EL PRÍNCIPE Parte 8 (Capítulos XVIII y XIX), de Nicolás Maquiavelo

EL PRÍNCIPE Parte 8

 

El Príncipe

Nicolás Maquiavelo

El Principe es una de las primeras manifestaciones para la estructuración de la política como saber científico. Entre sus páginas. se encuentran acercamientos a la moralidad y a la ética en el poder: la disciplina de los ciudadanos ante el peligro y, por último, un llamado desesperado para la liberación de Italia de las fuerzas extranjeras.

 

ÍNDICE

Presentación

Nicolás Maquiavelo al Magnífico Lorenzo De Médecis

Capítulo I

De las distintas clases de principados y de la forma en que se adquieren

Capítulo II

De los principados hereditarios

Capítulo III

De los principados mixtos

Capítulo IV

Por qué el reino de Darío, ocupado por Alejandro, no se sublevó contra los sucesores de éste tras su muerte

Capítulo V

De qué manera hay que gobernar las ciudades o los principados que se regían por sus propias leyes, antes de ser ocupados

Capítulo VI

De los principados nuevos adquiridos por las armas propias y el talento personal

Capítulo VII

De los principados nuevos que se adquieren con las armas y las fortunas de otros

Capítulo VIII

De los que llegaron al principado mediante crímenes

Capítulo IX

Del principado civil

Capítulo X

Cómo deben medirse las fuerzas de todos los principados

Capítulo XI

De los principados eclesiásticos

Capítulo XII

De las distintas clases de milicias y de los soldados mercenarios

Capítulo XIII

De los soldados auxiliares, mixtos y mercenarios

Capítulo XIV

De los deberes del príncipe en lo concerniente al arte de la guerra

Capítulo XV

De aquellas cosas por las cuales los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o censurados

Capítulo XVI

De la prodigalidad y de la avaricia

Capítulo XVII

De la crueldad y la clemencia; y si es mejor ser temido que amado

Capítulo XVIII

De qué modo los príncipes deben cumplir sus promesas

Capítulo XIX

El príncipe debe evitar ser aborrecido y odiado

Capítulo XX

Si las fortalezas que los príncipes hacen con frecuencia, son útiles o no

Capítulo XXI

Cómo debe comportarse un príncipe para ser estimado

Capítulo XXII

De los secretarios del príncipe

Capítulo XXIII

Cómo huir de los aduladores

Capítulo XXIV

Por qué los príncipes de Italia perdieron sus Estados

Capítulo XXV

Del poder de la fortuna de las cosas humanas y de los medios para oponérsele

Capítulo XXVI

Exhortación a liberar a Italia de los bárbaros

 

La dama del armiño (c. 1490), famoso óleo sobre tabla de Leonardo da Vinci que retrata a Cecilia Gallerani, amante de Ludovico Sforza, duque de Milán. Destaca por su composición dinámica, el uso del esfumado y el simbolismo del armiño, que representa pureza y al propio duque. Se encuentra en el Museo Nacional de Cracovia.

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EL PRÍNCIPE (Parte 8, Capítulos XVIII y XIX)

 

Del modo en que los príncipes deben cumplir sus promesas

Todo el mundo admite lo digno de alabanza que es en un príncipe ser fiel, y vivir con integridad y no con astucias.

No obstante, según nuestra experiencia, aquellos príncipes que han hecho grandes cosas, han considerado la fidelidad poco importante,

han sabido eludir el ingenio de los hombres con ayuda de artimañas y al final han vencido a quienes han confiado en su palabra.

 

 

Habéis de saber que hay dos modos de competir (1):

uno por medio de la ley, otro por la fuerza;

el primer método es propio de los hombres, el segundo de las bestias, pero dado que el primero es insuficiente a menudo, es necesario recurrir al segundo.

 

Así pues, es preciso que el príncipe sepa cómo disponer para sus fines de la bestia y del hombre.

En sentido figurado, los príncipes pueden aprender de los escritores antiguos, que describen cómo Aquiles y otros muchos príncipes de la Antigüedad eran entregados al centauro Quirón para que los criara y les educara bajo su disciplina.

 

Tenían como maestro a alguien que era mitad hombre mitad animal, que también un príncipe debe saber cómo hacer uso de ambas naturalezas y que la una sin la otra no perdura.

 

La educación de Aquiles, por Delacroix (fresco de Palacio Borbón de París)

 

Significa solamente que tenían como maestro a alguien que era mitad hombre mitad animal, que también un príncipe debe saber cómo hacer uso de ambas naturalezas y que la una sin la otra no perdura.

El príncipe que se vea obligado a adoptar conscientemente a la bestia, ha de escoger al zorro y al león;

porque el león no puede defenderse de los cepos y el zorro no puede defenderse de los lobos.

 

Por tanto, es necesario ser un zorro para descubrir los cepos y un león para aterrorizar a los lobosQuienes solo se sirven de las cualidades del león demuestran poca experiencia.

 

 

Un príncipe sabio no puede, ni debería, mantenerse fiel a su palabra cuando dicha observancia pueda volverse contra él y las razones que le hicieron darla dejan de existir.

 

Así, un príncipe sabio no puede, ni debería, mantenerse fiel a su palabra cuando dicha observancia pueda volverse contra él y las razones que le hicieron darla dejan de existir.

Si los hombres fueran absolutamente buenos, este precepto no se sostendría pero, dado que son malos y no os serán fieles, tampoco vos estáis obligado a serlo.

 

Si los hombres fueran absolutamente buenos, este precepto no se sostendría pero, dado que son malos y no os serán fieles, tampoco vos estáis obligado a serlo.

 

 

Sobre esto se podrían ofrecer incontables ejemplos, mostrando cuántos tratados y acuerdos han sido transgredidos e ineficaces por la infidelidad de los príncipes;

y cómo aquel que mejor supo ser zorro fue el que mayor éxito logró alcanzar.

 

Es preciso disimular bien esta característica, ser un gran impostor y saber fingir

Los hombres son tan simples, y están tan sometidos a las necesidades del presente,

que quien pretenda engañar siempre encontrará a alguien que aceptará ser engañado.

 

Papa Alejandro VI (1492-1503). Retrato atribuido a Pedro Berruguete, c. 1495. fue el papa 214.º de la Iglesia católica entre 1492 y 1503. Su nombre de nacimiento era Rodrigo Lanzol y de Borja (en castellano conocido como Rodrigo de Borja y en italiano como Rodrigo Borgia). Hijo de Jofré de Borja y Escrivá y de Isabel de Borja, hermana de Alfonso de Borja, quien fue obispo de Valencia y posteriormente el papa Calixto III.
Papa Alejandro VI (1492-1503). Retrato atribuido a Pedro Berruguete, c. 1495. fue el papa 214.º de la Iglesia católica entre 1492 y 1503. Su nombre de nacimiento era Rodrigo Lanzol y de Borja (en castellano conocido como Rodrigo de Borja y en italiano como Rodrigo Borgia). Hijo de Jofré de Borja y Escrivá y de Isabel de Borja, hermana de Alfonso de Borja, quien fue obispo de Valencia y posteriormente el papa Calixto III.

 

Hay un ejemplo más que no puedo silenciar. Alejandro VI no hizo otra cosa que engañar a los hombres, ni jamás pensó en actuar de otro modo.

Y siempre encontró víctimas,

ya que nunca hubo otro hombre con mayor poder de aseveración, capaz de afirmar una cosa entre juramentos, que a continuación incumplía.

 

Sin embargo, sus engaños siempre tenían éxito de acuerdo con sus deseos, porque entendía bien esta faceta de la humanidad.

 

Discursos sobre la primera década de Tito Livio de Nicolás Maquiavelo, 1531.

«Alejandro jamás hacía lo que decía, César jamás decía lo que hacía».
Proverbio italiano

 

No hace falta que un príncipe tenga todas las buenas cualidades que he enumerado, pero es muy necesario que parezca que las posee. 

Y me atreveré a decir también que tenerlas y practicarlas siempre es perjudicial, y que es útil aparentar que las posees;

parecer misericordioso, digno de confianza, humano, religioso, recto, y serlo, pero con una mente estructurada de modo que si es preciso sea capaz de saber convertirse en lo opuesto.

 

Debéis comprender esto, que un príncipe, en especial uno nuevo, no puede observar todas aquellas cosas que hacen a los hombres dignos de estima.

A menudo se ve obligado, con el fin de mantener el Estado, a actuar en contra de la fidelidad (2), la amistad, la humanidad y la religión.

 

Ottavio Vannini; Miguel Ángel mostrando a Lorenzo el Magnífico el busto de un fauno, Palazzo Pitti, Florencia

 

Un príncipe, en especial uno nuevo, no puede observar todas aquellas cosas que hacen a los hombres dignos de estima.

A menudo se ve obligado, con el fin de mantener el Estado, a actuar en contra de la fidelidad, la amistad, la humanidad y la religión.

 

Así pues, es necesario que posea un espíritu dispuesto a desplazarse con los vientos y las variaciones de la fortuna y, como dije antes, no apartarse del bien si es posible, pero sabiendo cómo proceder en sentido contrario si se ve forzado.

Por este motivo, un príncipe deberá tener cuidado de que jamás escape de sus labios nada que no esté repleto de las cinco cualidades arriba mencionadas,

que pueda aparecer ante quien le ve y le oye misericordioso, fiel, humano, recto y religioso.

 

 

No hay nada más necesario que dar la impresión de que se posee esta última cualidad, en la medida en que los hombres juzgan en general más por la vista que por la mano,

dado que a todo el mundo le corresponde el derecho a veros, pero pocos entran en contacto con vos.

 

Todo el mundo ve lo que parecéis ser, pocos saben lo que realmente sois, y esos pocos no osan oponerse a la opinión de muchos;

y en las acciones de todos los hombres, y en especial de los príncipes, a los que no es prudente desafiar, uno juzga por los resultados.

 

 

Todo el mundo ve lo que parecéis ser, pocos saben lo que realmente sois, y esos pocos no osan oponerse a la opinión de muchos

 

Por esa razón, si se da crédito a un príncipe por conquistar y conservar su Estado, los medios serán considerados honestos, y será alabado por todo el mundo; porque a la gente vulgar le convence la apariencia de las cosas y el resultado que obtienen;

y en el mundo no hay más que personas vulgares, pues los pocos solo encuentran lugar en él cuando los muchos no tienen base en la que apoyarse.

 

Un príncipe (3) de hoy, al que no sería correcto nombrar,

no propugna otra cosa que paz y buena fe, y de las dos es enemigo, y de haberlas practicado, le habían privado de la reputación y el reino en más de una ocasión.

 

Lorenzo de Médici (nacido el 1 de enero de 1449 en Florencia [Italia] y fallecido el 9 de abril de 1492 en Careggi, cerca de Florencia) fue un estadista, gobernante y mecenas florentino de las artes y las letras, el más brillante de los Médici. Gobernó Florencia junto con su hermano menor, Giuliano (1453-1478), de 1469 a 1478 y, tras el asesinato de este último , fue el único gobernante de 1478 a 1492.

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Notas

(1) Competir, es decir, «afanarse por el dominio». Burd señala que este pasaje es una imitación directa del De oficiis de Cicerón:

Nam cum sint duo genera decertandi, unum per disceptationem, alterum per vim; cumque illud propium sit hominis, hoc beluarum; confugiendum est ad posterius, si uti non licet superiore

(«Mientras que hay dos modos de competir, uno mediante la discusión y otro por la fuerza; el primero es propio del hombre, el segundo de los animales. Habrá que recurrir al último si no hay oportunidad de utilizar el primero»).

(2) Contrario a la «fidelidad», o «fe», contro alla fede, y tutto fede, «siempre fiel», en el siguiente párrafo. Vale la pena señalar que estas dos expresiones, contro alla fede y tutto fede, fueron omitidas en la edición testina, publicada con la aprobación de las autoridades papales.

Puede ser que el significado atribuido a «fe» fuera el del credo católico y no las acepciones empleadas aquí de «fidelidad» y «fiel».

Obsérvese que se permitió el uso de la palabra «religione» en el texto de la testina, al ser usada como indicadora de todo tipo de creencias, como muestra la religión, una expresión inevitablemente utilizada para designar la herejía de los hugonotes.

(3) Fernando de Aragón.

«Cuando Maquiavelo estaba escribiendo El príncipe habría sido claramente imposible mencionar el nombre de Fernando sin que fuera causa de ofensa», Il Principe, edición de Burd, p. 308.

 

Italy – Tuscany Region – Florence – Santa Maria Novella, Chapel Maggiore or Tornabuoni. Domenico Ghirlandaio (1449-1494), Stories of the Virgin Mary: Annunciation to Zacharias, 1485-1490, fresco. Detail: Cristoforo Landino, Angelo Poliziano and Marsilio Ficino.

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De qué modo el príncipe debe evitar ser despreciado y aborrecido

En lo que se refiere a las características señaladas anteriormente, he mencionado las más importantes.

Deseo comentar ahora brevemente las otras bajo este enfoque genérico, que el príncipe debe procurar evitar, como en parte se ha dicho previamente, aquellas cosas que le hagan odioso o despreciable;

y tantas veces como haya tenido éxito habrá cumplido con su papel y no habrá de temer peligro alguno en otras recriminaciones.

 

 

Un príncipe deberá tener cuidado de que jamás escape de sus labios nada que no esté repleto de las cinco cualidades arriba mencionadasque pueda aparecer ante quien le ve y le oye Misericordioso, Fiel, Humano, Recto y Religioso.

(Nicolás Maquiavelo, EL PRÍNCIPE, Capítulo XVIII)

 

Como ya he mencionado, será odiado sobre todo por su rapacidad, por violar la propiedad y a las mujeres de sus súbditos, cosas ambas de las que deberá abstenerse.

La mayoría de los hombres viven satisfechos cuando mantienen intactos tanto su honor como su propiedad,

y solo tendrá que enfrentarse a la ambición de unos pocos, a los que podrá contener con facilidad de muchos modos.

 

Le hace despreciable ser considerado voluble, frívolo, afeminado, de espíritu mezquino, indeciso, de todo lo cual ha de guardarse un príncipe como de un escollo;

deberá esforzarse en mostrar grandeza en sus acciones, coraje, seriedad y fortaleza;

y en las relaciones privadas con sus súbditos tendrá que demostrar que sus juicios son irrevocables y conservar tal reputación que nadie aspire a engañarle ni a eludirle.

 

Probables retratos de Michelotto (en el centro), César Borgia (a la izquierda), el cardenal Bandinello Sauli y Nicolás Maquiavelo, en un cuadro de Sebastiano di Piombo.

 

Es objeto de alta estima aquel príncipe que transmite esta impresión de sí mismo, y no es fácil conspirar contra quien goza de gran aprecio

dado que es sabido que se trata de un hombre excelente y reverenciado por su pueblo, solo será posible atacarle con dificultad.

 

Un príncipe ha de albergar dos temores:

uno interior, debido a sus súbditos;

el otro exterior, de cara a los poderes externos.

 

De lo segundo le defiende estar bien armado y contar con buenos aliados, y si está bien armado tendrá buenos amigos;

todo permanecerá en calma en el interior si el exterior está tranquilo, a menos que las cosas se vean alteradas por una conspiración.

 

E incluso aunque los asuntos exteriores estuvieran trastocados, si ha llevado a cabo sus preparativos y ha vivido como he dicho, en tanto no desespere resistirá todo ataque, como hizo el espartano Nabis.

 

Un príncipe ha de albergar dos temores:

uno interior, debido a sus súbditos;

el otro exterior, de cara a los poderes externos.

 

Espartanos contra romanos. Se ve los escudos romanos con alas de águila introducidas por Mario, y el rayo introducido por Julio Cesar, los espartanos llevan casco pilos, escudo más pequeño y sarisa.

 

En lo que se refiere a sus súbditos, cuando los asuntos del exterior se ven perturbados, solo ha de temer que conspiren en secreto,

de lo que un príncipe puede protegerse fácilmente evitando ser odiado y despreciado, y manteniendo al pueblo satisfecho con él.

 

Como he mencionado antes en términos más extensos, es de suma importancia que lo logre.

Y uno de los remedios más eficaces de los que puede disponer un príncipe contra las conjuras es no ser odiado y despreciado por el pueblo,

porque quien conspira contra un príncipe espera agradar a los ciudadanos al eliminarle;

pero si el conspirador cree que les ofende, no tendrá valor para emprender semejante camino, porque las dificultades a las que se enfrenta son infinitas.

 

Y como la experiencia muestra, muchas han sido las conspiraciones, pero pocas han tenido éxito; quien conspira no puede actuar solo, ni contar con más compañía que la de aquellos a los que considera insatisfechos.

 

Quien conspira no puede actuar solo, ni contar con más compañía que la de aquellos a los que considera insatisfechos.

 

 

En cuanto uno desvela sus pensamientos a un descontento le da el material con el que contentarse, ya que denunciándoos puede aspirar a todas las ventajas;

así pues, viendo asegurados los beneficios por tal acción y dudosos y llenos de peligros por la contraria, habrá de ser un amigo de los que hay muy pocos o un enemigo obstinado del príncipe para confiar en él.

 

Y para reducir la cuestión a sus últimos términos, afirmo que del lado del conspirador no hay más que miedo, celos, perspectivas de castigo para aterrarle; pero del lado del príncipe están la majestuosidad del principado, las leyes, la protección de amigos y el Estado para defenderle.

De modo que, si se añade la buena voluntad popular a todas estas cosas, es imposible que nadie sea tan insensato como para conspirar.

 

El conspirador tiene motivos de temor antes de la ejecución de su complot y también ha de temer las secuelas del crimen,

porque tiene como enemigo al pueblo y carece de esperanza alguna de escapar.

 

Bolonia en el s. XV.

 

Del lado del conspirador no hay más que miedo, celos, perspectivas de castigo para aterrarle; pero del lado del príncipe están la majestuosidad del principado, las leyes, la protección de amigos y el Estado para defenderle.

 

Sería posible ofrecer incontables ejemplos sobre este tema, pero me contentaré con uno ocurrido en la época de nuestros padres.

Micer Aníbal Bentivoglio, príncipe de Bolonia (abuelo del actual Aníbal), fue asesinado por los Caneschi, que se conjuraron contra él matando a toda su familia salvo a micer Juan (1) entonces un niño, que sobrevivió. Inmediatamente después de su asesinato, el pueblo se alzó y mató a todos los Caneschi.

 

Inmediatamente después de su asesinato, el pueblo se alzó y mató a todos los Caneschi.

 

Annibale Bentivoglio (1413-1445) fue un militar y político italiano, signore de Bolonia desde 1443 hasta su asesinato.´

 

Esto se debió al aprecio del que disfrutaba la familia de los Bentivoglio en Bolonia, que era de tal magnitud que, aunque no quedara ninguno tras la muerte de Aníbal con capacidad para gobernar el Estado, los boloñeses, al enterarse de que había un miembro de la familia Bentivoglio en Florencia,

hasta entonces considerado hijo de un herrero, enviaron a buscarle y le confiaron el gobierno de su ciudad, que fue gobernada por él hasta que micer Juan le sustituyó al cabo del tiempo.

 

Por esa razón opino que un príncipe debe considerar poco importantes las conspiraciones cuando su pueblo le tiene en alta estima,

pero si le es hostil y siente odio hacia él, debería temerlo todo y a todos.

 

Los Estados bien ordenados y los príncipes sabios se han tomado muchas molestias para no desesperar a los nobles y tener al pueblo satisfecho y contento, porque este es uno de los objetivos principales de un príncipe.

 

Giovanni II Bentivoglio (1443 –1508) fue un político y condotiero italiano, signore de Bolonia desde 1463 a 1506. Hijo único del asesinado Annibale I Bentivoglio, creció bajo la tutela de Sante Bentivoglio y le sucedió como primer ciudadano de Bolonia.

 

Entre los reinos más organizados y mejor gobernados de nuestros tiempos está Francia,

donde es posible encontrar buenas instituciones de las que dependen la libertad y la seguridad del rey.

 

La primera es el Parlamento y su autoridad, porque él, conocedor de la ambición y la audacia de la nobleza, al fundar el reino consideró que sería necesario ponerles un bocado para frenarles; y, por otra parte, sabiendo del odio basado en el miedo que el pueblo sentía por los nobles, deseaba protegerlos.

Sin embargo, no quiso que fuera cuidado exclusivo del rey esta tarea, y para evitar los reproches de los nobles por favorecer al pueblo y del pueblo por favorecer a los nobles, nombró un árbitro,

que sería el encargado de controlar a los nobles y favorecer al pueblo llano sin que pudiera reprochársele al rey.

 

Alegoría del buen gobierno, detalle de las virtudes cardinales. Ambrogio Lorenzetti.

 

No es posible una disposición más prudente y acertada, ni una mayor fuente de seguridad para el rey y el reino.

De aquí se puede extraer otra importante conclusión:

que los príncipes deben dejar los asuntos reprochables en manos de otros y reservarse los de gracia.

 

Y lo que es más, considero que un príncipe ha de apreciar a los nobles, pero no de forma que le haga ser objeto del odio del pueblo.

 

 

Un príncipe ha de apreciar a los nobles, pero no de forma que le haga ser objeto del odio del pueblo

 

Quizá a algunos que han examinado las vidas y muertes de los emperadores romanos pueda parecerles que muchos de ellos serían un ejemplo que contradice mi opinión,

dado que algunos vivieron con dignidad y mostraron grandes virtudes, pero perdieron su imperio o fueron asesinados por súbditos que conspiraron contra ellos.

 

Filopemén herido, escultura de mármol de David d’Angers (1837). Filopemén (Philopoimen) (Megalópolis, 253 a. C. – Mesene, 184 a. C.), fue un general y político griego, que ocupó el cargo de strategos de la Liga Aquea en ocho ocasiones. Filopemén ayudó a convertir la Liga Aquea en un importante poder militar en Grecia. Fue denominado «el último de los griegos»

 

Así pues, con ánimo de dar respuesta a estas objeciones, recordaré el carácter de ciertos emperadores, y demostraré que las causas de su ruina no fueron diferentes a las por mí alegadas; solo someteré a consideración aquellas cosas dignas de mención para quien estudie los asuntos de aquella época.

Es, a mi modo de ver, suficiente mencionar a aquellos emperadores que ascendieron al gobierno a partir de Marco el filósofo;

fueron Marco Aurelio y su hijo Cómodo, Pertinax, Juliano, Severo y su hijo Antonino, Caracalla, Macrino, Heliogábalo, Alejandro y Maximino.

 

 

En primer lugar se ha de señalar que, mientras que en otros principados solo hay que enfrentarse a la ambición de los nobles y la insolencia del pueblo, los emperadores romanos tenían que lidiar con un tercer problema, al tener que tolerar la crueldad y avaricia de sus soldados,

un asunto tan erizado de dificultades que representó la ruina de muchos.

 

Era complicado satisfacer tanto a los soldados como al pueblo;

porque el pueblo amaba la paz y por ello amaban al príncipe sin ambiciones, mientras que los soldados amaban al príncipe belicoso, que fuera audaz, cruel y rapaz.

 

Les encantaba que ejerciera dichas cualidades sobre el pueblo, para así obtener doble paga y dar rienda suelta a su propia avaricia y crueldad.

 

Lictores portando fasces

 

De esto se sigue que siempre eran derribados quienes, por nacimiento o crianza, carecían de gran autoridad; y la mayoría de ellos, en especial quienes llegaban de nuevas al principado, al reconocer la dificultad de controlar estos dos diferentes humores,

se inclinaba por dar satisfacción a los soldados, preocupándose poco por el daño sufrido por el pueblo.

 

Por supuesto, esto era necesario porque, dado que los príncipes no pueden evitar que alguien les odie, deberían evitar que les odie todo el mundo;

y si no logran hacerlo, deberían, con la mayor diligencia, evitar el odio de los más poderosos.

 

Así, aquellos emperadores que por inexperiencia tenían necesidad de especial favor se decantaban antes por los soldados que por el pueblo,

un camino que resultaba o no ventajoso dependiendo de la capacidad del príncipe para ejercer su autoridad sobre ellos.

 

«Busto de Cicerón», en los Museos Capitonlinos, Roma.

 

Ma Antonino suo figliuolo fu ancora lui uomo che aveva parte eccellentissime e ch lo facevano maraviglioso nel conspetto de’ populi e grato a’ soldati.

Su hijo Antonino era un hombre sobresaliente y poseía excelentes cualidades, lo que le hacía admirable a ojos del pueblo y aceptable para los soldados”).

 

A estas causas se debió que Marco, Pertinax y Alejandro, todos ellos de vida austera, amantes de la justicia, enemigos de la crueldad, humanos y benevolentes, tuvieran, a excepción de Marco Aurelio, un triste fin;

solo él vivió y murió con honores, porque había ascendido al trono por vía hereditaria y nada debía a los soldados ni al pueblo.

 

Y, dado que poseía muchas virtudes que le hacían respetable, mantuvo siempre a ambos grupos en su lugar mientras vivió, y no fue nunca odiado ni despreciado.

En cambio, Pertinax fue nombrado emperador en contra de los deseos de los soldados, que, acostumbrados a vivir licenciosamente bajo Cómodo, no pudieron soportar la vida honrada a la que Pertinax quería reducirles.

 

Pertinax fue nombrado emperador en contra de los deseos de los soldados, que, acostumbrados a vivir licenciosamente bajo Cómodo, no pudieron soportar la vida honrada a la que Pertinax quería reducirles

 

A los motivos para ser odiado por estos se sumaron las quejas por su avanzada edad y fue depuesto al comienzo de su administración.

 

Publio Helvio Pertinax (en latín, Publius Helvius Pertinax; Alba, 1 de agosto de 126-Roma, 28 de marzo de 193) fue emperador romano durante el breve período comprendido entre el asesinato del emperador Cómodo, cometido el 31 de diciembre de 192, y la muerte del propio Pertinax, asesinado el 28 de marzo de 193. Se conoce poco de su reinado, que duró solo 87 días. Tras su muerte, se convirtió en el primer emperador del tumultuoso año de los cinco emperadores y fue sucedido por Didio Juliano, cuyo reinado fue igualmente corto.

 

Y aquí conviene señalar que el odio es fruto tanto de las buenas acciones como de las malas, por lo que, como he mencionado antes, si un príncipe quiere conservar su Estado se ve a menudo obligado a hacer el mal,

porque cuando el cuerpo está corrupto -puede ser el pueblo, el ejército o la nobleza- habéis de someteros a sus cambios de humor y recompensarles, con lo que las buenas obras os perjudicarán.

 

Pero hablemos de Alejandro, un hombre de tan enorme bondad que, entre las muchas alabanzas que se le dedican, está no haber dado muerte a nadie que no hubiera sido previamente sometido a juicio.

No obstante, se le consideraba afeminado y un hombre que se dejaba gobernar por su madre;

acabó siendo despreciado, el ejército conspiró contra él y le asesinó.

 

Marco Aurelio Severo Alejandro. Busto de Alejandro Severo, Museos Capitolinos. Sucedió a su primo Heliogábalo, tras su asesinato en 222, y terminó su reinado también asesinado, dando comienzo a la época conocida como la crisis del siglo III

 

Si ahora centramos la atención en los caracteres opuestos de Cómodo, Severo, Antonino, Caracalla y Maximino, comprobaremos que todos ellos eran hombres crueles, que por contentar a sus soldados no dudaban en cometer todo tipo de iniquidades contra el pueblo;

y todos, salvo Severo, tuvieron un mal fin.

 

Severo albergaba tal valor que, manteniendo la amistad de los soldados, reinó con éxito pese a tener al pueblo oprimido;

porque su valentía le granjeaba tanta admiración de los soldados y los ciudadanos que los segundos permanecían asombrados y sobrecogidos, y los primeros, respetuosos y satisfechos.

 

Y dado que los actos de este hombre como príncipe nuevo fueron grandiosos, deseo mostrar brevemente que sabía bien cómo copiar al zorro y al león,

cuyas naturalezas, como dije, el príncipe tiene necesidad de imitar.

 

Lucio Septimio Severo (Lucius Septimius Severus; Leptis Magna, África, 145-Eboracum, Britania, 211) fue emperador del Imperio romano de 193 a 211. De ascendencia púnica-bereber (por su padre), fue el primer emperador romano de origen africano en alcanzar el trono y el fundador de la dinastía de los Severos. Tras su muerte, fue deificado por el Senado.

 

Conocedor de la desidia del emperador Juliano, convenció al ejército desplegado en Esclavonia, del que era capitán, de que sería justo ir a Roma y vengar la muerte de Pertinax, asesinado por los soldados pretorianos.

Con este pretexto, sin dar muestras de aspirar al trono, marchó con el ejército y se presentó en Italia antes de que se supiera que había partido.

A su llegada a Roma, el Senado, por miedo, le eligió emperador y mató a Juliano.

Después de esto, a Severo, que quería convertirse en el amo de todo el imperio, solo le restaban dos obstáculos:

uno en Asia, donde Níger, jefe del ejército allí, se había hecho proclamar emperador;

el otro en Occidente, donde estaba Albino, también aspirante al trono.

 

Le pareció arriesgado enfrentarse a ambos, así que decidió atacar a Níger y engañar a Albino.

Al este le escribió que, habiendo sido elegido emperador por el Senado, estaba dispuesto a compartir con él esa dignidad y le enviaba el título de césar; lo que es más, que el Senado había nombrado a Albino su colega, mentiras que Albino tomó por ciertas.

 

Gayo Pescenio Níger (Gaius Pescennius Niger; Aquino, 135/140-Antioquía, 194) fue pretendiente al trono del Imperio romano desde mediados de abril de 193 hasta finales de marzo del año 194.

 

Pero cuando Severo hubo conquistado y dado muerte a Níger, y aplacado los asuntos orientales, regresó a Roma y se quejó ante el Senado de que Albino, en lugar de reconocer los beneficios que había recibido de él, había intentado matarle a traición,

y que se veía obligado a castigarle por esta ingratitud.

 

A continuación, le buscó en Francia y le arrebató tanto su gobierno como la vida.

Quien examine los actos de este hombre le considerará un león de gran valor y un zorro de gran astucia; descubrirá que era temido y respetado por todo el mundo, y no odiado por el ejército.

No hay nada extraño en el hecho de que él, un recién llegado, fuera capaz de conservar semejante imperio,

porque su supremo renombre siempre le protegió del odio que el pueblo podría haber albergado contra él a causa de su violencia

 

Sexto Vario Avito Basiano (Sextus Varius Avitus Basianus; Emesa, Siria, c. 203-Roma, 11 de marzo de 222), Heliogábalo,  fue un noble y sacerdote romano, emperador de la dinastía Severa que reinó durante cuatro años, desde 218 hasta 222. Fue un emperador muy joven, pues tenía apenas catorce años cuando accedió al trono, y dieciocho cuando fue asesinado. Al convertirse en emperador tomó el nombre de Marco Aurelio Antonino Augusto, y mucho tiempo después de su asesinato empezó a ser conocido como Heliogábalo o Elagábalo (Elagabalus).

 

Su hijo Antonino era un hombre sobresaliente y poseía excelentes cualidades, lo que le hacía admirable a ojos del pueblo y aceptable para los soldados;

Era un hombre de armas, soportaba enormes fatigas, despreciaba los alimentos delicados y otros lujos, por lo que los ejércitos le adoraran.

 

No obstante, su ferocidad y crueldad fueron tan grandes e inauditas que, tras un sinfín de asesinatos aislados, mató a un gran número de habitantes de Roma y a todos los de Alejandría.

Empezó a ser odiado por todo el mundo y temido por quienes le rodeaban, hasta el punto de ser asesinado en medio de su ejército por un centurión.

Conviene señalar aquí que los príncipes no pueden evitar este tipo de muertes, infligidas deliberadamente con un coraje resuelto y desesperado, porque cualquiera que no tenga miedo a morir puede hacerlo; aunque un príncipe puede temerlas menos, porque son muy raras;

solo ha de procurar no causar grandes daños a quienes emplee o tenga cerca al servicio del Estado.

 

Marco Aurelio Severo Antonino «Caracalla» (Antonino), (Marcus Aurelius Severus Antoninus Caracalla; Lugdunum, Galia Lugdunense, 4 de abril de 188 – 8 de abril de 217) fue emperador romano de 198 a 217, miembro de la dinastía Severa, hijo mayor del emperador Septimio Severo y de la emperatriz Julia Domna. Proclamado cogobernante por su padre en 198, continuó reinando con su hermano Geta, coemperador desde 209, tras la muerte del primero en 211. Su hermano fue asesinado por la Guardia Pretoriana en diciembre del mismo año, supuestamente por orden del propio Caracalla, quien reinó después como único gobernante del Imperio romano.

 

Antonino no había sido cuidadoso en esto:

desdeñosamente, había matado a un hermano de aquel centurión, al que también amenazaba a diario, y aun así lo conservaba en su guardia personal;

tal como resultaron las cosas, fue una insensatez que acarreó la ruina del emperador.

 

Pero pasemos ahora a Cómodo, al que le hubiera debido resultar muy fácil conservar el imperio, ya que, como hijo de Marco, lo había heredado.

Solo habría tenido que seguir los pasos de su padre para contentar a sus súbditos y soldados pero, siendo de naturaleza cruel y brutal, para satisfacer su rapacidad contra el pueblo se dedicó a divertir y corromper a los soldados.

Por otro lado, como no mantenía su dignidad, bajaba a menudo a la arena para competir con los gladiadores y cometía otras muchas vilezas impropias de la majestad imperial,

con lo que pasó a ser despreciado por los soldados.

 

Dado que una parte le odiaba y la otra le despreciaba, fue víctima de una conspiración que le costó la vida.

 

Lucio Aurelio Cómodo  (Lanuvium, 31 de agosto de 161-Roma, 31 de diciembre de 192) fue el último emperador de la dinastía Antonina. Gobernó con el nombre de Emperador César Marco Aurelio Cómodo Antonino Augusto desde el 17 de marzo del año 180 hasta su muerte, aunque había sido asociado al trono ya en el año 177 al recibir el título de augusto. Hijo de Marco Aurelio y Faustina la Menor, nació en Lanuvium y fue el último miembro de la dinastía Antonina.

 

Queda por discutir el carácter de Maximino.

Era un hombre muy belicoso, y los ejércitos, asqueados por el carácter afeminado de Alejandro, de quien ya he hablado, dieron muerte a este y auparon al trono a Maximino.

No lo ocupó demasiado tiempo, porque dos cosas hicieron que fuera odiado y despreciado;

la primera, que había sido pastor de ovejas en Tracia, lo que le trajo la deshonra (algo bien conocido y considerado una indignidad por todos);

la otra, que al acceder al cargo postergara el viaje a Roma para tomar posesión del trono imperial.

 

Además, se ganó una reputación de suprema ferocidad por sus muchas crueldades, cometidas a través de sus prefectos en Roma y otros lugares del imperio, despertando la ira de la totalidad del mundo ante la mezquindad de su cuna y el miedo por su barbarie.

Primero se rebeló África, luego lo hizo el Senado con el pueblo de Roma; toda Italia conspiró en su contra, incluido su propio ejército; este, que asediaba Aquileia y tenía dificultades para tomarla, sentía repugnancia por sus brutalidades.

Temiéndole menos al descubrir cuántos estaban en su contra, le asesinaron.

 

Cayo Julio Vero Maximino (Gaius Julius Verus Maximinus), llamado Maximino el Tracio, fue emperador romano entre 235 y 238. Nació aproximadamente en el año 173, como hijo de un campesino godo y su esposa de origen alano, en Moesia o Tracia, de ahí el sobrenombre de tracio. Fue el primero de los emperadores-soldado del siglo tercero. Su reinado se considera con frecuencia como el principio de la crisis del siglo tercero.

 

No es mi deseo hablar de Heliogábalo, Macrino o Juliano,

quienes, al ser absolutamente despreciables, fueron eliminados con rapidez.

 

Llevaré este discurso a su conclusión diciendo que los príncipes de nuestro tiempo se enfrentan en menor medida a esta dificultad de proporcionar tan desmesurada satisfacción a sus soldados;

porque, aunque es cierto que hay que mostrarles cierta indulgencia, eso resulta fácil.

 

Ninguno de estos príncipes cuenta con ejércitos veteranos en la gobernación y administración de provincias, como lo eran los del Imperio romano;

y si entonces era más necesario contentar a los soldados que al pueblo, hoy es preciso que todos los príncipes, a excepción del Turco y el Sultán, satisfagan antes al pueblo, porque el pueblo es el más poderoso.

 

De lo anterior he excluido al Turco, que tiene siempre alrededor doce mil soldados de infantería y quince mil de caballería, de los que depende la seguridad y la fuerza del reino,

y es necesario para él conservar su amistad dejando de lado toda consideración por el pueblo.

 

Pintura en la Catedral de Nápoles que representa la matanza de ciudadanos de Otranto por parte de los turcos en 1480. Nótese la figura decapitada de Antonio Primaldo que persiste en mantenerse de pie como símbolo de la firmeza de su fe.

 

El reino del Sultán es similar:

al estar por completo en manos de soldados, ha de conservar la amistad de estos sin prestar atención al pueblo.

 

Pero debéis advertir que el Estado del Sultán es diferente a los demás principados.

Es como el pontificado cristiano,

que no se puede considerar un principado hereditario ni uno recién formado;

los hijos del antiguo príncipe no son los herederos, sino quien sea elegido para el puesto por quienes ostentan autoridad, y los hijos simplemente se incorporan a la nobleza.

 

Y como esta es una costumbre muy antigua, no se puede hablar de un nuevo principado, porque en él no surge ninguna de las dificultades a las que hay que enfrentarse en los nuevos;

aunque el príncipe sea nuevo, la constitución del Estado es vieja y está estructurado para recibirle como si fuera su señor hereditario.

 

 

Pero volviendo a nuestro tema, afirmo que quienquiera que lo examine admitirá que

el odio y el desprecio fueron fatales para los emperadores mencionados.

 

Y también comprenderá la razón por la que, aunque algunos de ellos actuaran de un modo y otros de otro, solo uno en cada caso tuvo un final feliz y el resto finales desgraciados.

Porque habría sido inútil y peligroso para Pertinax y Alejandro, príncipes novatos, imitar a Marco, el heredero del principado; y de modo similar,

habría sido totalmente destructivo para Caracalla, Cómodo y Maximino imitar a Severo, puesto que no tenían valor suficiente para seguir sus pasos.

 

Mehmet II conquistando Constantinopla (1453), óleo de Fausto Zonaro (1854-1929).

 

Así pues, un príncipe nuevo en un principado no imitará los actos de Marco, ni es necesario que siga los pasos de Severo, sino que deberá tomar de Severo aquellas cosas que sean necesarias para fundar su Estado y de Marco las que sean apropiadas y gloriosas para conservar un Estado ya establecido y firme.

 

Un príncipe nuevo en un principado no imitará los actos de Marco, ni es necesario que siga los pasos de Severo;

deberá tomar de Severo aquellas cosas que sean necesarias para fundar su Estado y de Marco las que sean apropiadas y gloriosas para conservar un Estado ya establecido y firme.

 

Tito Livio (Patavium, 59 a. C.-Padua, 17 d. C.)​ fue un historiador romano que escribió una monumental historia del Estado romano en ciento cuarenta y dos libros (el Ab urbe condita), desde la legendaria llegada de Eneas a las costas del Lacio hasta la muerte del cuestor y pretor Druso el Mayor.

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Notas

(1) Juan Bentivoglio, nacido en Bolonia en 1438. Gobernó Bolonia de 1462 a 1506.

Quizá la crispación en la dura condena de las conspiraciones por parte de Maquiavelo se deba a su propia experiencia (febrero de 1513), cuando fue arrestado y torturado por su presunta complicidad en la conspiración de los Boscoli.

 

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