¿EXISTE UN «YO» REAL?, por Jiddu Krishnamurti (1979)

¿EXISTE UN «YO» REAL?

 

¿Es posible liberarse alguna vez de la actividad egocéntrica? ¿Existe un yo real?

Jiddu Krishnamurti, Brockwood Park 1979

 

 

¿Es posible liberarse alguna vez de la actividad egocéntrica?

¿Existe un yo real aparte de la imagen que uno mismo ha creado?

(Is it possible ever to be free of self-centred activity?

Is there a real self apart from the self-created image?)

 

¿EXISTE UN YO REAL?
Jiddu Krishnamurti y Nitya en la playa.

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¿EXISTE UN «YO» REAL?

El texto examina la naturaleza del ego y la posibilidad de trascender la actividad egocéntrica que define nuestra identidad cotidiana.

Krishnamurti argumenta que el «yo» es una construcción mental alimentada por posesiones, creencias y apegos que inevitablemente generan división y conflicto social.

El autor sostiene que cualquier esfuerzo consciente por eliminar el ego solo sirve para fortalecerlo, ya que el deseo de superación sigue siendo una manifestación del centro personal.

En lugar de la lucha, propone una percepción profunda y directa de la verdad sobre el desapego para disolver las barreras internas.

Al renunciar a la identificación con lo conocido, surge una responsabilidad auténtica que no depende de intereses particulares o etiquetas sociales.

Finalmente, se plantea que la libertad absoluta solo es posible cuando el individuo deja de alimentar la estructura del pensamiento que sostiene al sujeto separado del mundo.

 
 

Disolviendo el centro: La liberación de la actividad egocéntrica

 
Para comprender la raíz del sufrimiento y del conflicto humano, es imperativo plantearnos una pregunta fundamental:
 
¿es posible liberarse de la actividad egocéntrica?
 
 
Para abordar esta cuestión, primero debemos examinar con honestidad y claridad qué entendemos por el «yo«, ese centro, ego o personalidad desde el cual pensamos, actuamos y sentimos.
 
Si analizamos nuestra experiencia diaria, descubriremos que el «yo» no es un concepto abstracto, sino una estructura muy concreta.
 

El ego está conformado por todas nuestras sensaciones, sentimientos, aspiraciones románticas, ambiciones, y por nuestro profundo sentido de posesión sobre cosas y personas, como nuestra casa o nuestra familia.

 
El ego está conformado por todas nuestras sensaciones, sentimientos, aspiraciones románticas, ambiciones, y por nuestro profundo sentido de posesión sobre cosas y personas, como nuestra casa o nuestra familia.
Este centro agrupa nuestras reacciones, nuestras luchas, la infelicidad y la dicha, extendiéndose también a nuestras identidades más amplias:
 
la nacionalidad, la tradición familiar y hasta nuestras búsquedas espirituales.
 
 
Desde este epicentro, que opera tanto en la superficie consciente como en la profunda consciencia interna oculta, surgen todas nuestras acciones y opiniones.
 
Ante esta realidad, muchas tradiciones sugieren que existe un verdadero «yo» o un principio supremo separado de este ego terrenal.
 
Sin embargo, cualquier concepto que construyamos de un «yo superior» o «supremo» sigue siendo producto de la imaginación y del pensamiento, es decir, sigue siendo una invención del mismo ego.
 
En el momento en que empleamos palabras para describir algo más allá del ««, seguimos operando desde ese mismo centro.
 
 
Acción sin conflicto
 
 
La urgencia de disolver este centro radica en su naturaleza destructiva. El «yo» es, por definición, un elemento activo de división que fragmenta la realidad en «el yo y el usted«, «nosotros y ellos«. 
 
El «yo» es, por definición, un elemento activo de división que fragmenta la realidad en «el yo y el usted«, «nosotros y ellos«
 
Al identificarnos ciegamente con un país, una creencia política o religiosa, generamos fronteras insalvables.
 
 
Y donde hay división, inevitablemente tiene que haber conflicto.
 
 
 
 
Históricamente, esta división ha sido la causa de guerras tremendas, violencia, crueldad y una enorme agonía social.
 
A nivel personal, este centro es el motor oculto detrás de todos nuestros miedos, problemas, sufrimientos e incluso nuestros placeres.
 
Al comprender este panorama, surge el impulso de luchar para erradicar el ego.
 
Aquí es donde caemos en la trampa más sutil:
 
cuanto más esfuerzo hacemos para liberarnos del centro, más fortalecemos ese mismo ego.
 
 
 
meditacion y relacion
 
 
Si intentamos imponernos disciplinas, adoptar nuevas vestimentas o realizar prácticas para alcanzar la «espiritualidad«, el «yo» simplemente se apropia de ese esfuerzo, se identifica con el nuevo ideal y proclama orgulloso:
 
«Lo he logrado».
 
 
Un «yo» haciendo el esfuerzo de liberarse de sí mismo sigue siendo el «yo» imaginando su propia libertad, persiguiendo un ideal con el mismo nivel de codicia y lucha de siempre.
 
Entonces, ¿qué podemos hacer?
 
La clave reside en la posibilidad de liberarse sin esfuerzo algunoEsto no significa volvernos apáticos, encerrarnos en nosotros mismos, o hacer irresponsablemente lo que nos plazca, pues todo ello es simplemente otra faceta del ego en acción.
 
La verdadera liberación implica examinar directamente los cimientos del «yo»,
 
siendo el apego uno de sus pilares más fuertes.
 
 
Se requiere la capacidad de estar en el mundo sin estar identificado con nada:
 
ni con nuestra reputación, ni con nuestras experiencias, ni con nuestro país, ni siquiera con nuestros ideales.
 
 
 
 
 
Sorprendentemente, de este profundo y auténtico desapego no surge la indiferencia, sino un verdadero y vasto sentido de la responsabilidad.
 
El mayor obstáculo para esta transformación es nuestra propia complacencia;
 
preferimos mantener nuestro status quo con ligeras modificaciones y seguir peleando, bajo la excusa de que necesitamos «tiempo» para cambiar.
 
 
Sin embargo, la disolución del ego no requiere tiempo, requiere atención.
 
Si logramos ver genuinamente el horror, la división y los conflictos que el apego genera en nuestras relaciones y en el mundo, esa misma percepción directa de la verdad es lo único capaz de hacernos verdaderamente libres.
 
Si logramos ver genuinamente el horror, la división y los conflictos que el apego genera en nuestras relaciones y en el mundo, esa misma percepción directa de la verdad es lo único capaz de hacernos verdaderamente libres.
 
Su propia percepción es la que libera.

 

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