SEVERINO BOECIO Y EL SENTIDO DE LA VIDA

El mensaje de Boecio para ti.

 

El filósofo romano Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio, conocido simplemente como Boecio, nació en Roma en torno al año 480 d.C. En su pensamiento encontramos todavía ideas del estoicismo integradas junto al desarrollo de un naciente escolasticismo.  

Provenía de una importante familia romana y llegó a acumular mucho poder. El rey ostrogodo Teodorico el Grande llegó a darle un cargo que equivaldría actualmente al de primer ministro. Fue acusado, según él injustamente, de conspirar a favor del Imperio bizantino, y enviado a prisión. En torno a 524 d.C., en el último año de su vida, cuando estaba en la cárcel a la espera de que se ejecutara la condena a morir torturado y decapitado, escribió un libro que se ha convertido en un clásico, y que lleva por título La consolación de la filosofía. El libro contiene un diálogo entre el propio Boecio y Filosofía, que es un personaje que se le aparece para aclararle sus dudas sobre el sentido de la vida, el destino, y la lucha entre el bien y el mal.

En ese libro, Boecio lamenta que los malvados a menudo prevalezcan sobre los buenos. ¿Cómo afrontar el hecho de que el mal a veces venza frente al bien? En su diálogo con Filosofía, entiende que esa victoria solo puede ser momentánea, porque cuando los malos ganan se convierten en bestias, mientras que, cuando los buenos consiguen alcanzar lo que se proponen, se sitúan por encima del ser humano y a la altura de seres divinos. Por tanto, el mal nunca podrá tener la última palabra.

El mensaje principal de Boecio para ti es el siguiente: 

Es necesario que tengas la posibilidad de equivocarte en tus decisiones y elegir el mal, para que te des cuenta de sus terribles consecuencias y así comprender que el único camino final para todos es optar por el bien. Cuando sean otros los que actúen mal contigo, mantén siempre tu libre decisión de asumir con tranquilidad lo que te ocurra, sabiendo que el mal nunca vencerá de manera definitiva.

¿Qué opinas?

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BOECIO, sus obras las podemos dividir en:

I. La traducción y/o comentarios de obras clásicas grecolatinas: Buena parte de su tiempo le lleva la traducción de la obra lógica de Aristóteles: el Organon. Entre el 510-511 Boecio hace la traducción y el comentario de las Categorías de Aristóteles. Traduce y comenta el Comentarii in librum Aristotelis Perihermeneias (512). Entre los años 513-514 traduce y comenta de la Analytica priora; en el 517 traduce Analytica posteriora y Elenchi sophistici. Entre los años 518-520 traduce y comenta de los Topica. Tradujo y comentó la Isagoge de Porfirio (508-509), la cual consiste en un comentario a las Categorías de Aristóteles. Comenta la obra de Cicerón, In Cicerones topica (518-520).

II. Escribe Tratados Lógicos: De hypotheticis syllogismis (517); De syllogismis categoricis, De divisione, Introductio ad syllogismos categoricos (513-514); De differentiis topicis. (521- 522).

III. Tratados vinculados a la “ciencia del número” o Quadrivium: Escribe los tratados De institutione arithmetica (502-507); De institutione musica (502-507); De institutione geométrica (502-507); De institutione astronomica (502-507);

IV. Tratados Filosóficos: La Consolación de la Filosofía (De Consolatione Philososophiae) (Alrededor del año 524).

V. Compuso varios opúsculos teológicos. Contra Eutychen et Nestorium (512); De Trinitate (521); De Trinitate, Utrum Pater et Filius et Spiritus Sanctus de divinitate praedicentur (522); De fide católica (522); Liber de hebdomanas

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SEVERINO BOECIO Y EL SENTIDO DE LA VIDA

Por Andrés R. M. Motto

El autor plantea la actualidad de la teoría de Boecio acerca del sentido de la vida desde una relectura y puesta en contexto histórico del De Consolatione Philosophiae. Además de las fuentes neoplatónicas, indaga en las estoicas. Pertenece a las primeras la clásica definición de eternidad y a las segundas la propuesta de imperturbabilidad del sabio. Finalmente, trabaja las categorías de providencia y destino como una distinción importante de la teodicea boeciana.

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1.  Vivir en un momento complejo

Anicio  Manlio  Severino Boecio nació en Roma.  Su nacimiento lo podemos fijar entre el 475 y el 480. Era hijo de Flavio Narsete Manlio Boecio, perteneciente a la ilustre familia patricia de los Anicia. Esta familia se había convertido al cristianismo desde los tiempos de Constantino. En el 487 el padre de Boecio, Flavio, fue nombrado cónsul, durante el reinado de Odoacro. A Flavio le encomiendan una misión en Egipto en el 488, con el cargo de prefecto. Con él marcha a Oriente su joven hijo, viaje que le permitirá afianzar y perfeccionar sus conocimientos de griego. Boecio estudia primero en Atenas y luego en Alejandría; en ambas ciudades tuvo un excelente contacto con el patrimonio cultural griego, en particular con el neoplatonismo y el aristotelismo. En el 490 muere Flavio, y Severino Boecio es confiado a la protección del influyente y culto patricio romano Quinto Aurelio Memio Símaco, quien se encarga de su educación y le cuida como un verdadero padre. Posteriormente, Boecio contraerá matrimonio con Rusticiana,  hija de Símaco, a la que siempre amó y admiró por su discreción, pudor y recato. Con ella tendrá dos hijos varones: Boecio y Símaco. Teodorico, rey de los ostrogodos, en el año 489, había vencido a Odoacro. En el 493 lo vuelve a vencer en Rabena; en esta segunda vez muere Odoacro. Con el reinado de Teodorico, la Italia septentrional queda bajo el dominio godo.2 Bajo el gobierno de Teodorico, en el 510 Boecio asume el cargo de cónsul, cuando contaba con poco más de 30 años. Éste era un hecho poco frecuente, porque más bien se lo reservaba a los ancianos. Sin duda que influyó en la decisión de Teodorico, tanto la nobleza de sus orígenes; su reconocimiento como hombre de cultura y ciencia; y sus buenas relaciones con el Imperio Romano de Oriente.

Teodorico, en cuanto a su religión, era arriano; en cambio Boecio se conservaba fiel a la fe cristiana católica, en comunión con el Papa Símaco. Por su parte, Justino (518-527), emperador del imperio romano de Oriente, era un decidido defensor de la ortodoxia católica. Desde esa convicción persiguió a los monofisitas, e hizo una política de conciliación y de entendimiento con el papado romano. En ese contexto, el 1 de enero del 522 son nombrados cónsules los dos hijos de Boecio. Ese año o el siguiente Boecio asume uno de los cargos más importantes de la administración, el de magister officiorum en la corte del rey ostrogodo Teodorico. Este puesto se asemejaría a lo que actualmente es un Primer Ministro.

 

 

La cuestión de su detención es compleja.3 Ciertamente que una buena parte de los romanos no quería a los godos en el gobierno, y deseaban que el Imperio Romano de Oriente volviese a poseer Roma. Teodorico intentaba obtener el consenso entre los nuevos gobernantes de origen germánico y el viejo patriciado romano.

En cuanto al gobierno de Italia, lo hacía apoyándose en la ayuda directa de los principales representantes del grupo latino, sobre todo la del Senado y la Sede Apostólica. Aun así, seguían las fricciones entre los dos grupos étnicos en conflicto, a los cuales se sumaba una diferencia religiosa: el godo, de confesión arriana, y el latino, católico.

En el 518 había sido sustituido el anciano Anastasio como emperador del Imperio Romano de Oriente, por Justino, un soldado balcánico de habla latina que desde el principio se propuso restaurar la unidad de la Iglesia y el poder bizantino sobre Italia. Esto reavivó los temores de Teodorico sobre una intervención imperial en sus dominios, y la pérdida de la independencia que tenían. En ese contexto, Boecio aparecía como un hombre clave ya que estaba en buenas relaciones con la corte de Bizancio, donde era considerado como un hombre próximo a Justino; y en Roma contaba con partidarios y miembros de la familia anicia situados en buena posición. Esto favorecía su carrera, ya que para Teodorico, Boecio podía ser un buen referente ante los dos sectores. Boecio, como magister officiorum había seguido los desplazamientos del rey por el norte de Italia, entre Rávena, Pavía y Verona. En ese tiempo, había combatido a quienes se presentaran como ambiciosos y sin escrúpulos, ya sean godos o latinos. Por eso, poco tiempo le había bastado para que se viera rodeado por el odio y el resentimiento de una corte dominada por la corrupción. El hecho detonante fue que en el otoño del 523 fueron interceptadas unas  cartas dirigidas por destacados senadores a personas próximas al emperador Justino en unos términos que podían interpretarse como un intento por restaurar el poder imperial en Italia en contra de Teodorico. En estas cartas aparecía implicado el senador Albino, un rico y devoto patricio romano. Boecio, que había tenido conocimiento de las cartas, no emprendió investigación alguna y ocultó los hechos al rey. ¿Por qué no lo hizo? Por una parte, como funcionario real tendría que haber intervenido; por otra parte, consciente de la imposibilidad histórica de dicha restauración, no vio la necesidad de actuar contra personas a quienes le unían firmes lazos de amistad y que consideraba honestas. Es decir, en- tendió que las cartas no contenían una verdadera insurrección; al mismo tiempo sabía que si esos senadores eran descubiertos el castigo que les esperaba iba a ser demasiado grande. Pero Cipriano, secretario privado (referendarius) de Teodorico y enfrentado políticamente con Boecio, al enterarse del hecho, comunicó inmediatamente al rey lo sucedido. El resultado fue que el senador Albino tuvo que declarar. Albino fue acusado de traición junto con otros senadores. Sin preocuparse por su propia seguridad, Boecio y su suegro Símaco emprendieron una valiente defensa de estos senadores. Destaquemos que entre los motivos contra Albino, hay que ver las propias luchas de poder del sector romano del senado dividido entre el partido filobizantino, dirigido por Flavio Festo, y los partidarios de Teodorico, encabezados por Fausto Níger.

 

 

Boecio y Símaco consiguieron librarlos de la condena, pero Cipriano extendió la acusación de traición contra el propio Boecio. Suspendido de su cargo, fue conducido a Pavía mientras su proceso tenía lugar en Roma. Contra él se formuló una triple acusación: un crimen maiestatis por haber impedido que se presentasen los documentos que probaban la culpabilidad del Senado; un crimen perduellionis por haber escrito cartas a sus amigos y al emperador de Oriente en las que proclamaba la libertad de Italia contra la tiranía goda; y un crimen sacrilegii por haber hecho uso de la magia. Lo llamativo era que las tres acusaciones fueron presentadas por Opilio (hermano de Cipriano), Basilio (el suegro de Opilio), y Gaudencio; los tres habían tenido problemas con la justicia, habiendo sido condenados al destierro por corrupción.

De las tres acusaciones, la única realmente verdadera era la de haber ocultado pruebas. Con respecto a la práctica de la magia por parte de Boecio no hay pruebas de ello, a no ser algún interés personal por los horóscopos, lo cual no representaba nada grave, ni se lo podía tildar de magia negra. Las fechas probables de estos acontecimientos son el 523 ó 524. Sin darle oportunidad para defenderse, fue encarcelado en Ticinum, cercana a Pavía.

El proceso, como en los casos de incriminación de hombres de rango consular, se celebró ante un comité de senadores, aquellos mismos a los que había defendido hacía poco, y estuvo presidido por Esebio, el prefecto de la ciudad. Paradójicamente, estos senadores, con la intención de aparecer fieles al rey Teodorico, lo declararon culpable. El rey decretó su muerte y la confiscación de sus bienes. No se sabe la fecha exacta de su ejecución, pero lo más probable es que no fue inmediata. Quizá Teodorico lo mantuvo como un rehén no declarado mientras duró una embajada que este mandó a Bizancio, la cual fracasó. Boecio pasó ese último tiempo preso, despojado de todos sus bienes, incluso de su tan querida biblioteca. Su ejecución habría ocurrido entre el 524 y el 526. En el 526 fue ejecutado también su suegro Símaco.

 

 

La suerte de Teodorico no fue mejor. Aunque se había impuesto en Europa occidental como el soberano bárbaro más poderoso, llevó una política desacertada, muriendo en el año 526 aislado y desilusionado.

¿Cómo entender la misión de Boecio? En su condición de patricio a cargo de una corte bárbara, tenía plena conciencia de que estaba entre dos mundos. Dentro de las múltiples tareas de gobierno, quiso transmitir el cristianismo católico, y la cultura grecolatina a ese nuevo mundo que surgía de mano de los ostrogodos. Fue así, un mediador entre un mundo que se derrumbaba y otro que surgía; por tanto, se propuso salvar lo principal, que a su entender, en lo filosófico estaba constituido por el neoplatonismo y el aristotelismo. Boecio, como digno representante de la latinidad, retomó la obra interrumpida de Cicerón, y quiso trasladar al latín el pensamiento griego. Además, buscó la concordancia entre el pensamiento de Platón y el de Aristóteles. 4 Ahora bien, al vincularnos a la obra de Boecio sentimos la nostalgia que se tiene ante un pasado inconcluso.5 La obra intelectual de nuestro autor está truncada por el drama político en el que se vio inmerso y no pudo salir. De este modo, más que un pensador que logró, en su búsqueda de la verdad, una síntesis de lo más verdadero de estos dos grandes autores, Boecio nos deja un pensamiento pendular, donde en algunas obras se acerca más al pensamiento de Platón, y en otras, al de Aristóteles. Como señalamos, Boecio fue también un pensador cristiano que quiso llevar el tesoro de la fe cristiana a ese mundo nuevo que surgía en Occidente. Allí el cristianismo se extendía a nuevos pueblos, pero también encontraba dificultades y desviaciones, como la arriana. De este modo, Boecio produjo escritos filosóficos y otros propiamente teológicos. En la teología utilizó numerosos conceptos filosóficos (en gran parte platónicos y aristotélicos), dando a sus reflexiones profundidad y precisión. Además, consideraba a la Teodicea como la parte más elevada de la filosofía. Finalmente agreguemos que Boecio, entre sus múltiples funciones de gobierno, no descuidó la educación, intentando devolverle a Roma su alto nivel intelectual.

 

 

2.  El sentido de la vida

Esta temática fundamentalmente la encontramos en su obra De Consolatione Philosophiae (La Consolación de la Filosofía), escrita alrededor del año 524. Es la más célebre y la más original de sus obras. La compuso desde la prisión antes de ser ejecutado. Es un auténtico “testamento filosófico” que Boecio lega a la posteridad. Consta de cinco libros, donde en cada uno intercala prosa y poesía. Es una obra atractiva por su temática existencial, ya que se plantea cuál es el sentido de la vida, si es que lo tiene… Además, desde su propia y doliente experiencia se interroga porqué al justo le suele ir mal en esta vida.

Su estilo  es coloquial, recordando los diálogos platónicos. El discurso de Boecio es un tanto espiralado, haciendo una serie de sucesivas aproximaciones al objeto de la discusión. Esta obra fue escrita sin la ayuda de su importante biblioteca de Roma; sin otro material que su memoria, acude a los textos que son de su predilección. Allí Boecio hace gala de su buen manejo de los poetas griegos y latinos. Nos plantea el tema de que la única cultura fértil es la que llevamos en nosotros mismos, los textos sembrados en nuestra memoria, cuyas palabras se duplican creativamente en nuestras vidas y son ayuda en los momentos de adversidad. En la obra hay referencias platónicas, neoplatónicas y aristotélicas. En esta obra deja en claro su rechazo a la filosofía epicúrea y en parte a la estoica (aunque en la Consolación recurre a alguna de sus ideas). De los epicúreos rechaza su visión sibarítica de la vida; de los estoicos desestima su gnoseología y su noción de que la divinidad guía fatalmente el destino de los hombres.

La problemática de la obra, descripta desde la extrema sinceridad de quien se sabe que va a morir, es planteada, no desde la teología, sino desde la filosofía. Esta opción de Boecio hizo que durante siglos numerosos medievalistas se hayan preguntado por qué un autor que incluso compuso obras teológicas, llegado el momento de la muerte no hiciera una referencia explícitamente cristiana.6 Esto llevó a varias hipótesis. Una fue sostener que las convicciones cristianas de Boecio nunca habían sido demasiado profundas, y que en una situación límite como era enfrentar su muerte, buscó fundamentación en el antiguo paganismo. Otra explicación es que Boecio, después de su Consolación filosófica, pensaba escribir una Consolación teológica,7 pero que la muerte le llegó antes.

Por mi parte entiendo que este será un tema de difícil solución, ya que no se encuentran en los escritos de Boecio datos que arrojen luz acerca de por qué no hizo referencias explícitas a Cristo en la Consolación. Creo que no es sustentable la teoría de que un hombre sobre el que pesa una condena a muerte, tenga pensado, además de terminar su obra, escribir posteriormente una Consolación teológica. Tampoco coincido con quienes afirman que Boecio escribió una Consolación filosófica como opción metodológica de quien quiere sostener una sólida división entre teología y filosofía. Esta división taxativa no era habitual en esa época; además, ante la proximidad de la muerte se suele buscar una reflexión totalizante que dé respuestas a la angustiante realidad que se vive, más que una erudita división de disciplinas. Sin querer resolver definitivamente este enigma, afirmo, desde las obras del autor, que Boecio fue un sincero creyente cristiano, e incluso un buen teólogo. Por otra parte, siguiendo las sinceras páginas de la Consolación, se trasluce que sufrió una real crisis espiritual al ver, como víctima, el sinsentido de la vida. Sinsentido expresado en que en esta vida, con frecuencia, a los malos les va bien y a los buenos mal, especialmente en el terreno del poder y la política. Es posible que haya pensado que la teología cristiana sola no daba suficiente cuenta de sí para explicar por qué se daba esto.8 Por tanto, creo que Boecio intenta dar una honesta respuesta desde lo que él cree que es la verdad: es decir, una teodicea entretejida por el neoplatonismo, el aristotelismo y el cristianismo. De hecho, si bien no hay elementos exclusivamente cristianos, 9 en general no hay elementos contrarios a lo cristiano. Además, al leer la obra, el lector no puede en varias ocasiones dejar de pensar en la figura bíblica de Job, el justo sufriente. Sabemos que todos escribimos para ser leídos, por tanto, Boecio busca la verdad desde afirmaciones que podían ser aceptadas tanto desde el neoplatonismo como desde el cristianismo (enseñanzas que muchos contemporáneos suyos oponían). Unió estas reflexiones para explicarse y explicarle al hombre el verdadero sentido de la vida.

 

 

En el Libro I de La Consolación de la Filosofía Boecio se presenta a sí mismo encarcelado, quejándose del sinsentido de la vida ya que lo van a matar siendo inocente. En esto se le aparece la Filosofía, personificada en una mujer. Ella aunque tiene muchos años está llena de vida. Su vestimenta confeccionada con finísimos hilos estaba desgarrada.10 La Filosofía viene como un médico para consolarlo y curarlo. Ella lo va ha convencer de que su muerte no es un absurdo sino que tiene un sentido. Utiliza para ello varios argumentos, los cuales van superándose en profundidad.

Boecio señala la necesidad de la Filosofía para entender la vida, ya que la misión de ella es precisamente eso: que el hombre pueda entender el sentido de la vida y de la muerte. El hombre necesita la filosofía porque la vida se presenta muchas veces confusa y contradictoria. Este misterio y este acertijo no es posible desvelarlo sin la ayuda de ella. Boecio entiende que la filosofía sirve para lo práctico y lo teórico, por tanto, ella puede permitir contemplar la totalidad de la vida. En esta tarea, opone al conocimiento filosófico, el poético. Boecio, que sin embargo utiliza la poética en su obra, le reconoce sólo una aportación estética que atrae al oyente hacia la verdad que da el saber filosófico.

La filosofía sana como un médico, dando primero curaciones suaves, y luego más fuertes. Al comienzo, ante la presencia de la Filosofía, Boecio mantiene un largo silencio. La Filosofía lo libera de su letargo (una especie de sueño enfermizo) haciéndole evocar a su discípulo que él se ha olvidado de sus antiguos conocimientos y que su alma está aprisionada en la materia. La “medicación” será hacerle acordar. La filosofía le recuerda que no es la primera vez que una sociedad corrupta ataca y pone en peligro a la sabiduría. Le indica las injusticias cometidas contra los filósofos: el exilio de Anaxágoras, las torturas sufridas por Zenón, las muertes de Canio, Séneca y Sorano; poniendo como máximo ejemplo a la injusta muerte de Sócrates. Por tanto, la Filosofía señala que el sabio mantiene una actitud impasible y desprecia todos los peligros del mundo. El filósofo se ve libre de los cambiantes actos de la Fortuna, así como está libre de la presión de los tiranos, de quienes nada espera y nada teme. En la Consolación el prototipo de tirano será Nerón.

Gracias a este recuerdo que le hace la Filosofía, Boecio despierta y comienza una larga queja. No encuentra explicación al desorden que parece imperar en las cosas humanas. Desorden que resulta contradictorio si se afirma la existencia de un Dios bueno y justo. En definitiva ¿la desgracia es el destino de todos los hombres honestos? Boecio realiza una apología de su actuación como político. Expone sus luchas contra los abusos de los poderosos, así como su defensa de los justos y de los indefensos. Precisamente esta actitud que debiera ser la normal en la política le trajo muchas enemistades. En definitiva, Boecio había intentado hacer política promoviendo el bien común de acuerdo a como Platón lo había enseñado. Por eso, eleva una oración a Dios pidiéndole que así como gobierna con imperio y armonía en los astros y en la naturaleza, que también rija la vida de los hombres. Ya que en la vida de los mortales parecería que sólo se puede reconocer el actuar de la ciega Fortuna.

En ese momento, la Filosofía le hace referencia a su exilio, no el físico por estar en la cárcel, sino otro más terrible, del que él mismo se exilió: de la patria celeste de las almas, del reino de Dios. Debe volver a aspirar a ese mundo, ya que eso es lo único importante.

En el Libro I ya habían aparecido referencias a la Fortuna,11 acerca de que ella arbitrariamente dirigía la vida de los hombres. En los libros II y III se profundiza esta cuestión.12 Así en el Libro II se realiza un “careo” entre la Fortuna y Boecio.13 La Fortuna dice que su característica más constante es ser cambiante, su esencia es la mutabilidad, como su rueda, en la que tan pronto se está arriba como se está súbitamente debajo. Además, señala que ella no es la única cambiante, también lo es el cielo (con el clima), el año (con las estaciones) y el mar. Es más, los hombres le piden constancia como expresión de su codicia, para que siempre los mantenga arriba. En cuanto a bienes, la Fortuna le señala a Boecio que a él le dio más bienes que al común de los mortales. Esto último, lejos de consolar a Boecio, le trae más pena ya que “no hay peor clase de desgracia que haber sido feliz”.14 La Fortuna le arguye diciéndole que ella no le despojó de nada, porque a este mundo se viene desnudo. Ella le dio todo como don y ahora se lo retira de la misma manera.

En ese momento, la Filosofía instruye a Boecio acerca de que la Fortuna es mala compañera, dejando, en general, a los hombres sufrientes y desesperados. La Filosofía alecciona al hombre de que, en el fondo, los dones de la Fortuna no dan la felicidad. Los dones de la Fortuna son: las riquezas, la exterioridad, el poder, los puestos importantes y la fama. Estos favores son caducos y momentáneos. La Fortuna sólo da bienes pasajeros. El hombre puede inventarse mil motivos para señalar que esos bienes son importantes y esenciales, pero la realidad es que si uno se convierte a las cosas se degrada. Además, en quien posee mucho se da la contradicción de necesitar de mucho, ya que paradójicamente, en las muchas posesiones se pierde la seguridad. En vez, quien vive de acuerdo a la naturaleza necesita de poco. Señala que las dignidades y el poder son vanidades ya que no hacen buenos al que los posee. Rubrica esta afirmación señalando que estos bienes afortunados muchas veces caen en manos de los malvados. Y en el caso de que lo ejerzan los buenos, a esos buenos se los honrará más por el cargo que por la virtud con que lo ejerzan. Ni siquiera es bueno el deseo de fama para que la gente pueda elogiar lo bueno echo a favor de la república. Este deseo de fama quita la paz y es imposible de cumplir frente a la lejanía de los lugares; la diversidad de gustos; o el descubrir que finalmente nuestras “proezas” son una niñedad frente a la grandeza del universo o a la eternidad. Finalmente, la Filosofía dirá que la Fortuna hace un favor a los hombres cuando les quita esos bienes afortunados, porque así les hace ver a los hombres la vanidad de muchas cosas, e incluso les permite descubrir quienes son los verdaderos amigos (los que acompañan en los malos momentos).

En el Libro III se indica que todos los hombres quieren ser felices. Pero la cuestión estriba en que hay fundamentalmente dos tipos de felicidad. Una felicidad, que en el texto latino se llama felicitas, la cual es falsa, caduca, frágil, imperfecta, mudable, terrena y aparente. Esta felicidad se agota en la búsqueda de riquezas, honores, poder, gloria y placeres. Seguir tras la felicidad afortunada es un camino de angustias y tensiones ya que estos bienes fragmentan al hombre; jamás permanecen iguales; nunca se dan como los imaginamos; traen muchos problemas tanto adquirirlos como retenerlos; no hacen bueno al hombre por el solo hecho de poseerlos. Por tanto, hacer de la búsqueda de estos bienes un absoluto es el gran error de la humanidad. En definitiva:

A pesar de lo arriba afirmado, Boecio constata que la mayoría de los hombres se esfuerzan más por alcanzar los bienes sensibles que los espirituales. La tarea del hombre cabal es desechar las imitaciones de la felicidad y buscar la verdadera.

La Suma Felicidad, que en el texto latino de la Consolación se la llama beatitudo, es la felicidad verdadera. La cual consiste en vivir de acuerdo a la naturaleza guiados por la razón. Esta felicidad se alcanza con la ayuda de Dios y está en Dios. Sólo en Dios, el Bien perfecto, se colma el ansia de ser felices. Esta verdadera felicidad incluye el vivir de acuerdo a la virtud y tener amigos virtuosos. La Fortuna nunca podrá dar esta felicidad… ni arrebatarla. Esta suma felicidad se debe buscar no en lo exterior sino dentro de uno.

Boecio define a la felicidad como “un estado perfecto que reúne a todos los bienes”.16 Por tanto, la felicidad unifica e integra al hombre. El bien tiene para el hombre razón de fin, ya que él sólo desea el bien. Ahora bien, el verdadero y perfecto Bien es Dios; por tanto, esa es la verdadera búsqueda en la vida. Este rastreo no quita que el hombre moderada- mente se incline por la adquisición de bienes menores: independencia, respeto, poder, fama y alegría. Éstos no son malos en sí, pero sólo se los puede apetecer si se reconoce que son bienes menores; además se debe tender a ellos subordinándolos al Bien supremo. La verdadera inteligencia está en captar la unidad de la verdadera felicidad. Y esa se ha de buscar plenamente en Dios. Para que esta búsqueda sea plena, el hombre debe elevarse hacia el mundo de las ideas, que en definitiva está en la mente divina. Por tanto, las cosas de este mundo deben ser un referente para elevarse hacia las ideas. Lo malo es que, por el hecho de tener un cuerpo, o por un amor desordenado al placer o por confundir fines con causas, el hombre puede quedarse mirando este mundo, que no es concluyente ni claro. El ser humano no debe ser cual otro Orfeo que perdió a su amada Eurídice al volver la vista atrás antes de salir del infierno.

Para Boecio el universo está gobernado por la Providencia de Dios. Dios guía el universo con el timón de la bondad. Siendo esto tan claro, se pregunta por qué sufre el justo y por qué a los malos las cosas les van bien:

“…me asombra tanto que se produzca todo lo contrario y los castigos merecidos por los criminales opriman a las buenas gentes mientras los malvados se apoderan de las recompensas debidas a las virtudes; deseo saber cuál es, en tu opinión, la explicación de tan injusta confusión. De hecho estaría menos sorprendido si creyese que el azar trastorna todo a su capricho. Ahora, por contra, la creencia en un Dios que gobierna el universo incrementa mi asombro. Puesto que él a menudo otorga a los buenos recompensas agradables y a los malos desagradables, pero también somete a los buenos a una vida dura y satisface los deseos de los malos, a menos que la causa sea conocida. ¿en qué puede parecer esta conducta diferente de los efectos del azar? 17

 

Para salir de esta cuestión aparentemente inexplicable, Boecio señalará que toda la vida del hombre, incluso el dolor, ha sido querido o permitido por Dios. La vida de los hombres está en las manos de Dios que es Providente. Lo que para el ser humano es un mal o no tiene sentido, en Dios lo tiene. Dios es bondad, y lo que sucede acontece de acuerdo a sus normas, que son buenas. Aunque desde la propia limitación humana se captan muchas cosas como caóticas; para Dios, que tiene un conocimiento perfecto, esas cosas tienen una significación. La Filosofía, que tiene como oficio revelar las cuestiones que parecen no entenderse, le señala que Dios, en su absoluta simplicidad, rige todo a través de su Providencia. A ésta, aplicada a cada uno de los múltiples objetos concretos, se la llama Destino. Dándose por así decir una escala jerárquica de Dios, Providencia y Destino. Desde Dios todo está ordenado para el Bien, aunque los hombres no lo capten de esta manera.

Más allá de las dificultades que la mente humana encuentra para re- conocer el plan de la Providencia, la Filosofía enseña al hombre que el bien siempre triunfa sobre el mal. Para comprender esto se debe captar que si bien la injusticia y el mal no son completamente eliminados de este mundo, existe una vida ultraterrena que restablece el equilibrio turbado.

Llegado este punto, Boecio propone otra cuestión compleja: Si Dios sabe todo lo que va a pasar, ¿qué lugar queda para la libertad humana?

¿No está el hombre totalmente determinado por Dios? La solución estriba en descubrir que la Providencia de Dios no anula la libertad del hombre; por tanto, el hombre debe tener un proyecto ético en su vida. El hombre debe ser en esta vida valiente y sabio, superando la concepción común acerca de que la Fortuna rige la vida humana. Como ejemplos de fortaleza en el bien propondrá los ejemplos señalados en los mitos homéricos de Agamenón, Ulises y Hércules.

 

 

Para poder conciliar la acción de la Providencia divina con la libertad humana, Boecio entra en la difícil cuestión de relacionar la presciencia divina con la libertad humana. Vence esta aparente antinomia desde el concepto de eternidad. Afirmar que Dios es eterno no es sólo indicar que Dios dura para siempre, sino que está más allá del tiempo. Dios conoce todo lo que pasa, desde fuera del tiempo, en su eterno presente. Hablando con precisión, Dios no “prevé” nada, ya que conoce desde su eterno presente. El conocimiento que Dios tiene de los actos humanos no impone necesidad, no los hace menos libres. De esta manera, rechaza todo fatalismo.

Boecio resuelve el tema del sentido de la vida y de la búsqueda de la felicidad con el concepto de Providencia de Dios. Y una Providencia que no anula la libertad del hombre. De este modo, supera el pensamiento estoico que afirmaba un logos cósmico misterioso que quitaba la libertad al hombre, quedándole sólo la libertad interior. En cambio, para Boecio, como la libertad de elección permanece intacta en los mortales, el hombre en esta vida terrena debe optar voluntariamente a favor de la virtud, y por vivir conforme al querer de Dios, ya que:

“Dios, observador que desde lo alto todo lo prevé, y la eternidad siempre presente de su visión concuerda con la futura cualidad de nuestras acciones, dispensando recompensas a los buenos y castigos a los malos. No en vano son puestas en Dios esperanzas y plegarias que, cuando están justificadas, no pueden ser ineficaces. Apartaos, pues, de los vicios, cultivad las virtudes, elevad el espíritu hacia las justas esperanzas, alzad al cielo humildes plegarias. Salvo que queráis engañaros, grande es la necesidad de honestidad que se os impone cuando actuáis ante los ojos de un juez que todo lo ve.” 18

 

 

3.  La teodicea ayuda a encontrar el sentido de la vida

Boecio resalta que Dios se identifica con el Bien más alto.19 Para probar esto señala tres argumentos:20 1) Si los hombres tienen la noción de que algo es imperfecto se da porque tienen una idea previa de perfección. La cual, para no prolongar el argumento hasta el infinito, lleva a Dios, quien es la plenitud de bien y felicidad. Él es el ser plenamente perfecto; y no es posible concebir nada más bueno y grande que Dios. 2) El otro argumento destaca que la felicidad perfecta se encuentra, como todos los bienes perfectos, en Dios; ya que Él no puede recibir de fuera el sumo bien, porque eso implicaría que lo hubiera recibido de algo mayor que Él; por tanto dejaría de ser Dios. 3) Finalmente, el argumento apuntando que entre Dios, la felicidad perfecta, y los bienes perfectos existe una identidad de ser. Boecio señala que la potencia, la independencia, el respeto, la celebridad y el placer son bienes en cuanto se convierten en una sola cosa, al adquirir unidad. Análogamente, señala que lo Uno y el Bien tienen una idéntica esencia, ya que lo que por naturaleza no tiene diferencia, tiene una misma esencia. Boecio puntualiza que se debe captar que el Uno y el Bien son idénticos. Destaca que las cosas mantienen su vida creatural en tanto conservan su unidad: el alma y el cuerpo, incluso las plantas y los seres inanimados (más allá de que no sean conscientes) tienen una tendencia a la autoconservación. Así, todos los seres, en la medida en que actúen de acuerdo a su naturaleza, guardarán el instinto de conservación y evitarán su destrucción. Por consiguiente, todos los seres buscan la unidad, y por consiguiente el bien, ya que son lo mismo. El punto hacia el cual todos los seres se precipitan es hacia el bien. Como Dios es la Unidad absoluta, es al mismo tiempo la Bondad absoluta, y hacia el cual todos aspiran.

Boecio sostiene que Dios ha creado el magnífico universo para difundir el bien, ya que en quien habita la idea de Bien en plenitud se descarta toda envidia. Dios crea de acuerdo a las ideas eternas, las cuales están en su mente. De este modo, Dios es quien crea, une y da movimiento al universo:

“Este mundo, compuesto de partes tan diferentes y opuestas, no habría podido en absoluto constituirse en una forma unitaria si no hubiese existido un ser dotado de unidad, capaz de unir elementos tan diversos. Y una vez reunidos, sin duda la misma diversidad de naturalezas en contradicción las unas con las otras lo separarían y dispersarían, si no existiera un principio de unidad capaz de mantener una cohesión entre los elementos que ha unido entre sí. El orden de la naturaleza no procedería de un modo tan estable ni los distintos elementos desplegarían movimientos tan conformes a lugares, tiempos, capacidad, espacios, cualidades, si no existiera un principio único que, permaneciendo inmóvil, regulara la inestable multiplicidad de estos cambios. Sea lo que sea eso en virtud de lo cual subsisten y se mueven los se- res creados, yo, con un nombre usado por todos, lo llamo Dios”.21

 

 

4.   La Providencia Divina

Boecio sabe que el mundo está regido por Dios; y Él quiere al mundo tal como es, desde siempre, desde su presente absoluto. Pero uno de los temas que más le preocupan es cómo Dios dirige. Señala que Dios no gobierna al mundo con instrumentos externos sino mediante el Bien, que es Él mismo. Boecio capta la administración divina en los planetas del universo, donde hay una gran armonía. También se descubre esta armonía en la tierra ya sea con los minerales, las plantas y los animales. Lo que le parece extraño a Boecio es que Dios dirija con armonía el mundo inferior de los seres no racionales, y que parezca que no guíe la vida de los hombres.22

Aunque Boecio tiene una visión excesivamente providencialista, nunca negó la acción de la libertad humana. La cuestión se resumiría de la siguiente manera: Dios rige todo desde su absoluta simplicidad; pero la mente humana, debido a su limitación, no puede captar panorámicamente esta acción y necesita hacer distinciones. De este modo, distingue entre la Providencia, para indicar como Él conduce todos los movimientos inmutables, y el Destino, para indicar cómo Dios gobierna los elementos más cambiantes. Boecio clarifica más la acción de la Providencia y del Destino dando tres definiciones de Providencia (Providentia) que a su vez se corresponden con tres definiciones de Destino (fatum):

“El origen de todo lo creado, toda la evolución de los seres sujetos a cambio y todo aquello que de alguna manera se mueve, tiene sus causas, su orden y su forma en la inmutabilidad de la inteligencia divina. Ésta, situada en la ciudadela de su propia simplicidad, ha determinado una compleja regla para el gobierno del universo. Esta regla, cuando se la considera en función de la pureza misma de la inteligencia divina, se denomina Providencia; cuando, por el contrario, se la considera en relación a aquello que ella mueve y ordena, los antiguos la llamaron Destino. Se verá claramente que son dos cosas diferentes si se examina mentalmente la naturaleza de ca- da una de ellas: la Providencia es, en efecto, la misma razón divina que, establecida en el principio supremo de todas las cosas, todo lo gobierna; el Destino, por el contrario, es la disposición inherente a todo aquello que puede moverse, mediante el cual la Providencia mantiene a cada cosa estrechamente ligada a su orden. La Providencia, en efecto, abraza a todas las cosas a la vez, aunque sean diferentes, aunque sean infinitas; el Destino, en cambio, distribuye el movimiento de las cosas individualmente una vez distribuidas en los lugares, formas y tiempos, de modo que este desarrollo del orden temporal que encuentra su unidad en la perspectiva de la inteligencia divina, es la Providencia, mientras que esta misma unidad, una vez distribuida y desarrollada en el tiempo, se llama Destino. Aunque se trata de dos entidades diferentes, cada una de ellas depende de la otra pues el orden del Destino procede de la simplicidad de la Providencia [….] lo que resulta absolutamente evidente es que la forma inmutable y simple de aquello que ha de realizarse es la Providencia, mientras que el Destino es el nexo cambiante y el encadenamiento temporal de aquello que la simplicidad divina ha dispuesto llevar a cabo”.23

 

 

Aunque nuestra mente los capte como diferentes, el Destino y la Providencia son dos aspectos de una misma acción divina. Conjugando estas dos acciones es como se han de entender todos los movimientos del mundo, que siempre Dios dirige al bien. Particular atención le dedicará Boecio a la Providencia, porque ella encadena de un modo inmutable la sucesión causal. Así la Providencia guía el movimiento del cielo y de los astros, como el ciclo de la naturaleza. Pero su acción no se agota con los seres irracionales, sino que continúa con los hombres libres. Es decir, fija unas condiciones sobre las cuales deberá obrar la libertad humana. De este modo, Boecio quiere desterrar la noción del azar. Toma de los aristotélicos la noción de azar que ya ellos rechazaban, es decir, “un acontecimiento producido por un movimiento accidental y sin encadenamiento de causas”.24 Boecio no cree en la existencia del azar, indicando que lo que parece debido a la casualidad en realidad se lo puede explicar por la existencia de una serie de causas, que en ese momento el hombre desconoce. Estas causas están en relación con el orden que controla todo por efecto de la Providencia divina. En esta concepción de la Providencia se encuentran ecos de la reflexión cristiana, así como del neoplatonismo y especial- mente del estoico Séneca en su De Providentia:

“Algunos reciben de la Providencia suertes distintamente combinadas en función de la naturaleza de sus almas: a unos los acosa para que un largo periodo de prosperidad no los ablande; a otros los trata con dureza para que fortifiquen las virtudes de su alma con el uso y práctica de la paciencia. Hay algunos que temen, más de lo justo, aquello que son perfectamente capaces de soportar, mientras que otros toman a la ligera, más de lo apropiado, aquello que no son capaces de soportar; a todos estos la Providencia los conduce a través de tristes pruebas al conocimiento de sí mismos. Numerosos son los que han comprado un nombre respetable en este mundo al precio de una muerte gloriosa; algunos, inquebrantables ante la tortura, han dado al resto de los hombres ejemplo de que el mal no puede vencer a la virtud. No hay ninguna duda de que estas pruebas se producen justa y metódicamente, y en beneficio de aquellos a los que les suceden. En realidad, de las mismas premisas se deduce el que los malvados reciban unas veces un tratamiento desagradable, otras uno con- forme a sus deseos. De los desagradables, evidentemente, nadie se sorprende, porque todos están convencidos de que se los merecen se trata de castigos que tienen la función tanto de disuadir a otros de hacer el mal como de corregir a aquellos mismos que los sufren, mientras que los sucesos agradables constituyen para los buenos la prueba elocuente de cómo deben valorar este tipo de prosperidad que ven a menudo al servicio de los malvados […]En realidad la potencia divina es la única para la cual hasta los males se transforman en bienes, ya que, utilizándolos debidamente, logra obtener algún bien. En efecto, un orden bien preciso envuelve todas las cosas, de modo que si algo se aparta del lugar que le ha sido asignado en este orden, vuelve a caer siempre en un orden, aunque sea diferente, para que nada en el reino de la Providencia sea dejado al azar”.25

 

Boecio concilia la presciencia divina con la libertad humana, ya que si no hubiera libertad humana no tendría sentido recompensar a los bue- nos y castigar a los malos. Incluso aún, habría que responsabilizar a Dios, autor de todos los bienes, del origen de los vicios. Tampoco tendría sentido rezar, ni tener esperanza, ya que todo estaría inmutablemente dispuesto. Ahora bien, para salir de este “laberinto”, Boecio ve necesario que se tenga una recta comprensión de lo que es la presciencia divina. Primero va a explicar lo que no es la presciencia divina. Ella no es una conjetura insegura de parte de Dios, como si no fuera mayor que la opinión humana. Tampoco ella es la causa de la necesidad de los acontecimientos en el tiempo.

Señala que Dios conoce las cosas desde la eternidad, por tanto la pres- ciencia divina no impone necesidad a los hechos. La presciencia divina mantiene a la libertad perfectamente intacta. Porque hay cosas que mientras se producen están exentas de necesidad, como son las cosas que hace la libertad humana. Dios ve todo, aún lo contingente, pero lo ve sin imponerle necesidad. Esto se termina de comprender si se capta que la esencia de Dios es la eternidad. Dios, desde la eternidad, en su simple acto de conocimiento, ve todo como presente, lo que para el hombre, que habita en el tiempo, es pasado, presente y futuro. Es decir, lo que para el ser humano puede ser presente, pasado o futuro, para Dios es un eterno presente. De este modo, las cosas presentes para Dios se realizarán sin duda, pero algunas se producen por la necesidad misma de las cosas, mientras que otras se realizan por la libertad del que la realiza: “Por tanto, este conocimiento divino previo no altera la naturaleza de las cosas ni su propiedad y las ve presentes ante sí, tal como se producirán en el tiempo en algún momento futuro. No se confunde en los juicios que hace sobre las cosas y, con una sola mirada de su inteligencia, distingue tanto lo que sucederá de manera necesaria como lo que sucederá de manera no necesaria”.26

 

 

5.  Tiempo y Eternidad

 Boecio, siguiendo la postura aristotélica, afirmará que en Dios no hay movimiento, y por tanto, está fuera del tiempo. Ya que como el tiempo es medida del movimiento, donde no hay movimiento no hay tiempo. Dios no deviene, es Acto Puro, es el Motor Inmóvil. De Dios simplemente se puede decir que es. Por tanto, lo que para nosotros es tiempo sucesional, para Dios es presente. Boecio define a la eternidad como “la posesión tan completa como perfecta de una vida ilimitada”.27 Elimina de la noción de eternidad toda idea de sucesión. La eternidad es una duración real que trasciende al tiempo en cuanto niega lo esencial del tiempo, que es la subdivisión en instantes. O si se quiere, la eternidad sería un instante permanente. Esta es la noción decisiva de eternidad. Al referirse al término posesión Boecio quiere excluir de la idea de eternidad, una concepción puramente negativa, la mera ausencia de tiempo.

El único ser eterno es Dios porque la eternidad es inseparable de la inmutabilidad, atributo exclusivo de Dios. Él es “el que aprehende y posee en una sola vez la completa totalidad de la plenitud de una vida sin límites, aquel a quien no le falta nada del futuro ni se le ha escapado nada del pasado es considerado con razón eterno; y es inevitable que este ser, totalmente dueño de sí mismo, esté siempre presente para sí mismo y tenga como presente el infinito transcurrir del tiempo”.28

Para Boecio, aunque hubiera algo infinito, no por ello sería eterno. Porque lo infinito está sometido a la ley del tiempo. Y ningún ser situado en el tiempo puede abrazar simultáneamente toda la duración de su existencia. El tiempo es un instante que fluye entre el pasado, el presente y el futuro. Por tanto, la simultaneidad del presente en el hombre es muy limitada, porque está inmersa en el tiempo, que necesariamente incluye pasado y futuro.

 

 

6. ¿Cuál es la tarea del hombre en la vida?

Boecio señala que el hombre debe buscar la verdad y el bien, y para ello debe mantenerse en una actitud de armonía.29 Ella se destruye si el hombre se deja arrastrar por sus pasiones: placer, miedo, esperanza y dolor.30 Para el hombre conocer implica elevarse hasta el mundo de las ideas; esa es su tarea irrenunciable. Esta tarea requiere la autorreflexión. Así, el perfeccionamiento del hombre consiste en encauzar su voluntad hacia el bien. La libertad estará bien ejercida si se deja guiar por Dios, por las nobles ideas, y se somete a la justicia.31

Boecio señala que el hombre posee varias formas de conocimiento. En todas ellas el sujeto tiene una función activa, ya que es él quien elabora los datos percibidos y los organiza hasta llegar al concepto. Por los sentidos evalúa la forma considerada desde el punto de vista de la materia. La imaginación estima la forma sola, sin materia. La razón trasciende la forma y justiprecia mediante comparaciones con lo universal la apariencia específica que caracteriza a cada ser en su singularidad. La inteligencia contempla la Forma misma en su simplicidad. La capacidad cognoscitiva superior incluye la que le es inferior, en cambio la inferior no alcanza la forma de conocer superior. Estrictamente para Boecio la forma exclusiva de conocer del hombre es a través de la razón.32 Aunque la inteligencia como tal no pertenece al género humano, sino al divino, por el ejercicio de la filosofía el hombre puede elevarse y aproximarse a las razones divinas.

El hombre, que es fundamentalmente su alma, debe vivir de acuerdo con la naturaleza lo cual implica un movimiento de regreso a su origen. “Todas las cosas tienden a reencontrar sus propios orígenes y cada una se complace en retornar allí”. 33 Este movimiento concluye con el encuentro con Dios, el bien perfecto, que colma el ansia de felicidad. La felicidad misma no se encuentra en la posesión de bienes pasajeros, sino en Dios. De este modo, el hombre que alcanza el Sumo Bien, llega a ser feliz y se diviniza. Esto es así porque la felicidad verdadera se identifica con Dios mismo; por tanto, el hombre que llega a esta situación, sin dejar de ser criatura, es un dios por participación.

Boecio niega la existencia del mal, ya que este, precisamente, es la ausencia de la existencia. Por tanto, ¿por qué en la vida de los hombres se encuentran tantos males? De hecho, el mal moral pone una objeción a la Providencia de Dios. A esto responde que, miradas las cosas desde la altura de las ideas divinas, no hay hombre más poderoso que el que hace el bien, y no hay ser más débil que el que hace el mal. Incluso, el malvado tirano parece que tiene poder pero en realidad no lo posee. Esto es así porque sólo los buenos pueden lograr lo que realmente plenifica al hombre. El malvado nunca alcanza el bien verdadero. El malvado obra el mal a veces por ignorancia; otras veces, aunque conozcan el fin del hombre, las pasiones los desvían del camino correcto. La miseria ética de los malvados es tan grande que prácticamente dejan de existir, se degradan. Aunque Boecio no cree en la transmigración de las almas, sí señala que el hombre que obra el mal se animaliza, se asemeja a los animales, pierde su puesto en el orden de la naturaleza. En cambio, el virtuoso vive la vida plena; es plenamente hombre, porque lo propio del hombre es obrar de acuerdo a la virtud.

Con respecto a los malvados, ellos son más infelices cuando logran llevar a cabo sus deseos, porque querer el mal es una desgracia, y mayor desgracia es poder realizarlo. Aun así, es legítimo que los buenos deseen que los malos no tengan poder. Aquí nuevamente Boecio va a indicar que el poder de los malos es transitorio porque siempre la muerte llega, y mu- chas veces de forma súbita e inesperada. Sin negar que haya un castigo post mortem, señala que los malvados en esta vida ya son castigados pues no hay peor autocastigo que obrar el mal. Incluso, si en vida la justicia los castiga, se puede decir que en ese momento son más felices que cuando logran burlar la justicia; porque ser castigados por la justicia es un bien que los ayuda a ser más conformes con la condición humana. La Filoso- fía en forma personificada dirá a Boecio:

“Hasta este momento he procurado hacerte reconocer que el poder de los malvados, que te parecía tan escandaloso, es en realidad inexistente, y que te dieses cuenta de que aquellos cuya impunidad recriminabas, no escapan nunca a los castigos apropiados a su maldad, y aprendieras además que su libertad de hacer el mal, para la cual rogabas un rápido fin, no dura mucho tiempo y sería más desgraciada si fuera más duradera, y aún mucho más si fuera eterna; y, finalmente, que los malvados son más desgraciados si escapan con una injusta impunidad que si son castigadas con una justa sanción. De estas consideraciones se deduce que están sometidos a los castigos más severos precisamente cuando piensan que quedan impunes”.34

 

Boecio señala que, aunque la mayoría de los mortales no juzgue así de estas cuestiones, es propio del hombre sensato juzgar las cosas desde el ángulo de la virtud y no unirse a quienes hacen consideraciones superficiales o materiales. Si los malvados se dieran cuenta de esto, ellos mismos buscarían ser castigados. Por su parte, lo propio del sabio es ser indulgente, no odiar a nadie, ser tolerantes, amar a los buenos y compadecerse de los malvados. Además, el sabio debe alejar de sí los juicios temerarios, es decir no apurarse a señalar que alguien sea bueno o malo, por- que frecuentemente la inteligencia humana es limitada para estos juicios.

 

 


NOTAS: 

  1. Cf. BOECIO, La Consolación de la Filosofía, Edición de Leonor Pérez Gómez, Madrid, Akal, 1997, 7-92; P. SANTIDRIAN, Breve diccionario de Pensadores Cristianos, Navarra, Verbo Divino, 1991, 74-75; P. GRENET, Historia de la Filosofía Antigua, Barcelona, Herder, 19992, 413-414; J. MOORHEAD, “Boethius and Romans in Ostrogothic  service”,  Historia  27  (1978) 604-612; E. RAPISARDA, La crisi spirituale di Boezio, Catania, 1953, 33 y ss.; J. COLLINS, “Progress and Problems in the reassesment of Boethius”, The Modem Schoolman. 23 (1945-6) 1-23; P. COURCELLE, “Boéce  et  l’école  d’Alexandrie”,  Mélanges d’archéologie et d’histoire de l’École franfaise de Rome 52 (1935) 185-223; P. COURCELLE, “Tradition pla- tonicienne  et  traditions  chrétiennes  du  corps-prison”, Rev. Etud. Lat. 43 (1965) 406-443;COURCELLE, “Le personnage de Philosophie dans la littérature latine”, Journal des Sa- vants 1970, 209-252; M. LUCH-BAIXAULI, “Bibliografía conmemorativa de Manlio Severi- no Boecio”, Scripta Theologica 21 (1989), 213-225; A. MINNIS, (ed.), The Medieval Boethius, Cambridge, 1987.
  2. En Occidente se había producido la traumática caída del Imperio Romano. Las invasiones bárbaras fueron un largo proceso con numerosos matices, que concluye- ron con el derrocamiento del último emperador romano de Occidente: Rómulo Augus- to. Éste había sucedido en el gobierno al anterior emperador Julio Nepote (473-475). Rómulo Augusto tuvo también un gobierno breve (475-476), siendo derrocado a la edad de 13 años por Odoacro (476-493), rey de los hérulos.   La caída del Imperio Romano de Occidente implicó un reordenamiento social que trajo graves problemas, debidos, en buena medida, a la diversidad cultural. Todo es- to produjo un gran sentimiento de inestabilidad. El imperio romano había dominado a los griegos, pero ellos terminaron asumiendo la cultura griega. Al caer Roma, el te- mor era que los grandes avances de la cultura greco-latina desaparecieran. Esta no fue una pérdida total, porque existieron personas que se dedicaron a guardar y transmitir esta cultura a otros pueblos, que en muchos aspectos no habían llegado al grado de evolución de la civilización grecolatina. Recordemos que el término barbari no era sinónimo de salvaje, sino que englobaba a los pueblos que no tenían la cultura greco romana. Estos pueblos bárbaros no eran unidos, sino que guerreaban entre ellos tanto como con los romanos.
  3. Cf. La Consolación de la Filosofía, Libro I, 4, 4-46, Edición a cargo de Leonor Pérez Gómez, Madrid, Akal, 1997.
  4. BOECIO expresó su programa científico en el prólogo a su Commentarii in librum Aristotelis Perihermeneias en el que expone el enciclopédico programa de traducir al latín y comentar toda la obra de lógica, moral y física de Aristóteles, y a continuación hacer lo mismo con la obra de Platón, para poder demostrar la sustancial compatibilidad entre platonismo y aristotelismo en el marco de un proyecto unitario del saber humano. En esta posición Boecio es un continuador del neoplatonismo, especialmente de Plotino y Porfirio.
  5. Sus obras las podemos dividir en: I) La traducción y/o comentarios de obras clásicas grecolatinas: Buena parte de su tiempo le lleva la traducción de la obra lógica de Aristóteles: el Organon. Entre el 510-511 Boecio hace la traducción y el comentario de las Categorías de Aristóteles. Traduce y comenta el Comentarii in librum Aristotelis Perihermeneias (512). Entre los años 513-514 traduce y comenta de la Analytica priora; en el 517 traduce Analytica posteriora y Elenchi sophistici. Entre los años 518-520 traduce y comenta de los Topica. Tradujo y comentó la Isagoge de Porfirio (508-509), la cual consiste en un comentario a las Categorías de Aristóteles. Comenta la obra de Cicerón, In Cicerones topica (518-520). II. Escribe Tratados Lógicos: De hypotheticis syllogismis (517); De syllogismis categoricis, De divisione, Introductio ad syllogismos categoricos (513-514); De differentiis topicis. (521- 522). III. Tratados vinculados a la “ciencia del número” o Quadrivium: Escribe los trata-    dos De institutione arithmetica (502-507); De institutione musica (502-507); De institutione geométrica (502-507); De institutione astronomica (502-507); IV. Tratados Filosóficos: La Consolación de la Filosofía (De Consolatione Philososophiae) (Alrededor del año 524). V. Compuso varios opúsculos teológicos. Contra Eutychen et Nestorium (512); De Tri- nitate (521); De Trinitate, Utrum Pater et Filius et Spiritus Sanctus de divinitate praedicentur (522); De fide católica (522); Liber de hebdomanas.

6. ej. Tomás Moro comparó su prisión en la Torre de Londres con la detención de Jesús, como se ven reflejadas en sus Cartas desde la Torre de Londres.

7. Algunos comentaristas ya desde antiguo pensaron que Boecio se preparaba para escribir una Consolación teológica, tras la filosófica. En esta línea encontramos a H. TRÄNKLE, en “Ist die Philosophiae consolatio des Boethius zum vorgesehenen Abschluss gelangt?”, Vigiliae Christianae 31 (1977) 148-156, quien reflexiona desde el pasaje de La Consolación de la Filosofía IV, 4, Sin afirmar una posible Consolación teológica, REALE y ANTISERI sostienen que Boecio, al haber elegido como argumento los consuelos de la Filosofía, no quiso salirse de ese plan organizativo, distinguiendo claramente una disciplina de la otra. cf. Historia del pensamiento filosófico y científico, Barcelona, Herder, 1992, Tomo I, 403-414.

8. Quizás valga la siguiente comparación. Aunque escrito siglos después, pero también desde una alta valorización del pensamiento clásico, ERASMO DE RÓTTERDAM escribió su Elogio de la locura. Es decir, cuando él quiere explicar la locura, especialmente la del dinero, recurre a muchos conceptos de la cultura clásica pagana que le permiten iluminar la cuestión, aunque podría haber trabajado más especialmente algunas temáticas evangélicas. Aunque en esta obra termina afirmando la “sana” locura de la cruz; ERASMO entiende que su recurso al pensamiento clásico potenció su reflexión ante un auditorio que estaba más consolidado en el cristianismo que el de Boecio. Le habló a un auditorio que ya tenía un patrimonio cristiano, el cual sabemos es lento de formar, y fácil de descarriar. Por tanto frente al espejismo del dinero, entendió que una reflexión con recursos en lo pagano, lejos de disminuir,  podía potenciar  la reflexión

9. Salvo las nociones de creación y de providencia, esta última entendida en un sentido aunque no exclusivo, sí claramente

10. Su ropa estaba desgarrada por las pequeñas escuelas filosóficas, como los epicúreos, los estoicos, los eclécticos que, arrancando jirones, pensaron que poseían la filosofía en

11. La diosa Fortuna de la época clásica romana era una reproducción de la tique Se la representaba con el cuerno de la abundancia, con una rueda en movimiento, con la cual dirige el rumbo de la vida humana, y casi siempre ciega, manifestando lo cambiante y el que no se prendaba de nadie.

12. En el Libro II, de manera figurada (prosopopeya), aparece la Fortuna y ejerce su descargo. A su vez, en el libro III Boecio presenta la necedad de la falsa felicidad pero ya con una argumentación más lógica, sin personificar a la

13. En la obra, Boecio le permite a la Fortuna hacer su descargo, cosa que a él no le fue concedida. Quizá con la intención que una vez leída esta obra a él también se le permita hacer lo

 14. La Consolación de la Filosofía, Libro II, 4,

 15. cit. Libro III, 8, 1-6.

16. cit. Libro III, 2, 3.

 17. cit. Libro IV, 5, 4-6.

 18. cit. Libro V, 6, 45-47.

19. En Boecio la temática de Dios ocupa un lugar Llama a la teología natural la parte más elevada de la filosofía; además, recurre a la teología revelada. Desde estas bases afirma la distinción entre Dios y el mundo (no es panteísta a pesar de su recurso al neoplatonismo). Sostiene la doctrina de la creación; Dios crea para difundir el bien, ya que la idea de “bien” está en Él de un modo pleno y acabado. Al referirse a Dios en el De Trinitate afirma que la substancia Divina es Forma sin materia. Y como pura Forma, Dios es Uno. Boecio, que asume las categorías aristotélicas, expresa que Dios es substancia, pero no en el mismo sentido que la substancia creatural; Dios es “una substancia que es supersubstancial”. También afirma que Dios es el Sumo Bien y quien rige y conduce el orbe.

20. op. cit. Libro III, 10 al 11.

21. cit. Libro III, 12, 5-8.

22. Aunque Boecio está de acuerdo con la ética estoica acerca de la necesidad de las virtudes del valor, la hombría y la serenidad, discrepa con ellos sobre que la vida está regida por el destino y que frente a él lo único que se puede oponer es la libertad

 23. cit. Libro IV, 6, 7-13.

 24. cit. Libro V, 1, 8.

25. cit. Libro IV, 6, 40-53.

 26. cit. Libro V, 6, 21-22.

 27. cit. Libro V, 6, 4

28. Op. cit. Libro V, 6, 8.

29. La antropología de Boecio fluctúa, como todo su pensamiento, entre elementos platónicos y aristotélicos. Señala que el hombre es un ser inteligente y libre. Ya que para él no puede existir una naturaleza.

30. Racional que no posea la libertad de elección. Por la razón el hombre juzga y discierne, distinguiendo por sí mismo lo que de- be desear y lo que debe Cf. op. cit. Libro V, 2, 3-11.

31. op. cit. Libro I, VII, 20-30.

32. op. cit. Libro I, 5, 4-5.

33. “En efecto, los seres animados privados de movilidad como las conchas del mar y otros animales que viven adheridos a las rocas sólo tienen la percepción por los sentidos, con exclusión de cualquier otro modo de conocimiento; en cuanto a la imaginación, corresponde ésta a los animales dotados de movimiento que parecen poseer ya alguna disposición para evitar o desear objetos. La razón, por su parte, pertenece exclusivamente al género humano, así como la inteligencia sólo al divino; de aquí deriva que sea superior a todos el modo de conocimiento que, por su propia naturaleza, conoce no sólo aquello que le es propio sino también aquello que es objeto de los restantes modos de conocimiento”. cit., Libro V, 5, 3-4

34. Op cit. Libro III, II, 34-35.

35. cit. Libro IV, 4, 24-25.

 

 

 

 

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