EL PRÍNCIPE Parte 9
Tabla de contenidos
El Príncipe
Nicolás Maquiavelo
El Principe es una de las primeras manifestaciones para la estructuración de la política como saber científico. Entre sus páginas. se encuentran acercamientos a la moralidad y a la ética en el poder: la disciplina de los ciudadanos ante el peligro y, por último, un llamado desesperado para la liberación de Italia de las fuerzas extranjeras.
ÍNDICE
Nicolás Maquiavelo al Magnífico Lorenzo De Médecis
De las distintas clases de principados y de la forma en que se adquieren
De los principados hereditarios
De los principados mixtos
Por qué el reino de Darío, ocupado por Alejandro, no se sublevó contra los sucesores de éste tras su muerte
De qué manera hay que gobernar las ciudades o los principados que se regían por sus propias leyes, antes de ser ocupados
De los principados nuevos adquiridos por las armas propias y el talento personal
De los principados nuevos que se adquieren con las armas y las fortunas de otros
De los que llegaron al principado mediante crímenes
Del principado civil
Cómo deben medirse las fuerzas de todos los principados
De los principados eclesiásticos
De las distintas clases de milicias y de los soldados mercenarios
De los soldados auxiliares, mixtos y mercenarios
De los deberes del príncipe en lo concerniente al arte de la guerra
De aquellas cosas por las cuales los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o censurados
De la prodigalidad y de la avaricia
De la crueldad y la clemencia; y si es mejor ser temido que amado
De qué modo los príncipes deben cumplir sus promesas
El príncipe debe evitar ser aborrecido y odiado
Si las fortalezas y otras muchas cosas que a menudo hacen los príncipes son útiles o perjudiciales
Cómo debe comportarse un príncipe para ganar renombre
De los secretarios del príncipe
Cómo huir de los aduladores
Por qué los príncipes de Italia perdieron sus Estados
Capítulo XXV
Del poder de la fortuna de las cosas humanas y de los medios para oponérsele
Capítulo XXVI
Exhortación a liberar a Italia de los bárbaros

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EL PRÍNCIPE (Parte 9, Capítulos XX y XXI)

-1-
Algunos príncipes han desarmado a sus súbditos para conservar la seguridad del Estado;
otros han mantenido divididas en facciones sus ciudades;
otros han fomentado enemistades contra sí mismos;
otros se han esforzado por ganarse a aquellos de quienes desconfiaban al comienzo de su gobierno; algunos han construido fortalezas;
algunos las han ocupado y destruido.
Y aunque uno no puede emitir un juicio definitivo sobre estas cosas, a menos que conozca los detalles de aquellos Estados sobre los que hay que tomar una decisión, no obstante hablaré tan extensamente al respecto como la materia en sí permita.

-2-
Nunca ha habido un nuevo príncipe que haya desarmado a sus súbditos;
más bien, los ha armado siempre si los ha encontrado desarmados, porque esas armas se convierten en propias, en fieles los hombres en los que no confiabas;
los dignos de confianza siguen siéndolo y los súbditos se transforman en partidarios.
Y aunque no es posible armar a todos los súbditos, si aquellos a quienes armáis salen beneficiados podréis manejarlos con mayor libertad.
Esta diferencia en el trato, que comprenden perfectamente, hace que los primeros se sientan obligados hacia vos y os excusen los segundos,
que ven natural que quienes más peligro corren y mayores servicios prestan sean los receptores de mayor recompensa.

Pero cuando los desarmáis, les ofendéis al mostrar que desconfiáis de ellos, bien por cobardía o por falta de lealtad, y cualquiera de estas opiniones genera odio.
Y como no podéis permanecer desarmado, recurriréis a mercenarios, cuyo carácter ya he expuesto;
incluso aunque fueran buenos, no bastarían para defenderos de enemigos poderosos y súbditos desleales.
Así, como he señalado, un príncipe nuevo en un principado nuevo siempre ha distribuido armas. Las historias están llenas de ejemplos.
Pero cuando un príncipe adquiere un Estado nuevo, que añade como provincia al suyo, entonces es necesario desarmar a los hombres de ese Estado,
excepto a quienes os han apoyado en su adquisición.
Con tiempo y oportunidad, incluso a estos hay que volverles blandos y afeminados,
y las cosas deben ser gestionadas de tal modo que todas las armas del Estado queden en manos de vuestros propios soldados, que estaban cerca de vos en el viejo Estado.

-3-
Nuestros predecesores, y aquellos considerados sabios, solían decir que era necesario conservar Pistoia mediante las facciones y Pisa mediante fortalezas.
Y con esta idea fomentaron querellas en algunas de sus ciudades tributarias para mantener su posesión con mayor facilidad.
Esto podía ser suficiente en los tiempos en que Italia estaba en cierta medida equilibrada, pero dudo que pueda aceptarse como precepto hoy día, porque no creo que las facciones sean útiles;
más bien es seguro que cuando el enemigo se lance sobre vuestras ciudades divididas, seáis rápidamente derrotados, porque la parte más débil siempre ayudará a las fuerzas exteriores y la otra no será capaz de resistir.

Los venecianos, movidos según pienso por las razones mencionadas, promovieron las facciones de güelfos y gibelinos en las ciudades sometidas;
y aunque jamás les permitieron llegar al derramamiento de sangre, favorecían estas disputas de forma que los ciudadanos, distraídos por sus diferencias, no se unieran contra ellos.
Como hemos visto, al final no salió como se esperaba, porque tras la aplastante derrota en Vaila una de las partes hizo acopio de valor y se apoderó de inmediato del Estado.
Dichos métodos denotan, por tanto, debilidad en el príncipe, porque en un principado vigoroso nunca se permitirán tales facciones; el empleo de ese recurso para conseguir un manejo más fácil de los súbditos solo es útil en tiempos de paz,
pero si llega la guerra esa política se convierte en falaz.

-4-
Sin duda, los príncipes alcanzan la grandeza cuando superan las dificultades y obstáculos a los que se enfrentan.
Y, por tanto, la fortuna, en especial cuando esta desea favorecer a un nuevo príncipe, que tiene mayor necesidad de adquirir renombre que uno hereditario,
hace surgir enemigos que tramen designios contra él con el fin de que tenga la oportunidad de derrotarlos, y por mediación de ellos ascender por una escala elevada por sus enemigos.
Por este motivo muchos consideran que un príncipe sabio, si tiene oportunidad, debería, mediante la astucia, fomentar algo de animosidad contra él para que, una vez aplastada esta, su renombre aumente aún más.
Un príncipe sabio, si tiene oportunidad, debería, mediante la astucia, fomentar algo de animosidad contra él para que, una vez aplastada esta, su renombre aumente aún más.

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Los príncipes, en particular los nuevos, han encontrado mayor lealtad y asistencia en aquellos hombres que al comienzo de su reinado eran objeto de desconfianza que entre aquellos en los que al principio confiaba.
Pandolfo Petrucci, príncipe de Siena,
gobernó su Estado más con ayuda de quienes no le merecían confianza que de los otros.
Pero sobre esta cuestión no es posible generalizar, ya que varía demasiado con cada individuo; solo diré lo siguiente:
que aquellos hombres que al comienzo del principado se han mostrado hostiles, si pertenecen a la descripción de quienes necesitan respaldo para mantenerse, son muy fáciles de ganar y quedarán fuertemente vinculados al servicio leal al príncipe, en cuanto son conscientes de que precisan compensar la mala opinión que este se había hecho de ellos mediante hechos;
así, el príncipe siempre obtiene mayores beneficios de ellos que de quienes se sienten demasiado seguros a su servicio y pueden desatender los asuntos.

Y dado que el tema lo exige, no puedo dejar de advertir a un príncipe que ha adquirido un nuevo Estado a través de favores secretos que debe considerar a fondo las razones que mueven a quienes le favorecieron.
Si no es cuestión de afecto natural por él, sino solo fruto del descontento con el gobierno,
le costará grandes esfuerzos y dificultades mantener su amistad, ya que resultará imposible tenerles contentos.
Sopesando bien las razones de esto en ejemplos que encontramos en asuntos antiguos y modernos, comprobaremos que es más sencillo para el príncipe trabar amistad con aquellos que estaban satisfechos bajo el anterior gobierno, en consecuencia sus enemigos,
que con aquellos que, descontentos, se convirtieron en sus partidarios y le animaron a apoderarse de él.

-6-
Para garantizar la seguridad de sus dominios, ha sido costumbre entre los príncipes construir fortalezas que frenasen a quienes albergaran el propósito de derrocarle y como refugio frente a un primer ataque.
Alabo este sistema, ya empleado anteriormente.
Sin embargo, en nuestros tiempos hemos visto a micer Nicolás Vitelli demoler dos castillos en Città di Castello con el fin de conservar ese Estado;
Guido Ubaldo, duque de Urbino, al retornar a sus dominios, de los que había sido expulsado por César Borgia, no dejó piedra sobre piedra de las fortalezas de la provincia, considerando que, sin ellas, sería más difícil perderla;
a su regreso a Bolonia, los Bentivoglio adoptaron una decisión similar.
Así pues, las fortalezas son útiles o no de acuerdo con las circunstancias; si hacen bien en un sentido, causan daño en otro.
Este tema puede razonarse como sigue:
el príncipe que tenga más que temer del pueblo que de los extranjeros debe construir fortalezas, pero el que tema más a los extranjeros que al pueblo, debería abandonar la idea.
El castillo de Milán construido por Francisco Sforza ha causado, y seguirá causando, más problemas a los Sforza que ningún otro desorden en el Estado.

Por este motivo, la fortaleza más eficaz es el afecto de los súbditos;
aunque poseáis fortalezas no os salvarán si os odian, porque jamás faltarán extranjeros ansiosos de apoyar a un pueblo que se ha alzado en armas contra vos.
En nuestra época nunca se ha visto que tales fortalezas hayan sido útiles para ningún príncipe, salvo para la condesa de Forli (1) cuando su consorte, el conde Girolamo, fue asesinado;
porque por este medio pudo frenar el ataque del pueblo, esperar la ayuda de Milán y recuperar su Estado; la situación era tal en aquel entonces que los extranjeros no podían respaldar al pueblo.
Mas las fortalezas le fueron de poco valor después, cuando atacó César Borgia y el pueblo, su enemigo, se alió con extranjeros. Luego,
habría sido más seguro para ella, tanto en esa circunstancia como con anterioridad, no haber sido odiada por el pueblo que poseer fortalezas.
Examinadas todas estas cuestiones, alabaré a quien construya fortalezas lo mismo que a quien no lo haga, y culparé a quienes, confiando en ellas, no les importe que el pueblo les odie.
Considerato, adunque, tutte queste cose, io lauderò chi farà le fortezze e chi no le farà.
(Examinadas todas estas cuestiones, alabaré a quien construya fortalezas lo mismo que a quien no lo haga)

***
Nota
(1) Catalina Sforza, hija de Galeazzo Sforza y Lucrecia Landriani, nació en 1463 y murió en 1509.
Maquiavelo se presentó como enviado ante la condesa de Forli en 1499. Una carta de Fortunati a la condesa anuncia el nombramiento: He estado con los señores», escribió Fortunati, para averiguar a quién enviarían y cuándo.
Me dicen que Nicolás Maquiavelo, un erudito noble florentino, secretario de la República de los Diez, partirá conmigo de inmediato.
CF. Catalina Sforza, del conde Pasolini.

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Cómo debe comportarse un príncipe para ganar renombre
Nada hace que un príncipe sea más estimado que las grandes empresas y que constituya un buen ejemplo.
En nuestro tiempo contamos con Fernando de Aragón, actual rey de España.

También podríamos llamarle un príncipe nuevo, ya que ha ascendido por medio de la fama y la gloria de rey insignificante a gran príncipe de la cristiandad;
y si examinamos sus actos, comprobaremos que todos fueron grandiosos y algunos de ellos extraordinarios.
Al comienzo de su reinado atacó Granada, y esta acción fue la base de sus dominios.
Inicialmente, procedió calladamente y sin miedo a las dificultades, ya que mantuvo los pensamientos de los nobles de Castilla y de sus súbditos centrados en la guerra, sin anticipar innovación alguna;
no se dieron cuenta de que por estos medios estaba adquiriendo poder y autoridad sobre ellos.

Pudo, con el dinero de la Iglesia y del pueblo, sustentar a sus ejércitos, y con ayuda de esa prolongada campaña sentar los cimientos de la habilidad militar que desde entonces le ha distinguido.
Usando siempre la religión como excusa para abordar planes más ambiciosos,
se lanzó con piadosa crueldad a expulsar de su reino a los moros, dejando su imperio limpio de ellos;
tampoco podría haber ejemplo más admirable o más raro en este aspecto.

Bajo ese mismo manto asaltó África, atacó Italia y finalmente Francia;
sus logros y designios siempre fueron grandiosos y han mantenido a su pueblo en suspenso y admirado, pendiente de los resultados.
Y sus acciones se han sucedido de tal manera, una tras otra, que los hombres no han encontrado nunca tiempo suficiente entre ellas para conjurarse en contra de él.
Una vez más, es de gran ayuda para un príncipe adoptar medidas sorprendentes en los asuntos internos, similares a las que se cuentan de Bernabé de Milán;
así que, cuando tenga oportunidad, recompense o castigue a alguien por haber hecho algo extraordinario, bueno o malo.
Y un príncipe debe, por encima de todo, intentar en todas sus acciones ganarse la reputación de ser un hombre grande y notable.

Un príncipe también es objeto de respeto si es un auténtico amigo o un enemigo declarado,
es decir, cuando sin reserva alguna se declara a favor de una parte o en contra de otra.
Este camino siempre será más ventajoso que permanecer neutral.
Porque, si dos vecinos poderosos se enzarzan, el príncipe puede encontrarse en uno de estos casos:
que tenga que temer a cualquiera de los dos que gane o que no.
En ambos casos resulta más provechoso decidirse por una de las partes y sumarse a la guerra,
porque si no tomáis partido caeréis invariablemente presa del conquistador, para regocijo y satisfacción del vencido, y no tendréis razones que ofrecer, nada que os proteja o defienda.
Porque quien vence no quiere amigos indecisos que no le apoyen en tiempos de prueba; y quien pierda no os protegerá porque no respondisteis voluntariamente, espada en mano, para compartir su suerte.

Antioco entró en Grecia a petición de los etolios para expulsar a los romanos.
Mandó enviados a los aqueos, que eran amigos de los romanos, exhortándoles a permanecer neutrales; por otra parte, los romanos les urgían a que se alzaran en armas.
Esta cuestión llegó a ser discutida en el Consejo de los aqueos, donde la legación de Antíoco intentó persuadirles de que se mantuvieran neutrales.
A esto la delegación romana respondió:
En cuanto a lo que se ha dicho, que es mejor y más ventajoso para vuestro Estado no interferir en la guerra, nada podría ser menos cierto, ya que al no intervenir os convertiréis, sin clemencia ni consideración, en trofeo del conquistador.

Así, ocurrirá que quien no sea vuestro amigo exigirá vuestra neutralidad, mientras que quien sea vuestro amigo os instará a tomar partido mediante las armas.
Los príncipes irresolutos, para evitar riesgos, suelen seguir el camino de la neutralidad,
y en general acaban arruinados.
Pero si un príncipe toma valientemente partido por un bando y la parte con la que se ha aliado triunfa,
aunque el vencedor pueda ser poderoso y tenerle a su merced, no deja de estar en deuda con él y se establece un vínculo de amistad;
y los hombres no son nunca tan desvergonzados como para convertirse en un monumento a la ingratitud oprimiéndoos.
Las victorias, después de todo, nunca son tan completas como para que el triunfador no se va obligado a mostrar algo de deferencia, en especial a la justicia.

Pero si aquel con quien os aliáis pierde, podrá ofreceros cobijo,
mientras pueda os ayudará y os convertiréis en compañeros en un azar de la fortuna que puede presentarse de nuevo.
En el segundo caso, cuando quienes combaten son de tal carácter que no despierta en vos la menor preocupación quién resulte vencedor, tanto mayor habrá de ser la prudencia a la hora de establecer alianzas,
ya que contribuís a la destrucción de alguien al que, de haber actuado sabiamente, habría salvado el otro;
y si es imposible para este ganar sin vuestra asistencia, queda a vuestra discreción, y los príncipes deberían evitar en lo posible estar a discreción de nadie.
Debo señalar que un príncipe no debería establecer una alianza con alguien más poderoso que él con el fin de atacar a otros, a menos que le obligue a hacerlo la necesidad, como se ha mencionado más arriba;
porque si conquista, quedáis a su disposición, y los príncipes han de evitar en lo posible estar a merced de nadie.

Los venecianosse unieron a Francia contra el duque de Milán,
y esta alianza, que causó su ruina, podría haber sido evitada.
Pero si no es posible, como les ocurrió a los florentinos cuando el papa y España enviaron ejércitos a atacar Lombardía, el príncipe debería decantarse por una de las partes por los motivos anteriormente expuestos.
Que ningún gobierno se permita creer que puede escoger caminos absolutamente seguros;
que piense más bien que tendrá que tomar muchos en extremo dudosos, porque en los asuntos ordinarios siempre se descubre que uno no puede evitar un problema sin incurrir en otro;
la prudencia consiste en saber distinguir el carácter de los problemas y optar por el mal menor.

Debbe ancora uno principe monstrarsi amatore delle virtu, et onorare li eccellenti in una arte.
(Un príncipe también debe mostrarse amante del talento y honrar a todo el que se distinga en una de las artes).
Un príncipe también debe mostrarse amante del talento y honrar a todo el que se distinga en una de las artes.
Al mismo tiempo, debería animar a sus ciudadanos a practicar pacíficamente sus actividades, tanto en el comercio como en la agricultura, no disuadir a nadie de mejorar su posesiones por temor a que le sean arrebatadas o convertirse en comerciante por miedo a los impuestos;
el príncipe debería ofrecer recompensas a quien desee llevar a cabo estas actividades y quiera honrar de algún modo su ciudad o su Estado.
Además, debería entretener al pueblo con festivales y espectáculos en épocas convenientes del año; y ya que toda ciudad está dividida en gremios o en sociedades,
ha de mostrar gran estima por tales organizaciones, ser un ejemplo de cortesía y liberalidad sin abandonar, no obstante, la majestad de su rango, ya que jamás debe consentir que esta merme en ningún aspecto.

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