DE LA ESCLAVITUD HUMANA O DE LA FUERZA DE LOS AFECTOS, por Baruch Spinoza (Ética, Capítulo 4, Prólogo): «Perfección e Imperfección; el Bien y el Mal»

DE LA ESCLAVITUD HUMANA O DE LA FUERZA DE LOS AFECTOS

 

DE LA ESCLAVITUD HUMANA O DE LA FUERZA DE LOS AFECTOS, por Baruch Spinoza

(Ética, Capítulo 4, Prólogo)

DE LA ESCLAVITUD HUMANA O DE LA FUERZA DE LOS AFECTOS

 

A la impotencia humana de moderar y reprimir los afectos le llamo esclavitud; pues el hombre que está sometido a los afectos, no se pertenece a sí mismo, sino a la fortuna, de cuya potestad depende de tal suerte que muy a menudo, aun viendo lo que le es mejor, se ve forzado a seguir lo peor.

 

PRÓLOGO

[a] A la impotencia humana de moderar y reprimir los afectos le llamo esclavitud; pues el hombre que está sometido a los afectos, no se pertenece a sí mismo, sino a la fortuna, de cuya potestad depende de tal suerte que muy a menudo, aun viendo lo que le es mejor, se ve forzado a seguir lo peor. En esta parte me he propuesto demostrar cuál es la causa de esto y qué tienen, además, de bueno o de malo los afectos.

Pero, antes de empezar, conviene decir algo acerca de la perfección y la imperfección, del bien y del mal.

 

 

[b] Quien se propuso hacer una cosa y la llevó a efecto, dirá que su cosa es perfecta, y no sólo él mismo, sino todo aquel que conoció exactamente o creyó haber conocido la mente y el objetivo del autor de aquella obra.

Por ejemplo, si uno ha visto una obra (que supongo no está todavía concluida) y ha sabido que el objetivo del autor de aquella obra es edificar una casa, dirá que la casa es imperfecta; y, por el contrario, dirá que es perfecta tan pronto haya visto que la obra ha alcanzado el fin que su autor se había propuesto darle.

En cambio, si uno ve una obra, a la que no había visto nunca otra semejante, y no ha conocido la mente del artífice, no podrá saber si la obra es perfecta o imperfecta. Y éstos parecen haber sido los primeros significados de estas palabras.

 

 

[c] Pero, después que los hombres comenzaron a formar ideas universales y a excogitar modelos de casas, edificios, torres, etc., у а preferir unos modelos a otros, ha resultado que cada cual ha llamado perfecto a aquello que veía que concordaba con la idea universal que él se había formado de esa cosa; e imperfecto, por el contrario, a aquello que veía que concordaba menos con el modelo por él concebido, aunque, según la opinión del artífice, estuviera perfectamente acabado.

Y no otra parece ser la razón de que los hombres también suelan llamar perfectas o imperfectas a las cosas naturales, que sin duda no fueron hechas por mano humana.

Pues, tanto de las cosas naturales como de las artificiales, suelen los hombres formar ideas universales, a las que tienen por modelos de las cosas; y creen que la Naturaleza (que, en su opinión, no actúa sino por algún fin) las contempla y se las propone como modelos.

Cuando ven, pues, que en la naturaleza sucede algo que concuerda menos con el modelo concebido que ellos tienen de tal cosa, creen que entonces la misma naturaleza ha fallado o pecado, y que ha dejado imperfecta aquella cosa.

Por eso vemos que los hombres han solido llamar perfectas o imperfectas a las cosas naturales, más por prejuicio que por verdadero conocimiento de ellas.

 

Los hombres han solido llamar perfectas o imperfectas a las cosas naturales, más por prejuicio que por verdadero conocimiento de ellas.

 

 

[d] En efecto, en el Apéndice de la primera parte hemos mostrado que la Naturaleza no obra por un fin, porque aquel ser eterno e infinito, que llamamos Dios o Naturaleza, actúa con la misma necesidad con que existe.

Pues hemos mostrado (1/16) que él actúa por la misma necesidad de la naturaleza por la que existe. La razón o causa por la que Dios o la Naturaleza actúa y por la que existe, es, pues, una y la misma.

Por tanto, así como no existe en virtud de ningún fin, tampoco actúa en virtud de ningún fin; y al revés, no tiene ni principio ni fin en su actuar, como tampoco lo tiene en su existir.

Por lo demás, la denominada causa final no es sino el apetito humano, en cuanto que es considerado como principio o causa primaria de alguna cosa.

 

La denominada causa final no es sino el apetito humano, en cuanto que es considerado como principio o causa primaria de alguna cosa.

Este apetito singular, el cual es en realidad una causa eficiente, que es considerada como primera porque los hombres suelen ignorar las causas de sus apetitos.

Los hombres son conscientes de sus acciones y apetitos, pero ignorantes de las causas por las que son determinados a apetecer algo.

 

Por ejemplo, cuando decimos que la causa final de esta o aquella casa ha sido el habitarla, no entendemos otra cosa sino que un hombre, por haber imaginado las comodidades de la vida doméstica, ha tenido el apetito de edificar una casa.

De ahí que el habitar, en cuanto que es considerado como causa final, no es más que este apetito singular, el cual es en realidad una causa eficiente, que es considerada como primera porque los hombres suelen ignorar las causas de sus apetitos.

Pues, como ya he dicho muchas veces, son conscientes de sus acciones y apetitos, pero ignorantes de las causas por las que son determinados a apetecer algo.

Por lo demás, el dicho vulgar, de que la Naturaleza falla o peca a veces y produce cosas imperfectas, lo incluyo entre las ficciones de las que he tratado en el Apéndice de la primera parte.

 

 

[e] Así, pues, la perfección y la imperfección son, en realidad, simples modos de pensar, es decir, nociones que solemos fingir, porque comparamos entre sí individuos de la misma especie o género.

 

La perfección y la imperfección son, en realidad, simples modos de pensar, es decir, nociones que solemos fingir, porque comparamos entre sí individuos de la misma especie o género.

 

Y por esto he dicho antes (2/d6) que por realidad o perfección yo entiendo lo mismo; pues solemos reducir todos los individuos de la Naturaleza a un solo género, al que se llama el más general, a saber, a la noción de ser, la cual pertenece absolutamente a todos los individuos de la Naturaleza.

Así, pues, en cuanto que reducimos los individuos de la Naturaleza a este género, y los comparamos unos con otros y comprobamos que unos tienen más entidad o realidad que otros, decimos que unos son más perfectos que otros; y, en cuanto que les atribuimos algo que implica negación, como término, fin, impotencia, etc., les llamamos imperfectos, porque no afectan a nuestra alma lo mismo que aquellos que llamamos perfectos, y no porque les falte algo que es suyo o porque la Naturaleza haya pecado.

Pues a la naturaleza de una cosa no pertenece nada más que aquello que se sigue de la necesidad de la naturaleza de la causa eficiente, y lo que se sigue de la necesidad de la causa eficiente, se produce necesariamente.

 

A la naturaleza de una cosa no pertenece nada más que aquello que se sigue de la necesidad de la naturaleza de la causa eficiente, y lo que se sigue de la necesidad de la causa eficiente, se produce necesariamente.

 

 

Por lo que se refiere al bien y al mal, tampoco ellos indican nada positivo en las cosas, es decir, consideradas en sí mismas, y no son más que modos de pensar o nociones que formamos porque comparamos las cosas entre sí.

Pues una y la misma cosa puede ser, al mismo tiempo, buena y mala, y también indiferente.

 

[f] Por lo que se refiere al bien y al mal, tampoco ellos indican nada positivo en las cosas, es decir, consideradas en sí mismas, y no son más que modos de pensar o nociones que formamos porque comparamos las cosas entre sí. Pues una y la misma cosa puede ser, al mismo tiempo, buena y mala, y también indiferente.

La música, por ejemplo, es buena para el melancólico y mala para el que está triste; en cambio, para el sordo no es ni buena ni mala. No obstante, aunque las cosas sean así, tenemos que conservar esas palabras.

Pues, como deseamos formarnos una idea del hombre como modelo de la naturaleza humana que tengamos a la vista, nos será útil conservar estas mismas palabras en el sentido que he dicho.

Por bien entenderé, pues, en lo que sigue, aquello que sabemos con certeza que es un medio para acercarnos cada vez más al modelo de naturaleza humana que nos proponemos.

Por mal, en cambio, aquello que sabemos con certeza que impide que reproduzcamos dicho modelo.

Diremos, además, que los hombres son más perfectos o imperfectos, en cuanto que se aproximen más o menos a este mismo modelo.

 

Por bien entenderé, pues, en lo que sigue, aquello que sabemos con certeza que es un medio para acercarnos cada vez más al modelo de naturaleza humana que nos proponemos.

Por mal, en cambio, aquello que sabemos con certeza que impide que reproduzcamos dicho modelo.

Diremos, además, que los hombres son más perfectos o imperfectos, en cuanto que se aproximen más o menos a este mismo modelo.

 

Porque hay que observar, en primer lugar, que, cuando digo que alguien pasa de menor a mayor perfección, y al revés, no entiendo que se cambie de una esencia o forma a otra pues un caballo, por ejemplo, se destruye lo mismo si se transforma en hombre o en insecto-; sino que concebimos que su potencia de obrar, en cuanto que ésta se entiende por su naturaleza, aumenta o disminuye.

Finalmente, por perfección en general entenderé, como he dicho, la realidad, esto es, la esencia de una cosa cualquiera, en cuanto que existe y obra de cierto modo, sin tener para nada en cuenta su duración.

Pues ninguna cosa singular se puede llamar más perfecta por el solo hecho de haber perseverado más tiempo en la existencia, ya que la duración de las cosas no se puede determinar por su esencia, puesto que la esencia de las cosas no implica ningún tiempo cierto y determinado de existir, sino que una cosa cualquiera, sea más perfecta o menos, siempre podrá perseverar en la existencia con la misma fuerza con que comenzó a existir, de tal suerte que en esto todas son iguales.

 

Por perfección en general entenderé la realidad, esto es, la esencia de una cosa cualquiera, en cuanto que existe y obra de cierto modo, sin tener para nada en cuenta su duración.

 

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DEFINICIONES

1. Por bien entenderé aquello que sabemos con certeza que nos es útil.

2. Por mal, en cambio, lo que sabemos con certeza que nos impide poseer algún bien.

Acerca de esto véase el prefacio anterior, hacia el final.

3. Llamo contingentes a las cosas singulares, en cuanto que, si atendemos a su sola esencia, no hallamos nada que ponga necesariamente su existencia o que necesariamente la excluya.

4. Llamo posibles a esas mismas cosas singulares, en cuanto que, si atendemos a las causas por las que deben ser producidas, no sabemos si están determinadas a producirlas.

En 1/33e1, no hice diferencia alguna entre lo posible y lo contingente, porque allí no era necesario distinguirlos con precisión.

5. Por afectos contrarios entenderé, a continuación, aquellos que arrastran al hombre en varias direcciones, aun cuando sean del mismo género, como la gula y la avaricia, que son especies del amor, y no son contrarios por naturaleza, sino por accidente.

6. Qué entiendo por afecto hacia una cosa futura, presente y pasada, lo he explicado en 3/18e1 y 3/18e2; véanse.

Pero aquí hay que observar, además, que no podemos imaginar distintamente, más que hasta cierto límite, la distancia del espacio, ni por lo mismo la del tiempo.

Es decir, así como todos aquellos objetos que distan de nosotros más de doscientos pies, o cuya distancia del lugar en que nosotros estamos, supera aquella que imaginamos distintamente, solemos imaginar que están a la misma distancia de nosotros, como si estuvieran en el mismo plano; así también los objetos, cuyo tiempo de existencia imaginamos que dista del presente un intervalo más largo que el que solemos imaginar distintamente, imaginamos que están todos ellos a igual distancia del presente y los referimos como a un solo momento del tiempo. 

 

7. Por fin, por el cual hacemos algo, entiendo el apetito

8. Por virtud y potencia entiendo lo mismo; es decir (por 3/7), la virtud, en cuanto que se refiere al hombre, es la misma esencia o naturaleza del hombre, en cuanto que tiene la potestad de hacer ciertas cosas que se pueden entender por las solas leyes de su propia naturaleza.

 

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AXIOMA

En la naturaleza real no se da ninguna cosa singular más poderosa y fuerte que la cual no se dé ninguna otra, sino que, dada una cualquiera, se da otra por la que la cosa dada puede ser destruida. 

 

 

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