LA ABOLICIÓN DEL HOMBRE («La abolición del hombre», Capítulo 3 y final), por C. S. Lewis

 

La abolición del hombre

«La abolición del hombre«, por C. S. Lewis

Capítulo 3
 

C. S. Lewis, analiza cómo el progreso científico y la supuesta conquista de la naturaleza desembocan en realidad en el dominio de unos pocos hombres sobre el resto.

El autor sostiene que, al despojar al mundo de valores objetivos y reducir la esencia humana a simple materia prima, la civilización se dirige hacia la abolición del hombre.

En este proceso, los «Manipuladores» utilizan la tecnología y la educación para moldear a las futuras generaciones según sus propios impulsos irracionales, al haber abandonado la ley moral universal o Tao.

Finalmente, se advierte que tratar de explicar la conciencia humana únicamente a través de lo cuantitativo destruye aquello que se pretende entender.

Para evitar este vacío, se propone una nueva ciencia que respete la realidad integral del objeto en lugar de consumirlo para obtener poder.

 
 

La abolición del hombre

Capítulo 3
 
Gustave Doré, The Heavenly Hosts, c. 1866, illustration to Paradise Lost
 
 
«La conquista de la Naturaleza por parte del hombre» es una expresión utilizada habitualmente para describir el progreso de las ciencias aplicadas
 
«El Hombre ha derrotado a la Naturaleza», le dijo alguien a un amigo mío hace poco tiempo. En su contexto, estas palabras tenían una cierta trágica belleza, pues quien las pronunciaba se estaba muriendo de tuberculosis.
 
«No importa», siguió diciendo:
«Sé que soy una de las bajas. Está claro que hay bajas tanto en la parte ganadora como en la perdedora. Pero eso no altera el hecho de que sea ganadora.
 
He elegido esta historia como punto de partida con el fin de poner en claro que no deseo menospreciar todo lo que de verdaderamente beneficioso existe en el proceso descrito como «La conquista humana», y mucho menos toda la verdadera pasión y el sacrificio personal que lo han hecho posible.
 
Pero una vez dicho esto, debo proceder a analizar esta concepción un poco más de cerca. ¿En qué sentido es el Hombre el poseedor de un poder creciente sobre la naturaleza?
 
Consideremos tres ejemplos típicos:
el avión, la radio y los anticonceptivos.
 
En una comunidad civilizada y en tiempos de paz, cualquiera que se lo pueda permitir puede hacer uso de estas tres cosas. Pero no se puede decir estrictamente que quien lo hace esté ejercitando su poder personal o individual sobre la Naturaleza. Si te pago para que me lleves no se puede decir que yo sea un hombre con poderío.
 
Todas y cada una de las tres cosas que he mencionado les pueden ser negadas a algunos hombres por parte de otros hombres:
por los que las venden, o por los que permiten la venta, o por los que poseen los medios de producción o por quienes los producen.
 
Lo que llamamos el poder del Hombre es, en realidad, un poder que poseen algunos hombres, que pueden permitir o no que el resto de los hombres se beneficien de él.
 
De nuevo, en lo que se refiere al poder del avión o de la radio, el Hombre es tanto el paciente u objeto como el poseedor de tal poder, puesto que es blanco tanto de las bombas como de la propaganda.
 
En lo que respecta a los anticonceptivos, existe paradójicamente un sentido negativo por el que todas las posibles generaciones futuras son pacientes u objetos de un poder que ejercen sobre ellas los que aún vivenA través de la contracepción, simplemente se les niega la existencia; a través de la contracepción, usada como medio de engendrar selectivamente, se les obliga a ser, sin que se les pida opinión, lo que una generación, por sus propias razones, pueda elegir.
 
A través de la contracepción, simplemente se les niega la existencia; a través de la contracepción, usada como medio de engendrar selectivamente, se les obliga a ser, sin que se les pida opinión, lo que una generación, por sus propias razones, pueda elegir.
 
Bajo este punto de vista, lo que llamamos el poder del Hombre sobre la Naturaleza se revela como un poder ejercido por algunos hombres sobre otros con la Naturaleza como instrumento.
 
 
 
 
Por supuesto que es un tópico lamentarse de que, hasta ahora, los hombres han usado equivocadamente y contra sus propios congéneres el poder que la ciencia les ha otorgado. Ni siquiera es éste el punto sobre el que pretendo reflexionar.
 
No me estoy refiriendo a abusos o corrupciones particulares que una mayor moralidad pudiera subsanar; estoy considerando lo que debe ser siempre y esencialmente lo que llamamos
«el poder del Hombre sobre la Naturaleza».
 
Sin duda, este cuadro se podría modificar con la estatalización de las materias primas y de las empresas y mediante el control público de la investigación científica. Pero, a menos de que existiera un único Estado mundial, esto todavía significaría la preponderancia de unas naciones sobre otras.
 
E incluso en esta única Nación o Estado mundial, significaría (en general) el poder de las mayorías sobre las minorías y (en particular) el poder del gobierno sobre el pueblo. Y todas las acciones de poder a largo plazo, especialmente en lo que respecta a la natalidad, significan el poder de las generaciones previas sobre las posteriores
 
 
E incluso en esta única Nación o Estado mundial, significaría (en general) el poder de las mayorías sobre las minorías y (en particular) el poder del gobierno sobre el pueblo.
 
 
Este último punto no siempre se enfatiza lo suficiente, pues los estudiosos de los asuntos sociales aún no han aprendido a imitar a los físicos en la consideración del tiempo como una dimensión.
 
A fin de comprender totalmente lo que el poder del Hombre sobre la Naturaleza y, por tanto, el poder de algunos hombres sobre otros, significa realmente, debemos considerar en el tiempo la raza humana, desde la fecha de su aparición hasta la de su extinción.
 
Cada generación ejercita un poder sobre sus sucesores:
y cada una, en la medida en que modifica el medio ambiente que hereda y en la medida en que se rebela contra la tradición, limita y se resiste al poder de sus predecesores.
 
Esto modifica el cuadro que, a veces, se nos presenta:
una progresiva emancipación frente a la tradición y un control progresivo de los procesos naturales resultantes del continuo incremento del poder humano.
 
 
 
En realidad, por supuesto, si cada generación realmente alcanzara, mediante una educación eugenésica y científica, el poder de realizar en sus descendientes lo que ella deseara, cualquier hombre que viviera tras dicha generación sería objeto de tal poderY no sería más fuerte, sino más débil:
aunque hayamos podido poner útil maquinaria en sus manos, habremos prefijado cómo se debe usar.
 
Y si, como suele suceder, la generación que hubiera logrado el máximo poder sobre la posteridad fuera también la generación más emancipada de la tradición, se vería comprometida en reducir el poder de sus predecesores tan drásticamente como el de sus sucesores.
 
También tenemos que recordar que, aparte de esto, cuanto más reciente es una generación, tanto más cercana está de la fecha en que las especies se hayan de extinguir, y tanto menos poder tendrá para avanzar, pues sus sujetos serán cada vez menos en número.
 
Por consiguiente, no se puede plantear la cuestión del poder conferido a la raza como algo que se asienta con firmeza en la medida en que la raza progresa.
 
Los últimos hombres, lejos de ser los herederos del poder, serán sobre todo los más sujetos a la mano mortal de los grandes planificadores y manipuladores, y serán menos capaces de ejercer un poder sobre el futuro.
 
 
 
 
El cuadro resultante es el de una época dominante -pongamos por caso el siglo X d.C.- que resiste con éxito a las generaciones precedentes y domina de forma irresistible a las posteriores y, por tanto, es la auténtica guía de la especie humana.
 
Y centrándonos en esta generación, (que es en sí una minoría infinitesimal de la especie) el poder lo ejercerá una minoría aún más reducida.
 
La conquista de la Naturaleza, si se cumple el sueño de ciertos científicos planificadores, resultará ser el proyecto de algunos cientos de hombres sobre miles de millones de ellos. Ni hay ni puede haber incremento alguno del poder por parte del Hombre.
 
Todo poder conquistado por el hombre es también un poder ejercido sobre el hombre. Todo avance debilita al tiempo que fortalece. En toda victoria, el general, además de triunfar, es también el esclavo que sigue al coche triunfal
 
Aún no estoy considerando si el resultado de tales victorias ambivalentes es bueno o malo. Sólo pretendo clarificar lo que significa la conquista de la Naturaleza verdaderamente y, en especial, cuál es el peldaño final de tal conquista (peldaño que, por otra parte, no parece estar lejano).
 
El peldaño final se alcanza cuando mediante la eugenesia, mediante la manipulación prenatal y mediante una educación y una propaganda basadas en una perfecta psicología aplicada, el Hombre logra un completo control sobre sí mismo.
 
 
 
 
La naturaleza humana será el último eslabón de la Naturaleza que capitulará ante el Hombre. En ese momento se habrá ganado la batalla. Habremos de ser libres para hacer de nuestra especie aquello que deseemos. La batalla estará, ciertamente, ganada. ¿Pero quién, en concreto, la habrá ganado?
 
El poder del Hombre para hacer de sí mismo lo que le plazca significa, como hemos visto, el poder de algunos hombres para hacer de otros lo que les place
 
El poder del Hombre para hacer de sí mismo lo que le plazca significa, como hemos visto, el poder de algunos hombres para hacer de otros lo que les place. No cabe duda de que siempre, a lo largo de la historia, la educación y la cultura, de algún modo, han pretendido ejercer dicho poder.
 
Pero la situación que tenemos en ciernes es novedosa en dos aspectos.
 
En primer lugar, el poder estará magnificado. Hasta ahora, los planes educativos han logrado poco de lo que pretendían y de hecho, cuando los repasamos (como Platón considera a cada niño «un bastardo que se refugia tras un pupitre», y cómo Elyot desearía que el niño no viese hombre alguno hasta los siete años y, cumplida esta edad, no viese a ninguna mujer, y cómo Locke quiere a los niños con zapatos rotos y sin aptitudes para la poesía) podemos agradecer la beneficiosa obstinación de las madres reales, de las niñeras reales, y, sobre todo, de los niños reales por mantener la raza humana en el grado de salud que todavía tiene.
 
Pero los que moldeen al hombre en esta nueva era estarán armados con los poderes de un estado omnicompetente y una irresistible tecnología científica:
se obtendrá finalmente una raza de manipuladores que podrán, verdaderamente, moldear la posteridad a su antojo
 
 
 
 
La segunda diferencia es, si cabe, más importante aún.
 
En los antiguos sistemas, tanto el tipo de hombre que los educadores han pretendido producir como sus motivos para hacerlo estaban prescritos por el Tao:
una norma a la que estaban sujetos los propios maestros y frente a la que no pretendían tener la libertad de desviarse.
 
No aquilataban a los hombres según un esquema por ellos preestablecido. Manejaban lo que habían recibido:
iniciaban al joven neófito en el misterio de la humanidad que a ambos concernía; es decir: los pájaros adultos enseñando a volar a los jóvenes.
 
Pero esto se modificará. Los valores no son simplemente fenómenos naturales. Se pretende generar juicios de valor en el alumno como resultado de una manipulación. Sea cual fuere el Tao, será el resultado y no el motivo de la educación.
 
Los Manipuladores se han emancipado de todo esto. Han conquistado una parcela más de la Naturaleza. El origen último de toda acción humana ya no es, para ellos, algo dado. Es algo que manejan, como se hace con la electricidad:
es misión de los Manipuladores controlar dicho origen y no someterse a él.
 
Saben cómo concienciar y qué tipo de conciencia suscitar. Ellos se sitúan aparte, por encima. Estamos considerando el último eslabón de la lucha del Hombre ante la Naturaleza. La última victoria se ha producido. La naturaleza humana ha sido conquistada y también, por consiguiente, ha conquistado, sea cual fuere el sentido de dichas palabras.
 
Los Manipuladores, en ese punto, estarán en condiciones de elegir el tipo de Tao artificial que quieran imponer, según sus propias razones adecuadas, sobre la raza humana. Son los motivadores, los creadores de motivos. ¿Pero a partir de dónde sacarán ellos esos motivos?
 
En principio, quizás tengan reminiscencias en sus propias mentes del antiguo Tao natural. Por tanto, se considerarán a sí mismos como servidores y guardianes de la humanidad y creerán tener el «deber» de hacerlo «bien». Pero sólo la confusión les permitirá permanecer en esta situación.
 
Se considerarán a sí mismos como servidores y guardianes de la humanidad y creerán tener el «deber» de hacerlo «bien».
 
Pero sólo la confusión les permitirá permanecer en esta situación.
 
 
 
Consideran el concepto de deber como el resultado de ciertos procesos que ahora pueden gobernar. Su victoria ha consistido, precisamente, en pasar del estado en que eran objetos de dichos procesos al estado en que los utilizan como herramientas.
 
Su victoria ha consistido, precisamente, en pasar del estado en que eran objetos de dichos procesos al estado en que los utilizan como herramientas.
 
Una de las cosas que deben decidir ahora es si condicionarnos al resto de tal modo que podamos seguir teniendo la vieja idea del deber y las antiguas reacciones ante él. ¿De qué manera les puede ayudar el deber a decidir una cosa así?.
 
Someten a juicio el propio deber:
pero en dicho juicio el deber no puede ser al tiempo juez.
 
Y, así, lo intrínsecamente «bueno» se queda estancado, no mejora. Saben con precisión cómo producir en nosotros una docena de concepciones diferentes del bien.
 
La cuestión es cuál de ellas se lleva a la práctica, en caso de que se lleve alguna. Ninguna de las distintas concepciones del bien les puede ayudar a decidir. Es absurdo centrarse en algo que se compara para hacerlo modelo de comparación.
 
A alguien le podría parecer que estoy imaginando dificultades ficticias para mis Manipuladores. Otros críticos, más ingenuos, podrían preguntar:
«¿Por qué presupones que son tan malvados?».
 
Sin embargo, yo no presupongo que sean hombres malvados, pues ni siquiera son ya hombres en el antiguo sentido de la palabra.
 
Son, si se quiere, hombres que han sacrificado su parte de humanidad tradicional a fin de dedicarse a decidir lo que a partir de ahora ha de ser la «Humanidad».
 
«Bueno» y «malo», aplicadas a ellos, son palabras vacías, puesto que el contenido de las mismas se deriva, en adelante, de ellos mismos. No es ficticia, por consiguiente, la dificultad. Podemos suponer que fue posible decir:
«Después de todo, la mayoría queremos más o menos lo mismo: comida, bebida e intercambios sexuales, diversión, arte, ciencia, y una vida lo más larga posible para los individuos y para la especie.
 
Digámosles, simplemente: Esto es lo que nos gusta; y manipulemos a los hombres de modo que logremos el objetivo. ¿Cuál es el problema?».
 
 
 
 
Pero no es ésta la respuesta.
 
Pero aunque así fuera, ¿qué motivo impulsa a los Manipuladores a despreciar satisfacciones y vivir días laboriosos a fin de que, en el futuro, tengamos lo que nos gusta?
 
¿Su deber? Su deber no es otro que el Tao, que decidirán si imponernos o no, pero que no será válido para ellos. Si lo aceptan ya no serían los que deciden sobre las conciencias, sino que aún estarían sujetos al Tao y, en tal caso, no habría acontecido la conquista definitiva de la Naturaleza.
 
¿La preservación de las especies? ¿Por qué han de ser protegidas las especies? Uno de los problemas que dejarían tras ellos sería si a este sentimiento hacia la posteridad (que bien saben ellos cómo producir) se le debe dar o no continuidad.
 
No importa cuanto se retrotraigan o cuanto profundicen, pues no encontrarán base alguna sobre la que fundamentarlo. Todo motivo que pretendan poner en juego se convertirá, de primeras, en petitio. No es que sean hombres malvados; es que no son hombres en absoluto.
 
Apartándose del Tao han dado un paso hacia el vacío. Y no es que sean, necesariamente, gente infeliz. Es que no son hombres en absoluto: son artefactos. La conquista final del Hombre ha demostrado ser la abolición del Hombre.
 
 
 
Pero no se detendrán aquí los Manipuladores.
 
Donde acabo de decir que todos los motivos les han fallado, debería haber dicho que les han fallado todos menos uno.
 
Cualquier motivo cuya validez pretenda tener un peso más allá del sentimiento experimentado en un momento dado, les ha fallado. Se ha justificado todo salvo el sic volo, sic iubeo (así lo haré, así lo ordeno).
 
Pero lo que nunca precisó de objetividad no lo puede destruir el subjetivismo. El impulso para rascarme cuando algo me pica o de desmontar un objeto cuando tengo curiosidad por él es indiferente frente al hecho de que estas acciones resulten ser fatales para mi justicia, mi honor o mi preocupación por la posteridad.
 
Cuando todo el que dice «Es bueno» es menospreciado, prevalece el que dice «Yo quiero»; y no se puede refutar ni esclarecer porque nunca se tuvo la pretensión de hacerlo. Los Manipuladores, por tanto, se motivan simplemente por su propia apetencia.
 
Las auténticas palabras corrupto y degenerado implican una doctrina de valores y, por tanto no tiene sentido en este contexto
 
No estoy hablando aquí de la corrupta influencia del poder, ni pretendo expresar el temor de que los manipuladores degeneren bajo la influencia del mismo. Las auténticas palabras corrupto y degenerado implican una doctrina de valores y, por tanto no tiene sentido en este contexto.
 
Mi punto de vista es que quienes se mantienen al margen de todo juicio de valor no pueden tener fundamento alguno para preferir uno de sus impulsos a otro más allá de la fuerza sentimental de los mismos
 
 
Gustave Doré, Satan Falling, c. 1866, illustration to Paradise Lost
 
 
Podemos, legítimamente, esperar que de entre todos los impulsos que llegan a mentes así vaciadas de todo motivo «racional» o «espiritual», algunos de ellos sean bondadosos.
 
Dudo mucho de que estos impulsos bondadosos, arrancados de la preponderancia y la confianza que el Tao nos enseña a conferirles y abandonados simplemente a la fuerza natural y a la frecuencia que tienen como hechos psicológicos, ejerzan influencia alguna.
 
Y dudo también mucho que la historia nos muestre un solo ejemplo de un hombre que, habiéndose apartado de la moral tradicional y detentando un cierto poder, haya usado este poder de manera benevolente. Más bien me inclino a pensar que los Manipuladores odiarían al manipulado.
 
Me inclino a pensar que los Manipuladores odiarían al manipulado.
 
A pesar de considerar ilusoria la conciencia artificial que estos impulsos producen en nosotros, sus objetos, seguirían percibiendo que crean en nosotros una ilusión de significado para nuestras vidas comparable -a nuestro favor- a su propia futilidad: y nos envidiarían como los eunucos envidian a los hombres.
 
Pero no quiero insistir en esto, pues es mera conjetura. Lo que no es conjetura es que nuestro deseo de una felicidad, incluso «condicionada», permanezca en lo que habitualmente llamamos posibilidad:
la posibilidad de que los impulsos bondadosos predominen en el fondo en nuestros Manipuladores.
 
 
Los Jóvenes Turcos, la Masonería y el genocidio armenio (8 jun 2020). El genocida Talaat Pashá, integrante del triunvirato del Comité Unión y Progreso, llegó a ser Gran Maestro del Gran Oriente de la Masonería Turca.
 
 
Pues sin el juicio «la benevolencia es buena» (es decir, sin reconsiderar el Tao) no se puede hallar fundamento alguno para dar preponderancia o estabilidad a estos impulsos frente al resto. Según la lógica de su postura, deben aceptar los impulsos tal y como se dan, según una probabilidad. Y Probabilidad significa aquí Naturaleza.
 
Los motivos de los Manipuladores brotarán de la herencia recibida, de la digestión, del tiempo que haga y de la asociación de ideas. Su racionalismo extremo -el profundizar más allá de todo motivo racional-, les hace ser criaturas de comportamiento totalmente irracional.
 
Si no se obedece al Tao, o uno se suicida, u obedecer al impulso (y, por tanto, en la Larga Carrera de la vida, a lo «natural») es la única vía posible
 
De modo que, por el momento, de la victoria del Hombre sobre la Naturaleza se saca una conclusión:
la sumisión de toda la raza humana a algunos hombres, y estos hombres sujetos a lo que en ellos es puramente «natural»: a sus impulsos irracionales.
 
La Naturaleza, sin el obstáculo de los valores, rige a los Manipuladores, y a través de ellos, a toda la humanidad. La conquista de la Naturaleza por parte del Hombre se revela, en el momento de su consumación, como la conquista del Hombre por parte de la Naturaleza.
 
Y cada batalla que creemos ganar nos lleva, paso a paso, a esta misma conclusión. Todas las aparentes derrotas de la Naturaleza no han sido más que retiradas tácticas. Hemos creído contratacar y ella sólo nos engañaba. La mano que parecía rendirse ante nosotros, realmente empuñaba el arma de la dominación permanente.
 
Si se diera el caso de la existencia de un mundo totalmente planificado y manipulado (con el Tao reducido a mero producto de tal planificación), la Naturaleza no se volvería a preocupar de la inquieta especie que se revolvió contra ella hace ya muchos millones de años; no sería molestada ya más por la cháchara de la verdad, de la compasión, de la belleza y de la felicidad.
 
Ferum victorem cepit:
y si la eugenesia es verdaderamente eficaz no habrá una segunda revuelta, sino un acomodo a los Manipuladores; y los Manipuladores, a su vez, amoldados a ella hasta el día en que la luna se descuelgue o el sol se enfríe.
 
 
Gustave Doré, Adam and Eve, c. 1866, illustration to Paradise Lost
 
 
Mi punto de vista se aclarará a algunos si se reformula de distinta manera. Naturaleza es una palabra de significados diversos, lo que se comprende mejor si se consideran los varios antónimos. Lo Natural es lo opuesto a lo Artificial, a lo Civil, a lo Humano, a lo Espiritual y a lo Sobrenatural. Lo Artificial no nos interesa en este momento.
 
Sin embargo, si consideramos el resto de la relación de antónimos, creo que nos podemos hacer una primera idea de lo que los hombres han entendido por Naturaleza y por lo opuesto a ella. La Naturaleza parece ser lo espacial y lo temporal en contraposición a lo que es espacial y temporal en menor medida o no lo es en absoluto.
 
Parece ser el mundo de lo cuantitativo, en contraposición al mundo de lo cualitativo; de los objetos frente a lo que tiene conciencia de sí; de lo predeterminado frente a lo que es total o parcialmente autónomo; de lo que no conoce el valor frente a lo que tiene y percibe el valor; de las causas efectivas (o, en algunos sistemas modernos, sin causalidad alguna) frente a las causas finales.
 
Haré uso ahora de aquello de que si entendemos una cosa analíticamente y entonces la dominamos y la utilizamos para nuestra conveniencia, la reducimos a un nivel «natural», en el sentido de que omitimos los juicios de valor que suscita, ignoramos su causa final (si la hubiera), y la tratamos en términos cuantitativos.
 
Esta reducción de elementos, en lo que de otra manera sería nuestra plena reacción ante ella, es a veces muy significativa e, incluso, dolorosa:
hay que vencer algún obstáculo antes de poder diseccionar a un hombre muerto o a un animal vivo en el laboratorio.
 
Estos objetos se resisten al movimiento de la mente a causa del cual se les empuja al mundo de lo meramente Natural. Pero también en otros casos, un precio parecido se logra por la fuerza de nuestro conocimiento analítico o nuestro poder manipulador, aun en el caso de que lo hayamos dejado de tener en cuenta.
 
No consideramos el árbol ni como Dríadas ni como un objeto bonito cuando lo talamos:
y el primer hombre que lo hiciera debió haber sentido profundamente el precio a pagar;
 
y los árboles resinados de Virgilio y Spenser debieron ser ecos remotos del primitivo sentido de la impiedad.
 
Las estrellas perdieron su divinidad con el desarrollo de la astronomía, y el Dios Fecundo no tiene lugar en la agricultura química. Para muchos, qué duda cabe, este proceso es simplemente el descubrimiento gradual de que el mundo real es diferente del que imaginamos, y que la antigua oposición a Galileo o a los que desenterraban cadáveres con fines investigadores es, simplemente, oscurantismo.
 
Pero esto es sólo parte de la historia. De entre los científicos modernos, no es el más grande el que percibe con seguridad que el objeto, una vez eliminadas sus propiedades cualitativas y reducido a mera cantidad, es totalmente real.
 
Los científicos pequeños, y los pequeños seguidores acientíficos de la ciencia, sí podrían pensar eso. Las grandes mentes saben muy bien que el objeto, si se manipula de este modo, es una abstracción artificial, porque se han omitido aspectos de su realidad.
 
Las grandes mentes saben muy bien que el objeto, si se manipula de este modo, es una abstracción artificial, porque se han omitido aspectos de su realidad
 
 
Gustave Doré, Satan, c. 1866, illustration to Paradise Lost
 
 
Bajo este punto de vista, la conquista de la Naturaleza se nos presenta ante una nueva luz. Reducimos las cosas a mera Naturaleza con el fin de poder «conquistarlas». Siempre estamos conquistando la Naturaleza, ya que «Naturaleza» es el nombre que damos a lo que hemos conquistado de algún modo.
 
El precio que se paga por la conquista es el de tratar las cosas como mera Naturaleza. Toda conquista de la Naturaleza incrementa el poder de ésta. Las estrellas no son Naturaleza mientras no podemos pesarlas y medirlas; el alma no es Naturaleza mientras no podemos psicoanalizarla.
 
Arrebatar potencia a la Naturaleza es también hacer capitular las cosas ante la Naturaleza. En la medida en que este proceso se detiene cerca de la escena final, bien se puede sostener que los beneficios superan a los inconvenientes.
 
Pero tan pronto como afrontamos el peldaño final de reducir nuestra propia especie al nivel de mera Naturaleza, todo el proceso se viene abajo, pues esta vez el sujeto que pretende obtener beneficios y el que resulta ser sacrificado coinciden.
 
Este es uno de los muchos ejemplos en los que desarrollar un principio hacia lo que parece ser su conclusión lógica produce un evidente absurdo. Es como aquel irlandés que se dio cuenta de que un determinado tipo de estufa reducía a la mitad la factura de combustible y llegó a la conclusión de que usando dos de esas estufas podría calentar su casa sin utilizar combustible.
 
Es la ganga que nos ofrece el mago: entrega tu alma, recibe poder a cambio. Pero una vez que hayamos entregado nuestras almas, es decir, que entregamos nuestras personas, el poder que se nos otorga no nos pertenecerá. Seremos, de hecho, esclavos y marionetas de aquello a lo que hayamos entregado nuestras almas:
del poder del hombre para considerarse a sí mismo como mero objeto natural y para considerar sus juicios de valor como materia prima sujeta a libre manipulación científica.
 
La objeción para proceder de tal modo no reside en el hecho de que este punto de vista sea desagradable o repulsivo (como la primera vez que se está en un quirófano) mientras nos acostumbramos a él:
el desagrado y la impresión son como mucho una advertencia y un síntoma.
 
La verdadera objeción es que si el hombre elige tratarse a sí mismo como materia prima, se convertirá en materia prima; no en materia prima a manipular por sí mismo, como con condescendencia imagina, sino a manipular por la simple apetencia, es decir, por la mera Naturaleza, personalizada en sus deshumanizados Manipuladores
 
Hemos estado intentando, como el rey Lear, jugar en dos frentes:
entregar nuestras prerrogativas humanas y, al tiempo, retenerlas. Y esto es imposible.
 
O somos espíritus racionales obligados a obedecer por siempre los valores absolutos del Tao, o bien somos mera materia prima a amasar y moldear según las apetencias de los amos, quienes, por hipótesis, no tienen otro motivo que sus impulsos «naturales».
 
Sólo el Tao proporciona una ley humana de actuación común a todos, ley que abarca a legisladores y a leyes a un tiempo. Una creencia dogmática en un valor objetivo es necesaria a la idea misma de una norma que no se convierta en tiranía, y una obediencia que no se convierta en esclavitud.
 
Una creencia dogmática en un valor objetivo es necesaria a la idea misma de una norma que no se convierta en tiranía, y una obediencia que no se convierta en esclavitud.
 
Grabado de John Milton, autor de El paraíso perdido.
 
 
No estoy pensando aquí exclusivamente, ni siquiera principalmente, en quienes son por el momento nuestros enemigos públicos. El proceso que, de no ser revisado, llevaría a la abolición del Hombre se extiende deprisa tanto entre comunistas y demócratas, como entre fascistas.
 
Los métodos pueden diferir (en un primer momento) en el grado de brutalidad. Muchos científicos con anteojos y mirada candorosa, muchos actores populares, muchos filósofos aficionados entre nosotros tienen la misma significación de cara a la Larga Carrera que los legisladores nazis en Alemania.
 
Los valores tradicionales deben ser menospreciados y la humanidad se debe adaptar a un molde fresco hecho a voluntad (voluntad que debe ser, por hipótesis, arbitraria) de algunos pocos afortunados de entre una generación afortunada que han aprendido cómo hacerlo.
 
La creencia de que podemos inventar «ideologías» a placer, y el consiguiente trato que se le da a la humanidad como meros especímenes, como amasijos, llega a afectar incluso a nuestro lenguaje. Ayer matamos a los hombres malvados: ahora acabamos con los elementos insociables.
 
La virtud se ha convertido en integración, y la diligencia en dinamismo, y los chicos que parecen dignos de consideración son «potenciales funcionarios». Lo más digno de todo, las virtudes de la prudencia y la moderación, e incluso la inteligencia ordinaria, es resistencia al mercado.
 
Lo más digno de todo, las virtudes de la prudencia y la moderación, e incluso la inteligencia ordinaria, es resistencia al mercado.
 
El verdadero significado de lo que hay en juego se ha ocultado con la utilización del Hombre abstracto. No es que la palabra Hombre sea necesariamente una abstracción.
 
En el Tao mismo, en la medida en que permanecemos en él, nos damos cuenta de que la realidad concreta en la que participamos es la de ser verdaderamente hombres:
la voluntad real y común y la razón común de la humanidad, viva, creciendo como un árbol y buscando nuevas direcciones -según las circunstancias- de expresión de lo bello y aplicación de lo digno.
 
 
Mientras hablamos desde dentro del Tao podemos hablar del Hombre con poder sobre sí mismo en un sentido verdaderamente análogo a un autocontrol individual. Pero en el momento en que nos apartamos del Tao y lo consideramos como mero producto subjetivo, tal posibilidad desaparece.
 
Lo que tienen ahora en común los hombres es una abstracción universal, un máximo común divisor, y la Conquista de uno mismo por parte del Hombre significa simplemente el establecimiento de la norma de los Manipuladores sobre el material humano manipulado, el mundo de la post-humanidad que, unos consciente y otros inconscientemente, todos los hombres de todas las naciones en este momento trabajan por lograr.
 
La Conquista de uno mismo por parte del Hombre significa simplemente el establecimiento de la norma de los Manipuladores sobre el material humano manipulado, el mundo de la post-humanidad que, unos consciente y otros inconscientemente, todos los hombres de todas las naciones en este momento trabajan por lograr.
 
Nada de lo que pueda decir puede hacer desistir a algunos de calificar estas páginas como un ataque a la ciencia. Rechazo la acusación, por supuesto: y los verdaderos Filósofos de la Naturaleza (todavía quedan algunos vivos) se darán cuenta que en la defensa de los valores estoy defendiendo inter alia el valor del conocimiento, que muere como cualquier otra cosa cuando se le cortan las raíces que le unen al Tao.
 
 
 
 
Pero aún puedo ir más lejos. Sugiero que desde la propia Ciencia puede venir el remedio.
 
He calificado como la «ganga de un mago» el proceso por el que el hombre entrega objeto tras objeto, y en último término a sí mismo, a la Naturaleza, esperando adquirir poder en contrapartida. Y expliqué dicha afirmación.
 
El hecho de que el científico haya tenido éxito mientras que el mago ha fracasado, ha contrastado de tal modo ambas posiciones de cara al saber popular que la verdadera historia del nacimiento de la Ciencia ha sido mal interpretada.
 
Es posible incluso encontrar a gente que escribe sobre el siglo XVI como si lo Mágico hubiera sido una herencia medieval y la Ciencia la cosa novedosa que surgió en un momento dado y eliminó del mapa a lo Mágico. Los que han estudiado dicho periodo conocen mejor la historia.
 
Hubo muy poco de mágico en el Medievo:
son los siglos XVI y XVII la eclosión de lo mágico.
 
El verdadero esfuerzo mágico y el verdadero esfuerzo científico son hermanos gemelos:
uno estaba enfermo y pereció, y el otro estaba sano y prosperó.
 
Pero fueron hermanos gemelos. Nacieron a partir del mismo impulso. Admito que algunos de los primeros científicos (pero no ciertamente todos) pudieran surgir por puro amor al conocimiento. Pero si consideramos el temperamento de dicha época como un todo podemos discernir acerca del impulso del que estoy hablando.
 
Hay algo que une lo mágico y la ciencia aplicada y que separa a ambas de la «sabiduría» de tiempos anteriores. Para los antiguos hombres sabios, el problema cardinal era cómo adaptar el alma a la realidad, y la solución fue el conocimiento, la autodisciplina y la virtud.
 
Para lo mágico y para la ciencia aplicada, el problema es cómo adaptar la realidad a los deseos del hombre:
y la solución es una determinada técnica; y ambos, aplicando dicha técnica, están preparados para hacer cosas que hasta entonces se habían considerado displacientes e impías, como desenterrar y mutilar a los muertos.
 
 
 
 
Si comparamos al pregonero mayor de la nueva era (Bacon) con el Fausto de Marlowe, las similitudes son impresionantes. Se puede leer en diversas críticas que Fausto tenía sed de conocimiento. En realidad, a duras penas se habla de esto en la obra.
 
No es cierto que pretenda algo de los demonios, sino que quiero oro, armas y mujeres. «Todo lo que se mueve entre la quietud de los dos polos seguirá este mandamiento» y «un sonido mágico es un dios poderoso».
 
En la misma línea, Bacon condena a los que valoran el conocimiento como un fin en sí mismo:
esto, para él, es como utilizar a una señorita para obtener placer en lugar de una esposa para obtener frutos.
 
El verdadero objetivo es extender el poder del Hombre a la realización de cuantas cosas sean posibles. Rechaza lo mágico porque no funciona; pero su meta es la misma que la del mago.
 
En Paracelso, los papeles del mago y del científico se intercambian. Qué duda cabe de que quienes fundaron verdaderamente la ciencia moderna fueron normalmente aquellos cuyo amor por la verdad superaba a su amor por el poder; en todo movimiento aglutinador, la eficacia la consiguen los elementos positivos y no los negativos.
 
Pero la presencia de elementos negativos es relevante para la dirección en que dicha eficacia se pone en juego. Quizás sería ir muy lejos el afirmar que el movimiento científico moderno estaba viciado desde su nacimiento:
pero pienso que sería cierto afirmar que nació en un barrio poco recomendable y a una hora poco propicia.
 
Fausto, de Marlowe
 
 
Sus triunfos pueden haberse conseguido demasiado rápido y el precio pagado puede haber sido demasiado caro:
sería necesaria una reconsideración, y algo así como un arrepentimiento.
 
¿Es posible, entonces, imaginar una nueva Filosofía Natural, continuamente consciente de que el objeto de la naturaleza producido por el análisis y la abstracción no es la realidad sino tan sólo un punto de vista siempre dispuesto a corregir dicha abstracción?. Apenas sé lo que estoy pidiendo.
 
He oído rumores de que el acercamiento de Goethe a la naturaleza merece mayor consideración; que incluso el Dr. Steiner pudiera haber encontrado algo en lo que los investigadores ortodoxos no hubieran recapacitado.
 
La Ciencia regenerada que tengo en mente no haría siquiera con el reino mineral y el vegetal lo que la Ciencia moderna pretende hacer con el mismísimo hombre.
 
No explicaría nada dándolo por descontado. Cuando hablase de las partes no debería olvidar el todo. Estudiando la cosa no debería perder de vista lo que Martin Buber llama la situación del Tú.
 
 
Martin Buber; Viena, 8 de febrero de 1878 – Jerusalén, 13 de junio de 1965) fue un filósofo y escritor judío austríaco-israelí. Es conocido por su filosofía de diálogo y por sus obras de carácter existencialista. Sionista cultural, anarquista filosófico, existencialista y partidario de «una tierra para dos pueblos» buscando el diálogo entre judíos y árabes en Palestina.
 
La analogía entre el Tao del Hombre y el instinto de una especie animal significa para la ciencia el proyectar nueva luz sobre lo que se desconoce (el instinto) mediante la realidad conocida desde dentro, que es la conciencia, y no mediante la reducción de la conciencia a la categoría de instinto
 
La analogía entre el Tao del Hombre y el instinto de una especie animal significa para la ciencia el proyectar nueva luz sobre lo que se desconoce (el instinto) mediante la realidad conocida desde dentro, que es la conciencia, y no mediante la reducción de la conciencia a la categoría de instintoSus seguidores no serán libres con las palabras sólo o simplemente.
 
Resumiendo, conquistaría la Naturaleza sin ser, al tiempo, conquistada por ella, y compraría el conocimiento a menor precio que el de la vida.
 
Quizás estoy pidiendo cosas imposibles. Quizás, según la naturaleza de las cosas, la comprensión analítica debe ser siempre semejante a un basilisco que mata lo que ve y sólo es capaz de ver al matar.
 
Pero si los propios científicos no pueden detener este proceso antes de que alcance a la Razón común y la destruya también, entonces alguien debe detenerlo.
 
Pero si los propios científicos no pueden detener este proceso antes de que alcance a la Razón común y la destruya también, entonces alguien debe detenerlo.
 
 
 
Lo que más temo es la réplica de que no soy más que otro oscurantista; que esta barrera, como cualquier barrera anterior levantada contra el progreso de la Ciencia, se puede traspasar sin problemas.
 
Tal réplica se da desde la nefasta concepción «serial» de la imaginación moderna; la imagen que se repite en nuestras mentes de una progresión infinita en una sola direcciónDebido a que trabajamos frecuentemente con números, tendemos a imaginar todo proceso como si fuera una serie numérica, donde cada paso, por siempre jamás, es el mismo tipo de paso que el anterior.
 
Les ruego que se acuerden del ejemplo del irlandés y las dos estufas. Hay progresiones en las que el último paso es sui generis -incomparable con el resto- y en las que recorrer todo camino es deshacer el trabajo del camino recorrido.
 
Reducir el Tao a mero producto de la naturaleza es un paso de tal tipo. En ese punto, el tipo de explicación que justifica las cosas nos debería rentar algo, aún a alto costo.

Pero uno no puede estar «justificando» continuamente:

se llegaría a justificar la propia justificación. No se puede ver a través de las cosas permanentemente.

 

El objetivo de mirar a través de algo es que se vea algo. Es bueno que la ventana sea transparente porque la calle o el parque que se ven a través de ella son opacos. ¿Qué pasaría si el parque también fuera transparente? Es inútil intentar «ver a través de los principios últimos».

Si uno trata de ver a través de todo, entonces todo es transparente. Pero un mundo totalmente transparente es un mundo invisible. «Ver a través de todas las cosas es lo mismo que no ver nada».

 

Si uno trata de ver a través de todo, entonces todo es transparente.

Pero un mundo totalmente transparente es un mundo invisible.

«Ver a través de todas las cosas es lo mismo que no ver nada».

 

Clive Staples Lewis, popularmente conocido como C. S. Lewis, fue un apologista cristiano anglicano, medievalista, y escritor británico, reconocido por sus obras de ficción, especialmente por su saga Las crónicas de Narnia.

*******

RELACIONADOS:

EL CAMINO («La abolición del hombre», Capítulo 2), por C. S. Lewis

HOMBRES SIN CORAZÓN («La abolición del hombre», Capítulo 1), por C. S. Lewis

EL MONO DISFRAZADO, por Roberto Pecchioli. «El Mono desnudo» (D. Morris, 1967): «Los simios, desnudos o vestidos, no tienen conciencia moral». Mono come Mono

EL TAO. Carl G. Jung: Prefacio al “I Ching”

 

I CHING (Libro de las Mutaciones), traducción de Richard Wilhelm

CONFUCIO Y MENCIO

SUN TZU: «El Arte de la Guerra». «Someter al enemigo sin librar combate», por Jaime Barrera Parra.

PSICOLOGÍA TRANSPERSONAL: Entrevista a Ken Wilber, por Edith Zundel

LA MEDITACIÓN, «Canto del Señor» (Bhagavad-Gita)