Ignacio Varela, entrevista de Ricardo Cayuela (11 de Julio de 2026). «Pedro Sánchez está poniendo en peligro la democracia española»

Ignacio Varela

 

Oda a las clases trabajadoras

“La extinción de la clase media siempre coincide con la desaparición de la alegría y la cercanía de la oscuridad”

Por Jesús Ferrero

The Objective, 25 MAYO 2025

‘Los acuchilladores de parqué’ (1875), óleo sobre lienzo de Gustave Caillebotte. | Wikimedia Commons

 

La clase obrera y la clase media tenían una filosofía que le robaba ideas al cinismo, al realismo y al idealismo. Son clases que me vieron nacer y entre las que ha transcurrido toda mi vida, y se diferencian del lumpen, la alta burguesía y la nobleza porque no se ubican en los extremos y son más bien clases intermedias y mediadoras. 

El lumpen y la nobleza tienen la misma filosofía de la vida y de la muerte, como bien sabía Pasolini. Los bajos fondos y los altos son vasos comunicantes y ambos son más distantes con sus hijos que la clase obrera y la clase media, y los educan en la dureza.

Como para ellos es muy importante el personaje, sin el cual se sienten extremadamente desnudos, sus vidas están llenas de pequeñas mentiras tácticas, con las que van puliendo su figura. 

La nobleza y el lumpen tienen muy claro que el individuo es una construcción, una suerte de imagen severa que se va esculpiendo día a día. Hablar con ellos es renunciar a la transparencia, pero resulta provechoso si quieres conocer el arte de no nombrar nunca lo real.

 

 

De niño viví entre la clase obrera industrial y me impregné sin querer de su filosofía. A las familias obreras que conocí no les gustaba robar y juzgaban con severidad las corrupciones de los alcaldes y los patronos. Cuando se trataba de luchar por condiciones de trabajo dignas, algunos se jugaban la vida

Tenían un claro sentido de la elegancia cuando había que elegir un traje para algún acontecimiento, pero no se les veía demasiado preocupados por el personaje. No iban enfajados a todas partes, no iban amueblados como las señoras de la burguesía, y se permitían libertades con su cuerpo.

Georges Simenon llamaba a eso «el espíritu plebeyo» y le gustaba retratarlo en sus novelas.

Más de una vez observé en los obreros una conducta asombrosa: no les gustaba exhibir la inteligencia, como si creyeran que la inteligencia servía para arreglar una máquina pero no para lucirla en las ferias. En ese sentido, eran el grado cero de la frivolidad:

no conocían esa entelequia. 

 

 

Podían ser orgullosos en ciertos asuntos personales, pero había en ellos un fondo de modestia. Sentían por la cultura una veneración casi sagradajustamente porque les faltaba, y no se proyectaban en horizontes ilimitados.

Creían en el trabajo y en el progreso y levantaron Europa tras la Segunda Guerra Mundial.

Contaba Dalí que había traicionado a su clase, pues antes era de la burguesía y ahora pertenecía a la aristocracia. Mis padres hicieron lo mismo, si bien en un grado inferior, y con el despuntar de mi adolescencia cambiaron de clase social y nos fuimos a vivir a un barrio de la clase media. 

Antes nuestros vecinos eran soldadores, fresadores, mecánicos, y ahora eran arquitectos, médicos, abogados. Fue un cambio ventajoso: el piso era mucho más grande y el acceso a la cultura más fácil.

Ocurría además que en aquel entonces la clase media estaba llegando a su edad de oro y se hacía notar en todas partes.  

 

«La edad de la seguridad coincidió con la edad de oro de la clase media, y fue también la edad de la confianza»

 

 

Al igual que la clase obrera, la clase media creía en el esfuerzo y en el trabajo, y quería educar con dignidad y eficacia a sus hijos. Aspiraban a ser modernos; todo lo moderno ejercía sobre ellos una gran atracción y muy pronto empezaron a padecer la adicción al consumo. 

Sin darse cuenta desacralizaron la sociedad, sin darse cuenta fueron modificando la familia, y de un modo a menudo silencioso cambiaron el mundo y lo democratizaron. Aunque aún pesaba en ellos la religión, apostaron por el laicismo y se fueron descristianizando.

Pagaban religiosamente los impuestos ignorando que estaban financiando la democracia.

Los gobiernos que arruinan a la clase media nunca piensan (y si lo piensan aún sería más inquietante) que sin ella no hay democracia, y que como decía el Adriano de Marguerite Yourcenar, sin clase media no hay ni siquiera Estado, y hasta el Imperio romano se apoyó en ella en la época más floreciente de su historia. 

 

 

 

Cuando la clase media sucumbe, sucumbe todo, y especialmente sucumbe la mediación y se afilan los cuchillos. El declive de Grecia y Roma está en relación con el declive de las clases intermedias: lo mismo nos puede pasar a nosotros. 

Todos los gobiernos desde los años ochenta se han dedicado a esquilmar y a maltratar a la clase media, y el lector advertido tendría que preguntarse por qué, ¿por qué quieren aniquilar a la clase que permite que la sociedad sea una malla elástica y estable: un verdadero tejido social? 

La respuesta podría desvelar los secretos de la tiranía, el nepotismo, la mafia, la autocracia y la descomposición nuclear de los elementos fundamentales de la convivencialidad.

 

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Ignacio Varela entrevistado por Ricardo Cayuela: «Pedro Sánchez está poniendo en peligro la democracia española»

El analista, excolaborador de Felipe González, repasa en ‘Contrapuntos’ la crisis que atraviesa el sistema político español

Por Ricardo Cayuela Gally

The Objective, 11 JULIO 2026

Ignacio Varela
Ignacio Varela

 

Ignacio Varela es uno de los analistas políticos españoles con mayor experiencia y conocimiento de los entresijos del poder. Licenciado en Derecho, lleva más de cuatro décadas observando y participando en la política desde una posición poco habitual: la de quien ha conocido de cerca la toma de decisiones, la estrategia electoral y la relación entre los líderes y los equipos que los asesoran.

Trabajó en Moncloa durante la presidencia de Felipe González y, posteriormente, desarrolló una larga trayectoria como consultor y estratega de comunicación política, vinculado durante años al entorno socialista. Columnista de El Confidencial y colaborador habitual en radio y televisión, hoy mantiene una posición profundamente crítica con la evolución del PSOE y con el liderazgo de Pedro Sánchez.

 

 

PREGUNTA.- Me interesa mucho la perspectiva de alguien que ha estudiado el poder durante 40 años, tanto desde dentro como desde fuera. Creo que los ciudadanos no entendemos bien qué son esas «cocinas» de los partidos o de los Gobiernos. ¿Por qué no empezamos con una reflexión más general sobre la naturaleza del poder a partir de tu experiencia y luego entramos en la actualidad política?

RESPUESTA.– Es una pregunta muy amplia. En realidad, más que la naturaleza del poder, lo que he conocido son las distintas formas de vivirlo. Conocer el poder político desde dentro me ha hecho reflexionar mucho sobre un problema histórico de la democracia, de la democracia en general y también de la democracia española: los procedimientos de toma de decisiones.

Si repasas todos los Gobiernos españoles —yo creo que aquí esto se da con más intensidad que en otros lugares— y haces la lista de todos los errores, conflictos no buscados, problemas evitables… en fin, de lo que coloquialmente llamábamos «cagadas», y los radiografías desde el principio, en el 90% de los casos encontrarás un procedimiento desastroso en la toma de esa decisión.

Ni se consultó a quien había que consultar ni se recabó la información que había que recabar. Y, además, en demasiadas ocasiones —esto es inevitable, porque el factor humano, entendido como el factor irracional, pesa mucho más que los factores racionales— ocurre así.

A partir de ahí, es fundamental tener claro si el poder es un instrumento o si el poder es un fin en sí mismo. Creo que la frontera que separa a unos gobernantes de otros está entre quienes utilizan el poder al servicio de un proyecto y quienes consideran el poder como proyecto en sí mismo, es decir, quienes disfrutan del poder.

Lo más peligroso que hay cuando se está en el poder es disfrutar de él. Creo que es mucho más sano sufrir ejerciendo el poder que disfrutar ejerciéndolo. Eso es fundamental.

Y luego está la carga de responsabilidad de saber que estás tomando decisiones o haciendo cosas que potencialmente pueden cambiar la vida de millones de personas.

 

Emmanuel Macron quiere la guerra. Tiene un apoyo electoral escaso. La opción de la guerra, que será atómica, es la única opción para seguir como Presidente de Francia. En Alemania o España, pasa lo mismo. Nos llevan a la guerra, a la destrucción y a la muerte para conservar el poder (ellos no irán a morir; ellos serán enriquecidos por la guerra a la que llevan al mundo. Criminales y Corruptos gobernando estúpidos.

 

P.- Ese es el verdadero abismo de estar en el poder: utilizarlo para llevar adelante un proyecto o servirse del poder por el poder mismo. En ese sentido, ¿cómo era Felipe González? ¿Cuál es tu recuerdo de él como líder?

R.- Felipe González se pasó desde el primer día en que lo eligieron secretario general del PSOE intentando irse. Hizo no sé cuántos amagos. Estuvo 27 años de secretario general y casi 14 de presidente del Gobierno y cada cierto tiempo intentaba marcharse.

En el fondo, es un animal competitivo por naturaleza y sabe lo que es: un estratega. No es un táctico ni un teórico. Ante cualquier problema, reflexiona de manera estratégica. Incluso hoy, que está fuera de la política.

También tiene meridianamente claro que el poder es un instrumento al servicio de unos objetivos. Si quieres hacer los cambios en la sociedad que deseas o que consideras que debes hacer porque te has comprometido a ello, el instrumento es el poder y no hay otro.

Nunca ha abandonado esa concepción del poder como instrumento. Fue él quien metió en mi cabeza la idea de que los partidos políticos jamás son un fin en sí mismos, sino un instrumento. Por tanto, valen en la medida en que cumplen la función para la que fueron creados.

No son iglesias, no son centros de adhesión inquebrantable, ni siquiera son como un equipo de fútbol que, una vez elegido, es para toda la vida.

 

 

P.- Estamos sembrando inevitablemente las semillas de la actualidad, porque da la impresión de que ese retrato de Felipe González y del PSOE de su época es muy distinto del de Zapatero y del de Pedro Sánchez. ¿Cómo lees hoy a Zapatero? Entiendo que con Felipe González tuviste una relación de proximidad y de trabajo compartido.

R.- Con Felipe González tuve una relación muy larga, pero siempre profesional. No diría que soy un amigo personal; nunca hice nada que no fuera trabajar, aparte de conversar durante muchos años. Y conversar significaba, fundamentalmente, escucharlo.

Yo lo he definido en algún texto que he escrito como un individuo laico en lo ideológico. Detesta —hablemos en presente, porque sigue siendo así— toda concepción teológica o eclesiástica de la política.

 

 

P.- Un antídoto contra el fanatismo.

R.- Sobre todo contra la concepción eclesiástica de la política. Es absolutamente laico en lo ideológico y, al mismo tiempo, extremadamente inflexible en lo estratégico, en el núcleo del proyecto que esté realizando en cualquier momento.

De hecho, la mayor parte de los conflictos que ha tenido, conflictos que en ocasiones le llevaron a romper relaciones personales de muchos años o a poner en juego su propia posición de poder, obedecieron a la defensa de una posición estratégica.

En cambio, era extraordinariamente versátil en lo táctico o, como diría él, en lo instrumental. Yo jamás le he visto hacer una concesión estratégica, ni permitir que la hicieran sus colaboradores. Sin embargo, en el terreno instrumental repetía aquella famosa frase de Deng Xiaoping: «Qué más da que el gato sea blanco o negro; lo importante es que cace ratones».

 

 

P.- Ahí está la clave. ¿Y bajo qué parámetros situarías a Zapatero?

R.- Yo distinguiría dos etapas, porque creo que hay dos Zapateros: el presidente y el expresidente.

El presidente es el que introduce la cultura de la banalidad y liderazgos superficiales en la política española. El zapaterismo en una sola frase: la forma de tomar decisiones trascendentales por motivaciones superficiales.

 

P.- Es una afirmación bastante dura.

R.- Sí, pero creo que es exactamente así. Si investigáramos varias de las decisiones más trascendentales que tomó y analizáramos por qué y cómo se adoptaron, el resultado sería asombroso.

Y luego hay otra cuestión: el traje de presidente del Gobierno le venía varias tallas grande. Mientras el país atravesó la primera legislatura impulsado por la inercia económica, prácticamente iba solo, como si funcionara con piloto automático. Pero cuando la situación se puso seria de verdad…

 

P.- Ahí se notó su verdadera talla.

R.- Ahí se vio que estaba embutido en un traje que no era el suyo y fracasó rotundamente. Dicho esto, creo que entonces era un hombre bienintencionado. Y Pedro Sánchez es otro personaje.

 

Former Spanish Prime Minister Felipe Gonzalez, centre, hugs former Interior Ministry deputy Rafel Vera, left, as former Spanish Interior Minister Jose Luis Barrionuevo, right, waves Thursday Sept. 10 1998 outside the Guadalajara jail where Barrionuevo and Vera entered prison to start a 10-year sentence for a kidnapping linked to a dirty war against Basque separatists. (AP Photo/Ruben Mondelo)

 

P.- Pero antes decías que había dos Zapateros. El expresidente es muy distinto.

R.- Sí. Creo que en España jubilamos a los presidentes muy jóvenes, cuando todavía tienen mucha vida por delante. Y, sobre todo, un expresidente del Gobierno posee un activo extraordinario: su agenda. La agenda de un expresidente vale oro. Si estás dispuesto a ponerla en el mercado, tiene un valor inmenso, sobre todo si no tienes demasiados escrúpulos respecto a compradores y vendedores.

Creo que cuando Zapatero dejó el Gobierno, descubrió un mundo que probablemente desconocía: el del gran dinero, de los grandes intereses y del ámbito internacional.

 

P.- Y se zambulló en ese mundo.

R.- Zapatero es un hombre ideológicamente muy elemental. Para él, ser de izquierdas consiste, básicamente, en ser antiestadounidense. Es un hombre muy del 68. Descubrió el poderío chino y le produjo un mareo importante. Se fue introduciendo en un mundo que es incompatible con mi escala de valores.

 

José Luis Rodríguez Zapatero, a.k.a. ZP (l), President Nicolás Maduro of Venezuela (r)

 

P.- A mí lo que más me preocupa es el abismo al que llegó. Su neutralidad e imparcialidad en el caso venezolano legitimaron una dictadura de una manera terrible.

R.- Absolutamente. Cuando has sido un demócrata de verdad y, de repente, te ves actuando como operador de una de las mayores tiranías del planeta y apadrinando —o siendo apadrinado por, probablemente, ambas cosas a la vez— a los regímenes populistas y autoritarios de Latinoamérica, es el momento de hacer un alto en el camino.

Mi padre decía una frase que siempre me gustó mucho: «Cada cierto tiempo en la vida hay que pararse y sanear el entorno». Creo que Zapatero, en algún momento de estos 15 años desde que dejó el Gobierno, debería haber hecho precisamente eso: ver dónde se estaba metiendo y sanear el entorno. No lo ha hecho y probablemente ya ha llegado tarde.

Pase lo que pase con su futuro judicial, que no me corresponde a mí anticipar ni valorar, como figura política está destruido. La muerte civil ya está decretada y ya existe un veredicto social sobre Zapatero, uno inapelable.

 

 

P.- En el caso de Pedro Sánchez, para completar el recorrido por los tres grandes líderes del PSOE, ¿qué diagnóstico haces?

R.- Pedro Sánchez es la antítesis de lo que he dicho sobre Felipe González. Sin ser un profesional de la salud mental, no puedo decir que esté loco, pero sí creo que presenta un claro trastorno narcisista de la personalidad.

Eso explica y domina toda su trayectoria. Tiene, sobre todo, una vivencia profundamente desviada del poder. Es un hombre entregado al uso y disfrute del poder como un fin en sí mismo.

Y, a partir de ahí, todo lo demás pasa a ser accidental. El problema consiste en confundir lo instrumental con lo sustancial. Entonces los proyectos políticos, las ideologías, las alianzas… Todo eso es adjetivo. Lo único sustantivo es el uso y disfrute del poder.

Si te sitúas en esa posición ante la vida y, además, tienes un trastorno narcisista de la personalidad, caracterizado no por la pérdida de contacto con la realidad, sino por la conversión de uno en la única realidad, entonces se interpreta, vive y procesa el entorno exclusivamente en función de lo que significa para sí.

 

P.- Ese sería el motor interno que explica su forma de actuar. Pero, al mismo tiempo, es el presidente del Gobierno. ¿Qué valoración haces de su acción de gobierno? ¿Por qué eres tan crítico con ella?

R.- Porque creo que está poniendo en peligro la democracia española. Y te explico por qué: quienes construyeron nuestro sistema político estaban completamente obsesionados con la historia de España de los siglos XIX y XX. Yo estaba allí; era muy joven, pero ya trabajaba con Gregorio Peces-Barba en la ponencia constitucional.

Su gran obsesión era que aquello no volviera a repetirse. Tenían muy presente esa idea de Salvador de Madariaga de que España no había vivido una guerra civil de tres años, sino una guerra civil de 150.

 

 

P.- Y había que poner fin a esa historia.

R.- Exactamente. Para ellos, la Constitución era, fundamentalmente, el acta de paz de esa guerra civil de siglo y medio.

Por eso construyeron un entramado jurídico e institucional en el que, para acometer cualquier gran reforma estructural, era imprescindible activar dos mecanismos: la concertación política transversal y la lealtad institucional.

Y eso vale para todo: para la reforma constitucional, para un pacto educativo que dé estabilidad al sistema, para la reforma del sistema energético, para la reforma de la Administración pública…

Podría citarte diez grandes reformas pendientes desde hace más de una década. Lo diseñaron de tal manera que, o activas esos mecanismos de concertación política transversal y garantizas la lealtad entre las instituciones, o el sistema se bloquea. No avanza.

¿Qué ocurre? Que si aplicas un modelo de acción política basado precisamente en dinamitar ambos pilares —el frentismo político y la deslealtad institucional—, el país se atasca.

A partir de ahí, comienza un proceso de degradación de la vida pública.

Ese es, a mi juicio, el proceso que hemos vivido desde hace ocho años, un proceso de decadencia para España, donde todo deriva de ese modelo político en el que ha terminado convirtiéndose lo que llamamos sanchismo, que es bastante más que la propia persona de Pedro Sánchez.

 

 

P.- Explica eso, porque es interesante.

R.- Para mí, el sanchismo se ha convertido en una operación de asalto al Estado desde un partido político, utilizando el Gobierno como instrumento. Tú lo vas a entender muy bien por venir de donde vienes.

 

P.- Es la historia del final de muchas democracias en América Latina, empezando por la mexicana.

R.- Acabo de describir el peronismo, el kirchnerismo o el priismo.

 

P.- Y el ascenso de Chávez, seguido por Maduro.

R.- Exactamente. Es cuando un partido político —o, en este caso, una coalición de partidos— trata de asaltar todas las estructuras del Estado, utilizando para ello el poder del Gobierno.

 

P.- Un poder mucho mayor de lo que la gente imagina.

R.- Si a eso le añades la introducción del principio plebiscitario por encima del representativo, el resultado es muy preocupante.

El principio plebiscitario es el que más democracias ha destruido a lo largo de la historia. Yo no conozco ninguna experiencia plebiscitaria que no haya terminado en dictadura o en catástrofe.

 

P.- Empezando por la Atenas clásica.

R.- Por supuesto. Todo eso corroe el sistema democrático.

Empiezan a normalizarse determinadas prácticas y a desplazarse lo que Felipe González llama «los fundamentos del sistema», es decir, los cimientos políticos. Llega un día en que el edificio se viene abajo y la gente se pregunta qué ha pasado.

 

 

P.- Las termitas llevaban mucho tiempo comiéndose la madera sin que nos diéramos cuenta.

R.- Exactamente. Esa es la obra de Pedro Sánchez.

 

P.- Es una descripción muy dura. Sin embargo, hay una continuidad con Zapatero. Creo que todo empieza con la idea de polarizar la sociedad, de romper los consensos de la Transición y construir un frente. Pero tengo la impresión de que Zapatero no llegó a las cloacas ni a la guerra sucia. Ahí es donde Pedro Sánchez da el verdadero salto al abismo. ¿Compartes esa lectura?

R.- No exactamente. Primero, porque se han construido muchas interpretaciones sobre frases atribuidas a unos y a otros.

Por ejemplo, a Alfonso Guerra se le atribuye siempre aquello de «el que se mueve no sale en la foto».

 

P.- Frase que viene de México, de Fidel Velázquez.

R.- Exacto. Pues Alfonso Guerra ha dicho muchas cosas en su vida, algunas muy sensatas y otras no tanto, pero esa frase nunca la dijo.

Y con Zapatero ha ocurrido algo parecido. Se ha construido toda una teoría a partir de una frase que dijo en una conversación con Iñaki Gabilondo: «Nos conviene la tensión».

Voy a contar aquí por primera vez el origen de esa frase. Estábamos en plena campaña electoral y esa expresión salió de un informe estratégico que redacté yo mismo. Yo abogaba por introducir tensión en el discurso de campaña, no tensión en la política española.

El objetivo de aquella campaña —la de 2008— era maximizar la participación. Todos los estudios nos decían que, para ganar con holgura, necesitábamos una participación muy alta. Así que el razonamiento era puramente táctico: había que tensionar al posible abstencionista para movilizarlo.

 

«Para mí, el sanchismo ha terminado convirtiéndose en una operación de asalto al Estado desde un partido político, utilizando el Gobierno como instrumento»

 

P.- Para que fuera a votar.

R.- Exactamente. De hecho, el lema de aquella campaña fue «Vota con todas tus fuerzas». Ni siquiera decía «Vota PSOE». Era una campaña concebida para estimular la participación.

Luego Zapatero comentó esa idea con Gabilondo y, a partir de ahí, se construyó toda una teoría. Yo sigo pensando que Zapatero fue, sencillamente, un gobernante banal.

 

P.- Y al que el cargo le quedó grande.

R.- Sí. Aun con todo, creo que en su primera legislatura hubo logros importantes. La Ley de Igualdad, por ejemplo, en materia de derechos civiles hizo un trabajo bastante decente. También creo que hay que reconocer el trabajo realizado, sobre todo de la mano de Alfredo Pérez Rubalcaba, en la lucha contra el terrorismo.

El problema llegó cuando la economía se descontroló. Ahí el cargo le vino grande y no fue capaz de gestionar aquella situación. A eso hay que añadirle una diferencia fundamental con Pedro Sánchez: A Zapatero no le importaba rodearse de gente mejor que él.

 

 

P.- Parecería que Pedro Sánchez lo tiene prohibido.

R.- Basta con mirar los equipos de Zapatero: Pedro Solbes, Teresa Fernández de la Vega, Alfredo Pérez RubalcabaSus principales ministros y vicepresidentes eran, políticamente, mejores que él.

En cambio, si Pedro Sánchez mide políticamente un metro cincuenta, cualquiera que mida un metro cincuenta y dos pasa automáticamente a ser un peligro.

 

P.- Vayamos a una decisión concreta de este Gobierno. Has dicho que lo más grave de esta legislatura es la ley de amnistía, aunque haya quedado parcialmente eclipsada por los casos de corrupción. ¿Por qué la consideras tan grave?

R.- El problema de Pedro Sánchez es que, como su único objetivo es conquistar y mantenerse en el poder durante el mayor tiempo posible, acabó comprando una idea que originalmente no era suya, sino de Pablo Iglesias.

La idea era muy sencilla: si consigues construir una alianza estable entre la izquierda y los nacionalismos, puedes permanecer dos décadas en el poder. Dada la sociología electoral española de entonces, hay que reconocer que no era una idea descabellada.

 

El Fascismo del Siglo XXI. O el del «Reich de los mil años»

 

P.- Esa estrategia tenía tristemente una lógica electoral.

R.- La tenía. Había un fundamento. Lo que ocurre es que las sociedades cambian. Pero en su momento, Pablo Iglesias lo entendió enseguida.

Vino a decirle a Pedro Sánchez: «¿Para qué pactar con Ciudadanos, que te va a traicionar en dos años? Si quieres permanecer 20 años en el poder, te explico la fórmula».

Y lo hizo. Por eso Pedro Sánchez llega al poder apoyado por una confederación de fuerzas políticas que, como mínimo, son extraconstitucionales y, en algunos casos, abiertamente anticonstitucionales.

 

P.- Que, además, terminan condicionando al propio PSOE.

R.- Más que condicionarlo, lo contagian. La pregunta es: en estos años, ¿se ha socialdemocratizado Podemos o se ha podemizado el PSOE?

 

 

P.- Claramente se ha podemizado el PSOE. Yo diría incluso que ya es un partido populista.

R.- Sí, claramente es un partido populista. Y creo que el punto definitivo de esa transformación llega tras las elecciones de 2023.

A partir de ahí, además de populista, empieza a ser un partido destituyente, convirtiendo la Constitución en un obstáculo.

Eso hace que mantengas una relación conflictiva con el principio de legalidad, permitiendo que reaparezcan viejas raíces ideológicas.

En el momento en que asumes la teoría del uso alternativo del Derecho —que, como sabes, está detrás de buena parte de los totalitarismos del siglo XX—, tu relación con la legalidad constitucional deja de ser discutible y se convierte en un problema de fondo.

 

Giovanni Gentile (1875-1944). fue un filósofo, pedagogo y político italiano. Fue ministro de Instrucción Pública del régimen fascista italiano.

 

P.- Ahí están Carl Schmitt en el nazismo o Giovanni Gentile en el fascismo italiano.

R.- Exactamente. Por eso insisto tanto en la ley de amnistía.

Lo que caracteriza a esta legislatura es que nació agotada desde el primer día. Solo tenía dos objetivos: investir presidente a Pedro Sánchez después de perder las elecciones y aprobar la ley de amnistía, condición exigida para lograr esa investidura.

Una vez cumplidos esos dos objetivos, la legislatura se quedó completamente vacía.

 

«Creo que la frontera que separa a unos gobernantes de otros está entre quienes utilizan el poder al servicio de un proyecto y quienes tienen como proyecto el poder mismo»

 

P.- Y se ve en que ni siquiera puede aprobar unos Presupuestos.

R.- No puede aprobar unos Presupuestos, no puede sacar adelante ninguna gran reforma, no puede hacer prácticamente nada. Llega un momento en que el propio Parlamento se convierte en un estorbo, que además hoy es rigurosamente inútil para una democracia parlamentaria.

 

P.- Se gobierna mediante decretos ley y se fuerzan las propias reglas parlamentarias.

R.- Lo de gobernar por decreto era ya característico de la legislatura anterior.

Ahora ni siquiera eso, porque los decretos ley tienen que convalidarse a los 30 días y muchas veces ni siquiera logran esa convalidación.

El Parlamento actual es incapaz de sostener un Gobierno, sea de Pedro Sánchez o de Alberto Núñez Feijóo.

Es incapaz de legislar. La producción legislativa de esta legislatura es un auténtico páramo. Aprobó la ley de amnistía y poco más. También es incapaz de controlar eficazmente al Gobierno, entre otras cosas porque apenas existe acción de gobierno y, además, porque el Ejecutivo evita sistemáticamente el control parlamentario.

Por eso digo que el problema ya no es solo sustituir al Gobierno, sino al Parlamento. Y para eso solo hay una forma: votando.

Los partidos están empeñados en buscar soluciones dentro de la propia superestructura política —una moción de censura, una cuestión de confianza…—, pero el problema no es ese.

Estamos en una democracia parlamentaria y el corazón del sistema es el Parlamento. Si falla el corazón, lo que hace falta es un trasplante. Y ese trasplante consiste en elegir un nuevo Parlamento.

 

 

P.- La potestad para convocar elecciones es del presidente del Gobierno y, evidentemente, no va a hacerlo porque no le conviene. Quiero hacerte ahora tres preguntas enlazadas. La primera: ¿por qué el votante socialista es tan fiel a las siglas del PSOE? Aunque el partido haya sufrido un desgaste evidente, lo vemos en el poder territorial y también en la mayoría de las encuestas…

R.- Bueno, en una serie de encuestas.

 

P.- … aun así, mantiene un suelo electoral muy sólido.

R.- Hablemos de encuestas en sentido estricto. Una encuesta consiste en hacer unas preguntas a una muestra de población, obtener unos resultados y difundirlos. Si primero decides cuál debe ser el resultado y luego haces la encuesta… Eso es lo que hace Tezanos. Le dicen el resultado y él construye la encuesta. Pero eso ya no es una encuesta: es otra cosa.

 

P.- Pero, aun descontando eso, el PSOE sigue teniendo un suelo electoral muy alto. ¿A qué responde?

R.- Creo que hay bastante fantasía al respecto y poca atención a los datos, al menos en este caso. Es verdad que el PSOE es el único partido que, durante toda la democracia, nunca ha bajado del 20% de los votos. Eso es cierto.

Hay razones históricas, culturales e incluso sociológicas que ayudan a explicarlo. Recuerdo una conversación con un dirigente socialista, mucho más antisanchista que yo, una semana antes de unas elecciones. Después de media hora desahogándose y criticando duramente al Gobierno de Sánchez, le pregunté a quién votaría y me respondió que al PSOE.

Le pedí que me lo explicara y me contestó lo siguiente: «Es que, si eres católico, aunque no te guste el Papa, sigues yendo a misa». Yo le respondí: «Desde una concepción eclesiástica de la política lo entiendo; el problema es que yo soy laico».

Existe, efectivamente, una concepción casi teológica de la política. Hay una marca de cuatro letras que arrastra una enorme carga histórica.

Hay que tener en cuenta que, al hablar de esa fidelidad, lo hacemos sobre todo refiriéndonos a personas de más de 50 años. Y es muy difícil pedirle a alguien de esa edad que reniegue de su vida.

 

 

P.- Como si sintieran que están traicionando una parte de sí mismos, traicionando sus ideales.

R.- Muchos lo viven así, pero más que traicionar sus ideales, es más su propia biografía y existencia. Renegar de su biografía es uno de los ejercicios más dolorosos que se pueden hacer.

Dicho eso, tampoco hay que mitificar la historia.

Te pongo un ejemplo. En el año 2000, cuando el PP obtuvo su primera mayoría absoluta con José María Aznar, el candidato del PSOE era Joaquín Almunia, que, aunque es amigo mío, no es precisamente un líder de masas. Pues bien, en aquellas elecciones Almunia obtuvo en España un 35% de los votos.

 

«Empiezas deteriorando el funcionamiento de las instituciones… Pero un día te levantas, abres el grifo y no sale agua»

 

 

P.- Un porcentaje hoy casi inconcebible.

R.- Un porcentaje al que Pedro Sánchez nunca se ha acercado.

De hecho, de las 16 elecciones generales celebradas en democracia, Pedro Sánchez firma los cinco peores resultados del PSOE.

 

P.- Y la tendencia sigue siendo descendente.

R.- Exactamente. Incluso Rubalcaba en su peor momento o Almunia superaron con creces los resultados de Pedro Sánchez.

Y hay otro dato muy significativo: en las elecciones de 2000, Joaquín Almunia obtuvo un 44% de los votos andaluces.

Joaquín Almunia, no Felipe González ni Alfonso Guerra.

 

P.- Y hoy el PSOE está en torno al 20%.

R.- Exactamente. Por eso digo que no conviene mitificar ese supuesto voto cautivo. Es verdad que el PSOE tiene un suelo electoral y que, mientras siga llamándose PSOE, es difícil imaginar que a corto plazo baje del 20%.

 

 

P.- Entre otras cosas, porque gobernar también da ventajas.

R.- Sí, pero, sobre todo, porque existe un voto inercial. A mí me gusta, cuando hacemos encuestas, ponerme los cascos y escuchar algunas entrevistas.

Recuerdo una realizada en Andalucía.

La encuestadora preguntó a una señora de Sevilla que a qué partido pensaba votar en las próximas elecciones autonómicas, «al de Felipe González».

La entrevistadora insistió, recordándole que Felipe González ya no era candidato.

La señora la cortó, diciéndole: «No me cuente historias. Llevo toda la vida votando al partido de Felipe González y así me voy a morir».

Ante la pregunta de si conocía al candidato: «No, ni me interesa».

Ese fenómeno existe. Pero, dicho eso, también ha habido oscilaciones electorales enormes. El PSOE llegó a perder cuatro millones de votos de unas elecciones a otras.

En 2011, en plena crisis económica, dos millones y medio de personas que habían votado a Zapatero en 2008 votaron después a Rajoy. ¿Se habían hecho de derechas? No.

Ellos mismos lo explicaban de una forma casi prepolítica: «Tenemos un problema gravísimo: la crisis económica. Este señor lo ha intentado y ha fracasado. Vamos a darle una oportunidad al otro».

 

P.- Un voto profundamente pragmático.

R.- Exactamente. Como en el Reino Unido, donde millones de personas alternan su voto entre laboristas y conservadores en función de cómo perciben la realidad.

 

 

P.- Dejando a un lado ese voto tan estable, ¿qué peso tiene el voto vinculado al poder, altos cargos, asesores, grupos de interés? ¿Es significativo?

R.- No especialmente.

 

P.- ¿Y ese voto oscilante del centro, el que decide las elecciones del Reino Unido, de cuántas personas hablamos en España?

R.- Depende mucho del momento político, pero la gran frontera está en el espacio central.

Los grandes cambios de mayoría siempre se producen cuando entre los dos grandes partidos se desplazan uno o dos millones de votantes. Fíjate: acabamos de conocer varias encuestas que sitúan al PSOE entre el 25% y el 26% de los votos.

 

P.- Muchas de ellas le dejan incluso por debajo de los cien diputados.

R.- Bueno, eso de los diputados ya no es un dato de la encuesta, sino una proyección. Con una encuesta de mil entrevistas puede haber provincias en las que no se haya entrevistado a nadie. Es una estimación con fundamento, pero no es el resultado directo de la encuesta.

Lo relevante es otra cosa. El PSOE obtuvo en 2023 el 31,7% de los votos. Si ahora está entre el 25% y el 26%, ha perdido cinco o seis puntos.

Traducido a votos, eso significa aproximadamente entre un millón y un millón y medio de personas. Y, sin embargo, hay quien dice: «Qué bien aguanta».

En cualquier democracia consolidada, perder cinco, seis o siete puntos de una elección a otra es una auténtica catástrofe, sobre todo si esa pérdida implica un riesgo real de perder el Gobierno.

Lo que ocurre es que seguimos teniendo en la cabeza casos como la desaparición de la UCD o de Ciudadanos. Como ya no vemos partidos que implosionen y desaparezcan en seis meses, cualquier otra caída nos parece poca cosa.

 

LAS QUERIDAS EN ESPAÑA, SU RETRIBUCIÓN EN ESPECIE SIN GRANDES CAMBIOS: De la cama al estanco (EN EL FRANQUISMO); del burdel a la Alta dirección del Estado (con el RÉGIMEN DEL 78). «Nada cambia, todo permanece» (Peter San)

 

P.- Entiendo. Es mucho más grave de lo que suele percibir la opinión pública. Déjame terminar con dos cuestiones. La primera: ¿cuál crees que es hoy la estrategia de Pedro Sánchez? Y la segunda, que dejaremos para después, ¿hasta dónde llega realmente el problema de las cloacas del Estado?

R.- Electoralmente, creo que ya te he adelantado la respuesta. La principal estrategia de Pedro Sánchez consiste en electrificar la frontera con el Partido Popular y que nadie pueda cruzarla.

Él sabe que, si esa frontera se abre, el trasvase de votos le será masivamente desfavorable.

Por eso intenta elevar al máximo, hasta el paroxismo si es necesario, el coste emocional de cruzarla. Se trata de disuadir a los votantes y blindar esa frontera.

Ese es el famoso «muro» donde, a mi juicio, se empieza a cuestionar la propia lógica democrática, porque lo que está consiguiendo es que, para una parte muy importante de la población española, la mera posibilidad de una alternancia democrática en el poder se viva como un hecho traumático e insoportable.

 

P.- Y eso tiene consecuencias muy profundas.

R.- Y, para la otra mitad, la no alternancia resulta igualmente traumática e insoportable.

Al final, conviertes un mecanismo absolutamente normal en una democracia —la alternancia en el poder como consecuencia del castigo a un mal Gobierno— en un fenómeno traumático para toda la sociedad.

 

 

P.- ¿Crees que, además, existe una estrategia implícita detrás del llamado «voto de los nietos», o piensas que eso no tiene fundamento?

R.- Sobre eso he escrito bastante. A ver, yo veo a Sánchez capaz de intentar dar un pucherazo, pero no puede.

Lo he explicado con detalle: una de las poquísimas instituciones en las que todavía podemos confiar plenamente en España es la limpieza de los procesos electorales.

Además, nunca he entendido por qué se da por supuesto que todas las personas que puedan votar gracias a la Ley de Memoria Democrática o a la llamada ley de nietos vayan a votar al mismo partido.

 

Nunca he entendido por qué se da por supuesto que todas las personas que puedan votar gracias a la Ley de Memoria Democrática o a la llamada ley de nietos vayan a votar al mismo partido.

 

P.- Sobre todo cuando muchos proceden de países que han sufrido regresiones autoritarias, como Venezuela o México. Resulta difícil pensar que vayan a apoyar precisamente a quienes perciben como próximos a ese modelo.

R.- Exactamente. La experiencia demuestra que el voto del CERA, el censo de residentes ausentes, donde se incorporarían muchos de esos nuevos electores, nunca ha superado el 10% de participación.

Es decir, tiene alrededor de un 90% de abstención. En 50 años de democracia hemos celebrado 16 elecciones generales y se han elegido aproximadamente 5.700 diputados.

Pues bien, el voto de los residentes ausentes solo ha modificado el resultado de diez escaños de 5.700. Y nunca ha cambiado el resultado político de unas elecciones.

 

 

P.- Volvamos entonces a la estrategia de Pedro Sánchez y a ese intento de hacer infranqueable el muro entre bloques. Y déjame preguntarte por la segunda cuestión: las llamadas cloacas del Estado. ¿La situación es tan grave como sugieren las informaciones que estamos conociendo?

R.- Sí, creo que es grave porque el problema no es un hecho aislado, sino generalizado. En realidad, casi nada de lo que estamos viendo ocurre por primera vez. Lo que sucede es que nunca había ocurrido todo al mismo tiempo.

Hay quien dice: «Es la primera vez que pasa esto en la Guardia Civil».

No. Ahí está el caso Roldán, por ejemplo. Muchas de estas cosas ya habían sucedido antes.

Lo nuevo es la acumulación, que deriva de una idea previa: cuando la ley deje de ser un límite y pase a considerarse algo accidental para todo.

En todos los casos de corrupción que he conocido a lo largo de mi vida hay un elemento común: la sensación de impunidad.

Quien delinque está convencido de que tiene paraguas, de que está protegido y de que no le puede pasar nada.

 

«Los sistemas intelectuales cerrados creen todo lo que pueden probar y pueden probar todo lo que creen»

 

P.- En el caso de Zapatero eso parece muy evidente.

R.- Clarísimo. A mí me sorprende el grado de confianza con el que ha actuado.

Se suele citar a Gerhard Schröder o a Tony Blair, que también trabajaron después para grandes intereses internacionales. ¿Pero qué hicieron ellos?

En primer lugar, desaparecieron de su política doméstica. Se hicieron prácticamente invisibles. Lo que no puedes hacer es ser, al mismo tiempo, lobista internacional, agitador político en tu propio país, patrocinador de determinados regímenes y/o actuar en nombre de intereses extranjeros.

Eso es incompatible. Y, además, permitirte el lujo de tener una joyería en el despacho…

 

 

P.- Algo no estaba bien pensado.

R.- Lo que estaba mal pensado era creer que nunca iba a ocurrirle nada. Esa convicción de impunidad: «A mí no me puede pasar nada. Estoy protegido».

Hay una reflexión de Enrique Tierno Galván que decía que «gobernar consiste en que, cuando abras el grifo, salga agua».

Es una definición magnífica. Empiezas deteriorando el funcionamiento de las instituciones y mucha gente piensa que eso no le afecta. Después empiezas a degradar los procedimientos legislativos y también parece algo lejano.

Más tarde llega la corrupción y muchos reaccionan diciendo: «Bueno, todos los políticos son corruptos».

Pero un día te levantas, abres el grifo y no sale agua.

 

 

P.- O no puedes volver a casa porque el tren se ha quedado parado.

R.- O tu familia muere en un accidente ferroviario. O empiezan a fallar los servicios públicos. Entonces la sociedad se indigna.

Y ahí es donde quienes nos dedicamos a analizar estas cuestiones tenemos la obligación de explicar que eso no ocurre por casualidad. Que el hecho de que no salga agua del grifo es consecuencia de todo lo anterior.

 

P.- El resultado de ese deterioro acumulado. Quiero terminar con una nota de optimismo, aunque sea para que me la rebatas. Pienso, por ejemplo, en México, donde el deterioro democrático ha sido evidente. Sin embargo, creo que en España existen contrapesos que allí no existían o no tuvieron la misma fuerza: los jueces, los fiscales, la Policía, las unidades de investigación… En ese sentido, soy relativamente optimista. Creo que el sistema, pese a tener un factor profundamente perturbador al frente del Gobierno, acabará resistiendo. ¿Cuál es tu pronóstico?

R.- Antes déjame añadir un dato electoral que me parece muy importante. Desde 2015 hasta 2023 hemos vivido una política de bloques prácticamente empatados. Si sumabas el bloque de la derecha y el de la izquierda, la diferencia era mínima.

Entre 2023 y 2026, en cambio, se ha abierto una brecha de más de 15 puntos a favor del bloque de la derecha, aproximadamente tres millones de votos. Eso ya no son movimientos normales; son auténticos movimientos geológicos del electorado.

Y, respecto a tu pregunta, sí: creo que el Estado ha demostrado que sabe defenderse.

 

P.- Que es más fuerte de lo que muchas veces pensamos.

R.- Exactamente. El gran error del independentismo catalán en 2017 fue confundir un Gobierno débil con un Estado débil.

Y descubrieron que el Gobierno podía ser débil, pero el Estado no lo era, y reaccionó para defenderse.

 

 

P.- ¿Y eso mismo le está ocurriendo ahora a Pedro Sánchez?

R.- Creo que sí. Lo estamos viendo, por ejemplo, en la respuesta del poder judicial.

Además, hay dos tipos de polarización.

Una nace de sociedades previamente fracturadas, como ocurrió en la España de los años treinta o en Irlanda del Norte.

La otra es una polarización de laboratorio: la que se diseña desde la política y luego se intenta inocular a la sociedad. Esa es, precisamente, la polarización española.

 

P.- Pero todavía no ha penetrado del todo en la sociedad.

R.- Yo creo que no ha entrado. Creo que la sociedad española, en términos de convivencia, es mucho mejor.

 

P.- Vamos a quedarnos entonces con esa idea: que el Estado va a resistir y que la polarización no ha permeado.

R.- Exactamente. Creo que esa es la garantía. Y además estamos en un país de la Unión Europea.

Yo no creo que España sea hoy una autocracia. Sería una injusticia decirlo, pero sí digo que el Partido Socialista, internamente, funciona como una.

Todos los diques democráticos internos han sido borrados, pero la gran defensa de la democracia española hoy son tres elementos: la Unión Europea, el jefe del Estado y el poder judicial.

 

P.- Quizá habría que añadir también a los medios de comunicación.

R.- Y la prensa libre, por supuesto.

 

 

P.- Como estratega que has sido y como analista político, ¿qué ves de aquí a marzo de 2027, fecha en la que previsiblemente se celebrarían las próximas elecciones?

R.- Vamos a ver un aumento exponencial de la polarización; cosas feas, mucho más feas de lo que hemos visto hasta ahora en términos de quiebra política.

Pedro Sánchez es muy capaz de llevar la situación muy lejos.

Antes hablábamos de la Unión Europea.

Pedro Sánchez está gobernando un país de la Unión Europea. Si estuviera gobernando una república centroafricana, tendríamos a Daniel Ortega.

Creo que puede llegar a crear situaciones muy próximas a una crisis institucional, incluso a una crisis constitucional entre el Ejecutivo y el Judicial, especialmente si el curso de la justicia llegara a afectarle personalmente, algo que no se puede asegurar ni descartar.

Creo que podemos llegar a unas elecciones no ya bipolares, sino existenciales, de choque existencial. Fíjate que no descarto incluso que se formen candidaturas de Frente Popular en el Senado.

 

 

P.- Entendiendo Frente Popular como una alianza amplia de fuerzas.

R.- Exactamente. En el Senado, porque en el Congreso sería distinto.

Creo que estos meses van a ser políticamente tensos. No hablo de violencia física, sino que las elecciones se pueden celebrar en un clima de crispación extraordinario.

Veremos cómo evoluciona el frente judicial, pero creo que el Gobierno va a sufrir mucho en ese terreno.

Y creo que llegaremos a las elecciones con un escenario en el que el resultado político más previsible será un Gobierno del Partido Popular con varios ministros de Vox, es decir, un Gobierno de coalición, porque ahora mismo es aritméticamente imposible que Pedro Sánchez consiga 176 votos para una investidura.

Pero también es aritméticamente imposible que Feijóo consiga escaños suficientes para gobernar en solitario. Por tanto, lo que hemos visto en cuatro comunidades autónomas lo veremos probablemente en muchas otras, salvo en aquellas donde el voto nacionalista tenga un peso determinante.

Esa es la realidad electoral en este momento.

Y de ahí sale lo que ya hemos visto: Gobiernos del Partido Popular con ministros de Vox. Y, desgraciadamente, eso puede conducirnos a una situación de polarización invertida.

Porque es muy probable que Pedro Sánchez, que tiene garantizada la Secretaría General del PSOE hasta finales de 2028, intente reconstruir la coalición Frankenstein como una coalición de oposición de tierra quemada, con la esperanza de que 2030 o 2031 no sea el punto hasta donde quiere llegar, sino el día del retorno.

 

P.- Interesante, preocupante y muy lúcido, como no podía ser de otra manera viniendo de ti. Para mí ha sido una conversación muy esclarecedora.

R.- Al final, tengámoslo claro, todo está en manos de los ciudadanos, no de los políticos. No esperemos nada de los políticos, por favor: ni del Parlamento, ni de los partidos, ni de las mociones de censura.

 

 

P.- A la hora de votar, seamos inteligentes. Hay una pregunta que suelo hacer al margen del ciclo normal de la conversación. Pido a mis invitados que me ayuden a construir una biblioteca colectiva y que recomienden un libro que la audiencia no pueda pasar por la vida sin haber leído. ¿Cuál sería tu contribución?

R.- Mira, voy a decir un libro que no es necesariamente el mejor que he leído, pero sí el que más me ha impresionado por cuándo lo leí: la autobiografía de Arthur Koestler.

Es un libro que, por el momento en que lo leí y, sobre todo, por una parte concreta —uno de los volúmenes de esa autobiografía—, me impresionó mucho. Habla de los sistemas intelectuales cerrados: del marxismo, del psicoanálisis, del cristianismo.

Y tiene una frase de una brillantez extraordinaria: «Los sistemas intelectuales cerrados creen todo lo que pueden probar y pueden probar todo lo que creen».

 

P.- Nos quedamos entonces con ese gigante intelectual que es Arthur Koestler. A mí me gusta mucho su novela El cero y el infinito, sus memorias de la caída de París, Escoria de la tierra. Y vamos a entrar en esos tres volúmenes de su autobiografía. Muchas gracias, Ignacio.

R.- Muchas gracias a ti.

 

 

 

PARTITOCRACIA, DEMOCRACIA PARA SIERVOS (Gobierno de una sociedad estúpida, cobarde y malvada). Sin ciudadanos, la democracia es solo corrupción; humo y espejos. Entrevista a Elvira Roca Barea