SI ESTO ES UN HOMBRE («Se questo è un uomo»)
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SI ESTO ES UN HOMBRE (Se questo è un uomo)
Por Primo Levi
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Índice

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Los hundidos y los salvados

Ésta, de la que hemos hablado y hablaremos, es la vida ambigua del Lager. De esta manera dura, estrujados contra el fondo, han vivido muchos hombres de nuestros días, pero todos durante un tiempo relativamente breve; por lo que quizás sea posible preguntarse si realmente merece la pena, y si está bien, que de esta excepcional condición humana quede cualquier clase de recuerdo.
A esta pregunta estoy inclinado a responder afirmativamente. En efecto, estoy persuadido de que ninguna experiencia humana carece de sentido ni es indigna de análisis, y de que, por el contrario, hay valores fundamentales, aunque no siempre positivos, que se pueden deducir de este mundo particular del que estamos hablando. Querría hacer considerar de qué manera el Lager ha sido, también y notoriamente, una gigantesca experiencia biológica y social.
Enciérrense tras la alambrada de púas a millares de individuos diferentes en edades, estado, origen, lengua, cultura y costumbres, y sean sometidos aquí a un régimen de vida constante, controlable, idéntico para todos y por debajo de todas las necesidades: es cuanto de más riguroso habría podido organizar un estudioso para establecer qué es esencial y qué es accesorio en el comportamiento del animal-hombre frente a la lucha por la vida.
No creo en la más obvia y fácil deducción: que el hombre es fundamentalmente brutal, egoísta y estúpido tal y como se comporta cuando toda superestructura civil es eliminada, y que el Häftling no es más que el hombre sin inhibiciones. Pienso más bien que, en cuanto a esto, tan sólo se puede concluir que, frente a la necesidad y el malestar físico oprimente, muchas costumbres e instintos sociales son reducidos al silencio.
Me parece, en cambio, digno de atención este hecho: queda claro que hay entre los hombres dos categorías particularmente bien distintas: los salvados y los hundidos. Otras parejas de contrarios (los buenos y los malos, los sabios y los tontos, los cobardes y los valientes, los desgraciados y los afortunados) son bastante menos definidas, parecen menos congénitas, y sobre todo admiten gradaciones intermedias más numerosas y complejas.
Esta división es mucho menos evidente en la vida común; en ésta no sucede con frecuencia que un hombre se pierda, porque normalmente el hombre no está solo y, en sus altibajos, está unido al destino de sus vecinos; por lo que es excepcional que alguien crezca en poder sin limites o descienda continuamente de derrota en derrota hasta la ruina. Además, cada uno posee por regla general reservas espirituales, físicas e incluso pecuniarias tales, que la eventualidad de un naufragio, de una insuficiencia ante la vida, tiene menor probabilidad. Añádase también la sensible acción de amortiguación que ejerce la ley, y el sentimiento moral, que es una ley interior; en efecto, un país se considera tanto más desarrollado cuanto más sabias y eficientes son las leyes que impiden al miserable ser demasiado miserable y al poderoso ser demasiado poderoso.
Pero en el Lager sucede de otra manera: aquí, la lucha por la supervivencia no tiene remisión porque cada uno está desesperadamente, ferozmente solo. Si un tal Null Achtzehn vacila, no encontrará quien le eche una mano; encontrará más bien a alguien que le eche a un lado, porque nadie está interesado en que un «musulmán» más se arrastre cada día al trabajo: y si alguno, mediante un prodigio de salvaje paciencia y astucia, encuentra una nueva combinación para escurrirse del trabajo más duro, un nuevo arte que le rente unos gramos más de pan, tratará de mantenerla en secreto, y por ello será estimado y respetado, y le producirá un beneficio personal y exclusivo; será más fuerte, y será temido por ello, y quien es temido es, ipso facto, un candidato a sobrevivir.
En la historia y en la vida, parece a veces discernirse una ley feroz que reza: «a quien tiene, le será dado; a quien no tiene, le será quitado». En el Lager, donde el hombre está solo y la lucha por la vida se reduce a su mecanismo primordial, esta ley inicua está abiertamente en vigor, es reconocida por todos. Con los adaptados, con los individuos fuertes y astutos, los mismos jefes mantienen con gusto relaciones, a veces casi de camaradas, porque tal vez esperan obtener más tarde alguna utilidad. Pero a los «musulmanes», a los hombres que se desmoronan, no vale la pena dirigirles la palabra, porque ya se sabe que se lamentarán y contarán lo que comían en su casa. Vale menos aún la pena hacerse amigo suyo, porque no tienen en el campo amistades ilustres, no comen nunca raciones extras, no trabajan en Kommandos ventajosos y no conocen ningún modo secreto de organizarse. Y, finalmente, se sabe que están aquí de paso y que dentro de unas semanas no quedará de ellos más que un puñado de cenizas en cualquier campo no lejano y, en un registro, un número de matricula vencido. Aunque englobados y arrastrados sin descanso por la muchedumbre innumerable de sus semejantes, sufren y se arrastran en una opaca soledad intima, y en soledad mueren o desaparecen, sin dejar rastros en la memoria de nadie.
El resultado de este despiadado proceso de selección natural habría podido leerse en las estadísticas del movimiento de los Lager. En Auschwitz, en el año 1944, de los prisioneros judíos veteranos (de los otros no hablaré aquí, porque sus condiciones eran diferentes), kleine Nummer, números bajos inferiores al ciento cincuenta mil, pocos centenares sobrevivían: ninguno de éstos era un vulgar Häftling, que vegetase en los Kommandos vulgares y recibiese la ración normal. Quedaban solamente los médicos, los sastres, los zapateros remendones, los músicos, los cocineros, los jóvenes homosexuales atractivos, los amigos y paisanos de alguna autoridad del campo; además de individuos particularmente crueles, vigorosos e inhumanos, instalados (a consecuencia de la investidura por parte del comando de los SS, que en tal selección demostraban poseer un satánico conocimiento de la humanidad) en los cargos de Kapo, de Blockältester u otros: y, en fin, los que, aunque sin desempeñar funciones especiales, siempre habían logrado, gracias a su astucia y energía, organizarse con éxito, obteniendo así, además de ventaja material y reputación, la indulgencia y estima de los poderosos del campo. Quien no sabe convertirse en un Organisator, Kombinator, Prominenz (¡atroz elocuencia de los términos!) termina pronto en «musulmán». Un tercer camino hay en la vida, donde es más bien la norma; no lo hay en el campo de concentración.
Sucumbir es lo más sencillo: basta cumplir órdenes que se reciben, no comer más que la ración, atenerse a la disciplina del trabajo y del campo. La experiencia ha demostrado que, de este modo, sólo excepcionalmente se puede durar más de tres meses. Todos los «musulmanes» que van al gas tienen la misma historia o, mejor dicho, no tienen historia; han seguido por la pendiente hasta el fondo, naturalmente, como los arroyos que van a dar a la mar. Una vez en el campo, debido a su esencial incapacidad, o por desgracia, o por culpa de cualquier incidente trivial, se han visto arrollados antes de haber podido adaptarse; han sido vencidos antes de empezar, no se ponen a aprender alemán y a discernir nada en el infernal enredo de leyes y de prohibiciones, sino cuando su cuerpo es una ruina, y nada podría salvarlos de la selección o de la muerte por agotamiento. Su vida es breve pero su número es desmesurado; son ellos, los Muselmänner, los hundidos, los cimientos del campo; ellos, la masa anónima, continuamente renovada y siempre idéntica, de no-hombres que marchan y trabajan en silencio, apagada en ellos la llama divina, demasiado vacíos ya para sufrir verdaderamente. Se duda en llamarlos vivos: se duda en llamar muerte a su muerte, ante la que no temen porque están demasiado cansados para comprenderla.
Son los que pueblan mi memoria con su presencia sin rostro, y si pudiese encerrar a todo el mal de nuestro tiempo en una imagen, escogería esta imagen, que me resulta familiar: un hombre demacrado, con la cabeza inclinada y las espaldas encorvadas, en cuya cara y en cuyos ojos no se puede leer ni una huella de pensamiento.
Si los hundidos no tienen historia, y una sola y ancha es la vía de la perdición, las vías de la salvación son, en cambio, muchas, ásperas e impensadas.
La vía maestra, como ya he dicho, es la Prominenz. Prominenten se llaman los funcionarios del campo a partir del director-Häftling (Lagerältester), los Kapos, los cocineros, los enfermeros, los guardias nocturnos, hasta los barrenderos de las barracas y los Scheissminister y Bademeister (encargados de letrinas y duchas). Más especialmente interesan aquí los prominentes judíos puesto que, mientras a los otros se los investía de cargos automáticamente al ingresar en el campo, en virtud de su supremacía natural, los judíos debían intrigar y luchar duramente para obtenerlos.
Los prominentes judíos constituyen un triste y notable fenómeno humano. Convergen en ellos los sufrimientos presentes, pasados y atávicos, y las tradiciones y la educación de hostilidad hacia el extranjero, para convertirlos en monstruos de insociabilidad y de insensibilidad.
Son el típico producto de la estructura del Lager alemán: ofrézcase a algunos individuos en estado de esclavitud una posición privilegiada, cierta comodidad y una buena probabilidad de sobrevivir, exigiéndoles a cambio la traición a la solidaridad natural con sus compañeros, y seguro que habrá quien acepte. Este será sustraído a la ley común y se convertirá en intangible; será por ello tanto más odiado cuanto mayor poder le haya sido conferido. Cuando le sea confiado el mando de una cuadrilla de desgraciados, con derecho de vida y muerte sobre ellos, será cruel y tiránico porque entenderá que si no lo fuese bastante, otro, considerado más idóneo, ocuparía su puesto. Sucederá además que su capacidad de odiar, que se mantenía viva en dirección a sus opresores, se volverá, irracionalmente, contra los oprimidos, y él se sentirá satisfecho cuando haya descargado en sus subordinados la ofensa recibida de los de arriba.
Me doy cuenta de que todo esto está lejos del cuadro que suele imaginarse de los oprimidos que se unen, si no para resistir, cuando menos para sobrellevar algo. No excluyo que asi puede ser cuando la opresión no supera un determinado limite, o quizá cuando el opresor, por inexperiencia o por magnanimidad, lo tolera o lo estimula. Pero advierto que en nuestros días, en todos los países en los que un pueblo ha puesto su pie de invasor, se ha establecido una situación análoga de rivalidad y de odio entre los sometidos; y esto, como otros muchos hechos humanos, se ha podido comprobar en los Lager con particular y cruel evidencia.
Sobre los prominentes no judíos hay menos que decir, aunque fuesen con mucho los más numerosos (ningún Häftling «ario» carecía de un cargo, aunque fuese modesto). Que hayan sido estúpidos y bestiales resulta natural si se piensa que la mayor parte eran criminales comunes escogidos en las cárceles alemanas con vistas a su empleo como vigilantes en los campos para judíos; y pienso que ésta fue una elección muy cuidadosa, porque me niego a creer que los escuálidos ejemplares humanos a los que vi en acción representen al tipo medio, no de los alemanes en general, sino tampoco de los presidiarios alemanes en particular. Es más difícil explicarse cómo en Auschwitz los prominentes políticos alemanes, polacos y rusos rivalizasen en brutalidad con los reos comunes. Pero es bien sabido que en Alemania el calificativo de delito político se aplicaba también a hechos tales como el comercio clandestino, las relaciones ilícitas con judías, y los hurtos en perjuicio de funcionarios del Partido. Los políticos «verdaderos» vivían y morían en otros campos, de nombre ahora tristemente famoso, en condiciones notoriamente durísimas, pero diferentes en muchos aspectos de las aquí descritas.
Pero además de los funcionarios propiamente dichos, hay otra vasta categoría de prisioneros que, no favorecidos inicialmente por el destino, luchan tan sólo con sus fuerzas por sobrevivir. Hay que remontar la corriente; dar la batalla todos los dias al hambre, al frio y a la consiguiente inercia; resistirse a los enemigos y no apiadarse de los rivales; aguzar el ingenio, ejercitar la paciencia, fortalecer la voluntad. O, también, acallar la dignidad y apagar la luz de la conciencia, bajar al campo como brutos contra otros brutos, dejarse guiar por las insospechadas fuerzas subterráneas que sostienen a las estirpes y a los individuos en los tiempos crueles. Muchísimos han sido los caminos imaginados y seguidos por nosotros para no morir. tantos como son los caracteres humanos. Todos suponen una lucha extenuadora de cada uno contra todos, y muchos, una suma no pequeña de aberraciones y de compromisos. El sobrevivir sin haber renunciado a nada del mundo moral propio, a no ser debido a poderosas y directas intervenciones de la fortuna, no ha sido concedido más que a poquísimos individuos superiores, de la madera de los mártires y de los santos.
En cuántos modos es posible acceder a la salvación, procuraré demostrarlo contando las historias de Schepschel, Alfred L., Elías y Henri.
Schepschel vive en el Lager desde hace cuatro años. Ha visto morir a su alrededor a decenas de millares de sus semejantes a partir del pogromo que lo ha sacado de su pueblo en Galitzia. Tenía mujer y cinco hijos, y un próspero negocio de guarnicionería, pero desde hace mucho tiempo ha dejado de pensar en si mismo más que como un saco que debe ser llenado periódicamente. Schepschel no es muy robusto, ni muy valiente, ni muy malo; ni siquiera es particularmente astuto, y nunca ha encontrado un empleo que le conceda un poco de respiro, sino que se ha reducido a los expedientes ocasionales e intermitentes, a las kombinacje, como aquí las llaman.
De vez en cuando roba en la Buna una escoba y se la vende al Blockältester, cuando consigue ahorrar un poco de capital-pan, arrienda las herramientas del remendón del Block, que es su paisano, y trabaja un poco por su cuenta; sabe hacer tirantes con cable eléctrico trenzado; Sigi me ha dicho que durante el descanso de mediodía lo ha visto cantar y bailar delante de la barraca de los obreros eslovacos, que lo recompensan a veces con las sobras de su potaje.
Dicho esto, uno puede sentirse inclinado a pensar en Schepschel con indulgente simpatía, como en un mezquino cuyo espíritu no alberga más que un humilde y elemental deseo de vivir, y que lleva adelante valerosamente su pequeña lucha para no sucumbir. Pero Schepschel no es una excepción, y cuando se presentó la ocasión no dudó en hacer condenar a la fustigación a Moischl que había sido su cómplice en un hurto en la cocina, con la esperanza mal fundada de hacer méritos ante los ojos del Blockältester y de promover su candidatura al puesto de lavador de marmitas.
La historia del ingeniero Alfred L. demuestra, entre otras cosas, cuán vano es el mito de la igualdad original de los hombres.
L. dirigía en su país una importantísima fabrica de productos químicos, y su nombre era (y es) conocido en los ambientes industriales de Europa. Era un hombre robusto de unos cincuenta años; no sé cómo fue arrestado, pero en el campo había entrado como entraban todos: desnudo, solo y desconocido. Cuando yo lo conocí estaba muy echado a perder, pero conservaba en la cara los rasgos de una energía disciplinada y metódica; en aquel tiempo, sus privilegios se limitaban a la limpieza diaria de la marmita de los obreros polacos; este trabajo, del que había obtenido no sé cómo la exclusividad, le rendía media escudilla de sopa al día. No bastaba ciertamente esto para satisfacer su hambre; sin embargo, nadie lo había oído nunca lamentarse. Por el contrario, las palabras que dejaba caer eran tales como para hacer pensar en grandiosos recursos secretos, en una »organización» sólida y fructífera.
Cosa que su aspecto confirmaba, L. tenia una línea: las manos y la cara siempre perfectamente limpias, tenia la rarísima abnegación de lavarse cada quince días la camisa, sin esperar al cambio bimestral (hagamos notar aquí que lavar la camisa quiere decir encontrar el jabón, encontrar tiempo, encontrar sitio en el lavadero lleno de gente; avenirse a vigilar atentamente, sin desviar los ojos un instante, la camisa mojada, y ponérsela, naturalmente, todavía mojada, a la hora de silencio, en la que se apagan las luces); tenía un par de chanclos de madera para ir a la ducha y, finalmente, su traje a rayas era singularmente apropiado para su talla, limpio y nuevo. L. se había procurado en sustancia todo el aspecto de prominente bastante antes de serlo: ya que sólo mucho tiempo después he sabido que toda esta ostentación de prosperidad se la había sabido ganar L. con increíble tenacidad, pagando cada una de las adquisiciones y servicios con el pan de su misma ración, y constriñéndose así a un régimen de privaciones suplementarias.
Su plan era para un futuro lejano, lo que es tanto más notable cuanto que había sido concebido en un ambiente en el que dominaba la mentalidad de lo provisional; y L. lo llevó a cabo con rígida disciplina interior, sin piedad para consigo mismo ni, con más razón, para con los compañeros que se le cruzaban en el camino. L. sabia que entre el ser considerado poderoso y el llegar a serlo, el paso es corto y que, en todas partes, pero particularmente en medio de la general nivelación del Lager, un aspecto respetable es la mejor garantía de ser respetado. Dedicó todos sus cuidados a no ser confundido con el rebaño: trabajaba con ímpetu ostentoso, exhortando también en ocasiones a los compañeros con tono persuasivo y deprecatorio; evitaba la lucha cotidiana por el mejor puesto en la cola del rancho y se adaptaba a recibir todos los días la primera ración, notoriamente más liquida, de modo que el Blockältester lo advirtiese por su disciplina. Para completar su despego, en las relaciones con los compañeros se comportaba siempre con la mayor cortesía compatible con su egoísmo, que era absoluto.
Cuando fue constituido, como se dirá, el Kommando Químico, L. comprendió que su hora había sonado: no necesitaba sino su ropa limpia y su cara magra, si, pero afeitada, en medio del rebaño de colegas sórdidos y desaliñados, para convencer inmediatamente al Kapo y al Arbeitsdienst de que era un auténtico salvado, un prominente en potencia; por lo que (a quien tiene, le será dado) fue inmediatamente promovido a «especializado», nombrado jefe técnico del Kommando, y adoptado por la dirección de la Buna como analista del laboratorio de la sección de estiroleno. Fue encargado en seguida de ir inspeccionando las nuevas adquisiciones del Kommando Químico, para juzgar sobre su habilidad profesional, lo que hizo siempre con extremado rigor, especialmente de cara a aquellos en quienes barruntaba posibles futuros competidores.
Ignoro la continuación de su historia, pero me parece muy probable que haya escapado a la muerte y viva hoy su fría vida de dominador resuelto y sin alegría.
Elias Lindzin, 141565, cayó un día, inexplicablemente, en el Kommando Químico. Era un enano, de no más de un metro y medio, pero nunca he visto musculatura como la suya. Cuando está desnudo, se le ve cada uno de sus músculos trabajar bajo la piel, potente y móvil como un animal independiente; agrandado sin alterar sus proporciones, su cuerpo seria un buen modelo para Hércules: pero no hay que mirarle la cabeza.
Bajo el cuero cabelludo, las suturas craneanas sobresalen desmesuradas. El cráneo es macizo y da la impresión de ser de metal o de piedra; se ve el limite negro de los pelos cortados apenas a un dedo por encima de las cejas. La nariz, la barbilla, la frente, los pómulos, son duros y compactos, toda la cara parece una cabeza de ariete, un instrumento hecho para golpear. De su persona emana un aire de vigor bestial.
Ver trabajar a Elías es un espectáculo desconcertante; los Meister polacos, los mismos alemanes se paran a veces para admirar a Elías en acción. Parece que nada le resulta imposible. Mientras nosotros acarreamos a duras penas un saco de cemento, Elías carga con dos, luego tres, luego cuatro, manteniéndolos en equilibrio no se sabe cómo, y mientras anda rápidamente sobre las piernas cortas y enanas, hace muecas bajo la carga, se ríe, insulta, ruge y canta sin parar, como si tuviese pulmones de bronce. Elías, a pesar de los chanclos de madera, se encarama como un simio en los andamios y corre seguro por las vigas suspensas en el vacío; lleva seis ladrillos por vez basculándole en la cabeza; sabe hacerse una cuchara de un pedazo de chapa, y un cuchillo de desecho de acero; encuentra por doquier papel, leña y carbón seco y sabe encender en pocos instantes un fuego, incluso bajo la lluvia. Sabe el oficio de sastre, el de carpintero, el de zapatero, el de barbero; escupe a distancias increíbles; canta, con voz de bajo no desagradable, canciones polacas y yiddish nunca oídas antes; puede ingerir seis, ocho, diez litros de sopa sin vomitar y sin tener diarrea, y reanuda el trabajo inmediatamente después. Sabe hacer que le salga entre los hombros una gruesa joroba y camina alrededor de la barraca patituerto y contrahecho, chillando y declamando de manera incomprensible, entre las risas de los poderosos del campo. Lo he visto luchar con un polaco que le llevaba una cabeza y derribarlo de un cabezazo en el estómago, potente y preciso como una catapulta. Jamás lo he visto descansar, nunca lo he visto callado o quieto, no lo he sabido herido o enfermo.
De su vida de hombre libre nadie sabe nada; por lo demás, representarse a Elías en traje de hombre libre exige un profundo esfuerzo de la fantasía y de la inducción. No habla más que polaco y el yiddish torvo y deforme de Varsovia; además, es imposible conversar con él de manera coherente. Podría tener veinte o cuarenta años; generalmente dice que tiene treinta y tres y que ha tenido diecisiete hijos; lo que no es inverosímil. Habla continuamente de los temas más distintos; siempre con voz tonante, con acento oratorio, con violenta mímica de esquizofrénico. Como si siempre se dirigiese a un público muy nutrido: y, como es natural, el público no le falta nunca. Los que entienden su lenguaje se beben sus palabras declamatorias retorciéndose de risa, le golpean los hombros duros entusiasmados, lo estimulan a proseguir, mientras él, feroz y enfurruñado, se revuelve como una fiera entre el corro de espectadores, apostrofando ora a éste ora a aquél; de repente coge a uno por el pecho con su pequeña garra ganchuda, lo atrae hacia si irresistiblemente, le vomita en la cara atónita una incomprensible invectiva, después lo arroja hacia atrás como si fuese una gavilla y, entre aplausos y risas, con los brazos alzados hacia el cielo como un pequeño y monstruoso profeta, continúa su discurso furibundo y enloquecido.
Su fama de trabajador excepcional se difundió bastante pronto y, gracias a la absurda ley del Lager, desde entonces dejó prácticamente de trabajar. Su trabajo era directamente solicitado por el Meister para aquellas faenas tan sólo en las que fuesen necesarios una pericia y un vigor particulares. Aparte de estas prestaciones, vigilaba, insolente y violento, nuestra vulgar faena cotidiana, eclipsándose con frecuencia para hacer misteriosas visitas aventureras en quién sabe qué rincones del tajo, de donde volvía con grandes bultos en los bolsillos y frecuentemente con el estómago visiblemente lleno.
Elías es natural e inocentemente ladrón: manifiesta en esto la instintiva astucia de los animales salvajes. Nunca es cogido con las manos en la masa, porque no roba más que cuando se presenta una ocasión segura: pero cuando ésta se presenta, Elías roba, fatal y previsiblemente, como cae una piedra que se arroja. Aparte el hecho de que es difícil sorprenderlo, es claro que de nada serviría castigarlo por sus hurtos, puesto que no son más que un acto vital como cualquier otro, como respirar y dormir.
Puede preguntarse uno ahora qué clase de hombre es este Elías. Si se trata de un loco, incomprensible y extrahumano, que ha acabado en el Lager por casualidad. Si es un atavismo, extraño a nuestro mundo moderno y mejor adaptado a las primordiales condiciones de vida del campo. O si, por el contrario, no será un producto del campo, el que todos nosotros acabaremos por ser si es que en el campo no morimos, si no se acaba antes el mismo campo.
Hay algo de verdad en las tres suposiciones. Elías ha sobrevivido a la destrucción de afuera porque es físicamente indestructible; ha resistido a la aniquilación interior porque es un demente. Es, pues, en primer lugar, un superviviente: es el más adaptado, el ejemplar humano más idóneo para este modo de vivir.
Si Elías recobra la libertad se verá confinado al margen del consorcio humano, en una cárcel o en un manicomio. Pero aquí, en el Lager, no hay criminales ni locos: no hay criminales porque no hay una ley moral que infringir, no hay locos porque estamos programados y toda acción nuestra es, en cuanto a tiempo y lugar, sensiblemente la única posible.
En el Lager Elías prospera y triunfa. Es un buen trabajador y un buen organizador, y por esta doble razón está asegurado contra las selecciones y es respetado por los jefes y los compañeros. Para quien no tenga sólidos remedios internos, para quien no sepa sacar de la conciencia de si mismo la fuerza necesaria para aferrarse a la vida, el único camino de salvación conduce a Elías: a la demencia y a la bestialidad traicionera. Ninguno de los demás caminos tiene salida.
Dicho esto, quizás alguien se vería tentado a sacar conclusiones, y hasta a deducir normas, para la vida cotidiana. ¿No habrá alrededor de nosotros algunos Elías más o menos consumados? ¿No vemos vivir a individuos sin objetivo ninguno, y negados a toda forma de autocontrol y de conciencia?; éstos no viven a pesar de estos fallos, sino, precisamente, como Elías, en función de ellos.
La cuestión es grave, y no será ulteriormente discutida, porque éstas quieren ser historias del Lager, y sobre el hombre de fuera del Lager ya se ha escrito mucho. Pero aún me gustaría añadir algo: Elías, por cuanto me es posible juzgar desde fuera, y por cuanto la frase pueda tener de significativo, Elías era verosímilmente un individuo feliz.
Henri es en cambio eminentemente social y culto, y su estilo de supervivencia en el Lager cuenta con una teoría completa y orgánica. Sólo tiene veintidós años; es inteligentísimo, habla francés, alemán, inglés y ruso, tiene una óptima cultura científica y literaria. Su hermano ha muerto en Buna el invierno pasado, y desde aquel día Henri se ha desvinculado de todo afecto; se ha encerrado en si mismo como en una coraza y lucha para vivir sin distraerse, con todos los recursos que puede obtener de su inteligencia pronta y de su educación refinada. Según la teoría de Henri, para huir de la aniquilación tres son los métodos que el hombre puede poner en práctica sin dejar de ser digno de llamarse hombre: la organización, la compasión y el hurto.
Él mismo practica los tres. Nadie es mejor estratega que Henri para sonsacar («cultivar» dice él) a los prisioneros de guerra ingleses. Éstos se convierten, en sus manos, en auténticas gallinas de los huevos de oro: piénsese que del cambio de un solo cigarrillo inglés se obtiene lo suficiente para el hambre de todo un día. Henri ha sido sorprendido un día en el momento de comerse un auténtico huevo duro.
El tráfico de las mercancías de procedencia inglesa es un monopolio de Henri, y hasta aquí se trata de organización; pero su instrumento de penetración, con los ingleses y con los demás, es la piedad. Henri tiene el cuerpo y la cara delicados y sutilmente perversos del San Sebastián del Sodoma: sus ojos son negros y profundos, todavía no tiene barba, se mueve con lánguida y natural elegancia (aunque cuando es necesario sabe correr y saltar como un gato, y la capacidad de su estómago es apenas inferior a la de Elías). Henri tiene perfecta conciencia de sus dotes naturales, y les saca partido con la fría competencia de quien maneja un instrumento científico: los resultados son sorprendentes. Se trata, en el fondo, de un descubrimiento: Henri ha descubierto que la compasión, siendo un sentimiento primario e irreflexivo, se compagina bastante bien, si es hábilmente instilada, incluso con los ánimos primitivos de los brutos que nos mandan, de los mismos que no tienen reparo en derribarnos a golpes sin porqué, y a patearnos una vez en el suelo, y no se le ha escapado la gran importancia práctica de este descubrimiento, sobre el que ha montado su industria personal.
Como el icneumón paraliza a las gordas orugas peludas hiriéndolas en su único ganglio vulnerable, así aprecia Henri, con una mirada, al sujeto, son type; le habla brevemente, a cada uno con el lenguaje apropiado, y el type es conquistado: escucha con creciente simpatía, se conmueve con la suerte del joven desventurado, y no hace falta mucho tiempo para que empiece a rendirle provecho.
No hay alma tan endurecida en la que Henri no consiga abrir brecha, si se pone a ello seriamente. En el Lager, y también en la Buna, sus protectores son numerosísimos: soldados ingleses, obreros civiles franceses, ucranianos, polacos; «políticos» alemanes: cuatro Blockälteste por lo menos, un cocinero, hasta un SS. Pero su campo preferido es el Ka-Be, en el Ka-Be tiene entrada libre, el doctor Citron y el doctor Weiss son, más que sus protectores, sus amigos, y lo asilan cuando quiere y con el diagnóstico que quiere. Eso sucede especialmente a la vista de las selecciones y en los periodos de trabajo más gravosos: a «invernar», dice él.
Disponiendo de tan importantes amistades, es natural que Henri raramente se vea reducido a la tercera vía, al hurto; por otra parte, se comprende que, sobre este asunto, no se confíe de buena gana.
Es muy agradable conversar con Henri en los momentos de descanso. Hasta es útil: nada hay en el campo que no conozca y sobre lo que no haya hablado a su modo exacto y coherente. De sus conquistas habla con educada modestia como de presas de poca cuenta, pero se extiende con gusto cuando explica el cálculo que lo ha llevado a aproximarse a Hans preguntándole por el hijo que tiene en el frente, y a Otto enseñándole las cicatrices que tiene en las espinillas.
Hablar con Henri es útil y agradable; hasta sucede a veces que al oírle afectuoso y cercano parece posible una comunicación, quizás hasta un afecto; parece hasta percibirse el fondo humano, doliente y cómplice de su personalidad no común. Pero al momento siguiente su sonrisa triste se hiela en una mueca triste que parece estudiada ante un espejo; Henri pide cortésmente perdón («…j’ai quelque chose à faire», «…j’ai quelqu’un à voir»), y helo de nuevo enteramente entregado a su caza y a su lucha: duro y lejano, encerrado en su coraza, enemigo de todos, inhumanamente listo e incomprensible como la Serpiente del Génesis.
De todos los coloquios con Henri, incluso de los más cordiales, he salido siempre con una ligera sensación de derrota; con la sospecha confusa de haber sido yo también, de alguna manera inadvertida, no un hombre frente a él, sino un instrumento en sus manos.
Hoy sé que Henri está vivo. Daria cualquier cosa por saber de su vida de hombre libre, pero no quiero volver a verlo.

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EXAMEN DE QUÍMICA

El Kommando 98. llamado Kommando Químico, habría debido ser un departamento de especialistas. El día en que se anunció oficialmente su constitución un flaco grupo de quince Häftlinge se reunió con el nuevo Kapo, en la plaza de la Lista, a la luz gris del alba.
Fue el primer chasco: era otra vez un «triángulo verde»; un delincuente profesional, el Arbeitsdienst no había juzgado necesario que el Kapo del Kommando Químico fuese un químico. Inútil gastar saliva en hacerle preguntas, no habría respondido, o respondido con gritos y patadas. Por lo demás, tranquilizaba su apariencia no demasiado robusta y su estatura inferior a la media.
Pronunció un breve discurso en desgarrado alemán de cuartel y el chasco quedó confirmado. Aquéllos eran, pues, los químicos: bueno, él era Alex, y si pensaban entrar en el paraíso, se equivocaban. En primer lugar, hasta el día del principio de la producción, el Kommando 98 no seria más que un vulgar Kommando de transportes agregado al almacén de Cloruro de Magnesio. Después, si se creían, por ser Intelligenten, intelectuales, que iban a jugar con él, Alex, un Reichsdeutscher, bien, Herrgottsacrament, él les haría ver, los iba a… (y, con el puño cerrado y el índice tieso, cortaba el aire de través con el gesto de amenaza de los alemanes); y finalmente, no debían pensar en engañar a nadie, si alguno se había presentado como químico sin serlo; un examen, si señores, uno de los próximos días; un examen de química, ante el triunvirato del Departamento de Polimerización: el Doktor Hagen, el Doktor Probst y el Doktor Ingenieur Pannwitz.
Con lo que, meine Herren, se había perdido ya bastante tiempo, los Kommandos 96 y 97 ya estaban funcionando, al frente marchen y, para empezar, quien no caminase al paso y alineado tendría que vérselas con él.
Era un Kapo como todos los demás Kapos.
Al salir del Lager, ante la banda de música y el puesto de conteo de los SS, se marcha en filas de cinco, con la gorra en la mano, los brazos colgando inmóviles a lo largo de los costados y el cuello tieso, y no se debe hablar. Después se va en formación de tres, y entonces se puede tratar de cambiar algunas palabras a través del repiqueteo de los diez mil pares de zuecos de madera.
¿Quiénes son estos químicos compañeros míos? Junto a mi camina Alberto, es estudiante de tercer año, también esta vez ha logrado que no nos separemos.
Al tercero a mi izquierda no lo he visto nunca, parece muy joven, es pálido como la cera, tiene el número de los holandeses. También las tres filas de delante de mi son nuevas. Detrás, es peligroso volverse, podría perderse el paso y tropezar, pero pruebo durante un momento, he visto la cara de Iss Clausner.
Mientras se anda no hay tiempo de pensar, hay que tener cuidado de no sacarle los zuecos al que cojea delante y de no hacérselos sacar uno por el que renquea detrás; de vez en cuando hay un cable que salvar, un charco viscoso que evitar. Sé dónde estamos, por aquí ya he pasado con mi Kommando anterior, es la H-Strasse, la calle de los almacenes. Se lo digo a Alberto: vamos de verdad al Cloruro de Magnesio, por lo menos esto no ha sido un cuento.
Hemos llegado, bajamos a un vasto sótano húmedo y lleno de corrientes de aire; ésta es la sede del Kommando, la que aquí se llama Bude. El Kapo nos divide en tres escuadras; cuatro para descargar los sacos del vagón, siete para traerlos abajo, cuatro para apilarlos en el almacén. Estos últimos somos yo, Alberto, Iss y el holandés.
Por fin se puede hablar, y a cada uno de nosotros lo que ha dicho Alex nos parece el sueño de un loco.
Con nuestras caras vacías, con nuestras cabezas rapadas, con estos trajes vergonzosos, dar un examen de química.
Y será en alemán, evidentemente, y deberemos comparecer ante cualquier rubio Ario Doktor con la esperanza de no tener que sonarnos, porque quizás no sepa que no tenemos pañuelo, y seguro que no se podrá explicárselo. Y tendremos encima a nuestra vieja compañera, el hambre, y nos esforzaremos en que no nos tiemblen las piernas, y él notará nuestro olor, al que ya estamos acostumbrados, pero que nos persigue los primeros días; el olor de las coles y de los nabos crudos, cocidos y digeridos.
Así es, nos asegura Clausner. ¿Tienen los alemanes tanta necesidad de productos químicos? ¿O es un nuevo truco, una nueva máquina pour fair chier les Juifs? ¿Se dan cuenta de la prueba grotesca y absurda a que van a someternos, a los que ya no estamos vivos, a los que estamos medio locos en la triste espera de la nada?
Clausner me enseña el fondo de su escudilla. Allí donde los demás graban su número, y Alberto y yo hemos grabado nuestro nombre, Clausner ha escrito: Ne pas chercher á comprendre.
Aunque no pensamos más que unos minutos al día, y de una manera despegada y exterior, sabemos bien que vamos a acabar en la selección. Yo sé que no soy del paño de los que aguantan, soy demasiado culto, pienso todavía demasiado, me consumo con el trabajo. Y ahora sé también que me salvaré si me convierto en Especialista, y me convertiré en Especialista si supero un examen de química.
Hoy, este verdadero hoy en el que estoy sentado a una mesa y escribo, yo mismo no estoy convencido de que estas cosas hayan sucedido de verdad.
Pasaron tres días, tres de los acostumbrados días inmemorables, tan largos mientras pasaban y tan breves después de haber pasado, y ya todos se habían cansado de creer en el examen de química.
El Kommando se reducía ya a doce hombres: tres habían desaparecido de la manera allí acostumbrada, quizás en la barraca de al lado, tal vez borrados del mundo. De los doce, cinco no eran químicos; los cinco le habían pedido en seguida a Alex volver a sus anteriores Kommandos. No evitaron los golpes, pero inesperadamente, y quién sabe por qué autoridad, se decidió que se quedasen como auxiliares del Kommando Quimico.
Vino Alex a la bodega del Cloromagnesio y nos llamó afuera a los siete para que fuésemos a dar examen. Henos, como siete polluelos torpes detrás de la clueca, siguiendo a Alex por la escalerilla del Polymerisations-Büro. Estamos en el rellano, una chapa en la puerta con los tres nombres famosos. Alex llama tímidamente, se quita la gorra, entra; se oye una voz sosegada; Alex sale:
–Ruhe, jetzt. Warten (esperad en silencio).
De esto, estamos contentos. Cuando se espera, el tiempo pasa solo, sin que haya que empujarlo, pero, en cambio, cuando se trabaja, cada minuto nos atraviesa fatigosamente y debe ser expulsado laboriosamente. Siempre estamos contentos de esperar, somos capaces de esperar durante horas con la completa y obtusa inercia de las arañas en las viejas telas.
Alex está nervioso, pasea de acá para allá, y nosotros nos apartamos a su paso. También nosotros, cada uno a su manera, estamos inquietos; sólo Mendi no lo está. Mendi es rabino; es de la Rusia subcarpática, de aquel ovillo de pueblos en el que cada uno habla por lo menos tres lenguas, y Mendi habla siete. Sabe muchísimas cosas, además de rabino y sionista militante, y glotólogo, ha sido partigiano y es doctor en leyes; no es químico pero quiere probar también, es un hombrecillo tenaz, valiente y agudo.
Bålla tiene un lápiz y todos están a su lado. No estamos seguros de si sabremos todavía escribir nos gustaría probar Kohlenwasserstoffe, Massenwirkungsgesetz. Me afloran los nombres alemanes de las composiciones químicas y de las leyes: estoy agradecido a mi cerebro, no me he ocupado mucho de él y, sin embargo, todavía me sirve tan bien…
He aquí a Alex. Yo soy un químico: ¿qué tengo que ver con este Alex? Se planta delante de mi, me compone el cuello de la chaqueta, me quita la gorra y me la encasqueta bien, después da un paso atrás, escudriña el resultado con aire disgustado y me vuelve la espalda refunfuñando:
–Was für ein Muselmann Zugang? (¡qué nueva desaliñada adquisición!).
La puerta se ha abierto. Los tres doctores han decidido que seis candidatos pasarán por la mañana. El séptimo, no. El séptimo soy yo, tengo el número de matrícula más alto, me toca volver al trabajo. Sólo por la tarde viene Alex a sacarme; qué desdicha, no podré hablar con los otros para saber qué preguntas hacen.
Esta vez va de veras. Por la escalera, Alex me mira torvamente, se siente de algún modo responsable de mi aspecto miserable. Me odia porque soy italiano, porque soy judío y porque, de entre todos, soy el que más se aparta de su caporalesco ideal viril. Por analogía, aunque sin entender nada, y orgulloso de esta incompetencia suya, ostenta una profunda desconfianza en cuanto a mis probabilidades en el examen.
Hemos entrado. El Doktor Pannwitz está solo, Alex, con la gorra en la mano, le habla a media voz.
-… un italiano, sólo tres meses en el Lager, ya medio kaputt… Er sagt er ist Chemiker… -pero él, Alex, parece que tiene sus reservas al respecto.
Alex es despedido en seguida y relegado aparte, y yo me siento como Edipo ante la Esfinge. Mis ideas no son claras, y también me doy cuenta en este momento de que la apuesta es grande; y, sin embargo, experimento un loco impulso de desaparecer, de sustraerme a la prueba.
Pannwitz es alto, delgado, rubio; tiene los ojos, el pelo y la nariz como todos los alemanes deben tenerlos, y está formidablemente sentado detrás de un complicado escritorio. Yo, Häftling 174517, estoy en pie en su estudio, que es un verdadero estudio, que brilla de limpio y ordenado, y me parece que voy a dejar una mancha sucia donde tenga que tocar.
Cuando hubo terminado de escribir, levantó los ojos y me miró.
Desde aquel día he pensado en el Doktor Pannwitz muchas veces y de muchas maneras. Me he preguntado cuál sería su funcionamiento íntimo de hombre; cómo llenaría su tiempo fuera de la Polimerización y de la conciencia indogermánica; sobre todo, cuando he vuelto a ser hombre libre, he deseado encontrarlo otra vez, y no ya por venganza sino sólo por mi curiosidad frente al alma humana.
Porque aquella mirada no se cruzó entre dos hombres; y si yo supiese explicar a fondo la naturaleza de aquella mirada, intercambiada como a través de la pared de vidrio de un acuario entre dos seres que viven en medios diferentes, habría explicado también la esencia de la gran locura de la tercera Alemania.
Lo que todos nosotros pensábamos y decíamos de los alemanes se percibió en aquel momento de manera inmediata.
El cerebro que controlaba aquellos ojos azules y aquellas manos cuidadas decía: «Esto que hay ante mi pertenece a un género al que es obviamente indicado suprimir. En este caso particular, conviene primero cerciorarse de que no contiene ningún elemento utilizable». Y en mi cabeza, como pepitas en una calabaza vacía: «Los ojos azules y el pelo rubio son esencialmente malvados. Ninguna comunicación posible. Soy especialista en química minera. Soy especialista en síntesis orgánica. Soy especialista…».
Y comenzó el interrogatorio, mientras Alex bostezaba y refunfuñaba en su rincón, Alex, el tercer ejemplar zoológico.
–Wo sind Sie Geboren? me trata de Sie, de usted: el Doktor Ingenieur Pannwitz no tiene sentido del humor. Maldito sea, no hace el más mínimo es fuerzo por hablar un alemán un poco comprensible.
–Me he doctorado en Turin el 1941, summa cum laude -y, mientras lo digo, tengo la exacta sensación de no ser creído, a decir la verdad no, lo creo yo mismo, basta mirar mis manos sucias y llagadas, mis pantalones de forzado con costras de fango.
Y, sin embargo, soy yo mismo, el doctor de Turín, es más, particularmente en este momento es imposible dudar de mi identidad con él, puesto que el depósito de recuerdos de química orgánica, incluso después de la larga inercia, responde a mis instancias con inesperada docilidad; y, también, esta ebriedad lúcida, esta exaltación que siento cálida por mis venas, cómo la reconozco, es la fiebre de los exámenes, mi fiebre de mis exámenes, aquella espontánea movilización de todas las facultades lógicas que tanto me envidiaban mis compañeros de facultad.
El examen está saliendo bien. Conforme me voy dando cuenta, me parece que aumento de estatura. Ahora me pregunta sobre qué tema he hecho la tesis de doctorado. Debo hacer un esfuerzo violento para suscitar estas secuencias de recuerdos tan profundamente lejanas: es como si tratase de recordar acontecimientos de una encarnación anterior.
Hay algo que me protege. Mis pobres viejas «Medidas de constantes dieléctricas» interesan especialmente a este ario rubio de existencia segura: me pregunta si sé inglés, me enseña el libro de Gattermann, y también esto es absurdo e inverosímil, que allá, al otro lado del alambre espinoso, exista un Gattermann idéntico en todo al que yo estudiaba en Italia, durante el cuarto curso, en mi casa.
Se acabó: la excitación que me ha sostenido a lo largo de toda la prueba cede de golpe y contemplo entontecido la mano de piel rubia que, con signos incomprensibles, escribe mi destino en la página blanca.
–Los, ab.!
Alex vuelve a entrar en escena, estoy de nuevo bajo su jurisdicción. Saluda a Pannwitz con un taconazo, y no obtiene a cambio más que un levísimo gesto de los párpados. Titubeo durante un momento en busca de una fórmula de despedida apropiada: en vano, en alemán sé decir comer, trabajar, robar, morir también sé decir ácido sulfúrico, presión atmosférica y generador de ondas cortas, pero no sé como se puede saludar a una persona de respeto.
Henos de nuevo en la escalera. Alex salta los peldaños, lleva zapatos de piel porque no es judío, va tan ligero sobre sus pies como los diablos de Malasbolsas.
Se vuelve desde abajo mirándome torvamente, mientras bajo torpe y ruidoso con mis zuecos desparejados y enormes, agarrándome a la barandilla como un viejo.
Parece que la cosa ha salido bien, pero seria insensato hacerse ilusiones. Conozco lo bastante el Lager para saber que no se deben aventurar nunca previsiones, en especial si son optimistas. Lo que es cierto es que he pasado un día sin trabajar y que esta noche tendré un poco menos de hambre, y ésta es una ventaja concreta y que ya me he asegurado.
Para volver a la Buna hay que atravesar un espacio lleno de vigas y de armazones metálicos apilados.
El cable de acero de un cabestrante corta el camino, Alex lo agarra para saltarlo, Donnerwetter se mira la mano, negra de grasa viscosa. Mientras tanto he llegado junto a él: sin odio y sin escarnio, Alex restriega la mano por mi espalda, la palma y el dorso, para limpiársela, y se habría asombrado, el inocente bruto Alex, si alguien le hubiese dicho que tomando por patrón esta acción suya yo lo juzgo hoy a él, a él y a Pannwitz y a los innumerables que fueron como él, grandes y pequeños, en Auschwitz y dondequiera.

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EL CANTO DE ULISES
Estábamos seis raspando y limpiando el interior de una cisterna subterránea; la luz del día nos llegaba únicamente a través de la pequeña portezuela de entrada. Era un trabajo de lujo, porque nadie nos vigilaba; pero hacía frio y estaba húmedo. El polvo de la herrumbre nos quemaba debajo de los párpados y nos empastaba la garganta y la boca con un sabor casi a sangre.
Osciló la escalerilla de cuerda que colgaba de la portezuela: alguien llegaba. Deutsch apagó el cigarrillo, Goldner despertó a Sivadjan; todos nos pusimos a rascar vigorosamente la sonora pared de planchas.
No era el Vorarbeiter, no era más que Jean, el Pikolo de nuestro Kommando. Jean era un estudiante alsaciano; aunque tenia veinticuatro años, era el Häfiling más joven del Kommando Quimico. Por eso le había tocado el cargo de Pikolo, es decir de pinche letrado, afecto a la limpieza de la barraca, a la entrega de las herramientas, al lavado de las escudillas, a la contabilidad de las horas de trabajo del Kommando.
Jean hablaba fluidamente francés y alemán: apenas se reconocieron sus zapatos en el peldaño más alto, todos dejaron de raspar.
–Also, Pikolo, was gibt es Neues?
–Qu’est-ce qu’il y a comme soupe aujourd d’hui?… ¿de qué humor estaba el Kapo? ¿Y el asunto de los veinticinco latigazos a Stern? ¿Qué tal tiempo hacia fuera? ¿Había leído el periódico? ¿A qué olía la cocina civil? ¿Qué hora era?
A Jean lo querían mucho en el Kommando. Hay que saber que el cargo de Pikolo es un grado bastante elevado en la jerarquía de las Prominencias: el Pikolo (que generalmente no tiene más de diecisiete años) no trabaja manualmente, tiene carta blanca en los fondos de la marmita del rancho y puede estar todo el día junto a la estufa: «por eso» tiene derecho a media ración suplementaria y tiene grandes probabilidades de convertirse en amigo y confidente del Kapo, del que recibe oficialmente la ropa y los zapatos usados. Ahora bien, Jean era un Pikolo excepcional. Era despabilado y físicamente robusto, y al mismo tiempo pacífico y amigable: aun conduciendo con tenacidad y coraje su secreta lucha individual contra el campo y contra la muerte, no se olvidaba de mantener relaciones humanas con los compañeros menos privilegiados, por otra parte, había sido tan hábil y perseverante que se había ganado la confianza de Alex, el Kapo.
Alex había cumplido todas sus promesas. Se había mostrado como bicho violento y traidor. acorazado en su sólida y compacta ignorancia y estupidez, excepción hecha de su olfato y su técnica de cómitre experto y consumado. No perdía ocasión de proclamarse orgulloso de su sangre pura y de su triángulo verde, y mostraba un altanero desprecio por sus químicos andrajosos y hambrientos: «Ihr Doktoren! Ihr Intelligenten!», se carcajeaba todos los días al verlos amontonarse con las escudillas tendidas durante la distribución del rancho. Con los Meister civiles era extremadamente dúctil y servil, y con los SS mantenía vínculos de cordial amistad.
Se sentía manifiestamente intimidado por el registro del Kommando y por el informe diario de las prestaciones, y éste era el camino que el Pikolo había escogido para hacérsele necesario. Había sido una faena lenta, cauta y sutil que todo el Kommando había observado durante un mes con el aliento entrecortado; pero, al final, el reducto del puercoespín fue penetrado, y Pikolo confirmado en el cargo, con satisfacción de todos los interesados.
Aun cuando Jean no abusase de su posición, ya habíamos podido comprobar que una palabra suya, dicha con el tono oportuno y en el momento oportuno, surtía gran efecto; ya había servido muchas veces para salvar a alguno de nosotros del látigo o de la denuncia a los SS. Hacía una semana que éramos amigos: nos habíamos encontrado en la excepcional ocasión de una alarma aérea, pero después, víctimas del ritmo feroz, del Lager, no habíamos podido más que saludarnos de pasada, en las letrinas, en el lavadero.
Colgado con una mano de la escala oscilante, me indicó:
–Aujourd’hui c’est Primo qui viendra avec moi chercher la soupe.
Hasta la fecha había sido Stern, el transilvano bizco; ahora, éste había caído en desgracia por no sé qué historia de escobas robadas en el almacén, y Pikolo había conseguido hacer triunfar mi candidatura como ayuda en el Essenholen, en la corvée cotidiana del rancho.
Trepó afuera, y yo lo seguí, batiendo los párpados en el esplendor del día. Estaba templado, el sol levantaba de la tierra grasienta un ligero color a barniz y a alquitrán que me recordaba a una playa cualquiera de mi infancia. Pikolo me dio uno de los dos palos y echamos a andar bajo un claro cielo de junio.
Empezaba a darle las gracias, pero me interrumpió, no hacia falta. Se veían los Cárpatos cubiertos de nieve. Respiré el aire fresco, me sentía insólitamente ligero.
–Tu es fou de marcher si vite. On a le temps, tu sais.
El rancho se retiraba a un kilómetro de distancia; había que volver después con la marmita de cincuenta kilos enfilada en los palos. Era un trabajo bastante pesado pero suponía una agradable marcha de ida sin carga, y la ocasión, siempre deseable, de acercarse a las cocinas.
Acortamos el paso. Pikolo, hábil, había elegido diestramente el camino de modo que tendríamos que dar una vuelta larga, caminando por lo menos una hora, sin levantar sospechas. Hablábamos de nuestras casas, de Estrasburgo y de Turín, de nuestras lecturas, de nuestros estudios. De nuestras madres: ¿cuánto se parecen todas las madres! También su madre le reprochaba que no supiese nunca cuánto dinero llevaba en el bolsillo, también su madre se habría asombrado si hubiese sabido que se las arreglaba, que día tras día se las arreglaba.
Pasó un SS en bicicleta. Es Rudi, el Blockführer. Parada, firmes, quitarse la gorra.
–Sale brute, celui-là. Ein ganz gemeiner Hund.
¿Le resulta indiferente hablar francés o alemán? Le resulta indiferente, puede pensar en ambas lenguas. Ha estado un mes en la Liguria, le gusta Italia, querría aprender italiano. Me alegrará enseñarle italiano: ¿no podemos arreglarlo? Podemos. En seguida, una cosa vale tanto como otra, lo importante es no perder tiempo, no desperdiciar esta hora.
Pasa Limentani, el romano, arrastrando los pies, con una escudilla escondida bajo la chaqueta. Pikolo está atento, coge cualquier palabra de nuestro diálogo y la repite riendo:
-Zup-pa, cam-po, ac-qua.
Pasa Frenkel, el espía. Aceleremos el paso, nunca se sabe, ése hace el mal por gusto.
El canto de Ulises. Quién sabe por qué me he acordado de él: pero no tenemos tiempo de escoger, esta hora ya no es una hora. Si Jean es inteligente, lo entenderá. Lo entenderá: hoy me siento capaz de todo.
Quién es Dante. Qué es la Comedia. Qué sensación curiosa de novedad se siente si se procura explicar brevemente lo que es la Divina Comedia. Cómo está dividido el Infierno, qué es la contrapasión. Virgilio es la Razón, Beatriz la Teología. Jean está atentísimo, y yo empiezo, lento y con cuidado:
Y de la antigua llama el más saliente
de los cuernos torcióse murmurando
cual llama que del viento se resiente;
luego se fue la punta meneando
como si fuese lengua y así hablara
y echó fuera la voz y dijo: «Cuando…
Me paro aquí y trato de traducir. Desastroso: pobre Dante y pobre francés! Sin embargo. parece que el experimento promete: Jean admira la rara similitud de la lengua y me sugiere el término apropiado para traducir antica.
¿Y después de «Cuándos? La nada. Un agujero en la memoria. Prima che si Enea la nominasse. Otro agujero. Sale a flote un fragmento no utilizable: ¿Ja piéta Del vecchio padre, nét debito amore Che doveva Penelope far lieta… será exacto?
….quise por alta mar aventurarme.
De éste si, de éste estoy seguro, estoy en condiciones de explicárselo a Pikolo, de distinguir por qué misi me no es je me mis, es mucho más fuerte y más audaz, es una atadura rota, es lanzarse mismo más allá de una barrera, nosotros conocemos bien este impulso. La altamar abierta: Pikolo ha viajado por mar y sabe lo que quiere decir, es cuando el horizonte se cierra sobre si mismo, libre, recto y simple, y no hay más que olor a mar. dulce cosa ferozmente lejana.
Hemos llegado al Kraftwerk, donde trabaja el Kommando de los tendidos eléctricos. Aquí debe de estar el ingeniero Levi. Míralo, se ve sólo la cabeza fuera de la zanja. Me saluda con la mano, es un hombre en forma, no lo he visto nunca bajo de moral, no habla nunca de comidas.
Mare aperto. Mare aperto. Se que rima con diserto… quella compagna Picciola, dalla grial non fui diserto, pero no recuerdo si viene antes o después.
Y también el viaje, el temerario viaje más allá de las columnas de Hércules, qué tristeza, no tengo más remedio que contarlo en prosa: un sacrilegio. No he salvado más que un verso, pero vale la pena detenerse en él:
…que al navegante niegan la franquía.
Si metta: tenia que venir al Lager para darme cuenta de que es la misma expresión de antes e misi me. Pero no se lo digo a Jean, no estoy seguro de que sea una observación importante. Cuántas otras cosas habría que decir, y el sol ya está alto, pronto será mediodía. Tengo prisa, una prisa furibunda.
Mira, atento Pikolo, abre los oídos y la mente, necesito que entiendas:
«Considerad», seguí, vuestra ascendencia:
para vida animal no habéis nacido,
sino para adquirir virtud y ciencias,
Como si yo lo sintiese también por vez primera: como un toque de clarín, como la voz de Dios, por un momento, he olvidado quién soy y dónde estoy.
Pikolo me pide que lo repita. Qué buena persona es Pikolo, se ha dado cuenta de que me está haciendo el bien. O quizás se trata de algo más: quizás, a pesar de la traducción floja y el comentario pedestre y presuroso, ha recibido el mensaje, ha sentido que le atañe, que atañe a todos los hombres en apuros, y a nosotros en especial; y que nos atañe a nosotros dos, que osamos hablar de estas cosas con los palos de la sopa en los hombros.
A mis hombres de tal suerte he movido…
… y me esfuerzo, pero en vano, por explicar cuántas cosas quiere decir este acuti. Aquí, otra laguna esta vez irreparable. Lo lume era di sotto della luna o algo parecido; ¿y antes? Ninguna idea, keine Ahnung como se dice aquí. Que me perdone Pikolo, se me han olvidado, por lo menos, cuatro tercetos.
-Ca ne fait rien, vas-y tout de même.
… cuando mostróse una montaña,
bruna por la distancia; y se elevaba tanto
que tan alta no vi jamás ninguna.
Si, si, alta tanto, no molto alta, proposición consecutiva. Y las montañas, cuando se ven de lejos… las montañas… oh Pikolo, Pikolo, di algo, habla, no me dejes pensar en mis montañas, que se aparecían en el color oscuro de la tarde cuando volvía en tren de Milán a Turín.
Basta, hay que continuar, éstas son cosas que se piensan pero no se dicen. Pikolo espera y me mira. Daria el potaje de hoy por saber juntar non ne avevo alcuna con el final. Me esfuerzo en reconstruir por medio de las rimas, cierro los ojos, me muerdo los dedos: pero de nada sirve, lo demás es silencio. Me bailan en la cabeza otros versos…. la terra lagrimosa diede vento…, no, es otra cosa. Es tarde, hemos llegado a la cocina, hay que terminar:
… con las aguas tres veces girar le hace
y a la cuarta la popa es elevada,
se hunde la proa-que a otro así le place-
Detengo a Pikolo, es absolutamente necesario y urgente, que escuche, que comprenda este come altrui piacque, antes de que sea demasiado tarde, mañana él o yo podemos estar muertos, o no volver a vernos, debo hablarle, explicarle lo de la Edad Media, del tan humano y necesario y, sin embargo, inesperado, anacronismo, y de algo más, de algo gigantesco que yo mismo sólo he visto ahora, en la intuición de un instante, tal vez el porqué de nuestro destino, de nuestro estar hoy aquí…
Estamos ya en la cola del potaje, en medio de la masa sórdida y harapienta de los portasopas de los otros Kommandos. Los recién llegados se amontonan a la espalda. Kraut und Rüben?, Kraut und Rüben. Se anuncia oficialmente que el potaje de hoy es de coles y nabos: Choux et navets. Kapotszka es répak.
«... y nos cubre por fin la mar airada».




