«Los de Sánchez son tan etnicistas, o más, que los de Convergencia. En el tiempo que llevan en el poder han puesto más multas por no usar el catalán que los pujolistas»
Cuando ganó las últimas elecciones catalanas el tal señor Illa, que es como si dijéramos la cabeza pensante de los socialistas en esa comunidad, por un momento pareció que llegaba un poco de sensatez a la parte más etnicista de la península. La perspectiva que da el tiempo transcurrido permite confirmar que los socialistas catalanes son los más rigurosos herederos de la industriosa empresa Pujol & Cía.
En el País Vasco, donde este año han castigado a los estudiantes con una cantidad enorme de ceros en los exámenes de vascuence, por lo menos las cosas están claras:
El gobierno eterno de los nacionalistas étnicos se ocupa de que allí no se mueva un euro que no lleve su huella. Por eso de vez en cuando se dedican a atormentar a la población para que recuerden quién manda en esa parte. Porque esta es la cuestión: allí en donde el uso de una lengua es asunto de Estado, los ciudadanos reciben todos los días un mensaje que dice así: has de hablar lo que dice tu dueño, tu lengua es mía.
Pero parecía que en Cataluña se abría una grieta en el muro de hormigón de los arcaicos nacionalistas. No ha sido así. Los de Sánchez son tan etnicistas, o más, que los de Convergencia. Y eso lo sabemos porque en el tiempo que llevan en el poder han puesto más multas por no usar el catalán que en la época de los pujolistas. La última cifra conocida (de 2024, porque esconden su basura todo lo que pueden) no es una fruslería: 409.105 euros.
Detalle de ‘La nueva novela’ (1877), óleo sobre lienzo de Winslow Homer.
Cuando Jean-François Lyotardpublicó La condición posmoderna en 1979, lo hizo en un contexto marcado por el agotamiento de las grandes promesas de la modernidad. Yo asistía en ese momento a las clases de Lyotard en la Universidad de Vincennes y recuerdo que el texto fue recibido con estupor positivo, como si se tratase de una revelación.
El optimismo ilustrado, la fe en el progreso científico, las expectativas revolucionarias y las ideologías capaces de ofrecer una explicación total del mundo habían sufrido un desgaste profundo, según Lyotard.
Las guerras mundiales, los totalitarismos, las decepciones políticas y la creciente complejidad de las sociedades avanzadas habían erosionado la confianza en cualquier relato que pretendiera dar sentido unitario a la experiencia humana.
Lyotarddescribió ese fenómeno con una fórmula que se hizo célebre:
la incredulidad hacia los grandes relatos era justamente la condición posmoderna.
Y esa incredulidad no se limitaba a la política o a la filosofía. Implicaba también una transformación de la sensibilidad que Lyotard no acabó de ver. Si ya no era posible creer en una narración total que organizara la historia, tampoco resultaba fácil aceptar formas narrativas que exigieran continuidad, paciencia y adhesión prolongada, me parecía a mí.
Al final de su reflexión, Lyotard veía con simpatía la proliferación de pequeños relatos locales, parciales, fragmentarios.
En esto coincidía con Roland Barthes, que había contribuido a desplazar la atención desde las grandes estructuras de significado hacia los discursos fragmentarios. Ambos percibían en la fragmentación una liberación frente a las pretensiones de las grandes ideas, que solo eran grandes por inflación.
Sin embargo, lo que entonces aparecía como una posibilidad estética e intelectual se ha convertido hoy en una condición general de la experiencia. Vivimos en un mundo de relatos breves, simples y discontinuos. Un mundo de comentarios.
La narración ha dejado paso a la observación instantánea y el argumento se ha volatilizado. En lugar de seguir una trayectoria, seguimos una sucesión de interrupciones que conducen a una suerte de automatismo psíquico puro.
La transformación afecta tanto a quienes escriben como a quienes leen. El relato tradicional suponía una confianza en el desarrollo. Exigía atravesar zonas de espera, aceptar complejidades, acompañar a personajes durante largos recorridos emocionales. La lectura implicaba una forma de permanencia. Hoy, en cambio, la lógica dominante es la del fragmento autosuficiente.
La lectura implicaba una forma de permanencia. Hoy, en cambio, la lógica dominante es la del fragmento autosuficiente.
Fachada del Congreso de los Diputados. Europa Press
El cinismo y la inmoralidad de los estamentos gubernamentales del país es intolerable. Abruma. Asfixia. Asistir cada día a ese espectáculo de vileza, desplegado sin pudor ante quienes tengan ojos para ver, oídos para escuchar, corazón para sentir y cerebro para pensar, destroza el sentimiento moral de cualquier persona normalmente constituida.
¿Normalmente constituida?
A saber. Parece que lo normal es vivir entre Sodoma y Gomorra, en Corleone, en Babilonia o Port Royal, bajo los auspicios de Pedro Botero, sumisos a su ley, mientras hozamos en un muladar de boato y excremento.
Ya no cuela el rancio tópico izquierdista de que los perversos y venales son los de arriba, los que dirigen el cotarro, en tanto que los virtuosos son los de abajo. Porque los que lideran son sedicentes progresistas, esforzados militantes del bien y la justicia, antídoto contra toda lacra ética, defensores de la atmósfera, las aguas, el clima, la fauna, la flora, los desvalidos y el planeta. En fin, salvadores de la humanidad y paladines del igualitarismo.
¿Cómo podría uno sostener que el delito está en la cúspide, léase la vigente flor y nata constitucional, cuando nuestras élites representan sin complejos la zafiedad, la incultura, el mal gusto, la rapiña o el extremismo, y exhiben una desfachatez sin dignidad ni cordura, mientras encarnan la oclocraciamás prostibularia y hortera?
No queda el menor resquicio para invocar al Buen Salvaje de Rousseau, al Nuevo Hombre de Lenin, Stalin o el Che. ¡Ah los ideales socialistas y revolucionarios, su contumaz utopismo, el cuento chino que tanto hizo salivar a fracasados, resentidos y envidiosos!
Si el problema fuera de casta hegemónica, si emanara de una minoría maligna, traidora a los valores colectivos, la solución estaría cercana. Bastaría con apresar, castigar y liquidar a tales malandrines, instaurando los valores del pueblo. Sería tan fácil como perseguir y eliminar a los funestos gobernantes, desactivar su corte de lacayos, funcionarios y sicarios, para confiar el poder a la sana mayoría de personas decentes y cabales.
Pero el problema es otro. Es de números, de proporción.
Es un problema análogo al que afrontaba la Alemania nazi en 1945. Donde había que buscar con lupa a quien no se hubiera beneficiado del sistema y contribuido a sostenerlo, a quien se hubiera opuesto a Hitler, a quien hubiese sentido aversión al Holocausto, la invasión de tantos países y la normalización de una política criminal.
El lavado de toda esa inmundicia, mediante el famoso Persilschein o test de detergente, fue la chapuza menos mala que se les ocurrió a los administradores de la victoria (o la derrota, según se mire).
Los millones de nazis ubicados en la Alemania oriental fueron transmutados en devotos comunistas de la noche a la mañana para seguir gestionando el territorio como antes, ahora a las órdenes de Moscú;
y los millones de nazis de la Alemania occidental fueron declarados conversos a la democracia cristiana, la socialdemocracia anticomunista y sostén del naciente estado de Israel.
Los millones de nazis ubicados en la Alemania oriental fueron transmutados en devotos comunistas de la noche a la mañana para seguir gestionando el territorio como antes, ahora a las órdenes de Moscú, y los millones de nazis de la Alemania occidental fueron declarados conversos a la democracia cristiana, la socialdemocracia anticomunista y sostén del naciente estado de Israel.
Un timo más descomunal que el Coloso de Rodas. Pero un timo que no sucumbió a un terremoto, sino que aguantó, posibilitando que una ingente masa de tristes actores fuese interiorizando poco a poco su impostura y mudando de relato. Un rebaño es un rebaño, aquí y en Pekín.
¿Sería algo así viable en esta España carcomida por la corrupción, el fraude, el fingimiento, el autoengaño, y que jalea los peores trucos del estafador?
¿Cómo articular otro Persilschein general, erradicando la podredumbre de las instituciones del Estado y extirpando las burradas del sistema educativo, de los medios de comunicación, de la sedicente Memoria Democrática (¡menuda antífrasis!) y del conjunto de tics racistas del separatismo, que solo desean la voladura integral de la patria?
Y a todo esto:
¿No los cansa su acuciosa dedicación al latrocinio, su inmersión en el derroche, el hedonismo y el engaño?
¿No alcanzan a sentir empacho de ser como son?
¿No se hartan de esa sonrisa farisea, esa jactancia pinturera?
¿No experimentan ni siquiera una náusea breve? ¿No sienten la menor nostalgia de una vida de bien, buscadora del mérito propio, capaz de amar y respetar a los demás sin trasquilarlos?
¿Desconocen los placeres de una vida respetable?
¿No les salen por las orejas las “sobrinas”, las fullerías y las coimas?
Es natural que a Drácula le espante el ajo, que a Asmodeo le dé grima el pescado, que a cualquier santurrón con la caja fuerte repleta de joyas y cuentas corrientes en los paraísos fiscales más exóticos le repatee cualquier intento de quitarle el chollo.
A no otra cosa motejan de ultraderecha, de franquismo, de riesgo mortal para su modus vivendi.
Lo mismo que están siempre dispuestas a la bronca las turbas de sus talibanes de base, los que odian gratis, a los llevan décadas amaestrando para dicho cometido, y que babean como el can de Pávlov cuando los citan a la lucha antifascista.
No debemos esperar milagros, aunque sí encomendarnos a todas las fuerzas del Cielo que puedan ayudarnos. Ayudarnos a extraer las últimas gotas de honestidad y pundonor que sobrevivan en nuestro interior.
Predicando con el ejemplo y limpiando la parte que nos toca de los establos de Augias. Porque a los nazis no los echas rezando, poniendo la otra mejilla, quedándote quieto y anunciando tu pacifismo.
A los nazis no los echas rezando, poniendo la otra mejilla, quedándote quieto y anunciando tu pacifismo.
Mientras sólo encuentren facilidades, entran como el cuchillo en la mantequilla al sol. Y aquí cabe preguntarse si la oposición española se opone a algo más que no sea perderse la bicoca del presupuesto.
La bancarrota moral de la nación es hoy total. Esto no se arregla con promesas de brotes verdes, ni teorías del mal menor basadas en que los que accedan al negocio sean de otra yeguada.
Es menester que el que cambie sea el español de a pie, que se ponga a depurar sus culpas y tibiezas, en vez de exigir que un arte de birlibirloque alumbre una minoría solvente de políticos sin tacha. Si el ciudadano corriente dejase de fantasear con erigirse en lucrativo clon de tal o cual cateto travestido de estadista, cabría una leve esperanza.
Pero ese ciudadano ha de verlo por sí mismo, cara al espejo. Ha de ponerse las pilas, armarse de valor, girar 180 grados y liberarse de esas taras que, por lo visto, resultan de lo más gratificantes.
Si el ciudadano corriente dejase de fantasear con erigirse en lucrativo clon de tal o cual cateto travestido de estadista, cabría una leve esperanza
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