Nicolás Maquiavelo: LA ORIGINALIDAD DE MAQUIAVELO, por Isaiah Berlin (y 4)

Maquiavelo

 

EL PRÍNCIPE de Nicolás Maquiavelo, por Isaiah Berlin (1)

LA ORIGINALIDAD DE MAQUIAVELO, por Isaiah Berlin (2)

NICOLÁS MAQUIAVELO Y LA RAZÓN DE ESTADO (Introducción), por Isaiah Berlin (3)

Nicolás Maquiavelo y la razón de estado, por Isaiah Berlin (y 4)

 

LA ORIGINALIDAD DE MAQUIAVELO

Isaiah Berlin

Nicolás Maquiavelo LA ORIGINALIDAD DE MAQUIAVELO

Nicolás Maquiavelo (1469-1527)

 

-III-

Pero si tal solución no puede formularse ni aun en principio, se transforman todos los problemas políticos, y de hecho también los morales. No es una división de la política y la ética. Es el descubrimiento de la posibilidad de más de un sistema de valores, sin ningún criterio común a los sistemas entre los que se puede hacer una elección racional.

No es rechazar el cristianismo en pro del paganismo (aunque Maquiavelo claramente prefirió a este último), ni al paganismo en favor del cristianismo (que, cuando menos en su forma histórica, le parecía incompatible con las necesidades básicas de los hombres normales), sino ponerlos uno junto al otro con la implícita invitación a los hombres a escoger entre una vida privada, buena, virtuosa, o una existencia social buena y exitosa, pero no ambas.

Lo que mostró Maquiavelo (al igual que Nietzsche), al que muchas veces se ensalza por arrancar las máscaras de hipocresía, revelando brutalmente la verdad, y cosas por el estilo, no es que los hombres profesen una cosa y hagan otra (aunque sin duda también lo hace ver), sino que quienes asumen que ambos ideales son compatibles, o que tal vez son uno y el mismo ideal, y no permiten que esta suposición sea puesta en duda, son culpables de mala fe (como la llaman los existencialistas, o de «falsa conciencia», para usar la fórmula marxista), como lo revela su verdadero comportamiento.

 

Maquiavelo desenmascara no solo a la moralidad oficial -las hipocresías de la vida cotidiana- sino a uno de los fundamentos de la tradición filosófica central occidental, la creencia en la compatibilidad última de todos los valores genuinos.

 

Maquiavelo desenmascara no solo a la moralidad oficial -las hipocresías de la vida cotidiana- sino a uno de los fundamentos de la tradición filosófica central occidental, la creencia en la compatibilidad última de todos los valores genuinos. 

Él no siente desilusión. Ha hecho su elección. Parece totalmente despreocupado, apenas consciente, en realidad, de que está rompiendo con la moralidad tradicional de Occidente.

 

 

 

Pero lo que sus escritos han dramatizado, si no para él mismo sí para los siglos que siguieron, es esto:

¿qué razón tenemos para suponer que la justicia y la misericordia, la humildad y la Virtù, la felicidad y el conocimiento, la gloria y la libertad, la magnificencia y la santidad, coincidirán siempre, o siquiera serán compatibles?

 

Después de todo, la justicia poética no se llama así porque acontezca sino porque no se da con mucha frecuencia en la prosa de la vida ordinaria, donde, exhypothesi, funciona un tipo muy diferente de justicia:

«un Estado y un pueblo son gobernados en forma diferente que un individuo».

 

Entonces, ¿cómo hablar de derechos indestructibles, ya sea en el sentido medieval o en el liberal?

 

Matteo Palmieri (1406-1475)

 

El hombre sabio debe quitarse las fantasías de la cabeza y tratar de alejarlas de la cabeza de los demás o, si son demasiado resistentes, cuando menos, como recomendaban Pareto o el Gran Inquisidor de Dostoievski, explotarlas como medio hacia una sociedad viable.

«La marcha de la historia del mundo está fuera de la virtud, el vicio o la justicia», dijo Hegel. Si se sustituye «la marcha de la historia» por «una patria bien gobernada», y se interpreta la noción de virtud de Hegel tal como la entienden los cristianos o los hombres comunes, entonces Maquiavelo es uno de los primeros en proponer esta doctrina.

Como todos los grandes innovadores, no carece de antecesores. Pero los nombres de Palmieri y Pontano, y aun de Carneades y Sexto Empírico, han dejado poca huella en el pensamiento europeo.

 

Giovanni Pontano (1426–1503)

 

Croce insistió, atinadamente, en que Maquiavelo no es indiferente, cínico ni irresponsable. Su patriotismo, su republicanismo, su dedicación no están en duda. Sufrió por sus convicciones. Pensaba continuamente en Florencia y en Italia, y en cómo salvarlas.

Sin embargo, no son su carácter, sus dramas, su poesía, sus historias, sus actividades diplomáticas o políticas, lo que le ha dado su fama única [105].

 

 

Ni puede esta deberse solo a su imaginación psicológica o sociológica. Con frecuencia su psicología es excesivamente primitiva.

Apenas parece tener en cuenta la posibilidad de un altruismo sostenido y genuino; se rehúsa a considerar los motivos de quienes están dispuestos a luchar contra enormes desigualdades, los que ignoran la necessità y no temen perder su vida por una causa sin esperanza.

Su desconfianza hacia las actitudes no terrenales, los principios absolutos divorciados de la observación empírica, es fanáticamente poderosa casi romántica en su violencia; lo embriaga la visión del gran príncipe que mueve a los seres humanos como si fuesen teclas de un instrumento.

 

Asume que las sociedades diferentes deben estar siempre en guerra entre sí, dado que tienen propósitos distintos. Ve la historia como un interminable proceso de competencia implacable

 

Asume que las sociedades diferentes deben estar siempre en guerra entre sí, dado que tienen propósitos distintos. Ve la historia como un interminable proceso de competencia implacable, en la que la única meta que pueden tener los hombres racionales es lograr el éxito a ojos de sus contemporáneos y de la posteridad.

 

Jeremy Bentham fue el fundador del utilitarismo, una doctrina que buscaba reducir toda la moralidad a un cálculo de placer y dolor. James Mill (el padre) fue el discípulo más ferviente de Bentham y crió a su hijo, John Stuart, bajo un régimen educativo increíblemente estricto para convertirlo en la «máquina de razonar» perfecta del utilitarismo. Sin embargo, John Stuart Mill terminó «quejándose» de la visión de su maestro por varias razones que Berlin destaca: La falta de «mundo interior», La «felicidad» no es solo cantidad y La libertad como fin, no solo como medio. Para Bentham, la libertad solo era útil si traía felicidad. Para Mill (y esto es lo que a Berlin le interesa), la libertad y la individualidad tienen un valor por sí mismas, algo que el sistema rígido de Bentham no podía explicar.

 

Sabe hacer bajar las fantasías a tierra pero asume, como diría Mill quejándose de Bentham, que con eso basta.

Concede demasiado poco a los impulsos ideales de los hombres. No tiene ningún sentido histórico y poco sentido de la economía. No tiene ni la menor sospecha del progreso tecnológico que está a punto de transformar la vida política y social, y en particular el arte de la guerra. No entiende cómo se desarrollan y transforman individuos, comunidades o culturas.

Al igual que Hobbes, asume que el argumento o motivo de la autopreservación automáticamente se impone por encima de todos los demás.

Les dice a los hombres que, por sobre todas las cosas, no sean tontos:

seguir un principio que los puede llevar a la ruina es absurdo, cuando menos si se juzga con normas terrenales;

menciona respetuosamente otras normas, pero no muestra interés en ellas, quienes las adoptan no podrán crear nada que perpetúe su nombre.

 

El Hombre de Vitruvio o Estudio de las proporciones ideales del cuerpo humano es un famoso dibujo acompañado de notas anatómicas de Leonardo da Vinci realizado alrededor de 1490, , realizado a partir de los textos de arquitectura de Vitruvio, arquitecto de la antigua Roma, del cual el dibujo toma su nombre.

 

Sus romanos no son más reales que las estilizadas figuras de sus brillantes comedias. Sus seres humanos tienen tan poca vida interior o capacidad para la cooperación o la solidaridad social que, como en el caso de las criaturas de Hobbes, no muy diferentes, es difícil ver cómo podrían desarrollar la suficiente confianza recíproca para crear un todo social duradero, aunque fuese bajo la perpetua sombra de una violencia cuidadosamente regulada.

Muy pocos podrían negar que los escritos de Maquiavelo, en particular El príncipe, han escandalizado a la humanidad más profunda y continuamente que cualquier otro tratado político.

 

Muy pocos podrían negar que los escritos de Maquiavelo, en particular El príncipe, han escandalizado a la humanidad más profunda y continuamente que cualquier otro tratado político.

 

La razón de esto -permítaseme decirlo una vez más- no es el descubrimiento de que la política es el juego del poder, de que las relaciones políticas entre comunidades independientes y dentro de ellas involucran el uso de la fuerza y el fraude, y no tienen relación con los principios profesados por los jugadores.

Este conocimiento es una idea antigua y consciente acerca de la política, tan antigua como Tucídides y Platón.

Ni se debe solo a los ejemplos que ofrece sobre el éxito en la adquisición y posesión del poder; la descripción de la masacre de Sinigaglia o el comportamiento de Agátocles u Oliverotto da Fermo no es ni más ni menos horrenda que ciertos relatos similares en Tácito o en Guicciardini.

La proposición de que el crimen puede pagar no es nada nuevo en la historiografía occidental.

 

Oliverotto Euffreducci, más conocido como Oliverotto da Fermo (Fermo, 1475-Senigallia, 31 de diciembre de 1502), fue un condotiero italiano y señor de Fermo durante el papado de Alejandro VI. Su carrera fue descrita por Nicolás Maquiavelo en El Príncipe.

 

Tampoco es meramente su recomendación de medidas inhumanas lo que tanto disgusta a sus lectores:

Aristóteles había concedido mucho antes que se pueden presentar situaciones excepcionales, que los principios y las reglas podían no ser aplicables a todas las circunstancias;

el consejo a los gobernantes en la Política es bastante duro;

Cicerón es consciente de que las situaciones críticas demandan medidas excepcionales; ratio publicae utilitatis, ratio status, era algo familiar en el pensamiento de la Edad Media.

 

«La necesidad no conoce ley» es un sentimiento tomista; Pierre de Auvernia dice en gran medida lo mismo. Harrington lo repitió en el siglo siguiente, y Hume lo aplaudió. Ni estos ni tal vez ningún otro pensador consideró que estas opiniones fueran originales. Maquiavelo no creó la Raison d’état ni hizo mucho uso de ella.

 

Ni estos ni tal vez ningún otro pensador consideró que estas opiniones fueran originales.

Maquiavelo no creó la Raison d’état ni hizo mucho uso de ella.

 

Realzó la importancia de la voluntad, el arrojo, la destreza, a expensas de las reglas trazadas por la tranquila ragione, a la cual hubiesen acudido sus colegas de la Pratiche Fiorentini y tal vez los de los Jardines Oricellari.

Eso hizo Leon Battista Alberti cuando declaró que la fortuna solo aplasta a los débiles y a los pobres; eso hicieron poetas contemporáneos; eso también, con su modo propio, hizo Pico della Mirandola en su gran apóstrofe a los poderes del hombre que, a diferencia de los ángeles, pueden transformarse de cualquier modo, y que representa la imagen ardiente que está en el corazón del humanismo europeo tanto del norte como del Mediterráneo.

 

Pico della Mirandola, retrato atribuido a Cristofano dell’Altissimo (Florencia, Galería Uffizi).

 

Mucho más original, como se ha observado frecuentemente, es el divorcio de Maquiavelo del comportamiento político como campo de estudio de la imagen teológica del mundo, en términos de la cual este tema se discute antes (aun por Marsilio) y después de él.

Sin embargo, no es su secularismo, por audaz que fuese en su día, lo que pudo haber perturbado a los contemporáneos de Voltaire o Bentham, o a sus sucesores. Lo que los conmocionó fue otra cosa.

El logro cardinal de Maquiavelo, permítaseme repetirlo, es el descubrimiento de un dilema insoluble, la inserción de un signo de interrogación permanente en la senda de la posteridad.

 

El logro cardinal de Maquiavelo es su reconocimiento de que fines igualmente últimos, igualmente sagrados, pueden contradecirse uno al otro; que sistemas enteros de valores pueden sufrir un choque sin la posibilidad de un arbitrio racional, y no tan solo en circunstancias excepcionales sino (y esto sin duda era nuevo) como parte de la situación humana normal.

 

Emana de su reconocimiento de facto de que fines igualmente últimos, igualmente sagrados, pueden contradecirse uno al otro; que sistemas enteros de valores pueden sufrir un choque sin la posibilidad de un arbitrio racional, y no tan solo en circunstancias excepcionales, como resultado de una anormalidad, accidente o error -el choque de Antígona y Creón o la historia de Tristán sino (y esto sin duda era nuevo) como parte de la situación humana normal.

Para quienes creen que esos choques son raros, excepcionales y desastrosos, la elección que hay que hacer es necesariamente una experiencia dolorosa para la cual, como ser racional, uno no puede prepararse (dado que no se aplican reglas).

Pero para Maquiavelo, cuando menos en El príncipe, Los discursos, La mandrágora, no hay dolor. Uno escoge porque sabe lo que quiere y está dispuesto a pagar el precio.

Se escoge la civilización clásica antes que el desierto tebano, Roma y no Jerusalén, digan lo que digan los sacerdotes, porque esa es su naturaleza -él no es existencialista o individualista romántico avant la paroley la de los hombres en general, en todas las épocas, por doquier.

 

Basílica de santa Maria Novella, Florencia. Obra de Leon Battista Alberti.

 

Si otros prefieren la soledad o el martirio, él se encoge de hombros. Esas personas no son para él. No tiene nada que decirles, nada que discutir con ellos.

Todo lo que les importa a quienes concuerdan con él, es que a tales hombres no se les debe permitir mezclarse en política o en educación o en cualquiera de los factores cardinales de la vida humana, su perspectiva los hace ineptos para tales tareas.

No quiero decir que Maquiavelo afirme explícitamente que hay un pluralismo ni aun un dualismo de valores entre los que deben hacerse elecciones conscientes. Pero esto se concluye de los contrastes que deriva de la conducta que admira y la que condena.

Parece dar por hecha la obvia superioridad de las virtudes cívicas clásicas y hace a un lado los valores cristianos, así como la moralidad convencional, con una o dos frases despectivas o paternalistas, o palabras adecuadas acerca de la interpretación indebida del cristianismo [106].

Esto preocupa o enfurece a los que están más en desacuerdo con él, sobre todo porque va contra sus convicciones sin dar la impresión de ser consciente de ello, y recomienda medios perversos como los más obviamente sensatos, algo que solo rechazarán los tontos o los visionarios.

Si lo que Maquiavelo creía es verdad, esto socava un supuesto importante del mundo occidental:

que en algún punto del pasado o del futuro, en este mundo o en el próximo, en la Iglesia o en el laboratorio, en las especulaciones del metafísico, en los hallazgos del científico social, o en el corazón puro del buen hombre sencillo, habrá de encontrarse la solución final a la cuestión de cómo deberán vivir los hombres.

 

Si esto es falso (y si se puede dar más de una respuesta igualmente válida a la pregunta, es falso) la idea del ideal humano como verdad única, objetiva, universal, se desmorona. La mera búsqueda de ese ideal se vuelve no solo utópica en la práctica, sino conceptualmente incoherente.

Sin duda se puede ver que esto resultaría insoportable para los hombres, creyentes o ateos, empiristas o aprioristas, educados en el supuesto contrario. Nada podría disgustar más a los que se criaron en religiones o, en todo caso, en un sistema moral, social o político monista, que ver que muestra una ruptura.

 

 

Esta es la daga de la que habla Meinecke, y con la que Maquiavelo infligió la herida que nunca ha cerrado; aun cuando Felix Gilbert tenga razón al pensar que Maquiavelo no lleva la cicatriz de esta, pues él siguió siendo monista, aunque pagano.

Indudablemente Maquiavelo fue culpable de mucha confusión y exageración.

Confundió la proposición de que los ideales últimos pueden ser incompatibles con la proposición totalmente distinta de que los ideales humanos más convencionales -basados en las ideas de ley natural, amor fraterno y bondad humana eran irrealizables, y que los que actuaban a partir del supuesto contrario eran tontos y a veces peligrosos, y atribuía esta dudosa proposición a la Antigüedad, creyendo que había sido verificada por la historia.

 

La primera de esas aserciones ataca la raíz de todas las doctrinas que creen en la posibilidad de alcanzar, o cuando menos de formular, soluciones finales; la segunda es empírica, un lugar común y no evidente por sí misma. Las dos proposiciones no son, en todo caso, idénticas o lógicamente conectadas.

Además, exageró bárbaramente; los tipos idealizados del griego de Pericles o del romano de la antigua república pueden ser irreconciliables con el ciudadano ideal de una comunidad cristiana (suponiendo que tal cosa fuera concebible), pero en la práctica sobre todo en la historia a la cual nuestro autor se acercó en busca de ejemplos, si no de pruebas rara vez se presentan tipos puros;

se pueden concebir sin demasiada dificultad intelectual mezclas y compuestos y compromisos y formas de vida comunal que no calzan en las clasificaciones, pero que ni los cristianos, ni los liberales humanistas, ni Maquiavelo se verían obligados por sus creencias a rechazar.

 

 

Sin embargo, atacar e infligir un daño duradero a un supuesto central de toda una civilización es un logro de primer orden

 

Maquiavelo meramente da por sentada la superioridad de la antiqua Virtus romana (lo que puede resultar muy exasperante para los que no lo hacen) sobre la vida cristiana tal como la enseña la Iglesia.

 

Maquiavelo no afirma este dualismo.

Meramente da por sentada la superioridad de la antiqua Virtus romana (lo que puede resultar muy exasperante para los que no lo hacen) sobre la vida cristiana tal como la enseña la Iglesia.

Menciona unas palabras al pasar acerca de lo que podría haber llegado a ser el cristianismo, pero no espera que cambie su real carácter. Ahí deja las cosas.

El que crea en la moralidad cristiana y vea a la comunidad cristiana como su personificación, pero al mismo tiempo acepte en gran parte la validez del análisis político y psicológico de Maquiavelo y no rechace la herencia secular de Roma, está en un predicamento y se enfrenta a un dilema que, si Maquiavelo tiene razón, no solo no ha sido resuelto sino que es insoluble.

 

El que crea en la moralidad cristiana y vea a la comunidad cristiana como su personificación, pero al mismo tiempo acepte en gran parte la validez del análisis político y psicológico de Maquiavelo y no rechace la herencia secular de Roma, está en un predicamento y se enfrenta a un dilema que, si Maquiavelo tiene razón, no solo no ha sido resuelto sino que es insoluble.

 

Este es el nudo gordiano que, de acuerdo con Vanini y Leibniz, ha amarrado el autor de El príncipe, un nudo que puede cortarse, pero no desatarse. A eso se deben los esfuerzos por diluir sus doctrinas, o interpretarlas a modo de arrancarles el aguijón.

 

Grabado lineal de Lucilio (Giulio Cesare) Vanini. Giulio Cesare Vanini (1585–1619) y Gottfried Wilhelm Leibniz (1646–1716) representan dos polos opuestos en el pensamiento europeo: Vanini, un filósofo libertino y panteísta italiano ejecutado por ateísmo, y Leibniz, un racionalista alemán que buscó armonizar la razón con la fe cristiana. Aunque de épocas distintas, sus visiones sobre Dios, la naturaleza y el ateísmo a menudo se contraponen en los debates de la Ilustración.

 

Después de Maquiavelo es posible que la duda infecte a toda construcción monista.

El sentido de certidumbre de que en algún lado hay un tesoro escondido la solución final de nuestros males y al que alguna senda debe conducir (pues en principio tiene que ser descubrible); o, para alterar la imagen, la convicción de que los fragmentos constituidos por nuestras creencias y hábitos son piezas de un rompecabezas, que (dado que hay una garantía a priori de esto) puede, en principio, ser resuelto, de modo que si hasta la fecha no hemos hallado la solución con la que todos los intereses se verán armonizados es solo por falta de habilidad, por estupidez o mala fortuna, esta creencia fundamental del pensamiento político de Occidente ha sido severamente sacudida.

Seguramente en una época que busca certidumbres esto debería ser suficiente para comprender los interminables esfuerzos, más numerosos hoy que nunca, para explicar El príncipe y Los discursos o para justificarlos.

 

En una época que busca certidumbres, esto debería ser suficiente para comprender los interminables esfuerzos, más numerosos hoy que nunca, para explicar El príncipe y Los discursos, o para justificarlos.

 

 

Esta es la implicación negativa. Hay también una positiva y que pudiera haber sorprendido y tal vez disgustado a Maquiavelo.

Mientras la verdadera meta sea un solo ideal, siempre les parecerá a los hombres que ningún medio puede ser demasiado difícil, ni el precio demasiado alto, para hacer lo que haga falta para alcanzar la meta final.

Tal certidumbre es una de las grandes justificaciones del fanatismo, la compulsión, la persecución.

Pero si no todos los valores son compatibles entre sí, y se debe elegir sin mejor razón de que cada valor es lo que es y nosotros lo elegimos por lo que es y no porque pueda ser mostrado en alguna escala simple como mayor que otro, si escogemos formas de vida porque creemos en ellas o porque las damos por supuestas o, al examinarlas, descubrimos que no estamos moralmente preparados para vivir de otra manera (aunque otros escojan de modo diferente);

si la racionalidad y el cálculo solo pueden aplicarse a medios o fines subordinados, pero nunca a fines últimos, emerge un cuadro diferente de lo construido alrededor del antiguo principio de que hay un solo bien para los hombres.

 

DAVID HUME, Tratado de la naturaleza humana

 

Si solo hay una solución al enigma, el único problema es entonces, primero, cómo encontrarla, luego cómo llevarla a cabo y luego cómo convertir a los otros a la solución, por la persuasión o por la fuerza.

Pero si no es así (Maquiavelo contrasta dos formas de vida, pero podría haber y, salvo para los monistas fanáticos, hay obviamente más de dos), la senda se abre al empirismo, el pluralismo, la tolerancia, el arreglo.

La tolerancia es históricamente el producto de la comprensión de la irreconciliabilidad de fes igualmente dogmáticas, y de la improbabilidad práctica de la total victoria de una sobre la otra. Los que deseaban sobrevivir se dieron cuenta de que tenían que tolerar el error.

 

Los que deseaban sobrevivir se dieron cuenta de que tenían que tolerar el error.

 

Gradualmente llegaron a ver méritos en la diversidad y así se volvieron escépticos ante las soluciones definitivas en los asuntos humanos.

Pero una cosa es aceptar algo en la práctica, otra es justificarlo racionalmente. Los «escandalosos» escritos de Maquiavelo dieron inicio a este último proceso.

Este fue un parteaguas de gran importancia y sus consecuencias intelectuales, para nada deseadas por su originador, fueron, por una afortunada ironía de la historia (que algunos llaman su dialéctica) las bases del mismo liberalismo que Maquiavelo seguramente hubiera condenado como débil y falto de carácter, falto de una resuelta búsqueda del poder, de esplendor, de organización, de Virtù, capaz de disciplinar a hombres ingobernables contra fuerzas enormes dentro de un todo enérgico.

Sin embargo, él es, a despecho de sí mismo, uno de los hacedores del pluralismo, y de su -para él- peligrosa aceptación de la tolerancia.

Al romper la unidad original ayudó a que los hombres tomaran conciencia de la necesidad de hacer elecciones dolorosas entre alternativas incompatibles en la vida pública y en la privada (pues era obvio que no se podía mantener a ambas diferenciadas).

Su logro es de primer orden, aunque solo fuera porque el dilema nunca ha dado paz al hombre desde que salió a la luz (sigue sin ser resuelto, pero hemos aprendido a vivir con él).

Sin duda los hombres han experimentado con bastante frecuencia en la práctica el conflicto que hizo explícito Maquiavelo, quien convirtió su expresión de una paradoja en algo que se acerca al lugar común. La espada, de la cual habló Meinecke, no ha perdido su filo:

la herida no ha sanado. Conocer lo peor no siempre es quedar libre de sus consecuencias; de todos modos es preferible a la ignorancia.

 

Esta es la dolorosa verdad sobre la que Maquiavelo forzó nuestra atención, no formulándola explícitamente sino, en forma tal vez más efectiva, relegando la moral tradicional, nunca criticada, al reino de la utopía.

O en todo caso esto es lo que quiero sugerir. Donde existen más de veinte interpretaciones, la adición de una más no puede considerarse una impertinencia.

En el peor de los casos no sería sino otro intento por resolver el problema, ahora de más de cuatrocientos años de antigüedad, que Croce, al final de su larga vida, presentó como

«Una questione che forse non si chiuderà mai la questione del Machiavelli» (Una cuestión que quizás nunca se resuelva: la cuestión de Maquiavelo) [108]. 

 

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Notas

[105] La moraleja de su mejor comedia, La mandrágora, me parece cercana a la de las obras políticas: que las doctrinas éticas profesadas por los personajes son completamente distintas de lo que hacen para lograr sus diversos fines, prácticamente cada uno de ellos obtiene al final lo que quiere; si Calimaco hubiera resistido la tentación, o la dama que seduce hubiera sentido remordimientos, o fra Timoteo intentado practicar las máximas de los padres y los escolásticos con los cuales sazona liberalmente sus discursos, esto podría no haber ocurrido.

Pero todo termina bien, aunque no desde el punto de vista de la moral aceptada.

Si la obra castiga la hipocresía y la estupidez, el punto de vista no es el de la virtud sino el de un cándido hedonismo. Parece plausible la noción de que Calimaco es una especie de príncipe en la vida privada, con buen éxito para crear y mantener su propio mundo mediante el uso correcto de la astucia y el fraude, el ejercicio de la Virtù, un osado reto a la fortuna, etc., Para esto véase Henry Paolucci, «Introduction a Mandragola» , Nueva York, 1957. 

 

[106] Por ejemplo en los pasajes de los Discourses citados arriba, o cuando dice Creo que el mayor bien se puede hacer y el que más place a Dios es aquel que uno hace a su ciudad natal». Debo agradecer a Myron Gilbert por esta referencia a A Discourse on Remodelling the Government of Florence, Gilbert, op. cit. (véase nota 47 supra), vol. I, pp. 113-114.

En ninguna forma es este sentimiento único en las obras de Maquiavelo, pero, dejando a un lado su deseo de adular a León X, o la tendencia de todos los autores a caer en los clichés de su propio tiempo, ¿debemos suponer que Maquiavelo trata de hacemos pensar que cuando Filipo de Macedonia trasplantó las poblaciones en una forma que (inevitable como se dice que fue) causó náusea aun a Maquiavelo, lo que hizo, dado que era bueno para Macedonia, era grato a Dios y, per contra, el fracaso de Giampaolo Baglioni en su intento de matar al papa y a la curia, desagradó a Dios?

Tal noción de la deidad es, por decir lo menos, remota de la del Nuevo Testamento. ¿Las necesidades de la patria son automáticamente idénticas a las del Todopoderoso? ¿Hay quienes se permitan dudar de esto por el peligro de caer en herejía? Pudiera ser que a veces Maquiavelo haya sido representado como demasiado maquiavélico; pero suponer que creía que los derechos de Dios y de César eran perfectamente reconciliables reduce su tesis central al absurdo.

Sin embargo, esto no prueba que careciese por entero de todo sentimiento cristiano: la Esortazione alla penitenza compuesta en el último año de su vida (si es genuina y no una falsificación posterior), bien pudiera ser absolutamente sincera, como lo creen Ridolfo y Alderisio; Capponi puede haber exagerado que «echó a la religión de su corazón, aunque «no estaba totalmente extinguida en su pensamiento».

El punto es que casi no hay huellas de tales états d’âme en sus escritos políticos, únicos de los que nos ocupamos. Hay una discusión interesante de esto en Giuseppe Prezzolini, «Machiavelli Anticristo», Roma, 1954, traducido al inglés como Machiavelli, Nueva York, 1967; Londres, 1968», en la que esta actitud se traza hasta Agustín, y la tesis de Croce es, por implicación, controvertida.

 

[107] Citado por Giuseppe Prezzolini, Machiavelli Anticristo, Roma, 1954, traducido al inglés como Machiavelli, Nueva York, 1967; Londres, 1968, versión inglesa, pp. 222-223. 

 

[108] Quaderni della «Critica»: 5, núm. 14, julio de 1949, 1-9.

 

Nicolás Maquiavelo y la razón de estado El Principe

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