Nicolás Maquiavelo y la razón de estado
EL PRÍNCIPE de Nicolás Maquiavelo, por Isaiah Berlin (1)
LA ORIGINALIDAD DE MAQUIAVELO, por Isaiah Berlin (2)
NICOLÁS MAQUIAVELO Y LA RAZÓN DE ESTADO (Introducción), por Isaiah Berlin (3)
Nicolás Maquiavelo y la razón de estado, por Isaiah Berlin (y 4)
Tabla de contenidos
LA ORIGINALIDAD DE MAQUIAVELO
Isaiah Berlin
Nicolás Maquiavelo (1469-1527)
-II-
(CONTINUACIÓN)
Creo que la gran originalidad y las trágicas implicaciones de las tesis de Maquiavelo residen en su relación con una civilización cristiana
Creo que la gran originalidad y las trágicas implicaciones de las tesis de Maquiavelo residen en su relación con una civilización cristiana.
Estaba muy bien vivir a la luz de ideales paganos en tiempos paganos; pero predicar el paganismo más de mil años después del triunfo del cristianismo era hacerlo después de la pérdida de la inocencia, forzando a los hombres a hacer una elección consciente.
La elección es dolorosa porque hay que escoger entre dos mundos. Los hombres han vivido en ambos y han luchado y muerto para salvar a uno del otro. Maquiavelo ha escogido uno de ellos, y está dispuesto a cometer crímenes para salvarlo.
Hay que escoger entre dos mundos.
Los hombres han vivido en ambos y han luchado y muerto para salvar a uno del otro.
Maquiavelo ha escogido uno de ellos, y está dispuesto a cometer crímenes para salvarlo.
Al matar, engañar, traicionar, los príncipes y republicanos de Maquiavelo están haciendo cosas infames, no condenables en términos de la moralidad común.
Al matar, engañar, traicionar, los príncipes y republicanos de Maquiavelo están haciendo cosas infames, no condenables en términos de la moralidad común.
El gran mérito de Maquiavelo es que no lo niega [101].
Marsilio, Hobbes, Spinoza y, a su manera, Hegel y Marx, trataron de negarlo. Así lo hicieron muchos defensores de la raison d’état, imperialistas y populistas, católicos y protestantes.
Estos pensadores propugnan un solo sistema moral, y tratan de mostrar que la moralidad que tales hechos justifican, y hasta demandan, es continuación, en una forma más racional, de las confusas creencias éticas de la desordenada moralidad que los prohíbe absolutamente.
Muchos defensores de la raison d’état, imperialistas y populistas, católicos y protestantes, tratan de mostrar que la moralidad que tales hechos justifican, y hasta demandan, es continuación más racional de la desordenada moralidad que los prohíbe absolutamente.
Desde la posición ventajosa de los grandes objetivos sociales en nombre de los cuales deben llevarse a cabo estos actos (malvados prima facie), se los verá no como malvados, sino como racionales, exigidos por la misma naturaleza de las cosas, por el bien común; juzgados erróneamente por la ceguera espiritual.
En el peor caso estos «crímenes» son disonancias exigidas por la armonía mayor y, por lo tanto, por aquellos que oyen esa armonía, que ya no les resulta discordante.

Desde la posición ventajosa de los grandes objetivos sociales en nombre de los cuales deben llevarse a cabo estos actos (malvados prima facie), se los verá (así va el argumento) no ya como malvados, sino como racionales,
exigidos por la misma naturaleza de las cosas, por el bien común, o los verdaderos fines del hombre, o la dialéctica de la historia, condenados solo por aquellos que no pueden o no quieren ver un segmento suficientemente grande de los patrones lógicos o teológicos, o metafísicos o históricos; juzgados erróneamente, denunciados solo por la miopía o la ceguera espiritual.
En el peor caso estos «crímenes» son disonancias exigidas por la armonía mayor y, por lo tanto, por aquellos que oyen esa armonía, que ya no les resulta discordante.
Maquiavelo no es defensor de una teoría abstracta de este tipo. No se le ocurre emplear tal casuística.
Es transparentemente franco y claro. Al escoger una vida de estadista, o hasta la de un ciudadano con suficiente sentido cívico como para querer que su Estado tenga tan buen éxito y sea tan espléndido como sea posible, uno se compromete a rechazar el comportamiento cristiano [102].
Puede que los cristianos tengan razón acerca del bienestar del alma individual tomada fuera del contexto social o político.
Pero el bienestar del Estado no es el mismo que el bienestar del individuo:
«son gobernados de diferente manera».

Hay que hacer una elección, los únicos delitos son la debilidad, la cobardía, la estupidez, que pueden hacer que uno retroceda a la mitad del camino y fracase.
Hay que hacer una elección, los únicos delitos son la debilidad, la cobardía, la estupidez, que pueden hacer que uno retroceda a la mitad del camino y fracase.
El compromiso con la moralidad actual conduce a la chapucería, siempre despreciable, y cuando lo practican los estadistas lleva a los hombres a la ruina.
El compromiso con la moralidad actual conduce a la chapucería, siempre despreciable, y cuando lo practican los estadistas lleva a los hombres a la ruina.
El fin, si es suficientemente elevado, «perdona» los medios, por horribles que puedan parecer.
El fin, si es suficientemente elevado (en términos de los ideales de Tucídides o Polibio, Cicerón o Livio), «perdona» los medios, por horribles que puedan parecer, incluso en términos de la ética pagana.
Bruto hizo bien en matar a sus hijos:
salvó a Roma.
Soderini no tuvo agallas para perpetrar tales hechos y arruinó a Florencia.
Savonarola, que tenía ideas sólidas sobre austeridad, fuerza moral y corrupción, pereció porque no se dio cuenta de que un profeta desarmado va siempre al cadalso.
Si es posible producir el resultado correcto con el uso de la devoción y el afecto de los hombres, así debe hacerse.
De nada sirve provocar sufrimiento por el solo hecho de hacerlo.
Si es posible producir el resultado correcto con el uso de la devoción y el afecto de los hombres, así debe hacerse. De nada sirve provocar sufrimiento por el solo hecho de hacerlo.

Pero si no se puede, entonces los ejemplos son Moisés, Rómulo, Teseo, Ciro, y debe emplearse el temor.
No hay satanismo siniestro en Maquiavelo, nada del gran pecador de Dostoievski que va en pos del mal por el mal mismo. A la famosa pregunta de Dostoievski «¿Todo está permitido?», Maquiavelo (que para Dostoievski sería seguramente un ateo) contesta
«Sí, si el fin esto es, la persecución de los intereses básicos de la sociedad en una situación específica, no puede alcanzarse de otra forma».
Esta situación no ha sido bien entendida por algunos que declaran no ser contrarios a Maquiavelo.
Figgis, por ejemplo, [103] piensa que Maquiavelo suspendió permanentemente «la acción del habeas corpus para toda la raza humana», es decir que defendió actos de terrorismo porque para él la situación siempre era crítica, siempre desesperada, de modo que confundía principios políticos ordinarios con reglas necesarias, si acaso, solo en casos extremos.
Otros, tal vez la mayoría de sus intérpretes, lo vieron como el originador o cuando menos el defensor de lo que posteriormente se llamaría Raison d’état, Staatsräson, Ragion di Stato:
la justificación de actos inmorales cuando se llevan a cabo en apoyo del Estado en circunstancias excepcionales.

La «Razón de Estado» supone la justificación de actos inmorales cuando se llevan a cabo en apoyo del Estado en circunstancias excepcionales.
Más de un estudioso ha anotado, con suficiente razón, que la noción de que los casos desesperados requieren remedios desesperados -que la «necesidad no conoce ley»-, se encuentra no solo en la Antigüedad sino igualmente en Aquino y en Dante y en otros escritores medievales, mucho antes que en Bellarmino o Maquiavelo.
Creo que estos paralelismos descansan en una profunda, pero característica, incomprensión de las tesis de Maquiavelo:
Él no dice que mientras en situaciones normales debe prevalecer la moralidad imperante -esto es, el código ético cristiano o semicristiano-, pueden acontecer situaciones anormales en las que toda la estructura social, única en la que puede funcionar este código, se ve en peligro, y que en emergencias de esta clase están justificados actos que generalmente se consideran malvados y debidamente prohibidos.

Esta es la posición, entre otros, de aquellos que piensan que toda moralidad descansa en última instancia en la existencia de ciertas instituciones, digamos los católicos romanos, que ven la existencia de la Iglesia y del papado como indispensables para el cristianismo, o los nacionalistas que consideran que la fuerza política de una nación es la única fuerza de vida espiritual.
Tales personas mantienen que esas medidas extremas y «espantosas» pueden ser justificadas, necesarias para proteger el Estado o la Iglesia o la cultura nacional en momentos de crisis agudas, dado que la ruina de estas instituciones puede dañar fatalmente la estructura indispensable de todos los otros valores.
Esta es una doctrina en términos de la cual, tanto católicos como protestantes, conservadores y comunistas, han defendido enormidades que hielan la sangre de los hombres comunes.
Esta es una doctrina en términos de la cual, tanto católicos como protestantes, conservadores y comunistas, han defendido enormidades que hielan la sangre de los hombres comunes.
Pero no es esta la posición de Maquiavelo.

Para los defensores de la Raison d’état, la única justificación de estas medidas es que son excepcionales, que son necesarias para conservar un sistema cuyo propósito es, precisamente, evitar la necesidad de tan odiosas medidas, así que la única justificación de las mismas es que terminarán con la situación que las hace necesarias.
Para los defensores de la raison d’état la única justificación de estas medidas es que son excepcionales, que son necesarias para conservar un sistema cuyo propósito es, precisamente, evitar la necesidad de tan odiosas medidas.
Así, su única justificación es que terminarán con la situación que las hace necesarias.
Pero para Maquiavelo estas medidas son, en cierto sentido, absolutamente normales, ya que aunque se requieren solo ante la necesidad extrema, la vida política tiende a generar muchas de tales necesidades.
Pero para Maquiavelo estas medidas son, en cierto sentido, absolutamente normales.
Sin duda se requieren solo ante la necesidad extrema; sin embargo, la vida política tiende a generar muchas de tales necesidades, de diversos grados de «extremidad»; de aquí que Baglioni, que se asustó de las consecuencias lógicas de su propia política, fuese incapaz de gobernar.

La noción de raison d’état implica un conflicto de valores que puede resultar un tormento para hombres sensibles y moralmente buenos.
Para Maquiavelo no hay conflicto.
La vida pública tiene su propia moralidad, frente a la cual los principios cristianos (o cualquier valor personal absoluto) tienden a ser un obstáculo gratuito.
La noción de raison d’état implica un conflicto de valores que puede resultar un tormento para hombres sensibles y moralmente buenos.
Para Maquiavelo no hay conflicto. La vida pública tiene su propia moralidad, frente a la cual los principios cristianos (o cualquier valor personal absoluto) tienden a ser un obstáculo gratuito.
Esta vida tiene sus propias normas; no requiere el terror perpetuo, pero aprueba o cuando menos permite el uso de la fuerza cuando es necesaria para promover los fines de la sociedad política.
Esta vida tiene sus propias normas; no requiere el terror perpetuo, pero aprueba o cuando menos permite el uso de la fuerza cuando es necesaria para promover los fines de la sociedad política.

Maquiavelo cree en una permanente «economía de la violencia», en la necesidad de mantener siempre en el trasfondo una consistente reserva de fuerzas para lograr que todo ocurra de tal forma que sea posible mantener y hacer florecer las virtudes admiradas por él
Me parece que Sheldon Wolin [104] está en lo correcto al insistir en que Maquiavelo cree en una permanente «economía de la violencia», en la necesidad de mantener siempre en el trasfondo una consistente reserva de fuerzas para lograr que todo ocurra de tal forma que sea posible mantener y hacer florecer las virtudes admiradas por él y por los pensadores clásicos a los que recurre.
Los hombres educados en una comunidad en la que tal fuerza, o su posibilidad, se use correctamente, llevarán la vida feliz de los griegos o los romanos durante sus mejores tiempos.
Los caracterizarán la vitalidad, el genio, la variedad, el orgullo, el poder, el éxito (Maquiavelo apenas habla de arte o ciencia), pero nunca serán, en algún sentido claro, una comunidad cristiana.
El conflicto moral que crea esta situación molestará solo a aquellos que no están dispuestos a abandonar ninguna de las opciones, los que asumen que las dos vidas incompatibles son reconciliables.
El conflicto moral que crea esta situación molestará solo a aquellos que no están dispuestos a abandonar ninguna de las opciones, los que asumen que las dos vidas incompatibles son reconciliables.
Pero para Maquiavelo apenas vale la pena discutir las demandas de la moralidad oficial; no es posible traducirlas a la práctica social: «Si todos los hombres fueran buenos…», pero está seguro de que los hombres nunca mejorarán más allá del punto en que tienen pertinencia las consideraciones del poder.
Pero para Maquiavelo apenas vale la pena discutir las demandas de la moralidad oficial; no es posible traducirlas a la práctica social: «Si todos los hombres fueran buenos…», pero está seguro de que los hombres nunca mejorarán más allá del punto en que tienen pertinencia las consideraciones del poder.

Si la moral se relaciona con la conducta humana y los hombres son sociales por naturaleza, la moralidad cristiana no puede ser la guía de una existencia social normal.
Alguien tenía que decirlo; fue Maquiavelo.
Uno está obligado a elegir, y al escoger una forma de vida se renuncia a la otra.
Si la moral se relaciona con la conducta humana y los hombres son sociales por naturaleza, la moralidad cristiana no puede ser la guía de una existencia social normal. Alguien tenía que decirlo; fue Maquiavelo. Uno está obligado a elegir, y al escoger una forma de vida se renuncia a la otra. Este es el punto central.
Si Maquiavelo tiene razón, si en principio (o de hecho: la frontera es imprecisa) es imposible ser moralmente bueno y cumplir con el deber tal como este fue concebido por la ética europea vigente, sobre todo cristiana, y al mismo tiempo construir Esparta o la Atenas de Pericles o la Roma republicana, o tan siquiera la de los Antoninos, se deriva una conclusión de primera importancia:
la creencia de que, en principio, puede descubrirse la solución correcta, objetiva, válida, al problema de cómo deben vivir los hombres, es a su vez, en principio, falsa.
Esta fue una proposición verdaderamente erschreckend (aterradora). Permítaseme tratar de ponerla en contexto.
Una de las más profundas premisas del pensamiento político occidental es la doctrina, escasamente cuestionada durante su larga existencia, de que hay algún principio único que no solo regula el curso del sol y de las estrellas, sino que prescribe el comportamiento adecuado de todas las criaturas animadas.
Los animales y los seres subracionales de todas clases lo siguen por instinto; los seres superiores logran la conciencia de ello y son libres de abandonarlo, pero solo para su perdición.
Los animales y los seres subracionales de todas clases lo siguen por instinto; los seres superiores logran la conciencia de ello y son libres de abandonarlo, pero solo para su perdición.

Esta doctrina, en una versión u otra, ha dominado el pensamiento europeo desde Platón.
Ha aparecido en diferentes formas, y ha generado muchos símiles y alegorías, en su centro está la visión de una naturaleza, razón o propósito cósmico impersonal, o de un creador divino cuyo poder ha dotado a cada una de las cosas y criaturas con una función específica, estas funciones son elementos de un armonioso todo único, y solo son inteligibles en términos del mismo.
Esto se expresó frecuentemente con imágenes tomadas de la arquitectura: un gran edificio del que cada parte ajusta de modo único en la estructura total; o del cuerpo humano, como un todo orgánico que lo abarca todo, o de la vida en sociedad, como una gran jerarquía, con Dios como el ens realissimum en la cúspide de dos sistemas paralelos -el orden feudal y el orden natural– que se prolonga hacia abajo de Él, y que hacia arriba lo alcanza obediente a su voluntad.
O es visto como la gran cadena del ser, la analogía platónico-cristiana del árbol del mundo, Yggdrasil, que eslabona tiempo y espacio y todo lo que estos contienen.
O ha sido representado con una analogía tomada de la música, como una orquesta en la que cada instrumento o grupo de instrumentos tiene su propio tono para tocar la partitura polifónica infinitamente rica.
Cuando, después del siglo XVII, las metáforas armónicas remplazaron las imágenes polifónicas, ya no se concebía a los instrumentos tocando melodías específicas, sino como productores de sonidos que, aunque no pudieran ser totalmente inteligibles a un grupo dado de intérpretes (y hasta pudiesen resultar discordantes o superfluos, tomados aisladamente), contribuían al diseño total, perceptible solo desde un punto mucho más elevado.
La idea del mundo y de la sociedad humana como una estructura única, inteligible, está en la raíz de las muchas versiones diferentes de la ley natural:
las armonías matemáticas de los pitagóricos, la escala lógica de las formas platónicas, el diseño genético-lógico de Aristóteles, el divino logos de los estoicos y de las iglesias cristianas y sus ramas secularizadas.
El avance de las ciencias naturales generó más versiones de esta imagen, empíricamente concebidas, así como símiles antropomórficos:
la Dama Naturaleza que ajusta las tendencias en conflicto (como en Hume y Adam Smith), o la Señora Naturaleza, que enseña el mejor camino hacia la felicidad (como en las obras de algunos enciclopedistas franceses), la naturaleza encamada en las costumbres y hábitos reales de conjuntos sociales organizados;
los símiles biológicos, estéticos, psicológicos, han reflejado las ideas dominantes de una época.
Este patrón monístico unificador está en el corazón mismo del racionalismo tradicional, religioso y ateo, metafísico y científico, trascendental y naturalista que ha sido característico de la civilización occidental.
Esta es la roca sobre la que se han basado las vidas y creencias occidentales, y Maquiavelo parece haberla hendido. Un cambio tan grande no puede, desde luego, deberse a los actos de un solo individuo.
Difícilmente hubiera tenido lugar en un orden social y moralmente estable; sin duda muchos otros, escépticos antiguos, nominalistas y secularistas medievales, humanistas del Renacimiento, aportaron su porción de dinamita. El propósito de este ensayo es sugerir que fue Maquiavelo quien encendió la mecha fatal.
Si preguntar cuáles son las finalidades de la vida es hacer una verdadera pregunta, debe ser posible contestarla correctamente. Pretender racionalidad en asuntos de conducta es pretender que, en principio, sea posible encontrar soluciones finales y correctas a tal cuestión.
Pretender racionalidad en asuntos de conducta es pretender que, en principio, sea posible encontrar soluciones finales y correctas a tal cuestión.
Cuando esas soluciones se discutían en periodos anteriores, solía aceptarse que cabía concebir o al menos bosquejar la sociedad perfecta, pues de otra manera, ¿qué norma podría uno usar para condenar como imperfectos los arreglos existentes? Tal vez no fuesen realizables aquí, en la tierra.
Los hombres podían ser demasiado ignorantes o demasiado débiles o demasiado malvados para crearlos.
O decían (algunos pensadores materialistas en los siglos que siguieron a El príncipe) que lo que faltaba eran medios técnicos, que nadie había descubierto todavía los métodos para vencer los obstáculos materiales hacia la edad de oro; que no estábamos lo bastante avanzados ni tecnológica ni educativa ni moralmente.
Pero nunca se dijo que había algo incoherente en la noción misma.
Platón y los estoicos, los profetas hebreos, los pensadores cristianos medievales y los autores de utopías, de Moro en adelante, tenían una visión de lo que a los hombres les faltaba;
afirmaban, por decirlo así, ser capaces de medir la distancia entre la realidad y el ideal.

Pero si Maquiavelo tiene razón, esta tradición -la corriente central del pensamiento es falaz. Pues si su posición es válida resulta imposible construir siquiera la noción de tal sociedad perfecta, pues existen cuando menos dos grupos de virtudes llamémoslas las cristianas y las paganas que son -no meramente en la práctica sino en principio- incompatibles.
Si Maquiavelo tiene razón, resulta imposible construir siquiera la noción de tal sociedad perfecta, pues existen cuando menos dos grupos de virtudes llamémoslas las cristianas y las paganas que son -no meramente en la práctica sino en principio- incompatibles.
Si los hombres practican la humildad cristiana no pueden también estar inspirados por las ardientes ambiciones de los grandes fundadores clásicos de culturas y religiones, si su mirada se concentra en el mundo del más allá -si sus ideas están infectadas aunque sea formalmente con tal visión- no será probable que den todo lo que tendrían que dar para el intento de construir una ciudad perfecta.
Si el sufrimiento, el sacrificio y el martirio no siempre son necesidades malas e inescapables, sino que pudieran tener valor supremo por sí mismas, las gloriosas victorias sobre la fortuna que alcanzan los audaces, los impetuosos y los jóvenes pudieran no ganarse, ni pensarse que valiera la pena ganarlas.
Si el sufrimiento, el sacrificio y el martirio no siempre son necesidades malas e inescapables, sino que pudieran tener valor supremo por sí mismas, las gloriosas victorias sobre la fortuna que alcanzan los audaces, los impetuosos y los jóvenes pudieran no ganarse, ni pensarse que valiera la pena ganarlas.
Si solo los bienes espirituales merecen la lucha, entonces, ¿de qué vale el estudio de la necessità -de las leyes que gobiernan la naturaleza y las vidas humanas por la manipulación de la cual los hombres pueden llevar a cabo cosas inauditas en las artes, en las ciencias y en la organización de la vida social?
Abandonar la persecución de metas seculares podría conducir a la desintegración y a una nueva barbarie; pero aun así, ¿es lo peor que puede suceder?
Cualesquiera que sean las diferencias entre Platón y Aristóteles, o entre cualquiera de ellos y los sofistas o los epicúreos o las otras escuelas griegas de los siglos IV a. C. y posteriores, ellos y sus discípulos, los racionalistas y los empiristas europeos de la edad moderna, coincidían en que el estudio de la realidad por mentes no engañadas por las apariencias podría revelar los fines correctos en pos de los cuales debían ir los hombres, los que los volvería libres, felices, fuertes y racionales.
Algunos pensaban que todos los hombres, en todas las circunstancias, tenían un mismo fin, otros que había fines diferentes para hombres de diferentes clases o en medios históricos diferentes.
Algunos pensaban que todos los hombres, en todas las circunstancias, tenían un mismo fin, otros que había fines diferentes para hombres de diferentes clases o en medios históricos diferentes. A los objetivistas y universalistas se opusieron los relativistas y subjetivistas, a los metafísicos los empiristas, a los teístas los ateos.
Había un profundo desacuerdo en cuestiones morales, pero lo que ninguno de estos pensadores, ni siquiera los escépticos, sugirió jamás fue que pudieran existir fines -fines en sí mismos-, en términos exclusivos de los cuales todo lo demás quedaba justificado que fueran igualmente últimos, pero incompatibles entre sí, que pudiera no existir una norma universal única que le permitiera a alguien elegir racionalmente entre ellos.
Esta fue sin duda una conclusión profundamente desconcertante. Implicaba que si los hombres deseaban vivir y actuar consistentemente, y comprender qué metas perseguían, estaban obligados a examinar sus valores morales.
Había un profundo desacuerdo en cuestiones morales, pero lo que ninguno de estos pensadores, ni siquiera los escépticos, sugirió jamás fue que pudieran existir fines -fines en sí mismos-, en términos exclusivos de los cuales todo lo demás quedaba justificado que fueran igualmente últimos, pero incompatibles entre sí, que pudiera no existir una norma universal única que le permitiera a alguien elegir racionalmente entre ellos.

¿Qué pasaba si descubrían que estaban compelidos a elegir entre dos sistemas inconmensurables, a elegir como lo hacían, sin la ayuda de una vara de medir infalible que garantizara que una forma de vida era superior a todas las demás y podría usarse para demostrar esto a satisfacción de todos los hombres racionales?
¿Estaba implícita, tal vez, esta horrible verdad en la exposición de Maquiavelo, que ha disgustado la conciencia moral de los hombres y ha rondado desde entonces en su mente de manera tan permanente, tan obsesiva?
Maquiavelo no se lo planteó.
No enfrentó problemas ni sufrimientos; no mostró señales de escepticismo ni relativismo; escogió su lado, y no manifestó interés por los valores que esta elección ignoraba o despreciaba. El conflicto entre su escala de valores y la de la moralidad convencional (para Croce y los otros defensores de la interpretación del «humanista angustiado») no parece preocupar a Maquiavelo.
El conflicto entre su escala de valores y la de la moralidad convencional no parece preocupar a Maquiavelo.
Disgustó solo a quienes vinieron después de él y no estaban dispuestos, por un lado, a abandonar sus propios valores humanos (cristianos o humanistas) junto con todo el modo de pensar y actuar del cual estos eran parte; ni, por otro lado, a negar la validez de por lo menos la mayor parte del análisis de Maquiavelo sobre los hechos políticos, y los valores y perspectivas (en gran medida paganos) que lo acompañaban, corporizados en la estructura social que él pintó tan brillante y convincentemente.
Siempre que un pensador, no importa lo distante que esté de nuestra época y cultura, aún despierta pasión, entusiasmo o indignación, o cualquier tipo de debate intenso, suele ocurrir que haya propuesto una tesis que disgusta una idée reçue hondamente establecida, tesis que aquellos que desean aferrarse a las viejas convicciones de todos modos encuentran difícil o imposible desechar o refutar. Tal es el caso de Platón, Hobbes, Rousseau, Marx.
Siempre que un pensador, no importa lo distante que esté de nuestra época y cultura, aún despierta pasión, entusiasmo o indignación, o cualquier tipo de debate intenso, suele ocurrir que haya propuesto una tesis que disgusta una idée reçue hondamente establecida, tesis que aquellos que desean aferrarse a las viejas convicciones de todos modos encuentran difícil o imposible desechar o refutar.

Me gustaría sugerir que es la yuxtaposición de las dos perspectivas en Maquiavelo -los dos mundos moralmente incompatibles, por decirlo así- en la mente de sus lectores, la colisión y la aguda inconformidad moral subsecuentes, lo que, a lo largo de los años, ha sido responsable de los desesperados esfuerzos por interpretar sus doctrinas a modo de representarlo como un cínico y por lo tanto, en última instancia, como un defensor superficial del poder político,
o como un satánico, o como un patriota que da recetas para situaciones particularmente desesperadas que raras veces se presentan,
o como un contemporizador,
o como un político amargado y fracasado,
o como mero vocero de verdades que siempre hemos conocido pero no nos gusta expresar,
o como el ilustrado traductor a términos empíricos de antiguos principios sociales universalmente aceptados,
o como un criptorrepublicano satírico (descendiente de Juvenal, precursor de Orwell),
o como un frío científico, un mero tecnólogo político libre de implicaciones morales;
o como un típico publicista renacentista que practica un género ahora obsoleto;
o en cualquiera de los muchos otros papeles que se le han asignado antes e incluso ahora.
Maquiavelo, en todo caso, pudo haber poseído algunos de estos atributos, pero me parece que concentrarse en uno u otro como constituyente de su esencial y «verdadero» carácter es un argumento que parte de la renuencia a encarar, aún más a discutir, la incómoda verdad que descubrió inintencional, casi casualmente:
que no todos los valores últimos son necesariamente compatibles entre sí, que puede haber un obstáculo conceptual (lo que solía llamarse «filosófico») y no meramente material a la noción de una solución última única que, de lograrse, crearía la sociedad perfecta.

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Notas
[101] Esto es reconocido por Jacques Maritain (véase su Moral Philosophy, Londres, 1964, p. 199) que concede que Maquiavelo «nunca llamó bien al mal o mal al bien». Machtpolitik muestra ser lo que es: el partido con los grandes batallones; no afirma que el Señor está de su lado: no Dei gesta per francos.
[102] A riesgo de acabar con la paciencia del lector, debo repetir que esto no es un conflicto de una capacidad pagana de gobernar con una moral cristiana, sino de la moral pagana (indisolublemente conectada con la vida social e inconcebible sin ella) con la ética cristiana que, cualesquiera que fueran sus implicaciones para la política, puede ser expuesta independientemente de ellas, lo que no sería posible, por ejemplo, con las éticas de Aristóteles o de Hegel.
[103] John Neville Figgis, Studies of Polítical Thought from Gerson to Grotius, 2.ª ed., Cambridge, 1916, p. 76.
[104] Sheldon S. Wolin, Politics and Vision, Londres, 1960, pp. 220-224.

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