EL PRÍNCIPE, por Nicolás Maquiavelo (Parte 1)

El Príncipe

Nicolás Maquiavelo

 

ÍNDICE

Presentación

Nicolás Maquiavelo al Magnífico Lorenzo De Médecis

Capítulo I

De las distintas clases de principados y de la forma en que se adquieren

Capítulo II

De los principados hereditarios

Capítulo III

De los principados mixtos

Capítulo IV

Por qué el reino de Darío, ocupado por Alejandro, no se sublevó contra los sucesores de éste tras su muerte

Capítulo V

De qué manera hay que gobernar las ciudades o los principados que se regían por sus propias leyes, antes de ser ocupados

Capítulo VI

De los principados nuevos adquiridos por las armas propias y el talento personal

Capítulo VII

De los principados nuevos que se adquieren con las armas y las fortunas de otros

Capítulo VIII

De los que llegaron al principado mediante crímenes

Capítulo IX

Del principado civil

Capítulo X

Cómo deben medirse las fuerzas de todos los principados

Capítulo XI

De los principados eclesiásticos

Capítulo XII

De las distintas clases de milicias y de los soldados mercenarios

Capítulo XIII

De los soldados auxiliares, mixtos y mercenarios

Capítulo XIV

De los deberes del príncipe en lo concerniente al arte de la guerra

Capítulo XV

De aquellas cosas por las cuales los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o censurados

Capítulo XVI

De la prodigalidad y de la avaricia

Capítulo XVII

De la crueldad y la clemencia; y si es mejor ser temido que amado

Capítulo XVIII

De qué modo los príncipes deben cumplir sus promesas

Capítulo XIX

El príncipe debe evitar ser aborrecido y odiado

Capítulo XX

Si las fortalezas que los príncipes hacen con frecuencia, son útiles o no

Capítulo XXI

Cómo debe comportarse un príncipe para ser estimado

Capítulo XXII

De los secretarios del príncipe

Capítulo XXIII

Cómo huir de los aduladores

Capítulo XXIV

Por qué los príncipes de Italia perdieron sus Estados

Capítulo XXV

Del poder de la fortuna de las cosas humanas y de los medios para oponérsele

Capítulo XXVI

Exhortación a liberar a Italia de los bárbaros

 

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PRESENTACIÓN: Nicolás Maquiavelo al Magnífico Lorenzo De Médecis

Lorenzo de Medici, «el magnifico».

 

Los que desean congraciarse con un príncipe suelen presentársele con aquello que reputan por más precioso entre lo que poseen o con lo que, según su juicio, más ha de agradarle. De ahí que se vea que, muchas veces, le son regalados caballos, armas, telas de oro, piedras preciosas y parecidos adornos dignos de su grandeza.

Deseando, pues, presentarme ante Vuestra Magnificencia con algún testimonio de mi sometimiento, no he encontrado entre lo poco que poseo nada que me sea más caro o que tanto estime como el conocimiento de las acciones de los hombres, adquirido gracias a una larga experiencia de las cosas modernas y a un incesante estudio de las antiguas. Acciones que, luego de examinar y meditar durante mucho tiempo y con gran seriedad, he encerrado en el corto volumen que os dirijo.

Y aunque juzgo esta obra indigna de Vuestra Magnificencia, no por eso confío menos en que sabréis aceptarla, considerando que no puedo haceros mejor regalo que poneros en condición de poder entender, en brevísimo tiempo, todo cuanto he aprendido en muchos años y a costa de tantos sinsabores y peligros.

 

No he adornado ni hinchado esta obra con cláusulas interminables, ni con palabras ampulosas y magníficas, ni con cualesquieres atractivos o adornos extrínsecos, cuales muchos suelen hacer con sus cosas.

 

No he adornado ni hinchado esta obra con cláusulas interminables, ni con palabras ampulosas y magníficas, ni con cualesquieres atractivos o adornos extrínsecos, cuales muchos suelen hacer con sus cosas. He querido que sólo la variedad de la materia y la gravedad del tema le honren o le sean gratas. No quiero que se mire como presunción el que un hombre de humilde cuna se atreva a examinar y a criticar el gobierno de los príncipes.

Porque, así como aquellos que dibujan un paisaje se colocan en el llano para apreciar mejor las montañas y los lugares altos, y para apreciar mejor el llano escalan los montes; así, para conocer bien la naturaleza de los pueblos, hay que ser príncipe y para conocer la de los príncipes, hay que pertenecer al pueblo.

Acoja, pues, Vuestra Magnificencia, este modesto obsequio con el mismo ánimo con que yo lo hago. Si lo lee y lo medita con atención, descubrirá en él un vivísimo deseo mío: el de que Vuestra Magnificencia llegue a la grandeza que el destino y sus virtudes le auguran. Y si Vuestra Magnificencia, desde la cúspide de su altura, vuelve alguna vez la vista hacia este llano, comprenderá cuán inmerecidamente soporto una gran y constante malignidad de la suerte.

 

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CAPÍTULO I: De las distintas clases de principados y de la forma en que se adquieren

El Príncipe Nicolás Maquiavelo

 

Todos los Estados, todas las dominaciones que han ejercido y ejercen soberanía sobre los hombres, han sido y son repúblicas o principados.

Los principados son:

Hereditarios, cuando una misma familia ha reinado en ellos largo tiempo o Nuevos.

Los nuevos lo son del todo, como lo fue Milán bajo Francisco Sforza, o son como miembros agregados al Estado hereditario del príncipe que los adquiere, como es el reino de Nápoles para el Rey de España.

 

Los dominios así añadidos están acostumbrados a vivir bajo un príncipe o a ser libres; se adquieren por las armas propias o por las ajenas; por la suerte o por la virtud.

 

Los dominios así añadidos están acostumbrados a vivir bajo un príncipe o a ser libres; se adquieren por las armas propias o por las ajenas; por la suerte o por la virtud.

 

Lorenzo de Medici (el Magnífico, 1449-1492) y César Borgia (1475-1507) fueron figuras clave del Renacimiento italiano, representando modelos opuestos de poder: la diplomacia y el mecenazgo cultural florentino frente a la ambición militar y el nepotismo maquiavélico de los Estados Pontificios.

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CAPÍTULO II: De los principados hereditarios

Florence, Santa Maria Novella, Chapel Maggiore or Tornabuoni. Domenico Ghirlandaio (1449-1494), Stories of the Virgin Mary: Annunciation to Zacharias, 1485-1490, fresco. Detail: Cristoforo Landino, Angelo Poliziano and Marsilio Ficino.

 

Dejaré a un lado el discutir sobre las repúblicas porque ya en otra ocasión lo he hecho extensamente. Me dedicaré sólo a los principados para ir tejiendo la urdimbre de mis opiniones, para así establecer cómo pueden gobernar y conservarse tales principados.

En primer lugar, me parece que es más fácil conservar un Estado hereditario, acostumbrado a una dinastía, que mantener un Estado nuevo.

 

Es más fácil conservar un Estado hereditario, acostumbrado a una dinastía, que mantener un Estado nuevo.

Basta no alterar el orden establecido por los príncipes anteriores y contemporizar después con los cambios que puedan producirse

 

Basta no alterar el orden establecido por los príncipes anteriores y contemporizar después con los cambios que puedan producirse. De tal modo que, si el príncipe es de mediana inteligencia, se mantendrá siempre en su Estado, a menos que una fuerza arrolladora lo arroje de él y, aunque así sucediese, sólo tendría que esperar a que el usurpador sufra el primer tropiezo para reconquistarlo.

 

Hércules I de Este (del italiano: Ercole I d’Este) (Ferrara, 26 de octubre de 1431-Ferrara, 25 de enero de 1505) fue duque de Ferrara, de Módena y Reggio de 1471 a 1505. Era miembro de la Casa de Este y apodado «El diamante» y «Viento del Norte».

 

Tenemos en Italia, por ejemplo, al duque de Ferrara que no resistió los asaltos de los venecianos en 1484 ni los del papa Julio II en 1510, por motivos ajenos a la antigüedad de su soberanía en el dominio.

Porque el príncipe natural tiene menos razones. y menor necesidad de ofender.

 

El príncipe natural tiene menos razones. y menor necesidad de ofender.

Es lógico que sea más amado y, a menos que vicios excesivos le atraigan el odio, es razonable que le quieran con naturalidad los suyos.

 

De donde es lógico que sea más amado y, a menos que vicios excesivos le atraigan el odio, es razonable que le quieran con naturalidad los suyos. En la antigüedad y continuidad de la dinastía se borran los recuerdos, los motivos que la trajeron, pues un cambio deja siempre la piedra angular para la edificación de otro.

 

En la antigüedad y continuidad de la dinastía se borran los recuerdos, los motivos que la trajeron, pues un cambio deja siempre la piedra angular para la edificación de otro

 

Retrato de Julio II por Rafael Sanzio (1511, National Gallery de Londres).

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CAPÍTULO III: De los principados mixtos

Maquiavelo y César Borgia

Pero las dificultades existen en los principados nuevos. Y si no es nuevo del todo, sino como miembro agregado a un conjunto anterior, que puede llamarse así mixto, sus incertidumbres nacen en primer lugar de una natural dificultad que se encuentra en todos los principados nuevos.

Dificultad que estriba en que los hombres cambian con gusto de Señor, creyendo mejorar. Esta creencia los impulsa a tornar las armas contra él, engañándose, pues luego la experiencia les enseña que han empeorado.

Esto resulta de otra necesidad natural y común que obliga al príncipe a ofender a sus nuevos súbditos, con tropas o con mil vejaciones que el acto de la conquista lleva consigo.

De modo que, tienes por enemigos a todos los que has ofendido al ocupar el principado y no puedes conservar como amigos a los que te han ayudado a conquistarlo; porque no puedes satisfacerlos como ellos esperaban y, puesto que les estás obligado, tampoco puedes emplear medidas fuertes contra ellos; porque siempre, aunque se descanse en ejércitos poderosísimos, se tiene necesidad. de la colaboración de los lugareños para entrar en una provincia.

Por estas razones, Luis XII, rey de Francia, ocupó a Milán y rápidamente la perdió. Bastó la primera vez para arrebatárselo las mismas fuerzas de Ludovico Sforza, porque los pueblos que le habían abierto las puertas, al verse defraudados en las esperanzas que sobre el buen futuro habían abrigado, no podían soportar con resignación las imposiciones del nuevo príncipe.

 

Ludovico Sforza, conocido como Ludovico el Moro (1452-1508), fue duque de Milán y una figura central en la política italiana del Renacimiento, frecuentemente citado por Nicolás Maquiavelo en El Príncipe y otros escritos como un ejemplo de los peligros de la ambición desmedida, la mala gestión política y la dependencia de fuerzas extranjeras.

 

Bien es cierto que los territorios rebelados se pierden con más dificultad cuando se conquistan por segunda vez. El señor, aprovechándose de la rebelión, vacila menos en asegurar su poder castigando a los delincuentes, vigilando a los sospechosos y reforzando las partes más débiles.

De modo que, si para hacer perder Milán a Francia la primera vez bastó un duque Ludovico que hiciese un poco de ruido en las fronteras, para hacérselo perder la segunda se necesitó que todo el mundo se concertase en su contra, y que sus ejércitos fuesen aniquilados y arrojados de Italia, lo cual se explica por las razones antedichas.

Desde luego, Francia perdió a Milán tanto la primera como la segunda vez. Las razones generales de la primera ya han sido discurridas; quedan ahora las de la segunda. Queda ver los medios de lo cuáles disponía o, en todo caso, de qué hubiese podido disponer alguien en el lugar de Luis XII para conservar la conquista mejor que él.

Estos Estados que al adquirirse se agregan a uno más antiguo, o son de la misma provincia y de la misma lengua o no lo sonCuando lo son, es muy fácil conservarlos, sobre todo cuando no están acostumbrados a vivir libres y, para afianzarse en el poder, basta con haber borrado la línea del príncipe que los gobernaba.

Por lo demás, siempre que se respeten sus costumbres y las ventajas de las que gozaban, los hombres permanecen sosegados.

 

Retrato hecho en el taller de Jean Perréal, c. 1514. Royal Collection, palacio de Hampton Court (Reino Unido). Luis XII de Francia, o anteriormente Luis II de Orleans (Blois, 27 de junio de 1462-París, 1 de enero de 1515), fue rey de Francia de 1498 a 1515. Luis XII era Hijo del duque Carlos I de Orleans y María de Cléveris, recibió el nombre de padre del pueblo en los Estados Generales de 1506.

 

En el caso de Borgoña, Bretaña, Gascuña y Normandía, se ha visto que están sujetas a Francia desde hace tanto tiempo. Aun cuando hay alguna diferencia de idioma, sus costumbres son parecidas y pueden convivir en armonía.

En un futuro quien los adquiera, si desea conservarlos, debe tener dos cuidados:

primero, que la descendencia del anterior príncipe desaparezca;

segundo, que ni sus leyes ni sus tributos sean alterados.

 

Y se verá que, en brevísimo tiempo, el principal adquirido pasa a constituir un solo y mismo cuerpo con el principado conquistador.

Caso contrario es cuando se adquieren Estados en una provincia con idioma, costumbres y organización diferentes, surgen entonces las dificultades. Hace falta mucha suerte y mucha habilidad para conservarlos.

Uno de los grandes y más eficaces remedios sería que la persona que los adquiera fuese a vivir en ellos.

Esto haría más segura y más duradera la posesión. Como ha hecho el Turco (el Imperio turco) con Grecia, ya que, a despecho de todas las disposiciones tomadas para conservar aquel Estado, no habría conseguido retenerlo si no hubiese ido a establecerse allí.

Porque, de esta manera, se ven nacer los desórdenes y se los puede reprimir con prontitud. Al residir en otra parte, se entera uno cuando ya son grandes y no tienen remedio.

Además, los representantes del príncipe no pueden saquear la provincia. Los súbditos están más satisfechos porque pueden recurrir a él fácilmente.

Si quieren ser buenos, tienen más oportunidades para amarlo y, si quieren proceder de otra manera, para temerlo.

 

 

Los extranjeros que desearan apoderarse del Estado tendrían mis respetos; ya que, habitando en él, con muchísima dificultad podrá perderlo el príncipe.

 

Otro buen remedio es mandar colonias a uno o dos lugares que sean sitios claves de aquel Estado, a falta de poder mantener numerosas tropas en el control del sitio.

 

Otro buen remedio es mandar colonias a uno o dos lugares que sean sitios claves de aquel Estado, a falta de poder mantener numerosas tropas en el control del sitio.

En las colonias no se gasta mucho. Con esos pocos gastos se las gobierna y se las conserva, y sólo se perjudica a aquellos a quienes se arrebatan los campos y las casas para darlas a los nuevos habitantes, que forman una mínima parte de aquel Estado. Ya que los damnificados son pobres y andan dispersos, jamás pueden significar peligro.

En cuanto a los demás, se quedan tranquilos. Por una parte, no tienen motivos para considerarse perjudicados y, por la otra, temen incurrir en falta y exponerse al destino de los despojados.

Concluyo que las colonias no cuestan, que son muy fieles y entrañan menos peligro; debido a que los damnificados no pueden causar molestias, porque son pobres y están aislados, como ya he dicho.

Ha de notarse que a los hombres hay que conquistarlos o eliminarlos, porque si se vengan de las ofensas leves, de las graves no se atreven. Por lo tanto, la ofensa hecha al hombre ha de ser tan grave que le resulte imposible vengarse.

Si en vez de las colonias se emplea la ocupación militar, el gasto es mucho mayor porque el mantenimiento de la guardia absorbe las rentas del Estado y la adquisición se convierte en pérdida. Además, se perjudica e incomoda a todos con el frecuente cambio del alojamiento de las tropas. Incomodidad y perjuicio que todos sufren; por los cuales, todos se vuelven enemigos.

Son enemigos que deben temerse, aun cuando permanezcan encerrados en sus casas. La ocupación militar es, pues, desde cualquier punto de vista, tan inútil como útiles son las colonias.

El príncipe que anexe una provincia de costumbres, lengua y organización distintas a las de la suya, debe también convertirse en paladín y defensor de los vecinos menos poderosos, ingeniarse para debilitar a los de mayor poderío y cuidarse de que, bajo ningún pretexto, entre en su Estado un extranjero tan poderoso como él.

 

El príncipe que anexe una provincia de costumbres, lengua y organización distintas a las de la suya, debe también convertirse en paladín y defensor de los vecinos menos poderosos, ingeniarse para debilitar a los de mayor poderío y cuidarse de que, bajo ningún pretexto, entre en su Estado un extranjero tan poderoso como él

 

Escena de la batalla de Corinto (146 a. C.): El último día antes de que las legiones romanas saquearan e incendiaran la ciudad griega de Corinto. Le Dernier Jour de Corinthe, Tony Robert-Fleury, 1870.

 

Siempre sucede que el recién llegado se pone de parte de aquellos que, por ambición o por miedo, están descontentos de su gobierno, como ya se vio cuando los etolios llamaron a los romanos a Grecia:

los invasores entraron en las demás provincias llamados por sus propios habitantes.

 

Lo que ocurre comúnmente es que, no bien un extranjero poderoso entra en una provincia, se le adhieren todos los que sienten envidia de quien es más fuerte entre ellos, de modo que el extranjero no necesita gran fatiga para ganarlos a su causa, ya que, enseguida y de buena gana, forman un bloque con el Estado invasor.

Sólo tiene que preocuparse de que después sus aliados no adquieran demasiada fuerza y autoridad, cosa que puede hacer fácilmente con sus tropas, que abatirán a los poderosos y lo dejarán árbitro único de la provincia.

Sin embargo, quien no gobierne bien perderá muy pronto lo que hubiere conquistado. Aun cuando lo conserve, tropezará con infinitas dificultades y obstáculos.

Los romanos, en las provincias de las cuales se hicieron dueños, observaron perfectamente estas reglas. Establecieron colonias, respetaron a los menos poderosos sin aumentar su poder, avasallaron a los poderosos y no permitieron adquirir influencia en el país a los extranjeros poderosos.

 

Establecieron colonias, respetaron a los menos poderosos sin aumentar su poder, avasallaron a los poderosos y no permitieron adquirir influencia en el país a los extranjeros poderosos.

 

Acaya (Achaias), país de los Aqueos

 

Lo sucedido en la provincia de Grecia me basta como ejemplo.

Fueron respetados acayos (Aqueos. Originarios de Acaya) y etolios, fue sometido el reino de los macedonios, fue expulsado Antioco.

Sin embargo, nunca los méritos que hicieron acayos o etolios los llevaron a permitirles expansión alguna. Ni las palabras de Filipo los indujeron a tenerlo como amigo sin someterlo; ni el poder de Antioco pudo hacer que consintiesen darle algún estado en la provincia.

En estos casos, los romanos hicieron lo que todo príncipe prudente debe hacer. No es simplemente preocuparse de los desórdenes presentes, sino también de los futuros y de evitar los primeros a cualquier precio.

Los problemas prevenidos a tiempo se pueden remediar con facilidad, pero si se espera que progresen, la medicina llega a deshora pues la enfermedad se ha vuelto incurable. Sucede lo que los médicos dicen del tísico:

al principio, su mal es difícil de conocer, pero fácil de curar; mientras que, con el transcurso del tiempo, al no haber sido conocido ni atajado, se vuelve fácil de conocer, pero difícil de curar.

 

Así pasa en las cosas del Estado:

los males que nacen en él, cuando se los descubre a tiempo, se los cura pronto; pero ya no tienen remedio cuando, por no haberlos advertido, se los deja crecer hasta el punto de que todo el mundo los ve.

 

Los romanos vieron con tiempo los inconvenientes, los remediaron siempre y jamás les dejaron seguir su curso por evitar una guerra. Sabían que una guerra no se evita, sino que se difiere para provecho ajeno.

La declaración contra Filipo y contra Antioco en Grecia, para no verse obligados a sostenerla en Italia. En ese entonces podian evitarla tanto en una como en otra parte, pero no lo quisieron. Nunca fueron partidarios de ese consejo que está en boca de todos los sabios de nuestra época:

«Hay que esperarlo todo del tiempo».

 

Ellos prefirieron confiar en su prudencia y en su valor, sin ignorar que el tiempo puede traer cualquier cosa consigo. Puede engendrar tanto el bien como el mal, tanto el mal como el bien.

Pero volvamos a Francia y examinemos si se ha hecho algo de lo dicho. Hablaré no de Carlos VIII, sino de Luis XII. Es decir, quien ayuda a otro a hacerse poderoso, causa su propia ruina, aquel que, por haber dominado más tiempo en Italia, nos ha permitido apreciar mejor su conducta.

 

Es decir, quien ayuda a otro a hacerse poderoso, causa su propia ruina.

 

 

Y se verá cómo ha realizado lo contrario de lo que debe concebirse para conservar un Estado de distinta nacionalidad.

El rey Luis XII fue llevado a Italia por la ambición de los venecianos, quienes querían, gracias a su intervención, conquistar la mitad de Lombardía.

Yo no pretendo censurar la decisión tomada por el rey. Si tenía el propósito de empezar a introducirse en Italia, carente de amigos y con todas las puertas cerrándose a causa de los desmanes del rey Carlos VIII, no podía menos que aceptar las amistades que se le ofrecían.

Por ello, habría triunfado en su designio si no hubiese cometido error alguno en sus medidas posteriores.

Conquistada, pues, la Lombardía, el rey pronto recobró para Francia la reputación que Carlos le había hecho perder. Génova cedió; los florentinos le brindaron su amistad.

El marqués de Mantua, el duque de Ferrara, los Bentivoglio, la señora de Furli, los señores de Faenza de Pésaro, de Rímini, de Camerino y de Piombino, los luqueses, los paisanos y los sieneses, todos trataron de convertirse en sus amigos.

Sólo entonces pudieron comprender los venecianos la temeridad de su ocurrencia:

para apoderarse de dos ciudades de Lombardía, hicieron dueño de las dos terceras partes de Italia a un rey extranjero.

 

Considérese ahora con qué facilidad el rey podía conservar su influencia en Italia.

Con tal de haber observado las reglas enunciadas; defendido a sus amigos, quienes, por ser numerosos, débiles y temer unos a los venecianos y otros a la Iglesia, estaban siempre necesitados de su apoyo; por medio de ellos, pudo haber contenido sin dificultad a los pocos enemigos grandes que quedaban.

 

Alexandre V (Creta, 1339 – Bolonia, 3 de mayo de 1410) fue «Antipapa» del 1409 al 1410 (Cisma de Occidente).

 

Sin embargo, pronto obró al revés en Milán al ayudar al papa Alejandro V para que ocupase la Romaña.

No advirtió que, con esta medida, perdía a sus amigos y a quienes se habían puesto bajo su protección.

A la par que debilitaba sus propias fuerzas, engrandecía a la Iglesia que ya bastante autoridad le daba, al añadir excesivo poder temporal al espiritual.

 

A la par que debilitaba sus propias fuerzas, engrandecía a la Iglesia que ya bastante autoridad le daba, al añadir excesivo poder temporal al espiritual.

 

Al cometer un primer error, hubo de seguir por el mismo camino.

Por ejemplo, para poner fin a la ambición de Alejandro V e impedir que se convirtiese en señor de Toscana, se vio obligado a volver a Italia. No le bastó haber engrandecido a la Iglesia y perdido a sus amigos, sino que, para gozar tranquilo del reino de Nápoles, lo compartió con el rey de España; donde él era antes árbitro único.

 

La familia Borgia retratada por Dante Gabriel Rossetti.

 

Además, en lugar de colocar un rey tributario, puso a un compañero que podía echarlo a él para que los ambiciosos y los descontentos de la provincia tuviesen a quien recurrir.

El ansia de conquista es, sin duda, un sentimiento muy natural y común. Siempre que alcancen quienes estén en posibilidad, antes serán alabados que censurados, pero, cuando intentan hacerlo a toda costa los que no pueden, la censura es lícita.

Si Francia podía con sus fuerzas apoderarse de Nápoles, debía hacerlo pero, si no podía, no debía dividirlo. Si el reparto que hizo de Lombardía con los venecianos era excusable porque le permitió entrar en Italia. Lo otro, que no estaba justificado por ninguna necesidad, es reprobable.

En resumen, Luis XII cometió cinco faltas:

aniquiló a los débiles,

aumentó el poder de un hombre poderoso de Italia,

introdujo en ella a un extranjero más poderoso aún,

no se estableció en el territorio conquistado

y no fundó colonias.

 

Sin embargo, estas faltas, por lo menos en vida, podrían no haber traído consecuencias desastrosas al evitar la sexta:

despojar de su territorio y de su gobierno a los venecianos.

 

Era muy razonable y hasta necesario que los sometiese, aunque no hubiese fortalecido a la Iglesia o introducido a España en Italia, pero cometido el error, nunca debió consentir en la ruina de los venecianos.

Poderosos como eran, habrían mantenido a los otros siempre distantes de toda acción contra Lombardía; ya porque su ambición de ser los únicos dueños mantendría la alerta constante, ya porque los otros no hubiesen querido arrebatársela a Francia para dársela a los venecianos, ya porque su propia falta de audacia les impidiera abatir a ambas naciones.

Si alguien discutiera que el rey Luis XII cedió la Romaña a Alejandro V y Nápoles a España para evitar la guerra, contestaría con las razones ya utilizadas:

para evitar una guerra nunca se debe crear un desastre porque no se la evita, sino se la posterga en perjuicio propio.

 

César Borgia, Duque de Valentinois, Duque de Romagna, Príncipe de Andria y Venafro, Conde de Dyois, Señor de Piombino, Camerino, Duque de Urbino, Cardenal, Confaloniero de la Iglesia y Capitán General de la Iglesia[. Altobello Melone, retrato de un gentilhombre antiguamente creído retrato de César Borgia, Bérgamo, Accademia Carrara.

 

En cambio, si otros alegasen la promesa que el rey había hecho al Papa, de ejecutar la empresa en su favor para obtener la disolución de su matrimonio con su esposa Juana y el capelo cardenalicio para el arzobispo de Ruán, respondería con lo que más adelante explicaré sobre la fe de los príncipes y de la forma de observarla.

El rey Luis XII ha perdido, pues, la Lombardía por no haber seguido ninguna de las normas impuestas por aquellos que conquistaron provincias y quisieron conservarlas. No se trata de milagro alguno, sino de un hecho muy natural y lógico.

Así se lo dije en Nantes al cardenal de Ruan mientras que «el Valentino«, como era llamado César Borgia por el pueblo, hijo del papa Alejandro V, ocupaba la Romaña.

Como me dijera el cardenal de Ruán que los italianos no entendían nada de los asuntos de guerra, yo tuve que contestarle que los franceses entendían menos de los temas referidos al Estado porque, de lo contrario, no hubiesen dejado que la Iglesia adquiriese tanta influencia.

 

Ya se ha visto como, después de haber contribuido a crear la grandeza de la Iglesia y la de España en Italia, Francia fue arruinada por ellas.

 

Ya se ha visto como, después de haber contribuido a crear la grandeza de la Iglesia y la de España en Italia, Francia fue arruinada por ellas. De lo cual se infiere una regla general que rara vez:

quien ayuda a otro a hacerse poderoso, causa su propia ruina, ya que, de forma natural, quien se ha vuelto poderoso recela de la misma astucia, o de la misma fuerza, por la cual ha alcanzado la grandeza.

 

Nicolás Maquiavelo y la razón de estado El Principe

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