EL PRÍNCIPE Parte 4
Tabla de contenidos
El Príncipe
Nicolás Maquiavelo
El Príncipe es una de las primeras manifestaciones para la estructuración de la política como saber científico. Entre sus páginas. se encuentran acercamientos a la moralidad y a la ética en el poder: la disciplina de los ciudadanos ante el peligro y, por último, un llamado desesperado para la liberación de Italia de las fuerzas extranjeras.
ÍNDICE
Nicolás Maquiavelo al Magnífico Lorenzo De Médecis
De las distintas clases de principados y de la forma en que se adquieren
De los principados hereditarios
De los principados mixtos
Por qué el reino de Darío, conquistado por Alejandro, no se rebeló contra sus sucesores tras la muerte de éste
Del modo de gobernar ciudades o principados que tenían sus propias leyes antes de ser anexionados
De los nuevos principados adquiridos por las armas y la habilidad propias
De los nuevos principados adquiridos mediante armas ajenas o por la buena fortuna
De quienes han obtenido un principado a través de la maldad
Capítulo IX
Del principado civil
Capítulo X
Cómo deben medirse las fuerzas de todos los principados
Capítulo XI
De los principados eclesiásticos
Capítulo XII
De las distintas clases de milicias y de los soldados mercenarios
Capítulo XIII
De los soldados auxiliares, mixtos y mercenarios
Capítulo XIV
De los deberes del príncipe en lo concerniente al arte de la guerra
Capítulo XV
De aquellas cosas por las cuales los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o censurados
Capítulo XVI
De la prodigalidad y de la avaricia
Capítulo XVII
De la crueldad y la clemencia; y si es mejor ser temido que amado
Capítulo XVIII
De qué modo los príncipes deben cumplir sus promesas
Capítulo XIX
El príncipe debe evitar ser aborrecido y odiado
Capítulo XX
Si las fortalezas que los príncipes hacen con frecuencia, son útiles o no
Capítulo XXI
Cómo debe comportarse un príncipe para ser estimado
Capítulo XXII
De los secretarios del príncipe
Capítulo XXIII
Cómo huir de los aduladores
Capítulo XXIV
Por qué los príncipes de Italia perdieron sus Estados
Capítulo XXV
Del poder de la fortuna de las cosas humanas y de los medios para oponérsele
Capítulo XXVI
Exhortación a liberar a Italia de los bárbaros

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EL PRÍNCIPE (Parte 4, Capítulos IX, X y XI)
Del principado civil
Pero llegamos al siguiente punto, en el que un ciudadano importante se convierte en el príncipe de su país no por maldad o violencia intolerable, sino por el favor de sus conciudadanos, lo que podría llamarse un principado civil.
Tampoco son indispensables el genio o la fortuna para alcanzar este fin.
Afirmo, entonces, que dicho principado se obtiene bien por el favor del pueblo o por el de los nobles.

En toda ciudad se encuentran estas dos partes diferenciadas, y de aquí se sigue que el pueblo no quiere ser gobernado ni oprimido por los nobles, y los nobles quieren gobernar y oprimir al pueblo; y de estos deseos opuestos surge en las ciudades uno de estos tres resultados:
un principado, el autogobierno o la anarquía.
Un principado lo crean el pueblo o los nobles, dependiendo de cuál de ambos tiene la oportunidad; porque los nobles, al ver que no pueden contener a los habitantes, empiezan a ensalzar la reputación de uno de ellos y le convierten en príncipe, para poder, bajo su sombra, dar rienda suelta a sus ambiciones.
El pueblo, al descubrir que no puede resistirse a los nobles, también ensalza la reputación de uno de ellos, y lo convierte en príncipe para que su autoridad lo defienda.
Los nobles, al ver que no pueden contener a los habitantes, empiezan a ensalzar la reputación de uno de ellos y le convierten en príncipe, para poder, bajo su sombra, dar rienda suelta a sus ambiciones.
El pueblo, al descubrir que no puede resistirse a los nobles, también ensalza la reputación de uno de ellos, y lo convierte en príncipe para que su autoridad lo defienda.
Quien obtenga la soberanía con la ayuda de los nobles se mantendrá con mayor dificultad que el que llega al cargo con la ayuda del pueblo, ya que el primero se encuentra con muchos a su alrededor que se consideran sus pares, y debido a esto no puede ni gobernarlos ni tratarlos a su gusto.
Pero quien alcanza el trono por el apoyo popular se encuentra solo y tiene a nadie, o a casi nadie, a su alrededor dispuesto a obedecerle.
Quien alcanza el trono por el apoyo popular se encuentra solo y tiene a nadie, o a casi nadie, a su alrededor dispuesto a obedecerle.
Además de esto, no es posible satisfacer a los nobles con una gobernación justa y sin causar daño a otros, pero sí satisfacer al pueblo, por ser su objetivo más virtuoso que el de los nobles, dado que estos desean oprimir, mientras que el primero solo aspira a no ser oprimido.
No es posible satisfacer a los nobles con una gobernación justa y sin causar daño a otros, pero sí satisfacer al pueblo, por ser su objetivo más virtuoso que el de los nobles, dado que estos desean oprimir, mientras que el primero solo aspira a no ser oprimido.
Hay que añadir también que un príncipe nunca puede estar seguro ante un pueblo hostil, porque lo componen demasiadas personas, mientras que sí suele protegerse de los nobles, que son pocos en número.
Lo peor que puede esperar un príncipe de un pueblo hostil es que le abandone; pero de los nobles hostiles no solo tiene que temer su abandono, sino también que puedan alzarse contra él.
Al tener una visión más a largo plazo y ser más astutos, siempre dan un paso a tiempo de salvarse o para lograr favores de quien esperan que prevalezca.
Lo que es más, el príncipe se ve obligado a vivir siempre con el mismo pueblo, pero puede arreglarse sin los mismos nobles, ya que está en sus manos ascenderlos y derribarlos a diario, y dar o quitar autoridad cuando le venga en gana.
Así pues, por aclarar mejor este punto, afirmo que los nobles se dividen en dos clases principales:
o bien siguen su camino de tal modo que les vincula por completo a la suerte del príncipe, o no lo hacen.
Cuando los primeros no son rapaces, deben ser honrados y amados.
A los otros se les puede tratar de dos modos;
en caso de que sean pusilánimes y carezcan de valor natural puedes utilizarlos, en especial si son sensatos;
mientras que en la prosperidad les honras, en la adversidad nada has de temer de ellos.

Pero si rehúyen el vínculo por sus propias ambiciones es señal de que piensan más en ellos que en vos, y un príncipe debe guardarse de personas semejantes y temerlas como si fueran enemigos declarados, porque en la adversidad siempre contribuirán a arruinaros.
Quien se convierte en príncipe con el favor del pueblo ha de mantener la amistad de este, cosa que puede hacer con facilidad ya que lo único que desea es no ser oprimido por él.
Quien se convierte en príncipe con el favor del pueblo ha de mantener la amistad de este, cosa que puede hacer con facilidad ya que lo único que desea es no ser oprimido por él.
Pero aquel que llega a príncipe con la oposición popular y el apoyo de los nobles tendrá, por encima de todo, que ganarse al pueblo, cosa que resulta más fácil si lo toma bajo su protección.
Porque los hombres, cuando reciben el bien de quien esperaban el mal, quedan más estrechamente vinculados a su benefactor; así, recibirá enseguida más apoyo del pueblo que si este le hubiera elevado al principado.

Porque los hombres, cuando reciben el bien de quien esperaban el mal, quedan más estrechamente vinculados a su benefactor; así, recibirá enseguida más apoyo del pueblo que si este le hubiera elevado al principado.
El príncipe puede ganarse su afecto de muchos modos, pero dado que estos varían de acuerdo con las circunstancias, no se pueden ofrecer reglas fijas, por lo que las omito; pero, repito, es preciso que un príncipe goce del favor de su pueblo o, de lo contrario, no estará seguro en tiempos adversos.
Es preciso que un príncipe goce del favor de su pueblo o, de lo contrario, no estará seguro en tiempos adversos

Nabis (Nabis, tirano de Esparta, conquistada por los romanos guiados por Flaminio en 195 a. G.; fue asesinado en 192 a. C.), príncipe de los espartanos, resistió el asalto de toda Grecia y de un victorioso ejército romano, y defendió a su país y su gobierno contra ellos.
Para superar estos peligros solo tuvo que asegurarse contra unos pocos, cosa que no habría sido posible de haber estado el pueblo en su contra.
Para superar estos peligros solo tuvo que asegurarse contra unos pocos, cosa que no habría sido posible de haber estado el pueblo en su contra
Y que nadie se atreva a contradecir esta afirmación con el trivial razonamiento de que quien edifica sobre el pueblo edifica sobre barro, porque esto es cierto cuando un ciudadano privado imagina que el pueblo le librará de la opresión de sus enemigos o de los magistrados.
A menudo se engañará a sí mismo, como les ocurrió a los Gracos en Roma y a micer Giorgio Scali (Micer Giorgio Scali. Este suceso está recogido en la Historia de Florencia de Maquiavelo, Libro III) en Florencia.

Mas si se trata de un príncipe capaz que se ha asentado como se ha dicho arriba, si es un hombre valeroso que no se deja vencer por las adversidades ni carece de otras virtudes, y que por su resolución y energía mantiene la moral de todo su pueblo, nunca será engañado por él, y quedará claro que ha tendido sólidos cimientos.
Estos principados suelen correr peligro cuando pasan del orden civil al absoluto, ya que tales príncipes o bien gobiernan personalmente o lo hacen a través de magistrados.
Estos principados suelen correr peligro cuando pasan del orden civil al absoluto, ya que tales príncipes o bien gobiernan personalmente o lo hacen a través de magistrados.
En el segundo caso, su gobierno es más débil e inseguro, puesto que depende por entero de la buena voluntad de aquellos ciudadanos ascendidos a la magistratura y que, en especial en épocas turbulentas, pueden destruir el gobierno con gran facilidad, bien mediante intrigas o abierto desafío.

Y en pleno tumulto el príncipe no puede ejercer una autoridad absoluta, porque los ciudadanos y súbditos, acostumbrados a recibir órdenes de los magistrados, no están dispuestos a obedecerle en medio de tal confusión y siempre habrá pocos hombres en los que pueda confiar en dichas circunstancias.
Un príncipe así no puede basarse en lo que observa en tiempos tranquilos, cuando los ciudadanos tienen necesidad del Estado.

Un príncipe así no puede basarse en lo que observa en tiempos tranquilos, cuando los ciudadanos tienen necesidad del Estado.
En esos momentos todo el mundo está de acuerdo con él; todos prometen y están dispuestos a morir por él cuando la muerte está lejos; pero en tiempos turbulentos, cuando el Estado necesita a sus ciudadanos, puede contar solo con unos cuantos.
Y esta experiencia es tanto más peligrosa cuanto que solo se puede intentar una vez.
Así que un príncipe sabio debe hallar un modo por el cual sus ciudadanos siempre tengan necesidad de él y del Estado en toda circunstancia, y siempre le serán fieles.
Un príncipe sabio debe hallar un modo por el cual sus ciudadanos siempre tengan necesidad de él y del Estado en toda circunstancia, y siempre le serán fieles.

De cómo debe estimarse la fuerza de todos los principados
Hay que considerar otro punto al examinar el carácter de estos principados:
esto es, si un príncipe tiene tal poder que, en caso de necesidad, puede sustentarse por sí mismo o si siempre depende de la asistencia de otros.

Y para dejar esto bien claro afirmo que son capaces de protegerse con sus propios recursos quienes, por abundancia de hombres o de dinero, pueden crear un ejército suficiente para entrar en batalla contra cualquiera que les ataque; y considero, al contrario, que quienes necesitan siempre de los demás no pueden enfrentarse al enemigo en el campo de batalla y se ven obligados a defenderse escudándose tras las murallas.
Quienes necesitan siempre de los demás no pueden enfrentarse al enemigo en el campo de batalla y se ven obligados a defenderse escudándose tras las murallas.

Ya hemos comentado el primer caso, pero hablaremos de nuevo de él cuando surja.
Del segundo caso no se puede decir nada, salvo para animar a los príncipes a que aprovisionen y fortifiquen sus ciudades, y que, bajo ningún concepto, defiendan el resto del país.
Del segundo caso no se puede decir nada, salvo para animar a los príncipes a que aprovisionen y fortifiquen sus ciudades, y que, bajo ningún concepto, defiendan el resto del país.
Y todo aquel que fortifique bien su ciudad y haya gestionado los demás asuntos de su pueblo del modo expuesto más arriba, y se repetirá en más ocasiones, solo será atacado con gran precaución,
porque los hombres siempre se muestran contrarios a empresas que presenten dificultades, y jamás se considerará algo fácil atacar a quien tenga su ciudad bien defendida y no sea odiado por su pueblo.

Las ciudades de Alemania son absolutamente libres, poseen poco territorio a su alrededor y obedecen al emperador cuando les conviene.
Tampoco temen a este o a cualquiera otra potencia cercana, porque están fortificadas de tal forma que todo el mundo piensa que tomarlas al asalto sería tedioso y difícil,
dado que tienen fosos y muros adecuados, disponen de suficiente artillería y en los almacenes públicos guardan alimentos, bebida y munición para un año.
Y además de esto, para mantener al pueblo tranquilo y sin pérdida para el Estado, disponen de medios para dar trabajo a la comunidad en aquellas tareas que son la vida y la fuerza de la ciudad, en cuya consecución el pueblo se ve apoyado; también los ejercicios militares gozan de reputación y existen muchas disposiciones que los respaldan.
Así pues, un príncipe que tiene una ciudad fuerte y no se ha hecho odioso, no será atacado, o si alguien lo intentara sería expulsado con deshonor.

Los asuntos de este mundo son tan cambiantes que es casi imposible que un ejército mantenga todo un año de asedio sin sufrir interferencias.
Y a quienquiera que pregunte si la gente que tiene propiedades fuera de la ciudad y las ve arder conservará la paciencia o si el largo asedio y el interés egoísta le harán olvidarse de su príncipe, les respondo que
un príncipe poderoso y valiente superará todas esas dificultades ofreciendo esperanza a sus súbditos de que el mal no durará mucho o amedrentándoles con la crueldad de sus enemigos, y después cuidándose hábilmente de aquellos súbditos que puedan parecerle demasiado audaces.

Naturalmente el enemigo quemaría y arruinaría el país nada más llegar, momento en el que el ánimo del pueblo está aún inflamado y listo para la defensa; y por tanto menos debe titubear el príncipe;
porque al cabo de un tiempo, cuando se hayan enfriado los ánimos, el daño estará ya hecho, se han asumido las consecuencias y ya no hay remedio;
los súbditos están dispuestos a unirse a su príncipe, pareciéndoles que él está más obligado para con ellos ahora que sus casas han sido quemadas y sus posesiones devastadas por defenderle.
Porque está en la naturaleza de los hombres sentirse tan vinculados por los favores que hacen como por los que reciben.
Así, si se toma bien en consideración todo, no será difícil para un príncipe sabio mantener firme el espíritu de sus ciudadanos de principio a fin, si no les falla a la hora de apoyarles y defenderles.
No será difícil para un príncipe sabio mantener firme el espíritu de sus ciudadanos de principio a fin, si no les falla a la hora de apoyarles y defenderles.

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De los principados eclesiásticos
Solo nos resta hablar de los principados eclesiásticos, respecto a los cuales todas las dificultades son anteriores a la toma de posesión, porque son adquiridos bien por habilidad o por fortuna, y pueden mantenerse sin ninguna de las dos cosas.
Y es que se basan en antiguas ordenanzas de la religión, que son tan todopoderosas y de tal carácter que los principados pueden mantenerse sin que importe cómo viven y se comportan sus príncipes.
Los principados eclesiásticosson adquiridos bien por habilidad o por fortuna, y pueden mantenerse sin ninguna de las dos cosas.
Se basan en antiguas ordenanzas de la religión, que son tan todopoderosas y de tal carácter que los principados pueden mantenerse sin que importe cómo viven y se comportan sus príncipes.
Solo estos príncipes tienen Estados y no los defienden; y tienen súbditos y no les gobiernan, y aunque tampoco gobiernen los Estados no se los arrebatan.
Solo estos príncipes tienen Estados y no los defienden; y tienen súbditos y no les gobiernan, y aunque tampoco gobiernen los Estados no se los arrebatan;
y pese a que los súbditos no son gobernados, no se preocupan, ni tienen deseo ni capacidad de sustraerse a dicho dominio.
Son principados seguros y felices, pero al estar sustentados por poderes que la mente humana no puede alcanzar, no diré nada más sobre ellos; impulsados y sostenidos por Dios, sería el acto de un hombre presuntuoso y descabellado discutirlos.

No obstante, si alguien me preguntara cómo puede ser que la Iglesia haya alcanzado tal poder temporal, a la vista de que desde Alejandro los potentados italianos (no solo los así llamados, sino todo noble y señor, aun los más pequeños) han valorado la grandeza de la Iglesia con mucha ligereza.
Sin embargo, un rey de Francia tiembla ante ella, porque ha sido capaz de expulsarle de Italia y arruinar a los venecianos. Aunque esto pueda resultar muy evidente, no me parece superfluo recordarlo en alguna medida.
Antes de que Carlos VIII, rey de Francia, entrara en Italia en 1494, este país estaba bajo el dominio del papa, los venecianos, el rey de Nápoles, el duque de Milán y los florentinos.

Antes de que Carlos (Carlos VIII invadió Italia en 1494), rey de Francia, entrara en Italia, este país estaba bajo el dominio del papa, los venecianos, el rey de Nápoles, el duque de Milán y los florentinos.
Estos potentados tenían dos grandes principios:
uno, que ningún extranjero debía entrar por las armas en Italia; el otro, que ninguno de ellos se apoderaría de más territorio.

Aquellos que despertaban mayor ansiedad eran el papa y los venecianos.
Para frenar a los venecianos se precisaba la unión de todos los demás, como en la defensa de Ferrara; y para frenar al papa recurrían a los nobles de Roma que, divididos en dos facciones (Orsini y Colonna), siempre contaban con un pretexto para el desorden y, armados ante los mismos ojos del pontífice, mantenían el pontificado débil e impotente.
Para frenar a los venecianos se precisaba la unión de todos los demás, como en la defensa de Ferrara;
Para frenar al papa recurrían a los nobles de Roma que, divididos en dos facciones (Orsini y Colonna) que, armados ante los mismos ojos del pontífice, mantenían el pontificado débil e impotente.
Y aunque a veces surja un papa valeroso, como Sixto, ni la suerte ni su sabiduría pudieron librarle de estas molestias.

La corta vida de un papa es también una causa de debilidad;
porque en los diez años que constituyen la media de vida de un pontífice, a duras penas consigue debilitar a una de las facciones;
y si, por ejemplo, uno casi destruyera a los Colonna, se alzaría otro hostil a los Orsini, que apoyaría a sus oponentes y no tendría tiempo para arruinar a los Orsini.
Esta era la razón por la que el poder temporal del papa gozaba de poca estima en Italia.
A continuación llegó Alejandro VI, quien demostró, como no lo había hecho ninguno de los pontífices que han existido, de cuánto era capaz un papa que contaba tanto con dinero como con armas.
Con la intervención del duque Valentino, a raíz de la entrada de los franceses, materializó cuanto he expuesto arriba en relación con los actos de duque.
Y aunque su intención no era engrandecer a la Iglesia sino al duque, lo que hizo contribuyó a la grandeza de la Iglesia, que tras su muerte y la ruina del duque se convirtió en la heredera de todos sus afanes.
Y aunque su intención no era engrandecer a la Iglesia sino al duque, lo que hizo contribuyó a la grandeza de la Iglesia, que tras su muerte y la ruina del duque se convirtió en la heredera de todos sus afanes.

Después llegó el papa Julio y se encontró con una Iglesia fuerte, poseedora de toda la Romaña, a los nobles de Roma reducidos a la impotencia y a las facciones barridas gracias a los escarmientos de Alejandro;
encontró, además, el camino abierto para acumular dinero de un modo que jamás se había practicado antes de los tiempos de Alejandro. Julio no solo siguió por el mismo camino, sino que lo amplió, y tenía la intención de hacerse con Bolonia, arruinar a los venecianos y expulsar a los franceses de Italia.
Todas estas empresas prosperaron, y con ellas su crédito, en cuanto que lo hizo todo por fortalecer a la Iglesia y no a un individuo.

También mantuvo a raya a las facciones de los Orsini y los Colonna; y pese a que entre ellos había algunos con cierta disposición a provocar turbulencias, logró preservar dos cosas con firmeza:
la primera, la grandeza de la Iglesia, que les aterrorizaba;
y la segunda, no permitirles tener sus propios cardenales, ya que eran el origen de los conflictos.

Porque en cuanto estas facciones disponen de sus propios cardenales no permanecen tranquilas durante mucho tiempo. Los cardenales fomentan las facciones en Roma y fuera de ella, y los nobles se ven obligados a apoyarlos; así, de las ambiciones de los prelados brotan desórdenes y tumultos entre los nobles.
En cuanto estas facciones disponen de sus propios cardenales no permanecen tranquilas durante mucho tiempo.
Los cardenales fomentan las facciones en Roma y fuera de ella, y los nobles se ven obligados a apoyarlos.
Así, de las ambiciones de los prelados brotan desórdenes y tumultos entre los nobles.

Por estas razones, el papa León (el papa León X era el cardenal Juan de Médici) ha heredado un pontificado inmensamente poderoso, y si otros obtuvieron dicha grandeza con las armas es de esperar que él lo haga aún mayor y más venerado por su bondad y sus infinitas virtudes.
Le quali cose Iulio non solum seguitò, ma accrebe e pensò a guadagnarsi Bologna e’ spegnere e Viniziani et a cacciare franzesi di Italia.
«Julio no solo siguió por el mismo camino, sino que lo amplió, y tenía la intención de hacerse con Bolonia, arruinar a los venecianos y expulsar a los franceses de Italia«.

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