«Si vis pacem, para bellum». El Príncipe, la Fortuna y la guerra, por Manuel Tizziani (Parte 1/2)

Si vis pacem

 

MAQUIAVELO: Del Arte de la Guerra

 

Maquiavelo dice sobre El Arte de la Guerra:

Me doy cuenta de que he hablado de muchas cosas que vosotros por vuestra cuenta habéis podido aprender y considerar.

Pero lo he hecho, como en su momento os indiqué, para mejor mostraros mediante ellas las características del ejercicio militar, y para complacer, si es que alguno existe, a quienes no han tenido las mismas facilidades que vosotros para aprenderlas.

No me queda más que daros algunas reglas generales que sin duda conoceréis perfectamente. Son las siguientes:

Lo que favorece al enemigo nos perjudica a nosotros, y lo que nos favorece a nosotros perjudica al enemigo.

Aquel que durante la guerra esté más atento a conocer los planes del enemigo y emplee más esfuerzo en instruir a sus tropas incurrirá en menos peligros y tendrá más esperanzas de victoria.

Jamás hay que llevar a las tropas al combate sin haber comprobado su moral, constatado que no tienen miedo y verificado que van bien organizadas. No hay que comprometerlas en una acción más que cuando tienen moral de victoria.

Es preferible rendir al enemigo por hambre que con las armas, porque para vencer con éstas cuenta más la fortuna que la capacidad.

El mejor de los proyectos es el que permanece oculto para el enemigo hasta el momento de ejecutarlo.

Nada es más útil en la guerra que saber ver la ocasión y aprovecharla.

La naturaleza produce menos hombres valientes que la educación y el ejercicio.

En la guerra vale más la disciplina que la impetuosidad.

Si algunos enemigos se pasan a las filas propias, resultarán muy útiles si son fieles, porque las filas adversarias se debilitan más con la pérdida de los desertores que con la de os muertos, aunque la palabra desertor resulte poco tranquilizadora para los nuevos amigos y odiosa para los antiguos.

Al establecer el orden de combate es mejor situar muchas reservas tras la primera línea que desperdigar a los soldados por hacerla más larga.

Difícilmente resulta vencido el que sabe evaluar sus fuerzas y las del enemigo.

Más vale que los soldados sean valientes que no que sean muchos, y a veces es mejor la posición que el valor.

Las cosas nuevas y repentinas atemorizan a los ejércitos; las conocidas y progresivas les impresionan poco. Por eso conviene que, antes de presentar batalla a un enemigo desconocido, las tropas tomen contacto con él mediante pequeñas escaramuzas.

El que persigue desordenadamente al enemigo después de derrotarlo, no busca sino pasar de ganador a perdedor.

Quien no se provee de los víveres necesarios, está ya derrotado sin necesidad de combatir.

Quien confía más en la caballería que en la infantería, o al contrario, escogerá en consecuencia el campo de batalla.

Si durante el día se quiere comprobar si ha entrado algún espía en el sector propio, se ordenará que todos los soldados entren en sus alojamientos.

Hay que cambiar de planes si se constata que han llegado a conocimiento del enemigo.

Hay que aconsejarse con muchos sobre lo que se debe hacer, y con pocos sobre lo que se quiere realmente hacer.

En los acuartelamientos se mantendrá la disciplina con el temor y el castigo; en campaña, con la esperanza y las recompensas.

Los buenos generales nunca entablan combate sí la necesidad no los obliga o la ocasión no los llama.

Hay que evitar que el enemigo conozca nuestro orden de combate; cualquiera que sea éste, debe prever que la primera línea pueda replegarse sobre la segunda y tercera.

Si se quiere evitar la desorganización en el combate, una brigada no debe emplearse para otra misión distinta de la que se le tenía asignada.

Las incidencias no previstas son difíciles de resolver; las meditadas, fáciles.

El eje de la guerra lo constituyen los hombres, las armas, el dinero y el pan; los factores indispensables son los dos primeros, porque con hombres y armas se obtiene dinero y pan, pero con pan y dinero no se consiguen hombres y armas.

El no combatiente rico es el premio del soldado pobre.

Hay que acostumbrar a los soldados a despreciar la comida delicada y la vestimenta lujosa.

Estas son las generalidades que se me ocurre recordaros.

Sé que a lo largo de mi exposición se hubiera podido tratar de muchas otras cosas; por ejemplo, de cómo y según qué modalidades se ordenaban las líneas en la antigüedad; qué vestimenta usaban y qué otros tipos de instrucción practicaban, así como otros muchos detalles en los que no he creído necesario entrar, tanto porque podréis informaros por vosotros mismos como porque

mi intención no era explicaros cómo fueron los ejércitos de la antigüedad, sino cómo se podría organizar hoy un ejército con más efectividad de la que actualmente constatamos.

Por eso no he considerado oportuno traer a colación otros aspectos de la antigüedad (…).

 

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Si vis pacem, para bellum. El Príncipe, la Fortuna y la guerra

(Parte 1/2)

 

¿Es la guerra un camino hacia la paz?

Este interrogante, que a ojos de Hannah Arendt no será más que un embuste de la cruzada militarista, resultará un tópico casi ineludible para todo aquel que emprenda la tarea de reflexionar filosóficamente acerca de la violencia, sus orígenes e implicancias.

Nicolás Maquiavelo, imbuido en un universo de intrigas, guerras y avatares políticos, no será una excepción a esta regla.

Es a él a quien dedicamos este estudio: basándonos en El Príncipe, analizaremos en un primer apartado la centralidad de los conceptos de virtú, Fortuna y ocasión.

Más tarde, ensayaremos una reflexión respecto observaciones que Maquiavelo realiza en torno a la cuestión de la guerra. 

Nuestro objetivo final no es otro que el de intentar desentrañar y comprender cuál ha de ser, en la versión del florentino, la relación entre un príncipe virtuoso y las armas. 

Por Manuel Tizziani

Universidad Nacional del Litoral (argentina)

INGENIUM. Revista de historia del pensamiento moderno, 2013

Si vis pacem

 

«Igitur qui desiderat pacem, praeparet bellum«.

Vegecio, Epitoma institutorum rei militaris

«Puesto que el fin es, en todos los sentidos, mucho más noble y provechoso que los medios que le son subordinados, se debe estimar más la paz que la guerra; ésta no se hace sino para obtener aquella«.

La Mothe Le Vayer, Dialogues faits à l’imitation des anciens

 

1. Quieres la paz, prepara la guerra

En la introducción a su ensayo Sobre la revolución, editado por primera vez en 1962, Hannah Arendt señala la relevancia y actualidad que por ese entonces habían adquirido dos fenómenos políticos particulares: la revolución y la guerra. Desde allí, en orden a establecer las premisas de su texto, afirma que ambos acontecimientos poseen a la violencia como «una especie de común denominador«, como una marca distintiva que los emparenta.

 

Hannah Arendt señala la revolución y la guerra, afirmando que ambos acontecimientos poseen a la violencia como «una especie de común denominador«, como una marca distintiva que los emparenta, en tanto que «la política es entendida en abierta contraposición con la guerra y la violencia, como la acción y el diálogo entre iguales«

 

 

Ahora bien, en tanto que «la política es entendida [por Arendt] en abierta contraposición con la guerra y la violencia, como la acción y el diálogo entre iguales» (1), es decir, en tanto que el ideal que sustenta su concepción es la polis griega (2) definida como el espacio de la palabra y la razón, sus opuestos, el silencio y la violencia (3) y también, en consecuencia, la revolución y la guerra-, devienen fenómenos marginales al orbe político (4).

«Arendt participa de la confianza liberal en el diálogo infinito como vía regia para la solución de los asuntos públicos» (5), nos dice Jorge Dotti, y es precisamente esa confianza la que parece inducirla a señalar que la violencia no es sino un fenómeno que debe ser remitido hacia los márgenes.

No obstante, si bien Arendt afirma que la revolución y la guerra comparten este signo característico que los aparta del resto de los fenómenos políticos, eso no debe conducirnos a trazar una inequívoca identidad entre ambos acontecimientos; por el contrario, pues aun cuando ambos se sirven de un mismo medio, no poseen un mismo fin:

mientras la revolución posee por objetivo la materialización de la libertad y la emancipación de los hombres a partir de la creación de un novus ordo saeclorum, el objetivo de la guerra es, a sus ojos, completamente diferente (6).

 

Es en ese contexto, o a partir de esa búsqueda, que orienta su mirada hacia los teóricos romanos. Y desde allí señala:

«Debemos dirigirnos a la antigua Roma para encontrar las primeras justificaciones de la guerra y la idea, expresada por primera vez, de que existen guerras justas e injustas» (7).

 

 

Ahora bien, ¿cuáles eran las apreciaciones de los latinos al respecto? ¿Qué criterio utilizaban para distinguir una guerra justa de una que no lo era?

En concreto, ¿cuáles eran las causas susceptibles de justificar la legitimidad de una campaña militar?

Desde la perspectiva de Arendt -aunque, a decir verdad, este enfoque quizás podría también ser atribuido a todas las teorías políticas poskantianas que centran su mirada en las acciones comunicativas-, es decir, desde esa confianza en el diálogo infinito a la que nos remite Dotti, y sin dudas, también atravesada por una experiencia personal de amarga persecución y forzado exilio, la autora no parece confiar demasiado en esta máxima clásica; por el contrario, lejos de expresar su simpatía, la considera un engaño más de la cruzada militarista.

 

«[Según] dijo Tito Livio:

Iustum enim est bellum quibus necessarium, et pia arma ubi nulla nisi in armis spes est» (8).

Justa es la guerra cuando es necesaria, y sagradas las armas cuando no hay esperanzas sin ellas.

 

En ese marco, refiere a otra opinio communis que los clásicos sostenían en relación con la guerra: que su finalidad principal radica en alcanzar la paz:

En verdad, la idea de que la paz es el fin de la guerra y que, por consiguiente, toda guerra es una preparación para la paz, es cuando menos tan antigua como Aristóteles, y la pretensión de que el propósito de una carrera armamentista es conservar la paz es incluso anterior, tan antigua como el descubrimiento de los embustes de la propaganda (9).

 

 

Ahora bien, más allá de todas estas consideraciones iniciales -a las que hemos recurrido, como se verá en lo sucesivo, principalmente como un punto de contrastación, proferidas por Arendt desde una perspectiva filosófica explícita, y desde una experiencia histórica atravesada por los acontecimientos del siglo XX (10), el objetivo de nuestro trabajo es ensayar una reflexión acerca de la cuestión de la guerra a partir de un autor del renacimiento tardío que, al menos a primera vista, parece encontrarse en las antípodas de Hannah Arendt.

Un autor, que, como intentaremos mostrar a continuación, parece no haber experimentado mayores reticencias para aceptar validez de las conclusiones aportadas por los clásicos en torno a la guerra, y al legítimo uso de la violencia como herramienta política. Dicho de otro modo, la validez de aquellas expresiones por medio de las cuales se considera que la paz y la estabilidad del Estado son extremadamente precarias sin el sostén de las armas.

El autor al que nos referimos es Nicolás Maquiavelo (1469-1527), y el texto a partir del cual intentaremos realizar nuestro análisis será El Príncipe -o, según su título original, De Principatibus (11)-, es decir, de acuerdo a la interpretación de su traductor castellano,

«esa obra casi de circunstancia que le daría en poco tiempo y a través de los siglos la más grande notoriedad, constituyéndose en eje de polémicas y de interpretaciones disímiles sobre su sentido en cuanto a la conquista y mantenimiento del poder» (12).

 

 

El camino que habremos de recorrer será el siguiente: en el apartado que sigue analizaremos la relación que puede establecerse entre dos de los conceptos centrales de la obra de Maquiavelo: el de virtú y el de Fortuna.

 

En el apartado que sigue analizaremos la relación que puede establecerse entre dos de los conceptos centrales de la obra de Maquiavelo:

el de virtú y el de Fortuna.

 

A ese análisis, que realizaremos con el apoyo de algunos intérpretes clásicos (13), sumaremos también el concepto de «ocasión«, pues consideramos que sin tener en cuenta esta tercera pieza no nos sería posible reconstruir y elucidar todos los elementos que, una vez trazado el marco general, puedan permitirnos dar un nuevo paso.

El paso que nos conduzca hacia la interpretación de aquellos textos en los que nuestro autor refiere al particular vínculo que, a sus ojos, deberá existir necesariamente entre un príncipe virtuoso y las armas.

 

 

2. Fortuna, virtú, ocasión

Maquiavelo comienza El Príncipe con una serie de subdivisiones. En primer término señala que en el transcurso de la historia los hombres han conocido dos tipos de gobierno, o de estado:

los principados y las repúblicas.

 

A su vez, los principados, a los que dedicará este tratado en particular (14), pueden ser de dos clases: o hereditarios o nuevos; y estos últimos, del mismo modo, pueden ser o parcial (en caso de un Imperio que realiza una nueva conquista y anexa un nuevo territorio) o completamente nuevos.

En relación a la adquisición de estos, finalmente, Maquiavelo señala que pueden haber sido conquistados con las armas propias, o con las ajenas; por virtud, o por fortuna.

Ahora bien, más allá de todas las disquisiciones iniciales, es allí donde el autor centrará toda su atención, «pues es el principado nuevo donde se encuentran las dificultades« (15); y es allí mismo donde nosotros deseamos detenernos por un momento, pues esas dificultades a las que refiere Maquiavelo atañen principalmente a esa «antítesis en torno a la cual gira el argumento de El Príncipe« (16):

la antítesis entre Fortuna y virtú.

 

Tyche, diosa griega de la Fortuna

 

Como ha señalado Quentin Skinner, el concepto de Fortuna -que adoptará su forma latina a partir del griego de tyche– posee una larga historia antes de Maquiavelo. Ya en la antigüedad clásica, los moralistas romanos realizaron innumerables reflexiones acerca de ella.

Éstos, lejos de interpretarla como una fuerza inexorable de carácter nocivo respecto del devenir humano, la consideraban una diosa bondadosa. Una diosa con la cual debía procurarse entablar amistad, a los fines de alcanzar los beneficios que ella es capaz de prodigar; principalmente, la gloria y el honor.

Ahora bien, ¿cómo podían alcanzar los hombres esos beneficios?, ¿cómo podían lograr que la diosa los mirase con buenos ojos? La respuesta a esta pregunta parece sencilla, pues

«aunque la Fortuna es una diosa, también es una mujer, y puesto que es una mujer, se siente ante todo atraída por el vir, el hombre de verdadera hombría» (17).

La Fortuna, según los autores clásicos, se siente atraída por la virilidad, por la audacia, por la valentía; en una palabra, por la virtud.

 

La Fortuna, según los autores clásicos, se siente atraída por la virilidad, por la audacia, por la valentía; en una palabra, por la virtud.

Con la irrupción del cristianismo en la historia occidental, las reflexiones acerca de esta cuestión parecen haber dado un giro sustancialEn tal sentido, este nuevo punto de vista, que será

«expresado en su forma más ceñida por Boecio en La consolación de la Filosofía, se basa en la negación del supuesto de que la Fortuna esté dispuesta a dejarse influir» (18).

 

 

La Fortuna, desde esta nueva perspectiva, deviene una rueda inexorable, una fuerza ciega respecto de las acciones tanto viciosas como virtuosas que los hombres pudieran realizar con el objetivo de ganar su favor (19).

Ahora bien, a pesar de que esta concepción cristiana parece haber ejercido una gran influencia durante un extenso período, llegando incluso a dominar en las concepciones de autores tardo-medievales y renacentistas como Dante o Petrarca, será el humanismo de ese mismo Renacimiento el que conduzca hacia el redescubrimiento de la prístina concepción de la Fortuna.

Poco a poco, de la mano de los autores clásicos, la diosa bajará nuevamente de los cielos a la tierra.

En ese contexto, cuando se repasan las reflexiones que Maquiavelo realiza –por ejemplo, a lo largo del penúltimo capítulo de El Príncipe-, se llega a la conclusión de que si bien conoció esta opinión común entre los cristianos, según la cual la Fortuna es indiferente respecto de las acciones de humanas (20), sus consideraciones acerca de la cuestión

«nos los revelan como un típico representante de las actitudes humanistas» (21).

 

Pues, aun cuando en ocasiones -según declara- él mismo parece haberse sentido inclinado a esa opinión condensada en los textos de Boecio, señala sin embargo, que

«para que nuestro libre arbitrio no quede anulado, juzgo como verdadero que la fortuna es árbitro de la mitad de nuestras acciones, pero que también ella nos deja gobernar a nosotros la otra mitad, o casi la otra mitad» (22).

 

Fortuna, Diosa Romana

 

La fortuna es, según la imagen que Maquiavelo nos transmite en el capítulo XXV de El Príncipe, similar a un río impetuoso; un torrente de agua que va ganando fuerza a medida que avanza, y que cuando se encoleriza es capaz de arrasar con todo lo que encuentra a su paso.

Una fuerza ante la que todos huyen; un ímpetu ante el que todos ceden «sin poder resistir en lado alguno« (23); un furor frente al que todo se doblega, menos la virtud; o mejor dicho, el príncipe virtuoso. Él tiene, o debe tener, no sólo la audacia de enfrentarse a dicha fuerza, sino la perspicacia y la inteligencia de preverla.

 

Una fuerza ante la que todos huyen; un ímpetu ante el que todos ceden «sin poder resistir en lado alguno«, un furor frente al que todo se doblega, menos la Virtud; o mejor dicho, el Príncipe Virtuoso.

Él tiene, o debe tener, no sólo la audacia de enfrentarse a dicha fuerza, sino la perspicacia y la inteligencia de preverla.

 

Lorenzo de Médici (nacido el 1 de enero de 1449 en Florencia [Italia] y fallecido el 9 de abril de 1492 en Careggi, cerca de Florencia) fue un estadista, gobernante y mecenas florentino de las artes y las letras, el más brillante de los Médici. Gobernó Florencia junto con su hermano menor, Giuliano (1453-1478), de 1469 a 1478 y, tras el asesinato de este último , fue el único gobernante de 1478 a 1492.

 

El príncipe virtuoso es, en tal sentido, aquel que debería ser capaz de detectar las dificultades en el momento mismo de su nacimiento, cuando ese potencial torrente es todavía un pequeño hilo de agua.

Aun más, el verdadero líder político no es sólo quien debe tener la habilidad de detectar ese nacimiento, sino también quien debe preverlo antes de que sobrevenga, ofreciéndole resistencia antes de verse sobrepasado por la situación (24): es un sagaz ingeniero que, conociendo las estaciones y los períodos en los que el río crece y desborda sus márgenes habituales, construye los canales y las represas capaces de contener su potencialidad destructiva. Pues,

«con la fortuna sucede lo mismo [que con los afluentes de agua]: ella muestra su poder donde no hay virtud organizada para resistirle, y entonces dirige sus ímpetus hacia donde sabe que no se han construido los diques y los espigones capaces de contenerla» (25).

 

De hecho, señala Maquiavelo al potencial destinatario de su tratado, las «defensas son buenas, ciertas y duraderas solamente cuando dependen de ti mismo y de tu virtud« (26), por el simple motivo que «aquel príncipe que se apoya íntegramente en la fortuna, cae según ella cambia» (27).

En tal sentido, John Pocock señalará que «si la política es el arte de lidiar con los eventos contingentes«, más en particular será el arte de lidiar con la Fortuna, entendida ésta como la «fuerza que dirige esos eventos, y simboliza en forma pura« (28) esa casi imprevisible e incontrolable contingencia.

La Virtú, asimismo, si bien no es definida por Maquiavelo (29) de un modo categórico y determinante, puede ser caracterizada a partir de una atenta lectura de sus textos, y en particular de El Príncipe.

Arriesgando una definición provisional, ella podría ser caracterizada como la capacidad que debe poseer aquel que accede -o busca acceder- al poder para oponerse a la Fortuna; como la habilidad de presagiarla y de contrarrestarla a partir de la previsión y la prudencia.

 

 

En términos de Carlo Altini, la Virtud, tal como la presenta Maquiavelo, es un concepto «cuyo sentido y valor es exclusivamente efectual (30); es decir, que puede ser reducido a un conjunto de sugerencias de índole práctica que, siendo indiferentes a los criterios de justicia e injusticia, buscan antes que nada el éxito político.

Una interpretación similar nos ofrece Skinner, quien la define como

«el conjunto de cualidades capaces de hacer frente a los vaivenes de la Fortuna, de atraer el favor de la diosa y remontarse en consecuencia a las alturas de la fama principesca, logrando honor y gloria para sí mismo y seguridad para su propio Gobierno» (31).

 

Ahora bien, si la virtú puede ser definida de un modo negativo como la capacidad de lidiar con los avatares de la Fortuna; desde la otra cara de la moneda, desde una perspectiva positiva, aquella puede ser entendida como la habilidad de aprovechar las oportunidades que ésta señala.

 

Quentin Skinner

 

La Fortuna no sólo aporrea a los príncipes; también puede ser su aliada, siempre y cuando ellos -principalmente los nuevos- (32) sepan anticiparse a sus movimientos, y aprovechar cada una de las ocasiones que ella pone frente a sus ojos.

En tal sentido, al referirse a los principados nuevos que se han conquistado, no por la exclusiva fortuna ni con la ayuda de armas ajenas, sino por medio de los ejércitos propios, y por la Virtud, Maquiavelo señala lo que sigue:

Para referirnos a aquellos que se convirtieron en príncipes por virtud propia y no por fortuna, digo que los más notables son Moisés, Ciro, Rómulo y Teseo y semejantes. […]

Y, al examinar sus acciones y sus vidas, no vemos que hayan tenido de la fortuna otra cosa que la ocasión, que les proporcionó la materia donde pudieron introducir la forma que mejor les parecía; y sin esa ocasión, la virtud de sus ánimos se habría extinguido, y sin esa virtud, la ocasión se habría presentado en vano (33). 

 

¿Qué es pues, la ocasión?

«El rostro que la fortuna ofrece a la virtud humana para que ésta muerda a la realidad» (34).

 

Ottavio Vannini; Miguel Ángel mostrando a Lorenzo el Magnífico el busto de un fauno, Palazzo Pitti, Florencia

 

Un agente catalizador, una situación histórica determinada en la cual -o, más bien, una serie de acontecimientos diversos en los cuales- la Virtú del príncipe es puesta a prueba. El líder político, y en particular el príncipe nuevo, que posea esta virtud excepcional de reconocer y dominar la ocasión, sin dudas tendrá muchas más posibilidades que aquellos otros que no poseen esas habilidades.

Por ello mismo, será capaz de conservarse por mucho más tiempo en el poder (35), y de ennoblecer y hacer próspera a su patria (36).

Aún más, según indica el florentino, quien posea la doble capacidad de reconocer la ocasión y de adaptarse a los tiempos, mudando de naturaleza conforme se modifican las circunstancias, alcanzará la más excelsa prosperidad, y difícilmente conocerá el infortunio (37).

Pues la causa de la caída que han sufrido innumerables príncipes

«está solamente en la cualidad de los tiempos, que se conforman o no con su modo de proceder» (38).

 

De lo que se trata, en definitiva, es de poseer esta camaleónica cualidad de adaptarse a los cambios de la propia fortuna, a la mutación de las circunstancias, a los sucesos imprevistos. De ser precavido cuando así lo requiere el mundo, y de no dudar en lanzarse de lleno a la acción cuando eso indica la prudencia, pues

«el hombre precavido que cuando es el momento de actuar con ímpetu, no lo sabe hacer, sucumbe; y si se mudara de naturaleza con los tiempos y las cosas, nunca cambiaría de fortuna» (39).

 

Ernst Cassirer

 

Resumiendo: la ocasión es la materia que se brinda al líder político a los fines de que ejerza su Virtud.

Virtud que, a su vez, posee dos caras: una de índole pasiva, por medio de la cual el hombre virtuoso puede amoldarse a los variados designios de la Fortuna; la otra, de carácter activo, por medio de la cual es susceptible de reconocer las circunstancias en las que debe aventurarse, es decir, arriesgarse a introducir en la realidad (entendida como materia) una forma determinada (40).

 

Maquiavelo no es un partidario del fatalismo, por el contrario, deja bien en claro que la historia, antes que a aquellos que se mantengan ineludiblemente en la cautela, pertenecerá a los intrépidos, a los audaces, a los valerosos, a los hombres virtuosos que se atrevan, cuando la ocasión lo propicia, a oponerse a la fortuna, a dominarla.

 

Maquiavelo no es un partidario del fatalismo -la mitad de los sucesos pertenecen a la fortuna, la otra mitad, o casi, a nosotros que caracterizaba la posición de Boecio; por el contrario, deja bien en claro que la historia, antes que a aquellos que se mantengan ineludiblemente en la cautela (41), pertenecerá a los intrépidos, a los audaces pues «con el ímpetu y la audacia, muchas veces, se consigue lo que con medios ordinarios nunca se conseguiría» (42), a los valerosos, a los hombres virtuosos que se atrevan, cuando la ocasión lo propicia, a oponerse a la fortuna (43), a dominarla.

Pues, como ya habían señalado los autores clásicos (44), la fortuna es mujer y sólo el auténtico vir será capaz de vencerla:

Yo creo una cosa: es mejor ser impetuoso que precavido, porque la fortuna es mujer, y si se quiere tenerla sumisa, resulta necesario castigarla y golpearla. Y es evidente que ella se deja vencer más por éstos y no por quienes actúan fríamente. Por eso, siempre, como mujer, es amiga de los jóvenes, que son menos precavidos, más fieros, y la dominan con mayor audacia (45).

 

La rueda del destino de Fortuna: Escultura de diosa romana.

 

Y quizás no exista modo más elocuente de mostrarse ante la Fortuna como un auténtico vir que a través de la destreza en el uso de las armas.

 

Y quizás no exista modo más elocuente de mostrarse ante la Fortuna como un auténtico vir que a través de la destreza en el uso de las armas.

 

De hecho, según puede leerse en muchos pasajes de la obra del florentino, sería difícil poner en duda que el arte que requiere más audacia, valentía y vigor es aquel que se practica en los dominios de la milicia (46). Es por eso que, según dirá, antes que cualquier otra cosa, el príncipe que desee alcanzar el éxito sobre la Fortuna, deberá ser un estadista militar, comandante de ejército.

 

Sería difícil poner en duda que el arte que requiere más audacia, valentía y vigor es aquel que se practica en los dominios de la milicia.

Es por eso que, según dirá, antes que cualquier otra cosa, el príncipe que desee alcanzar el éxito sobre la Fortuna, deberá ser un estadista militar, comandante de ejército.

 

 

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Notas

(1) A. DI PEGO, «Poder, violencia y revolución en los escritos de Hannah Arendt. Algunas notas para repensar la política«, Argumentos. Nueva Época, 52 (2006), p.104. Al respecto, véase también C.HILB, «Violencia y política en la obra de Hannah Arendt, Sociológica, 47 (2001), 11-44.

(2) «En ésta [i.e. en la polis], el sentido de lo político, pero no su fin, era que los hombres trataran entre ellos en libertad, más allá de la violencia, la coacción y el dominio, iguales con iguales, que mandaran y obedecieran sólo en momentos necesarios en la guerra- y, si no, que regularan todos sus asuntos hablando y persuadiéndose entre sí«.

H. ARENDT, ¿Qué es la política?, Barcelona, Paidós, 1997, 69.

(3) «A este silencio se debe que la violencia sea un fenómeno marginal en la esfera política, puesto que el hombre, en la medida en que es un ser político, está dotado con el poder de la palabra. Las dos famosas definiciones que dio Aristóteles del hombre (el hombre como ser político y el hombre como ser dotado con la palabra) se complementan y ambas aluden a una experiencia idéntica dentro del cuadro de vida de la polis griega«.

H. ARENDT, Sobre la revolución, Madrid, Alianza, 1988, 19.

(4) «No podemos dejar de señalar que el hecho de que tanto la revolución como la guerra no sean concebibles fuera del marco de la violencia, basta para poner a ambas al margen de los restantes fenómenos políticos. Apenas puede negarse que una de las razones por las cuales las guerras se han convertido tan fácilmente en revoluciones y las revoluciones han mostrado esta nefasta inclinación a desencadenar guerras es que la violencia es una especie de común denominador de ambas«.

H. ARENDT, Sobre la revolución, 18.

Algunos años más tarde, al justificar los motivos que dieron origen a On violence, Arendt volverá sobre esta idea:

«Estas reflexiones han sido provocadas por los acontecimientos y debates de los últimos años, vistos en la perspectiva del siglo XX que ha resultado ser, como Lenin predijo, un siglo de guerras y revoluciones y, por consiguiente, un siglo de esa violencia a la que corrientemente se considera su denominador común«.

H. ARENDT, Sobre la violencia. Madrid, Alianza Editorial, 2006, 9.

(5) J. DOTTI, «Arendt y la Revolución«, Revista Punto de Vista, 45 (1993), 36.

(6) «En contraste con la revolución, el propósito de la guerra tuvo que ver en muy raras ocasiones con la idea de libertad«.

H. ARENDT, Sobre la revolución, 12.

Si bien Arendt no lo hace explicito, dado el contexto de producción del texto, es decir, por citar algunos, luego de ser testigo de dos Guerras Mundiales, del Holocausto judío y en pleno desarrollo de la Guerra Fría, la autora parece estar pensando que el fin de la guerra, lejos de ser la emancipación y la libertad, es la aniquilación total.

Es esa desmedida y acelerada tecnificación de la violencia al margen de cualquier tipo de meta política racional, tan propia del siglo XX, la misma que denuncia cuando escribe estas palabras:

«Hay, sin embargo, otro factor en la actual situación que, aunque no previsto por nadie, resulta por lo menos de igual importancia. El desarrollo técnico de los medios de la violencia ha alcanzado el grado en que ningún objetivo político puede corresponder concebiblemente a su potencial destructivo o justificar su empleo en un conflicto armado«.

H. ARENDT, Sobre la violencia, 9.

(7) H. ARENDT, Sobre la revolución, 13. Cabe señalar que el creador de la expresión «guerra justa» es en realidad Aristóteles: «phusei dikaion touton onta ton polemon«. Pol 1256b26.

(8) H. ARENDT, Sobre la revolución, 13. Al respecto, véase CICERON, Los oficios, España, Espasa Calpe, 2003, I, XI, 38-40.

(9) H. ARENDT, Sobre la revolución, 16.

Con el objetivo de señalar la importancia del cambio de paradigma, el cual ha llevado a considerar que el objetivo principal de la política no radica en lograr la paz mediante la guerra sino, ante todo, en impedir que el conflicto armado tenga ocasión de desatarse, Arendt afirma a renglón seguido:

«Pero lo importante es que hoy en día la evitación de la guerra constituye no sólo el propósito verdadero o simulado de toda política general, sino que ha llegado a convertirse en el principio que guía la propia preparación militar«.

(10) En este sentido, en relación a las observaciones que Maquiavelo realizó acerca de la violencia, otro autor que ha conocido muy bien los avatares políticos del siglo XX, señala lo siguiente:

«Al evaluar la economía de la violencia de Maquiavelo, es fácil criticarla como producto de la admiración de un técnico por los recursos eficaces. A un siglo como el nuestro, que ha presenciado la eficiencia sin paralelo desplegada por los regímenes totalitarios en el empleo del terror y la coacción, le resulta difícil ser tolerante a este respecto«.

S.WOLIN, Política y perspectiva. Continuidad y cambio en el pensamiento político occidental, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 2001, 241.

Cabe aquí realizar una salvedad: si bien Maquiavelo admite que la violencia es uno de los pilares fundamentales del orden, él mismo distingue entre una violencia ordenadora y una violencia destructiva. Así, en manos poco idóneas, el recurso a la violencia, lejos de resultar beneficioso para la comunidad se convierte en un instrumento de extremo peligro.

Al respecto, véase N. MAQUIAVELO, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Buenos Aires, Losada, 2003, I, IX, 81-83. Hemos consultado también la reciente edición italiana de los Discursos realizada por Francesco Bausi: Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio, Edizione Nazionale delle opere di Niccolò Machiavelli, Roma, Salerno, 2001, 2 vols.

(11) Hemos tenido a la vista dos versiones de esta obra: la edición italiana de Mario Martelli (De principatibus, Edizione Nazionale delle opere di Niccolò Machiavelli, Roma, Salerno, 2006), y la traducción castellana realizada por Roberto Raschella (El Principe, Buenos Aires, Losada, 2003), a la cual pertenecen nuestras referencias.

(12) R. RASCHELLA, «Introducción», Discursos, 11.

La cuestión en torno a la datación de El Príncipe ha hecho correr nos de tinta.

En 1923, Friedrich Meinecke (1862-1954) afirmó que el libro fue compuesto en dos etapas, cuya primera época sería aquella a la que se refiere la célebre misiva enviada por MaquiaveloFrancesco Vettori, el 10 de diciembre de 1513, en la que el secretario florentino narra haber compuesto un opúsculo titulado De Principatibus, y que se correspondería con los once primeros capítulos de la obra; capítulos iniciales a los cuales Maquiavelo habría añadido progresivamente los restantes.

Pocos años después, Federico Chabod (1901-1960), discípulo de Meinecke, respondió a esta interpretación afirmando que el texto habría sido escrito de un tirón entre julio y diciembre de 1513.

Por su parte Mario Martelli (1925-2007) y Francesco Bausi (1960) han sostenido que la composición podría haberse alargado hasta 1517-1518, posición que ha sido rechazada por Gennaro Sasso (1928) y Giorgio Inglese (1958), quienes afirman que la redacción se habría extendido, como muy tarde, hasta 1514.

Los nombres y fechas referidos aquí son sólo una pequeña indicación de una controversia que comenzó en la década de 1920 y que todavía sigue abierta.

Otra cuestión sobre la que también se ha debatido largamente refiere a las intenciones de Maquiavelo.

Al respecto, algunos exégetas han sugerido que, luego de haber formado parte del gobierno de la ciudad de Florencia como segundo secretario de la cancillería entre 1498 y 1512, y habiendo caído en desgracia luego del derrumbe del orden que tenía como figura más destacada a Piero Soderini, el objetivo que Maquiavelo habría perseguido mediante la redacción de este tratado –que bien podría ser resumido como un manual de gobierno para el príncipe nuevo– no habría sido otro que el de ganar el favor de los Médicis, logrando así algún puesto político destacado en el nueva organización de la ciudad.

Claude Lefort (1924-2010), por su parte, se muestra renuente a aceptar la interpretación de El Príncipe como un texto ocasional, escrito bajo la presión de los acontecimientos y sólo a lo fines de congraciarse con Lorenzo de Médicis.

Este tipo de interpretaciones, señala el francés, atentan contra nuestra posibilidad de alcanzar el verdadero sentido presente en la obra: según su mirada, la revelación de los mecanismos desnudos del poder, las fuerzas que operan al nivel de la institución de lo social, en el ámbito propio de lo político.

(13) En particular, Q. SKINNER, Maquiavelo, Madrid, Alianza Editorial, 2008, y J. POCOCK, The Machiavellian Moment. Princeton, Princeton University Press, 1975 (existe traducción castellana: El momento maquiavélico, Madrid, Tecnos. 2002).

Otras interpretaciones clásicas que podrían destacarse son las de G. SASSO, Niccolò Machiavelli: Storia del suo pensiero politico Bologna, Il Mulino, 1992; ID., Machiavelli e gli antichi e altri saggi, 4 vols., Milano-Napoli, Ricciardi, 1987-97 o C. LEFORT, Le Travail de l’œuvre, Machiavel, Paris, Gallimard, 1972.

Entre los estudios recientes de mayor resonancia podrían señalarse los de M. MARTELLI, Saggio sul Principe, Roma, Salerno, 1999, E. CUTINELLI, Introduzione a Machiavelli, Roma, Laterza, 1999, F. BAUSI, Machiavelli, Roma, Salerno, 2006 y G. INGLESE, Per Machiavelli. L’arte dello stato, la cognizione delle storie, Roma, Carocci, 2006.

(14) A diferencia de los Discursos, en donde Maquiavelo parece reflexionar principalmente sobre las características del gobierno republicano, en El Príncipe concentrará toda su atención en la forma de gobierno monárquica.

No obstante ello, cabe señalar que las opiniones de los especialistas también difieren acera a esta cuestión.

Para considerar un resumen de las posiciones que se han sostenido en torno las semejanzas, diferencias, o posibles vínculos que pueden hallarse entre ambas obras de Maquiavelo, véase R. RASCHELLA, «Introducción«, Discursos, 19-23.

En este sentido nos interesa destacar, por la afinidad con nuestra propia lectura, la tesis defendida por Miguel Ángel Granada, para quien se da una intima unidad conceptual entra ambas obras:

«El Príncipe y los Discorsi son solidarios y contienen una misma filosofía política que encuentra una formulación mucho más articulada y completa en los Discorsi, la obra fundamental de Maquiavelo«.

M. A. GRANADA, «La filosofía en el Renacimiento: Maquiavelo y las utopías», en V. CAMPS (ed.), Historia de la ética. 1. De los griegos al Renacimiento. Barcelona, Crítica, 2006, 545.

(15) El Príncipe, III, 65.

(16) Q. SKINNER, Maquiavelo, 37.

(17) Q. SKINNER, Maquiavelo, 40. John Pocock posee un juicio similar:

«This opposition [entre Fortuna y virtud] was frequently expressed in the image of a sexual relation: a masculine active intelligence was seeking to dominate a feminine passive unpredictability which would submissively reward him for his strength or vindictively betray him for his weakness. Virtus could therefore carry many of the connotations of virility, with which it is etymologically linked; vir means man«.

J. POCOCK, The Machiavellian Moment, 37.

(18) Q. SKINNER, Maquiavelo, 41.

Pocock se distancia aquí de Skinner. A diferencia de éste, aquél señalará que si bien la Fortuna será emparentada con la providencia divina a partir de La Consolación de Boecio, y que, en tal sentido, puede ser entendida como una potencia indiferente a las acciones humanas, todavía existe un modo oponerse a ella, o al menos de resistirla.

Así, la virtud, en este nuevo escenario que plantea Boecio, antes que expresarse a través de la actividad y de la acción política, será definida a partir de la contemplación, y la filosofía: «the vita contemplativa had replaced politics and the vita activa at the core of the moral life«.

J. POCOCK, The Machiavellian Moment, 39.

(19) Cabe señalar que por esta época la Fortuna se alejó de los hombres en la misma medida en que se acercó a Dios. No sólo Boecio la emparentó con la Providencia divina; también Marsilio Ficino fue partidario de esta opinión.

Así, según lo señala Carlo Altini, lo que este autor comúnmente llamo Fortuna «no es sino un conjunto de acontecimientos que son desconocidos sólo para el hombre, no ciertamente para la providencia divina, que, incluso, los tiene bajo su querer: para el gobierno de las cosas fortuitas, nada parece ser más útil que el conocimiento del orden divino de las cosas«.

C.ALTINI, La fábrica de la soberanía. Maquiavelo, Hobbes, Spinoza y otros modernos, Buenos Aires, El Cuenco de Plata, 2005, 77.

(20) Maquiavelo mismo es quien señala estar al tanto de estos razonamientos:

«Y no se me oculta que muchos han tenido y tienen la opinión de que las cosas del mundo están así gobernadas por la fortuna y por Dios, de modo que los hombres con su prudencia no pueden corregirlas, y más aún, ellas no tienen remedio alguno. Por esta razón, podrían juzgar que no hay motivo para esforzarse en las cosas, y que es mejor dejarse gobernar por la suerte«.

El Príncipe, XXV, 157.

(21) Q. SKINNER, Maquiavelo, 44.

(22) El Príncipe, XXV, 157.

(23) El Príncipe, XXV, 157.

(24) «Los príncipes, no solamente han de cuidar los desórdenes presentes, sino también los futuros, tratando de impedirlos con toda su habilidad porque, previéndolos antes, es fácil remediarlos. En cambio, si se espera a tenerlos encima, la medicina no llegará a tiempo, porque la enfermedad se ha vuelto incurable…

Algo semejante sucede en los asuntos del estado; si [los males] se conocen con anticipación (y esto es dado a una persona prudente), los males que nacen de él se curan rápido. Pero si no se los conoce y se los deja crecer de tal modo que todos los conocen, ya no hay remedio posible«.

El príncipe, III, 69-70.

En sus Discursos, Maquiavelo señalará como otra regla política que si el mal no ha sido detectado de manera tardía y, por tanto, ha logrado desarrollarse hasta alcanzar una dimensión según la cual ya no se es capaz de extinguirlo, se debe intentar contemporizar y negociar con él, antes que intentar oponérsele. Véase Discursos, I, XXXIII.

(25) El Príncipe, XXV, 158.

(26) El Príncipe, XXIV, 156.

(27) El Príncipe, XXV, 158.

(28) J. POCOCK, The Machiavellian Moment, 156.

(29) «A lo largo de todo el desarrollo de los Discursos y de El Príncipe, Maquiavelo juega con la ambigüedad del término virtú. en muchos pasajes se hace difícil establecer los varios matices que el término contiene en sí; entre moral, política y religión, por un lado, y coraje, inteligencia y moderación por otro«.

C. ALTINI, La fábrica de la soberanía, 83.

(30) C. ALTINI, La fábrica de la soberanía, 83.

(31) Q. SKINNER, Maquiavelo, 54.

A diferencia de esta interpretación propuesta por Skinner, Lefort sostiene que el príncipe no sólo debe poseer un conjunto de cualidades que le permitan aliarse a la Fortuna aprovechando la ocasión propicia. Lo que principalmente necesita -y he ahí, según Flyn, «la dimensión más novedosa de la lectura de Maquiavelo hecha por Lefort‘ (B. FLYN, Lefort y lo político. Buenos Aires, Prometeo Libros, 2008, 46) es comprender la lógica propia y universal sobre la cual se sostiene toda institución política:

el deseo de oprimir y mandar que poseen los poderosos y el deseo de no ser oprimido ni sometido que expresa el pueblo llano.

Si tenemos en cuenta que este conflicto, explícito en el capítulo IX de El Príncipe, es constitutivo de la política y, por tanto, inextinguible, la virtud principal del príncipe consistirá en encontrar los medios más eficaces para armonizar este conflicto, estableciendo una alianza con algunas de las dos facciones. Y no perdiendo de vista, sin embargo, la latente posibilidad de un recrudecimiento de los antagonismos.

(32) Resulta evidente, a juicio de Maquiavelo, que quienes se encuentran más expuestos a toda clase de enemigos, y a los avatares propios de la Fortuna, son los príncipes nuevos; es decir, quienes pretenden fundar orden político:

«Debe tenerse en cuenta que nada hay más difícil de tratar, nada más dudoso de conseguir, nada más peligroso de conducir, que hacerse promotor en la introducción de nuevas instituciones, porque el innovador tiene como enemigos a todos los que sacaban provecho de las viejas instituciones y tiene tibios defensores entre los que se verían beneficiados por las nuevas«.

El Príncipe, VI, 81.

Pocock, comentando estos pasajes, dirá que los príncipes que han heredado su reino han sido ya legitimados por la tradición, y se han vuelto por ello relativamente invulnerables a la fortuna, precisando muy poco de la «extraordinaria» virtud que sí precisan, en forma necesaria, los príncipes nuevos.

Véase J. POCOCK, The Machiavellian Moment, 158.

(33) El Príncipe, VI, 79-80; el subrayado es nuestro.

Moisés es un personaje recurrente en las reflexiones de Maquiavelo; de hecho, es uno de los personajes históricos acerca de los cuales el secretario florentino expresa sus mayores elogios.

Wolin ha señalado al respecto una explicación con la que acordamos plenamente. Ha dicho, apoyándose en el capítulo X del libro I de los Discursos, que conforme lo que expresa el propio Maquiavelo,

«la actividad política tiene, como la religión, su hagiologia, su jerarquía de santos integrada por quienes han utilizado creativamente el poder. La primera categoría correspondía a los fundadores de las religiones; la siguiente, a quienes habían establecido reinos y repúblicas; venían luego, en orden de excelencia, los generales, hombres de letras y, por último, los que se habían destacado en cualquiera de las artes«.

S. WOLIN, Política y perspectiva, 241.

En ese marco, Moisés, siendo a la vez el profeta de una las más influyentes religiones de la historia y el fundador de un nuevo estado, ha devenido uno de los más excelsos líderes políticos que ha conocido la humanidad.

(34) R. RASCHELLA, «Prólogo», El Príncipe, 19.

(35) «Digo entonces que en los principados totalmente nuevos, donde hay un príncipe nuevo, las dificultades para conservarlos dependen de la mayor o menor virtud de quien los adquiere. Y como el hecho de convertirse de simple ciudadano en príncipe presupone virtud o fortuna, parece que una u otra mitigaran en parte muchas dificultades; sin embargo, el que menos se ha valido de la fortuna ha conservado más tiempo el poder«.

El Príncipe, VI, 79.

(36) Como señala el propio Maquiavelo al referirse a Moisés, Ciro y Rómulo: «Estas ocasiones, por lo tanto, hicieron a estos hombres felices, y la virtud excepcional de dichos hombres hizo que la ocasión fuera reconocida: así, cada patria resultó ennoblecida y conoció la prosperidad«.

El Príncipe, VI, 80.

(37) «Creo que es prospero aquel que armoniza su modo de proceder con los caracteres de los tiempos. Y que, de igual modo, no es próspero el que tiene un proceder discordante con los tiempos»

El Príncipe, XXV, 158.

Algunas páginas más adelante Maquiavelo vuelve sobre esta misma idea: «Concluyo entonces que si la fortuna cambia y los hombres permanecen obstinados en sus procedimientos, ellos prosperan mientras la una y los otros concuerdan, y no prosperan cuando entran en discordia«.

El Príncipe, XXV, 160.

Similares reflexiones pueden encontrarse en el capítulo IX del libro III de sus Discursos, titulado «De la necesidad de cambiar con los tiempos si se quiere tener siempre buena fortuna«.

(38) El Principe, XXV, 158

Maquiavelo reconoce, sin embargo, la extrema dificultad, o hasta la imposibilidad de que los hombres alcancen esta mutación: «No hay hombre tan prudente que sepa adaptarse a este hecho, ya porque no puede desviarse de aquello a que su propia naturaleza lo inclina, ya también porque al haber prosperado siempre recorriendo un único camino, no se puede convencer de la necesidad de apartarse de él«.

El Príncipe, XXV, 159.

(39) El Príncipe, XXV, 159.

(40) Al respecto, Cassirer señala: «Maquiavelo explica cuáles son las reglas tácticas que deben aplicarse a esta gran batalla permanente contra el poder de la Fortuna. Estas reglas son muy complicadas, y no es cosa fácil aplicarlas apropiadamente.

Contienen, en efecto, dos elementos que parecen excluirse mutuamente. El hombre que quiera mantenerse a pie firme en esta lucha tiene que combinar en su carácter dos cualidades opuestas. Tiene que ser tímido y valeroso; reservado e impetuoso. Tan sólo esta mezcla paradójica puede darle la esperanza de lograr la victoria«.

E. CASSIRER, El Mito del Estado, México, Fondo de Cultura Económica, 2004, 191.

(41) «Las decisiones lentas y tardías no son menos nocivas que las ambiguas«. Discursos, II, XV, 250.

(42) Discursos, III, XLIV, 442.

(43) «Es la contingencia la que decide en buena parte, es la «ocasión» y la tarea del buen político consiste en verla y aprovecharla, confiando en la «fortuna», pero no encomendándose a ella. Y de esta trama de fortuna, virtud y ocasión se puede dar el carácter esencial de la política«.

RASCHELLA, «Introducción», Discursos, 27.

(44) «Maquiavelo vuelve a la concepción pagana, a la de los griegos y romanos. Pero, por otro lado, introduce un elemento nuevo de pensamiento y sentimiento que es específicamente moderno. Es cierta la idea de que la Fortuna rige al mundo; pero es cierta a medias nada más.

El hombre no está sometido a la Fortuna; no está a merced de las olas y los vientos. Debe elegir y gobernar su rumbo. Si deja de cumplir ese deber, la Fortuna se burla de él y lo abandona«.

E. CASSIRER, El Mito del Estado, 190.

(45) El Príncipe, XXV, 160.

Maquiavelo, sin embargo, parece haber oscilado entre esta posición, según la cual la fortuna puede ser dominada merced a una gran fiereza de ánimo, y una posición más cautelosa, o menos optimista respecto de las capacidades del hombre para dominar dicha fuerza.

Al respecto escribirá en sus Discursos: 

«Pero afirmo nuevamente que es cierto, según lo que se ve por todas las historias, que los hombres pueden secundar a la fortuna y no oponérsele, pueden tejer urdimbres y no romperlas. Pero nunca deben abandonarse, porque no saben su fin, y como la fortuna anda por caminos oblicuos e incógnitos, siempre deben tener esperanzas y, así, esperando, no abandonarse, sean cuales sean su fortuna o los trabajos en que se encuentren«.

Discursos, Π, ΧΧΙΧ, 304.

(46) Véase, por ejemplo, el párrafo inicial del «Prólogo» a El Arte de la Guerra (Buenos Aires, Claridad, 2007), donde Maquiavelo contrapone la virilidad de la vida militar -materializada en «sus costumbres y hábitos, en su voz y presencia«- y el carácter poco vinil que, al menos para los miembros del ejército, posee la vida civil.

 

 

«Si vis pacem, para bellum». El Príncipe, la Fortuna y la guerra, por Manuel Tizziani (y Parte 2/2)

SUN TZU: «El Arte de la Guerra». «Someter al enemigo sin librar combate», por Jaime Barrera Parra.