otras paradojas de la historia. Aporías que el materialismo histórico suele resolver con bastante facilidad, por cierto. Que las causas aparecen muchas veces después de que los efectos actúen ya como verdaderos agentes históricos es cosa que puede ser observada sin mayores dificultades, por ejemplo; y que no se puede depositar confianza en el progreso mecánico de las generaciones en cuanto a la producción de pensamiento nuevo es asunto que salta a la vista en la historia de la filosofía. ¡El pensamiento nuevo se ha producido tantas veces antes que el que se produce, por ejemplo, en el seno de nuestra actual generación, portadora una y otra vez, en su conjunto, de pensamiento viejo (así sucede ahora con ese negocio de la posmodernidad)! En el caso Verri / Manzoni parece como si el pensamiento de la Ilustración italiana hubiera que situarlo por delante de hechos culturales posteriores, como el romanticismo católico de Alessandro Manzoni. Pero doctores tiene la historia de la cultura que seguramente mantendrán opiniones -doctas, por definición- más autorizadas que las de uno.

Transferido el tema a nuestro tiempo y a nuestros países, ahí están quienes atribuyen a la promulgación de ciertas leyes especiales, como la llamada entre nosotros ley antiterrorista, poco menos que la agencia de la tortura, o al menos su consolidación y su proliferación, frente a quienes plantean los casos de tortura como ciertos excesos personales de algunos raros funcionarios, cosa que podría darse indistintamente con esta o aquella legislación. Tal parece ser la opinión del ministro Barrionuevo, con lo que ciertamente arroja gruesas piedras contra su propio tejado personal; pues, ciertamente, su gestión ministerial podría entenderse, a ese tenor, con juicios muy peyorativos para su persona y, por tanto, exculpatorios del organismo político del que él forma parte (una parte muy desagradable, ciertamente). En realidad, es más cierto lo que ha escrito Jesús Ibáñez en un reciente artículo: que si el espacio es curvo, no se puede dar en él una línea recta. La física nos provee, en ocasiones, de preciosas metáforas; así es en este caso.

Alessandro Manzoni pensaba además que la tortura era un asunto del pasado. Otro punto de discusión que podríamos apuntar en la cuenta de su idealismo. Pero también hay que apuntar en su cuenta, para la debida contribución a su gloria, lo certero de su argumento cuando, al reseñar que el presunto financiero de la presunta actividad criminal -un español llamado Padilla, que era hijo del alcaide del castillo de Milán- fue absuelto, nos expuso que ipso facto quedaba desmentida toda la trama. Sólo que las ejecuciones ya se habían producido, y allí se elevaba nada menos que una columna infame: monumento que desde entonces apuntó acusatoriamente no a donde quería apuntar, sino al corazón de aquellos infames jueces, como señala Manzoni, pero sobre todo a la infamia del sistema, como ya había dicho Pietro Verri.

Otro punto muy bien subrayado por Manzoni es el del efecto terrible que en el proceso produjeron las promesas de impunidad. Leonardo Sciascia, muy certeramente, asocia ahora aquellas promesas a la política de arrepentidos que en Italia se ha desarrollado durante los últimos años contra las personas y la estructura de las Brigadas Rojas. De manera que si leemos, aún hoy, esta Historia de la columna infame -y se puede hacer en cualquier momento, y no porque este año Manzoni sea objeto de una cierta efeméride-, lo que suscita en nosotros tiene mucho que ver con los debates de nuestra época. Efectivamente: ¡cómo se resisten los tiempos a convertirse en arqueología!

 

Alfonso Sastre

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LA COLUMNA INFAME

Por Iñaki Egaña

Eusko Blog

Infamous column old view, Milan, Italy (then destroyed in 1778). Created by Girardet, published on Magasin Pittoresque, Paris, 1843

 

La literatura judicial ha dado para mucho en nuestro país, especial y dolorosamente, para crear un supuesto escenario delictivo al que arrojar a disidentes o discrepantes políticos. No es de ahora esta tendencia literaria a crear un relato judicial al que llaman “legal”, evitando siempre la palabra “justo”. Lo que llama la atención es el hecho de que en otras épocas, se entendía que el modelo político, dictadura arriba abajo, se correspondía con los relatos. Ahora en cambio, los relatos son idénticos, con la salvedad que el régimen que los soporta es denominado democrático.
 
Hace ya bastante tiempo, tanto que la memoria se nos va hasta 1630, los jueces de Milán ordenaron la detención de unos vecinos que supuestamente habían untado las paredes de la ciudad con un engrudo que contenía la peste. Los detenidos fueron salvajemente torturados y, condicionados por la picana, confesaron lo que no habían hecho. Y fueron ejecutados. La sentencia añadía que en el lugar de la vivienda de uno de los condenados, derruida, se edificara una columna a la que se la añadió el título de infame, para recuerdo de las generaciones posteriores. Fue una de las máximas expresiones de literatura judicial en la Europa moderna. Por cierto, Milán, con sus jueces, pertenecía entonces a la Corona española.
 
De aquella infamia infame, Alessandro Manzoni hizo una investigación jurídica que trasladó a un libro que, con el tiempo, se convirtió en clásico. Dicen que era una novela histórica y que el protagonista fue el barbero Giangiacomo Mora, al que derribaron su casa y en el solar edificaron la columna del relato, para escarmiento futuro. Se ha relacionado, desde entonces, el título de la columna infame con la tortura, como ya lo recordó hace más de 35 años en un mítico artículo que Alfonso Sastre coló en el diario entonces progubernamental, El País.
 
Con el debido respeto al recurso de Sastre, me permito tomar una nueva licencia y abordar la segunda de las infamias del caso de Giangiacomo, no el del trato que recibió, sino el de los jueces que ordenaron su tortura, ejecución y erección de la columna. Hay muchas columnas infames y una de ellas, precisamente, está en el estamento de los de la toga. En tantos y tantos jueces que hacen de sus sentencias un ejercicio de literatura.
 
En los últimos cincuenta años hemos vivido una época de represión extendida durante el franquismo, otra de represión limitada durante la transición y otra, en nuestros días en ese limbo del que se habla entre lo viejo y lo nuevo, centrada en un único objetivo disidente. Pero la justicia, a pesar de la modernización, a pesar de la democratización de las instituciones, a pesar del borrón y cuenta nueva, apenas se ha modificado.
 
Los jueces se han convertido en actores políticos, han transformado la justicia en literatura, es decir han dejado de impartir justicia, valga la redundancia, para contar historias, novelas con guion político, películas de indios y vaqueros. Relatos maniqueos, de verdades tan absolutas que su sola presentación, si no fuera porque impartir justicia significa llenar o vaciar las cárceles, serviría para colmar libros y programas radiofónicos de antologías del disparate.
 
Con el Proceso de Burgos, celebrado en 1970, el juez daba probado que un puñado de estudiantes vascos “tenían contactos de todo género con entidades revolucionarias del extranjero, con los partidos comunistas, así como con las embajadas de Moscú, Pekín y otras, caracterizadas por su animosidad a España, de las que han recibido ayuda y apoyo en su empresa separatista”. Jamás se tuvo noticia de asilo político de vascos en la URSS o China y las diferencias en cuestiones soberanistas entre unos y otros eran notorias. Pero qué más daba. Los jueces ya habían fabricado la historia que avalaría, entre otras, las penas de muerte.
 
La sentencia del 18/98 fue otro de los ejemplos. La interpretación se debería estudiar en talleres literarios, después de encontrar perlas como las siguientes: “ETA desprecia a la asunción de las medidas que la sociedad democrática pone a disposición de los ciudadanos para el cabal ejercicio de toda actividad política, optando por desarrollar acciones o adoptar actitudes que generan terror, inseguridad, desconcierto o desesperanza en la sociedad”. Cabal ejercicio: literatura en su estado más puro.
 
Hasta llegar al paroxismo en la página 290 cuando se identifica con precisión el documento firmado con un nombre añadido a un “Ri Gatuna”, una especie de gato egipcio que no es sino la carta (gutuna) al susodicho (ri). Un esperpento del tamaño de Gulliver en el país de Lilliput, la sátira de Jonathan Swift.
 
Los jóvenes de Altsasu condenados a largas penas por una trifulca tabernera, lo han sido con el agravante de la discriminación ideológica, según los jueces que han impuesto y reafirmado las penas. La sentencia de la Audiencia Nacional debería ser, de nuevo, de estudio en talleres literarios. Sus afirmaciones son extraordinarias, como la de que hay que “ofrecer un plus de protección a determinados colectivos vulnerables y que especialmente han sufrido históricamente ofensas por su diversidad”, en referencia al apoyo que merece la Guardia Civil.
 
¿Discriminación ideológica? Miren, señores jueces. Tengo la (in)sana costumbre de desperezarme leyendo las últimas noticias en los diarios, comprobando lo que escriben mis fuentes de twitter, abriendo las ventanas de facebook e instagram. Y puedo afirmar con bastante aproximación que cada segundo se producen decenas de discriminaciones ideológicas no ya en el planeta, donde serían decenas de miles, sino en ese estado que se llama España.
 
Y la mayoría de esas discriminaciones ideológicas provienen de banqueros, policías, militares, empresarios, voceros de la derecha y sicarios de la pluma. No he visto a ninguno de ellos empapelado por semejantes discriminaciones, a pesar de que muchas de ellas se dirigen precisamente a auténticos colectivos vulnerables. Ustedes son la columna infame judicial.
 
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FOTOGRAFÍAS DE DOS DETENIDOS POR EL 25 S QUE, DEFENDIDOS POR AUSAJ, RESULTARON ABSUELTOS AL NO TENER NADA QUE VER CON LOS HECHOS POR LOS QUE FUERON DETENIDOS Y TORTURADOS.

SOBRE SUS TORTURAS, ACREDITADAS Y DOCUMENTADAS, LA JUEZA NO PERMITIÓ INVESTIGACIÓN ALGUNA.

 

MÁS INFORMACIÓN SOBRE LAS TORTURAS EN EL 25 S EN ESTE POST:

Historia de la España contemporánea: del 25-S al 25-A

 

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