EL PRÍNCIPE Parte 6 (Capítulos XIV y XV), de Nicolás Maquiavelo

EL PRÍNCIPE Parte 6

 

El Príncipe

Nicolás Maquiavelo

El Principe es una de las primeras manifestaciones para la estructuración de la política como saber científico. Entre sus páginas. se encuentran acercamientos a la moralidad y a la ética en el poder: la disciplina de los ciudadanos ante el peligro y, por último, un llamado desesperado para la liberación de Italia de las fuerzas extranjeras.

ÍNDICE

Presentación

Nicolás Maquiavelo al Magnífico Lorenzo De Médecis

Capítulo I

De las distintas clases de principados y de la forma en que se adquieren

Capítulo II

De los principados hereditarios

Capítulo III

De los principados mixtos

Capítulo IV

Por qué el reino de Darío, ocupado por Alejandro, no se sublevó contra los sucesores de éste tras su muerte

Capítulo V

De qué manera hay que gobernar las ciudades o los principados que se regían por sus propias leyes, antes de ser ocupados

Capítulo VI

De los principados nuevos adquiridos por las armas propias y el talento personal

Capítulo VII

De los principados nuevos que se adquieren con las armas y las fortunas de otros

Capítulo VIII

De los que llegaron al principado mediante crímenes

Capítulo IX

Del principado civil

Capítulo X

Cómo deben medirse las fuerzas de todos los principados

Capítulo XI

De los principados eclesiásticos

Capítulo XII

De las distintas clases de milicias y de los soldados mercenarios

Capítulo XIII

De los soldados auxiliares, mixtos y mercenarios

Capítulo XIV

De los deberes del príncipe en lo concerniente al arte de la guerra

Capítulo XV

De aquellas cosas por las cuales los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o censurados

Capítulo XVI

De la prodigalidad y de la avaricia

Capítulo XVII

De la crueldad y la clemencia; y si es mejor ser temido que amado

Capítulo XVIII

De qué modo los príncipes deben cumplir sus promesas

Capítulo XIX

El príncipe debe evitar ser aborrecido y odiado

Capítulo XX

Si las fortalezas que los príncipes hacen con frecuencia, son útiles o no

Capítulo XXI

Cómo debe comportarse un príncipe para ser estimado

Capítulo XXII

De los secretarios del príncipe

Capítulo XXIII

Cómo huir de los aduladores

Capítulo XXIV

Por qué los príncipes de Italia perdieron sus Estados

Capítulo XXV

Del poder de la fortuna de las cosas humanas y de los medios para oponérsele

Capítulo XXVI

Exhortación a liberar a Italia de los bárbaros

 

La dama del armiño (c. 1490), famoso óleo sobre tabla de Leonardo da Vinci que retrata a Cecilia Gallerani, amante de Ludovico Sforza, duque de Milán. Destaca por su composición dinámica, el uso del esfumado y el simbolismo del armiño, que representa pureza y al propio duque. Se encuentra en el Museo Nacional de Cracovia.

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EL PRÍNCIPE (Parte 6, Capítulos XIV XV)

 

De lo que concierne a un príncipe en el tema del arte de la guerra

Un príncipe no debería tener otro objetivo o pensamiento, ni escoger ningún otro tema para su estudio, que la guerra, sus ordenanzas y disciplina; porque este es el único arte que corresponde a quien gobierna, y tiene tal fuerza que no solo eleva a quienes nacen príncipes, sino que a menudo permite a otros ciudadanos ascender desde su posición a dicho rango.
 
Al contrario, se aprecia que cuando los príncipes han pensado más en el bienestar que en las armas han perdido sus Estados. Y la principal causa por la que se pierde el propio Estado es ignorar este arte.
 
Al contrario, se aprecia que cuando los príncipes han pensado más en el bienestar que en las armas han perdido sus Estados
 
 
 
Francisco Sforza, por ser marcial, pasó de ser un simple particular a duque de Milán; y sus hijos, que rehuyeron las fatigas y dificultades de las armas, de duques pasaron convertirse en simples ciudadanos.
 
Porque entre los males que acarrea estar desarmado, está el ser despreciado, una de esas ignominias de las que el príncipe debe guardarse, como se muestra más adelante.
 
No existe proporción entre quien está armado y quien no lo está; y no es razonable que el primero obedezca de buen grado al que está desarmado, ni que este se sienta seguro entre sirvientes armados.
 
El desdén de uno y la desconfianza de otro hacen imposible que trabajen bien juntos.
 
Por tanto, un príncipe que no comprenda el arte de la guerra, además de las desgracias ya mencionadas, no gozará del respeto de sus soldados ni podrá fiarse de ellos.
 
Así pues, su pensamiento nunca debería olvidarse del tema de la guerra, y debería ejercitarlo más en la paz que en la guerra; esto puede hacerlo de dos modos:
mediante la acción o mediante el estudio.
 
Paolo Uccello: La Batalla de San Romano (tabla con el descabalgamiento de Bernardino della Ciarda). 1435-1455.
 
 
Por lo que a la acción se refiere, ante todo debería mantener bien organizados y adiestrados a sus hombres, practicar incesantemente la caza para acostumbrar el cuerpo a las incomodidades y analizar la naturaleza del terreno:
dónde ascienden las montañas, cómo se abren los valles, cuál es la disposición de las llanuras, y estudiar la naturaleza de los ríos y pantanos, dedicando a todo esto la mayor atención.
 
Se trata de un conocimiento útil en dos sentidos:
En primer lugar, aprende a conocer su país y queda mejor capacitado para preparar su defensa;
 
en segundo lugar, por medio del conocimiento y la observación de una determinada localidad, comprende con facilidad qué otra será necesario estudiar más adelante.
 
 
 
Porque las colinas, los valles y las llanuras, y los ríos y marismas que hay, por ejemplo, en Toscana, tienen cierta semejanza con los de otros países, y gracias al conocimiento del aspecto de un país es posible alcanzar con facilidad el conocimiento de otros.
 
Un príncipe que no posea esta habilidad carece de algo esencial en un capitán, ya que le enseña a sorprender a su enemigo, seleccionar cuarteles, dirigir ejércitos, organizar la batalla, asediar ciudades con ventaja.
 
Entre otras alabanzas dedicadas por los escritores al príncipe aqueo Filopemen (Filopemen, «el último de los griegos», nacido en 252 a. C. y muerto en 183 a. C.), se ensalza que en tiempos de paz jamás tuvo en mente otra cosa que las reglas de la guerra.
 
Con frecuencia, mientras estaba en el campo con amigos, se detenía y razonaba con ellos:
«Si el enemigo estuviera en esa colina y nosotros estuviéramos aquí con nuestro ejército, ¿quién estaría en situación de ventaja?
 
¿Cuál sería el mejor modo de enfrentarse a él, manteniendo la formación?
 
Si deseáramos retirarnos, ¿cómo deberíamos hacerlo?»
 
 
 
Y formulaba durante el paseo todos los azares que podían afectar a un ejército; escuchaba las opiniones y exponía la suya respaldándola con razones, de modo que gracias a estas constantes discusiones no surgiera en tiempo de guerra circunstancia inesperada alguna a la que no pudiera hacer frente.
 
Para ejercitar su intelecto, el príncipe debería leer historias y estudiar en ellas las acciones de hombres ilustres, para ver cómo se han comportado en la guerra, examinar las causas de sus victorias y derrotas para evitar las segundas y emular las primeras.
 
 
 
 
Como se cuenta que hacía un hombre sobresaliente, Alejandro Magno, que adoptaba como modelo a otro que había sido ensalzado y famoso antes que él, y cuyos logros y actos tenía siempre presentes:
se dice que imitó a Aquiles, César, Alejandro, Escipión, Ciro.
 
quien lea la vida de Ciro, escrita por Jenofonte, reconocerá hasta qué punto dicha emulación supuso la gloria para Escipión, y cómo en su castidad, afabilidad, humanidad y liberalidad Escipión se atenía a las cosas narradas sobre Ciro por Jenofonte.
 
 
 
 
 
Un príncipe sabio ha de observar algunas de estas reglas y no permanecer ocioso en tiempos de paz, sino incrementar sus recursos mediante la industriosidad, de tal modo que estén disponibles en tiempo de adversidad y, si la fortuna cambia, pueda encontrarle preparado para resistir sus golpes.
Ma quanto allo esercizio della mente, debbe el principe leggere le istori, et in quelle cosiderare le azioni delli uomini eccellenti.
«Para ejercitar su intelecto, el príncipe debería leer historias y estudiar en ellas las acciones de hombres ilustres…«
 
Orson Welles interpreta a Cesare Borgia en «El príncipe de los zorros» (1949).

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De aquellas cosas por las que los hombres, y en especial los príncipes, son alabados o censurados

Queda por ver cuáles deberían ser las normas de conducta de un príncipe respecto a su súbditos y amigos.

Y como sé que muchos han escrito sobre este punto, supongo que se me considerará presuntuoso por mencionarlo de nuevo, en especial porque al hacerlo me distanciaré de los métodos utilizados por otras personas.

 

 

Pero dado que mi intención es escribir algo que resulte útil a quien lo lea, me parece más apropiado atenerme a la auténtica realidad del asunto que imaginarla; muchos han pintado repúblicas y principados que nunca se han visto o sabido que existieran, porque el modo en que uno vive está tan alejado de cómo debería vivir, que aquel que ignora lo que se ha hecho en beneficio de lo que se debería hacer, atrae sobre sí la ruina antes que la salvación;

porque un hombre que desea hacer profesión de bueno en todo no tarda en encontrarse con lo que le destruye entre tanta maldad.

 

 

Así pues, es preciso que un príncipe que desee mantenerse sepa cómo infligir males, y hacer o no uso de ello según sea necesario.

Dejando de lado cuestiones imaginarias relativas a un príncipe y discutiendo aquellas que son reales, afirmo que todos los hombres, cuando se habla de ellos, y en especial los príncipes por ocupar una posición más elevada, destacan por algunas de las cualidades que les hacen objeto de censura o alabanza.

 

 

 

Así ocurre que uno adquiere reputación de liberal, otro de mezquino (por usar un término toscano, ya que en nuestra lengua una persona avariciosa sigue siendo quien pretende enriquecerse mediante el robo, mientras que llamamos mezquino a quien se priva en exceso del uso de lo propio);

uno tiene fama de generoso, otro de avaro; uno es cruel, otro compasivo; uno desleal, otro fiel; uno afeminado y cobarde, otro audaz y valeroso; uno afable, otro altanero; uno lascivo, otro casto; uno sincero, otro astuto; uno estricto, otro flexible; uno serio, otro frívolo; uno religioso, otro descreído; y así sucesivamente.

 

Orson Welles y Tyrone Powell en «El príncipe de los zorros», 1949

 

Y sé que todo el mundo admitirá que lo más laudable en un príncipe sería exhibir todas las cualidades consideradas buenas, pero dado que es imposible poseerlas todas ni observarlas completamente, porque la condición humana es así, necesitará ser lo suficientemente prudente para

saber evitar los reproches sobre aquellos vicios que pudieran hacerle perder su Estado; y también mantenerse, de ser posible, alejado de los que no se lo arrebaten; de no ser así, puede abandonarse a ellos sin muchos miramientos.

 

«La morte di Niccolò Machiavelli», de Amos Cassioli (1.860)

 

Aún más, no necesita preocuparse por incurrir en un reproche por aquellos vicios sin los cuales el Estado solo puede salvarse con dificultades, ya que, si se analiza todo con cuidado, comprobaremos que algo que parece una virtud sería su ruina si lo acata; mientras que otra conducta que parece un vicio le trae seguridad y prosperidad si la sigue.

‘Onde è necessario a uno principe, volendosi mantenere, imparare a potere essere non buono, et usarlo e non usare secondo la necessità.

«Así pues, es preciso que un príncipe que desee mantenerse sepa cómo infligir males, y hacer o no uso de ello según sea necesario».

 

EL PRÍNCIPE Parte 6
Orson Welles, en el papel de César Borgia («El príncipe de los zorros», 1949)
 
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