“En el Gobierno republicano se necesita de todo el poder de la educación, que tendrá como objeto la virtud.
Se puede definir esta virtud como el amor a las leyes y a la patria.
Dicho amor requiere una preferencia continua del interés público sobre el interés de cada cual; todas las virtudes particulares, que no son más que dicha preferencia, vienen dadas por añadidura. Este amor afecta especialmente a las democracias.
Sólo en ellas se confía el Gobierno a cada ciudadano.
Ahora bien, el Gobierno es como todo el mundo: para conservarlo hay que amarlo”
Las leyes de la educación son las primeras que recibimos, y como nos preparan para ser ciudadanos, cada familia particular debe gobernarse conforme al plan de la gran familia que comprende a todas.
Si el pueblo en general tiene un principio, las partes que lo componen, o sea, las familias, lo tendrán igualmente. Las leyes de la educación serán, pues, distintas en cada tipo de Gobierno: en las Monarquías tendrán por objeto el honor; en las Repúblicas, la virtud; y en el despotismo, el temor.
Las leyes de la educación serán, pues, distintas en cada tipo de Gobierno: en las Monarquías tendrán por objeto el honor; en las Repúblicas, la virtud; y en el despotismo, el temor.
La mayor parte de los pueblos antiguos vivían en Gobiernos que tenían la virtud como principio. Cuando ésta se encontraba en su pleno vigor hacían cosas que ya no vemos hoy y que asombran a nuestras almas empequeñecidas.
Su educación tenía otra ventaja sobre la nuestra: nunca se encontraba desmentida. El último año de su vida, Epaminondas decía, escuchaba, veía y hacía las mismas cosas que en la edad en que había comenzado su instrucción.
Ahora recibimos tres educaciones distintas, si no contrarias: la de nuestros padres, la de nuestros maestros y la del mundo.
Lo que nos dicen en la última da al traste con todas las ideas adquiridas anteriormente. Esto es en parte consecuencia de la contradicción existente entre los compromisos de la religión y los del mundo, cosa que los antiguos no conocían.
En el Gobierno republicano se necesita de todo el poder de la educación. En los Gobiernos despóticos, el temor nace por sí mismo de las amenazas y los castigos; en las Monarquías el honor se ve favorecido por las pasiones que a su vez favorece; pero la virtud política es la renuncia de uno mismo, cosa que siempre resulta penosa.
La virtud en la democracia es el amor al interés público
Se puede definir esta virtud como el amor a las leyes y a la patria. Dicho amor requiere una preferencia continua del interés público sobre el interés de cada cual; todas las virtudes particulares, que no son más que dicha preferencia, vienen dadas por añadidura.
Este amor afecta especialmente a las democracias. Sólo en ellas se confía el Gobierno a cada ciudadano. Ahora bien, el Gobierno es como todo el mundo: para conservarlo hay que amarlo.
Nunca se oyó decir que los reyes no amasen la Monarquía o que los déspotas odiasen el despotismo. Todo depende, pues, de instaurar ese amor en la República, y precisamente la educación debe atender a inspirarlo. Hay un medio seguro para que los niños puedan adquirirlo y es que sus propios padres lo posean.
Cada uno es dueño de dar a sus hijos los conocimientos que tenga, pero más aún de darles sus pasiones. Si esto no ocurre, es que lo que se hizo en la casa paterna fue destruido por las impresiones exteriores. Un pueblo naciente no degenera; sólo se pierde cuando los hombres hechos se corrompen.
Convencidos de la necesidad de elevar a la virtud a los pueblos que vivían en Gobiernos populares, los griegos crearon instituciones singulares para inspirarla.
Cuando vemos en la vida de Licurgo las leyes que dio a los lacedemonios, nos parece leer la historia de los severambitas. Las leyes de Creta eran el original de las de Lacedemonia, y las de Platón eran su corrección.
Suplico al lector que considere con atención el enorme ingenio que precisaron aquellos legisladores para darse cuenta de que, yendo contra los usos establecidos y confundiendo todas las virtudes, mostrarían al universo su sabiduría.
Las leyes e instituciones hacen virtuosos a los pueblos
Licurgo confundió el hurto con el espíritu de justicia, la más dura esclavitud con la libertad extrema, las mayores atrocidades con la máxima moderación, y así dio estabilidad a su ciudad.
Parecía que le quitaba todos sus recursos, las artes, el comercio, el dinero, las murallas; existía la ambición sin esperanza de mejorar, sentimientos naturales, sin ser hijo, ni marido, ni padre, y aun a la castidad se le quitaba el pudor.
Por estos caminos Esparta se dirigía a la grandeza y a la gloria, pero con tal infalibilidad en sus instituciones que no se conseguía nada contra ella ganando batallas, si no se lograba privarla de su policía (Philopoemen, según Plutarco, obligó a los lacedemonios a abandonar su manera de criar a los hijos, pues sabía que, de no ser así, tendrían siempre un alma grande y un corazón animoso).
Aquello tan extraordinario de las instituciones de Grecia lo hemos visto en medio de la degeneración y la corrupción de los tiempos modernos. Un legislador, hombre de bien, ha formado un pueblo en el que la honradez parece tan natural como la valentía entre los espartanos.
El señor Penn es un verdadero Licurgo, y aunque uno tuviera como finalidad la paz y el otro la guerra, se parecen en que ambos han puesto a su pueblo en un camino singular, en el ascendiente que tuvieron sobre los hombres libres, en los prejuicios que vencieron y en las pasiones que sometieron.
El Paraguay puede proporcionarnos otro ejemplo: han querido imputárselo como un crimen a los jesuitas que consideran el placer de gobernar como el único placer de la vida; pero siempre será hermoso gobernar a los hombres haciéndolos más felices (los indios de Paraguay no dependen de ningún señor particular, no pagan más que un quinto de los tributos y tienen armas de fuego para defenderse).
A dicha Compañía le cabe la gloria de haber sido la primera en mostrar, en aquellas regiones, la idea de religión unida a la de humanidad. Reparando las devastaciones de los españoles, ha empezado a curar una de las grandes calamidades conocidas por el género humano.
El sentido exquisito que esta sociedad tiene por todo lo que llama honor, su celo por una religión que hace más humildes a los que escuchan que a los que predican, la han hecho emprender y conseguir grandes cosas: ha sacado de los bosques a los pueblos dispersos, les ha dado subsistencia segura, los ha vestido, y aunque no hubiera hecho otra cosa más que aumentar con ello la industria entre los hombres, ya habría hecho bastante.
La ley se hace para el pueblo, no el pueblo para la ley
Los que quieran crear instituciones semejantes establecerán la comunidad de bienes de la Repúblicade Platón, el respeto a los dioses que él prescribía, la separación de los extranjeros para la conservación de las costumbres y del comercio hecho por la ciudad; crearán asimismo nuestras artes sin nuestro lujo, nuestras necesidades sin nuestros deseos.
Proscribirán el dinero cuyo efecto es aumentar la fortuna de los hombres más allá de los límites señalados por la Naturaleza; aprender a conservar inútilmente lo que se ha atesorado del mismo modo, multiplicar los deseos hasta el infinito y suplantar a la Naturaleza que nos había dado medios muy limitados de irritar nuestras pasiones y de corrompernos los unos a los otros.
Tales instituciones pueden convenir a las repúblicas porque su principio es la virtud política. Por otra parte, sólo pueden convenir a Estados pequeños (como las ciudades griegas), en los que es posible dar una educación general a todo el pueblo, como si fuese una familia.
Las leyes de Minos, de Licurgo y de Platón suponen una atención singular de los ciudadanos entre sí, lo cual no puede darse en la confusión, la negligencia o la extensión de los asuntos de un pueblo numeroso.
Es preciso, como se ha dicho, desterrar el dinero de estas instituciones. Pero, en las grandes sociedades, la importancia de los negocios, su número, su variedad, su dificultad, la facilidad de las compras, la lentitud de los cambios, exigen una medida común.
Para llevar a todas partes el poder, o para defenderlo, hay que tener eso en que los hombres han cifrado el poder en todas partes.
Lycurgus de Sparta
* * *
MONTESQUIEU, Del espíritu de las leyes, Primera parte, Libro IV. Sarpe, 1984. [FD, 06/12/2006]
*******
EL ARTE DE SER LIBRE
“Nunca se repetirá bastante que nada hay más fecundo en maravillas que el arte de ser libre; pero nada asimismo tan duro como el aprendizaje de la libertad.
Los pueblos se adormecen en el seno de la prosperidad momentánea, y cuando se despiertan son miserables.
No hay duda de que el momento de conceder derechos políticos a un pueblo que se haya visto privado de ellos hasta entonces, representa un momento de crisis, crisis a menudo necesaria, pero peligrosa siempre.
La libertad nace de ordinario entre tormentas, se establece trabajosamente y con discordias civiles, y sólo cuando ya es vieja se pueden conocer sus beneficios”
Después de la noción general de la virtud, no sé de ninguna tan bella como la de los derechos; mejor dicho, estas dos nociones se confunden. La noción de los derechos no es más que la noción de la virtud introducida en el mundo político.
No hay grandes hombres sin virtud, ni grandes pueblos sin respeto a los derechos
A través de la noción de los derechos han definido los hombres lo que eran libertinaje y tiranía. Iluminados por ella, todos pudieron mostrarse independientes sin arrogancia, y sometidos sin bajeza.
El hombre que obedece a la violencia se doblega y se rebaja; pero cuando se somete al derecho de mando que reconoce en su semejante, se eleva en cierto modo por encima mismo del que le manda.
No hay grandes hombres sin virtud, ni grandes pueblos sin respeto a los derechos; sin respeto a los derechos no hay sociedad, pues ¿es ésta, acaso, una reunión de seres racionales e inteligentes unidos únicamente por la fuerza?
Yo me pregunto cuál es, hoy día, el medio de difundir en los hombres la noción de los derechos y qué forma habrá de metérsela por los ojos, valga la expresión.
No veo más que una: concederles a todos el uso pacífico de ciertos derechos. Esto se ve bien en los niños, que no son sino hombres sin fuerza ni experiencia.
Cuando el niños empieza a moverse entre objetos exteriores, el instinto le lleva a utilizar todo cuanto se halla a su alcance; no tiene noción de la propiedad ajena, ni siquiera de su existencia, pero a medida que se va enterando del valor de las cosas y descubre que él también puede ser despojado de ellas, se hace más circunspecto y acaba por respetar a sus semejantes en lo que quiere que se le respete a él.
Lo que acontece al niño con sus juguetes sucede más adelante al hombre con todos los objetos que le pertenecen. ¿Por qué en América, país democrático por excelencia, nadie formula contra la propiedad en general esas quejas que a menudo resuenan en Europa? ¿Es necesario decirlo?
Porque en América no hay proletarios. Dado que cada uno tiene un bien particular que defender, todos reconocen en principio el derecho de propiedad.
Lo mismo sucede en el mundo político. En América el hombre del pueblo tiene una elevada idea de los derechos políticos porque él posee tales derechos políticos; no ataca los de otros para que los suyos no sean violados.
Y así como en Europa ese mismo hombre desconoce hasta la autoridad soberana, el americano se somete sin murmurar al poder del más pequeño de sus magistrados.
Esta verdad asoma hasta en los menores detalles de la existencia de los pueblos. En Francia hay pocos placeres que estén reservados exclusivamente a las clases altas de la sociedad; el pobre está admitido en casi todos los sitios donde entra el rico; por eso se le ve conducirse con decoro y respetar todo aquello que sirve a unos goces que él comparte.
En Inglaterra, donde la riqueza tiene tanto el privilegio de la alegría como el monopolio del poder, se quejan de que cuando el pobre logra introducirse furtivamente en el lugar destinado a los placeres del rico se complace en causar inútiles destrozos.
¿De qué se extrañan? Ellos mismos han tenido buen cuidado de que el pobre no tenga nada que perder.
No es fácil enseñar a los hombres a ser libres, pero los resultados son siempre magníficos
El gobierno de la democracia hace llegar la idea de los derechos políticos hasta el último de los ciudadanos, del mismo modo que la división de los bienes pone la idea del derecho de propiedad al alcance de todos los hombres. En mi opinión, este es uno de sus mayores méritos.
No digo yo que sea cosa fácil el enseñar a todos los hombres cómo hacer uso de los derechos políticos; sólo digo que cuando ello puede llevarse a cabo, los efectos son realmente magníficos.
Y no tengo inconveniente en añadir que si hay un siglo en que deba intentarse tal empresa, ese siglo es el nuestro.
¿Es que no veis que las religiones se debilitan y que la noción divina de los derechos desaparece? ¿No percibís que las costumbres se alteran y que con ellas se borra la noción moral de los derechos? ¿No os dais cuenta de que por todas partes las creencias dejan paso al razonamiento, y los sentimientos a los cálculos?
Si, en medio de esta conmoción universal, no conseguís unir la idea de los derechos al interés personal, que es el único punto inmóvil del corazón humano, ¿qué otra cosa os quedará para gobernar el mundo, sino el miedo?
Cuando se me dice, pues, que las leyes son débiles y turbulentos los gobernados; que las pasiones son vivas y la virtud carece de poder; y que en esta situación no hay que pensar en aumentar los derechos de la democracia, respondo que es a causa de esas mismas cosas por lo que creo que hay que pensar en ello; y en verdad creo que los gobiernos están aún más interesados que la sociedad, pues los gobiernos perecen y la sociedad no puede morir.
Por lo demás no quiero abusar del ejemplo de América.
En América el pueblo fue investido de los derechos políticos en una época en que le era difícil hacer un mal uso de ellos, dado el corto número y las costumbres sencillas de los ciudadanos.
Al crecer, los americanos no han aumentado, por así decirlo, los poderes de la democracia; lo que han hecho ha sido más bien extender sus dominios.
Conceder derechos políticos a un pueblo producirá una crisis peligrosa, pero necesaria
No hay duda de que el momento de conceder derechos políticos a un pueblo que se haya visto privado de ellos hasta entonces representa un momento de crisis, crisis a menudo necesaria, pero peligrosa siempre.
El niño mata cuando aún ignora el precio de la vida; arrebata la propiedad ajena antes de enterarse de que le pueden quitar la suya.
El hombre del pueblo, en el momento en que se le conceden derechos políticos, se encuentra respecto a sus derechos en igual posición que el niño frente a la naturaleza toda, siéndole entonces justamente aplicable la célebre frase: Homo puer robustus (“el hombre es un niño grande”).
Esta verdad se descubre en la misma América. Los Estados en que los ciudadanos gozan hace tiempo de sus derechos son los que mejor saben servirse de ellos.
Nunca se repetirá bastante que nada hay más fecundo en maravillas que el arte de ser libre; pero nada asimismo tan duro como el aprendizaje de la libertad. No sucede igual con el despotismo.
El despotismo se presenta a menudo como el reparador de todos los males; es el apoyo del derecho justo, el sostén de los oprimidos y el sostén del orden.
Los pueblos se adormecen en el seno de la prosperidad momentánea que produce, y cuando se despiertan son miserables.
La libertad, por el contrario, nace de ordinario entre tormentas, se establece trabajosamente y con discordias civiles, y sólo cuando ya es vieja se pueden conocer sus beneficios.
* * *
ALEXIS DE TOCQUEVILLE, La democracia en América I, segunda parte, capítulo VI. Sarpe, 1984. [FD, 01/02/2007]
*******
LA SOBERANÍA DEL PUEBLO Y LA LIBERTAD DE PRENSA
“Confieso que yo no siento por la libertad de prensa ese amor rotundo e instantáneo que se concede a las cosas soberanamente buenas por naturaleza.
La amo por la consideración de los males que impide mucho más que por los bienes que aporta.
En algunas naciones que se tienen por libres, todo agente del poder puede violar la ley impunemente sin que la Constitución del país otorgue a los oprimidos el derecho de quejarse ante la justicia.
En estos pueblos, la independencia de la prensa no debe ser considerada como una garantía más, sino como la única garantía que queda de la libertad y de la seguridad de los ciudadanos.
En materia de prensa no hay, pues, término medio entre la servidumbre y la licencia.
La soberanía del pueblo y la libertad de prensa son, pues, dos cosas enteramente correlativas; la censura y el sufragio universal son por el contrario dos cosas que se contradicen.
En los Estados Unidos, cada periódico tiene individualmente poco poder; pero la prensa periódica es, a pesar de todo, el primer poder después del pueblo”
La libertad de prensa no sólo deja sentir su poder sobre las opiniones políticas, sino también sobre todas las opiniones de los hombres. No modifica únicamente las leyes, sino a la vez las costumbres. En este momento sólo quiero examinar los efectos producidos por la libertad de prensa en el mundo político.
Si establecéis la censura, para evitar los males de la libertad de expresión, acabaréis bajo la bota del despotismo
Confieso que yo no siento por la libertad de prensa ese amor rotundo e instantáneo que se concede a las cosas soberanamente buenas por naturaleza. La amo por la consideración de los males que impide mucho más que por los bienes que aporta.
Si alguien me indicara, entre la independencia completa y la servidumbre total del pensamiento, una posición intermedia en la que mantenerse, quizá la adoptara; pero ¿quién es capaz de descubrir esa posición intermedia? Si en plena licencia de la prensa os movéis por el orden ¿qué hacéis?
En primer lugar, someter a los escritores al veredicto de los jurados; pero éstos los absuelven, y lo que sólo era la opinión de un hombre aislado se convierte en opinión del país. Así pues, habéis hecho demasiado y demasiado poco; hay que seguir adelante.
Sometéis a los autores a magistrados permanentes; pero los jueces están obligados a oír antes de condenar; y lo que se habría temido declarar en el libro, se declara impunemente en el alegato; lo que se habría dicho oscuramente en un relato se encuentra repetido en mil otros.
La expresión es la forma exterior, y si se me permite expresarlo así, el cuerpo del pensamiento, pero no el pensamiento mismo. Los tribunales aprehenden el cuerpo, pero el alma se les escapa, deslizándose sutilmente entre sus manos. Habéis hecho, pues, demasiado y demasiado poco; hay que continuar.
Acabáis sometiendo a los escritores a la censura. Muy bien; ya nos vamos acercando. Pero la tribuna política ¿acaso no es libre? Entonces todavía no habéis hecho nada; mejor dicho, habéis aumentado el mal. ¿Es que acaso tomaríais el pensamiento por una de esas fuerzas materiales que crecen a la par que el número de sus miembros? ¿Contaríais a los escritores como a los soldados de un ejército?
Al revés de lo que ocurre con las fuerzas materiales, el poder del pensamiento aumenta a menudo con el pequeño número de quienes lo expresan.
La palabra de un hombre poderoso que penetra solitaria en medio de las pasiones de una asamblea silenciosa tiene más poder que los gritos confusos de mil oradores; y a poco que se pueda hablar libremente en un solo lugar público, es como si se hablara públicamente en cada pueblo.
Tenéis, pues, que destruir, al mismo tiempo que la libertad de escribir, la libertad de hablar; henos ya llegados a puerto; todos se callan. Pero ¿dónde habéis llegado? Habéis partido de los abusos de la libertad, y os hallo bajo la bota de un déspota.
Pero ¿dónde habéis llegado?
Habéis partido de los abusos de la libertad, y os hallo bajo la bota de un déspota.
Habéis pasado de la extrema independencia a la extrema servidumbre, sin encontrar, en tan largo espacio, ni un lugar en que podáis reposar.
Hay pueblos que independientemente de las razones generales que acabo de enunciar, tienen otras particulares que les obligan a defender la libertad de prensa.
En algunas naciones que se tienen por libres, todo agente del poder puede violar la ley impunemente sin que la Constitución del país otorgue a los oprimidos el derecho de quejarse ante la justicia. En estos pueblos, la independencia de la prensa no debe ser considerada como una garantía más, sino como la única garantía que queda de la libertad y de la seguridad de los ciudadanos.
La libertad de prensa y la soberanía del pueblo son dos cosas enteramente correlativas; en cambio, la censura y el sufragio universal se contradicen
Por lo tanto, si los hombres que gobiernan estas naciones hablaran de suprimir la libertad de prensa, el pueblo entero podría responder: ¡Dejad que persigamos vuestros crímenes antes los jueces ordinarios, y quizá consintamos entonces en no apelar al tribunal de la opinión!
En un país en el que reina ostensiblemente el dogma de la soberanía del pueblo, la censura no sólo constituye un peligro, sino también un gran absurdo.
En un país en el que reina ostensiblemente el dogma de la soberanía del pueblo, la censura no sólo constituye un peligro, sino también un gran absurdo.
Cuando se concede a cada ciudadano el derecho de gobernar la sociedad, es preciso reconocerle una capacidad de elección entre las distintas opiniones que agitan a sus contemporáneos, y permitirle apreciar los diferentes hechos cuyo conocimiento puede guiarle.
La soberanía del pueblo y la libertad de prensa son, pues, dos cosas enteramente correlativas; la censura y el sufragio universal son, por el contrario, dos cosas que se contradicen, y no pueden mantenerse largo tiempo en las instituciones políticas de un mismo pueblo.
La soberanía del pueblo y la libertad de prensa son, pues, dos cosas enteramente correlativas; la censura y el sufragio universal son, por el contrario, dos cosas que se contradicen, y no pueden mantenerse largo tiempo en las instituciones políticas de un mismo pueblo
Entre los doce millones de hombres que viven sobre el territorio de los Estados Unidos, no hay ni uno solo que se haya atrevido aún a proponer la restricción de la libertad de prensa.
El primer periódico que cayó ante mis ojos al llegar a América, contenía el siguiente artículo, que traduzco fielmente:
“En todo este asunto, el lenguaje usado por Jackson (el Presidente) ha sido el de un déspota sin corazón, preocupado únicamente por conservar su poder. La ambición es su crimen y en ella encontrará su castigo.
Tiene por vocación la intriga, y la intriga confundirá sus designios y le arrancará su poder. Gobierna por la corrupción y sus culpables manejos se volverán contra él, para su confusión y vergüenza.
Se ha mostrado en el coso político como un jugador sin pudor y sin freno.
Ha triunfado; pero la hora de la justicia se acerca; pronto tendrá que devolver cuanto ha ha ganado, arrojar lejos de sí sus dados trucados y acabar en cualquier retiro donde pueda blasfemar en libertad contra su locura; pues el arrepentimiento no es virtud que le haya sido dado conocer jamás a su corazón”
Mucha gente en Francia se imagina que la violencia de la prensa es la causa de nuestras pasiones políticas y del malestar general que de todo ello se deriva. Estos hombres esperan así continuamente una época en que, al recobrar la sociedad una posición tranquila, también se calme la prensa.
En cuanto a mí, atribuyo a las causas indicadas más arriba el enorme ascendiente que tiene sobre nosotros; pero no creo que estas causas influyan gran cosa en su lenguaje. La prensa periódica me parece tener instintos y pasiones propios, independientemente de las circunstancias en las que actúa. Lo que sucede en América acaba de demostrármelo.
América es quizá en este momento el país del mundo que encierra en su seno menos gérmenes de revolución. Y allí, sin embargo, la prensa tiene las mismas aficiones destructoras que en Francia y emplea la misma violencia sin parecidas causas para la cólera.
En América, como en Francia, la prensa es esa potencia extraordinaria, tan extrañamente compuesta de bienes y males que sin ella la libertad no podría vivir, y con ella apenas puede mantenerse el orden.
En materia de prensa no hay término medio entre la servidumbre y la libertad
Hay que decir primero que la prensa tiene mucho menos poder en los Estados Unidos que entre nosotros. Y sin embargo nada más raro en ese país que ver una pesquisa judicial contra ella.
La razón es muy sencilla: los americanos, al admitir entre ellos el dogma de la soberanía del pueblo, lo han aplicado sinceramente. No se les ha ocurrido levantar con elementos que cambian todos los días constituciones eternas. Atacar las leyes existentes no es, pues, criminal, siempre que no se emplee para sustraer a ellas la violencia.
Creo, además, que los tribunales no son capaces de moderar la prensa, y dado que la flexibilidad del lenguaje humano escapa sin cesar al análisis judicial, los delitos de esta naturaleza puede decirse que esquivan la mano que se extiende para asirlos.
Piensan que para poder actuar eficazmente sobre la prensa habría que encontrar un tribunal no sólo adicto al orden existente, sino que pudiera elevarse sobre la opinión pública que se agita a su alrededor; un tribunal que juzgase sin admitir la publicidad, sentenciara sin justificar sus fallos y castigara la intención más que las palabras.
Quienquiera que fuese capaz de crear y mantener un tribunal semejante perdería el tiempo persiguiendo la libertad de prensa, pues entonces sería dueño absoluto de la sociedad misma y podría desembarazarse de los escritores a la vez que de sus escritos.
En materia de prensa no hay, pues, término medio entre la servidumbre y la licencia.
Para cosechar los bienes inestimables que asegura la libertad de prensa, hay que saber someterse a los inevitables males que origina.
En materia de prensa no hay, pues, término medio entre la servidumbre y la licencia. Para cosechar los bienes inestimables que asegura la libertad de prensa, hay que saber someterse a los inevitables males que origina.
Querer obtener unos y escapar a los otros es entregarse a una de esas ilusiones en que se mecen a menudo las naciones enfermas cuando, cansadas de luchas y agotadas por los esfuerzos, buscan medios para hacer coexistir a la vez, sobre el mismo suelo, opiniones enemigas y principios contrarios. […]
En los Estados Unidos casi no hay aldea que no tenga su periódico. Fácilmente se comprende que entre tantos combatientes no se pueda establecer ni disciplina ni unidad de acción; de ahí que cada cual enarbole su bandera. […] Los periodistas de los Estados Unidos ocupan una posición poco elevada, su educación es muy incompleta y la forma de expresar sus ideas a menudo vulgar.
Los periodistas de los Estados Unidos ocupan una posición poco elevada, su educación es muy incompleta y la forma de expresar sus ideas a menudo vulgar. A
hora bien, en todas las cosas, la mayoría hace ley; ella es la que determina ciertas tendencias o modos a los que todos se conforman.
El conjunto de estos hábitos comunes se llama “espíritu”
Ahora bien, en todas las cosas, la mayoría hace ley; ella es la que determina ciertas tendencias o modos a los que todos se conforman. El conjunto de estos hábitos comunes se llama “espíritu”. Existe el espíritu de cuerpo, el espíritu cortesano.
El espíritu del periodista, en Francia, consiste en discutir de un modo violento pero elevado y a menudo elocuente, los grandes intereses del Estado; si no siempre es éste el caso, es porque no hay regla sin excepción.
El espíritu del periodista, en América, es el de atacar groseramente, sin ambages ni arte, las pasiones de aquellos a quienes se dirige; el de dejar a un lado los principios y hacer presa en el hombre; el de seguir a éste en su vida privada y poner al desnudo sus flaquezas y sus vicios.
Semejante abuso con el pensamiento es deplorable; más adelante tendré ocasión de investigar qué influencia ejercen los periódicos en el gusto y en la moralidad del pueblo americano; pero ahora, repito, únicamente me ocupo del mundo político.
Hay que reconocer que los efectos políticos de esta licencia de prensa contribuyen indirectamente al mantenimiento de la tranquilidad pública, pues de ello resulta que los hombres que ya gozan de cierto prestigio entre sus conciudadanos no se atreven a escribir en los periódicos, y pierden así el arma más temible de que podrían hacer uso para agitar en provecho propio las pasiones populares.
Resulta, sobre todo, que las opiniones personales expresadas por los periodistas no son, digamos, de peso alguno para los lectores. Lo que éstos buscan en un periódico es el conocimiento de los hechos; y sólo alterando o desnaturalizando estos hechos puede el periodista lograr cierta influencia sobre su opinión.
Aun reducida a estos recursos, la prensa ejerce un inmenso poder en Norteamérica. Ella hace circular a la vida política hasta en el último rincón de este vasto territorio.
Es ella quien con ojo avizor saca siempre a la luz los resortes secretos de la política y fuerza a los hombres públicos, uno tras otro, a comparecer ante el tribunal de la opinión.
Ella es la que agrupa los intereses en torno a ciertas doctrinas y formula la bandera de los partidos; a través de ella se hablan éstos sin verse; se oyen sin ponerse en contacto.
Cuando un gran número de órganos de la prensa llegan a marchar por la misma vía, su influencia, a la larga, se hace casi irresistible, y la opinión pública, atacada constantemente por el mismo lado, acaba por ceder.
En los Estados Unidos cada periódico tiene individualmente poco poder; pero la prensa periódica es, a pesar de todo, el primer poder después del pueblo.
Cuando un gran número de órganos de la prensa llegan a marchar por la misma vía, su influencia, a la larga, se hace casi irresistible, y la opinión pública, atacada constantemente por el mismo lado, acaba por ceder.
* * *
ALEXIS DE TOCQUEVILLE, La democracia en América I, segunda parte, capítulo 3. Alianza Editorial, 2006. Traductora: Dolores Sánchez de Aleu.
Tabla de contenidos1 EL PROBLEMA DEL PERDÓN DIVINO2 EL MATERIALISMO, UNA ENFERMEDAD PELIGROSA DEL ESPÍRITU HUMANO3 EL PROBLEMA DEL PERDÓN DIVINO SEGÚN SPINOZA3.1 NOTAS3.2 Bibliografía3.3 Imágenes EL PROBLEMA DEL PERDÓN DIVINO EL MATERIALISMO, UNA […]
LA DEMOCRACIA COMO PROBLEMA Tabla de contenidos1 LA DEMOCRACIA NO PUEDE SUBSISTIR SIN «PODERES INTERMEDIOS»1.1 Todo parece estar donde no está. Todo parece ser lo que no es1.2 El Asociacionismo1.3 El hombre-masa de Ortega […]
SPINOZA Y MONTESQUIEU «Hay tres especies de gobierno: el republicano, el monárquico y el despótico. Para averiguar la naturaleza de cada uno basta la idea que tienen de ellos los hombres menos instruidos. Supongo […]
Para ofrecer las mejores experiencias, utilizamos tecnologías como las cookies para almacenar y/o acceder a la información del dispositivo. El consentimiento de estas tecnologías nos permitirá procesar datos como el comportamiento de navegación o las identificaciones únicas en este sitio. No consentir o retirar el consentimiento, puede afectar negativamente a ciertas características y funciones.
Funcional
Siempre activo
El almacenamiento o acceso técnico es estrictamente necesario para el propósito legítimo de permitir el uso de un servicio específico explícitamente solicitado por el abonado o usuario, o con el único propósito de llevar a cabo la transmisión de una comunicación a través de una red de comunicaciones electrónicas.
Preferencias
El almacenamiento o acceso técnico es necesario para la finalidad legítima de almacenar preferencias no solicitadas por el abonado o usuario.
Estadísticas
El almacenamiento o acceso técnico que es utilizado exclusivamente con fines estadísticos.El almacenamiento o acceso técnico que se utiliza exclusivamente con fines estadísticos anónimos. Sin un requerimiento, el cumplimiento voluntario por parte de tu proveedor de servicios de Internet, o los registros adicionales de un tercero, la información almacenada o recuperada sólo para este propósito no se puede utilizar para identificarte.
Marketing
El almacenamiento o acceso técnico es necesario para crear perfiles de usuario para enviar publicidad, o para rastrear al usuario en una web o en varias web con fines de marketing similares.