SER DÉSPOTA ES SER AMO DEL RECUERDO, por Gabriel Albiac. Estado Totalitario vs Estado Dictatorial: La «Formación de Masas» (entrevista a Mattias Desmet, mayo 2026)

Desintegración de la persistencia de la memoria. Salvador Dali, 1954

Ser déspota es ser amo del recuerdo

 

ESTADO TOTALITARIO Vs ESTADO DICTATORIAL: EL FENÓMENO DE LA «FORMACIÓN DE MASAS», ENTREVISTA A MATTIAS DESMET

Geopolítica en Blanco y Negro, Binaria, sin grises.

La pregunta que se responde sola: Yo tengo razón; entonces, ¿porqué los demás no piensan y -sobre todo-, dicen lo que yo pienso o digo? La pregunta que subyace coincide con la respuesta, sea cual sea: «Porque yo tengo razón». 

Hasta las buenas razones expuestas por Mattias Desmet, sufren la sinrazón de la «Novísima Izquierda Global», que parece pretender pastorear nuestro futuro, definiendo el presente. Académicos y expertos -tan indignados como sus predecesores, pero con otro nombre-, que lo son por leer la prensa; pero solo la de su color.,

Un color que ahora se presenta neutro, basado en Verdades que no se discuten y, a menudo, ni tan siquiera se enuncian, para poder discutir así sobre las otras Verdades anteriores que no se sometieron a discusión. La Novísima Izquierda, tan vieja como los zigurats.

Neutrality Studies

 

No son solo los líderes de la UE quienes desean una guerra suicida con Rusia. Esta psicosis lleva tiempo extendiéndose incluso a las calles de Berlín, Bruselas y París.

La formación de masas es el fenómeno psicológico que explica por qué naciones enteras están dispuestas a sacrificarlo TODO por una ideología letal. Lamentablemente, la UE está muy avanzada en este camino.

Hoy converso con el Dr. Mattias Desmet, profesor de psicología clínica en Bélgica y autor de *La psicología del totalitarismo*, sobre la formación de masas, el totalitarismo, la propaganda, la soledad, la libertad de expresión, las narrativas bélicas y la atracción emocional de la creencia grupal.

La conversación abarca la diferencia entre dictaduras y estados totalitarios, el papel de la educación y los medios de comunicación, y la sinceridad como forma de resistir la hipnosis colectiva.

 
PSICOSIS DE FORMACIÓN MASIVA. COVID-19: «Como los medios corporativos, generando ansiedad, han formado masas que les creen sin cuestionar»

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SER DÉSPOTA ES SER AMO DEL RECUERDO

Tres semanas después de la incuria que costó la vida a medio centenar de ciudadanos, un celestial presidente se digna descender al corpóreo parlamento. Y la tragedia ya no existe

Por Gabriel Albiac

El Debate, 13 FEB 2026

Ser déspota es ser amo del recuerdo

 

¿Existe Adamuz? Claro que no. ¿Existió? Aún menos

Eso aprendimos, antes que nada, quienes tomamos el camino extravagante de dedicar nuestras vidas a la filosofía:

que no hay pasado.

 

Nos lo enseñó un maravilloso poeta que, hace dos mil seiscientos años, fue el pensador más exquisito entre los griegos. Parménides:

«Es, no fue, es no será».

 

 

Erige así un enigma que atraviesa nuestra lengua:

¿Cuál es el lugar del pasado —y del futuro— en nuestras mentes, esto es, en nuestras vidas, que son sólo presente?

 

¿Dónde queda el «fue», eso que, por haber sido en el tiempo, no volverá a ser ya nunca? Todos sabemos la respuesta:

en la memoria.

 

Salvador Dalí, ‘La Persistencia de la Memoria’ Óleo sobre lienzo (1931)

 

Y, al decir que lo sabemos, nos engañamos. ¿Tenemos acaso idea de qué sea con exactitud lo que la memoria archiva y nos va susurrando en el curso del tiempo?

¿Hay acaso verdad en lo que recordamos? ¿O hay tan sólo la plácida indolencia del consuelo actual?

 

¿Hay acaso verdad en lo que recordamos?

 

Puede que no exista enigma más inquietante que ese en la vida de los hombres. El recuerdo habla sólo de este mismo hombre que recuerda.

Pero no dice siquiera la realidad que él fue:

dice lo que ahora mismo desearía haber si

do en aquel momento perdido que quisiera tener presente ahora. Y que, al no tener, inventa.

 

La memoria emociona. Positiva o negativamente, da lo mismo.

Y, justo por emocionar y para emocionar, la memoria debe mentir de modo acorde a la conveniencia del sentimiento del sujeto que la invoca.

 

 

«La memoria no es otra cosa que cierta concatenación de ideas que implican la naturaleza de las cosas que están fuera del cuerpo humano, y que se produce en la mente según el orden y concatenación de las afecciones del cuerpo», no de lo real, escribirá Spinoza.

Lo que es lo mismo:

la memoria inventa estados afectivos de aquel que es por ella arrebatado; nunca, conocimiento.

 

La política moderna –esa que iniciaron Maquiavelo, Hobbes y Spinoza entre los siglos XVI y XVII– percibe, de modo inequívoco, el envite de poder que se juega en esa ficción de realidad que es el recuerdo. O el olvido, variedad particularmente refinada de memoria.

 

 

Se domina a una multitud, filtrando y cincelando la memoria de sus componentes.

 

Se domina a una multitud, filtrando y cincelando la memoria de sus componentes.

Hasta ese punto en el cual las conveniencias del que manda acaben por ser identificadas como parte del código sentimental que cristalizó en las imaginarias añoranzas de los que obedecen.

El deseo del amo codifica los recuerdos del siervo.

 

 

Hasta ese punto en el cual las conveniencias del que manda acaben por ser identificadas como parte del código sentimental que cristalizó en las imaginarias añoranzas de los que obedecen. El deseo del amo codifica los recuerdos del siervo.

La teoría es sencilla. Nace, en el siglo dieciséis, con la osada fórmula de un joven pensador prematuramente extinto, Étienne de La Boétie, que acuña la analítica de los recuerdos (y de los olvidos) humanos como coágulo de «servidumbre voluntaria».

 

Étienne de La Boétie

 

Y que ve en el despotismo del príncipe la expresión bien articulada de ese deseo que se sobrepone a todos los demás:

el deseo de ser obediente.

 

En lo político, se viviría así una perversa variedad del lazo de sumisión que encadena el amante a su ama.

 

En lo político, se viviría así una perversa variedad del lazo de sumisión que encadena el amante a su ama

 

No en vano, La Boétie es autor también de un corpus de sonetos amatorios. Anudados en torno a la poética ronsardiana del

«amor, único orfebre de mis propias desdichas».

 

La obediencia es el amor perverso del súbdito hacia el amo.

 

 

La esclavitud puede suplantar el trono del amor, allá donde el olvido del mal hecho haya vencido

 

La esclavitud puede suplantar el trono del amor, allá donde el olvido del mal hecho haya vencido. Hubo un tiempo en el que manufacturar ese olvido requería paciente esfuerzo y largo, muy largo plazo. Sucedía en otra era, otro milenio.

Vivimos hoy en el tiempo del presente continuo:

en el vértigo de una instantánea avalancha informativa que es sólo distorsión a la medida.

 

Todo es presente. Inmediato. Y cada inmediatez trivial desplaza las triviales inmediateces de hace cinco minutos.

 

Todo es presente.

Inmediato.

Y cada inmediatez trivial desplaza las triviales inmediateces de hace cinco minutos.

 

Étienne de La Boétie y Michael de Montaigne, La amistad filosófica que anticipó la tiranía digital en el siglo XVI.

 

No hay pasado en el mundo de las redes.

Presente sólo.

Que inventa el más perfecto olvido que jamás déspota alguno haya soñado. 

Los beneficiarios de la política saben eso.

No tienen más que guardar silencio.

Hacerse invisibles.

 

No hay pasado en el mundo de las redes.

Presente sólo. Que inventa el más perfecto olvido que jamás déspota alguno haya soñado.

Los beneficiarios de la política saben eso. No tienen más que guardar silencio. Hacerse invisibles. Como invisible se hizo Sánchez después de Adamuz.

Basta el paso de unos pocos días para que el horror más letal haya sido devorado por las avalanchas triviales que saturan los presentes vertiginosos. Tres semanas después de la incuria que costó la vida a medio centenar de ciudadanos, un celestial presidente se digna descender al corpóreo parlamento.

 

Y la tragedia ya no existe.

Puesto que no es presente.

En la memoria pública.

¿O es que se acuerda alguien de los ciento veinte mil muertos del Covid?

Y todo, al fin, sale gratis.

 

 

Y la tragedia ya no existe. Puesto que no es presente. En la memoria pública. ¿O es que se acuerda alguien de los ciento veinte mil muertos del Covid? Y todo, al fin, sale gratis.

El olvido es la saturación de los sucesivos presentes que no dejan huella. En esto vivimos. Quien sepa administrarlo será todopoderoso.

 

El olvido es la saturación de los sucesivos presentes que no dejan huella.

En esto vivimos.

Quien sepa administrarlo será todopoderoso.

 

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No saben lo que está pasando, y cuando lo sepan será demasiado tarde.

Yo por mi parte ya he tenido una gran ocasión para informarme:

enterré a mi madre entre llamas.

Por Jesús Ferrero

The Objective, 30 AGOSTO 2025

 

«Con el campesino se fue la sabiduría que domaba al monte. Y en su ausencia, las llamas tienen autopista libre»

 

Ahora los fuegos cambian a velocidad sideral. Y uno se pregunta: ¿cómo fue el fuego de primera generación? ¿Más puro, más heraclitiano, más esencial? ¿Un fuego tranquilo, de esos que acompañan con chispas las noches amables? ¿O ya entonces rugía con vocación de arrasar, sólo que el mundo era menos inflamable?

Hoy los incendios heredan unos de otros su vocación destructiva, la acentúan y evolucionan como si fueran mutaciones concebidas en un laboratorio.

La novena generación ya nos abrasó los veranos, la décima convirtió en rutina el olor a quemado

La novena generación ya nos abrasó los veranos, la décima convirtió en rutina el olor a quemado, y cuesta imaginar qué clase de monstruo será el fuego de vigésima generación:

quizá un dragón digitalizado, autónomo y con inteligencia artificial, capaz de arrasar Castilla y León en menos de día y medio.

 

Porque Castilla y León arde, y no de amor precisamente. Arde con una testarudez bíblica, convirtiendo el mapa de la región en un pirograbado. Pero conviene recordar que antes del fuego fue el agua.

Los pantanos, bendecidos por Franco, inundaron las mejores vegas, los pueblos más fértiles, las tierras que daban pan y memoriaY la riqueza, embalsada como en un botín, se la llevaba Iberduero al País Vasco.

Castilla quedó con la melancolía de las campanas sumergidas, con el eco de los pueblos desaparecidos y con el orgullo maltrecho de ver cómo su pan se convertía en energía exportada y en dinero para los otros.

 

Pero conviene recordar que antes del fuego fue el agua.

Los pantanos, bendecidos por Franco, inundaron las mejores vegas, los pueblos más fértiles, las tierras que daban pan y memoria. 

Y la riqueza, embalsada como en un botín, se la llevaba Iberduero al País Vasco.

Castilla quedó con la melancolía de las campanas sumergidas, con el eco de los pueblos desaparecidos y con el orgullo maltrecho de ver cómo su pan se convertía en energía exportada y en dinero para los otros.

 

Después llegó el abandono del campo, ese cáncer silencioso que convierte en maleza lo que antes fue trabajo, en polvo lo que antes fue cosecha. La muerte de la cultura rural no es un detalle menor en un informe sociológico: es la muerte de todo. 

Con el campesino se fue la sabiduría que domaba al monte, que lo cuidaba, que lo limpiaba. Y en su ausencia, las llamas tienen autopista libre.

De esa manera los cuatro elementos clásicos no han venido a sostener la vida de Castilla y León, sino a dinamitarla. El agua primero, ahogando pueblos y vegas fértiles bajo los pantanos. El fuego ahora, voraz y repetido, empeñado en reducir a cenizas lo que queda en pie.

El aire, cómplice, arrastrando las llamas de sierra en sierra, de pinar en pinar, hasta dejarlo todo convertido en un paisaje lunar.

Y la tierra, exhausta, resquebrajada, condenada a la esterilidad después de tanta devastación. 

Heráclito, de levantarse, pensaría que en este rincón de España los elementos no están en guerra creativa, sino en pacto suicida.

 

Detalle de Heráclito (usando de modelo a Miguel Ángel) en ‘La Escuela de Atenas’ de Rafael.

 

Bien es cierto que a estos cuatro elementos hay que añadirle uno más:

el elemento político, que es el verdadero suministrador de la gasolina y las cerillas.

 

Hace años, un ecologista leonés afirmaba que la gran riqueza de Castilla y León es su naturaleza. Una obviedad, sí, pero también una advertencia. Porque esa riqueza se maltrata, se vende al mejor postor o se deja arder hasta la extenuación.

Y, como si la tragedia necesitara bufones, ahí están las disputas entre el Gobierno nacional y el poder autonómico, tirándose las culpas como si fueran cubos de benceno ardiendo.

Que si los medios aéreos son competencia del Estado, que si la prevención es de la autonomía, que si tú llegaste tarde, que si yo avisé antes.

Una coreografía de reproches que convierte cada incendio en un rifirrafe esperpéntico:

el monte arde, los pueblos se asfixian y ellos ensayan un nuevo sainete sobre quién tenía la manguera y quién el mechero. 

 

Una mujer observa las llamas de un incendio forestal. | Pedro Nunes (Reuters)

 

Y uno se pregunta dónde queda la responsabilidad política.

Cada verano es la misma letanía:

los partes de la Guardia Civil, los helicópteros que llegan tarde, las ruedas de prensa con rostros cansados repitiendo que «se investiga el origen del fuego».

 

El origen, en realidad, está escrito con letras claras:

abandono, desidia, intereses cruzados y una ceguera secular hacia lo rural. Castilla y León es un ejemplo de cómo se mata lentamente a una tierra mientras se proclama que se la protege. 

 

Se une además el problema de que Castilla y León ha estado siempre infrafinanciada, y la razón me la explicó el otro día un amigo de la zona:

cuando el gobierno central está en manos del Partido Popular, ve a Castilla y León como una plaza segura y no hace nada por ella, y cuando está el Parido Socialista piensa que Castilla y León es un feudo del enemigo y le niega el pan y la sal.

 

De esa manera, al evitar la alternancia política y el juego competitivo, Castilla y León ha ido cavando su propia fosa y acentuando una corrupción asentada y sostenida a lo largo de cuatro décadas.

Lo mismo pasa en las demás autonomías que se resisten a la alternancia política, ya sean de derechas o de izquierdas:

crean sistemas clientelistas de naturaleza aberrante y restauran de paso la abominable España de los caciques. 

 

 

Dicho lo cual advierto que para calibrar la dimensión del desastre me basta con atender a lo que ven mis ojos.

Hace dos años, asistí al entierro de mi madre en un pueblo de Zamora. 

Mientras el ataúd descendía a la fosa, todo a nuestro alrededor era fuego. 

No esperaba enterrar a mi madre en medio del apocalipsis de su tierra.

Que descanse en paz en este páramo convertido en hoguera, ella que conoció vegas llenas de vacas y nogales, antes de que llegasen el agua y el fuego.

 

Hace dos años, asistí al entierro de mi madre en un pueblo de ZamoraMientras el ataúd descendía a la fosa, todo a nuestro alrededor era fuego

No esperaba enterrar a mi madre en medio del apocalipsis de su tierra. Que descanse en paz en este páramo convertido en hoguera, ella que conoció vegas llenas de vacas y nogales, antes de que llegasen el agua y el fuego.

 

«La tierra baldía«, de T. S. Eliot.

 

TS Eliot ya nos lo advirtió, desde sus versos, que entre el fuego y la ceniza se escribe el destino de la humanidad. Castilla y León, en su combustión pertinaz, parece haberlo entendido demasiado bien:

aquí la historia termina con humo y con los bosques extintos. 

 

En buena parte de la comarca en la que nací sólo veo cenizas, y no hay salida a la vista porque toda la sociedad urbana, abducida por sus juguetitos digitales y su necedad, permanece ajena al conflicto y ve los incendios forestales con un espectáculo donde a veces muere alguien.

 

La sociedad urbana, abducida por sus juguetitos digitales y su necedad, permanece ajena al conflicto y ve los incendios forestales con un espectáculo donde a veces muere alguien.

No saben lo que está pasando, y cuando lo sepan será demasiado tarde.

 

No saben lo que está pasando, y cuando lo sepan será demasiado tarde.

Yo por mi parte ya he tenido una gran ocasión para informarme:

enterré a mi madre entre llamas.

 

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