NACIONALISMO Y FRANQUISMO: EL RÉGIMEN DEL 78, LA MEGAMÁQUINA DE ROBAR HEREDADA DEL FRANQUISMO. Desde el Franquismo a la Posdemocracia. Oprimidos por los mismos perros; sujetos por los mismos collares.

NACIONALISMO Y FRANQUISMO: EL RÉGIMEN DEL 78

EL RÉGIMEN DEL 78, la Megamáquina de robar heredada del franquismo.

DEL FRANQUISMO A LA DEMOCRACIA: "Después de Franco, las Instituciones".

Recuerdo los 20 de Noviembre, con Franco en el Balcón del Palacio de Oriente. Pensábamos que le levantaban el brazo para que creyésemos que seguía vivo. Lo necesitaban. Los mismos que entonces le levantaban el brazo siguen siendo quienes hoy mandan en España; bueno, sus sucesores. Una familia aumentada con algunos de sus sicarios, que fueron "elevados", más que ascendidos, con el paso de las décadas. Ejercen el Poder sobre nosotros sin presentarse a elección alguna, desde sus Consejos de Administración y sus Cargos dotados de Autoridad. Pero, por fin, sin tener que avergonzarse ante el mundo; ahora el expolio queda santificado por la ilusión de la Democracia, el espectáculo de masas presentado por un siniestro nigromante, que unas veces tiene forma de Magistrado, otras tiene forma de Institución Bancaria, pero que puede tener o cualquier otra forma o sustancia que el dinero pueda comprar, al que llamamos "Régimen del 78".

NACIONALISMO Y FRANQUISMO
Una vez muerto Franco, el deseo de los franquistas ("Después de Franco las instituciones"), se presentó como la lucha de las "familias" franquistas cara a la definición del nuevo régimen postfranquista, cuyo desenlace determinó el contenido de la Constitución de 1978.

 

"El franquismo y sus fundamentos autoritarios y antidemocráticos continúan estando presentes en una parte del  poder judicial”, que tiende a "restringir gravemente y hasta suprimir, derechos civiles democráticos que nos parecían irreversibles, recurriendo incluso a un incremento de la penalización de ciertas conductas consistentes en el ejercicio de aquellos derechos…”. (“Jueces pero parciales. La pervivencia del franquismo en el poder judicial”, de Carlos Jiménez Villarejo  y Antonio Doñate).

"La élite económica y social de este país, representada por la derecha, sigue pensando que el país es suyo, y en parte lo creen con razón, ya que nunca les fue arrebatado. A la muerte de Franco aceptaron que era inevitable aprobar nuevas reglas, sí, pero se encargaron de que dichas nuevas reglas no supusieran una completa ruptura con el pasado. Así que nadie detuvo a los torturadores, nadie obligo a los ladrones a devolver lo robado, nadie expulsó de la carrera judicial a los jueces franquistas, nadie desposeyó de nada a las grandes fortunas que se hicieron sobre la rapiña de la guerra y la posguerra; las reglas cambiaron mansamente para ellos  y aunque llegó la democracia, la derecha quiso que eso no implicara pérdida de privilegios ni de poder. No voy a entrar en si se pudo o no se pudo hacer de otra manera, esa es otra cuestión. Se hizo así y así estamos" (Beatriz Gimeno).

Nadie quiere que tengamos "Memoria Histórica" del final de la Dictadura. 

Señala el analista Germán Gorráiz, como "el establishment del Estado español estaría formado por las élites financiera-empresarial, política, militar, jerarquía católica, universitaria y mass media del Estado español que serían los herederos naturales del legado del General Franco y que habrían fagocitado todas las esferas de decisión”.

 

Recuerdo los 20 de Noviembre con Franco en el Balcón del Palacio de Oriente. Pensábamos que le levantaban el brazo para que creyésemos que seguía vivo. Lo necesitaban. Los mismos que entonces le levantaban el brazo siguen siendo quienes hoy mandan en España, bueno, sus sucesores. Una familia aumentada con algunos de sus sicarios, ascendidos. Ejercen el Poder sobre nosotros sin presentarse a elección alguna, desde sus Consejos de Administración y sus Cargos dotados de Autoridad. Pero, por fin, sin tener que avergonzarse ante el mundo; ahora el expolio queda santificado por la ilusión de la Democracia, el espectáculo de masas presentado por un siniestro nigromante, unas veces con forma de juez, otras con forma de banquero, pero que puede tener o cualquier otra forma o sustancia que el dinero pueda comprar, al que llamamos "Régimen del 78". FOTO: 20N 1975

Después de Franco, las Instituciones.

Como hacer una "Transición" que no afecte al status quo del poder.

A comienzos de los años sesenta la oposición, tanto la interior como la exterior, estaba desmoralizada y desorganizada, era muy débil, y el régimen de Franco, tras la ruptura del cerco internacional establecido tras la guerra mundial, se había consolidado.

 

Ciertamente el marco político no parece haber sido un motivo de especial preocupación para el conjunto de la sociedad, inmersa en una etapa de crecimiento económico y de aspiraciones materiales que, a diferencia de etapas anteriores, en parte pueden ser cubiertas.

La inmensa mayoría de los ciudadanos se mantiene al margen o se niega a colaborar con las actividades de la oposición hasta finales de los sesenta, bien por falta de identidad con los ideales de una izquierda muy ideologizada, o por la mezcla de miedo y resignación de las clases populares obligadas a vivir en unas condiciones de vida extremadamente duras durante la posguerra y después atraídas por la posibilidad de una mejora material que no habían imaginado.

 

el crecimiento económico alcanzado durante esta década otorgó al franquismo amplios apoyos sociales. Pero estas nuevas clases medias apenas muestran interés en cuestionar el sistema político y en buena medida se identifican con la jefatura de Franco, convirtiéndose en la pieza clave de la legitimación de su régimen. Es decir, un amplio sector de la sociedad de entonces colabora con la dictadura, mucho más allá de lo que ahora se quiere reconocer.

 

En cualquier caso, entonces la crisis del régimen parece haber sido mucho más una crisis de sucesión y de distanciamiento creciente entre la sociedad y el régimen que una crisis consistente en la erosión del régimen como consecuencia de la labor de la oposición.

El 9 de febrero de 1962, mediante carta dirigida al presidente del Consejo de la Comunidad Económica Europea (CEE), el gobierno español solicitó de este organismo la apertura de negociaciones para una eventual asociación susceptible de llegar en su día a la integración. La propuesta no fue bien recibida y las negociaciones fracasaron como consecuencia de la decisión de la CEE de vincular el ingreso de nuevos miembros a condiciones geográficas, económicas y políticas. En el caso español pesaron las políticas.

El Tratado de Roma de 1957, por el que se creó la CEE, no especificaba este tipo de condicionante para la adhesión, pero con anterioridad a la solicitud de Franco, en enero, se había planteado el problema en el seno del Parlamento Europeo y éste había aprobado el Informe Birkelbach, que en su punto 25 establecía: “La garantía de la existencia de una forma de Estado democrático en el sentido de una organización política liberal es una condición para la adhesión”.

Pese a que en 1970 el Estado español obtiene de la CEE un acuerdo preferencial favorable, sectores cada vez más amplios de la clase política franquista y los más dinámicos de la burguesía industrial y financiera expresan y explican en diferentes foros la necesidad de que España se incorpore al proceso de unidad económica de Europa. Unos y otros son conscientes de que el crecimiento sostenido de la economía española exige una relación más estrecha con la CEE.

Recordemos que el crecimiento y la liberalización de la economía española, a la vez causa y resultado de una integración cada vez mayor en el sistema económico europeo, coinciden en el tiempo con el auge de la Comunidad Económica Europea.

 

el rechazo de la CEE a la incorporación de España hace del europeísmo una bandera y un elemento de presión contra el régimen, dado que el veto político sitúa a la sociedad española ante la circunstancia de que la forma de régimen no es la adecuada para un país en vías de modernización y que tiene como marco geográfico de relación privilegiada a Europa occidental; además la necesidad de esta homologación no es reivindicación principal de las formaciones antifranquistas que se mueven en la clandestinidad, pero sí, cada vez más, de los sectores sociales que durante tres décadas se han identificado con el franquismo y reclamado formas políticas autoritarias

 

Sin embargo, no se debe olvidar que el desarrollo económico español sirvió, primeramente, en los años cincuenta y sesenta para consolidar el régimen (el crecimiento económico fue el nuevo elemento de legitimación del régimen, mucho más presentable que la victoria en una guerra civil), y que si bien el crecimiento económico puede poner en marcha un proceso desestabilizador del sistema político dictatorial, nunca es la única explicación del mismo.

En España la transformación de la estructura social no exigía el tipo de transición que después tendría lugar, la particular resolución española de la crisis del régimen, ni explica el resultado final del proceso de transición.

 

junto a los cambios estructurales, debemos atender a los factores políticos, entendiendo por tales la competencia por el poder y los privilegios derivados del mismo

 

Por lo tanto, junto a los cambios estructurales, debemos atender a los factores políticos, entendiendo por tales la competencia por el poder y los privilegios derivados del mismo, y las diferentes concepciones y estrategias desarrolladas por las fuerzas que participan, en mayor o menor medida, primero en el diseño de una reforma del sistema y después en el proceso de cambio de régimen.

La transformación socio-económica, y el hecho de que el intervencionismo delEstado en la economía hubiese dado lugar a la fundación de numerosas empresas de capital público, supuso un cambio profundo en el tamaño y el papel del Estado desde comienzos de los años sesenta. Y el aumento de funcionarios y servidores del Estado contribuyó “a liquidar la base institucional del poder de la coalición autoritaria originaria".

Esto no significa que los grupos fundacionales del régimen dejen de tener a sus miembros situados en la cumbre del sistema, donde se deciden los asuntos de mayor relevancia política. Pero las rivalidades surgidas entre los grupos políticos franquistas son diferentes a las de décadas anteriores.

Ahora las disensiones en el interior del régimen se desarrollan en dos niveles principales. En primer lugar en el de la esfera gubernamental, mediante la competencia protagonizada entre dos equipos políticos delimitados, pero no perfectamente cohesionados: el equipo tecnocrático, y el conformado por el personal procedente y ligado al aparato del Movimiento, cada uno de los cuales cuenta con un proyecto diferenciado para encarar la institucionalización del régimen y la sucesión cuando ésta tenga lugar.

Los tecnócratas, conocidos así por su gestión al frente de los ministerios económicos y el énfasis puesto en los conceptos de modernización eficacia, ofrecen una imagen de unidad en razón tanto de la existencia de un programa común, aunque con notables matices personales, como de la pertenencia de buena parte de sus miembros al Opus Dei (Carrero, desde su posición de mano derecha de Franco, había promovido el acceso al poder de personas vinculadas, por lo menos espiritualmente, al Opus Dei y reducido la presencia de los hombres de Falange y Acción Católica en el Gobierno y la Administración).

 

Gracias a Carrero, y al asentimiento de Franco, los tecnócratas alcanzan una posición hegemónica en las tareas de conducción del Estado a finales de los sesenta: se sitúan, primero, al frente de los Planes de Desarrollo y carteras económicas y paulatinamente ocupan otras áreas de gobierno

 

Los tecnócratas entendían que el Estado debía ser, más que movilizador ideológico de la sociedad (que era lo que pretendían los falangistas), un organismo garante de la continuidad del ordenamiento político existente, y gestor de servicios económicos y administrativos. Su programa consistía en una reforma de la administración para modernizar el Estado, la apertura en política exterior, el desarrollo económico frente al desarrollo político auspiciado por otros componentes del régimen, y la instauración monárquica.

Se les puede catalogar como franquistas puros, entendiendo por tales a católicos integristas y autoritarios, pero al mismo tiempo pragmáticos y favorables a una instauración monárquica, que no restauración, a la muerte de Franco.

 

Para los Tecnócratas, una vez solucionado el problema sucesorio, el proceso de modernización económica legitimaría en su día el nuevo régimen autoritario

 

En contraposición a estos planteamientos el personal político vinculado al Movimiento, y por tanto a organismos nacidos del partido único, y distintas personalidades que se sienten movimientistas, como Manuel Fraga, sostenían que el desarrollo económico debía ir acompañado de un desarrollo político. Lo cierto es que el Movimiento continuaba siendo un elemento importante de control sobre la sociedad a través de sus delegaciones y servicios.

 

el equipo del Movimiento creía que la supervivencia de la estructura de la que emanaba su influencia quedaría asegurada mediante la apertura de cauces de representación política que permitieran el reclutamiento y encuadramiento tanto de las antiguas como de nuevas bases de apoyo

 

Este modelo de desarrollo político suponía reorganizar el Movimiento de forma que sus estructuras y funcionamiento quedasen reguladas en una ley fundamental, y que se incorporasen al mismo las tendencias políticas que formaban parte de la coalición franquista; esto implicaba la aceptación por todas ellas del compromiso de hacer política exclusivamente en el marco del Movimiento, y que la incorporación al mismo sería canalizada mediante la creación y regulación de asociaciones políticas de "opinión" o de "acción política", que aceptarían los denominados Principios Fundamentales del Movimiento.

Pero esta operación es frenada por el entorno de Carrero, que entiende, al igual que había ocurrido en 1956, que en las leyes fundamentales se debía regular el Movimiento como comunión de los españoles en los Principios Fundamentales del Movimiento, pero no aquello que era relativo a sus estructuras y funcionamiento, y que es contrario a la existencia de asociaciones políticas (un equivalente a los partidos tantas veces condenados por la propaganda del régimen) con capacidad para ejercer una acción crítica sobre el gobierno.

Decíamos que las disensiones en el interior del régimen se desarrollan en dos niveles principales. Hemos hecho referencia a lo que sucede en el nivel del Gobierno, donde compiten dos equipos políticos. Y nos queda un segundo nivel, referido tanto al conjunto de la clase política situada en las esferas del poder, como a personas, casi exclusivamente varones, de clase media y media alta, que ocupan puestos en la Administración, en muchos casos en empresas de propiedad estatal, o han triunfado como profesionales liberales y que, en ambos casos, sienten el deseo de ejercer como políticos en un futuro próximo.

 

un segundo nivel referido tanto al conjunto de la clase política situada en las esferas del poder, como a personas, casi exclusivamente varones, de clase media y media alta, que ocupan puestos en la Administración, en muchos casos en empresas de propiedad estatal, o han triunfado como profesionales liberales. Este nivel nos remite al conflicto abierto entre continuistas, involucionistas y reformistas desde mediados de la década de los sesenta y agudizado tras el asesinato de Carrero y la llegada a la jefatura del Gobierno de Carlos Arias; hasta este momento todas las familias franquistas habían sido partidarias de la continuidad de la dictadura como forma de gobierno y se habían negado a cualquier entendimiento con los derrotados en la guerra civil y con cualquiera que se situase extramuros del régimen

 

Este nivel nos remite al conflicto abierto entre continuistas, involucionistas y reformistas desde mediados de la década de los sesenta y agudizado tras el asesinato de Carrero y la llegada a la jefatura del Gobierno de Carlos Arias. A este nivel lo que se dirime es una lucha por el poder entre distintas corrientes franquistas, y también la posibilidad de que desde dentro del régimen se de paso a una reforma parcial del sistema político.

 

a partir de finales de los sesenta, de forma paulatina y con ciertas dosis de improvisación, una serie de políticos franquistas propugna la reforma del sistema, con el propósito de ampliar sus bases sociales y atenuar el nivel de rechazo al régimen, y muestra su disposición a intentar llegar a acuerdos con un sector de la oposición antifranquista

 

En todo sistema autoritario sucede que cuando fallan los sistemas de arbitraje establecidos, los perdedores no tardan en contemplar la posibilidad de acudir a otras instancias decisorias. A comienzos de los años setenta, desde el punto de vista reformista, la única instancia que podía cumplir ese papel era la opinión pública, y a ella intentaron hacer llegar sus propuestas. Es decir, al perder espacio en el gobierno tratan de organizarse fuera del mismo, desde donde ejercen una labor crítica, y, en ocasiones, buscan y encuentran nuevos aliados en sectores excluidos del poder.

Ese camino ya había sido recorrido antes de esa fecha por una parte del personal que desempeña tareas de responsabilidad de segundo orden en departamentos políticos y económicos, el cual se organiza en grupos que mantienen un contacto permanente para tratar de asuntos políticos. Y a sus filas irán llegando nuevos convencidos de la necesidad de caminar por esa vía.

 

El escándalo estalló el 23 de julio de 1969 cuando el director general de Aduanas denuncia a Matesa (Maquinaria Textil del Norte S.A.) ante el Tribunal de delitos monetarios, que interviene la empresa y encarcela al empresario y principal accionista de la sociedad, Juan Vilá Reyes y también a otros accionistas y directivos. Se conoce que la empresa Matesa, fundada en 1956 como una empresa familiar, mantení­a una deuda de 10.000 millones de pesetas con un banco público (el Banco de Crédito Industrial, dirigido por José González Robatto). La empresa habí­a adquirido en 1957, las patentes de fabricación de un telar francés sin lanzadera (rebautizado por la empresa como Iwer), capaz de tejer cualquier clase de material, desde papel hasta fibra de vidrio. La empresa desarrolló más de 100 patentes y depósitos y las ofreció en el exterior, iniciando una expansión internacional. La verdadera dimensión de la pretendida expansión internacional de la compañí­a mediante exportaciones de dicho telar quedó al descubierto con la visita a España del ministro argentino de industria (se comprobó que sólo se habí­an vendido 120 de los 1.500 telares que se habí­an enviado a Argentina sin comprador a fin de cobrar los créditos a la exportación a través del citado banco). Para ello manipularon documentos y realizaron salidas ilegales de capitales por algunos miles de millones de pesetas.

 

Utilizamos los términos inmovilismo involucionismo para referirnos a aquellos sectores del régimen que en la etapa del tardofranquismo (1966-1975) se movilizan para impedir que en vida de Franco, a quien perciben débil física y mentalmente, se produzca cualquier cambio en las estructuras sociales y políticas implantadas por la dictadura.

 

Pasa a denominarse búnker a la mentalidad ligada al esquema de valores impuesto por los vencedores en la guerra civil y, más concretamente, a algo que es, mucho más que una ideología o un programa determinado, una forma de defender intereses políticos y económicos. Una parte de ellos pueden ser tentados para apoyar un proceso de apertura o para que no lo obstaculicen a cambio de su incorporación al proceso, es decir, garantizándoles su continuidad en las estructuras de poder.

Los reformistas no son demócratas; contemplan una hipotética democratización de las estructuras del régimen como un proceso por ellos pilotado y aceptado por el resto de fuerzas políticas; los reformistas no entienden originalmente la transición como un proceso democrático, más bien todo lo contrario, se convertirán en demócratas a la fuerza, por la presión de los acontecimientos.

Tampoco lo son la mayor parte de quienes integran las fuerzas de la oposición, lo que no impedirá que buena parte de sus representantes se comporten como demócratas y auspicien una solución democrática.

En la fase final del franquismo lo que encontramos, más que familias, son clientelas de carácter personalista.

 

La división de la clase política y el paulatino aislamiento de los involucionistas son factores que facilitan el proceso de cambio de régimen y el éxito del proceso iniciado de transición a la democracia. Si en el momento de la muerte del dictador el régimen hubiese estado compuesto por un bloque monolítico la transición a la democracia habría resultado mucho más complicada, desde luego habría sido un proceso más largo, seguramente con una fase de democracia restringida.

En cambio, esa división y la incapacidad de la oposición para derribar el régimen y establecer un gobierno provisional propician el acercamiento entre los moderados de dentro y fuera del sistema político, partidarios todos ellos de un mismo modelo económico, de la monarquía como forma de Estado, del concierto con la iglesia católica y de la democracia parlamentaria, con límites predeterminados, como forma de gobierno.

«La división de la clase política en el tardofranquismo», por José L. Rodríguez Jiménez.

 

“Si nos tuviésemos que ir todos los que un día gritamos ¡Viva Franco! Aquí quedábamos cuatro” (José Bono)

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PROTEGIDOS POR EL FRANQUISMO; PROTEGIDOS POR LA DICTADURA DE LOS PARTIDOS CORRUPTOS: LOS NACIONALISTAS DEL DINERO Y EL PODER.

Las "familias de Neguri", el Internacionalismo del dinero y el Nacionalismo del Poder

Los Palacios proliferan en Neguri; Franco los cuidó bien; como los sigue cuidando el Régimen de 78, el Franquismo sin Franco (1960-2022)

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Dos familias de Neguri 'roban' a Amancio Ortega la Torre BBVA por 165 millones

Los clanes Ybarra Careaga y Galíndez vencen la puja por recuperar el emblemático edificio ubicado en el centro de Bilbao. El banco vendió el inmueble en 2018 al fondo Angelo Gordon por 100 'kilos'

Por Alfredo Lardiés

Vozpopuli

Imagen de archivo donde pueden verse la Torre BBVA, en primer término, y la Torre Iberdrola.

 

La emblemática Torre BBVA de Bilbao vuelve a manos de Neguri. Las familias Ybarra Careaga y Galíndez acaban de comprar el edificio, rebautizado como Torre Bizkaia en 2018, por un valor de 165 millones de euros. Los dos clanes, socios en otros negocios, se impusieron en la puja a otros potenciales compradores, entre los que destaca Pontegadea, la división inmobiliaria del imperio de Amancio Ortega.

Más en concreto, los dos compradores del edificio son Beraunberri y Onchena. La primera de esas dos firmas de inversión pertenece José Galíndez, fundador y máximo accionista de Solarpack, multinacional de energía solar fotovoltaica ubicada precisamente en Guecho (Vizcaya). En dicha localidad está el barrio de Neguri, célebre porque allí residen desde el siglo XIX las familias vascas más adineradas.

Uno de los socios de la citada Solarpack, controlada por Galíndez y su familia, es precisamente Onchena, la sociedad patrimonial de los Ybarra Careaga que preside Álvaro Ybarra. Esta familia, quizás la más conocida de Neguri, logró un auténtico pelotazo hace año y medio merced a la venta de su participación en Más Móvil por 400 millones de euros. De las múltiples inversiones de los Ybarra, destaca su participación en el grupo Vocento.

"Inquilinos solventes"

Estos dos grupos inversores que adquieren la Torre Bizkaia emitieron un comunicado donde afirmaban que esta compra es "una buena operación, que presenta interesantes ratios de rentabilidad" y decían que "un factor decisivo para el cierre de la operación ha sido que el edificio tiene unos inquilinos solventes con unos contratos de arrendamiento a largo plazo que hacen la inversión muy atractiva". Algunos de esos inquilinos son la Diputación de Vizcaya, Primark y, por supuesto, BBVA.

Los detalles exactos de la transacción no se han hecho públicos. Pero diversos medios vascos apuntan a una cifra final de entre 165 y 170 millones de euros por este edificio ubicado en la Gran Vía bilbaína y que consta de 21 plantas, 88 metros de altura y honda relevancia en el empresariado vasco. Sí consta que, como desveló Expansión, uno de los que entró en la puja fue Pontegadea, división inmobiliaria del grupo textil creado por Amancio Ortega.

Otra vez para Neguri

Más allá de las cifras, esta compra tiene un fuerte componente simbólico porque el famoso inmueble vuelve a manos de las familias de NeguriLa conocida durante años como Torre BBVA y hoy llamada Torre Bizkaia es uno de los edificios más emblemáticos de Bilbao. Antigua sede del Banco Vizcaya, génesis del BBVA, se empezó a construir los sesenta y fue el primer rascacielos de la capital vizcaína; todavía hoy es el quinto más alto de la ciudad.

En 2018 el BBVA vendió el edificio al fondo inversor norteamericano Angelo Gordon y a Talus Real Estate por un precio de unos 100 millones de euros. Esa venta, junto a la llegada de la multinacional Primark a las viejas oficinas del banco, evidenciaba una suerte de cambio de época para las adineradas familias de Neguri, muchas de ellas precisamente accionistas del banco.

Apoyo político al edificio

No es casualidad, en ese contexto, que el principal inquilino del inmueble sea precisamente la Diputación vizcaína. Ocho de sus plantas acogerán el Centro Internacional de Emprendimiento de Bizkaia (CIE) desde el próximo septiembre. Un centro dedicado, como su propio nombre indica, a dar cobertura a nuevos empresarios.

Cuando presentó ese proyecto en Madrid, a principios de 2019, el diputado general de Vizcaya, Unai Rementeria, afirmaba que el edificio "volverá a brillar" al convertirse en "el Guggenheim del emprendimiento""La torre BBVA fue reflejo del esplendor, pero con la crisis se apagó. Sufrimos mucho, pero nos reinventamos", aseveró.

 

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Los empresarios de Franco

Un libro detalla el enriquecimiento de un grupo selecto con las puertas giratorias del franquismo

Xavier Grau Del Cerro
Els empresaris de Franco - Felipe Ariza

 

El Valle de los Caídos hace poco más de un año llenó los titulares de la prensa cuando los restos de Francisco Franco fueron exhumadas y trasladadas al panteón familiar de Mingorrubio. Lo que no es tan conocido, sin embargo, es que en la construcción del monumento más simbólico del régimen franquista participó un catalán. José Banús, nacido en la Masó (Alt Camp), participó con su empresa constructora en la excavación del templo y en la construcción de la carretera a Cuelgamuros. Banús, a la sombra del régimen y una buena entrada en el Palacio del Pardo, se convirtió en un empresario de éxito, que construyó barrios populares en Madrid, lujosas urbanizaciones y un puerto deportivo en Marbella, hasta ganarse el apelativo del Onassis hispano.

Esto lo explica el historiador y periodista Mariano Sánchez Soler en el libro Los ricos de Franco (Roca Editorial, 2020). Sánchez hace un repaso de la imbricación de la política, la banca y la empresa del régimen que durante años dirigió el destino de España. Pocas familias que acaparaban los lugares políticos y el poder económico y financiero a la sombra de sus buenas relaciones con el dictador, su familia y los cargos más importantes del Movimiento. “Una auténtica casta”, explica al ARA el autor, que subraya, sin tapujos, que “es un mito decir que los catalanes no participaron en ello”. De hecho, por las páginas del libro desfilan unos cuantos, catalanes o empresarios y financieros hechos en Catalunya.

Dos ideas, sin embargo, quedan claras después de leer esta documentada obra. Primero, que las denominadas puertas giratorias no son un invento actual, sino que tienen una larga tradición en el franquismo. Y después, la necesidad de pervivencia de esta casta. “Sus hijos y nietos ocuparon después importantes cargos en la Transición y hasta ahora”, explica el autor. Un ejemplo, siguiendo en la línea de los catalanes que aparecen, es el de Pedro Cortina Mauri, nacido en la Pobla de Segur en 1908. Diplomático, empresario y último ministro de Exteriores con Franco, se casó con la hija del primer alcalde franquista de Madrid, Alberto Alcocer. Sus hijos siguieron ocupando cargos económicos de relevancia. Son Alfonso y Alberto Cortina Alcocer. El primero, muerto este año de covid-19, fue elevado por José María Aznar a la presidencia de Repsol en 1996 y ocupó el cargo hasta el 2004, hasta que La Caixa, entonces primer accionista de la petrolera, situó a Antoni Brufau. El segundo, Alberto Cortina, se hizo famoso como empresario con su primo Alberto Alcocer, y los dos, casados y después separados de las hermanas Koplowitz (hijas de otro empresario que triunfó a la sombra del régimen), llenaron páginas de la prensa salmón, pero también de la rosa, en los 80.

 

 

Los llamados Albertos son el ejemplo de cómo los miembros de esta casta se perpetúan entre ellos, explica el autor del libro. “Era un club cerrado, se casaban entre ellos y tenían muchos hijos”, puntualiza Sánchez. Esta es la explicación de su retención del poder económico, en el que “cada vez que llegaba alguien de fuera era borrado del mapa”.

El Pardo y especialmente las cacerías se convirtieron en un centro de negocios, sobre todo después de que la hija del dictador, Carmen, se casara con el marqués de Villaverde. El clan de los Martínez-Bordiu desembarcó en el entonces centro del poder en el Estado y “la estirpe numerosa de Martínez formó un clan financiero dedicado al tráfico de influencias al por mayor y al clientelismo puro y duro”. Así los presenta Sánchez Soler en su libro, pero tampoco ahorra páginas para explicar el enriquecimiento del propio Franco y de su familia, como su hermano Nicolás, que fue presidente de Fasa-Renault, y el hijo de este, que también se llamaba Nicolás, con algún escándalo en la mochila como el del aceite de la empresa Reace o el caso Geisa.

¿Pero qué hacía Franco con lo que pasaba delante suyo? “Dejaba que las cosas del bolsillo les fueran bien a sus colaboradores para que así no se le giraran en contra”, explica Sánchez. El autor destaca la importancia en los primeros momentos de la financiación del golpe por parte del balear Juan March. Su papel le abrió muchas puertas después en el entramado económico del franquismo. Una de ellas fue el asalto a la Barcelona Traction, más conocida como la Canadiense. En febrero de 1948 un juzgado de Reus declaró en quiebra a la empresa -que desde Toronto argumentó que no podía hacer frente a sus obligaciones porque el régimen le impedía repatriar divisas-, y el 22 de noviembre de 1952, en la subasta judicial, fue adjudicada a Fecsa, una compañía creada por March. El litigio duró años, hasta los 70, pero March controló la eléctrica catalana, que, con los años, acabaría dentro de lo que ahora es Endesa.

 

 

El libro relata minuciosamente cómo, con la guerra, la mayoría de las sedes de los bancos quedaron en Madrid, en el bando republicano, pero muchos banqueros estaban en la zona nacional, y se dedicaron a reconstruir un sistema financiero que, en muy pocas manos, rigió los destinos económicos del régimen. De aquí surgen o se consolidan linajes de banqueros como los Aguirre, Garnica, Oriol o Barrié de la Maza, conde de Fenosa.

Un sistema bancario en el que tuvo un papel destacado un catalán, Jaume Castell Lastortras, tío de Joan Rosell, que años después fue presidente de las patronales Foment y CEOE. Compró un pequeño banco en Ripoll y después una sucursal en Madrid que se convirtió en el Banco de Madrid, a pesar de tener la sede en Catalunya. Castell tiró de contactos en el Pardo e hizo primer presidente del banco a José María Martínez Ortega, el consuegro de Franco, y secretario del consejo a su hijo, José María Martínez-Bordiu. En el consejo del banco había algunos prohombres catalanes de la época, como los después alcaldes de Barcelona Josep Maria Porcioles y Joaquim Viola Sauret, Juan Antonio Samaranch, Joan Rosell Codinachs (padre de Joan Rosell) o Claudio Boada.

Durante los últimos años del franquismo, el poder de Jaume Castell era tan grande que, todavía en 1975, corría el chiste entre los barceloneses de que la Plaça de Sant Jaume tenía que ser rebautizada como Plaça de Sant Jaume Castell”, explica el autor en el libro, porque, en un lado, en el Ayuntamiento, estaba de alcalde Joaquim Viola Sauret, y en el otro, en el Palau de la Generalitat, el ocupante era Juan Antonio Samaranch como presidente de la Diputación.

Entre los catalanes que salen en el libro también destaca, con un capítulo propio, Demetrio Carceller Segura. Nacido en Las Parras de Castellote (Teruel), llegó a Catalunya a los seis años. Estudió ingeniería textil y empezó a trabajar en el mundo del petróleo, aterrizando en la Campsa creada por el general Primo de Rivera durante su dictadura. También pasó por Cepsa y se convirtió en un dirigente falangista de Barcelona. Cuando empezó la guerra pasó al bando franquista y fue a Burgos. Franco lo nombró ministro de Industria en 1940, un cargo que ocupó hasta 1945. Pero hasta su muerte, en 1968, siguió como procurador en las Cortes, mientras construía una importante carrera empresarial y financiera. Formó parte de numerosos consejos de administración de empresas, y lo sucedieron su hijo, Demetrio Carceller Coll, que fue presidente del Banco Comercial Transatlántico (Bancotrans) y después su nieto, Demetrio Carceller Arce, actual presidente de Damm, y que controla la petrolera canaria Disa, entre otros muchos negocios.

 

 

El patriarca confesó a su secretario: “Nunca pensé, cuando tenía 10 años y recogía peras y melones en el huerto mientras estudiaba, que llegaría a ser millonario”. Su nieto sale ahora en la lista de los españoles más ricos -el número 28 en la lista que publica El Mundo-. Un patrimonio que permitió a hijo y nieto, en 2016, evitar la prisión con un pacto con la Fiscalía Anticorrupción, que los acusaba de fraude fiscal, y en el cual se avinieron a pagar 92 millones de euros. El autor pone en boca del abuelo Carceller una sentencia que explica el ambiente económico de la época: “Carceller y las empresas a las cuales está vinculado viven en España, pero no de España. Y creo que somos muy pocos los que, disfrutando de una posición económica holgada, podemos mantener esta afirmación”.

 

 

Los economistas catalanes tuvieron un papel clave en el denominado desarrollismo, cuando los tecnócratas del Opus se impusieron a la vieja guardia falangista, explica Mariano Sánchez. Entre estos tecnócratas destaca el barcelonés Laureano López-Redondo, comisario del Plan de Desarrollo y después ministro (1965-1973). Pero mientras se modernizaba la economía, la vieja oligarquía continuó ocupando los cargos en la banca y las empresas.

El poder económico perpetuado durante generaciones por el franquismo se pudo crear por el ambiente del estraperlo, en el que los ciudadanos hacían lo que podían para sobrevivir mientras los magnates lo hacían al por mayor. La falta de tipificación del tráfico de influencias, que dio lugar a múltiples corruptelas, sobre todo urbanísticas -el autor destaca el caso del valenciano José Meliá con unos terrenos públicos ganados al mar en Alicante para hacer apartamentos-, y un poder financiero en pocas manos, lo favorecieron. Y el sistema continuó en parte una vez muerto Franco, como señala el autor, que recuerda que ya llegada la democracia los representantes de los entonces siete grandes bancos se continuaban reuniendo para decidir qué y cómo se tenía que hacer.

Mariano Sánchez explica así la Transición: “Para que todo siguiera como estaba, para que el poder político-financiero no cambiara de manos, hacía falta que cambiara todo. Cambiar de régimen político para preservar el sistema económico”.

El Parlamento surgido de las primeras elecciones del 1977 tenía 34 diputados vinculados directamente a los consejos de administración de los grandes bancos.

Y descendentes del franquismo siguieron en cargos políticos y económicos. Como ejemplo, el autor cita algunos: José María Aznar, Rodrigo Rato, Federico Trillo, Rafael Arias-Salgado o Leopoldo Calvo-Sotelo, en la política; y Alfonso Cortina, Carlos Pérez de Bricio, Íñigo de Oriol o José Ramón Álvarez Rendueles, en la empresa.

Demetrio Carceller Segura (1894-1968) fue ministro de Industria en el primer franquismo y procurador de las Cortes. Ocupó cargos en 16 consejos de administración. Su nieto, presidente de Damm, sigue el linaje empresarial.

Pedro Cortina Mauri (1908-1993), nacido en la Pobla de Segur, fue diplomático, ministro y empresario durante el franquismo. Casado con la hija del primer alcalde franquista de Madrid. Sus hijos, Alfonso y Alberto, siguieron sus pasos.

Jaume Castell Lastortras (1915-1984) fue banquero e impulsor del Banco de Madrid y el Banco Catalán de Desarrollo. Tío de Joan Rosell, expresidente de las patronales Foment del Treball y CEOE.

José Banús Masdeu (1906-1984). Nacido en la Masó, se convirtió en uno de los principales constructores del régimen, hasta el punto de ganarse el apodo del Onassis hispano.

 

Desmemoria Histórica

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Franco y la burguesía catalana

Por Miquel Giménez

Vozpopuli, 29 JUN 2018

El rey Juan Carlos I, a la izquierda, con Franco, en el centro de la imagen, en una foto histórica

 

Ahora que Franco vuelve a ocupar los titulares merced a las ocurrencias de un socialismo sin ideas, repasemos las relaciones entre el general y la burguesía catalana. Fueron excelentes, adelanto.

Algunos libros imprescindibles

España padece un caso de hemofilia política terrible. A cuatro décadas de la muerte de Franco, todo lo que le rodea sigue siendo polémico, cuando no muy rentable para quienes explotan su figura a base de tópicos, postverdades y un desconocimiento absoluto acerca del Generalísimo. Entre los que, lejos de buscar hechos históricos, los deforman para acomodarlos a sus intereses políticos, destacan los nacionalistas catalanes, los herederos de la Lliga, ahora reconvertidos en furibundos separatistas.

La historia oficial presenta la guerra civil como un conflicto en el que Cataluña salió derrotada. Los catalanes fueron antifranquistas y defendieron las instituciones del país. Ese es el dogma. Pero también es rotundamente falso. Gran parte de la población catalana acogió de buen grado al franquismo, la burguesía en pleno lo apoyó, y lo mismo podemos decir de infinidad de eclesiásticos, políticos, periodistas e intelectuales. No fueron cuatro traidores. Muchos lucharon junto a Franco en las Centurias de Falange, los Tercios de Requetés de las Brigadas Navarras –recordemos el Virgen de Montserrat-, participaron en la organización del nuevo estado como el influyente Grupo de Burgos, en fin, eran catalanes, pero no creían en la Generalitat ni en la República.

Aconsejaría a los mixtificadores de la historia que, para empezar, se leyeran el libro de José Ma. Fontana “Los catalanes en la guerra de España” y comprobarían lo que acabo de decir. Como no soy tendencioso, también recomiendo el de Ignaci Riera, comunista y amigo de Pujol, titulado “Los catalanes de Franco”, donde se da puntual y exacta información del inmenso listado de personas de relevancia que estaban a favor del Caudillo. Demoledor. Cuidado, hablamos de gente que había sido catalanista de La Lliga como el propio Cambó, financiero del 18 de julio junto a March – ¡uno catalán y el otro mallorquín, vaya con los Païssos Catalans! –  y que se pasó al franquismo harta de asesinatos, desorden, quema de iglesias y pistolerismo sancionado por las autoridades.

Josep PlaManel BrunetSert, DalíCastanysD’OrsEstapéPruna, por no hablar de grandes apellidos como los Godó, Marcet, Carceller, Mateu, Masoliver, Udina, el marqués de Castell-Florite, el barón de Terrades, Samaranch Valls Taberner, fueron franquistas de pura cepa. Y eran catalanes. Un paréntesis: cuando ahora veo al diario de los Godó loar al separatismo, recuerdo aquella portada de La Vanguardia recién entradas las tropas nacionales en Barcelona que decía “En este solemne momento, La Vanguardia grita ¡Viva Franco!¡Arriba España!”.

Es imprescindible también leer a Manuel Ortínez y su “Una vida entre burgueses”, en el que narra cómo vivió en primerísima persona los chalaneos de la burguesía catalana con el régimen. Ortínez fue, entre otras muchas cosas, consejero director del Consorcio Industrial Textil y Algodonero y director y fundador del Banco Industrial de Cataluña. Acabó colaborando con el President Tarradellas en el exilio, y relata como era casi imposible conseguir un viático por parte de los industriales catalanes para el que entonces representaba la Generalitat. Estaban ocupados en asuntos de tráfico de divisas, como el padre de Pujol, el señor Fulgenci. Jordi Pujol, en una visita a Tarradellas en el exilio, le llevó… ¡un sacacorchos de regalo! Nos lo relataba Romà Planas, entonces secretario del President, con aquella indignación tan afrancesada que tenía. Unos patriotas catalanes, sin duda.

Bajo el paraguas del franquismo

Franco decidió dotar a Cataluña de alcaldes catalanes. Dicho así puede sonar a perogrullada, pero, asesorado por Miguel Mateu, alcalde de Barcelona de aquellos años, al que Franco apreciaba muchísimo – para que se sitúen: el castillo de Perelada es de su familia – vio que la mejor cantera estaba entre personas que, aún habiendo pertenecido a la Lliga de Cambó, tuvieran un historial sin mancha.

De ahí salió, verbigracia, José María Porcioles, el alcalde que impulsó el desarrollismo en Barcelona en la década de los años sesenta. Acogió bajo su poderosa ala a personajes como Pasqual Maragall Narcís Serra, que empezaron sus carreras profesionales en aquel ayuntamiento barcelonés. De hecho, buen parte de la política desarrollada por el PSC en la capital catalana es heredera de los planes de Porcioles que, por una u otra razón, no pudo llevar a cabo.

Todo esto, claro, es pura herejía a día de hoy. Que Jordi Pujol, habiendo estado en la cárcel por separatista - poco – crease Banca Catalana y ganar millones en pleno franquismo es lo de menos. Que la poderosa familia Carulla montase Gallina Blanca a partir de la marca de sopicaldos en cubitos Caldolla, formando un poderoso grupo de alimentación, Agrolimen, obteniendo pingües beneficios, da lo mismo. Ahora todos fueron unos héroes.

Mucho me temo que, a buena parte del separatismo catalán de barrios altos, hijos o herederos de las fortunas que se formaron bajo el Régimen, no les interese saber nada de esto. Seguramente, sus familias no hubieran pasado las depuraciones que tuvieron lugar en Francia o en Alemania. Ahora son de los que más chillan acerca del traslado de los restos de Franco del Valle de los Caídos. Es normal, lo que desean es sepultar sus propias historias, su pasado, su vergüenza.

Una anécdota: al acabar la guerra, un conocido se encuentra en el barcelonés Paseo de Gracia con Fernando Valls Taberner. El conocido le interpela con un cordial “Home, Ferràn, com estàs?” (Hombre, Fernando, ¿cómo estás?), a lo que el aludido, en un castellano con tremendo acento catalán, respondió ofendidísimo “Ferràn, no, ¡Fernando!”.

Hay quien ha nacido para caer de pie.

 

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Víctor Manuel, el comunista que canta a la Dictadura de Franco - 1966

Victor Manuel, en el año 1966, publicó un single con la productora Belter que tenía dos canciones, la canción de la cara “A” del mencionado disco, que estaba dedicada a Franco, se llamaba “Un gran hombre”. 
 
Reproductor de audio

Vm
P

Hay un país

Que la guerra marcó sin piedad,

Ese país

De cenizas logró resurgir,

Años costó

Su tributo a la guerra pagar,

Hoy consiguió

Que se admire y respete su paz.

No, no conocí

El azote de aquella invasión,

Vivo feliz

En la tierra que aquél levantó,

Gracias le doy

Al gran hombre que supo alejar,

Esa invasión

Que la senda venía a cambiar.

Otros vendrán

Que el camino no habrán de labrar,

Él lo labró

A los otros les toca sembrar.

Otros vendrán

Que el camino más limpio hallarán,

Deben seguir

Por la senda que aquél nos marcó,

No han de ocultar

Hacia el hombre que trajo esta paz,

Su admiración,

Y por favor,

Pido, siga esta paz.

 

* Letra de "Un gran hombre" (Víctor Manuel)

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https://www.elmundo.es/elmundo/2007/02/28/cultura/1172626688.html

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Imagen Principal: Partido de Futbol entre el F. C. Barcelona y Athletic de Bilbao, 1940.
 
 

 


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