Se questo è un uomo
Tabla de contenidos
SI ESTO ES UN HOMBRE (Se questo è un uomo)
Por Primo Levi
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Índice

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LA INICIACIÓN

Después de los primeros días de traslados caprichosos de un bloque a otro y de Kommando a Kommando, me asignaron, ya de noche, al Block 30 y me indicaron una litera donde estaba durmiendo Diena. Diena se despierta y, aunque muerto de cansancio, me hace sitio y me recibe amistosamente.
Yo no tengo sueño o, mejor dicho, el sueño me lo disimula el estado de tensión y de ansiedad de que no he podido librarme todavía, y por eso hablo y hablo.
Tengo demasiadas preguntas que hacer. Tengo hambre, y cuando mañana repartan el potaje cómo voy a arreglármelas para comerlo sin cuchara? ¿Y cómo se puede uno hacer una cuchara? ¿Y dónde van a mandarme a trabajar? Diena sabe tanto como yo, naturalmente, y me contesta con otras preguntas. Pero de arriba, de abajo, de al lado, desde lejos, desde todos los rincones del barracón ya a oscuras, voces sonoras e iracundas me gritan:
–Ruhe. Ruhe!
Entiendo que me imponen silencio, pero la palabra es nueva para mí, y como no conozco su sentido y sus complicaciones, mi inquietud aumenta, La confusión de las lenguas es un componente fundamental del modo de vivir aquí abajo; se está rodeado por una perpetua Babel en la que todos gritan órdenes y amenazas en lenguas que nunca se han oído, y jay de quien no las coge al vuelo! Aquí nadie tiene tiempo, nadie tiene paciencia, nadie te escucha; los que hemos llegado últimos nos reunimos instintivamente en los rincones, contra las paredes, para sentirnos con la espalda materialmente resguardada.
Renuncio, pues, a hacer preguntas y en breve me hundo en un sueño amargo y tenso. Pero no es un descanso: me siento amenazado, hostigado, a cada instante estoy a punto de contraerme con un espasmo de defensa. Sueño y me parece que estoy durmiendo en mitad de una calle, de un puente, atravesado en una puerta por la que pasa mucha gente. Y aqui llega, ¡qué rápidamente!, el despertar. El barracón se sacude desde los cimientos, las luces se encienden, todos se agitan a mi alrededor en una actividad frenética repentina: sacuden las mantas levantando nubes de polvo fétido, se visten con prisa febril, corren afuera al hielo del aire exterior a medio vestir, se precipitan a las letrinas y los lavabos; muchos, como animales, orinan mientras corren para ganar tiempo porque dentro de cinco minutos empieza la distribución del pan, del pan-Brot-Broit-chleb-pain-lechem-kenyér, del sagrado pedacito gris que parece gigantesco en manos de tu vecino y pequeño hasta echarse a llorar en las tuyas. Es una alucinación cotidiana a la que uno termina por acostumbrarse: pero en los primeros tiempos es tan irresistible que muchos de nosotros, luego de discutir por parejas sobre la propia evidente y constante mala suerte y la escandalosa buena suerte del otro, acabamos por intercambiar nuestras raciones, con lo que la ilusión se reproduce de manera inversa dejando a todos contentos y frustrados.
El pan es también nuestra única moneda: entre los pocos minutos que transcurren entre su distribución y su consumición, el Block resuena con reclamaciones, peleas y fugas. Son los acreedores del día anterior que quieren ser pagados en los breves instantes en que el deudor es solvente. Después de lo cual se instala una relativa calma que muchos aprovechan para volver a las letrinas a fumar medio cigarrillo, o al lavabo para lavarse de verdad.
El lavabo es un sitio poco atractivo. Está mal iluminado, lleno de corrientes de aire, y el piso de ladrillos está cubierto por una capa de lodo; el agua no es potable, huele mal y muchas veces falta durante mucho tiempo. Las paredes están decoradas por curiosos frescos didascálicos: por ejemplo se ve al Häftling bueno, representado desnudo hasta la cintura, en acto de enjabonarse el cráneo sonrosado y rapado, y al Häftling malo, de nariz acusadamente semítica y colorido verdoso, que, enfundado en su ropa llena de manchas y con el gorro puesto, mete cautelosamente un dedo en el agua del lavabo. Debajo del primero está escrito: So bist du rein (así te quedarás limpio), y debajo del segundo: So gehst du ein (así te buscas la ruina); y más abajo, en un francés dudoso pero en caracteres góticos: La propreté, c’est la santé.
En la red opuesta campea un enorme piojo blanco, rojo y negro, con la frase: Eine Laus, dein Tod (un piojo es tu muerte), y el inspirado dístico:
Nach dem Abort, vor dem Essen Hände waschen, nicht vergessen
(después de la letrina, antes de comer, lávate las manos, no lo olvides).

Durante semanas he considerado estas amonestaciones sobre la higiene como puros rasgos de humor teutónico, en el estilo del diálogo sobre el cinturón herniario con que se nos había recibido a nuestro ingreso en el Lager. Pero después he comprendido que sus desconocidos autores, puede que subconscientemente, no estaban lejos de algunas verdades fundamentales. En este lugar, lavarse todos los días en el agua turbia del inmundo lavabo es prácticamente inútil a fines de limpieza y de salud; pero es importantísimo como síntoma de un resto de vitalidad, y necesario como instrumento de supervivencia moral.
Tengo que confesarlo: después de una única semana en prisión noto que el instinto de la limpieza ha desaparecido en mí. Voy dando vueltas bamboleándome por los lavabos y aquí está Steinlauf, mi amigo de casi cincuenta años, a torso desnudo, restregándose el cuello y la espalda con escaso fruto (no tiene jabón) pero con extrema energía. Steinlauf me ve y me saluda, y sin ambages me pregunta con severidad por qué no me lavo. ¿Por qué voy a lavarme? ¿Voy a estar mejor de lo que estoy? ¿Voy a gustarle más a alguien? ¿Voy a vivir un dia, una hora más? Incluso viviré menos, porque lavarse es un trabajo, un desperdicio de energía y calor. ¿No sabe Steinlauf que después de media hora cargando sacos de carbón habrá desaparecido cualquier diferencia entre él y yo? Cuanto más lo pienso más me parece que lavarse la cara en nuestra situación es un acto insulso, y hasta frívolo: una costumbre mecánica, o peor, una lúgubre repetición de un rito extinguido. Vamos a morir todos, estamos a punto de morir si me sobran diez minutos entre diana y el trabajo quiero dedicarlos a otra cosa, a encerrarme en mí mismo, a echar cuentas o tal vez a mirar el reloj y a pensar que puede que lo esté viendo por última vez; o también a dejarme vivir, a darme el lujo de un ocio minúsculo.
Pero Steinlauf me hace callar. Ha terminado de lavarse, ahora se está secando con la chaqueta de tela que antes tenía enroscada entre las piernas y que luego va a ponerse, y sin interrumpir la operación me da una lección en toda regla.
He olvidado hoy, y lo siento, sus palabras directas y claras, las palabras del que fue el sargento Steinlauf del Ejército austro-húngaro, cruz de hierro en la guerra de 1914-1918. Lo siento porque tendré que traducir su italiano inseguro y su razonamiento sencillo de buen soldado a mi lenguaje de incrédulo. Pero éste era el sentido, que no he olvidado después ni olvidé entonces: que precisamente porque el Lager es una gran máquina para convertirnos en animales, nosotros no debemos convertirnos en animales; que aun en este sitio se puede sobrevivir, y por ello se debe querer sobrevivir, para contarlo, para dar testimonio; y que para vivir es importante esforzarse por salvar al menos el esqueleto, la armazón, la forma de la civilización, Que somos esclavos, sin ningún derecho, expuestos a cualquier ataque, abocados a una muerte segura, pero que nos ha quedado una facultad y debemos defenderla con todo nuestro vigor porque es la última: la facultad de negar nuestro consentimiento. Debemos, por consiguiente, lavarnos la cara sin jabón, en el agua sucia, y secarnos con la chaqueta. Debemos dar betún a los zapatos no porque lo diga el reglamento sino por dignidad y por limpieza. Debemos andar derechos, sin arrastrar los zuecos, no ya en acatamiento de la disciplina prusiana sino para seguir vivos, para no empezar a morir.
Estas cosas me dijo Steinlauf, hombre de buena voluntad: cosas extrañas para mi oído desacostumbrado, entendidas y aceptadas sólo en parte, y mitigadas por una doctrina más fácil, dúctil y blanda, la que hace siglos que se respira más acá de los Alpes y según la cual, entre otras cosas, no hay vanidad mayor que esforzarse en tragarse enteros los sistemas morales elaborados por los demás, bajo otros cielos. No, la prudencia y la virtud de Steinlauf, ciertamente buenas para él, no me bastan. Frente a este complicado mundo inferior mis ideas están confusas:
¿será realmente necesario establecer un sistema y practicarlo? ¿No será más saludable tomar conciencia de no tener sistema?

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KA-BE

Todos los días se parecen y no es fácil contarlos. Hace no sé cuántos días que vamos como un péndulo, en parejas, de la estación al almacén: un centenar de metros de suelo en deshielo. Adelante bajo la carga, hacia atrás con los brazos colgando a lo largo del cuerpo, sin hablar.
A nuestro alrededor todo nos es enemigo. Encima de nosotros se agrupan las nubes malignas, para separarnos del sol; por todas partes nos oprime la amenaza de las alambradas. Sus confines no los hemos visto nunca pero sentimos, todo alrededor, la presencia maléfica del hilo erizado que nos segrega del mundo… Y en los andamios, en los trenes en maniobra, en las carreteras, en las excavaciones, en las oficinas, hombres y más hombres, esclavos y amos, y amos que son esclavos de ellos mismos, el miedo mueve a uno y el odio a los otros, toda otra fuerza calla. Todos son aquí enemigos o rivales.
No, la verdad es que en mi compañero de hoy, bajo el yugo de mi misma carga, no siento a un enemigo ni a un rival.
Es Null Achtzehn. No, se llama de otra manera, Cero Diez y Ocho, las últimas tres cifras de su número de registro: como si todos se hubieran dado cuenta de que sólo un hombre es digno de tener un nombre, y de que Null Achtzehn no es ya un hombre. Creo que él mismo habrá olvidado su nombre, la verdad es que se comporta como si así fuera. Cuando habla, cuando mira, da la impresión de estar interiormente vacío, de no ser más que un envoltorio, como esos despojos de insectos que se encuentran en la orilla de los pantanos, pegados por un hilo a un guijarro, mientras el viento los sacude.
Null Achtzehn es muy joven, lo que constituye un peligro grave. No sólo porque los muchachos soportan peor que los adultos las fatigas y el ayuno, sino porque aquí, para sobrevivir. se necesita sobre todo un largo adiestramiento en la lucha de uno contra todos que los jóvenes raramente tienen. Null Achtzehn no está ni siquiera especialmente debilitado pero todos evitan trabajar con él. Todo le es indiferente hasta tal punto que ha dejado de preocuparse por evitar el cansancio y los golpes ni por buscar comida. Cumple todas las órdenes que recibe y es de prever que, cuando lo envíen a la muerte, vaya con esta misma indiferencia total.
No tiene la astucia elemental de los caballos de remolque, que dejan de tirar un poco antes de llegar al agotamiento: sino que tira o lleva o empuja hasta que las fuerzas se lo permiten, luego cede de plano, sin una palabra de advertencia, sin levantar del suelo sus ojos tristes y opacos. Me recuerda a los perros de los trineos en los libros de London, que se fatigan hasta el último aliento y mueren en la pista.
Así, como todos nosotros buscamos por cualquier medio sustraernos al cansancio, Null Achtzehn es el que trabaja más de todos. Por eso, y porque es un compañero peligroso, nadie quiere trabajar con él; y como por otra parte nadie quiere trabajar conmigo, porque soy débil y desmañado, sucede con frecuencia que nos encontramos emparejados.
Mientras con las manos vacías volvemos una vez más arrastrando los pies desde el almacén, una locomotora silba brevemente y nos corta el paso. Contentos con la interrupción forzosa, Null Achtzehn y yo nos paramos: encorvados y miserables esperamos a que los vagones hayan terminado de pasarnos lentamente por delante.
Deutsche Reichsbahn. Deutsche Reichsbahn. SNCF. Dos gigantescos vagones rusos con la hoz y el martillo mal tachados. Deutsche Reichsbahn. Luego, Caballo, 8 Hombres 40 Tara, Portata: un vagón italiano…. Saltar dentro, en una esquina, bien escondido bajo el carbón, estarse quieto y callado, en la oscuridad, escuchando sin cesar el ritmo de las ruedas, más fuerte que el hambre y que el cansancio; hasta que en algún momento se parase el tren y sintieses el aire tibio y el olor a heno, y pudieses salir al sol: entonces me echaría sobre la tierra, para besar la tierra, como se lee en los libros: con la cara entre la hierba. Y pasaría una mujer, y me preguntaría ¿quién eres? en italiano, y yo se lo contaría en italiano, y me entendería y me daría de comer y de beber y dónde dormir. Y no creería las cosas que yo le contase, y yo le enseñaría el número que llevo en el brazo, y entonces me creería.
… Se ha acabado. El último vagón ha pasado y, como al levantarse un telón, está ante nosotros el montón de las piezas de hierro, el Kapo de pie sobre el montón con un látigo en la mano, los compañeros que habían desaparecido, en parejas que van y vienen.
Ay de quien sueña: el momento de conciencia que acompaña al despertar es el sufrimiento más agudo. Pero no nos ocurre con frecuencia, y los sueños no son largos: no somos más que bestias cansadas.
Otra vez estamos al pie del montón. Mischa y el Galiziano levantan una pieza y nos la colocan de mala manera sobre los hombros. Su puesto es el menos fatigoso, por ello derrochan celo para conservarlo: llaman a los compañeros que se retrasan, incitan, exhortan, imponen al trabajo un ritmo insostenible. Esto me llena de ira, aunque ya sepa que está dentro del orden normal de las cosas que los privilegiados opriman a los no privilegiados: es ésta la ley humana que rige toda la estructura social del campo.
Esta vez me toca a mi ir delante. La pieza es pesada pero muy corta; por lo que a cada paso siento detrás de mi los pies de Null Achtzehn que tropiezan contra mis pies porque él no es capaz, o no se preocupa, de adaptarse a mi paso.
Veinte pasos, hemos llegado a la vía, hay un cable que saltar. La carga está mal puesta, algo está mal, tiende a resbalarse de los hombros. Cincuenta pasos. Sesenta. La puerta del almacén; nos queda el doble de camino y lo soltaremos. Basta, es imposible seguir, la carga me gravita ya completamente sobre el brazo; no puedo soportar más tiempo el dolor ni el cansancio, grito, intento darme vuelta: apenas con tiempo para ver a Null Achtzehn tropezar y dejar caer todo.
Si hubiese tenido mi agilidad de antes habría podido dar un salto hacia atrás, pero heme aquí en tierra, con todos los músculos contraídos, el pie golpeado cogido con las manos, ciego de dolor. La arista de hierro me ha cortado el dorso del pie izquierdo.
Durante un minuto todo desaparece en el vértice del sufrimiento. Cuando puedo mirar a mi alrededor, Null Achtzehn está todavía allí de pie, no se ha movido, con las manos metidas en las mangas, sin decir palabra, me mira sin expresión. Llegan Mischa y el Galiziano, hablan entre ellos en yiddish, me dan no sé qué consejos. Llegan Templer y David y todos los demás: se aprovechan del suceso para suspender el trabajo. Llega el Kapo, distribuye patadas, puñetazos e improperios, los compañeros se desperdigan como avena al viento; Null Achtzehn se lleva una mano a la nariz y se la mira sin reaccionar hinchada de sangre. A mi me tocan sólo dos bofetadas del Kapo, de las que no hacen daño porque aturden.

El incidente ha terminado, constato que, bien o mal, puedo sostenerme en pie, el hueso no debe haberse roto. No me atrevo a quitarme el zapato por miedo a despertar el dolor, y también porque sé que el pie se va a hinchar y no podré volver a ponérmelo.
El Kapo me manda sustituir al Galiziano en el montón y éste, mirándome torvamente, va a su puesto al lado de Null Achtzehn; pero ahora ya están pasando los prisioneros ingleses, ya pronto será hora de volver al campo.
Durante la marcha hago todo lo que puedo por andar de prisa, pero no puedo sostener el paso; el Kapo designa a Null Achtzehn y a Finder para que me sostengan hasta que pasemos ante los SS y, por fin (por fortuna esta noche no se pasa lista), estoy en el barracón y puedo arrojarme sobre la litera y respirar.
Puede que sea el calor, puede que el cansancio de la marcha, pero el dolor ha vuelto, junto con una extraña sensación de humedad en el pie herido. Me quito el zapato: está lleno de sangre, ahora restañada y mezclada con el fango y con los hilos del trozo de tela que encontré hace un mes y que uso como plantilla, un día en el izquierdo y otro en el derecho.
Esta noche, inmediatamente después de la sopa, iré al Ka-Be.
Ka-Be es la abreviatura de Krankenbau, la enfermería. Son ocho barracones, en todo semejantes a los demás del campo, pero separados por una alambrada. Permanentemente hay en ellos una décima parte de la población del campo, pero son pocos los que están allí más de dos semanas y nadie más de dos meses: dentro de estos límites tenemos que morirnos o curarnos. Quien tiende a curarse, en Ka-Be se cura; quien tiende a agravarse, de Ka-Be lo mandan a la cámara de gas.
Y eso porque, por fortuna, nosotros entramos en la categoría de los »judíos económicamente útiles».
En el Ka-Be no había estado nunca, y tampoco en el Ambulatorio, y todo aquí es nuevo para mi. Hay dos Ambulatorios, el Médico y el Quirúrgico. Ante la puerta, en medio del viento y de la noche, hay dos largas filas de sombras. Hay quien sólo necesita un vendaje o algunas pastillas, los demás necesitan un reconocimiento; algunos llevan la muerte en la cara. Los primeros de las dos filas están ya descalzos y dispuestos a entrar, los demás, a medida que se aproxima su turno se las arreglan para, en medio de aquella multitud, soltarse las ataduras provisionales y los hilos de alambre de los zapatos y para desenrollar, sin romperlos, los preciosos trapos que les protegen los pies; no demasiado pronto, para no quedarse sin necesidad descalzos en el fango; no demasiado tarde para no perder su turno: porque entrar en el Ka-Be con los zapatos puestos está estrictamente prohibido. Quien hace cumplir la prohibición es un gigantesco Häftling francés que vive en la garita que hay entre los dos ambulatorios. Es uno de los pocos funcionarios franceses del campo: y no creáis que pasar la jornada entre los zapatos desgarrados y llenos de barro es un privilegio pequeño. No hay más que pensar en todos los que entran en Ka-Be con zapatos y ya no los necesitan para salir…
Cuando me llega mi turno, logro soltarme milagrosamente los zapatos y los trapos sin perder ni unos ni otros, sin dejarme robar la escudilla ni los guantes y teniendo el gorro bien apretado entre las manos porque por ningún motivo puede llevarse puesto al entrar en los barracones.
Dejo los zapatos en el depósito y me dan el recibo, después de lo cual, descalzo y cojeando, las manos ocupadas con todas mis pobres posesiones que no puedo dejar en ninguna parte, me admiten dentro y me pongo a hacer otra cola que llega hasta la sala de visitas.
En esta cola uno se va desnudando progresivamente y, cuando se llega al frente ya hay que estar desnudo porque un enfermero le mete el termómetro a uno debajo del sobaco; si alguien está vestido pierde su turno y tiene que ponerse de nuevo en la cola. Todos tienen que ponerse el termómetro, aunque lo que tengan sea sarna o dolor de muelas.
De esta manera se está seguro de que quien no esté realmente enfermo no va a someterse por capricho a este complicado ritual.
Por fin me llega el turno: soy admitido ante el médico, el enfermero me quita el termómetro y anuncia:
–Número 174517, no tiene fiebre.
Yo no necesito un reconocimiento a fondo; inmediatamente me declaran Arztvormelder, no sé lo que quiere decir pero éste no es sitio de pedir explicaciones. Me expulsan de allí, recupero los zapatos y vuelvo al barracón.
Jaim se alegra conmigo: tengo una buena herida, no es peligrosa y me garantiza un discreto periodo de descanso. Pasaré la noche en el barracón con los demás, pero mañana por la mañana, en lugar de ir al trabajo tengo que ir al médico para el reconocimiento definitivo: esto es lo que quiere decir Arztvormelder. Jaim es experto en estas cosas y piensa que probablemente mañana me ingresarán en el Ka-Be. Jaim es mi compañero de cama, y tengo en él una fe ciega. Es un polaco, un hebreo piadoso, estudioso de la Ley. Tiene poco más o menos mi edad, es relojero, y aquí en la Buna trabaja como mecánico de precisión, está, por ello, entre los pocos que conservan la dignidad y la seguridad en sí que nacen de ejercer un oficio para el cual se está preparado.
Ha sido así. Después de diana y del pan me han llamado con otros tres de mi barracón. Nos han llevado a una esquina de la plaza de la Lista, donde estaban, en una larga cola, todos los Arztvormelder de hoy; ha venido un tipo y me ha quitado la escudilla, la cuchara, el gorro y las manoplas. Los demás se han echado a reír, ¿no sabia que tenía que esconderlos o habérselos confiado a alguien, o mejor, venderlos, y que al Ka-Be no pueden llevarse? Después miran mi número y sacuden la cabeza: de quien tiene número tan alto puede esperarse cualquier tontería.
Luego nos han contado, nos han hecho desnudarnos afuera, al frío, nos han quitado los zapatos, nos han vuelto a contar, nos han afeitado la barba y el pelo y el vello, han vuelto a contarnos y nos han hecho ducharnos; después ha venido un SS, nos ha mirado desinteresadamente, se ha parado delante de uno que tenía un hidrocele muy abultado y lo hace ponerse a un lado. Después de lo cual han vuelto a contarnos y nos han llevado a darnos otra ducha por más que estuviésemos todavía empapados de la primera y algunos temblasen de fiebre.
Ahora estamos preparados para el reconocimiento definitivo. Del otro lado de la ventana se ve el cielo blanco, y a veces el sol; en este país se lo puede mirar de frente, a través de las nubes como a través de un vidrio ahumado. A juzgar por su posición deben de ser las catorce pasadas: adiós potaje, y estamos en pie desde las seis y desnudos desde las diez.
Este segundo reconocimiento médico es también extraordinariamente rápido: el médico (lleva el traje a rayas igual que nosotros pero con una blusa por encima blanca, y el número cosido en la blusa, y está mucho más gordo que nosotros) mira y palpa mi pie hinchado y sanguinolento, con lo que grito de dolor, y luego dice:
–Aufgenommen Block 23.
Me quedo con la boca abierta, en espera de cualquier otra indicación, pero alguien me empuja brutalmente hacia atrás, me arroja una capa sobre los hombros desnudos, me tiende unos zapatos y me echa al aire libre.
A un centenar de metros está el Block 23; encima está escrito schonungsblock: ¿qué querrá decir? Dentro, me quitan la capa y las sandalias y una vez más me encuentro desnudo y el último en una cola de esqueletos desnudos: los hospitalizados de hoy.

Hace tiempo que he dejado de intentar entender. Por lo que me toca estoy tan cansado de mantenerme sobre el pie herido que todavía no me han curado, tan hambriento y muerto de frio que nada me interesa ya. Este puede ser muy bien el último día de mi vida, y esta sala la cámara de gas de que todos hablan, ¿qué puedo hacer? Lo mejor es apoyarme en la pared, cerrar los ojos y esperar.
Mi vecino no debe de ser judío. No está circundado, y además (ésta es una de las pocas cosas que he aprendido hasta ahora) una piel tan blanca, una cara y un cuerpo tan macizos son característicos de los polacos no judíos. Me lleva una cabeza, pero tiene una fisonomía bastante cordial, como sólo la tienen quienes no pasan hambre.
He intentado preguntarle si sabe cuándo nos dirán que entremos. Se ha vuelto hacia el enfermero, que se le parece como un hermano gemelo y está fumando en un rincón; se han puesto a hablar y a reírse sin contestarme, como si yo no existiese: luego uno de ellos me cogió el brazo y miró el número, y se rieron más fuerte. Todos saben que los ciento setenta y cuatro mil son los judíos italianos, llegados hace dos meses, todos abogados, médicos, eran más de cien y ya no son más que cuarenta, son los que no saben trabajar y se dejan robar el pan y reciben bofetadas de la mañana a la noche, los alemanes los llaman zwei linke Hände (dos manos izquierdas), y hasta los judíos polacos los desprecian porque no saben hablar yiddish.
El enfermero señala al otro mis costillas, como si fuese un cadáver en una sala anatómica; le indica mis párpados y mejillas hinchadas y mi cuello delgado, se curva y me aprieta con el índice sobre la tibia y hace observar al otro la profunda depresión que me deja el dedo en la carne, pálida como la cera.
Quisiera no haberle dicho nunca nada al polaco: me parece que nunca, en toda mi vida, he sufrido una afrenta más atroz que ésta. El enfermero, mientras tanto, parece que ha terminado su demostración en su lengua, que no entiendo y que me suena terrible; se vuelve a mi y, en un cuasialemán, caritativamente, me hace un resumen:
–Du Jude kapput. Du schnell Krematorium fertig (tú, judio, ya estás listo, en seguida al crematorio).
Han pasado unas cuantas horas antes de que todos los ingresados fuésemos agarrados con violencia, recibiésemos la camisa y se recogiese nuestra ficha. Como de costumbre, yo he sido el último; un tipo de traje a rayas nuevo y flamante me pregunta dónde he nacido, qué oficio tenia «de paisano, si tenia hijos, qué enfermedades he tenido», un montón de preguntas que para qué pueden servir, es una puesta en escena complicada para reírse de nosotros. ¿Será así el hospital? Nos tienen de pie y nos hacen preguntas.
Por fin se ha abierto la puerta también para mí y he podido entrar en el dormitorio.
Aquí, igual que en todas partes, las literas de tres pisos, en tres filas a lo largo de todo el barracón, separadas por dos pasillos estrechísimos. Las literas son ciento cincuenta, los enfermos unos doscientos cincuenta: por consiguiente, dos en casi todas las literas. Los enfermos de las literas superiores, aplastados contra el techo, no pueden apenas sentarse; se asoman curiosos a ver a los que llegamos hoy, es el momento más interesante de la jornada, siempre se encuentra a algún conocido. A mi me asignan a la litera 10; ¡milagro: está vacía! Me estiro con delicia, es la primera vez, desde que estoy en el campo, que tengo una litera para mí solo. A pesar del hambre me quedo dormido antes de diez minutos.
La vida del Ka-Be es de limbo. Las incomodidades materiales son relativamente pocas aparte del hambre y de los dolores propios de la enfermedad. No hace frio, no se trabaja y, de no cometer alguna falta grave, no pegan.
El toque de diana es a las cuatro, también para los enfermos; hay que hacer la cama y lavarse pero no hay mucha prisa ni mucho rigor. A las cinco y media reparten el pan, y se lo puede cortar cómodamente en rebanadas finas, y comerlo echado con toda calma; luego, uno se puede volver a dormir hasta que llegue el reparto del caldo de mediodía. Hasta las cuatro de la tarde es Mittagsruhe, el reposo del mediodía, la siesta, a esta hora es generalmente la visita del médico y las curas, hay que bajarse de las literas, quitarse la camisa y ponerse en fila delante del médico. También el rancho vespertino se distribuye por las camas: después de lo cual, a las nueve, se apagan todas las luces menos la lamparilla velada del vigilante nocturno, y se hace el silencio.
Y por primera vez desde que estoy en el campo el toque de diana me coge en un sueño profundo, y el despertar es un retorno de la nada. Cuando llega la distribución del pan, se oye lejana, más allá de las ventanas, en el aire oscuro, la banda que empieza a tocar: son nuestros compañeros sanos que salen al trabajo en formación.
Desde el Ka-Be no se oye bien la música: llega asiduo y monótono el martilleo del bombo y de los platillos, pero sobre su trama las frases musicales se dibujan tan sólo a intervalos, a capricho del viento. Nosotros nos miramos unos a otros desde las camas, porque todos sentimos que esta música es infernal.
Los motivos son pocos, una docena, cada día los mismos, mañana y tarde: marchas y canciones populares que les gustan a todos los alemanes. Están grabadas en nuestras mentes, serán lo último del Lager que olvidemos: son la voz del Lager, la expresión sensible de su locura geométrica, de la decisión ajena de anularnos primero como hombres para después matarnos lentamente.
Cuando suena esta música sabemos que nuestros compañeros, afuera en la niebla, salen en formación, como autómatas, tienen las almas muertas y la música los empuja, como el viento a las hojas secas, y es un sustituto de su voluntad. La voluntad ya no existe: cada latido se convierte en un paso, en una contracción refleja de los músculos deshechos. Los alemanes lo han conseguido. Son diez mil y son sólo una máquina gris: están determinados exactamente; no piensan y no quieren, andan.
Al desfile de salida y de entrada los SS no faltan nunca. ¿Qué podría negarles el derecho de asistir a esta coreografía montada por ellos mismos, a la danza de los hombres extintos, escuadra tras escuadra, en camino desde la niebla hacia la niebla? ¿Qué mejor prueba de su victoria?
También los del Ka-Be conocen este ir y volver del trabajo, la hipnosis del ritmo interminable que mata el pensamiento y calma el dolor; lo han experimentado y volverán a experimentarlo. Pero es preciso salir del encantamiento, oír la música fuera como ocurría en el Ka-Be o como la recordamos ahora, luego de la liberación y el renacimiento, sin obedecerla, sin sufrirla, para comprender lo que era; para comprender por qué calculada razón los alemanes habían creado este mito monstruoso y por qué, todavía hoy, cuando la memoria nos restituye alguna de aquellas inocentes canciones, se nos hiela la sangre en las venas y nos damos cuenta de que haber vuelto de Auschwitz no ha sido suerte pequeña.
Tengo dos vecinos de litera. Yacen todo el día y toda la noche flanco contra flanco, piel contra piel, cruzados como los peces del zodíaco, de manera que los pies de cada uno están a la altura de la cabeza del otro.
Uno es Walter Bonn, un holandés educado y bastante culto. Ve que no tengo nada para cortar el pan, me presta su cuchillo, después me ofrece vendérmelo por media ración de pan. Yo le discuto el precio y luego renuncio, pienso que aquí en Ka-Be siempre encontraré a alguien que me preste uno, y afuera cuestan sólo un tercio de ración. No por ello Walter es menos cortés y, a mediodía, comido su potaje, limpia con los labios la cuchara (lo que es una buena costumbre antes de prestarla, para limpiarla y para no desperdiciar las manchas de potaje que se le pegan) y me la ofrece espontáneamente.
–¿Qué enfermedad tienes, Walter?
–Körperschawäche (consunción orgánica).
Es la peor enfermedad: no puede curarse, y es muy peligroso entrar en Ka-Be con este diagnóstico. Si no hubiera sido por el edema en los tobillos (y me lo enseña) que no le deja ir a trabajar se hubiera guardado mucho de venir a la consulta. Sobre este tipo de peligros yo tengo todavía unas ideas bastante confusas. Todo el mundo habla de ello indirectamente, con alusiones, y cuando hago ciertas preguntas me miran y callan.
¿Es verdad, entonces, lo que he oído decir de la selección, del gas, del crematorio?
Crematorio. El otro, el vecino de Walter se despierta sobresaltado, se endereza: ¿quién está hablando del crematorio? ¿Qué es lo que pasa? ¿No se puede dejar tranquilos a los que están durmiendo? Es un judío polaco, albino, de cara descarnada y bonachona, ya mayor. Se llama Schmulek, es herrero. Walter lo mira un momento.
¿Asi es que der Italyener no cree en las selecciones? Schmulek querría hablar alemán pero habla yiddish; lo entiendo difícilmente, y sólo porque quiere hacerse entender. Hace callar a Walter con un signo, él me convencerá:
–Enséñame tu número: tú eres el 174517. Esta numeración ha empezado hace dieciocho meses y sirve para Auschwitz y para los campos que dependen de él. Ahora somos diez mil en Buna-Monowitz; puede que treinta mil entre Auschwitz y Birkenau. Wo sind die Andere? (¿dónde están los demás?).
–¿Los habrán transferido a otros campos?… -le propongo.
Schmulek menea la cabeza, se vuelve a Walter:
–Er will nix verstayen (no quiere entender).
Pero seria el destino quien me habría de hacer entender en seguida, y a costa del propio Schmulek. Por la noche se abrió la puerta del barracón, una voz gritó:
–Achtung-y se calló cualquier rumor y se sintió un silencio de plomo.
Entraron dos SS (uno de los dos con muchos galones, ¿puede que sea un oficial?), resonaban en el barracón sus pasos como si estuviese vacío; hablaron con el médico en jefe, que les enseñó un registro, señalando acá y allá. El oficial tomó nota en una libreta. Schmulek me dio en una rodilla:
–Pass auf pass auf (fíjate bien).
El oficial seguido por el médico, da vueltas, en silencio y con despreocupación, entre las literas; lleva en la mano una fusta, levanta con ella un pico de manta que cuelga de una litera alta, el enfermo se precipita a remeterla. El oficial pasa más adelante. Hay uno de cara amarilla; el oficial le arranca la manta, él se estremece, el oficial le palpa el vientre:
–Gut, gut-luego pasa más adelante.

Le ha echado la vista encima a Schmulek; saca la libreta, compara el número de la libreta con el número del tatuaje. Yo sigo todo, desde arriba: hace una cruz junto al número de Schmulek. Luego sigue más adelante.
Yo miro ahora a Schmulek, y detrás de él veo los ojos de Walter, y no hago ninguna pregunta.
Al día siguiente, en lugar del grupo acostumbrado de curados, han salido dos grupos distintos. A los primeros los han afeitado y rapado y se han duchado. Los segundos han salido como estaban, con la barba larga, sin que se les haya renovado la medicación, sin haberse duchado. Nadie ha despedido a estos últimos, nadie les ha dado recados para los compañeros sanos.
Entre los últimos estaba Schmulek.
De esta manera discreta y ordenada, sin aparato y sin cólera, por el barracón del Ka-Be se pasea todos los días la catástrofe, y le toca a éste o a aquél. Al irse Schmulek me dejó la cuchara y el cuchillo, Walter y yo hemos evitado mirarnos y nos hemos quedado en silencio durante mucho tiempo. Luego, Walter me pregunta que cómo puedo conservar tanto tiempo mi ración de pan, y me explica que él de costumbre corta la suya a lo largo para tener rajas más anchas sobre las que extender la margarina con más facilidad.
Walter me explica muchas cosas: Schonungsblock quiere decir barracón de reposo, aquí sólo hay enfermos leves, o convalecientes, o los que no necesitan curas. Entre éstos, por lo menos una cincuentena de disentéricos más o menos graves.
A éstos los reconocen cada tres días. Se ponen en fila en el pasillo, a un extremo hay dos orinales de latón y el enfermero con un registro, un reloj y un lapicero. De dos en dos los enfermos se adelantan y tienen que probar, en el acto y rápidamente, que su diarrea continúa; para ello se les concede un minuto después del cual enseñan al enfermero el resultado, y éste lo observa y lo juzga: lavan rápidamente los orinales en una tina que está al lado y vienen los dos siguientes.
Entre los que esperan algunos se retuercen en los espasmos por conservar el precioso testimonio durante todavía veinte, todavía diez minutos más; otros, privados de recursos en aquel momento, tensan las venas y los músculos en el esfuerzo contrario. El enfermero asiste impasible, mordisqueando el lapicero, echando una mirada al reloj, otra mirada a las muestras que le presentan una detrás de otra. En los casos dudosos se va con el orinal para consultar al médico.
He tenido una visita: Piero Sonnino, el romano.
–¿Has visto cómo me las he arreglado?
Piero tiene una enteritis bastante ligera, está aquí hace veinte días y se siente bien, descansa y engorda, se ríe de las selecciones y está decidido a estar en el Ka-Be hasta que termine el invierno, pase lo que pase. Su método consiste en hacer cola detrás de cualquiera de los disentéricos verdaderos que le ofrezca garantía de éxito; cuando le toca a él el turno le pide su colaboración (que le pagará con sopa o pan) y si éste está de acuerdo y el enfermero se distrae un momento le cambia el orinal entre la multitud, y hecho. Piero sabe a lo que se expone, aunque hasta ahora le ha salido bien.
Pero la vida del Ka-Be no es esto. No son los instantes cruciales de las selecciones, no son los episodios grotescos de las revisiones de la diarrea y de los piojos, ni siquiera son las enfermedades.
El Ka-Be es el Lager sin las incomodidades materiales. Por eso, al que todavía le queda un germen de conciencia, allí la recupera: porque durante las larguísimas jornadas ya vacías se habla de otra cosa que de hambre y de trabajo, y llegamos a reflexionar en qué hemos sido convertidos, cuánto nos han quitado, qué es esta vida. En este Ka-Be, paréntesis de relativa paz, hemos aprendido que nuestra personalidad es frágil, que está mucho más en peligro que nuestra vida; y que los sabios antiguos, en lugar de advertirnos «acordaos de que tenéis que morir» mejor habrían hecho en recordarnos este peligro mayor que nos amenaza. Si desde el interior del campo algún mensaje hubiese podido dirigirse a los hombres libres, habría sido éste: no hagáis nunca lo que nos están haciendo aquí.
Cuando se está trabajando se sufre y no queda tiempo de pensar nuestros hogares son menos que un recuerdo. Pero aquí tenemos todo el tiempo para nosotros: de litera a litera, a pesar de la prohibición, nos visitamos, y hablamos y hablamos. El barracón de madera, cargado de humanidad doliente, está lleno de palabras, de recuerdos y de otro dolor. Heimweh se llama en alemán este dolor, es una bella palabra y quiere decir «dolor de hogar».
Sabemos de dónde venimos: los recuerdos del mundo exterior pueblan nuestros sueños y nuestra vigilia, nos damos cuenta con estupor de que no hemos olvidado nada, cada recuerdo evocado surge ante nosotros dolorosamente nítido.
Pero adónde vamos no lo sabemos. Tal vez podamos sobrevivir a las enfermedades y escapar a las selecciones, tal vez hasta resistir el trabajo y el hambre que nos consumen: ¿y luego? Aquí, alejados momentáneamente de los insultos y de los golpes, podemos volver a entrar en nosotros mismos y meditar, y entonces se ve claro que no volveremos. Hemos viajado hasta aquí en vagones sellados, hemos visto partir hacia la nada a nuestras mujeres y a nuestros hijos, convertidos en esclavos hemos desfilado cien veces ida y vuelta al trabajo mudo, extinguida el alma antes de la muerte anónima. No volveremos. Nadie puede salir de aquí para llevar al mundo, junto con la señal impresa en su carne, las malas noticias de cuanto en Auschwitz ha sido el hombre capaz de hacer con el hombre.

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NUESTRAS NOCHES

Después de veinte días de Ka-Be, como la herida se me había prácticamente cicatrizado, con gran disgusto mío me mandaron fuera.
La ceremonia es sencilla, pero lleva consigo un periodo de readaptación doloroso y peligroso. A quien a la salida del Ka-Be no cuenta con ayudas especiales no lo devuelven a su Block y a su Kommando anterior sino que es asignado, según criterios que yo desconocía, a cualquier otro barracón y encargado de cualquier otro tipo de trabajo. Además, del Ka-Be se sale desnudo; dan vestidos y zapatos «nuevos» (quiero decir, no los que se han dejado a la entrada), con los que hay que luchar con rapidez y diligencia para adaptarlos a uno mismo, lo que supone fatigas y gastos.
Hay que buscarse otra vez una cuchara y un cuchillo; y sobre todo, y ésta es la circunstancia más grave, se encuentra uno como un intruso en un ambiente desconocido, entre compañeros nunca vistos y hostiles, con jefes cuyo carácter no se conoce y de quienes por consiguiente es difícil defenderse.
La facultad humana de hacerse un hueco, de segregar una corteza, de levantarse alrededor de una frágil barrera defensiva, aun en circunstancias que parecen desesperadas, es asombrosa, y merecería un estudio detenido. Se trata de un precioso trabajo de adaptación, en parte pasivo e inconsciente y en parte activo: de clavar un clavo sobre la litera para colgar los zapatos por la noche; de establecer pactos tácitos de no agresión con los vecinos; de intuir y aceptar las costumbres y las leyes de aquel determinado Kommando y de aquel determinado Block. En virtud de este trabajo, después de algunas semanas, se consigue llegar a cierto equilibrio, a cierto grado de seguridad frente a los imprevistos; uno se ha hecho un nido, el trauma del trasvase ha sido superado.
Mas el hombre que sale del Ka-Be, desnudo y casi siempre insuficientemente restablecido, se siente proyectado en la oscuridad y en el vacío del espacio sideral. Los pantalones se le caen, los zapatos le hacen daño, la camisa no tiene botones. Busca un contacto humano y no encuentra más que espaldas vueltas. Es inerme y vulnerable como un recién nacido, pero a la mañana siguiente tendrá que ir a trabajar.
En estas condiciones me encuentro yo cuando el enfermero, después de los distintos ritos administrativos de rigor, me confía a los cuidados del Blockältester del Block 45. Pero repentinamente un pensamiento me llena de alegría: ¡he tenido suerte, éste es el Block de Alberto!
Alberto es mi mejor amigo. Sólo tiene veintidós años, dos menos que yo, pero ninguno de los italianos ha demostrado una capacidad de adaptación semejante a la suya. Alberto entró en el Lager con la cabeza alta, y vive en el Lager ileso e incorrupto. Ha entendido antes que nada que esta vida es una guerra; no se ha concedido ninguna indulgencia, no ha perdido el tiempo en recriminaciones o quejas de sí mismo ni de los demás, sino que desde el primer día ha bajado al campo de batalla. Lo sostienen su inteligencia y su instinto: razona con justeza, con frecuencia no razona y también está en lo justo. Entiende todo al vuelo: sólo sabe un poco de francés, y entiende todo lo que dicen los alemanes y los polacos. Contesta en italiano y con gestos, se hace entender y en seguida resulta simpático. Lucha por su vida y, sin embargo, es amigo de todos. «Sabe a quién necesita corromper, a quién necesita evitar, de quién se puede compadecer y a quién debe resistir».
Y sin embargo (y por esta casualidad suya todavía hoy su recuerdo es para mí querido y cercano), no se ha convertido en una persona triste. Siempre vi, y todavía veo en él, la rara figura del hombre fuerte y apacible contra quien se rompen las armas de la noche.
Pero no he conseguido compartir la litera con él, y ni siquiera Alberto lo ha conseguido, aunque en el Block 45 goce ya de cierta popularidad. Es una lástima, porque tener un compañero de cama de quien fiarse, o al menos con quien uno pueda entenderse, es una ventaja inestimable: y además, estamos en invierno y las noches son largas, y puesto que estamos obligados a intercambiar nuestro sudor, nuestro olor y nuestro calor con alguien, bajo la misma manta y en setenta centímetros de anchura, es muy deseable que se trate de un amigo.
En invierno, las noches son largas, y se nos concede para el sueño un intervalo de tiempo considerable.
Poco a poco se apaga el barullo del Block; hace más de una hora que se ha terminado el reparto del rancho vespertino, y sólo algún obstinado continúa raspando el fondo ya brillante de la escudilla, dándole vueltas minuciosamente bajo la lámpara, con el entrecejo fruncido por la atención. El ingeniero Kardos da vueltas por las literas curando los pies heridos y los callos supurantes, éste es su negocio; no hay quien no renuncie de buena gana a una rebanada de pan para que le alivien el tormento de las enconadas heridas que sangran a cada paso durante todo el día, y de esta manera, honradamente, el ingeniero Kardos ha resuelto el problema de su subsistencia.
Por la portezuela de atrás, a escondidas y mirando alrededor con cautela, ha entrado el coplero. Se sienta en la litera de Wachsmann y en seguida reúne en torno una pequeña multitud atenta y silenciosa. Canta una interminable rapsodia en yiddish, siempre la misma, en cuartetas rimadas, de una melancolía resignada y penetrante (¿o tal vez es así como la recuerdo porque la oí entonces y en aquel sitio?); por las pocas palabras que entiendo, debe de ser una canción que ha compuesto él mismo en la que ha encerrado toda la vida del Lager con sus particularidades más pequeñas. Algunos se sienten generosos y remuneran al coplero con un pellizco de tabaco o una hebra de hilo; otros lo escuchan absortos, pero no le dan nada.
Suena de nuevo inesperadamente la llamada para la última función de la jornada: Wer hat kaputt die Schuhe? (¿quién tiene rotos los zapatos?), y se desencadena súbitamente el fragor de los cuarenta o cincuenta pretendientes al cambio, que se precipitan hacia el Tagesraum con furia desesperada, sabiendo que, en la mejor de las hipótesis, sólo los diez primeros podrán ser satisfechos.
Después viene la calma. La luz se apaga una primera vez, durante pocos segundos, para avisara los sastres que deben guardar sus preciosísimos aguja e hilo; luego suena lejana la campana, y entonces llega la guardia de noche y todas las luces se apagan definitivamente. No nos queda más que desnudarnos y acostarnos.

No sé quién es mi vecino.
Ni siquiera estoy seguro de que sea siempre el mismo porque no le he visto la cara más que unos segundos en el tumulto de la diana, de manera que mucho mejor que la cara le conozco la espalda y los pies. No trabaja en mi Kommando y viene a la litera sólo en el momento del toque de silencio; se envuelve en la manta, me echa a un lado con un golpe de las caderas huesudas, me vuelve la espalda y en seguida se pone a roncar. Con mi espalda contra la suya, me esfuerzo por conquistar una superficie razonable de jergón; ejerzo con los riñones una presión progresiva contra los suyos, luego me doy vuelta y pruebo a empujarle con las rodillas, lo cojo por los tobillos y trato de colocarlo un poco más allá de manera que no tenga sus pies pegados a la cara: pero es inútil, es mucho más pesado que yo y parece petrificado por el sueño.
Entonces me adapto a estar así, obligado a la inmovilidad, medio echado sobre el travesaño de madera. Estoy tan cansado y atontado que no tardo en dormirme yo también, y me parece que estoy durmiendo sobre los raíles del tren.
El tren va a llegar. se oye el jadeo de la locomotora, que es mi vecino. Todavía no estoy tan dormido como para no darme cuenta de la doble naturaleza de la locomotora. Se trata precisamente de esa locomotora que remolcaba hoy hasta la Buna los vagones que hemos tenido que descargar: la reconozco también ahora, como cuando ha pasado junto a nosotros, se siente el calor que irradia su flanco negro. Sopla, está cada vez más cerca, y siempre a punto de echárseme encima y, sin embargo, nunca llega. Mi sueño es muy ligero, es un velo, si quiero, lo rasgo. Voy a hacerlo, quiero rasgarlo, así podré quitarme de la vía. ¡Ya está!, como quería, estoy despierto: pero no realmente despierto, sólo un poco más, en la grada superior de la escala entre el subconsciente y la conciencia. Tengo los ojos cerrados, y no quiero abrirlos para no dejar irse al sueño, pero puedo percibir los ruidos: ese silbido lejano estoy seguro de que es real, no viene de la locomotora soñada, ha sonado objetivamente: es el silbido de la Decauville, viene de la cantera donde se trabaja también de noche. Una larga nota firme, después otra un semitono más baja, luego otra vez la primera, pero corta y truncada. Este silbido es algo importante: lo hemos oído tantas veces, lo hemos asociado tantas con el sufrimiento del trabajo y del campo, que se ha convertido en su símbolo y evoca directamente sus imágenes, como ocurre con algunas músicas y algunos olores.
Aquí está mi hermana, y algún amigo mío indeterminado, y mucha más gente. Todos están escuchándome y yo les estoy contando precisamente esto: el silbido de las tres de la madrugada, la cama dura, mi vecino, a quien querría empujar, pero a quien tengo miedo de despertar porque es más fuerte que yo. Les hablo también prolijamente de nuestra hambre, y de la revisión de los piojos, y del Kapo que me ha dado un golpe en la nariz y luego me ha mandado a lavarme porque sangraba. Es un placer intenso, físico, inexpresable, el de estar en mi casa, entre personas amigas, tener tantas cosas que contar: pero no puedo dejar de darme cuenta de que mis oyentes no me siguen. O más bien, se muestran completamente indiferentes: hablan confusamente entre si de otras cosas, como si yo no estuviese allí. Mi hermana me mira. Se pone de pie y se va sin decir palabra.
Entonces nace en mi un dolor desolado, como ciertos dolores que apenas se recuerdan de los primeros años de la infancia: es el dolor en su estado puro, sin templar por el sentimiento de la realidad ni por la intrusión de circunstancias extrañas, semejantes, a aquellos por los que los niños lloran; y es mejor que vuelva a salir a la superficie, pero esta vez abro los ojos deliberadamente, para tener frente a mi la garantía de estar efectivamente despierto.
Tengo el sueño delante, caliente todavía, y yo, aunque despierto, estoy todavía lleno de su angustia: y entonces me doy cuenta de que no es un sueño cualquiera, sino de que desde que estoy aquí lo he soñado no una vez, sino muchas, con pocas variantes de ambiente y de detalle. Ahora estoy enteramente lúcido, y me acuerdo de que ya se lo he contado a Alberto y de que él me ha confiado, para mi asombro, que también lo sueña él, y que es el sueño de otros muchos, tal vez de todos. ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué el dolor de cada día se traduce en nuestros sueños tan constantemente en la escena repetida de la narración que se hace y nadie escucha?
… Mientras medito así, intento aprovechar el intervalo de vigilia para sacudirme los jirones de angustia del sopor precedente, para no comprometer la cualidad del sueño venidero. Me siento encogido en la oscuridad, miro alrededor y aguzo el oído.
Se oye respirar y roncar a los que duermen, a alguno que gime y habla. Muchos chasquean los labios y baten las mandíbulas. Sueñan que están comiendo: éste es también un sueño colectivo. Es un sueño despiadado, quien inventó el mito de Tántalo debía de conocerlo. No sólo se ven los alimentos, sino que se sienten en la mano distintos y concretos, se percibe su olor rico y violento; hay quien se los lleva a los labios, pero alguna circunstancia, diferente cada vez, hace que el acto no llegue a cumplirse. Entonces desaparece el sueño y se rompen sus elementos, pero luego se rehace, y empieza otra vez igual y cambiado: y esto sin tregua, para todos nosotros, durante todas las noches y durante todo lo que dura el sueño.
Deben ser ya más de las once porque es intenso el ir y venir al cubo que está junto al guardia nocturno. Es un tormento obsceno y una vergüenza indeleble: cada dos, cada tres horas, tenemos que levantarnos para verter la gran dosis de agua que de día estamos obligados a absorber en forma de potaje que nos calma el hambre: es la misma agua que por la noche nos hincha los tobillos y las orejas e imprime a todas las fisonomías una semejanza deforme, y cuya eliminación impone a los riñones un trabajo enervante.
No se trata sólo de la procesión al cubo; es ley que el último que usa el cubo tenga que vaciarlo en la letrina; y también es ley que por la noche no se salga del barracón más que en traje nocturno (camisa y calzoncillos) y dando el número al guardia. Se sigue de ello, previsiblemente, que el guardia nocturno trate de exonerar de tal servicio a sus amigos, a sus compatriotas y a los importantes; añádase además que los veteranos del campo tienen los sentidos afinados de tal manera que sin levantarse de las literas están milagrosamente capacitados para distinguir, sólo por el sonido. de las paredes del cubo, si el nivel está o no en el límite peligroso, por lo cual casi siempre consiguen evitar el tener que vaciarlo. Por lo tanto, los candidatos al servicio del cubo son, en cada barracón, un número muy limitado, mientras el total de los litros que hay que eliminar es por lo menos de doscientos y por consiguiente el cubo debe ser vaciado unas veinte veces.
En resumen, es muy grande el riesgo que nos acecha a nosotros, los inexpertos y no privilegiados, cada noche, cuando la necesidad nos empuja al cubo. Inesperadamente, el guardia nocturno salta de su rincón y nos espía, garabatea nuestro número, nos da un par de zuecos de madera y el cubo, y nos arroja afuera en medio de la nieve, temblando y dormidos. Nos toca arrastrarnos hasta la letrina con el cubo que da golpes contra las pantorrillas desnudas, desagradablemente caliente; está lleno mucho más allá de cualquier límite razonable y es inevitable que, con las sacudidas, algo se derrame sobre los pies, de manera que por muy repugnante que sea esta función siempre es preferible tener que ir nosotros mismos a que tenga que ir nuestro compañero de litera.
Así se arrastran nuestras noches. El sueño de Tántalo y el sueño del relato se insertan en un tejido de imágenes menos claras: el sufrimiento del día, compuesto de hambre, golpes, frío, cansancio, miedo y promiscuidad, reaparece por las noches en pesadillas informes de una violencia inaudita como en la vida libre se tienen sólo en las noches de fiebre. Se despierta uno a cada instante, helado de terror, con todos los miembros sobresaltados, bajo la impresión de una orden gritada por una voz llena de cólera, en una lengua que no se entiende. La procesión del cubo y los tropezones de los talones desnudos en la madera del suelo se transforman en otra procesión simbólica: somos nosotros, grises e idénticos, pequeños como hormigas y grandes hasta las estrellas, apretados el uno contra el otro, innumerables, ocupando toda la llanura hasta el horizonte: a veces nos fundimos en una sustancia única, una masa angustiosa en la que nos sentimos apresados y sofocados; a veces, en un desfile hacia el cubo, sin principio y sin fin, con un vértigo cegador y una marea de náuseas que nos sube del estómago a la garganta; a no ser que el hambre, o el fijo, o la vejiga llena nos conduzcan los sueños por los caminos acostumbrados. Tratamos en vano, cuando la misma pesadilla o el malestar nos despiertan, de desenredar sus componentes y de apartarlos por separado del campo de nuestra atención para poder proteger al sueño de su intrusión: no acabamos de cerrar los ojos cuando sentimos de nuevo que el cerebro se nos pone en movimiento fuera del alcance de nuestra voluntad; da golpes y zumbidos, incapaz de descanso fabrica fantasmas y signos terribles, y sin pausa los dibuja y los agita en la niebla gris sobre la pantalla de nuestros sueños.
Pero durante toda la noche, a través de las alternativas del sueño, de la vigilia y de la pesadilla, acecha la espera y el terror del momento del despertar: mediante la misteriosa facultad que muchos conocen podemos, aun sin relojes, prever su estallido con gran aproximación. A la hora de diana, que varía de una estación a otra, pero que siempre cae mucho antes del alba, suena largamente la sirena del campo, y entonces en todos los barracones el guardia de noche recoge: enciende las luces, se levanta, se estira y pronuncia la condena de cada día: Aufstehen, o con más frecuencia, en polaco: Wstawa’c.
Son poquísimos los que esperan durmiendo el Wstawa’c es un momento de dolor demasiado agudo para que el sueño más duro no se rompa al sentirlo acercarse. El guardia nocturno lo sabe y por eso es por lo que no lo pronuncia con tono de orden, sino con una voz llana y baja, como quien sabe que el anuncio va a encontrar atentos todos los oidos y va a ser escuchado y obedecido.
La palabra extranjera cae como una piedra en el fondo de todos los ánimos. A levantarse»: la ilusoria barrera de las mantas cálidas, la frágil coraza del sueño, la evasión nocturna, aun tormentosa, caen hechas pedazos en torno y nos encontramos despiertos sin remisión, expuestos a las ofensas, atrozmente desnudos y vulnerables. Empieza un día como todos los días, de tal manera largo que no se puede razonablemente concebir su fin, tanto frío, tanta hambre, tanto cansancio nos separan de él: por lo cual, lo mejor es concentrar la atención y el deseo en el trozo de pan gris, que es pequeño, pero que dentro de una hora será nuestro y durante cinco minutos, hasta que lo hayamos devorado, constituirá todo cuanto la ley de este sitio nos consiente poseer.
Al Wstawa’c se vuelve a poner en movimiento el remolino. Todo el barracón entra sin transición en una actividad frenética: todos trepan arriba y abajo, hacen la litera y a la vez tratan de vestirse, de manera que ninguna de sus pertenencias quede sin custodia; la atmósfera se llena del polvo fino hasta hacerse opaca; los más rápidos se abren paso a codazos entre la multitud para ir a los lavabos y a la letrina antes de que haya cola. Inmediatamente entran en escena los barrenderos y nos echan afuera a todos a golpes y a gritos.
Cuando he hecho la cama y me he vestido, bajo al suelo y me pongo los zapatos. Entonces se me vuelven a abrir las heridas de los pies y empieza una nueva jornada.

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