LA CORRUPCIÓN DE LA DEMOCRACIA, por Montesquieu (1748): La democracia se corrompe, no sólo cuando pierde el sentido de la igualdad, sino también cuando lo radicaliza»

LA CORRUPCIÓN DE LA DEMOCRACIA

 

La corrupción de cada Gobierno empieza casi siempre por la de sus principios.

Montesquieu

 

DESPERTAR Y PROGRESO, por W. B. Yeats

«Sólo en el despertar de una nación consigue un gran número de hombres comprender que mucho más importante que la diversión es la inteligencia de lo que son la vida y el destino.

Las razas nuevas comprenden de una manera instintiva que las revelaciones antiguas no bastan a explicarlo todo, y que toda vida es en sí misma revelación que empieza siendo milagro y entusiasmo y que se apaga en la medida en que se va transformando en lo que erróneamente hemos tomado por progreso. 

Constituye una ilusión creer que la educación, el suavizamiento del trato y el refinamiento de las leyes son capaces de crear nobleza y belleza; y que la vida avanza de un modo lento y constante hacia algo perfecto.

El progreso es milagro; y es súbito, repentino, porque todo milagro es obra de una energía omnipotente; mientras que la naturaleza no posee en sí misma otro poder que el de morir y olvidar».

 

Dionisio el Aeropagita escribió que «El ha establecido la frontera de las naciones de conformidad con Sus ángeles».

Son esos ángeles, cada uno de los cuales viene a ser el genio de una raza que ha de ir descubriéndose, los fundadores de las tradiciones intelectuales; y de la misma manera que los enamorados comprenden desde la primera manera que entre ellos se cruza lo que ha de ocurrirles, y tal y como poetas y músicos abarcan en el primer impulso de su inspiración toda su obra, también las razas profetizan en su despertar todo cuanto las generaciones que ha de prolongar sus tradiciones realizarán en detalle.

Sólo en ese despertar de una nación consigue un gran número de hombres comprender que mucho más importante que la diversión es la inteligencia de lo que son la vida y el destino -así ocurrió en la Grecia antigua, en la Inglaterra isabelina y en la Escandinavia contemporánea-.

En Londres, ciudad en la que se congregan todas las tradiciones para morir, el público muestra repugnancia a aquellas obras de las que se le dice que son literatura, porque las gentes no toleran la superioridad espiritual; pero en Atenas, ciudad en la que nacieron muchísimas tradiciones intelectuales, Eurípides consiguió en cierta ocasión cambiar la hostilidad en entusiasmo al preguntar a los espectadores si le correspondía a él darles lecciones o les correspondía a ellos dárselas a él.

Las razas nuevas comprenden de una manera instintiva -porque el porvenir les habla a gritos- que las revelaciones antiguas no bastan a explicarlo todo, y que toda vida es en sí misma revelación que empieza siendo milagro y entusiasmo y que se apaga en la medida en que se va transformando en lo que erróneamente hemos tomado por progreso.

Yo creo que constituye en nosotros una ilusión creer que la educación, el suavizamiento del trato y el refinamiento de las leyes -imágenes innumerables de una luz que decae- son capaces de crear nobleza y belleza; y que la vida avanza de un modo lento y constante hacia algo perfecto.

El progreso es milagro; y es súbito, repentino, porque todo milagro es obra de una energía omnipotente; mientras que la naturaleza no posee en sí misma otro poder que el de morir y olvidar. Si nos ponemos a estudiar nuestra propia mente, llegamos a comprender, como Blake lo comprendió, que 

«toda porción de tiempo inferior a un latido equivale a seis mil años, porque en ese período de tiempo queda hecha la obra del poeta; y porque en el tiempo del latido de una arteria arrancan y son concebidos todos los grandes acontecimientos que han de realizarse en el tiempo».

Febrero, 1900.

 

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WILLIAM BUTLER YEATS, Premio Nobel 1923. Ideas sobre el bien y el mal, Teatro completo y otras obras, Aguilar, 1956. [FD, 24/05/2008]

 

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LA CORRUPCIÓN DE LA DEMOCRACIA, por Montesquieu

“El principio de la democracia se corrompe, no sólo cuando se pierde el sentido de la igualdad, sino también cuando se radicaliza el sentido de la igualdad extrema.

El pueblo, al querer ejercer las funciones de los magistrados, deja de respetarlos.

A todos les gustará esta licencia; no tendrán sumisión ante nadie.

Y las buenas costumbres, el amor al orden y la virtud, desaparecerán.

El pueblo cae en esta desgracia, cuando aquellos en quienes confía tratan de corromperlo para ocultar de este modo su propia corrupción.

Para que el pueblo no vea su ambición, no le hablan más que de su grandeza; para que no se dé cuenta de su avaricia, halagan sin cesar la del pueblo.

La corrupción aumentará en los corruptores, pero también en los que ya están corrompidos.

El pueblo se repartirá los fondos públicos, y, del mismo modo que ha unido a su pereza la gestión de los asuntos, querrá unir a su pobreza las diversiones del lujo.

Pero con su pobreza y su lujo, no habrá para él más que un objetivo: el tesoro público.

No habremos de asombrarnos de que los votos se den por dinero.

No se puede dar mucho al pueblo sin sacar aún más de él, pero de hacerlo hay que derribar el Estado. 

Cuanto más parezca beneficiarse de su libertad, más próximo está el momento en que habrá de perderla.

Surgen entonces pequeños tiranos que tienen los vicios de uno solo, y pronto se hace insoportable lo que resta de libertad: surge un único tirano, y el pueblo lo pierde todo, hasta las ventajas de su corrupción”

LA CORRUPCIÓN DE LA DEMOCRACIA

 

El principio de la democracia se corrompe, no sólo cuando se pierde el sentido de la igualdad, sino también cuando se radicaliza el sentido de la igualdad extrema, y cuando cada uno quiere ser igual que aquellos a quienes escogió para gobernar.

 

La corrupción de cada Gobierno empieza casi siempre por la de sus principios.

El principio de la democracia se corrompe, no sólo cuando se pierde el sentido de la igualdad, sino también cuando se radicaliza el sentido de la igualdad extrema, y cuando cada uno quiere ser igual que aquellos a quienes escogió para gobernar.

A partir del momento en que esto ocurre, el pueblo ya no podrá soportar el poder que él mismo confía a otros, y querrá hacer todo por sí mismo, deliberar y ejecutar en lugar del senado y de los magistrados, y despojar de sus funciones a todos los jueces.

En estas condiciones, la virtud en la República deja de existir:

El pueblo, al querer ejercer las funciones de los magistrados, deja de respetarlos.

 

Las deliberaciones del Senado carecen de peso y, por consiguiente, no se tienen consideraciones para con los senadores ni para con los viejos. Y si no se respeta a los viejos, tampoco se respetará a los padres, no se tendrá deferencia para con los maridos, ni sumisión para con los amos.

A todos les gustará esta licencia: el peso del mando fatigará, como el de la obediencia. Las mujeres, los niños, los esclavos no tendrán sumisión ante nadie.

Y las buenas costumbres, el amor al orden y la virtud, desaparecerán.

 

UNA DEMOCRACIA DEGENERA CUANDO LOS GOBERNANTES TRATAN DE CORROMPER AL PUEBLO, COMPRANDO SUS VOTOS CON LOS FONDOS PÚBLICOS, PARA OCULTAR DE ESTE MODO SU PROPIA CORRUPCIÓN

 

Jenofonte (431 a. C. – 354 a. C) filósofo, historiador y militar griego

 

En el Banquete, de Jenofonte, podemos ver la pintura auténtica de una República cuyo pueblo ha abusado de la igualdad. Cada convidado expone la razón por la que está contento de sí mismo, y Carmides dice: 

“Estoy contento de mí por mi pobreza. Cuando era rico tenía que adular a mis calumniadores, sabiendo que era más probable recibir algún mal de ellos que causárselo yo; la República me pedía continuamente nuevas cargas; no podía tampoco ausentarme.

Desde que soy pobre he adquirido autoridad; nadie me amenaza, sino que soy yo quien amenaza a los demás; puedo irme o quedarme, según mi voluntad; los ricos se levantan y me ceden el paso; ahora soy un rey, antes era esclavo; antes pagaba un tributo a la República, ahora es ella la que me alimenta.

Ya no temo perder, sólo espero adquirir”.

 

El pueblo cae en esta desgracia, cuando aquellos en quienes confía tratan de corromperlo para ocultar de este modo su propia corrupción.

Para que el pueblo no vea su ambición, no le hablan más que de su grandeza; para que no se dé cuenta de su avaricia, halagan sin cesar la del pueblo.

La corrupción aumentará en los corruptores, pero también en los que ya están corrompidos.

El pueblo se repartirá los fondos públicos, y, del mismo modo que ha unido a su pereza la gestión de los asuntos, querrá unir a su pobreza las diversiones del lujo.

Pero con su pobreza y su lujo, no habrá para él más que un objetivo: el tesoro público.

 

El pueblo se repartirá los fondos públicos, y, del mismo modo que ha unido a su pereza la gestión de los asuntos, querrá unir a su pobreza las diversiones del lujo.

Pero con su pobreza y su lujo, no habrá para él más que un objetivo: el tesoro público.

 

 

No habremos de asombrarnos de que los votos se den por dinero.

 

No habremos de asombrarnos de que los votos se den por dinero. No se puede dar mucho al pueblo sin sacar aún más de él, pero de hacerlo hay que derribar el Estado.

Cuanto más parezca beneficiarse de su libertad, más próximo está el momento en que habrá de perderla. Surgen entonces pequeños tiranos que tienen los vicios de uno solo, y pronto se hace insoportable lo que resta de libertad:

surge un único tirano, y el pueblo lo pierde todo, hasta las ventajas de su corrupción.

 

Así pues, la democracia tiene que evitar dos excesos:

el espíritu de desigualdad, que la hará desembocar en la aristocracia, o en el Gobierno de uno solo, y el espíritu de igualdad extremada, que la llevará al despotismo de uno solo, al igual que el despotismo de uno termina por la sumisión.

 

Verdad es que los que corrompieron las Repúblicas griegas no se convirtieron siempre en tiranos, porque se interesaban más por la elocuencia que por el arte militar, aparte de que en el corazón de todos los griegos había un odio implacable contra los que derribasen el Gobierno republicano.

Por eso la anarquía degeneró en aniquilamiento, en lugar de transformarse en tiranía. […]

 

LA IGUALDAD, EN UNA DEMOCRACIA SOMETIDA A NORMAS, ESTÁ TAN ALEJADA DEL IGUALITARISMO EXTREMO, COMO EL CIELO LO ESTÁ DE LA TIERRA

 

El verdadero espíritu de igualdad está tan alejado del espíritu de igualdad extrema, como el cielo lo está de la tierra.

El primero no consiste en arreglar las cosas de tal modo que todos manden, o que nadie sea mandado, sino en obedecer y mandar a sus iguales. No se trata de no tener un dueño, sino de tener por dueño sólo a los iguales.

 

No se trata de no tener un dueño, sino de tener por dueño sólo a los iguales.

 

En estado natural, los hombres nacen iguales, pero no podrían conservar esta igualdad. La sociedad se la hace perder, y ya no volverán a ser iguales si no es en virtud de las leyes.

La diferencia entre la democracia sometida a normas y la que no lo está, es que en la primera, todos son iguales en cuanto ciudadanos, y en la otra lo son también en cuanto magistrados, senadores, jueces, padres, maridos o amos.

El lugar natural de la virtud está al lado de la libertad, pero se encuentran tan lejos de la libertad extremada como de la esclavitud.

 

El lugar natural de la virtud está al lado de la libertad, pero se encuentran tan lejos de la libertad extremada como de la esclavitud.

Cuanto más parezca beneficiarse de su libertad, más próximo está el momento en que habrá de perderla

 

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MONTESQUIEUEl espíritu de las leyes. Primera parte, libro VIII, capítulos 1-3. Sarpe, 1984. Traducción de Mercedes Blázquez y Pedro de Vega. [FD, 13/09/2009]

 

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