SI ESTO ES UN HOMBRE («Se questo è un uomo», 1945, 1947), de Primo Levi. PARTE 5

SI ESTO ES UN HOMBRE («Se questo è un uomo»)

 

SI ESTO ES UN HOMBRE (Se questo è un uomo)

Por Primo Levi

ESTO ES UN HOMBRE

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Índice

EL VIAJE.

EN EL FONDO.

LA INICIACIÓN.

KA-BE.

NUESTRAS NOCHES.

EL TRABAJO.

UN DÍA BUENO.

MÁS ACÁ DEL BIEN Y DEL MAL.

LOS HUNDIDOS Y LOS SALVADOS….

EXAMEN DE QUÍMICA.

EL CANTO DE ULISES.

LOS ACONTECIMIENTOS DEL VERANO.

OCTUBRE DE 1944.

KRAUS.

DIE DREI LEUTE VOM LABOR.

EL ÚLTIMO.

HISTORIA DE DIEZ DÍAS.

APÉNDICE DE 1976.

 

SI ESTO ES UN HOMBRE ("Se questo è un uomo")

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LOS ACONTECIMIENTOS DEL VERANO

 

Durante toda la primavera habían llegado transportes de Hungría; un prisionero de cada dos era húngaro, el húngaro se había convertido, después del yiddish, en la segunda lengua del campo.

En el mes de agosto de 1944, nosotros, internados cinco meses antes, nos contábamos ya entre los veteranos. Como tales, nosotros, los del Kommando 98, no nos habiamos asombrado de que las promesas hechas y el examen de química aprobado no hubiesen tenido consecuencias: ni asombrados ni demasiado tristes: en el fondo, todos teníamos cierto temor a los cambios: «Cuando se cambia, se cambia para peor», decía uno de los proverbios del campo. Mas en general la experiencia nos había demostrado ya infinitas veces la vanidad de toda previsión: ¿con qué objeto esforzarse en prever el porvenir cuando ninguno de nuestros actos, ninguna de nuestras palabras lo habría podido influenciar en lo más mínimo? Éramos viejos Häftlinge, nuestra sabiduría consistía en «no tratar de entender», ni imaginarse el futuro, no atormentarse por cómo y cuándo acabaría todo: no hacer y no hacerse preguntas.

Conservábamos los recuerdos de nuestra vida anterior, pero velados y lejanos, y por ello profundamente dulces y tristes, como lo son para todos los recuerdos de la primera infancia y de todas las cosas acabadas; mientras para cada uno el momento de la entrada en el campo se encontraba en el origen de una diferente secuencia de recuerdos, cercanos y duros éstos, continuamente confirmados por la experiencia presente, como heridas que vuelven a abrirse a diario.

Las noticias, sabidas en el tajo, del desembarco aliado en Normandía, de la ofensiva rusa y del frustrado atentado contra Hitler, habían levantado oleadas de esperanzas violentas pero efímeras. Cada uno sentía, día tras día, que le abandonaban las fuerzas, que el deseo de vivir se desvanecía, que la mente se oscurecía; y Normandía y Rusia eran cosas lejanas, y el invierno estaba tan cerca; tan concretas el hambre y la desolación, y tan irreal todo lo demás, que no parecía posible que verdaderamente existiese un mundo y un tiempo, sino nuestro mundo de fango, y nuestro tiempo estéril y estancado al que ahora éramos incapaces de imaginar un final.

Para los hombres vivos, las unidades de tiempo tienen siempre un valor, tanto mayor cuanto más grandes son los recursos interiores de quien las recorre; pero para nosotros, horas, días, y meses retrocedían tórpidos del futuro al pasado, siempre demasiado lentos, materia vil y superflua de la que tratábamos de deshacernos lo más pronto posible. Concluido el tiempo en que los días se sucedían vivaces, preciosos e irreparables, el futuro estaba ante nosotros gris e inarticulado, como una barrera invencible. Para nosotros, la historia estaba parada.

Pero en agosto del 44 empezaron los bombardeos de la Alta Silesia, y se prolongaron, con pausas y reanudaciones irregulares, durante todo el verano y el otoño hasta la crisis definitiva.

El monstruoso y concorde trabajo de gestación de la Buna se detuvo bruscamente y pronto degeneró en una actividad deshilvanada, frenética y paroxística. El día en que la producción de la goma sintética habría debido comenzar, que en agosto parecía inminente, fue poco a poco retrasado, y los alemanes acabaron por no hablar más del asunto.

El trabajo de construcción cesó; la fuerza del desmesurado rebaño de esclavos fue dirigida a otra parte, y se hizo de día en día más levantisca y pasivamente hostil. A cada incursión, había siempre nuevos daños que reparar, desmontar e inmovilizar la delicada maquinaria pocos días antes puesta en funcionamiento con grandes esfuerzos; construir apresuradamente refugios y protecciones que a la primera prueba se revelaban irónicamente inconsistentes e inútiles.

Nos habíamos creído que cualquier cosa habría sido preferible a la monotonía de las jornadas iguales y encarnizadamente largas, a la rudeza sistemática y ordenada de la Buna en funcionamiento; pero hemos tenido que cambiar de opinión cuando la Buna ha empezado a caerse a pedazos alrededor de nosotros, como herida por una maldición de la que nosotros mismos nos sentíamos comprendidos. Hemos tenido que sudar entre el polvo y los escombros ardientes, y temblar como bestias, aplastados contra el suelo bajo la furia de los aviones; volvíamos al anochecer al campo, deshechos de cansancio y secos de sed, en los crepúsculos larguísimos y ventosos del verano polaco, y encontrábamos el campo en pleno desbarajuste, sin agua para beber y lavarse, sin potaje para las venas vacías, sin luz para defender el propio mendrugo de pan del hambre del otro, y para encontrar, por la mañana, el calzado y la ropa en la lobreguez vacía y llena de gritos del Block.

En la Buna se enfurecían los alemanes civiles, con el furor del hombre seguro que se despierta de un largo sueño de dominio y ve su ruina y no sabe comprenderla. También los Reichsdeutsche del Lager, comprendidos los políticos, sintieron en el momento del peligro el vinculo de la sangre y del suelo. El hecho nuevo condujo el enredo de los odios y de las incomprensiones a sus términos elementales, y dividió aún más los dos campos: los políticos, juntamente con los triángulos verdes y los SS, veían o creían ver en cada una de nuestras caras la burla del desquite y la triste alegría de la venganza. Como se sentían unidos por ello, su ferocidad aumento.

Ningún alemán podía olvidar ahora que nosotros estábamos de la otra parte: de parte de los terribles sembradores que surcaban el cielo alemán como dueños, por encima de todas las barreras, y retorcían el hierro vivo de sus obras, llevando todos los días el estrago hasta dentro de sus casas, de las casas del pueblo alemán nunca antes violadas.

 

 

En cuanto a nosotros, estábamos demasiado destruidos para sentir verdadero temor. Los pocos que todavía podían juzgar y sentir rectamente, sacaron de los bombardeos nueva fuerza y esperanza; aquellos a los que el hambre no había reducido aún a la inercia definitiva, aprovecharon con frecuencia los momentos de pánico general para emprender expediciones doblemente temerarias (puesto que, además del riesgo directo de las incursiones, el hurto consumado en condiciones de emergencia era condenado a la horca) a la cocina de la fábrica y a los almacenes. Pero la mayor parte soportó el nuevo peligro y las nuevas incomodidades con inmutable indiferencia: no se trataba de una resignación consciente, sino del torpor opaco de las bestias domadas a palos, a las que ya no les duelen los palos.

A nosotros, el acceso a los refugios acorazados nos estaba prohibido. Cuando la tierra empezaba a temblar, nos arrastrábamos, aturdidos y renqueantes, a través de los humos corrosivos de las cortinas de humo, hasta las vastas áreas incultas, sórdidas y estériles, comprendidas en el recinto de la Buna; allí yacíamos inertes, amontonados los unos contra los otros como muertos, sensibles, sin embargo, a la momentánea dulzura de los miembros en reposo. Mirábamos con ojos atónitos las columnas de humo surgir en torno a nosotros: en los momentos de tregua, llenos del leve zumbido amenazante que todos los europeos conocen, arrancábamos del suelo cien veces pisoteado las achicorias y las escasas camomilas, y las masticábamos en silencio.

Una vez terminada la alarma, volvíamos desde todas partes a nuestros puestos, rebaño mudo innumerable, acostumbrado a la ira de los hombres y de las cosas; y reanudábamos aquel trabajo nuestro de siempre, odiado como siempre, y además claramente inútil e insensato en aquellos momentos.

En este mundo sacudido más profundamente cada día por los temblores del final cercano, entre nuevos terrores y esperanzas e intervalos de esclavitud exacerbada, sucedió que me encontré con Lorenzo.

La historia de mi relación con Lorenzo es al mismo tiempo larga y breve, sencilla y enigmática; es ésta una historia de un tiempo y de unas condiciones ya borradas por la realidad presente, y por ello no creo que pueda ser comprendida sino como se comprenden hoy los acontecimientos de la leyenda y de la historia más remota.

En términos concretos, se reduce a poca cosa: un obrero civil italiano me trajo un pedazo de pan y las sobras de su rancho todos los días y durante seis meses; me dio una camiseta suya llena de remiendos; escribió para mi una carta a Italia y me hizo recibir la respuesta. Por todo esto, no pidió ni aceptó ninguna recompensa, porque era bueno y simple, y no pensaba que se debiese hacer el bien por una recompensa.

Todo esto no debe parecer poco. Mi caso no ha sido el único; como ya se ha dicho, otros de nosotros mantenían relaciones de varias clases con civiles, y obtenían de qué sobrevivir: pero eran relaciones de naturaleza distinta. Nuestros compañeros hablaban de ellas con el mismo tono ambiguo y lleno de sobreentendidos con que los hombres de mundo hablan de sus relaciones femeninas: es decir, como de aventuras de las que uno puede sentirse orgulloso y por las que se desea ser envidiado, las cuales, sin embargo, incluso para las conciencias más paganas, se mantienen siempre al margen de lo lícito y de lo honesto; por lo que seria incorrecto e inconveniente hablar de ellas con demasiada complacencia. Así hablaban los Häftlinge de sus «protectores» y «amigos civiles» con ostentosa discreción, sin dar nombres, para no comprometerlos y, también y sobre todo, para no crearse indeseables rivales. Los más consumados, seductores profesionales como Henri, no hablaban de esto; envolvían sus asuntos en una aura de equivoco misterio y se limitaban a indicios y alusiones calculados de modo que suscitasen en los oyentes la leyenda confusa e inquietante de que gozaban del favor de civiles infinitamente potentes y generosos. Esto, en vista de un fin muy preciso: la fama improvisada, como he dicho en otro lugar, se muestra de fundamental utilidad a quien sabe rodearse de ella.

La fama de seductor, de «organizado», suscita al mismo tiempo envidia, burla, desprecio y admiración. Quien se deja ver en el acto de comer género «organizado» es juzgado bastante severamente; es ésta una grave falta de pudor y de tacto, además de una evidente estupidez. Igual de estúpido e impertinente sería preguntar «¿quién te lo ha dado?, ¿dónde lo has encontrado?, ¿qué has hecho?». Sólo los Números Altos, bobos, inútiles e indefensos, que nada saben de las reglas del Lager, hacen esta clase de preguntas; a estas preguntas, no se responde, o se responde Verschwinde, Mensch!, Hau’ab, Uciekaj, Schiess’ in den Wind, Va chier, con uno, en fin, de los muchísimos equivalentes de «¡Quítate de en medio!» en que es rica la jerga del campo.

Hay también quien se especializa en complicadas y pacientes campañas de espionaje para identificar al civil o al grupo de civiles con los que el tal se entiende, y trata luego de varios modos de suplantarle. Nacen de ello interminables controversias de prioridad, más amargas para el perdedor por el hecho de que un civil ya «trabajado» es casi siempre más rentable, y sobre todo más seguro, que un civil en su primer contacto con nosotros. Es un civil que vale mucho más por evidentes razones sentimentales y técnicas: conoce ya los fundamentos de la «organización», sus reglas y sus peligros, y además ha demostrado estar en condiciones de superar la barrera de casta.

En realidad, para los civiles somos los intocables. Los civiles, más o menos explícitamente y con todos los matices que hay entre el desprecio y la conmiseración, piensan que por haber sido condenados a esta vida nuestra, por estar reducidos a esta condición nuestra, debemos estar manchados por alguna misteriosa y gravísima culpa. Nos oyen hablar en muchas lenguas diferentes que no comprenden y que suenan a sus oídos grotescas como voces de animales; nos ven innoblemente sometidos, sin pelo, sin honor y sin nombre, golpeados a diario, más abyectos cada día, y nunca descubren en nuestros ojos una chispa de rebeldía, de paz ni de fe. Nos saben ladrones e indignos de confianza, enfangados, andrajosos y hambrientos y, confundiendo el efecto con la causa, nos juzgan dignos de nuestra abyección. ¿Quién podría distinguir nuestras caras? Para ellos somos Kazett, neutro singular.

Naturalmente, esto no impide a muchos de ellos echarnos a veces un mendrugo de pan o una patata, o confiarnos, después de la distribución de la Zivilsuppe en la cantera, sus escudillas para que las raspemos y se las devolvamos lavadas. Les induce a ello el haber captado de paso alguna inoportuna mirada famélica, o bien un impulso momentáneo de humanidad, o la simple curiosidad de vernos acudir de todas partes para disputarnos el bocado los unos a los otros, bestialmente y sin recato, hasta que el más fuerte se lo zampa, y, entonces, todos los demás se ven afrentados y renqueantes.

Ahora bien, entre Lorenzo y yo no sucede nunca nada de esto. Por el sentido que pueda tener tratar de explicar las causas por las que mi vida, entre millares de otras equivalentes, ha podido resistir la prueba, diré que creo que es a Lorenzo a quien debo el estar hoy vivo; y no tanto por su ayuda material como por haberme recordado constantemente con su presencia, con su manera tan llana y fácil de ser bueno, que todavía había un mundo justo fuera del nuestro, algo y alguien todavía puro y entero, no corrompido ni salvaje, ajeno al odio y al miedo; algo difícilmente definible, una remota posibilidad de bondad, debido a la cual merecía la pena salvarse.

Los personajes de estas páginas no son hombres. Su humanidad está sepultada, o ellos mismos la han sepultado, bajo la ofensa súbita o infligida a los demás. Los SS malvados y estúpidos, los Kapos, los políticos, los criminales, los prominentes grandes y pequeños, hasta los Häftlinge indiferenciados y esclavos, todos los escalones de la demente jerarquía querida por los alemanes, están paradójicamente emparentados por una unitaria desolación interna.

Pero Lorenzo era un hombre, su humanidad era pura e incontaminada, se encontraba fuera de este mundo de negación. Gracias a Lorenzo no me olvidé yo mismo de que era un hombre.

 

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OCTUBRE DE 1944

 

Con todas nuestras fuerzas hemos luchado para que no llegase el invierno. Nos hemos agarrado a todas las horas tibias, y a cada puesta de sol hemos procurado sujetar el sol en el cielo todavía un poco, pero todo ha sido inútil. Ayer por la tarde el sol se ha puesto irrevocablemente en un enredo de niebla sucia, de chimeneas y de cables, y esta mañana es invierno.

Sabemos lo que quiere decir, porque estábamos aquí el invierno pasado, y los demás lo aprenderán pronto. Quiere decir que, en el curso de estos meses, de octubre a abril, de cada diez de nosotros, morirán siete. Quien no se muera sufrirá minuto por minuto, día por día, durante todos los días: desde la mañana antes del alba hasta la distribución del potaje vespertino, deberá tener constantemente los músculos tensos, dar saltos primero sobre un pie y luego sobre el otro, darse palmadas bajo los sobacos para resistir el frío. Deberá gastar pan para procurarse guantes, y perder horas de sueño para repararlos cuando estén descosidos. Como no se podrá comer nunca al aire libre, tendremos que consumir nuestro pienso en la barraca, de pie, disponiendo cada uno de un palmo de pavimento, y apoyarse en las literas está prohibido. A todos se nos abrirán heridas en las manos y para conseguir una venda habrá que esperar toda la tarde durante horas y de pie en la nieve y al viento.

Del mismo modo que nuestra hambre no es la sensación de quien ha perdido una comida, así nuestro modo de tener frio exigiría un nombre particular. Decimos «hambre», decimos «cansancio», «miedo» y «dolor», decimos «invierno», y son otras cosas. Son palabras libres, creadas y empleadas por hombres libres que vivían, gozando y sufriendo, en sus casas. Si el Lager hubiese durado más, un nuevo lenguaje áspero habría nacido; y se siente necesidad de él para explicar lo que es trabajar todo el día al viento, bajo cero, no llevando encima más que la camisa, los calzoncillos, la chaqueta y unos calzones de tela, y, en el cuerpo, debilidad y hambre y conciencia del fin que se acerca.

Del mismo modo en que se ve desvanecerse una esperanza, así ha llegado el invierno esta mañana. Nos hemos dado cuenta cuando hemos salido del barracón para ir a lavarnos: no había estrellas, el aire oscuro y frío olía a nieve. En la plaza de la Lista, bajo la primera luz, al reunirnos para el trabajo, nadie ha hablado. Cuando hemos visto los primeros copos de nieve, hemos pensado que si el año pasado en esta época nos hubiesen dicho que íbamos a ver otro invierno en el Lager, nos habríamos dirigido a tocar el tendido eléctrico; y también lo haríamos ahora si fuésemos lógicos, si no fuera por este insensato y loco residuo de inconfesable esperanza.

Porque «invierno» quiere decir todavía una cosa más.

La primavera pasada los alemanes han construido dos enormes tiendas en una explanada de nuestro Lager. Cada una, durante el buen tiempo, ha hospedado a más de mil hombres; ahora, las tiendas han sido desmontadas y un exceso de dos mil hombres se hacinan en nuestras barracas. Nosotros, los veteranos prisioneros, sabemos que estas irregularidades no les gustan a los alemanes y que pronto sucederá algo que haga disminuir nuestro número.

La selección se siente llegar. Selekcja: la híbrida palabra latina y polaca se oye una vez, dos veces, muchas veces, intercalada en conversaciones extranjeras; al principio no se la individualiza, después se impone a la atención, finalmente nos persigue.

Esta mañana, los polacos dicen Selekcja. Los primeros son los que primero saben las noticias, y generalmente procuran que no se difundan, por que saber algo mientras los demás no lo saben todavía puede resultar ventajoso. Cuando todos sepan que la selección es inminente, lo poquísimo que cada uno podría intentar para escurrirse (corromper con pan o con tabaco a algún médico o a algún prominente; pasar de la barraca al Ka-Be o viceversa en el momento exacto, de manera que se cruce uno con la comisión) será su monopolio.

En los días siguientes, la atmósfera del Lager y de la cantera está saturada de Selekcja: nadie sabe nada preciso y todos hablan de ello, hasta los obreros libres, polacos, italianos, franceses, que vemos a escondidas durante las horas de trabajo. No se puede decir que se produzca una ola de abatimiento. Nuestra moral colectiva está demasiado desarticulada y aplastada para que sea inestable. La lucha contra el hambre, el frío y el trabajo deja poco margen al pensamiento, aun tratándose de este pensamiento. Cada cual reacciona a su manera, pero casi ninguno con las actitudes que parecerían más plausibles por ser realistas, es decir con la resignación o con la desesperación.

Quien puede tomar providencias, las toma; pero son los menos, porque sustraerse a la selección es muy difícil, los alemanes hacen estas cosas con gran seriedad y diligencia.

Quien no puede prevenirse materialmente trata de defenderse de otro modo. En los retretes, en el lavadero, nos enseñamos el uno al otro el pecho, las nalgas, los muslos, y los compañeros se tranquilizan: «Puedes estar tranquilo, seguro que esta vez no te toca… du bist kein Muselmann… más bien yo», y al mismo tiempo se bajan los pantalones y se levantan la camisa.

Ninguno niega a otro esta limosna: ninguno está tan seguro de su suerte como para tener el valor de condenar a otro. Yo mismo he mentido descaradamente al viejo Wertheimer; le he dicho que, si lo interrogan, responda que tiene cuarenta y cinco años y que no se olvide de afeitarse la tarde antes, aun a costa de quitarse de la boca un cuarto de pan; que, aparte de esto, no debe alimentar temores, y que además no es nada cierto que se trate de una selección para el gas: ¿no le ha oído decir al Blockältester que los seleccionados irán al campo de convalecencia de Jaworszno?

Es absurdo que Wertheimer tenga esperanzas: aparenta sesenta años, tiene gruesas varices, casi no siente el hambre. Y, sin embargo, se va a la litera sereno y tranquilo y, a quien le hace preguntas, le responde con mis palabras; son las palabras de orden del campo durante estos días: yo mismo las he repetido como, con menos detalles, me las he sentido recitar por Jaim, que está en el Lager desde hace tres años y, como es fuerte y robusto, está admirablemente seguro de si; y le he creído.

Sobre esta exigua base también yo he atravesado la gran selección de octubre de 1944 con inconcebible tranquilidad. Estaba tranquilo porque había logrado mentirme cuanto era necesario. El hecho de que yo no haya sido elegido ha dependido sobre todo del azar y no demuestra que mi confianza estuviese bien fundada.

También Monsieur Pinkert es, a priori, un condenado: basta con mirarle a los ojos. Me llama con una seña, y me cuenta con aire confidencial que ha sabido, de qué fuente no puede decírmelo, que, efectivamente, esta vez hay una novedad: la Santa Sede, por medio de la Cruz Roja Internacional... en fin, me asegura personalmente que, tanto para él como para mi, de la manera más absoluta, está excluido todo peligro: cuando civil, era, como es sabido, agregado a la embajada belga en Varsovia.

De varios modos pues, también estos días de vigilia, que cuando se habla de ellos, parece que deberían haber sido tormentosos más allá de todo limite humano, pasan de una manera no muy diferente que los demás.

La disciplina del Lager y de la Buna no se relaja en modo alguno; el trabajo, el frío y el hambre son suficientes para acaparar toda nuestra atención.

Hoy es domingo de trabajo, Arbeitssonntag: se trabaja hasta las trece, después se vuelve al campo para la ducha, el afeitado y el control general de la sarna y de los piojos y, en el tajo, misteriosamente, todos hemos sabido que la selección será hoy.

La noticia ha llegado, como siempre, rodeada de un halo de detalles contradictorios y recelos: esta misma mañana ha habido una selección en la enfermería; el porcentaje ha sido del siete, del treinta, del cincuenta por ciento del total de los enfermos. En Birkenau, la chimenea del Crematorio humea desde hace diez días. Hay que hacerle sitio a una enorme expedición que va a llegar del gueto de Posen. Los jóvenes dicen a los jóvenes que serán elegidos todos los viejos. Los sanos dicen a los sanos que sólo serán elegidos los enfermos. Serán excluidos los especialistas. Serán excluidos los judíos alemanes. Serán excluidos los Números Bajos. Serás elegido tú. Seré excluido yo.

Con toda normalidad, a partir de las trece en punto, el taller se vacía y la formación gris e interminable desfila durante dos horas hacia los dos puestos de control, donde como todos los días somos contados y recontados, ante la orquesta que, durante horas sin interrupción, toca como todos los días las marchas con las que, a la entrada y a la salida, debemos sincronizar nuestros pasos. Parece que todo marcha como todos los días, la chimenea de la cocina humea como de costumbre, ya ha empezado la distribución del potaje. Pero luego se ha oído la campana, y ahora hemos comprendido que va en serio.

Porque esta campana suena siempre al alba, y entonces es la diana, pero cuando suena a media jornada quiere decir Blocksperre, encierro en la barraca, y esto sucede cuando hay selección, para que nadie se sustraiga a ella y, cuando los seleccionados salgan hacia el gas, para que nadie los vea partir.

Nuestro Blockältester conoce su oficio. Se ha cerciorado de que todos hemos entrado, ha hecho cerrar la puerta con llave, ha dado a cada uno la ficha en que constan la matricula, el nombre, la profesión, la edad y la nacionalidad, y ha dado orden de que todos se desnuden completamente quedándose sólo con el calzado. De este modo, desnudos y con la ficha en la mano, esperaremos a que la comisión llegue a nuestra barraca. Nosotros somos la barraca 48, pero no se puede prever si se empezará por la barraca 1 o por la 60. De todos modos, podemos estar tranquilos durante una hora por lo menos, y no hay motivo alguno para que no nos metamos bajo las mantas de las literas. para calentarnos.

 

 

Ya dormitan muchos cuando un desencadenamiento de órdenes, de blasfemias y de golpes indica que la comisión está llegando. El Blockältester y sus ayudantes, a gritos y puñetazos, a partir del fondo del dormitorio, empujan hacia delante a la turba de desnudos asustados y los apiñan dentro del Tagesraum, que es la Comandancia. El Tagesraum es un cuarto de siete metros por cuatro: cuando la caza ha terminado, dentro del Tagesraum está comprimida una masa humana caliente y compacta que invade y rellena perfectamente todos los rincones y ejerce en las paredes de madera una presión que las hace crujir.

Ahora estamos todos en el Tagesraum y además de no haber tiempo, ni siquiera hay espacio para tener miedo. La sensación de la carne caliente que oprime por todo alrededor de uno es singular y no es desagradable. Hay que procurar tener la nariz en alto para encontrar aire, y no arrugar o perder la ficha que tenemos en la mano.

El Blockältester ha cerrado la puerta del Tagesraum que da al dormitorio y ha abierto las otras dos que, del Tagesraum y del dormitorio dan al exterior. Aquí, delante de las dos puertas, está el árbitro de nuestro destino, que es un suboficial de la SS. Tiene a la derecha al Blockältester, a la izquierda al furriel de la barraca. Cada uno de nosotros, saliendo desnudos del Tagesraum al frío aire de octubre, debe dar corriendo los pocos pasos que hay entre las puertas delante de los tres, entregar la ficha al SS y entrar por la puerta del dormitorio. El SS, en la fracción de segundo entre las dos pasadas sucesivas, con una mirada de frente y de espaldas, decide la suerte de cada uno y entrega a su vez la ficha al hombre que está a su derecha o al hombre que está a su izquierda, y esto es la vida o la muerte de cada uno de nosotros. En tres o cuatro minutos, una barraca de doscientos hombres está «terminada» y, durante la tarde, el campo entero de doce mil hombres.

Yo, inmovilizado en la carnicería del Tagesraum, he sentido gradualmente disminuir la presión humana en torno a mi, y pronto me ha tocado el turno. Como todos, he pasado con paso enérgico y elástico, procurando llevar la cabeza alta, el pecho fuera y los músculos contraídos y marcados. Con el rabillo del ojo, he procurado ver a mi espalda y me ha parecido que mi ficha ha ido a la derecha.

Conforme íbamos volviendo al dormitorio, podíamos vestirnos. Nadie conoce ahora con seguridad el propio destino, hay que saber primero con seguridad si las fichas condenadas son las pasadas a la derecha o a la izquierda. Ahora no es el caso de tener consideraciones los unos con los otros ni de tener escrúpulos supersticiosos. Todos se amontonan en torno a los más viejos, a los más desnutridos, a los más «musulmanes»; si sus fichas han ido a la izquierda, la izquierda es con toda seguridad el lado de los condenados.

Antes de que la selección haya terminado, todos saben ya que la izquierda ha sido efectivamente la «schlechte Seite», el lado infausto. Hay, naturalmente, irregularidades: René, por ejemplo, tan joven y robusto, ha terminado en la izquierda: quizás porque tiene gafas, quizás porque anda un poco encorvado como los miopes, pero más probablemente por un simple descuido: René ha pasado delante de la comisión inmediatamente antes que yo, y podría haberse producido un cambio de fichas. Lo pienso, hablo con Alberto y convenimos en que la hipótesis es verosímil: no sé lo que pensaré mañana y después; hoy, la cosa no despierta en mi ninguna emoción precisa.

Del mismo modo, también ha debido de haber un error en el caso de Sattler, un macizo campesino transilvano que veinte días antes estaba en su casa; Sattler no entiende alemán, no ha comprendido nada de lo que ha sucedido y está en un rincón remendándose la camisa. ¿Debo ir a decirle que la camisa ya no va a servirle?

No hay por qué asombrarse de estas equivocaciones: el examen es muy rápido y sumario y, por otra parte, para la administración del Lager, lo importante no es tanto que sean eliminados precisamente los inútiles, como que queden rápidamente libres los sitios de acuerdo con determinado tanto por ciento preestablecido.

En nuestra barraca, la selección ha terminado, pero continúa en las otras, por lo que ahora estamos en clausura. Pero puesto que, mientras tanto, han llegado los bidones de potaje, el Blockältester decide proceder sin más a su distribución. A los seleccionados se les distribuirá una ración doble. No he sabido nunca si ésta sería una iniciativa absurdamente compasiva del Blockältester o una explícita disposición de los SS, pero de hecho, en el intervalo de dos o tres días (también a veces mucho más largo) entre la selección y la partida, las victimas de Monowitz-Auschwitz disfrutan de este privilegio.

Ziegler presenta la escudilla, recibe la ración normal y se queda esperando. «¿Qué más quieres?», le pregunta el Blockältester, no le parece que a Ziegler le toque suplemento, lo aparta de un empujón, pero Ziegler vuelve e insiste humildemente: me han puesto de verdad a la izquierda, todos lo han visto, que vaya el Blockältester a consultar las fichas: tiene derecho a ración doble. Cuando la ha conseguido, se va tan tranquilo a la litera y empieza a comérsela.

Ahora todos están raspando atentamente con la cuchara el fondo de la escudilla para sacar las últimas pizcas de potaje, y se forma un trasteo sonoro que quiere decir que la jornada ha terminado. Poco a poco, prevalece el silencio y entonces, desde mi litera que está en el tercer piso, se ve y se oye que el viejo Kuhn reza, en voz alta, con la gorra en la cabeza y oscilando el busto con violencia. Kuhn da gracias a Dios porque no ha sido elegido.

Kuhn es un insensato. ¿No ve, en la litera de al lado, a Beppo el griego que tiene veinte años y pasado mañana irá al gas, y lo sabe, y está acostado y mira fijamente a la bombilla sin decir nada y sin pensar en nada? ¿No sabe Kuhn que la próxima vez será la suya? ¿No comprende Kuhn que hoy ha sucedido una abominación que ninguna oración propiciatoria, ningún perdón, ninguna expiación de los culpables, nada, en fin, que esté en poder del hombre hacer, podrá remediar ya nunca?

Si yo fuese Dios, escupiría al suelo la oración de Kuhn.

 

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DIE DREI LEUTE VOM LABOR

 

¿Cuántos meses han pasado desde que entramos en el campo? ¿Cuántos desde el día en que me dieron de alta en el Ka-Be? ¿Y desde el día del examen de química? ¿Y desde la selección de octubre?

Alberto y yo nos hacemos a veces estas preguntas, y también otras muchas. Éramos noventa y siete cuando entramos, nosotros, los italianos del convoy ciento setenta y cuatro mil; sólo veintinueve hemos sobrevivido hasta octubre, y de éstos ocho se han ido con la selección. Ahora somos veintiuno y apenas si ha empezado el invierno. ¿Cuántos llegaremos vivos al año nuevo? ¿Cuántos a la primavera?

Desde hace unas semanas las incursiones han cesado; la lluvia de noviembre se ha convertido en nieve y la nieve ha cubierto las ruinas. Los alemanes y los polacos van al trabajo con las botas de goma, los cubreorejas de pelo y los monos puestos, los prisioneros ingleses con sus maravillosas pellizas. En nuestro Lager no han distribuido capotes más que a algunos privilegiados; somos un Kommando especializado que, en teoría, no trabaja más que a cubierto: por eso nos hemos quedado con el uniforme de verano.

Somos los químicos y por eso trabajamos con los sacos de fenilbeta. Hemos despejado el almacén después de las primeras incursiones, en pleno verano: la fenilbeta se nos pegaba por debajo de la ropa a los miembros sudados y nos roía corno una lepra; la piel se nos caía de la cara en gruesas escamas quemadas. Luego se han interrumpido las incursiones y hemos devuelto los sacos al almacén. Después el almacén ha sido alcanzado y hemos puesto los sacos en la cantina de la Sección Estireno. Ahora, el almacén ha sido reparado y otra vez hay que apilar en él los sacos. El olor agudo de la fenilbeta impregna nuestro único traje y nos acompaña de día y de noche con nuestra sombra. Hasta el momento, las ventajas de ser del Kommando Químico se han reducido a éstas: los demás han recibido los capotes y nosotros no; los demás han llevado sacos de cincuenta kilos de cemento, y nosotros sacos de sesenta kilos de fenilbeta. ¿Cómo pensar ahora en el examen de química y en las ilusiones de entonces? Cuatro veces cuando menos, durante el verano, se ha hablado del laboratorio del Doktor Pannwitz en el Bau 939 y ha corrido la voz de que seríamos elegidos algunos de los analistas para la sección de Polimerización.

Ahora basta, ahora se acabó. Es el último acto: el invierno ha empezado, y con él nuestra última batalla. Ya no se puede dudar de que será la última. En cualquier momento del día en que prestemos oído a las voces de nuestros cuerpos, en que interroguemos a nuestros miembros, la respuesta es la misma: no nos bastarán las fuerzas. Todo, en torno a nosotros, habla de destrucción y de fin. La mitad del Bau 939 es un amasijo de chapas retorcidas y cascotes; de las tuberías enormes donde antes rugía el vapor sobrecalentado penden ahora hasta el suelo carámbanos azules tan gruesos como pilastras. La Buna está ahora silenciosa, y cuando el viento es propicio, si se tiende la oreja, se siente un sordo y continuo temblor subterráneo, que es el frente que se acerca. Han llegado al Lager trescientos prisioneros del ghetto de Lodz, que los alemanes han transferido ante el avance de los rusos: han traído hasta nosotros la noticia de la lucha legendaria en el ghetto de Varsovia y nos han contado cómo, hace ya un año, los alemanes han liquidado el campo de Lublin: cuatro ametralladoras en las esquinas y las barracas incendiadas; el mundo civil nunca lo sabrá. ¿Cuándo nos toca a nosotros?

Como de costumbre, esta mañana el Kapo ha distribuido las cuadrillas. Los diez del Cloromagnesio, al Cloromagnesio: y éstos parten, arrastrando los pies, lo más lentamente posible, porque el Cloromagnesio es un trabajo durísimo: se está todo el día hasta los tobillos en el agua salobre y helada que ablanda los zapatos, la ropa y la piel. El Kapo coge un ladrillo y se lo tira al grupo: se esquivan malamente pero no avivan el paso. Esta es casi una costumbre, pasa todas las mañanas y no siempre supone en el Kapo un propósito de hacer daño.

Los cuatro del Scheisshaus, a su trabajo: y parten los cuatro agregados a la construcción de las nuevas letrinas. Es preciso saber que, desde que con la llegada de los convoyes de Lodz y de Transilvania, habíamos superado el número de cincuenta mil Häftlinge, el misterioso burócrata alemán que se ocupa de estos asuntos nos ha autorizado la erección de un Zweiplatziges Kommandoscheisshaus, es decir, de un retrete de dos asientos reservado a nuestro Kommando.

Nosotros no somos insensibles a este signo de distinción que hace del nuestro uno de los pocos comandos a los que uno puede jactarse de pertenecer: pero es evidente que viene así a faltar el más sencillo de los pretextos para ausentarse del trabajo y para trabar relaciones con los civiles. Noblesse oblige, dice Henri, que tiene otras cuerdas en su arco.

Los doce de los ladrillos. Los cinco de Meister Dahm. Los dos de las cisternas. ¿Cuántos ausentes? Tres ausentes. Homolka, ingresado esta mañana en el Ka-Be; Fabbro, muerto ayer; François, trasladado quién sabe adónde ni por qué. La cuenta cuadra; el Kapo toma nota y está satisfecho. No quedamos ya más que los dieciocho de la fenilbeta, además de los prominentes del Kommando. Y he aquí lo imprevisible.

El Kapo dice:

El Doktor Pannwitz ha comunicado al Arbeitsdienst que tres Häftlinge han sido escogidos para el laboratorio. 169509, Brackier; 175633, Kandel; 174517, Levi.

Durante un instante me zumban los oídos y la Buna da vueltas a mi alrededor. Somos tres Levi en el Kommando 98, pero Hundert Vierunsiebzig Fünf Hundert Siebzehn sólo yo, no cabe duda. Soy uno de los tres elegidos.

El Kapo nos escudriña con una risa enconada. Un belga, un rumano y un italiano: tres Franzosen, en resumen. ¿Es posible que tuviesen que ser tres Franzosen los elegidos para el paraíso del laboratorio?

Muchos compañeros se alegran; el primero de todos Alberto, con verdadera alegría, sin sombra de envidia. Alberto no encuentra nada de qué burlarse en cuanto a la suerte que me ha tocado, y está por el contrario muy contento, ya sea por amistad, ya sea porque también le supondrá algunas ventajas pues los dos estamos unidos por un estrechísimo pacto de alianza, por lo que cada bocado «organizado» es dividido en dos partes rigurosamente iguales. No tiene por qué envidiarme, puesto que entrar en el Laboratorio no era una de sus esperanzas, ni siquiera uno de sus deseos. La sangre de sus venas es demasiado libre para que Alberto, mi viejo amigo no domado, piense en arrellanarse en una colocación; su instinto lo conduce a otra parte, hacia otras soluciones, hacia lo imprevisto, lo extemporáneo, lo nuevo. A un buen empleo, Alberto prefiere sin dudar las incertidumbres y las batallas de la «profesión liberal».

Tengo en el bolsillo un boleto del Arbeitsdienst, donde está escrito que el Häftling 174517, como obrero especializado tiene derecho a camisa y calzoncillos nuevos y debe ser afeitado los miércoles.

La Buna destruida yace bajo la primera nieve, silenciosa y rígida como un desmesurado cadáver; todos los días aúllan las sirenas del Fliegeralarm; los rusos están a ochenta kilómetros. La central eléctrica está parada, las columnas del Metanol ya no existen, tres de cuatro gasómetros de acetileno han volado. A nuestro Lager afluyen todos los días a granel prisioneros «recuperados« de todos los campos de la Polonia oriental; los menos van al trabajo, los más continúan hacia Birkenau y hacia el Horno. La ración ha vuelto a ser disminuida. El Ka-Be rebosa, los E-Häftlinge han traído al campo la escarlatina, la difteria y el tifus exantemático.

Pero el Häftling 174517 ha sido nombrado especialista y tiene derecho a camisa y calzoncillos nuevos y debe ser afeitado los miércoles. Nadie puede jactarse de comprender a los alemanes.

Hemos entrado en el laboratorio tímidamente, recelosos y desorientados como tres bestias salvajes que se adentrasen en una gran ciudad. ¡Qué liso y que limpio está el pavimento! Éste es un laboratorio sorprendentemente parecido a cualquier otro laboratorio. Tres largos pupitres de trabajo llenos de centenares de objetos familiares. La cristalería secándose en un rincón, la balanza analítica, una estufa Heraeus, un termostato Höppler. El olor me hace sobresaltar como un latigazo: el débil olor aromático de los laboratorios de química orgánica. Durante un instante, evocada con violencia brutal y en seguida desvanecida, la gran sala semioscura de la universidad, el cuarto curso, el aire suave de mayo en Italia.

Herr Stawinoga nos asigna los puestos de trabajo. Stawinoga es un alemán-polaco todavía joven, de cara enérgica pero al mismo tiempo triste y cansada. También es Doktor: no en química, pero (ne pas chercher à comprendre) en glotología; sin embargo, es el jefe del laboratorio. Con nosotros, no habla de buena gana, pero no parece mal dispuesto. Nos llama «Monsieur», lo que resulta ridículo y desconcertante.

En el laboratorio la temperatura es maravillosa: el termómetro marca 24°C. Pensamos que también podemos ponernos a lavar la cristalería, o a barrer el suelo, o a transportar las bombonas de hidrógeno, cualquier cosa con tal de quedarnos aquí dentro, y el problema del invierno estará resuelto para nosotros. Y además, pensándolo bien, tampoco el problema del hambre debería ser difícil de resolver. ¿Van a registrarnos todos los días a la salida? ¿O aunque así fuese, cada vez que pidamos permiso para ir a la letrina? Evidentemente, no. Y aquí hay jabón, hay bencina, hay alcohol. Me haré un bolsillo secreto por dentro de la chaqueta, me pondré en combinación con el inglés que trabaja en la oficina y comercia en bencina. Veremos cuán severa va a ser la vigilancia: pero ya llevo un año de Lager y sé que si uno quiere robar, y si se dedica a ello con seriedad, no hay vigilancia ni registros que puedan impedírselo.

Por lo que parece, pues, la suerte, llegada por caminos insospechados, ha hecho que nosotros tres, objeto de envidia para diez mil condenados, no tengamos este invierno ni frio ni hambre. Esto significa grandes posibilidades de no enfermar de gravedad, de salvarse de la congelación, de superar las selecciones. En estas condiciones, personas menos expertas que nosotros en las cosas del Lager también podrían ser tentadas por la esperanza de sobrevivir y por el pensamiento de la libertad. Nosotros no, nosotros sabemos cómo funcionan estas cosas; todo esto es un regalo del destino, que como tal es gozado lo más intensamente posible, y de prisa: pero del mañana no hay certeza. Al primer tubo que rompa, al primer error de medida, a la primera distracción, volveré a consumirme en la nieve y el viento, hasta que yo también esté maduro para el Horno. Y además, ¿quién puede saber lo que ocurrirá cuando vengan los rusos?

Porque los rusos vendrán. El suelo tiembla noche y día bajo nuestros pies; en el vacío silencio de la Buna el fragor sumergido y sordo de la artillería resuena ahora ininterrumpidamente. Se respira un aire tenso, un aire de resolución. Los polacos no trabajan ya, los franceses andan de nuevo con la cabeza alta. Los ingleses se guiñan el ojo y se saludan á escondidas con la V del índice y del corazón; y no siempre a escondidas.

Pero los alemanes son sordos y ciegos, encerrados en una coraza de obstinación y de deliberada ignorancia. Una vez más han fijado la fecha del principio de la producción de goma sintética: será el 1 de febrero de 1945. Construyen refugios y trincheras, reparan los daños, construyen, combaten, mandan, organizan y matan. ¿Qué otra cosa podrían hacer? Son alemanes: este comportamiento suyo no es meditado y deliberado, sino que procede de su naturaleza y del destino que han elegido. No podrían hacer otra cosa: si se hiere el cuerpo de un agonizante la herida empieza a cicatrizar, aunque todo el cuerpo vaya a morirse al día siguiente.

Ahora, todas las mañanas al separar las cuadrillas, el Kapo nos llama, antes que a todos los demás, a nosotros tres, los del Laboratorio, die drei Lente vom Labor. En el campo, por la noche y por la mañana nada me distingue del rebaño, pero durante el día, durante el trabajo, estoy a cubierto y caliente y nadie me pega; robo y vendo jabón y bencina, sin riesgos serios, y quizás consiga un bono para unos zapatos de cuero. Además ¿se puede llamar trabajo al mío? Trabajar es empujar vagones, llevar vigas, picar piedras, palear tierra, apretar con las manos desnudas el escalofrío del hierro helado. Yo, en cambio, estoy sentado todo el día, tengo un cuaderno y un lápiz, y hasta me han dado un libro para que me refresque la memoria sobre los métodos analíticos. Hay un cajón donde puedo poner la gorra y los guantes, y cuando quiera salir basta con que avise a Herr Stawinoga, el cual nunca dice que no y, si tardo, no hace preguntas; tiene el aspecto de sufrir en su carne por la ruina que lo rodea.

Los compañeros del Kommando me envidian, y tienen razón, ¿quizás no debería declararme contento? Pero apenas me sustraigo por la mañana a la rabia del viento y traspaso el umbral del laboratorio, he aquí a mi lado la compañía de todos los momentos de tregua, del Ka-Be y de los domingos de descanso: el dolor del recuerdo, la vieja y feroz desazón de sentirme hombre, que me asalta como un perro en el instante en que la conciencia emerge de la oscuridad. Entonces cojo el lápiz y el cuaderno y escribo aquello que no sabría decirle a nadie.

Y después, las mujeres. ¿Desde hace cuántos meses no veía una mujer? No era raro encontrarse por la Buna con las obreras ucranianas y polacas, en pantalones y chaqueta de cuero, macizas y violentas como sus hombres. Estaban sudadas y despeinadas en verano, embutidas en ropa gruesa en invierno; trabajaban con pico y pala y no se las sentía al lado como mujeres.

Aquí es diferente. Frente a las chicas del laboratorio nosotros tres nos sentimos abismados en la vergüenza y el embarazo. No sabemos qué aspecto tenemos: nos vemos el uno al otro, y a veces nos reflejamos en un cristal terso. Somos ridículos y repugnantes. Nuestro cráneo está calvo el lunes y cubierto por una corta pelusa oscura el sábado. Tenemos la cara hinchada y amarilla permanentemente marcada por las cortaduras del barbero apresurado, y frecuentemente por cardenales y llagas entumecidas; tenemos el cuello largo y nudoso como pollos desplumados. Nuestra ropa está increíblemente sucia, manchada de barro, sangre y pringue; los pantalones de Kandel le llegan a mitad de las pantorrillas y dejan ver los tobillos huesudos y peludos; mi chaqueta me cuelga de los hombros como de un perchero de madera. Estamos llenos de pulgas, y nos rascamos a menudo desvergonzadamente; estamos obligados a pedir permiso para ir a las letrinas con humillante frecuencia. Nuestros zuecos de madera son insoportablemente ruidosos y llenos de capas superpuestas de barro y de grasa reglamentaria.

Y luego, a nuestro olor nosotros estamos acostumbrados pero las chicas no, y no desperdician ocasión de manifestárnoslo. No es el olor genérico del mal lavado, sino el olor a Häftling, suave y dulzón, que se nos ha agarrado a nuestra llegada al Lager y se exhala tenaz de los dormitorios, de las cocinas, de los lavaderos y de los retretes del Lager. Se lo adquiere en seguida y no se lo pierde nunca: «¿tan joven y ya hiedes?», así se suele acoger entre nosotros a los recién llegados.

A nosotros, estas muchachas nos parecen criaturas ultraterrenales. Son tres jóvenes alemanas, y Fräulein Liczba, polaca, que es la guarda del almacén, y Frau Mayer, que es la secretaria. Tienen la piel suave y rosada, bonitos vestidos de colores, limpios y calientes, los cabellos rubios, largos y bien peinados; hablan con mucha gracia y compostura y en lugar de tener el laboratorio ordenado y limpio, como deberían, fuman en los rincones, comen a ojos vistas rebanadas de pan con mermelada, se liman las uñas, rompen muchos tubos de ensayo y después tratan de echarnos la culpa a nosotros, cuando barren, nos barren los pies. No hablan con nosotros, y arrugan la nariz cuando nos ven arrastrarnos por el laboratorio, escuálidos y sucios, inadaptados y tambaleantes en los zuecos. Una vez le he pedido una información a Fräulein Liczba y no me ha contestado, sino que se ha vuelto rápidamente a Stawinoga con cara de fastidio y le ha hablado rápidamente. No he entendido la frase; pero «Stinkjude» lo he entendido claramente, y se me han encogido las tripas. Stawinoga me ha dicho que, para todas las cuestiones de trabajo, nos debemos dirigir a él directamente.

Estás chicas cantan, como cantan todas las chicas de todos los laboratorios del mundo, y esto nos hace profundamente desgraciados. Conversan entre si, hablan del racionamiento, de sus novios, de sus casas, de las próximas fiestas… 

¿Vas el domingo a casa? Yo no: ¡es tan incómodo viajar!

Yo iré en Navidad. Sólo dos semanas, y ya será Navidad: no parece verdad, ¡este año se ha pasado tan pronto!

Este año se ha pasado pronto. El año pasado a esta hora yo era un hombre libre: fuera de la ley pero libre, tenía un nombre y una familia, tenía una mente ávida e inquieta y un cuerpo ágil y sano. Pensaba en muchas cosas lejanísimas: en mi trabajo, en el final de la guerra, en el bien y en el mal, en la naturaleza de las cosas y en las leyes que gobiernan la conducta humana; y además en las montañas, en cantar, en el amor, en la música, en la poesía. Tenía una enorme, arraigada, estúpida fe en la benevolencia del destino, y matar y morir me parecían cosas extrañas y literarias. Mis días eran alegres y tristes, pero todos los añoraba, todos eran densos y positivos; el porvenir estaba delante de mi como un gran tesoro. De mi vida de entonces no me queda hoy más que lo necesario para sufrir el hambre y el frio; no estoy ya lo suficientemente vivo para poder suprimirme.

Si hablase alemán mejor, podría tratar de explicarle todo esto a Frau Mayer, pero seguro que no lo entendería, o si fuese tan inteligente o tan buena como para entender, no podría soportar estar junto a mi, y huiría como se huye al contacto de un enfermo incurable o de un condenado a muerte.

O quizás me regalaría un bono de medio litro de potaje civil.

Este año se ha pasado pronto.