El abismo de la técnica
«Heidegger considera que lo que hoy llamamos «técnica» es lo que antes se llamaba «naturaleza» y un poco antes «Dios»».
Tabla de contenidos
¡QUÉ BIEN ENTIENDE TODO LA HUMILDAD!
¡Es tan llano entenderlo todo,
cuando lo oímos con humildad!
AMÉN
Lector: este libro sin retórica, «sin procedimiento», sin técnica, sin literatura, sólo quiso una cosa: elevar tu espíritu: ¡Dichoso yo si lo he logrado!
AMADO NERVO, diciembre de 1916.

«SIMPLICITAS»
¡Es tan llano entenderlo todo,
cuando lo oímos con humildad!
¡Es tan fácil mirarlo todo
cuando se marcha en la soledad,
dispuesta y ágil la conciencia
para escuchar la confidencia
de cuanto nos rodea;
y, a través de la transparencia
de la ingenua y simple natura
-que como niña se delata-,
contemplar toda la hermosura
que ella jamás recata!
… Pero nos complicamos
con palabras, con clasificaciones;
y así sucede que ignoramos
todo, menos las expresiones
con que el fenómeno llamamos.
Viene el orgullo a complicar
luego el magín, y a poco andar
sale un mirífico señor,
profundo en eso de ignorar
(por lo cual llámanle doctor…).
Pónese a disparatar
sin tregua y, como el calamar,
nos va empañando en rededor
la claridad de nuestro mar
¡con su negror!
¡Cómo castigas con cegar
a quien no quiere verte, AMOR!
* * *
AMADO NERVO, Elevación, octubre de 1916. Espasa-Calpe, 1973. Filosofía Digital, 26/10/2006]
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El abismo de la técnica
«Heidegger era el innombrable, a pesar de que nadie como él había sabido abordar el abismo de la técnica».
«Heidegger ve esa fase de convertir el mundo en materia utilizable y almacenable como una iluminación, más bien pavorosa, que provoca ceguera y que ubica al hombre como un depredador y un escamoteador del ser, porque la madera no te deja ver el ser del árbol, y la presa no te deja ver el ser del agua, y compruebas que hasta los hombres y mujeres son definidos como recursos humanos, como materia disponible».
Por Jesús Ferrero
The Objective, 13 SEPT 2025

París era una fiesta filosófica. Los filósofos estaban cansados de jugar a los dados como hacían los de La Sorbona, y querían jugar a los bolos y demoler estructuras, como hacían los de Vincennes.
En el pensamiento de la Rive Gauche resplandecía un concepto del siglo XVIII al que Foucault le había dado una nueva vida: el concepto tecnología, que no hacía referencia al conjunto de dispositivos y las máquinas sino al saber que las concebía y las manejaba:
un planteamiento totalmente heideggeriano.
Por aquel entonces se estaba produciendo, en el pensamiento francés de nuevo cuño, un giro radical en la forma de pensar la técnica.
Hasta entonces la crítica a la técnica, a la producción, a las grandes estructuras tecnológicas era de inspiración marxista, pero a partir de entonces la orientación empezó a ser heideggeriana.
Para Heidegger la esencia de la técnica es la capacidad humana para verlo todo como energía almacenable, como fondo disponible y como recurso manejable

Para Heidegger la esencia de la técnica es la capacidad humana para verlo todo como energía almacenable, como fondo disponible y como recurso manejable.
Ves un río y te olvidas del agua y sólo piensas en la cantidad de energía que producen sus presas, miras un bosque y ves madera en potencia. Las cosas no se muestren como son, sino como elementos útiles, predecibles, calculables.
Heidegger ve esa fase de convertir el mundo en materia utilizable y almacenable como una iluminación, más bien pavorosa, que provoca ceguera y que ubica al hombre como un depredador y un escamoteador del ser
Heidegger ve esa fase de convertir el mundo en materia utilizable y almacenable como una iluminación, más bien pavorosa, que provoca ceguera y que ubica al hombre como un depredador y un escamoteador del ser, porque la madera no te deja ver el ser del árbol, y la presa no te deja ver el ser del agua, y compruebas que hasta los hombres y mujeres son definidos como recursos humanos, como materia disponible.
La técnica puede ocultar, con su dialéctica pragmática y cruel, el ser del mundo y nuestro propio ser, y hasta los puede hacer desaparecer en laberintos como los que ahora estamos creando en internet.

Sí, todos eran heideggerianos y yo en la inopia. Hasta Deleuze tenía ramalazos heideggerianos, si bien los ocultaba con extremo cuidado para no decepcionar a la afición.
Normal que omitieran a Heidegger, no parecía el mejor filósofo en tiempos de la contracultura y la neocontracultura.
Ignorábamos que en realidad era un místico del que bebían todos, independientemente de su ideología, pero al mismo tiempo nadie pronunciaba su nombre:
Heidegger era el innombrable, a pesar de que nadie como él había sabido abordar el abismo de la técnica.

La técnica, su esencia, su ideología convierten la tierra en almacén de recursos y mercancías, reales o posibles, más que en la morada resplandeciente de la vida.
La técnica, su esencia, su ideología convierten la tierra en almacén de recursos y mercancías, reales o posibles, más que en la morada resplandeciente de la vida. Nos priva de acceder al ser profundo de las cosas, y a las profundidades de nuestro propio ser.
Pasar de una vida biológica a una vida digital, implicaría que la técnica nos habría sorbido por completo, y habríamos desaparecido en ella como temía Heidegger.
Y en la medida en la que el ser, el Dasein, está fundido a la vida (y hasta sería la vida misma según Ortega), cruzar el puente soñado por el transhumanismo y pasar de una vida biológica a una vida digital, implicaría que la técnica nos habría sorbido por completo, y habríamos desaparecido en ella como temía Heidegger.
Eso sería para él el abismo:
el olvido completo del ser, o su inmersión definitiva en algo parecido a un océano tecnológico. No habría vida, no habría existencia, pero sí que habría técnica y tecnología. Toda una pesadilla filosófica.
La desaparición del cuerpo
«La pasión se convertido en categoría, el estremecimiento en dato. Hemos sustituido la experiencia por su comentario»
Por Jesús Ferrero
The Objective, 14 FEB 2026

Hemos rodeado la sexualidad de discursos como quien levanta murallas: conductas, normas, pedagogías, consignas. Todo está dicho, clasificado, reivindicado. La época habla sin descanso. Y, sin embargo, en ese ruido se detecta una ausencia: el cuerpo.
No el cuerpo pensado, celebrado, representado de mil maneras, sino el otro: el real, el que pesa, el que transpira, el que falla y tiembla. El que no coincide con las figuras que lo muestran. Ese cuerpo ha sido desplazado por su imagen, por su relato, por su proyección dócil, por sus infinitos simulacros. Tocamos conceptos; evitamos la carne.
Vivimos bajo el régimen del espectro. Preferimos la figura sin espesor, el deseo sin riesgo, la cercanía sin presencia. El cuerpo real introduce límite, gravedad, tiempo. Recuerda que no todo es elección ni diseño: es naturaleza sometida al imperio de las vicisitudes de la materia, de la vida y de la muerte.
Se proclama una liberación interminable (el folletín de nuestros días), pero la libertad sin cuerpo es retórica vacía, es significante sin sentido. Y así, mientras la sexualidad se convierte en discurso sobre sí misma, el cuerpo, que es el único lugar donde algo ocurre, se vuelve una leyenda, como si la materia fuese una superstición antigua que conviene superar.
El cuerpo que se movía sin pedir permiso, que gozaba sin manual, que se equivocaba y pagaba el precio, que se abismaba y, a veces, renacía, ¿dónde está? El cuerpo que se imponía como una evidencia carnal, indiscutible, anterior a toda teoría… ¿Ese cuerpo pertenece ya a la historia?
«En ‘La Celestina’, los cuerpos no son argumento: son destino»
Hoy, el cuerpo es residuo y es recuerdo, como esos pueblos abandonados que salpican la geografía de Europa: casas vacías y el viento atravesándolas sin cruzarse nunca con un ser humano. Sabemos que allí hubo vida; lo atestiguan las ruinas, pero nadie habita ya las casas.
Así el cuerpo: citado, invocado, fotografiado, pero raramente vivido en su espesor, y perfectamente ausente, que se nos ofrece su simulacro:
la forma sin peso, el gesto sin consecuencia, el deseo sin caída. Hemos cambiado la experiencia por algo que se le parece, pero que se mueve en el ámbito de la ficción. Todo está previsto, explicado, asegurado contra el temblor.

Y sin embargo, lo único que hacía de la sexualidad un acontecimiento, la irrupción imprevisible de la carne, se desvanece en el desierto inhabitable de las recreaciones, las copias, los calcos más o menos fosforescentes.
El cuerpo verdadero no era cómodo:
se exponía, se arriesgaba, podía fracasar o, en última instancia, morir. Precisamente por eso era real.
Ahora preferimos su versión sin herida, sin error, sin destino. Un cuerpo que no cae porque nunca se levanta. Un cuerpo que no muere porque, en el fondo, ya no vive.
Ayer releí La Celestina, que tanto vindicaba Juan Goytisolo por su plasmación de las pulsiones puras que no buscan ni redención ni explicación, y allí, de pronto: apareció el cuerpo. No como alegoría, no como expediente, no como consigna: el cuerpo en tensión, lleno, fiebre y arrastrado por el delirio.
La palabra misma respira. Tiene pulso. Tiene saliva. En La Celestina, los cuerpos no son argumento: son destino.
¡Y qué presencia tan irrefutable tiene la voz que arde, el aliento que se precipita, los estremecimientos que no piden legitimación teórica!
El deseo allí no es categoría:
es divinidad tiránica, fuerza que arrastra y desordena, que exalta y destruye. Nadie lo administra. Nadie lo corrige: se padece y se celebra.

Hasta el abismo en el que caen los amantes resulta atractivo ante el prosaísmo teórico del presente, ante la acumulación de significantes huecos en torno al cuerpo, para cubrirlo, para ahogarlo, para hacerlo invisible.
Frente a la intensidad de amor-destino, del amor directo al alma y al cuerpo de Calixto y Melibea, nuestro presente es un páramo baldío.
Donde antes había temblor, ahora hay glosario; donde antes había arrebato, ahora hay protocolo; donde antes había riesgo, ahora hay prevención; donde antes había caída, ahora hay cálculo; donde antes había herida, ahora hay discurso reparador.
El fuego se ha convertido en trámite, la pasión en categoría, el estremecimiento en dato. Hemos sustituido la experiencia por su comentario y el vértigo por su interpretación.
Y así, en nombre de la lucidez, hemos vaciado el centro mismo del deseo, mientras Calixto y Melibea se olvidan de nosotros y convierten su experiencia en un viaje al fin de la noche del placer y del saber: del desvelamiento.
No ha habido prohibición ni catástrofe visible. Ha sido algo más limpio y más eficaz:
una sustitución, la carne se ha convertido en signo, se ha volatilizado.
Y en esa operación tan vociferante como sigilosa se ha consumado lo impensable: la desaparición del cuerpo.

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¡OH, MI FE, MI SABIDURÍA AGRESTE Y FIRME!, por Khalil Gibran

Desde lo más profundo de mi corazón, un ave subió
y voló hacia el cielo.
Cada vez más alto subía, pero cada vez más grande
crecía.
Al principio no era sino una golondrina, luego
una paloma, después un águila, más tarde tan enorme
como una nube de primavera, y, por último, llenó
los estrellados cielos.
Desde mi corazón, un ave voló hacia el cielo. Y creció
más grande conforme volaba. Pero no abandonó mi
corazón.
¡Oh, mi fe, mi sabiduría agreste y fuerte! ¿Cómo
volaría a tu altura y vería contigo el yo más grande
del hombre grabado sobre el cielo?
¿Cómo convertiría este mar de mi interior en neblina
para moverme contigo en el inconmensurable espacio?
¿Cómo puede un prisionero en el templo contemplar
sus cúpulas doradas?
¿Cómo se estirará el corazón de la fruta para envolver
también la fruta?
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KHALIL GIBRAN, poeta libanés (1883-1931). El precursor: parábolas y poemas, 1920. Una Antología ilustrada. Art Blume, 2010. Traducción: Juan Pedro Monferrer Sala. Filosofía Digital.





