EL PRÍNCIPE Parte 10 (Capítulos XXII, XXIII y XXIV), de Nicolás Maquiavelo

EL PRÍNCIPE Parte 10

 

El Príncipe

Nicolás Maquiavelo

El Principe es una de las primeras manifestaciones para la estructuración de la política como saber científico. Entre sus páginas. se encuentran acercamientos a la moralidad y a la ética en el poder: la disciplina de los ciudadanos ante el peligro y, por último, un llamado desesperado para la liberación de Italia de las fuerzas extranjeras.

 

ÍNDICE

Presentación

Nicolás Maquiavelo al Magnífico Lorenzo De Médecis

Capítulo I

De las distintas clases de principados y de la forma en que se adquieren

Capítulo II

De los principados hereditarios

Capítulo III

De los principados mixtos

Capítulo IV

Por qué el reino de Darío, ocupado por Alejandro, no se sublevó contra los sucesores de éste tras su muerte

Capítulo V

De qué manera hay que gobernar las ciudades o los principados que se regían por sus propias leyes, antes de ser ocupados

Capítulo VI

De los principados nuevos adquiridos por las armas propias y el talento personal

Capítulo VII

De los principados nuevos que se adquieren con las armas y las fortunas de otros

Capítulo VIII

De los que llegaron al principado mediante crímenes

Capítulo IX

Del principado civil

Capítulo X

Cómo deben medirse las fuerzas de todos los principados

Capítulo XI

De los principados eclesiásticos

Capítulo XII

De las distintas clases de milicias y de los soldados mercenarios

Capítulo XIII

De los soldados auxiliares, mixtos y mercenarios

Capítulo XIV

De los deberes del príncipe en lo concerniente al arte de la guerra

Capítulo XV

De aquellas cosas por las cuales los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o censurados

Capítulo XVI

De la prodigalidad y de la avaricia

Capítulo XVII

De la crueldad y la clemencia; y si es mejor ser temido que amado

Capítulo XVIII

De qué modo los príncipes deben cumplir sus promesas

Capítulo XIX

El príncipe debe evitar ser aborrecido y odiado

Capítulo XX

Si las fortalezas y otras muchas cosas que a menudo hacen los príncipes son útiles o perjudiciales

Capítulo XXI

Cómo debe comportarse un príncipe para ganar renombre

Capítulo XXII

De los secretarios del príncipe

Capítulo XXIII

Cómo huir de los aduladores

Capítulo XXIV

Por qué los príncipes de Italia perdieron sus Estados

Capítulo XXV

Del poder de la fortuna de las cosas humanas y de los medios para oponérsele

Capítulo XXVI

Exhortación a liberar a Italia de los bárbaros

 

La dama del armiño (c. 1490), famoso óleo sobre tabla de Leonardo da Vinci que retrata a Cecilia Gallerani, amante de Ludovico Sforza, duque de Milán. Destaca por su composición dinámica, el uso del esfumado y el simbolismo del armiño, que representa pureza y al propio duque. Se encuentra en el Museo Nacional de Cracovia.

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EL PRÍNCIPE (Parte 9, Capítulos XXII, XXIII y XXIV)

EL PRÍNCIPE Parte 10

 

De los secretarios de los príncipes

La selección de servidores no carece de importancia para un príncipe, y serán buenos o no de acuerdo con el criterio del príncipe.

La primera opinión que uno se forma de un príncipe y de su capacidad de comprensión se obtiene observando a los hombres que le rodean;

cuando sean capaces y fieles se le podrá considerar sabio, porque habrá sabido cómo reconocer a los competentes y mantener su fidelidad.

 

Probables retratos de Michelotto (en el centro), César Borgia (a la izquierda), el cardenal Bandinello Sauli y Nicolás Maquiavelo, en un cuadro de Sebastiano di Piombo.

 

Pero si no son así, no puede uno formarse una buena opinión de él, ya que el primer error que cometa habrá sido elegirlos.

 

Nadie que conociera a micer Antonio da Venafro como servidor de Pandolfo Petrucci, príncipe de Siena, dejaba de considerar a Pandolfo un hombre listo, ya que tenía a su servicio a Venafro

 

El rapto de Helena, pintura de Girolamo Genga, que originalmente se encontraba en el palacio de Petrucci en Siena.

 

Nadie que conociera a micer Antonio da Venafro como servidor de Pandolfo Petrucci, príncipe de Siena, dejaba de considerar a Pandolfo un hombre listo, ya que tenía a su servicio a Venafro.

Porque hay tres clases de intelecto:

el que comprende por sí mismo;

el del que aprecia lo que comprenden otros;

y un tercero que no comprende por sí mismo ni a través de otros.

 

Pandolfo Petrucci, príncipe de Siena. Petrucci nació y se crio en Siena, en el seno de una familia aristocrática de ricos comerciantes. Siendo aún niño, en 1456, su familia se vio obligada al exilio debido a la participación de su tío, Antonio Petrucci, en una conspiración fallida contra la República de Siena. La familia se trasladó a Pisa. En 1480, la presencia en Toscana del ejército del duque Alfonso de Calabria permitió a los exiliados regresar a la ciudad.

 

El primero es excelente, el segundo bueno y el tercero inútil.

De esto se sigue necesariamente que si Pandolfo no pertenecía al primer rango, estaba en el segundo, porque cuando uno tiene el juicio para distinguir el bien del mal cuando se dice y se hace, aunque puede que él mismo no tenga iniciativa, sabrá discernir lo bueno y lo malo en sus sirvientes, a cuál debe alabar y a cuál corregir;

así, el servidor no puede albergar la esperanza de engañarle y se mantiene honesto.

 

Maquiavelo en su estudio, de Stefano Ussi en 1894

 

Pero para permitir a un príncipe formarse una opinión sobre su sirviente, hay una prueba que jamás falla:

cuando veáis al servidor pensar más en sus propios intereses que en los vuestros, y que interiormente busca su propio beneficio en todas las cosas, ese hombre nunca será un buen sirviente, ni jamás podréis confiar en él, porque quien tiene el Estado de otro en sus manos jamás debería pensar en sí mismo, sino en su príncipe, y no prestar atención a los asuntos que no conciernan a este.

 

Maquiavelo y César Borgia.

 

Por otra parte, para mantener la honradez de su sirviente, el príncipe debería pensar en él, honrándole, enriqueciéndole, ofreciéndole gestos amables, compartiendo con él los honores y las preocupaciones;

y a la vez, que tantos honores no le hagan desear más y que las muchas preocupaciones le hagan temer los riesgos.

 

Así pues, cuando servidores y príncipes muestran tal disposición, pueden confiar los unos en los otros; pero si ocurre lo contrario, el final será siempre desastroso para el uno o para el otro.

 

Una copa de vino con César Borgia, de John Maler Collier (1893). Representa una escena tensa en la que César Borgia, conocido por su brutalidad y uso del veneno, invita a un invitado a beber vino.

Quando tu vedi el ministro pensare più a sẽ che a te, e che in tutte le azioni vi ricerca dentro l’utile suo, questo tale cosi fatto mai fia buono ministro, mai te ne potrai fidare.

(«…cuando veáis al servidor pensar más en sus propios intereses que en los vuestros, y que interiormente busca su propio beneficio en todas las cosas, ese hombre nunca será un buen sirviente, ni jamás podréis confiar en él»).

 

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De cómo evitar a los aduladores

Eco y Narciso, pintura de John William Waterhouse (1903).

 

No deseo dejar fuera una ramificación importante de este tema, ya que es un peligro del que es difícil proteger a los príncipes, a menos que sean muy cautelosos y tengan capacidad de discernir.

Se trata de los aduladores,

de los cuales están repletas las cortes, porque los hombres son tan autocomplacientes con sus propios asuntos, y en cierto modo están tan engañados al respecto, que es difícil preservarlos de esta peste;

y si desean defenderse corren el peligro de convertirse en objeto de desprecio.

 

 

Porque no hay otra manera de guardarse de los aduladores que hacer que los hombres entiendan que deciros la verdad no os ofende;

pero cuando todo el mundo puede deciros la verdad, el respeto hacia vos se reduce.

 

Así que un príncipe sabio debería seguir un tercer camino eligiendo a sabios en su Estado, otorgándoles solo a ellos la libertad de decirle la verdad y solo de aquellas cosas por las que pregunte y de ninguna otra,

pero ha de interrogarles sobre todas las cosas, escuchar sus opiniones y finalmente sacar sus propias conclusiones.

 

El foso de los aduladores, ilustración de Gustave Doré para el Canto XVIII del Inferno, de Dante Alighieri.

 

Con estos consejeros, por separado y colectivamente, debería comportarse de tal modo que cada uno de ellos sepa que cuanto más libremente hable más apreciado será.

Aparte de a estos, no debe prestar oídos a nadie;

ha de llevar a cabo lo decidido y mostrarse inamovible en sus resoluciones.

 

Quien haga lo contrario acaba siendo derribado por aduladores, o cambia tan fácilmente bajo la influencia de distintas opiniones que pasa a ser despreciado.

 

ilustración de Gustave Doré para el Canto XIII del Infierno de Dante Alighieri. La escena representa el bosque de los suicidas en el séptimo círculo del infierno. Muestra a Dante y Virgilio encontrándose con almas transformadas en árboles retorcidos y espinosos. También se observan las arpías en la parte inferior, que se alimentan de las hojas de estas plantas.

 

Sobre este tema deseo introducir un ejemplo moderno.

Fray Luca, embajador del emperador Maximiliano (1), decía al hablar de su majestad que

no consultaba a nadie, pero nunca se salía con la suya en nada.

 

Esto se debía a que adoptaba una práctica contraria a la antes mencionada;

porque el emperador es un hombre callado, no comunica sus designios a nadie, ni acepta opiniones acerca de los mismos.

 

Luca Pacioli demostrando uno de los teoremas de Euclides (Jacopo de’Barbari, 1495). Fray Luca Pacioli, conocido también como Fray Luca Bartolomeo de Pacioli o Luca di Borgo San Sepolcro (Sansepulcro, 1445 – 1517) fue un fraile franciscano, matemático, contador, economista , profesor italiano, precursor del cálculo de probabilidades y reconocido históricamente por haber formalizado el sistema de partida doble, que es la base de la contabilidad moderna. Su apellido también aparece escrito como Paccioli y Pacciollo.

 

Pero dado que al ponerlos en práctica quedan a la vista y son conocidos, son de inmediato obstaculizados por los hombres que tiene a su alrededor,

y él, complaciente, se ve desviado de ellos.

 

De esto se desprende que lo que hace un día lo deshace al siguiente,

nadie alcanza a comprender qué desea o pretende hacer, y nadie puede confiar en sus resoluciones.

 

Domenico Ghirlandaio (1449-1494), Stories of the Virgin Mary: Annunciation to Zacharias, 1485-1490, fresco (Italy, Tuscany Region, Florence, Santa Maria Novella, Chapel Maggiore or Tornabuoni). Detalle: Cristoforo Landino, Angelo Poliziano y Marsilio Ficino

 

Un príncipe, por tanto, debe buscar consejo, pero solo cuando lo desee él y no cuando lo deseen otros;

más bien debería desincentivar que todos le aconsejen.

 

No obstante, ha de interrogar constantemente y escuchar pacientemente la respuesta a las cosas sobre las que ha inquirido; además,

si descubre que alguien, por cualesquiera consideraciones, no le ha dicho la verdad, debería hacer que sintiera su ira.

 

«Una copa de vino con César Borgia» (A Glass of Wine with Caesar Borgia), de John Collier (1893), El cuadro ilustra una escena tensa en la que César Borgia, situado a la izquierda, observa cómo su hermana Lucrecia Borgia sirve vino, insinuando un posible envenenamiento.

 

Y si hay alguien que piensa que un príncipe que transmite la impresión de sabiduría no lo hace por su propia habilidad sino por los buenos consejeros que le rodean, se engaña sin la menor duda; porque existe un axioma que nunca falla:

un príncipe que no sea él mismo sabio jamás aceptará buenos consejos, a menos que por casualidad haya puesto enteramente sus asuntos en manos de un hombre que resulte ser en extremo prudente.

 

En tal caso, el Estado puede, en efecto estar bien gobernado, pero no lo estará mucho tiempo, porque una persona así no tardaría en arrebatárselo de las manos.

 

La familia Borgia retratada por Dante Gabriel Rossetti (1863).

 

Pero si un príncipe que no sea inexperto se dejase aconsejar por más de uno, no obtendrá consejos afines ni sabrá cómo conciliarlos

Cada uno de los consejeros pensará en sus propios intereses, y el príncipe no sabrá controlarlos o leer sus pensamientos.

 

Y es imposible hallar otra clase de consejeros,

porque los hombres siempre se mostrarán falsos ante vos mientras la necesidad no les obligue a lo contrario.

 

 

Por tanto, ha de inferirse que los buenos consejos, vengan de quien vinieren, nacen de la sabiduría del príncipe, y no la sabiduría del príncipe de los buenos consejos.

 

Los buenos consejos, vengan de quien vinieren, nacen de la sabiduría del príncipe, y no la sabiduría del príncipe de los buenos consejos.

 

Ottavio Vannini; Miguel Ángel mostrando a Lorenzo el Magnífico el busto de un fauno, Palazzo Pitti, Florencia

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Nota

(1) Maximiliano I, nacido en 1519, emperador del Sacro Imperio Romano. Contrajo matrimonio primero con María, hija de Carlos el Calvo, y a la muerte de esta, con Bianca Sforza; así entró en contacto con la política italiana.

 

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Por qué han perdido sus Estados los príncipes de Italia

 

Las anteriores sugerencias, observadas con atención, permitirán que un príncipe nuevo parezca bien establecido, más seguro y firme en el Estado que si llevara mucho tiempo aposentado en él.

Porque las acciones de un príncipe nuevo son vigiladas más estrechamente que las de uno hereditario y, si los hombres las encuentran virtuosas, se sienten más agradecidos y se apegan más a él que a uno de linaje antiguo,

porque los hombres se siente más atraídos por el presente que por el pasado, y cuando el presente les parece bueno lo disfrutan y no buscan más allá;

también defenderán denodadamente a un príncipe si no les falla en otras cosas.

 

 

Así, será doblemente glorioso por haber establecido un nuevo principado, y haberlo adornado y fortalecido con buenas leyes, buenos aliados y buen ejemplo;

como será una doble desgracia la de aquel que, nacido príncipe, pierda su Estado por falta de sabiduría.

 

Ludovico Maria Sforza (Milán, 3 de agosto de 1452 – Loches, 27 de mayo de 1508), llamado el Moro (il Moro), fue un noble italiano, duque de Milán (1494-1499), que tomó parte en la primera y segunda guerras italianas (1494-1498 y 1499-1501). Se hizo famoso por ser mecenas de Leonardo da Vinci y otros artistas.

 

Y si se toman en consideración aquellos señores que han perdido sus dominios en Italia en nuestros tiempos, como el rey de Nápoles, el duque de Milán y otros, se encontrará,

en primer lugar, un defecto común respecto a las armas por las causas extensamente comentadas;

en segundo lugar, se verá que algunos de ellos se enfrentaban a la hostilidad del pueblo o, caso de que este se mostrara amistoso, fueron incapaces de asegurarse a los nobles.

 

De no existir estos defectos, los Estados que cuentan con el poder suficiente para mantener un ejército en activo no se pueden perder.

 

Federico I o Fadrique I de Aragón y Chiaromonte (Nápoles, 16 de octubre de 1451 – Tours, 9 de noviembre de 1504) también conocido como Federico II, III o IV dependiendo de las numeraciones seguidas, fue rey de Nápoles entre 1496 y 1501. El Reino de Nápoles estaba gobernado por una rama de la Casa de Aragón. El rey en el momento clave de la caída definitiva fue Federico I de Nápoles (también conocido como Federico d’Aragona), aunque la crisis la arrastraban sus antecesores inmediatos (Alfonso II y Fernando II), quienes huyeron despavoridos ante la llegada relámpago de las tropas francesas en 1494.

 

Filipo de Macedonia, no el padre de Alejandro Magno, sino aquel que fue vencido por Tito Quincio, no tenía mucho territorio en comparación con la grandeza de los romanos y de Grecia, que le atacaron, pero al ser un guerrero que sabía ganarse al pueblo y asegurarse a sus nobles,

hizo que la guerra contra sus enemigos durara muchos años, y aunque al final perdió el dominio de algunas ciudades, consiguió conservar su reino.

 

Filipo V de Macedonia, 221-179 a. C., moneda en el Museo Británico. fue el rey que se enfrentó a Tito Quincio Flaminino y fue derrotado en la célebre Batalla de Cinoscéfalos en el año 197 a.C.

 

Así que no permitamos que nuestros príncipes culpen a la fortuna de la pérdida de sus principados tras tantos años de posesión, cuando se debe más bien a su desidia,

porque en tiempos tranquilos no pensaron que pudiera producirse un cambio (es un defecto común en el hombre no prever la tempestad durante la calma), y al llegar los malos tiempos pensaron en huir, no en defenderse, y esperaron que el pueblo, disgustado por la insolencia de los conquistadores, pidiera su regreso.

 

Flaminius restoring Liberty to Greece at the Isthmian Games (Flaminino restaura la libertad de Grecia en los Juegos Ístmicos), por John Leech, 1850.

 

Esta opción puede ser adecuada cuando fracasan otras, pero es muy perjudicial desatender todas las demás;

no os gustaría ser derrotado por haber confiado en vuestra capacidad de encontrar a alguien más adelante que os reponga.

 

Eso no sucede nunca, o si sucede no será en bien de vuestra seguridad, porque ninguna liberación que no dependa de uno mismo tiene valor alguno;

solo será fiable, seguro y duradero aquello que únicamente dependa de vos y vuestro valor.

 

Bertrand de Born sostiene su cabeza decapitada (canto 28 del Infierno, en la Divina Comedia) (miniatura). Anónimo.

 

«Perché uno principe nuovo è molto più osservato nelle sue azioni che uno ereditario, e quando le sono conosciute virtuose, pigliono molto più li uomini e molto più li obligano che il sangue antico».

(«Porque las acciones de un príncipe nuevo son vigiladas más estrechamente que las de uno hereditario y, si los hombres las encuentran virtuosas, se sienten más agradecidos y se apegan más a él que a uno de linaje antiguo»).

 

Círculo de aduladores: Dante y Virgilio se encuentran con Alessio Interminelli (o Intermineii), Señor de Lucca, y Thais la prostituta. Página iluminada que ilustra el canto 18 del Infierno de la “Divina Comedia” de Dante Alighieri (1265-1321). Anónimo, Siglo XIV-V.

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