EL PRÍNCIPE Parte 8
Tabla de contenidos
El Príncipe
Nicolás Maquiavelo
El Principe es una de las primeras manifestaciones para la estructuración de la política como saber científico. Entre sus páginas. se encuentran acercamientos a la moralidad y a la ética en el poder: la disciplina de los ciudadanos ante el peligro y, por último, un llamado desesperado para la liberación de Italia de las fuerzas extranjeras.
ÍNDICE
Nicolás Maquiavelo al Magnífico Lorenzo De Médecis
De las distintas clases de principados y de la forma en que se adquieren
De los principados hereditarios
De los principados mixtos
Por qué el reino de Darío, ocupado por Alejandro, no se sublevó contra los sucesores de éste tras su muerte
De qué manera hay que gobernar las ciudades o los principados que se regían por sus propias leyes, antes de ser ocupados
De los principados nuevos adquiridos por las armas propias y el talento personal
De los principados nuevos que se adquieren con las armas y las fortunas de otros
De los que llegaron al principado mediante crímenes
Del principado civil
Cómo deben medirse las fuerzas de todos los principados
De los principados eclesiásticos
De las distintas clases de milicias y de los soldados mercenarios
De los soldados auxiliares, mixtos y mercenarios
De los deberes del príncipe en lo concerniente al arte de la guerra
De aquellas cosas por las cuales los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o censurados
De la prodigalidad y de la avaricia
De la crueldad y la clemencia; y si es mejor ser temido que amado
De qué modo los príncipes deben cumplir sus promesas
El príncipe debe evitar ser aborrecido y odiado
Si las fortalezas y otras muchas cosas que a menudo hacen los príncipes son útiles o perjudiciales
Cómo debe comportarse un príncipe para ganar renombre
De los secretarios del príncipe
Cómo huir de los aduladores
Por qué los príncipes de Italia perdieron sus Estados
Capítulo XXV
Del poder de la fortuna de las cosas humanas y de los medios para oponérsele
Capítulo XXVI
Exhortación a liberar a Italia de los bárbaros

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EL PRÍNCIPE (Parte 8, Capítulos XVIII y XIX)
Del modo en que los príncipes deben cumplir sus promesas
Todo el mundo admite lo digno de alabanza que es en un príncipe ser fiel, y vivir con integridad y no con astucias.
No obstante, según nuestra experiencia, aquellos príncipes que han hecho grandes cosas, han considerado la fidelidad poco importante,
han sabido eludir el ingenio de los hombres con ayuda de artimañas y al final han vencido a quienes han confiado en su palabra.

Habéis de saber que hay dos modos de competir (1):
uno por medio de la ley, otro por la fuerza;
el primer método es propio de los hombres, el segundo de las bestias, pero dado que el primero es insuficiente a menudo, es necesario recurrir al segundo.
Así pues, es preciso que el príncipe sepa cómo disponer para sus fines de la bestia y del hombre.
En sentido figurado, los príncipes pueden aprender de los escritores antiguos, que describen cómo Aquiles y otros muchos príncipes de la Antigüedad eran entregados al centauro Quirón para que los criara y les educara bajo su disciplina.
Tenían como maestro a alguien que era mitad hombre mitad animal, que también un príncipe debe saber cómo hacer uso de ambas naturalezas y que la una sin la otra no perdura.

Significa solamente que tenían como maestro a alguien que era mitad hombre mitad animal, que también un príncipe debe saber cómo hacer uso de ambas naturalezas y que la una sin la otra no perdura.
El príncipe que se vea obligado a adoptar conscientemente a la bestia, ha de escoger al zorro y al león;
porque el león no puede defenderse de los cepos y el zorro no puede defenderse de los lobos.
Por tanto, es necesario ser un zorro para descubrir los cepos y un león para aterrorizar a los lobos. Quienes solo se sirven de las cualidades del león demuestran poca experiencia.
Un príncipe sabio no puede, ni debería, mantenerse fiel a su palabra cuando dicha observancia pueda volverse contra él y las razones que le hicieron darla dejan de existir.
Así, un príncipe sabio no puede, ni debería, mantenerse fiel a su palabra cuando dicha observancia pueda volverse contra él y las razones que le hicieron darla dejan de existir.
Si los hombres fueran absolutamente buenos, este precepto no se sostendría pero, dado que son malos y no os serán fieles, tampoco vos estáis obligado a serlo.
Si los hombres fueran absolutamente buenos, este precepto no se sostendría pero, dado que son malos y no os serán fieles, tampoco vos estáis obligado a serlo.

Sobre esto se podrían ofrecer incontables ejemplos, mostrando cuántos tratados y acuerdos han sido transgredidos e ineficaces por la infidelidad de los príncipes;
y cómo aquel que mejor supo ser zorro fue el que mayor éxito logró alcanzar.
Es preciso disimular bien esta característica, ser un gran impostor y saber fingir.
Los hombres son tan simples, y están tan sometidos a las necesidades del presente,
que quien pretenda engañar siempre encontrará a alguien que aceptará ser engañado.

Hay un ejemplo más que no puedo silenciar. Alejandro VI no hizo otra cosa que engañar a los hombres, ni jamás pensó en actuar de otro modo.
Y siempre encontró víctimas,
ya que nunca hubo otro hombre con mayor poder de aseveración, capaz de afirmar una cosa entre juramentos, que a continuación incumplía.
Sin embargo, sus engaños siempre tenían éxito de acuerdo con sus deseos, porque entendía bien esta faceta de la humanidad.

«Alejandro jamás hacía lo que decía, César jamás decía lo que hacía».
Proverbio italiano
No hace falta que un príncipe tenga todas las buenas cualidades que he enumerado, pero es muy necesario que parezca que las posee.
Y me atreveré a decir también que tenerlas y practicarlas siempre es perjudicial, y que es útil aparentar que las posees;
parecer misericordioso, digno de confianza, humano, religioso, recto, y serlo, pero con una mente estructurada de modo que si es preciso sea capaz de saber convertirse en lo opuesto.
Debéis comprender esto, que un príncipe, en especial uno nuevo, no puede observar todas aquellas cosas que hacen a los hombres dignos de estima.
A menudo se ve obligado, con el fin de mantener el Estado, a actuar en contra de la fidelidad (2), la amistad, la humanidad y la religión.

Un príncipe, en especial uno nuevo, no puede observar todas aquellas cosas que hacen a los hombres dignos de estima.
A menudo se ve obligado, con el fin de mantener el Estado, a actuar en contra de la fidelidad, la amistad, la humanidad y la religión.
Así pues, es necesario que posea un espíritu dispuesto a desplazarse con los vientos y las variaciones de la fortuna y, como dije antes, no apartarse del bien si es posible, pero sabiendo cómo proceder en sentido contrario si se ve forzado.
Por este motivo, un príncipe deberá tener cuidado de que jamás escape de sus labios nada que no esté repleto de las cinco cualidades arriba mencionadas,
que pueda aparecer ante quien le ve y le oye misericordioso, fiel, humano, recto y religioso.
No hay nada más necesario que dar la impresión de que se posee esta última cualidad, en la medida en que los hombres juzgan en general más por la vista que por la mano,
dado que a todo el mundo le corresponde el derecho a veros, pero pocos entran en contacto con vos.
Todo el mundo ve lo que parecéis ser, pocos saben lo que realmente sois, y esos pocos no osan oponerse a la opinión de muchos;
y en las acciones de todos los hombres, y en especial de los príncipes, a los que no es prudente desafiar, uno juzga por los resultados.
Todo el mundo ve lo que parecéis ser, pocos saben lo que realmente sois, y esos pocos no osan oponerse a la opinión de muchos
Por esa razón, si se da crédito a un príncipe por conquistar y conservar su Estado, los medios serán considerados honestos, y será alabado por todo el mundo; porque a la gente vulgar le convence la apariencia de las cosas y el resultado que obtienen;
y en el mundo no hay más que personas vulgares, pues los pocos solo encuentran lugar en él cuando los muchos no tienen base en la que apoyarse.
Un príncipe (3) de hoy, al que no sería correcto nombrar,
no propugna otra cosa que paz y buena fe, y de las dos es enemigo, y de haberlas practicado, le habían privado de la reputación y el reino en más de una ocasión.

***
Notas
(1) Competir, es decir, «afanarse por el dominio». Burd señala que este pasaje es una imitación directa del De oficiis de Cicerón:
Nam cum sint duo genera decertandi, unum per disceptationem, alterum per vim; cumque illud propium sit hominis, hoc beluarum; confugiendum est ad posterius, si uti non licet superiore
(«Mientras que hay dos modos de competir, uno mediante la discusión y otro por la fuerza; el primero es propio del hombre, el segundo de los animales. Habrá que recurrir al último si no hay oportunidad de utilizar el primero»).
(2) Contrario a la «fidelidad», o «fe», contro alla fede, y tutto fede, «siempre fiel», en el siguiente párrafo. Vale la pena señalar que estas dos expresiones, contro alla fede y tutto fede, fueron omitidas en la edición testina, publicada con la aprobación de las autoridades papales.
Puede ser que el significado atribuido a «fe» fuera el del credo católico y no las acepciones empleadas aquí de «fidelidad» y «fiel».
Obsérvese que se permitió el uso de la palabra «religione» en el texto de la testina, al ser usada como indicadora de todo tipo de creencias, como muestra la religión, una expresión inevitablemente utilizada para designar la herejía de los hugonotes.
(3) Fernando de Aragón.
«Cuando Maquiavelo estaba escribiendo El príncipe habría sido claramente imposible mencionar el nombre de Fernando sin que fuera causa de ofensa», Il Principe, edición de Burd, p. 308.

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De qué modo el príncipe debe evitar ser despreciado y aborrecido
En lo que se refiere a las características señaladas anteriormente, he mencionado las más importantes.
Deseo comentar ahora brevemente las otras bajo este enfoque genérico, que el príncipe debe procurar evitar, como en parte se ha dicho previamente, aquellas cosas que le hagan odioso o despreciable;
y tantas veces como haya tenido éxito habrá cumplido con su papel y no habrá de temer peligro alguno en otras recriminaciones.

Un príncipe deberá tener cuidado de que jamás escape de sus labios nada que no esté repleto de las cinco cualidades arriba mencionadas, que pueda aparecer ante quien le ve y le oye Misericordioso, Fiel, Humano, Recto y Religioso.
(Nicolás Maquiavelo, EL PRÍNCIPE, Capítulo XVIII)
Como ya he mencionado, será odiado sobre todo por su rapacidad, por violar la propiedad y a las mujeres de sus súbditos, cosas ambas de las que deberá abstenerse.
La mayoría de los hombres viven satisfechos cuando mantienen intactos tanto su honor como su propiedad,
y solo tendrá que enfrentarse a la ambición de unos pocos, a los que podrá contener con facilidad de muchos modos.
Le hace despreciable ser considerado voluble, frívolo, afeminado, de espíritu mezquino, indeciso, de todo lo cual ha de guardarse un príncipe como de un escollo;
deberá esforzarse en mostrar grandeza en sus acciones, coraje, seriedad y fortaleza;
y en las relaciones privadas con sus súbditos tendrá que demostrar que sus juicios son irrevocables y conservar tal reputación que nadie aspire a engañarle ni a eludirle.

Es objeto de alta estima aquel príncipe que transmite esta impresión de sí mismo, y no es fácil conspirar contra quien goza de gran aprecio;
dado que es sabido que se trata de un hombre excelente y reverenciado por su pueblo, solo será posible atacarle con dificultad.
Un príncipe ha de albergar dos temores:
uno interior, debido a sus súbditos;
el otro exterior, de cara a los poderes externos.
De lo segundo le defiende estar bien armado y contar con buenos aliados, y si está bien armado tendrá buenos amigos;
todo permanecerá en calma en el interior si el exterior está tranquilo, a menos que las cosas se vean alteradas por una conspiración.
E incluso aunque los asuntos exteriores estuvieran trastocados, si ha llevado a cabo sus preparativos y ha vivido como he dicho, en tanto no desespere resistirá todo ataque, como hizo el espartano Nabis.
Un príncipe ha de albergar dos temores:
uno interior, debido a sus súbditos;
el otro exterior, de cara a los poderes externos.

En lo que se refiere a sus súbditos, cuando los asuntos del exterior se ven perturbados, solo ha de temer que conspiren en secreto,
de lo que un príncipe puede protegerse fácilmente evitando ser odiado y despreciado, y manteniendo al pueblo satisfecho con él.
Como he mencionado antes en términos más extensos, es de suma importancia que lo logre.
Y uno de los remedios más eficaces de los que puede disponer un príncipe contra las conjuras es no ser odiado y despreciado por el pueblo,
porque quien conspira contra un príncipe espera agradar a los ciudadanos al eliminarle;
pero si el conspirador cree que les ofende, no tendrá valor para emprender semejante camino, porque las dificultades a las que se enfrenta son infinitas.
Y como la experiencia muestra, muchas han sido las conspiraciones, pero pocas han tenido éxito; quien conspira no puede actuar solo, ni contar con más compañía que la de aquellos a los que considera insatisfechos.
Quien conspira no puede actuar solo, ni contar con más compañía que la de aquellos a los que considera insatisfechos.

En cuanto uno desvela sus pensamientos a un descontento le da el material con el que contentarse, ya que denunciándoos puede aspirar a todas las ventajas;
así pues, viendo asegurados los beneficios por tal acción y dudosos y llenos de peligros por la contraria, habrá de ser un amigo de los que hay muy pocos o un enemigo obstinado del príncipe para confiar en él.
Y para reducir la cuestión a sus últimos términos, afirmo que del lado del conspirador no hay más que miedo, celos, perspectivas de castigo para aterrarle; pero del lado del príncipe están la majestuosidad del principado, las leyes, la protección de amigos y el Estado para defenderle.
De modo que, si se añade la buena voluntad popular a todas estas cosas, es imposible que nadie sea tan insensato como para conspirar.
El conspirador tiene motivos de temor antes de la ejecución de su complot y también ha de temer las secuelas del crimen,
porque tiene como enemigo al pueblo y carece de esperanza alguna de escapar.

Del lado del conspirador no hay más que miedo, celos, perspectivas de castigo para aterrarle; pero del lado del príncipe están la majestuosidad del principado, las leyes, la protección de amigos y el Estado para defenderle.
Sería posible ofrecer incontables ejemplos sobre este tema, pero me contentaré con uno ocurrido en la época de nuestros padres.
Micer Aníbal Bentivoglio, príncipe de Bolonia (abuelo del actual Aníbal), fue asesinado por los Caneschi, que se conjuraron contra él matando a toda su familia salvo a micer Juan (1) entonces un niño, que sobrevivió. Inmediatamente después de su asesinato, el pueblo se alzó y mató a todos los Caneschi.
Inmediatamente después de su asesinato, el pueblo se alzó y mató a todos los Caneschi.

Esto se debió al aprecio del que disfrutaba la familia de los Bentivoglio en Bolonia, que era de tal magnitud que, aunque no quedara ninguno tras la muerte de Aníbal con capacidad para gobernar el Estado, los boloñeses, al enterarse de que había un miembro de la familia Bentivoglio en Florencia,
hasta entonces considerado hijo de un herrero, enviaron a buscarle y le confiaron el gobierno de su ciudad, que fue gobernada por él hasta que micer Juan le sustituyó al cabo del tiempo.
Por esa razón opino que un príncipe debe considerar poco importantes las conspiraciones cuando su pueblo le tiene en alta estima,
pero si le es hostil y siente odio hacia él, debería temerlo todo y a todos.
Los Estados bien ordenados y los príncipes sabios se han tomado muchas molestias para no desesperar a los nobles y tener al pueblo satisfecho y contento, porque este es uno de los objetivos principales de un príncipe.

Entre los reinos más organizados y mejor gobernados de nuestros tiempos está Francia,
donde es posible encontrar buenas instituciones de las que dependen la libertad y la seguridad del rey.
La primera es el Parlamento y su autoridad, porque él, conocedor de la ambición y la audacia de la nobleza, al fundar el reino consideró que sería necesario ponerles un bocado para frenarles; y, por otra parte, sabiendo del odio basado en el miedo que el pueblo sentía por los nobles, deseaba protegerlos.
Sin embargo, no quiso que fuera cuidado exclusivo del rey esta tarea, y para evitar los reproches de los nobles por favorecer al pueblo y del pueblo por favorecer a los nobles, nombró un árbitro,
que sería el encargado de controlar a los nobles y favorecer al pueblo llano sin que pudiera reprochársele al rey.

No es posible una disposición más prudente y acertada, ni una mayor fuente de seguridad para el rey y el reino.
De aquí se puede extraer otra importante conclusión:
que los príncipes deben dejar los asuntos reprochables en manos de otros y reservarse los de gracia.
Y lo que es más, considero que un príncipe ha de apreciar a los nobles, pero no de forma que le haga ser objeto del odio del pueblo.

Un príncipe ha de apreciar a los nobles, pero no de forma que le haga ser objeto del odio del pueblo
Quizá a algunos que han examinado las vidas y muertes de los emperadores romanos pueda parecerles que muchos de ellos serían un ejemplo que contradice mi opinión,
dado que algunos vivieron con dignidad y mostraron grandes virtudes, pero perdieron su imperio o fueron asesinados por súbditos que conspiraron contra ellos.

Así pues, con ánimo de dar respuesta a estas objeciones, recordaré el carácter de ciertos emperadores, y demostraré que las causas de su ruina no fueron diferentes a las por mí alegadas; solo someteré a consideración aquellas cosas dignas de mención para quien estudie los asuntos de aquella época.
Es, a mi modo de ver, suficiente mencionar a aquellos emperadores que ascendieron al gobierno a partir de Marco el filósofo;
fueron Marco Aurelio y su hijo Cómodo, Pertinax, Juliano, Severo y su hijo Antonino, Caracalla, Macrino, Heliogábalo, Alejandro y Maximino.
En primer lugar se ha de señalar que, mientras que en otros principados solo hay que enfrentarse a la ambición de los nobles y la insolencia del pueblo, los emperadores romanos tenían que lidiar con un tercer problema, al tener que tolerar la crueldad y avaricia de sus soldados,
un asunto tan erizado de dificultades que representó la ruina de muchos.
Era complicado satisfacer tanto a los soldados como al pueblo;
porque el pueblo amaba la paz y por ello amaban al príncipe sin ambiciones, mientras que los soldados amaban al príncipe belicoso, que fuera audaz, cruel y rapaz.
Les encantaba que ejerciera dichas cualidades sobre el pueblo, para así obtener doble paga y dar rienda suelta a su propia avaricia y crueldad.

De esto se sigue que siempre eran derribados quienes, por nacimiento o crianza, carecían de gran autoridad; y la mayoría de ellos, en especial quienes llegaban de nuevas al principado, al reconocer la dificultad de controlar estos dos diferentes humores,
se inclinaba por dar satisfacción a los soldados, preocupándose poco por el daño sufrido por el pueblo.
Por supuesto, esto era necesario porque, dado que los príncipes no pueden evitar que alguien les odie, deberían evitar que les odie todo el mundo;
y si no logran hacerlo, deberían, con la mayor diligencia, evitar el odio de los más poderosos.
Así, aquellos emperadores que por inexperiencia tenían necesidad de especial favor se decantaban antes por los soldados que por el pueblo,
un camino que resultaba o no ventajoso dependiendo de la capacidad del príncipe para ejercer su autoridad sobre ellos.

Ma Antonino suo figliuolo fu ancora lui uomo che aveva parte eccellentissime e ch lo facevano maraviglioso nel conspetto de’ populi e grato a’ soldati.
(«Su hijo Antonino era un hombre sobresaliente y poseía excelentes cualidades, lo que le hacía admirable a ojos del pueblo y aceptable para los soldados”).
A estas causas se debió que Marco, Pertinax y Alejandro, todos ellos de vida austera, amantes de la justicia, enemigos de la crueldad, humanos y benevolentes, tuvieran, a excepción de Marco Aurelio, un triste fin;
solo él vivió y murió con honores, porque había ascendido al trono por vía hereditaria y nada debía a los soldados ni al pueblo.
Y, dado que poseía muchas virtudes que le hacían respetable, mantuvo siempre a ambos grupos en su lugar mientras vivió, y no fue nunca odiado ni despreciado.
En cambio, Pertinax fue nombrado emperador en contra de los deseos de los soldados, que, acostumbrados a vivir licenciosamente bajo Cómodo, no pudieron soportar la vida honrada a la que Pertinax quería reducirles.
Pertinax fue nombrado emperador en contra de los deseos de los soldados, que, acostumbrados a vivir licenciosamente bajo Cómodo, no pudieron soportar la vida honrada a la que Pertinax quería reducirles
A los motivos para ser odiado por estos se sumaron las quejas por su avanzada edad y fue depuesto al comienzo de su administración.

Y aquí conviene señalar que el odio es fruto tanto de las buenas acciones como de las malas, por lo que, como he mencionado antes, si un príncipe quiere conservar su Estado se ve a menudo obligado a hacer el mal,
porque cuando el cuerpo está corrupto -puede ser el pueblo, el ejército o la nobleza- habéis de someteros a sus cambios de humor y recompensarles, con lo que las buenas obras os perjudicarán.
Pero hablemos de Alejandro, un hombre de tan enorme bondad que, entre las muchas alabanzas que se le dedican, está no haber dado muerte a nadie que no hubiera sido previamente sometido a juicio.
No obstante, se le consideraba afeminado y un hombre que se dejaba gobernar por su madre;
acabó siendo despreciado, el ejército conspiró contra él y le asesinó.

Si ahora centramos la atención en los caracteres opuestos de Cómodo, Severo, Antonino, Caracalla y Maximino, comprobaremos que todos ellos eran hombres crueles, que por contentar a sus soldados no dudaban en cometer todo tipo de iniquidades contra el pueblo;
y todos, salvo Severo, tuvieron un mal fin.
Severo albergaba tal valor que, manteniendo la amistad de los soldados, reinó con éxito pese a tener al pueblo oprimido;
porque su valentía le granjeaba tanta admiración de los soldados y los ciudadanos que los segundos permanecían asombrados y sobrecogidos, y los primeros, respetuosos y satisfechos.
Y dado que los actos de este hombre como príncipe nuevo fueron grandiosos, deseo mostrar brevemente que sabía bien cómo copiar al zorro y al león,
cuyas naturalezas, como dije, el príncipe tiene necesidad de imitar.

Conocedor de la desidia del emperador Juliano, convenció al ejército desplegado en Esclavonia, del que era capitán, de que sería justo ir a Roma y vengar la muerte de Pertinax, asesinado por los soldados pretorianos.
Con este pretexto, sin dar muestras de aspirar al trono, marchó con el ejército y se presentó en Italia antes de que se supiera que había partido.
A su llegada a Roma, el Senado, por miedo, le eligió emperador y mató a Juliano.
Después de esto, a Severo, que quería convertirse en el amo de todo el imperio, solo le restaban dos obstáculos:
uno en Asia, donde Níger, jefe del ejército allí, se había hecho proclamar emperador;
el otro en Occidente, donde estaba Albino, también aspirante al trono.
Le pareció arriesgado enfrentarse a ambos, así que decidió atacar a Níger y engañar a Albino.
Al este le escribió que, habiendo sido elegido emperador por el Senado, estaba dispuesto a compartir con él esa dignidad y le enviaba el título de césar; lo que es más, que el Senado había nombrado a Albino su colega, mentiras que Albino tomó por ciertas.

Pero cuando Severo hubo conquistado y dado muerte a Níger, y aplacado los asuntos orientales, regresó a Roma y se quejó ante el Senado de que Albino, en lugar de reconocer los beneficios que había recibido de él, había intentado matarle a traición,
y que se veía obligado a castigarle por esta ingratitud.
A continuación, le buscó en Francia y le arrebató tanto su gobierno como la vida.
Quien examine los actos de este hombre le considerará un león de gran valor y un zorro de gran astucia; descubrirá que era temido y respetado por todo el mundo, y no odiado por el ejército.
No hay nada extraño en el hecho de que él, un recién llegado, fuera capaz de conservar semejante imperio,
porque su supremo renombre siempre le protegió del odio que el pueblo podría haber albergado contra él a causa de su violencia

Su hijo Antonino era un hombre sobresaliente y poseía excelentes cualidades, lo que le hacía admirable a ojos del pueblo y aceptable para los soldados;
Era un hombre de armas, soportaba enormes fatigas, despreciaba los alimentos delicados y otros lujos, por lo que los ejércitos le adoraran.
No obstante, su ferocidad y crueldad fueron tan grandes e inauditas que, tras un sinfín de asesinatos aislados, mató a un gran número de habitantes de Roma y a todos los de Alejandría.
Empezó a ser odiado por todo el mundo y temido por quienes le rodeaban, hasta el punto de ser asesinado en medio de su ejército por un centurión.
Conviene señalar aquí que los príncipes no pueden evitar este tipo de muertes, infligidas deliberadamente con un coraje resuelto y desesperado, porque cualquiera que no tenga miedo a morir puede hacerlo; aunque un príncipe puede temerlas menos, porque son muy raras;
solo ha de procurar no causar grandes daños a quienes emplee o tenga cerca al servicio del Estado.

Antonino no había sido cuidadoso en esto:
desdeñosamente, había matado a un hermano de aquel centurión, al que también amenazaba a diario, y aun así lo conservaba en su guardia personal;
tal como resultaron las cosas, fue una insensatez que acarreó la ruina del emperador.
Pero pasemos ahora a Cómodo, al que le hubiera debido resultar muy fácil conservar el imperio, ya que, como hijo de Marco, lo había heredado.
Solo habría tenido que seguir los pasos de su padre para contentar a sus súbditos y soldados pero, siendo de naturaleza cruel y brutal, para satisfacer su rapacidad contra el pueblo se dedicó a divertir y corromper a los soldados.
Por otro lado, como no mantenía su dignidad, bajaba a menudo a la arena para competir con los gladiadores y cometía otras muchas vilezas impropias de la majestad imperial,
con lo que pasó a ser despreciado por los soldados.
Dado que una parte le odiaba y la otra le despreciaba, fue víctima de una conspiración que le costó la vida.

Queda por discutir el carácter de Maximino.
Era un hombre muy belicoso, y los ejércitos, asqueados por el carácter afeminado de Alejandro, de quien ya he hablado, dieron muerte a este y auparon al trono a Maximino.
No lo ocupó demasiado tiempo, porque dos cosas hicieron que fuera odiado y despreciado;
la primera, que había sido pastor de ovejas en Tracia, lo que le trajo la deshonra (algo bien conocido y considerado una indignidad por todos);
la otra, que al acceder al cargo postergara el viaje a Roma para tomar posesión del trono imperial.
Además, se ganó una reputación de suprema ferocidad por sus muchas crueldades, cometidas a través de sus prefectos en Roma y otros lugares del imperio, despertando la ira de la totalidad del mundo ante la mezquindad de su cuna y el miedo por su barbarie.
Primero se rebeló África, luego lo hizo el Senado con el pueblo de Roma; toda Italia conspiró en su contra, incluido su propio ejército; este, que asediaba Aquileia y tenía dificultades para tomarla, sentía repugnancia por sus brutalidades.
Temiéndole menos al descubrir cuántos estaban en su contra, le asesinaron.

No es mi deseo hablar de Heliogábalo, Macrino o Juliano,
quienes, al ser absolutamente despreciables, fueron eliminados con rapidez.
Llevaré este discurso a su conclusión diciendo que los príncipes de nuestro tiempo se enfrentan en menor medida a esta dificultad de proporcionar tan desmesurada satisfacción a sus soldados;
porque, aunque es cierto que hay que mostrarles cierta indulgencia, eso resulta fácil.
Ninguno de estos príncipes cuenta con ejércitos veteranos en la gobernación y administración de provincias, como lo eran los del Imperio romano;
y si entonces era más necesario contentar a los soldados que al pueblo, hoy es preciso que todos los príncipes, a excepción del Turco y el Sultán, satisfagan antes al pueblo, porque el pueblo es el más poderoso.
De lo anterior he excluido al Turco, que tiene siempre alrededor doce mil soldados de infantería y quince mil de caballería, de los que depende la seguridad y la fuerza del reino,
y es necesario para él conservar su amistad dejando de lado toda consideración por el pueblo.

El reino del Sultán es similar:
al estar por completo en manos de soldados, ha de conservar la amistad de estos sin prestar atención al pueblo.
Pero debéis advertir que el Estado del Sultán es diferente a los demás principados.
Es como el pontificado cristiano,
que no se puede considerar un principado hereditario ni uno recién formado;
los hijos del antiguo príncipe no son los herederos, sino quien sea elegido para el puesto por quienes ostentan autoridad, y los hijos simplemente se incorporan a la nobleza.
Y como esta es una costumbre muy antigua, no se puede hablar de un nuevo principado, porque en él no surge ninguna de las dificultades a las que hay que enfrentarse en los nuevos;
aunque el príncipe sea nuevo, la constitución del Estado es vieja y está estructurado para recibirle como si fuera su señor hereditario.

Pero volviendo a nuestro tema, afirmo que quienquiera que lo examine admitirá que
el odio y el desprecio fueron fatales para los emperadores mencionados.
Y también comprenderá la razón por la que, aunque algunos de ellos actuaran de un modo y otros de otro, solo uno en cada caso tuvo un final feliz y el resto finales desgraciados.
Porque habría sido inútil y peligroso para Pertinax y Alejandro, príncipes novatos, imitar a Marco, el heredero del principado; y de modo similar,
habría sido totalmente destructivo para Caracalla, Cómodo y Maximino imitar a Severo, puesto que no tenían valor suficiente para seguir sus pasos.

Así pues, un príncipe nuevo en un principado no imitará los actos de Marco, ni es necesario que siga los pasos de Severo, sino que deberá tomar de Severo aquellas cosas que sean necesarias para fundar su Estado y de Marco las que sean apropiadas y gloriosas para conservar un Estado ya establecido y firme.
Un príncipe nuevo en un principado no imitará los actos de Marco, ni es necesario que siga los pasos de Severo;
deberá tomar de Severo aquellas cosas que sean necesarias para fundar su Estado y de Marco las que sean apropiadas y gloriosas para conservar un Estado ya establecido y firme.

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Notas
(1) Juan Bentivoglio, nacido en Bolonia en 1438. Gobernó Bolonia de 1462 a 1506.
Quizá la crispación en la dura condena de las conspiraciones por parte de Maquiavelo se deba a su propia experiencia (febrero de 1513), cuando fue arrestado y torturado por su presunta complicidad en la conspiración de los Boscoli.

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