Gustave Le Bon (7 de mayo de 1841 – 13 de diciembre de 1931)
El nombre de Gustave Le Bon está asociado con varios de los hechos más importantes del siglo XX en el mundo. Sus planteamientos y sus estudios alentaron la ideología nazi. Se especula que el libro Mi lucha, de Adolfo Hitler, se inspiraba en la obra de Le Bon.
Gustave Le Bon nació en Nogent-le Rotrou (Francia) el 7 de mayo de 1841. Se formó como médico, pero dedicó gran parte de su vida al estudio de la sociología, la psicología, la física y la antropología. Fue médico militar durante la guerra franco-alemana y sus primeras investigaciones las dedicó a la fisiología. Luego se enfocó a la arqueología y a la antropología.
“Pensar colectivamente es la regla general. Pensar individualmente es la excepción”.
-Gustave Le Bon-
El propio gobierno francés lo envió a Oriente como arqueólogo. Visitó una gran cantidad de países de esa zona del mundo. También viajó mucho por Europa y África. De sus pesquisas y observaciones comenzaron a surgir una serie de libros. El más famoso de ellos fue Psicología de las masas.
El enfoque darwinista de Gustave Le Bon
Buena parte de la obra de Gustave Le Bon está dedicada a justificar el colonialismo de las potencias europeas. Su principal argumento para ello era el planteamiento de que existen razas superiores. Se valió para probarlo de gran cantidad de conjeturas y de evidencias bastante cuestionables.
Le Bon era un convencido del determinismo geográfico. Básicamente planteaba que solo bajo ciertas condiciones geográficas podían aparecer hombres y mujeres verdaderamente inteligentes, bellos y moralmente desarrollados. Tales condiciones eran las de Europa y la raza superior eran los arios.
Gustave Le Bon también estaba convencido de que existían varias razas humanas bien diferenciadas. No se refería a rasgos físicos o genéticos variables, sino que realmente pensaba que cada raza era una especie aparte. Por supuesto, también creía que había razas superiores e inferiores.
Si las razas superiores se mezclaban entre sí, o con una de las inferiores, los resultados podían ser buenos. En cambio, si se mezclaban dos o más razas inferiores, la consecuencia era un pueblo degenerado.
La psicología de las masas
Gustave Le Bon se hizo particularmente famoso por la publicación de su libro Psicología de las masas. Su planteamiento básico era que los seres humanos desarrollan en colectivo comportamientos que jamás desarrollarían individualmente. En otras palabras, los grupos tienen una influencia determinante sobre los individuos.
Señala que las principales razones por las cuales el “yo” se pierde en el “nosotros” son las siguientes:
El ser humano percibe a la masa como un poder invencible. Deja de sentirse responsable porque en ella es una figura anónima.
Las masas contagian su manera de sentir y actuar a quienes las conforman. Eso se da de manera inconsciente y permite que la masa sea manipulada por un líder.
La masa sugestiona e hipnotiza al individuo. Formar parte de una masa lleva a experimentar sentimientos de omnipotencia.
En la masa lo irreal predomina sobre lo real. Es compacta y no se rompe por diferencias internas.
La masa se percibe como un mecanismo de supervivencia. No pertenecer a la masa es visto como un grave peligro.
«Una persona no es religiosa solamente cuando adora a una divinidad sino cuando pone todos los recursos de su mente, la completa sumisión de su voluntad, y el íntegro fanatismo de su alma, al servicio de una causa o de un individuo que se convierte en la meta y en la guía de sus pensamientos y acciones.
Las convicciones de las masas toman esas características de ciega sumisión, feroz intolerancia y la necesidad de violenta propaganda que son inherentes al sentimiento religioso y es por esta razón que puede decirse que todas sus creencias poseen una forma religiosa.
La Reforma, la masacre de San Bartolomé, las guerras de religión francesas, la Inquisición, el reino del Terror, son todos fenómenos de idéntica clase producidos por masas animadas por esos sentimientos religiosos que necesariamente guían a quienes, imbuidos por ellos, extirpan sin piedad, por el fuego y por la espada, a quienquiera que se oponga al establecimiento de la nueva fe»
La matanza de San Bartolomé, pintada en 1880 por Édouard Debat-Posan.
Hemos visto que las masas no razonan, que aceptan o rechazan ideas como un todo, que no toleran ni discusión ni contradicciones, y que las sugestiones a las que se las somete invaden la totalidad de su entendimiento y tienden inmediatamente a transformarse en acciones.
Hemos mostrado cómo, masas adecuadamente influenciadas, están prontas a sacrificarse por los ideales que les han sido inspirados.
También hemos visto que sólo tienen sentimientos violentos y extremos, que, en su caso, la simpatía rápidamente se vuelve adoración y que la antipatía, casi tan pronto como es suscitada, se convierte en odio.
Estas indicaciones generales ya nos proporcionan un presentimiento de la naturaleza de las convicciones de las masas.
Cuando se examinan estas convicciones, ya sea las de épocas marcadas por una ferviente fe religiosa o por grandes alzamientos políticos como los del siglo pasado, se hace evidente que siempre toman una forma peculiar que no puedo definir mejor que dándole el nombre de un sentimiento religioso.
Este sentimiento posee características muy simples, tales como
el culto a un ser que se supone superior,
miedo ante el poder adjudicado a este ser,
sumisión ciega a sus órdenes,
incapacidad para discutir sus dogmas,
el deseo de difundirlos y
la tendencia a considerar enemigos a todos los que no los aceptan.
Sea que este sentimiento se aplique a un Dios invisible, o bien a un ídolo de piedra o madera, a un héroe o a una concepción política, siempre que presente las características citadas, será religioso en esencia. Lo sobrenatural y lo milagroso se encontrarán presentes en la misma medida.
Las masas siempre adjudican un poder misterioso a la fórmula política o al líder victorioso que momentáneamente ha suscitado su entusiasmo.
Una persona no es religiosa solamente cuando adora a una divinidad sino cuando pone todos los recursos de su mente, la completa sumisión de su voluntad, y el íntegro fanatismo de su alma, al servicio de una causa o de un individuo que se convierte en la meta y en la guía de sus pensamientos y acciones.
Intolerancia y fanatismo son los compañeros necesarios del sentimiento religioso. Inevitablemente serán exhibidos por quienes se creen en posesión del secreto de la felicidad terrena.
Es posible hallar estas dos características en todos los hombres agrupados cuando están inspirados por una convicción de cualquier clase.
Los jacobinosdel reino del Terroreran, en el fondo, tan religiosos como los católicosde la Inquisicióny su cruel ardor procedió de la misma fuente.
Las convicciones de las masas toman esas características de ciega sumisión, feroz intolerancia y la necesidad de violenta propaganda que son inherentes al sentimiento religioso y es por esta razón que puede decirse que todas sus creencias poseen una forma religiosa.
El héroe aclamado por una masa es verdaderamente un dios para esa masa.
Napoleón fue un dios como ése durante quince años y ninguna divinidad tuvo fieles más ardientes ni envió hombres a la muerte con mayor facilidad. Los Dioses cristianos y paganos nunca ejercieron un imperio más absoluto sobre las mentes que cayeron bajo su influencia.
Todos los fundadores de credos, religiosos o políticos, los instituyeron solamente porque tuvieron éxito en inspirar en las masas esos sentimientos fanáticos que tienen por resultado el que los hombres hallan su felicidad en el culto y en la obediencia, hallándose listos para ofrendar sus vidas por su ídolo. Éste ha sido el caso en todas las épocas.
Fustel de Coulanges, en su excelente trabajo sobre la Galia romana, destacó con justa razón que el Imperio Romano de ninguna manera estuvo mantenido por la fuerza sino por la admiración religiosa que inspiraba.
«Sería algo sin parangón en toda la Historia del mundo –observó con acierto- que una forma de gobierno popularmente detestada durase cinco siglos…
Sería inexplicable que las treinta legiones del Imperio pudiesen forzar a obedecer a cien millones de personas».
Fustel de Coulanges
La razón de su obediencia fue que el Emperador, quien personificaba la grandeza de Roma, era adorado como una divinidad por consenso público.
Había altares en honor al Emperador hasta en los más pequeños poblados de sus dominios.
«De un extremo a otro del Imperio, se vio surgir en aquellos días una nueva religión que tenía por divinidades a los Emperadores mismos.
Algunos años antes de la era cristiana, la totalidad de la Galia, representada por sesenta ciudades, construyó en común un templo cerca del pueblo de Lyon en honor a Augusto…
Sus sacerdotes, elegidos por las ciudades galas unidas, fueron los principales personajes de sus países…
Es imposible atribuir todo esto al miedo y al servilismo.
Naciones enteras no son serviles, especialmente no por tres siglos.
No fueron los cortesanos los que adoraron al príncipe, fue Roma, y no fue solamente Roma, sino Galia, España, Grecia y Asia».
Hoy en día, la mayoría de los grandes hombres que ha capturado la mente de las personas ya no tiene altares, pero tiene estatuas, o sus retratos se encuentran en las manos de sus admiradores, y el culto del cual son objeto no es notoriamente diferente del brindado a sus antecesores.
La comprensión de la filosofía de la Historia sólo puede obtenerse a través de la apreciación de este punto fundamental de la psicología de las masas. Una masa exige un dios antes que cualquier otra cosa.
No debe suponerse que éstas son supersticiones de una época pasada, definitivamente desterradas por la razón. El sentimiento nunca se ha rendido en su eterno conflicto con la razón.
Las masas ya no querrán escuchar las palabras «divinidad» y «religión» en nombre de las cuales durante tanto tiempo fueron esclavizadas. Pero jamás han poseído tantos fetichescomo en los últimos cien años y las antiguas divinidades nunca poseyeron tantas estatuas y altares erigidos en su honor.
Las masas ya no querrán escuchar las palabras «divinidad» y «religión» en nombre de las cuales durante tanto tiempo fueron esclavizadas.
Pero jamás han poseído tantos fetiches como en los últimos cien años y las antiguas divinidades nunca poseyeron tantas estatuas y altares erigidos en su honor.
“La multitud siempre está influenciada por el inconsciente; en ella despiertan contenidos arquetípicos que duermen en el fondo del alma individual”. Carl G. Jung
Quienes en años recientes han estudiado el movimiento popular conocido bajo el nombre de «Boulangismo» han tenido oportunidad de ver con qué facilidad reviven los instintos religiosos de las masas.
No hubo una sola fonda en el país que no poseyera un retrato del héroe. Se le adjudicó el poder de remediar todas las injusticias y todos los males, y miles de hombres hubieran dado sus vidas por él. Grande hubiera sido su lugar en la Historia si su carácter hubiese estado al nivel de su legendaria reputación.
Georges Boulanger General de División y Ministro de Guerra de Francia (1886-1887)
En consecuencia, constituye un lugar común inútil afirmar que una religión es necesaria para las masas porque todos los credos, sean políticos, divinos o sociales, solamente arraigan en ellas con la condición de asumir siempre la forma religiosa -una forma que obvia los peligros de la discusión.
Si fuese posible inducir a las masas a adoptar el ateísmo, esta creencia exhibiría todo el ardor intolerante de un sentimiento religioso y, en sus formas externas, pronto se convertiría en un culto.
EL GRAN INQUISIDOR, por Fiodor M. Dostoievski
La evolución de la pequeña secta de los positivistas nos ofrece una curiosa prueba sobre este punto. A los positivistasles pasó muy rápidamente lo mismo que le sucedió al nihilista cuya historia relata ese profundo pensador que es Dostoievsky.
Iluminado un buen día por la luz de la razón, rompió las imágenes de las divinidades y los santos que adornaban el altar de una capilla, apagó los cirios y, sin perder un minuto de tiempo, reemplazó los objetos destruidos con las obras de filósofos ateos tales como Buchner y Moleschott, después de lo cual muy devotamente volvió a encender los cirios.
El objeto de sus creencias religiosas había sido cambiado, pero ¿puede decirse en verdad que cambiaron sus sentimientos religiosos?
Ciertos hechos históricos -y son precisamente los más importantes-, lo repito:
no pueden ser comprendidos a menos que se haya logrado apreciar la forma religiosa que las convicciones de las masas siempre asumen a la larga.
Hay fenómenos sociales que deben ser estudiados por lejos mucho más desde el punto de vista del psicólogo que desde el del naturalista. El gran historiador Taine sólo estudió la Revolución como un naturalista y es por ello que la verdadera génesis de los hechos con frecuencia se le ha escapado.
Ha observado los hechos a la perfección, pero al no haber estudiado la psicología de las masas, no siempre ha podido rastrear sus causas.
Habiéndole impresionado los hechos por su aspecto sanguinario, anárquico y feroz, apenas si ha visto en los héroes del gran drama algo más que una horda de salvajes epilépticos abandonándose a sus instintos sin freno alguno.
La violencia de la Revolución, sus masacres, su necesidad de propaganda, sus declaraciones de guerra contra todas las cosas, todo ello sólo puede ser explicado adecuadamente entendiendo que la Revolución fue meramente el establecimiento de un nuevo credo religioso en la mente de las masas.
La Reforma, la masacre de San Bartolomé, las guerras de religión francesas, la Inquisición, el reino del Terror, son todos fenómenos de idéntica clase producidos por masas animadas por esos sentimientos religiosos que necesariamente guían a quienes, imbuidos por ellos, extirpan sin piedad, por el fuego y por la espada, a quienquiera que se oponga al establecimiento de la nueva fe.
La Masacre de San Bartolome, por Francois Dubois
Los métodos de laInquisiciónson los de todos aquéllos cuyas convicciones son genuinas y firmes. Sus convicciones no merecerían estos adjetivos si recurriesen a otros métodos.
Alzamientos análogos a los que acabo de citar son sólo posibles cuando es el espíritu de las masas el que los produce.
Los déspotas más absolutos no podrían causarlos.
Alzamientos análogos a los que acabo de citar son sólo posibles cuando es el espíritu de las masas el que los produce. Los déspotas más absolutos no podrían causarlos.
Cuando los historiadores nos dicen que la masacre de San Bartolomé fue la obra de un rey, demuestran ser tan ignorantes de la psicología de las masas como de la de los soberanos.
Manifestaciones de este orden sólo pueden proceder del espíritu de las masas.
El poder más absoluto del monarca más despótico apenas si podrá hacer más que acelerar o retardar el momento de su aparición.
La masacre de San Bartolomé, o las guerras religiosas, fueron tan escasamente obra de reyes, como el reino del Terror la obra de Robespierre, Danton o Saint Just.
En el fondo de estos eventos siempre se hallará operando el espíritu de las masas y nunca el poder de los poderosos.
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Gustave Le Bon. Psicología de las masas, Libro I, capítulo IV. Editorial Verbum, 2018. Filosofía Digital, 31 de diciembre de 2022.
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Biografía de Gustave Le Bon (1841 – 1931)
Por Víctor Moreno, María E. Ramírez, Cristian de la Oliva, Estrella Moreno y otros (2025)
Gustave Le Bon nació el 7 de mayo de 1841, en Nogent-le-Rotrou, Francia. Hijo de Jean Marie Charles Le Bon y Annette Josephine Eugenic Tetiot Desmarlinais.
Le Bon estudió en el lycée de Tours y después ingresó en la Facultad de Medicina de París. Obtuvo el título de doctor en 1876.
Viajó por Europa, Asia y África del Norte entre 1860 y 1880. Escribió diarios de viaje, trabajos de arqueología y antropología sobre civilizaciones orientales y participó en el comité organizador de exposiciones mundiales.
Estudió la influencia del determinismo social y sociológico en la explicación del comportamiento social humano, y su primer gran éxito como autor de ciencias sociales fue en 1894 tras la publicación de su obra Lois psychologiques de l’évolution des peuples, libro en el que vincula las leyes de la evolución darwiniana de la fisiología a la psico-sociología.
Parte de su obra se dedica a la justificación del colonialismo europeo basándose en la existencia de razas superiores.
Desde sus primeros trabajos, como en La Vie, physiologie humaine appliquée à l’hygiène et à la médecine y L’Homme et les sociétés, leurs origines et leur histoire, investiga las acciones de los humanos determinando causas biológicas, emocionales, racionales, colectivas y místicas.
Este análisis de la psicología humana le permite interpretar eventos históricos y hechos que hasta entonces habían sido considerados irracionales e incomprensibles.
Fue el primero en describir el fenómeno de las masas y de la colectividad amorfa; por lo que algunos le consideran fundador de la psicología de masas.
Consideró que los seres humanos desarrollan en colectivo comportamientos que nunca desarrollarían individualmente. Las principales razones son porque el ser humano percibe a la masa como un poder invencible en el que deja de sentirse responsable, ya que participa en ella como una figura anónima.
Las masas contagian su manera de sentir y actuar a quienes las conforman de manera inconsciente, permitiendo que sean manipuladas.
En su obra Psicología de las masas (1898) expone sus conclusiones sobre historia y civilizaciones, en las que considera que el destino de la humanidad es ajeno a las instituciones creadas por la voluntad del ser humano, y que la creencia en la posibilidad de reformar la sociedad, que preconizaban los filósofos y legisladores de la Revolución Francesa, era una ingenuidad.
Siguió editando obras como Masas: un estudio de la mentalidad popular (1897) y Psicología de la revolución (1913), postulando que los sentimientos y las emociones radican en la mentalidad popular; que las ideas se propagan por contagio y que, cuando se han propagado, resulta muy difícil desplazarlas.
En sus últimas obras, Le Bon describe a la masa como un rebaño servil que no puede existir sin líder, alguien con una fuerte personalidad, creencias muy definidas y poderosa voluntad.
Dio importancia a las religiones, considerándolas como los verdaderos ejes de las culturas. Creía que todo ser poseía un alma invisible, “el alma de las razas”, que se expresa en su vida, en las artes y en las instituciones, y sostenía que el progreso era algo incierto y las reformas, inútiles.
Fue un crítico implacable del socialismo y de su gran ilusión de igualdad, que para él constituía la base de esa teoría política. Fue ignorado o difamado por el academicismo científico francés durante toda su vida debido a sus puntos de vista políticamente conservadores y reaccionarios.
Gustave Le Bon falleció el 13 de diciembre de 1931 en Marnes-la-Coquette, Francia. Fue enterrado en el cementerio del Père-Lachaise.
Obras seleccionadas:
Les Lois psychologiques de l’évolution des peuples (Las leyes psicológicas de la evolución de los pueblos) (1894)
La psychologie des foules (1895) (La psicología de las masas, o La psicología de las multitudes, según las traducciones) (1896)
L’évolution de la matière (La evolución de la materia)
Masas: un estudio de la mentalidad popular (1897)
Psicología de las masas (1898)
Psicología de la revolución (1913)
Psicólogo francés
Considerado como uno de los fundadores de la psicología social.
Obras: La muchedumbre: un estudio de la mente popular…
Reconocido por: Sus obras sobre psicología de las masas
Área: Psicología social, Sociología, Física
Padres: Jean Marie Charles Le Bon y Annette Josephine Eugenic Tetiot Desmarlinais
Álias: Le Célèbre Docteur
Fotografía de finales del siglo XIX o principios del XX, del médico francés Charles Marie Gustave Le Bon (1841-1931), conocido como el Célebre Doctor, médico, etnólogo, sociólogo, físico, psicólogo social y escritor francés, quien fuera autor de la famosa obra Psicología de las masas, publicada en 1898, donde Le Bon aplica las teorías darwinianas a la psicología y la sociología.
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