NETWORK, «un mundo implacable», película de Sidney Lumet, 1976. «La voracidad de un sistema desalmado»

Network

«La televisión no corrompe a la gente, la gente corrompe a la televisión»

Sidney Lumet, «Así se hacen las películas»

 

Network, un mundo implacable (Network) – Sidney Lumet (1976)

Misterioso objeto al mediodía, 2009

 

“América no existe, la democracia no existe. Sólo existen IBM, ITT y AT&T. Y Dupont, Dow, Union Carbide y Exxon. Esas son las naciones del mundo de hoy”

Arthur Jensen (Network)

 

A nadie se le escapa que la televisión nunca ha sido más que un medio de comunicación de masas dominado por la pura lógica comercial, que posee una naturaleza uniformadora de gustos y opiniones, y que es un instrumento inmejorable de propaganda, control y cohesión social; así como que, siendo el proveedor único de información para cada vez un mayor número de personas que no sólo no leen un libro, sino ni siquiera la “prensa seria”, contribuye, en definitiva, a asegurar -y a mantener- los pilares básicos del sistema político y económico establecido. 

Network parte de la premisa de que, al menos respecto de los informativos, no siempre fue así. Hubo un momento, antes de rodar por la pendiente del infotainment, en que fueron el reducto de la calidad periodística: tanto Schumacher (Holden) -responsable de la división de informativos de la UBS-, como Beale (Finch) -el presentador del telediario-, pertenecen a esa vieja escuela y poseen una concepción clásica y una cierta ética de su profesión (ambos se iniciaron con el mítico periodista Ed Murrow).

 

 

Sin embargo, el país al que estos periodistas se dirigen ya no es el mismo, está en crisis, ha dejado de creer en su gobierno (Watergate), ha perdido la inocencia (asesinatos de JFKRFKLuther KingVietnam), ha enterrado la utopía, si alguna vez hubo espacio para ella (como telón de fondo en la película se mencionan los intentos de asesinato sufridos por el presidente Ford, el rocambolesco secuestro y «conversión» de Patty Hearst a manos del Ejército Simbiótico de Liberación y las reuniones de la OPEP).

Así, la decepción política, la recesión económica, el alza de los precios del petróleo, la guerra fría, la inseguridad ciudadana… todo esto ha conducido al pesimismo (al nihilismo) y a la alienación y desmovilización social en la que hoy seguimos inmersos.

Precisamente, es en esos años cuando se estrenan películas tan sintomáticas como La conversación (The conversation, F.F. Coppola, 1974)El último testigo (The Parallax view, Alan J. Pakula, 1975), y Los tres días del Cóndor (Three days of the condor, Sydney Pollack, 1975), por un lado, y Harry el sucio (Dirty Harry, D. Siegel, 1971) o El vengador anónimo (Death wish, M Winner, 1974) por otro.

 

ENTETANIMIENTO [Tittytainment]: La propaganda del Siglo XXI

 

Los propios medios de comunicación sufren una metamorfosis: se nos muestran en manos de amorfas y poderosas corporaciones con los más diversos y oscuros intereses, fieles únicamente al dogma de la maximización de los beneficios y a la rendición de cuentas, a cuyo frente se encuentran fríos autómatas sin escrúpulos (Duvall); el cambio ha afectado incluso a los propios periodistas, las nuevas generaciones son hijas de la televisión (Faye Dunaway), imbuidas de la misma ambición y espíritu caníbal que las empresas que los contratan.

 

 

Los dos viejos periodistas sufren las consecuencias de la crisis de manera desigual. Beale, gracias a su locura lúcida e iluminada, continúa en el medio al lograr con su mesianismo redentorista catalizar momentáneamente a una sociedad enferma y alienada, convirtiéndose, gracias a ello, en el fenómeno mediático de la cadena (esto es, sólo abandonando su ser, volviéndose «loco», es acogido y celebrado por la televisión).

Esta situación prospera hasta que comienza a desvelar en directo información que compromete a la compañía propietaria, momento en el cual es aleccionado conveniente y casi sobrehumanamente, por el mandamás de la cadena para que cambie de discurso; tras plegarse a ello, sus índices de audiencia descienden y deciden inmolarlo en el altar del directo en pro del share.

En cambio, para Schumacher, que se niega a participar en semejante circo, no hay sitio en este nuevo mundo y es despedido. Sin embargo, cae fascinado por Diana, una seductora y desalmada ejecutiva (F. Dunaway) que triunfa y lo sustituye al intuir el futuro éxito de Beale.

Diana es una trepa, adicta al trabajo, cuya única obsesión en la vida, aun cuando está en la cama con Schumacher, es su trabajo y conseguir elevar los ratings a cualquier precio. Incluso produciendo un programa –La hora de Mao Tse Tung– a un grupo terrorista –El ejército ecuménico de liberación (correlato del Ejército Simbiótico)-, con la intercesión de una líder del Partido Comunista (en realidad, un trasunto de Angela Davis).

 

 

En cualquier caso, Network es una película excepcional. Por un lado, gracias al excelente y lúcido guión de Chayefsky (verdadero artífice de la misma, pues, desde el punto de vista cinematográfico, la dirección resulta más bien discreta) al articular la trama mediante una voz en off y en torno a certeros y potentes monólogos (sobre todo los de Finch), así como al definir los personajes y situaciones que, a pesar de llevarlos al límite de la histeria, nunca pierden la credibilidad.

Por otra parte, porque cuenta con un elenco protagonista en estado de gracia, encabezado por una Faye Dunaway en el cenit de su carrera, secundada por unos excelentes FinchHolden y Duvall, y con la colaboración de unos secundarios magníficos: desde Ned Beatty (que protagoniza una de las escenas más turbadoras y diabólicamente conscientes de la filosofía corporativa globalizada) a Beatrice Straight (que, con una brevísima aparición con resonancias cassavetianas, retrata a la perfección la profunda decepción de un matrimonio en quiebra producto del hastío y de la propia crisis del hombre maduro).

Network se construye como una ácida farsa -peligrosamente al borde de lo inverosímil- sobre el cambio de paradigma en el mundo de la televisión y, por extensión, también sobre el caos del mundo actual. En este sentido, las escenas en el refugio del Ejército Ecuménico donde sus miembros, en vez de discutir de política o revolución, lo hacen (como verdaderos expertos) sobre porcentajes y derechos de emisión sindicados, o la aparición de la líder del Partido Comunista rodeada de un ejército de abogados, se cuentan entre lo mejor de la película, junto con aquellas otras que revelan el funcionamiento y toma de decisiones en el ámbito televisivo y en el corporativo.

De este modo, el film refleja un mundo despiadado y deshumanizado en el que todos, desde las alturas -en despachos situados en rascacielos-, a los escondrijos de los supuestos antisistema, manipulan y calculan; una sociedad donde no queda espacio alguno a la consideración humana y sólo cuentan el provecho, las audiencias, los ratings y los balances de resultados.

 

Una sociedad donde no queda espacio alguno a la consideración humana y sólo cuentan el provecho, las audiencias, los ratings y los balances de resultados.

 

Tal es así, que -en el colmo del cinismo- todo cabe en televisión, incluso los radicales y apocalípticos discursos de Finch, mientras se mantengan en lo alto de la lista de los programas más vistos y, siempre y cuando, no socaven, ni perjudiquen, los cimientos del negocio. Esto es posible porque el mismo hecho de difundir un discurso a través de la televisión, en un programa de variedades, desactiva el mensaje, por muy radical que sea; lo deja sin efecto, anémico, convertido en puro espectáculo.

 

Esto es posible porque el mismo hecho de difundir un discurso a través de la televisión, en un programa de variedades, desactiva el mensaje, por muy radical que sea; lo deja sin efecto, anémico, convertido en puro espectáculo.

 

 

Como contrapunto, asistimos al drama humano de un presentador y un ejecutivo que pertenecen al pasado y comprueban que no hay lugar para ellos en un medio al que han dedicado su vida y que hoy ha vendido su alma en exclusiva al entretenimiento y el espectáculo.

Tal es la desorientación y perplejidad que, en el caso de Holden, alcanza incluso al affaire con Diana y a su matrimonio, que mantiene en evidente contradicción con la supuesta ética que aplica con relación a su trabajo, pero en concordancia con los valores de la familia americana «tradicional».

La relación que Schumacher entabla con Diana también puede ser contemplada como otro ejemplo del cambio de paradigma que refleja el film: el fin del modelo de sexualidad patriarcal (p.e. los adulterios masculinos pseudoconsentidos) en pro de una sexualidad fría con intercambio evidente de los papeles tradicionales (Holden es la víctima propiciatoria, el abandonado, Ana Karenina).

Más allá de la farsa histriónica y de la sátira hiperbólica que pudo suponer Network en el momento de su estreno, el film ilustra perfectamente el actual panorama audiovisual, por lo que podemos ensalzar su carácter visionario, y apreciar su plena vigencia y carga profética.

No obstante, no debemos perder de vista la doble ironía de que tanto Lumet como Chayefsky fueran pioneros y defensores de ese mismo medio televisivo que ahora critican, y de que el film fuera recompensado, a pesar de su tremenda carga de profundidad, con una avalancha de premios por parte del propio establishment al que ponía en evidencia.

Asimismo, esta película se convertirá, paradójicamente, en ejemplo del ocaso de un tipo de cine más o menos cuestionable, pero adulto, cuyo declive coincide, simbólicamente, con el estreno al año siguiente de La guerra de las galaxias (G. Lucas, 1977).

 

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«Network, un mundo implacable», película de 1976

 

 

Max Schumacher (William Holden), presidente de la nueva división de informativos de la UBS (Union Broadcasting System), informa a Howard Beale (Peter Finch), el presentador más veterano de las noticias de la noche, de que en dos semanas se quedará sin trabajo, debido a la bajada de los share de audiencia.

Ambos acaban emborrachándose a la salida de la jornada laboral y lamentando el estado actual de la industria.

A la noche siguiente, Beale anuncia públicamente en directo que se suicidará tras la emisión de las noticias del martes siguiente.

UBS le despide tras este incidente, pero Schumacher media para que Beale tenga una despedida digna en televisión.

Beale promete que se disculpará, pero una vez en el aire vuelve a un discurso catastrofista, esgrimiendo que la vida es una mierda.

Los índices de audiencia dinamitan todos los pronósticos.

 

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Trailer (con las escenas más destacadas)

 

 

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Network: La voracidad de un sistema desalmado

Por Sebastián Sáez Burgos

El espectador imaginario

 

Se suele asociar el término “Hollywood” con lo banal, una forma de desacreditar el cine, de asociarlo con un estilo de espectáculo sin sentido y sin ningún tipo de profundidad. Nada esta más lejos de esa apreciación o, mejor dicho, quien lo afirma no conoce de la historia del cine. 

Detengámonos por un instante y viajemos a los gloriosos años 70 del cine norteamericano, más precisamente a la entrega de los Oscar de marzo de 1977, en la que competiríamos con películas de la talla de Rocky (que a la postre fue la ganadora), Todos los hombres del presidente y Taxi Driver todos exponentes icónicos de esta época de oro.

Sí, ese fue uno de esos años en que se nos hace muy difícil tener una favorita si a esa lista sumamos a Network, un mundo implacable, desde mi punto de vista, una de las mejores películas de Sidney Lumet, un director que, si bien no surgió durante esa década, aportó gran parte de las obras más destacadas.  

La filmografía de Lumet gira, en su mayor parte, sobre un eje en común: protagonistas problemáticos que por sobre todas las cosas se caracterizan por ir en contra de la corriente, personajes decididos por su convicción y generalmente apartados por gran parte de la sociedad.

Como a quien encarna Henry Fonda en 12 hombres sin piedad (12 angry men, 1957), un hombre enfrentado a la opinión de otros once con quienes conforma un jurado, que a fuerza de hacerlos reflexionar sobre el caso que tratan, va logrando modificar su opinión uno por uno. 

El prestamista (1965) nos presentaba a un soberbio Rod Steiger interpretando a un judío alemán sobreviviente del holocausto a quien, a pesar del paso del tiempo, los fantasmas del horror vivido en aquellos años lo seguían persiguiendo, a pesar de vivir en un lugar como Nueva York, completamente diferente a su lugar de origen.

En Serpico (1973), un policía honesto interpretado por Al Pacino hace frente a un mundo lleno de corrupción y connivencia entre las fuerzas de la ley y la delincuencia. O podemos citar Tarde de Perros (Dog day afternoon, 1975), donde lo que aparenta ser un simple robo de banco más se convierte en una cuestión que está en debate hasta nuestros días.

Allí se encuentra el punto que más me fascina de la filmografía de Lumet: todas las cuestiones que planteó a lo largo de la misma parecen muy actuales.

¿Alguien imaginaría en 1957 que los planteos de Henry Fonda en 12 hombres sin piedad todavía estarían en discusión aun varios años entrado el siglo XXI? ¿Alguien imaginaría en 1975 que cuestiones referidas a la lucha LGBTIQ seguiría siendo motivo de debate cuatro décadas y media después?

Es entonces donde no salgo de mi asombro si pienso que cuando se filmó Network, un mundo implacable faltaban más de veinte años para que internet comenzara a volverse masivo y unos treinta para la irrupción de las redes sociales en nuestras vidas cotidianas y, aun así, al verla parece tan actual que genera un sentimiento que mezcla resignación e indignación

¿Hemos aprendido algo? Plantea varias cuestiones como el poder monopólico de las corporaciones, lo pequeños e insignificantes que somos ante ello, pero por sobre todas las cosas, lo frágiles que somos frente al sistema.

 

Plantea varias cuestiones como el poder monopólico de las corporaciones, lo pequeños e insignificantes que somos ante ello, pero por sobre todas las cosas, lo frágiles que somos frente al sistema

 

 

El protagonista, un famoso presentador de noticias con años de trayectoria se ve repentinamente envuelto en una crisis personal que lo hunde al punto de hacerle perder todo, pero es en su reacción donde los directivos de la cadena de TV para la que trabaja ven una gran y oscura oportunidad. Esa oportunidad era de lo más salvaje: hacer de sus declaraciones un espectáculo televisivo, aunque estas revelaran al público los secretos más tenebrosos de la relación que existe entre los medios de comunicación y quienes los financian.  

Aunque la historia discurra por dos vías bien marcadas, por un lado, el largo derrotero de los días finales de Howard Beale (Peter Finch) y por el otro, el ascenso profesional exponencial en la carrera de Diana Christensen (Faye Dunaway), el enfoque principal se posa sobre la figura del primero. 

Finch debe componer un personaje histriónico, rendido ante el alcoholismo y que de un día a otro debe lidiar con la pérdida de lo único que daba sentido a su vida: su trabajo. Es tan emotiva su interpretación, tan profunda y conmovedora que es imposible que no acompañemos a su personaje en sus sentimientos, tanto en sus momentos más “revolucionarios” como en sus choques de realidad al cruzarse con los más altos directivos de la UBS y sus condicionamientos.

El británico falleció unos dos meses antes de la entrega de los Oscars de 1977 y se convirtió en el primer ganador póstumo del galardón a mejor actor principal.

 

 

 

Su trabajo es tan imponente que en su categoría le ganó a Robert De Niro (que estaba nominado por un personaje tan icónico como Travis Bickle), a Sylvester Stallone (por el emblemático Rocky Balboa) y a William Holden, quien interpreta en esta misma película al productor de noticias Max Schumacher

¿Hubo alguna necesidad de homenajearlo entregándole el Oscar póstumo? Por supuesto que no, se lo merecía sin ningún tipo de dudas. En su contraparte está Faye Dunaway, que también ganó el Oscar a mejor actriz principal y se encuentra al nivel de Finch, componiendo un personaje lleno de contradicciones, dispuesta a cualquier cosa con tal de lograr sus objetivos.

No hago hincapié en las nominaciones y ganadores de los premios de la Academia por una cuestión aislada, sino que procuro demostrar un aspecto de Sidney Lumet que lo transformó en uno de los más grandes realizadores de la historia del cine: su excelente trabajo en la dirección de actores. Y este comentario no va en detrimento del gran reparto con el que contó Network, un mundo implacable.

 

Network
Max Schumacher (William Holden)

 

Como citara anteriormente, otro de los grandes trabajos es el de William Holden ¿eclipsado? por el de Finch, pero no menos extraordinario al momento de personificar a un productor de espíritu noble y amigo personal de Beale, que debe lidiar con la maldad de los desalmados directivos de la UBS. 

Frank Hackett, uno de ellos, es personificado por un impecable Robert Duvall, de quien sólo voy a hacer un comentario: Qué impresionantes los años 70 de este gran actor!  Y no quiero dejar de mencionar a Beatrice Straight, quien ganó la estatuilla a mejor actriz de reparto y a Ned Beatty, quien estuvo nominado en su contraparte masculina.

En su libro Así se hacen las películas, Lumet detalla el proceso completo que lleva un film desde el punto de vista de un director, llenándolo de consejos y formas de generar un equipo que trabaje en armonía. Esta cuestión no es menor, ya que se ve plasmada en el resultado final de la cinta y por ello es que esta película fue multipremiada en varias entregas de premios internacionales. 

 

 

La forma de exponer la voracidad y lo obsceno del comportamiento de las grandes corporaciones por parte del guionista Paddy Chayefsky me parece magistral, partiendo de la historia de un hombre exitoso devenido en un desecho de la industria y paralelamente, el ascenso de una productora sin escrúpulos en un mundillo que, digámoslo, se ve horrible.

Todo condensa para que en el tercer acto el protagonista reciba una revelación que frustra el sentido que tomó su vida y todo desemboque en un final triste, oscuro y con un mensaje repleto de impotencia, una característica de gran parte de la filmografía de Lumet.

Y para agregarle más pimienta aun, Network, un mundo implacable contó con el trabajo fotográfico de Owen Roitzman, que venía de trabajar en dos películas de William FriedkinContra el imperio de la droga (The French Connection, 1971) y El Exorcista (The Exorcist, 1973).

Es en el uso de la luminosidad, la sensación de aturdimiento de Beale y las relaciones de peso que Roitman explicita la balanza del poder sobre la que oscila esta historia, que no representa más que lo que ocurre en la realidad; realidad que está a la vista de todos y muchos no logran ver

Con Network, un mundo implacable, Sidney Lumet nos dejó una advertencia que nunca escuchamos, pero también hizo un amplio análisis de la sociedad de aquella época, que no era más que un preludio de lo que ocurriría décadas después: conglomerados de medios absorbiendo a otros, a la vez que sus accionistas controlan el contenido que ellos reproducen.

Y todo esto mientras promueven un discurso unificado que destruye el análisis y favorece la banalización, a veces incluso beneficiándose de gente que, haciendo el ridículo o simplemente hartos de una realidad cada día más oscura, procura tener una voz propia entre tanto mensaje corporativo que nos rodea.