HISTORIA DE LAS PERSECUCIONES POLÍTICAS Y RELIGIOSAS EN EUROPA: LOS MANIQUEOS Y LOS ALBIGENSES: CAPÌTULOS V Y VI. ¿Cómo reconoceremos a los Cátaros? «Matadlos a todos, que Dios conocerá a los suyos», fue la respuesta del Nuncio papal.

ÍNDICE: HISTORIA DE LAS PERSECUCIONES POLÍTICAS Y RELIGIOSAS EN EUROPA

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CAPÍTULO V

La Cruzada contra los Cátaros

La cruzada de los barones de 1209 por Gregory E. M. Lippiatt. Lo que comenzó como una más de las muchas incursiones militares que sufrían los Cátaros en una región caracterizada por su inestabilidad interna y constantes invasiones exteriores dio paso, a partir de la década de 1220, al establecimiento del control directo del territorio por parte del monarca y la administración real, y a un dominio eclesiástico que se tradujo en una serie de investigaciones inquisitoriales. Fueran o no conscientes de las enormes implicaciones históricas que iba a tener el fenómeno, no cabe duda de que quienes vivieron la llegada de los cruzados, en 1209, sabían que la “limpieza” que pretendían imponer iba a ser muy severa.

 

¡Adelante, pues, soldados de Cristo! Exterminad la impiedad por todos los medios que Dios os haya relevado; extender el brazo a lo lejos y combatid con mano vigorosa a los sectarios de la herejía, haciéndoles más cruda guerra que a los sarracenos, porque son peores que ellos. En cuanto al conde Raimundo de Tolosa, aun cuando viniera a buscar el nombre de Dios, ofreciendo dar satisfacción a Nos, no desatáis por ello de hacer pesar sobre él la carga de opresión que ha merecido. Arrojadlos a él y a sus fautores de sus castillos y privadlos de sus tierras, a fin de que los católicos ortodoxos se establezcan en todos los dominios de los herejes.

Al mismo tiempo envió el Papa plenos poderes al abad del Cister y a sus religiosos para predicar la cruzada contra la gente apestada de Provenza, y los innumerables frailes de mil ciento o mil doscientos conventos del Cister y Bernardos, se desparramaron por toda la Francia, Alemania e Italia, llamando a los fieles a las armas por la santa causa.

Tan grande fue el número de los cruzados, dicen las crónicas, que ningún hombre podría estimarlo ni contarlo, todo a causa de las grandes indulgencias y absoluciones que el legado concedía a los que se cruzaban.

El conde fue conducido ante la puerta de la Iglesia del bienaventurado S. Gilles, y aquí, delante de más de veinte arzobispos y obispos, juró sobre el cuerpo de Cristo y sobre las reliquias de los Santos, obedecer en todos los mandamientos de la Santa Iglesia Romana: en seguida le echaron al cuello una estola, y tirando de ella, el legado lo introdujo en la Iglesia azotándolo, después, el conde, que temía que fuesen sus tierras infectadas por los cruzados de Francia, pidió él mismo poner la cruz en su pecho.

El abad del Cister, dice la Historia de las guerras de Tolosa, ordenó a Raimundo, que lo condujera a las tierras del vizconde de Bezieres, para tomarlas y destruirlas, porque estaban llenas de herejes y de aventureros.

Los caballeros cruzados, no tuvieron tiempo de tomar parte en el combate; los aventureros, que en número de más de quince mil acompañaban a los cruzados, y la gente de a pie se precipitaron tan furiosamente sobre los de Bezieres, que entraron mezclados con los fugitivos en la ciudad, y esta fue invadida en pocos instantes por muchos millares de rabiosos enemigos. Allí tuvo lugar la mayor carnicería que se vio en el mundo; ni ancianos ni mujeres, ni niños de pecho respetaron. Entonces fue cuando los vencedores preguntaron al nuncio del Papa, como harían para distinguir los herejes de los fieles, y este les respondió aquellas celebres palabras: matadlos a todos, que Dios conocerá a los suyos.

Según el cronista Alberic de Trois Fontaines, se elevó a sesenta mil el número de las personas degolladas, entre ellas siete mil católicos en la iglesia de la magdalena. Estos desgraciados deberían estar muy agradecidos al abad Amauri, por el consejo que dio a sus soldados de degollar a los inocentes católicos lo mismo que a los herejes.

 

Sumario

Consecuencias funestas de la muerte Pedro de Castelnau.- Raimundo VI excomulgado.- Predicación de la cruzada.- Perdones e indulgencias.- Fanatismo, codicia y ambición de los cruzadas.- Raimundo en el concilio de Aubenas.- Nuevo legado del Papa.- Grandes ejércitos de los cruzados.-Flaqueza de Raimundo ante sus enemigos.- Toma y saqueo de la plaza.- Degüello de todos sus habitantes.- Famoso edicto del legado.- Número de víctimas.- Sitio de Carcasona.- D. Pedro de Aragón.- Traiciona de los cruzados para con el vizconde de  Bezieres .-Prisión y muerte del vizconde.- Rendición de Carcasona.- Quema de cuatrocientos herejes.- Simón de Montfort.

 

Panoplia de Raimundo de Tolosa

I

Antes del asesinato de Pedro de Castelnau, Inocencio III había escrito al rey de Francia, con fecha 17 de noviembre de 1207, y también al duque de Borgoña y a los principales barones de Francia exhortándoles a extirpar la herejía y ofreciéndoles los bienes de los herejes y las indulgencias acordadas a los peregrinos de la Tierra Santa.

¿Qué no pasaría en el alma de aquel pontífice al llegar a su noticia el asesinato de su legado? Sus anatemas resonaron en toda Europa. Ordenó que Raimundo de Tolosa fuese excomulgado en todas las Iglesias.

La fe no debe guardarse jamás con quien no la guarda a Jesucristo, y por lo tanto, decía su Santidad, desligamos de su fe a todos los que han hecho juramento de obediencia al conde de Tolosa, sea como señor feudal, asociado, o cualquiera otra alianza, y concedemos a todo católico, salvo el derecho del Señor Soberano, la libertad de perseguir la persona de dicho Conde y de ocupar y retener sus tierras. ¡Adelante, pues, soldados de Cristo! Exterminad la impiedad por todos los medios que Dios os haya relevado; extender el brazo a lo lejos y combatid con mano vigorosa a los sectarios de la herejía, haciéndoles más cruda guerra que a los sarracenos, porque son peores que ellos. En cuanto al conde Raimundo de Tolosa, aun cuando viniera a buscar el nombre de Dios, ofreciendo dar satisfacción a Nos, no desatáis por ello de hacer pesar sobre él la carga de opresión que ha merecido. Arrojadlos a él y a sus fautores de sus castillos y privadlos de sus tierras, a fin de que los católicos ortodoxos se establezcan en todos los dominios de los herejes.

Este breve fue expedido el 10 de marzo de 1208. Al mismo tiempo envió el Papa plenos poderes al abad del Cister y a sus religiosos para predicar la cruzada contra la gente apestada de Provenza, y los innumerables frailes de mil ciento o mil doscientos conventos del Cister y Bernardos, se desparramaron por toda la Francia, Alemania e Italia, llamando a los fieles a las armas por la santa causa.

 

Orden del Cister

II

Tan grande fue el número de los cruzados, dicen las crónicas, que ningún hombre podría estimarlo ni contarlo, todo a causa de las grandes indulgencias y absoluciones que el legado concedía a los que se cruzaban.

Los perdones e indulgencias consistían en la remisión de todos los pecados, desde el nacimiento del cruzado, y en la autorización de no pagar interés de ninguna deuda, aunque se hubiera prometido con juramento, mientras durase la empresa. La esperanza de no pagar las deudas ,y sobre todo la de saquear las ricas ciudades y opulentos castillos feudales del Mediodía de Francia, sin escrúpulo de conciencia, eran causas más que suficientes para arrastrar a todos los nobles y aventureros de la cristiandad; y si a los que iban impulsados por estos móviles se agregan los que inspiraba un verdadero celo, y aquellos en cuyas almas germinaban uno y otro móvil, se comprenderá que desencadenamiento de pasiones violentas amenazaba caer como un torbellino  asolador sobre las bellas comarcas del Languedoc. Tantas ventajas espirituales y materiales en cambio de cuarenta días de campaña, que apenas equivalían al servicio feudal ordinario, eran en verdad un atractivo irresistible.

 

Cruzado

III

El autor de la Historia de los hechos de armas y guerras de Tolosa dice:

Cuando llegaron al conde Raimundo las noticias de la Cruzada, se admiró y alarmó extraordinariamente y no sin causa. Sabiendo que el legado Arnaud Amauri había convocado un gran concilio en Aubenas, del Vivarais, tomo consigo una noble y hermosa compañía, entre otros su sobrino, el vizconde de Bezieres, y partió para ir a demostrar al dicho concilio, que si querían achacarle la dicha muerte o la herejía, el era inocente en todo y por todo. El legado y el concilio le respondieron, que ellos no podían hacer nada; que era necesario se presentase en Roma ante el Padre Santo, si quería reconciliarse con la Iglesia. Al conde Raimundo le supo muy mal esta respuesta, y el vizconde de Bezieres le dijo: que su opinión era mandar sus amigos, parientes y vasallos contra el legado y ejercito, poner buena guarnición en todas sus tierras y plazas, y prepararse bien a la defensa; pero el conde Raimundo no quiso acceder a esta proposición, y al vizconde le incomodó tanto su negativa, que empezó por hacer la guerra a su tío.

Raimundo encargó al arzobispo de Aux, y al exobispo de Tolosa, de ir a llevar su justificación al Papa, y obtener

Raimundo IV

el envío de un legado menos hostil para el que Arnaud de Amauri. El Papa, en efecto, nombró legado ad latere  a su notario Milou, aunque prescribiéndole que siguiese en todo los consejos del Abad de Amauri.

Inocencio III no quería todavía llevar las cosas con Raimundo  hasta la ultima extremidad. "Mas vale, escribía a sus delegados, no emprenderla por el pronto con el conde y atacar separadamente a los otros herejes. Si persevera en su maldad, será mas fácil combatirle cuando se encuentre solo y que sus adherentes no se hallen en estado de darle ningún socorro".

El legado Milou, en lugar de ir directamente a Provenza, se unió con el abad del Cister, en Auxerre, y juntos se fueron a Villanueva, sobre el Yonne, donde el rey Felipe tenia una conferencia con los principales barones; pero el Rey, "respondió al nuncio del señor, Papa, que tenían a sus costados dos grandes y terribles leones; a saber: Othon, que se decía emperador, y Juan, rey de Inglaterra; y que cada uno por su parte trabajaba con todas sus fuerzas, para turbar su reino de Francia; y por tanto, que ni él, ni su hijo podían salir de sus Estados, y que harto hacia concediendo por el momento licencia a sus vasallos para marchar a Narbona contra los perturbadores de la Fe".

De las orillas del Yonne, pasó el legado Milou, a Mentelmont, en el marquesado de Provenza, y reunió bien numero de arzobispos y obispos, con los cuales convino en la manera de proceder en los asuntos de la Fe y de la paz, principalmente en lo que concernía al conde de Tolosa. Después de esto, mandó al dicho conde ir a verle en la ciudad de Valencia. Llegó el conde el día convenido, y prometió al legado obrar en todo según su voluntad, el legado el obligó a entregar, como rehenes de su buena fe, siete de sus mas fuertes castillos a la Santa Iglesia romana; después, el padre Milou y el conde pasaron a la villa de San Gilles, donde fueron perfectas la reconciliación y la absolución del conde, en la forma siguiente: El conde fue conducido ante la puerta de la Iglesia del bienaventurado S. Gilles, y aquí, delante de más de veinte arzobispos y obispos, juró sobre el cuerpo de Cristo y sobre las reliquias de los Santos, obedecer en todos los mandamientos de la Santa Iglesia Romana: en seguida le echaron al cuello una estola, y tirando de ella, el legado lo introdujo en la Iglesia azotándolo, después, el conde, que temía que fuesen sus tierras infectadas por los cruzados de Francia, pidió él mismo poner la cruz en su pecho.

El conde, entre otras faltas, se confesó culpable de haber dado a los Judíos cargos públicos. Juró quitarles el manejo de los negocios públicos. Juró quitarles el manejo de los negocios públicos, y arrojar a los guerrilleros aragoneses citados, que tenia a sueldo, garantizar la seguridad de los caminos reales y castigar como herejes a los que fuesen denunciados por los obispos y curas. Los cónsules de Avigñon y Montpellier prestaron iguales juramentos; y los de la muchas ciudades principales juraron también abandonar al conde, si faltaba a sus compromisos.

 

IV

El conde había cedido al terror de los grandes preparativos de la Cruzada. Además del principal cuerpo de ejército francés, normando, borgoñón y champañés, que se reunió en Lyon a las órdenes del abad Amauri, el obispo de Puy y el arzobispo de Burdeos reunieron otras dos bandas de cruzados; y a unos y otros se agregaron en gran número los católicos del mismo país que iban a devastar.

El ejército de Lyon bajó, siguiendo el curso de Rhona, hasta Aviñon, pasó el rio y entró en la Septimania en el mes de junio de 1209.

El conde Raimundo, con la muerte en el alma, se fue a Valencia, donde se unió a las bandas furiosas que iban a desolar su patria, y contra las cuales no tuvo el valor necesario para luchar. El abad del Cister, dice la Historia de las guerras de Tolosa, ordenó a Raimundo, que lo condujera a las tierras del vizconde de Bezieres, para tomarlas y destruirlas, porque estaban llenas de herejes y de aventureros. El conde Raimundo obedeció, por lo cual fue después muy mal recompensado.

El ejército hizo alto en Montpeller, ciudad católica y vasalla del rey de Arangón.

Allí se presentó muy bien acompañado, según dice la historia antes citada, el joven vizconde de Bezieres, y represento al legado que él no tenia culpa ni había obrado mal con la Iglesia, y suplicó al legado y a su consejo que le hicieran gracia, porque él era servidor de la Iglesia y por ella quería vivir y morir con todos y contra todos. El legado Arnaud Amauri, que había tomado su antiguo titulo, por la muerte reciente de Milou, le respondió: que no perdiera sus palabras, y que se defendiera lo mejor que pudiera y supiera, porque no se le concedería perdón. El joven vizconde se volvió a Bezieres, reunió los principales de la ciudad, y los señores de las inmediaciones  y todos fueron de opinión de que él mandase lo mas pronto posible a todos sus parientes, aliados y vasallos, que defendieran las fierras del vizconde, que el legado y su ejército venían a tomar, saquear y despojar. Al mandamiento del vizconde, acudió gran golpe de gente al socorro de Bezieres. Contento el vizconde, puso grandes guarniciones en todas sus plazas y castillos, y escogiendo después la gente más brava que pudo, fue a establecerse en Carcasona, que le pareció la plaza más fuerte de su señorío, con lo cual se disgustó mucho la gente de Bezieres

 

Batalla de Bouvines

V

El gran ejército cruzado marchaba de Montpeller hacia Bezieres, donde los habitantes de todos los pueblos y aldeas de la llanura se habían refugiado con sus familias y sus bienes. Los jefes de la Cruzada mandaron al obispo de Bezieres hacia sus ovejas escariadas.

El obispo, reunió los habitantes de la ciudad, y otros que no lo eran en la Catedral, y les representó el gran peligro en

Blanca de Castilla y Luis IX de Francia

que estaban, aconsejándoles que rindieran la ciudad al legado, y le entregaran los herejes, que el obispo conocía muy bien, y cuyos nombres tenia escritos; pero ellos se negaron y dijeron, que primero se comerían sus  hijos que hacer tal cosa. El legado, al saber esta respuesta, juró que no dejaría en Bezieres piedra sobre piedra; que él haría meterlo todo a sangre y fuego, hombres, mujeres y niños, y que no haría gracia ni a uno solo.

Aumentando con las dos bandas llegados de Agenais, y de Velai, que habían tomado muchos castillos y quemado una porción de herejes, el ejército plantó sus tiendas e innumerables pabellones alrededor de Bezieres.

En el campamento de los católicos estaban los arzobispos de Sens y de Burdeos, con ocho obispos, el duque Eudes de Borgoña, Simon, conde de Montfort, los condes de Nevers y de SaintPol, y una infinidad de señores y caballeros de Francia, de Lorena, de Alemania, de Borgoña, de Lombardia, de Aquitania y de la misma Provenza. Según el poema provenzal de la cruzada, mas de veinte mil hombres de armas y doscientos mil campesinos, sin contar los clérigos y la gente de las ciudades, seguían los estandartes del papa.

 

Matadlos a todos, que Dios conocerá a los suyos

 

A la vista de tantos enemigos, empezó a flaquear las confianzas de los Bezieres. No obstante, cuando vieron que no habían más remedio que defenderse o morir, se animaron mutuamente, se armaron lo mejor que pudieron y acometieron a los sitiadores. Entonces las huestes de lo católicos se pusieron en movimiento, de tal suerte que hacían estremecer y temblar la tierra.

Los caballeros cruzados, no tuvieron tiempo de tomar parte en el combate; los aventureros, que en número de más de quince mil acompañaban a los cruzados, y la gente de a pie se precipitaron tan furiosamente sobre los de Bezieres, que entraron mezclados con los fugitivos en la ciudad, y esta fue invadida en pocos instantes por muchos millares de rabiosos enemigos. Allí tuvo lugar la mayor carnicería que se vio en el mundo; ni ancianos ni mujeres, ni niños de pecho respetaron. Entonces fue cuando los vencedores preguntaron al nuncio del Papa, como harían para distinguir los herejes de los fieles, y este les respondió aquellas celebres palabras: matadlos a todos, que Dios conocerá a los suyos.

Los de la ciudad, que pudieron, se retiraron a la gran iglesia de San Nazario, cuyos canónigos hicieron sonar las campanas hasta que todo el mundo fue muerto: ni campanas, ni capellanes revestidos con sus hábitos sacerdotales, pudieron impedir que todos fueses pasados a cuchillo; ni uno solo se salvó: aquella fue la lastima mayor que se haya visto y oído. Una vez saqueada la ciudad, le pusieron fuego, y todo fue devastado y quemado, como todavía se puede ver: de suerte, que no quedó cosa viviente.

Según el cronista Alberic de Trois Fontaines, se elevó a sesenta mil el número de las personas degolladas, entre ellas siete mil católicos en la iglesia de la magdalena. Estos desgraciados deberían estar muy agradecidos al abad Amauri, por el consejo que dio a sus soldados de degollar a los inocentes católicos lo mismo que a los herejes.

El sanguinario furor que hacia condenar al mismo trágico fin a amigos y enemigos, se manifestó muchas veces entre

Iglesia de Saint-Nazaire, Carcasona; asedio de Tolosa y muerte de Simón de Montfort

los cruzados.

Cogieron en Castres dos herejes; un perfecto y un creyente: el perfecto persistió en su herejía; el creyente contestó que estaba pronto a convertirse. Se lo dijeron así a Simón de Montfort, que respondió:

Quemad a los dos: si el que se arrepiente habla de buena fe, el fuego le servirá para espiar sus pecados; y si miente, sufrirá la pena de su impostura.

Quemad a los dos: si el que se arrepiente habla de buena fe, el fuego le servirá para espiar sus pecados; y si miente, sufrirá la pena de su impostura.

Los cruzados se alejaron de Bezieres, que dejaron convertido en un informe montón de escombros y de ruinas, y marcharon camino de Carcasona. El silencio de la muerte les precedía, porque al rumor de su llegada, huían las gentes despavoridas dejando desiertos los campos y lugares, corriendo a buscar un refugio en Carcasona y otros en los montes de las Cebenas.

Los cruzados acamparon, el primero de agosto de 1209, delante de Carcasona, y el vizconde de Beizeres no esperó el asalto; hizo frecuentes salidas, que no tuvieron tan malos resultados como la que hicieron de los Bezieres y disputó enérgicamente las inmediaciones y arrabales de la ciudad. La ventaja de la posición contrabalanceaba la inferioridad del número. Carcasona está construida como un nido de águilas, en la cumbre de una montaña escarpada, en cuya pendiente están los arrabales, y era entonces más fuerte que cuando los reyes visigodos le confiaron el deposito de sus tesoros.

El arrabal más bajo fue prontamente perdido, y los cruzados lo arrasaron; pero el segundo, construido en el declive de la montaña, resistió toda una semana, y al abandonarlo, lo quemaron los sitiados para impedir a sus enemigos establecerse en él.

El cuarto Concilio de Letrán (de la Canso o La Chanson de la Croisade) - (Biblioteca Nacional, París).

VII

El rey don Pedro de Aragon, supo con tanto dolor como alarma la invasión de los franceses en los países provenzales; los degüellos de Bezieres, y el peligro del joven vizconde, que era sobrino y vasallo suyo, y corrió al campo de los cruzados, esperando conseguir un acomodo entre los sitiadores y el vizconde. El legado y los varones cruzados no reusaron abiertamente la mediación de aquel príncipe poderoso, y le permitieron entrar en Carcasona para conferenciar con su sobrino.

El vizconde de Bezieres recibió con gran satisfacción al Rey su señor, y le dijo:

"Si no hubiera aquí más que yo y mi gente de armas, os juro señor, que nunca me rendiría, y que preferiría dejarme morir de hambre; pero el pueblo que está aquí encerrado, hombres, mujeres y niños, que caen muertos de hambre a bandadas todos los días, me obligan a tener piedad de ellos: por esto, señor, yo y los míos nos ponemos en vuestras manos: haced por nosotros lo que haríais por vos mismo".

Volvió el rey a ver al legado y a los cruzados, y les preguntó cuáles eran sus condiciones de paz. El abad del Cister, Amauri, replicó en nombre de todos diciendo: que por la intercesión del Rey de Aragón, dejarían salir salvo al vizconde y al conde de los suyos, que él podría elegir, con armas, caballos y bagajes; pero que los cruzados harían con los demás lo que mejor les viniera en talante.

El Rey don Pedro participó al vizconde esta proposición, previniéndole que, si se negaba a aceptarla, no le harían otra. Cuando el vizconde oyó esta proposición, sin aconsejarle con nadie, dijo al Rey don Pedro:

"Mejor que acceder a los que proponen el legado y los cruzados, me dejaría desollar vivo, antes de abandonar al más pequeño y miserable de mis compañeros; porque todos están en peligro por causa mía".

El Rey apareció mucho mas al vizconde por esta resolución, que si hubiese aceptado las proposiciones de los cruzados, y le dijo que pensara en defenderse bien; porque  el que bien se defiende, consigue al fin buena composición, y después se fue a su reino muy disgustado por no haber podido traer al vizconde y a sus enemigos a un acomodamiento.

 

Representación el obispo Fulko de Tolosa guiando a Dante y Beatriz en el Paraíso (Biblioteca Británica)

VIII

Continuó el sitio con vigor por ambas partes; pero la falta de agua atormentaba mucho a los de Carcasona: no por eso desmayaron; su valor y las trincheras casi inexpugnables de la plaza triunfaron de todos los ataques a viva fuerza. El legado pensó entonces, que no debía guardarse la fe prometida a quien no la guarda a Dios.

Encargó a un caballero que se introdujese como parlamentario en Carcasona, e insinuase al vizconde que los cruzados estaban dispuestos a concederle una capitulación honrosa.

Si los señores y príncipes, respondió Raimundo Roger, quieren darme seguridad para que pueda ir a hablar con ellos, me parece que nos pondremos de acuerdo fácilmente.

Señor vizconde, le replicó el otro, no temáis nada: yo os prometo y juro por mi fe de caballero, que si queréis venir al campamento y la paz no se ajusta, os volveré a traer sano y salvo sin ningún peligro para vuestra persona y bienes.

El joven y leal vizconde, sin ninguna sospecha, salió de la ciudad con cien caballeros, y se fue derecho a la tienda del legado, donde todos los príncipes y caballeros se admiraron grandemente de su visita. Allí expuso como él ni los suyos no habían nunca formado parte de la congregación de los herejes, y que no tenían merito el arruinarlo y despojarlo de sus bienes de aquella manera violenta.

Cuando concluyó estas palabras, el legado se llevó aparte a los señores que no estaban en el complot y convino con ellos en que el vizconde quedase prisionero, hasta que la ciudad se entregara: Puede comprenderse fácilmente cuán grande serie la indignación del vizconde y de sus caballeros al saber esta traición.

El 15 de agosto de 1209, permitieron los jefes de los cruzados a los habitantes de Carcasona abandonar la ciudad, dejando en ella todos sus bienes y sin llevar más ropa que la camisa y los calzones. Aquellas pobres gentes hambrientas, casi desnudas y afligidas, fueron a buscar un refugio en las tierras del conde de Tolosa, Aragón y Cataluña. Los cruzados se desquitaron de su clemencia ahorcando y quemando, como herejes, cuatrocientos o quinientos prisioneros recogidos acá y allá en las campiñas y muchos caballeros del vizconde.

La ocupación Carcasona y la cautividad de su señor, a quien encerraron en una torre del castillo, facilitaron la sumisión de las fortalezas de Montreal y de Faujaux, de la ciudad de Castres y de la mayor parte de las tierras del vizconde.

Simón de Montfort

IX

Solo faltaba a los cruzados repartirse el botín. El legado reunió en consejo a todos los príncipes y señores para acordar a quien se daría el vizcondado de Bezieres y sus dependencias. Los caballeros franceses hubieron de escuchar en esta ocasión la voz de la humanidad y de la conciencia. Los más anhelaban abandonar aquellos lugares manchados de sangre en gran parte inocente. El duque de Borgoña, rehusó las ofertas que le hicieron del vizcondado, y declaró que tenía demasiadas tierras y señoríos, sin necesidad de aquellas, ni de desheredar al vizconde, y que le parecía le habían hecho bastante mal, aunque no le arrebataran de su herencia. Los condes de Nevers y de Saint Pol dijeron lo mismo que el duque de Borgoña, y el legado, mal contento y embarazado, ofreció  en último lugar el señorío a Simón, conde de Montfort, que lo deseaba y que lo aceptó; pero antes se hizo mucho de rogar, y el abad Amauri y otros seis comisarios delegados por los jefes del ejército del Papa tuvieron que arrojarse a los pies de Simón, para obligarle a heredar en vida al despojado vizconde.

Sello del Rey Pedro II de Aragón

X

Simon de Montfort, fue puesto en posesión de la tierra y vizcondado de Bezieres, Carcasona y Raser, y se hizo prestar juramento, como señor feudal, por los pocos habitantes que habían quedado, obligándose a pagar a la corte de Roma un tributo anual en señal de vasallaje.

La elección del hombre escogido por el legado para jefe permanente de la Cruzada era inmejorable para su intento, como lo probaron los sucesos posteriores. Heredero de la casa de Montfort, que teniendo del Rey de Francia el condado de Montfort y del de Inglaterra el de Evreux, había desempeñado un gran papel en las luchas de ambas coronas,  Simón había heredado además, de su madre, el condado de Leicester en Inglaterra.

Hacía tiempo que era Simón un veterano de la Cruz; se había ilustrado por sus hazañas en la tierra Santa, y se cruzó de nuevo en 1200, con el ejercito que tomó a Constantinopla; pero, cuando sus compañeros se hicieron, a pesar del Papa, instrumentos de la política veneciana, se separó de ellos y se fue derecho a Palestina, sin volver atrás la cara para ver quien les seguía. Esta inflexibilidad en la obediencia lo recomendó a la atención de la corte pontificia, y la guerra contra los Albigenses acabó de revelar la firmeza y la energía de su carácter. Estaba dotado de todas las cualidades militares y políticas, era prudente e intrépido, previsor y acertado en el consejo, perseverante e infatigable en la ejecución, a lo cual agregaba la pereza del alma, el vigor, la hermosura y la agilidad del cuerpo.

Tenía para todos los cruzados sus compañeros, pequeños o grandes, la solicitud que el devoto tiene por sus correligionarios y el capitán por sus soldados. Un día que había atravesado a caballo, con sus hombres de armas, un rio, cuyas aguas crecían con la lluvia; viendo que dos peregrinos, que iban a pie, se quedaban expuestos a caer en manos del enemigo, volvió a asar el torrente para participar de su suerte. De este modo inspiraba una adhesión sin límites y ejercía sobre sus mismos adversarios  una especie de fascinación: identificando su interés y su fe, sacaba de la convicción de su misión fatal una fuerza más terrible.

 

Carcasonne

CAPÍTULO VI

El objeto de la cruzada estaba al parecer conseguido: conquistados los estados de Bezieres, y los condados de Tolosa y de Provenza, el rey de Aragón, y el de Aragon, y el arzobispo y el vizconde de Narbona habían publicado contra los herejes cuantos decretos exigió el legado. El conde de Foix, después de de ver a Montfort entrar triunfante en Castres, Albi, Pamiers y Mirepoix, se resignó a tratar con él. Los príncipes y barones cruzados que no se comprometieron más que para una campaña de cuarenta días, tuvieron por más que bien cumplido su voto y se fueron retirando con su gente. La tormenta que había desolado la Septimania se desvaneció, dejando a Simón reinar sobre ruinas con un puñado de soldados. A mediados del otoño, sus fuerzas se reducían a algunos caballeros franceses, vasallos de su familia o de la de su mujer Alis de Montmorenci, y tres o cuatro mil borgoñeses y alemanes.

Tres meses después de la ceremonia de San Guilles, el Conde se encontró en las mismas perplejidades que antes. Exigieron los legados del Conde y de los cónsules de Tolosa, que les entregasen cuerpos y bienes de todos los sospechosos de herejía: los cónsules o capitulares de Tolosa respondieron que no había herejes en su ciudad.

En efecto, los herejes, tanto hombres como mujeres, rechazaron unánimes las exhortaciones del abad de Vaux Cernai y del conde de Montfort, y estos mandaron encender una hoguera tan grande que arrojaron en ella de una vez y fueron quemados a un tiempo ciento cuarenta perfectos. No tuvieron necesidad de llevártelos-dice el abad de Vaux Cernai;- porque todos se precipitaron en las llamas llenos de alegría.

Raimundo dejó entrar en Tolosa al obispo de Folquet, a la vuelta de su viaje a Francia, y en reconocimiento de la tolerancia de su señor, el Obispo encendió en Tolosa la guerra civil, organizando una hermandad con objeto de perseguir a viva fuerza los herejes, judíos, usureros y aventureros. La hermandad no paró hasta saquear y demoler las casas de sus enemigos; pero muchos se atrincheraron y convirtieron sus casas en fortalezas. Los católicos dominaban en la ciudad y los herejes en el arrabal, donde los nobles habitaban en gran numero.

Los católicos organizados para la lucha por el obispo de Folquet, se llamaban hermandad blanca y los del arrabal organizaron por oposición otra llamada hermandad negra y muchas veces llegaron a las manos blancas y negros con banderas desplegadas. El legado y el obispo Folquet, prohibió llevar vivieres al campo de los cruzados, y permitió a la flor de sus hombres de armas entrar en campaña a las ordenes de su antiguo aliado el conde de Foix.

Miles de campesinos habían ofrecido al conde de Foix su cooperación; pero esta victoria no salvó a Labaur, que fue tomado por asalto, después que una terrible maquina llamada la gata abrió ancha brecha en su solida muralla.

Los cruzados encontraron en la plaza cerca de cuatrocientos herejes perfectos y los quemaron a todos con gran alegría, según asegura Pedro de Vaux Cernai.

Simon de Montfort hizo morir en la horca al poderoso Aimeri, señor de Montreal y de Laurac, y a muchos otros caballeros que habían defendido el castillo. Ochenta fueron los herejes ahorcados por Simón.

Montfort hizo arrojar en un pozo, que llenaron de piedras, a Girauda, señora de Lavaur, hermana de Aimeri y hereje como él, lo que produjo mucho duelo y gran lastima; porque nadie era de más elevada alcurnia, ni de carácter más franco que aquella señora. Los cronistas de la cruzada que extractamos así lo afirman y Girauda, fue un mártir entre los herejes y un borrón en la historia de Simón de Montort.

 

Sumario

Resistencia de los meridionales a dar cumplimiento a las ordenes de persecución.- Sospechosa muerte de Raimundo Roger.- Sentimiento causado por su muerte.- El conde de Tolosa en Roma.-Nuevo anatema.- Buenos oficios del rey de  Aragón.- Carta del legado.- El conde y el Rey corren a las armas.-Nueva cruzada.- Capitulación de Minerva.- Quema de ciento cuarenta herejes.- Sitio de Termes.- Sumisión de Albi y Cabaret.- Incertidumbre de Raimundo VI.- Autoridad de los papas.- Apojeo del Catolicismo.- El obispo Folquet en Tolosa.- Resolución del Conde.- El conde de Foix derrota los cruzados.- Toma de Labaur  por los cruzados.- Quema de cuatrocientos herejes.- Muerte de Girauda y de ochenta caballeros.

 

La matanza de Béziers (de la Canso o La Chanson de la Crosaide) - (Biblioteca Nacional, París)

I

El objeto de la cruzada estaba al parecer conseguido: conquistados los estados de Bezieres, y los condados de Tolosa y de Provenza, el rey de Aragón, y el de Aragon, y el arzobispo y el vizconde de Narbona habían publicado contra los herejes cuantos decretos exigió el legado. El conde de Foix, después de de ver a Montfort entrar triunfante en Castres, Albi, Pamiers y Mirepoix, se resignó a tratar con él. Los príncipes y barones cruzados que no se comprometieron más que para una campaña de cuarenta días, tuvieron por más que bien cumplido su voto y se fueron retirando con su gente. La tormenta que había desolado la Septimania se desvaneció, dejando a Simón reinar sobre ruinas con un puñado de soldados. A mediados del otoño, sus fuerzas se reducían a algunos caballeros franceses, vasallos de su familia o de la de su mujer Alis de Montmorenci, y tres o cuatro mil borgoñeses y alemanes.

Los meridionales empezaron a volver de su estupor. La ejecución de los crueles decretos lanzados contra los herejes, encontró resistencia o frialdad en la mayor parte de los señores y de los magistrados municipales. Más de veinte insurrecciones brotaron contra el nuevo vizconde de Bezieres, de quien el rey de Aragón su soberano no quiso recibir el juramento de homenaje.

El infortunado Raimundo Roger, fue puesto en manos de su sucesor Simón, y como podía llegar a ser temible, según la adhesión que le manifestaban sus antiguos vasallos, y como los espesos muros de Carcasona no pareciesen bastante fuertes para responder de su persona, una disentería sobrevenida muy a propósito para Simón de Montfort, arrebató repentinamente al cautivo de este mundo, el 10 de noviembre de 1209.

Murió prisionero, -dice el cronista provenzal- y por toda la tierra corrió el rumor de que el conde de Montfort le hizo morir. En todo el ámbito de la tierra,-exclama el poeta de la cruzada- no hubo mejor caballero, ni más valiente, ni de carácter más abierto ni cortés. Fue grandemente llorado y sentido de muchos, y fue cosa muy lamentable y lastimosa ver el dolor que manifestó el pueblo por la muerte del vizconde en su prisión, y de tan triste manera.

Raimundo Roger dejó un hilo de corta edad, llamado Trencavel, en cuyo nombre siguió luchando contra Simón de Monftort una parte de los que fueron vasallos de su padre. Simón recibió, en la primavera de 1210, refuerzos suficientes para sostenerse; pero no bastantes para atacar a Tolosa, objeto final de sus ardientes esperanzas.

El conde de Tolosa por su parte había prometido más de lo que podía cumplir, al jurar el exterminio o la expulsión de los herejes y de los aventureros armados, que constituían su ejército y la mitad de sus vasallos.

Tres meses después de la ceremonia de San Guilles, el Conde se encontró en las mismas perplejidades que antes. Exigieron los legados del Conde y de los cónsules de Tolosa, que les entregasen cuerpos y bienes de todos los sospechosos de herejía: los cónsules o capitulares de Tolosa respondieron que no había herejes en su ciudad.

 

Santo Domingo

II

El legado Milou, en un concilio reunido en Valencia en 1209, excomulgó al conde y a los magistrados, y lanzó el entredicho sobre la ciudad de Tolosa y los dominios de Raimundo. El Conde, esperando encontrar menos dureza en el Papa que en sus ministros, se decidió ir a Roma, con muchos de sus barones y uno de los capitulares excomulgados. Dirigiose primero a Paris, donde obtuvo una carta del Rey su soberano para el Santo Padre, y se presentó a Inocencio III, ante el Sacro Colegio romano.

Dibujo del siglo XIII que representa la muerte de un cátaro
(Archivos Nacionales, París)

No están de acuerdo los dos historiadores provenzales y Pedro de Vaux Cernai, sobre la acogida que obtuvo el Conde; pero lo cierto es, que el Papa relevó provisionalmente a Raimundo de la excomunión lanzada contra él por su legado, y lo envió para obtener su absolución definitiva a un concilio que los legados debían presidir en San Guilles, en el termino de algunas semanas. Raimundo debía purgarse con juramento del crimen de herejía y del asesinato de Castelnau cometido por uno de los suyos, justificándose con el cumplimiento de sus promesas.

Cuando Raimundo compareció en San Gilles ante el concilio, Theodiseo, canónigo genovés, que había reemplazado a Milou como legado, rehusó recibir sus juramentos tocante a la herejía y a la muerte de Castelnau, porque no había destruido los herejes tolosanos, ni restituido diversos derechos que había cobrado de las iglesias de sus estados, y que Roma calificaba de exacciones. Las lágrimas salieron a los ojos del Conde. Por grande que sea el desbordamiento de las aguas, dijo irónicamente el legado, no llegaran hasta el Señor.

En lugar de absolución, sacó el conde Raimundo del concilio un nuevo anatema.

En vano entregó al abad Amauri la ciudadela de Tolosa, llamada castillo narbonés: el legado la recibió; pero no para tenerle en cuenta aquel acto de confianza como prueba de su buen deseo, sino para hundirlo con mayor seguridad.

Intentó por segunda vez el rey de Aragón interponerse sirviendo de mediador; recibió el homenaje feudal de Simón, casó a su hijo Jaime, con la hija de este y una de sus hermanas con el joven Raimundo, hijo del conde de Tolosa, y acompañó al conde Raimundo hasta Arlés, donde en febrero de 1211 hizo una tentativa de paz dirigiéndose al legado y a los obispos.

El rey y el conde tuvieron que esperar al aire libre, a que los prelados redactases las condiciones que se dignaban ofrecer a Raimundo.

He aquí los principales artículos de la carta que los legados pusieron en manos del Conde:

El conde licenciará inmediatamente a todos los que hayan venido o puedan venir en lo futuro a prestarle socorro, sin retener ni uno solo.

Arrojará de su señorío a todos los judíos, y entregará en manos del legado y del conde de Montfort todos los herejes que estos le designen, para que hagan de ellos lo que mejor les parezca.

En todas las tierras del Conde, ningún hombre noble ni villano usará vestido de lujo, sino gruesas capas pardas.

El Conde mandará demoler todos los castillos y fortalezas que hay en sus tierras.

Ningún caballero o hidalgo del país podrá establecerse ni habitar en ninguna ciudad ni plaza, sino fuera en los campos, como si fuese villano o siervo.

Cada cabeza de casa pagará al legado cuatro dineros tolosanos al año.

Los hidalgos ya no levantaran mas los peajes en los caminos, sino lo que antiguamente se acostumbraba.

Cuando al conde de Monfort le plazca andarse por las tierras y país del conde Raimundo, o a cualquiera de los suyos,

Montségur: tras sus murallas estuvo en otro tiempo el pueblo de los perfectos
(Jean Pierre Péterman)

pequeño o grande, no les pedirán nada por las cosas que tomen, ni les contradecirán en nada, y los del país se remitirán en todo a la ley del rey de Francia.

Cuando todo eso se haya hecho y cumplido, el conde Raimundo se irá a Ultramar a guerrear contra los turcos e infieles, y nunca más volverá por acá, si el legado de su santidad no lo llama.

Una vez que todo esto se haya hecho y cumplido, entrará en la orden del Temple o de San Juan, después de lo cual se le devolverán sus tierras y señoríos; y si no hace todo esto, se le despojará de todo y no le quedará nada.

El rey de Aragón y el Conde de Tolosa se hicieron leer la carta por dos veces.

Conde Raimundo,- le dijo el rey Pedro,-¡bien os han pagado!¡Por Dios todopoderoso que esto necesita enmienda!

Los legados habían significado a los dos príncipes que no salieran de Arlés sin permiso del concilio; pero ellos, sin tenerlo en cuenta, montaron a caballo, y se fueron sin responder ni despedirse de nadie.

Raimundo VI se fue con la carta en la mano por todos los pueblos de su condado, haciéndola leer en alta voz en las plazas publicas. Los caballeros y los habitantes de las ciudades y pueblos se indignaban al oír leer la carta del concilio, y la resolución de defenderse a todo trance fue unánime. El conde de Foix y la mayor parte de los señores de los Pirineos franceses alzaron al estandarte, y el conde de Tolosa hubiera dado entonces sus mejores dominios por volver a la vida a su valiente sobrino el de Bezieres y a tantos otros bravos caballeros que él había dejado perecer sin darles socorro.

Su vanguardia, el vizcondado de Bezieres, estaba destruida, y Aragón, que él consideraba como su retaguardia, no podía ir en su ayuda; porque todos los príncipes cristianos de España tenían que habérselas en aquel momento con una formidable invasión de berberiscos: la posición del conde de Tolosa y de sus adeptos no podía ser más crítica.

 

Sello de Raymond Roger Trencavel

III

Trabajaron con actividad los legados del Papa a fin de llevar a cabo la sentencia de espoliación lanza en Arles contra Raimundo, y confirmada después en Roma. Una multitud de misioneros, frailes de diversas órdenes, recorrieron de nuevo la Europa, para reanimar el fanatismo por la cruzada. El obispo de Tolosa abandonó su diócesis para correr a sublevar las poblaciones de Francia contra los herejes del Mediodía; y en la primavera de 1211, se encontró Simón de Montfort con fuerzas suficientes para invadir el condado de Tolosa.

El año precedente lo había empleado en conquistar los castillos de su vizcondado, cuyos señores no lo habían reconocido o se habían sublevado. Su mujer que no le era inferior en valor y en ambición, y los obispos de Chartres y de Beauvais le trajeron un ejército en el estío de 1210, y los doctores de los herejes y los más valientes caballeros de Carcasser y de Bedarres, se tuvieron que refugiar en las fortalezas de Minerva, fortaleza situada sobre una escarpada roca a la entrada de las Cebenas. La defensa fue heroica durante siete semanas; pero la falta de agua y de víveres obligó a la guarnición a capitular. El castellano obtuvo para sí y para los suyos la conservación de la vida y de sus bienes, incluso los herejes, tanto perfectos como creyentes, a condición de que se convirtiesen a la Fe católica.

Cuando el conde de Montfort y el legado ratificaron esta capitulación, un noble cruzado exclamo:

-¿Cómo es esto? queréis salvar a los herejes, para cuya ruina nos hemos todos cruzado?

- No temáis nada,- le respondió el abad, -porque yo creo que muy pocos se convertirán.

En efecto, los herejes, tanto hombres como mujeres, rechazaron unánimes las exhortaciones del abad de Vaux Cernai y del conde de Montfort, y estos mandaron encender una hoguera tan grande que arrojaron en ella de una vez y fueron quemados a un tiempo ciento cuarenta perfectos. No tuvieron necesidad de llevártelos-dice el abad de Vaux Cernai;- porque todos se precipitaron en las llamas llenos de alegría.

Este horrible sacrificio de criaturas humanas se efectuó el 23 de julio de 1210. Los creyentes, aterrorizados, se convirtieron. En efecto, los argumentos de sus enemigos no dejaban de ser irrefutables y contundentes.

El sitio de Termes, situado en los confines del Rosellón, costó a los cruzados muchas más penas y sangre: cuatro meses resistió a sus ataques, y en una oscura noche fue evacuado por la guarnición sin ser descubierta por los sitiadores. Montfort no encontró en la plaza nada más que mujeres, y mandó respetar su honor y sus vidas. Albi y Cabaret se sometieron al saber la ocupación de Termes por los cruzados.

De esta manera, al concluir el año 1210, Simón de Monfort había domeñado los vasallos que le regaló el Papa, y se preparaba para adquirir otros nuevos por los mismos medios.

Sello de Raimundo VII de Tolosa

IV

En la primavera llegaron del Norte a Simón de Montfort numerosos refuerzos; pero antes de atacar directamente al conde Raimundo, puso sitio a Labaur, plaza fuerte situada sobre el Agout, a ocho leguas de Tolosa, perteneciente a una dama herética vasalla de Raimundo. Este príncipe había caído de nuevo en su antigua incertidumbre, y ni sabia someterse a la voluntad del Papa y de sus legados, entregándoles sus estados y sus vasallos para que los quemaran por herejes, ni representar su papel de soberano independiente, tratando como enemigos a los que intentasen despojarlo bajo un pretexto cualquiera. La vida de este hombre se pasaba en alternativas de flaqueza y de fuerza, de apatía y actividad, que fueron la causa principal de su ruina y de la desolación y desmembramiento de sus Estados.

Ni sabia ser hereje ni católico; y aunque los partidarios más adictos al Catolicismo romano en nuestros días no tolerarían a los Papas el derecho de quitar  y poner reyes, concediendo las coronas y señoríos a los que le parecieran más adeptos, no por eso es menos cierto que la mayoría de los católicos del tiempo de Raimundo de Tolosa y de Inocencio III creían legitima la conducta de los Sumos Pontífices y que en realidad no podía considerarse como buen católico al que a ella no se sometía. Aquella autoridad de los Papas sobre los reyes, considerada bajo el punto de vista de la religión católica, apostólica, romana, está en nuestra humilde opinión plenamente justificada, y si al partir de aquella época, los diversos Estados católicos de Europa se han sustraído a ella, es solo porque han perdido la fé, porque las creencias católicas en pueblos y reyes han menguado visible y progresivamente, aun en aquellos reinos que se han conservado en apariencia hasta nuestros días, mas adictos a la religión católica y a la autoridad e infalibilidad de los Papas: y en efecto, todas las leyes e instituciones de las naciones modernas, aun más conservadoras, son contrarias a la autoridad temporal de los Sumos Pontífices y del todo incompatibles con las atribuciones que ejercieron en la Edad Media, época del apogeo del Catolicismo.

 

Catedral de Sainte-Cécile, en Albi

V

Raimundo dejó entrar en Tolosa al obispo de Folquet, a la vuelta de su viaje a Francia, y en reconocimiento de la tolerancia de su señor, el Obispo encendió en Tolosa la guerra civil, organizando una hermandad con objeto de perseguir a viva fuerza los herejes, judíos, usureros y aventureros. La hermandad no paró hasta saquear y demoler las casas de sus enemigos; pero muchos se atrincheraron y convirtieron sus casas en fortalezas. Los católicos dominaban en la ciudad y los herejes en el arrabal, donde los nobles habitaban en gran numero.

Los católicos organizados para la lucha por el obispo de Folquet, se llamaban hermandad blanca y los del arrabal organizaron por oposición otra llamada hermandad negra y muchas veces llegaron a las manos blancas y negros con banderas desplegadas. El legado y el obispo Folquet, prohibió llevar vivieres al campo de los cruzados, y permitió a la flor de sus hombres de armas entrar en campaña a las ordenes de su antiguo aliado el conde de Foix.

Su resolución era bien necesaria.

Cinco mil cruzados alemanes y belgas mandados por el duque de Austria y los condes de Mons y de Juliers, se dirigieron desde Carcasona al campamento de Montfort: pero el conde de Foix se emboscó en la selva de Monjoyre, cerca de Puy Laurens, y cayendo de improviso sobre el enemigo, lo deshizo completamente. Miles de campesinos habían ofrecido al conde de Foix su cooperación; pero esta victoria no salvó a Labaur, que fue tomado por asalto, después que una terrible maquina llamada la gata abrió ancha brecha en su solida muralla.

Los cruzados encontraron en la plaza cerca de cuatrocientos herejes perfectos y los quemaron a todos con gran alegría, según asegura Pedro de Vaux Cernai.

Simon de Montfort hizo morir en la horca al poderoso Aimeri, señor de Montreal y de Laurac, y a muchos otros caballeros que habían defendido el castillo. Ochenta fueron los herejes ahorcados por Simón.

Montfort hizo arrojar en un pozo, que llenaron de piedras, a Girauda, señora de Lavaur, hermana de Aimeri y hereje como él, lo que produjo mucho duelo y gran lastima; porque nadie era de más elevada alcurnia, ni de carácter más franco que aquella señora. Los cronistas de la cruzada que extractamos así lo afirman y Girauda, fue un mártir entre los herejes y un borrón en la historia de Simón de Montort.

Muchas veces los sucesos confirman la vulgar opinión, que supone siempre son los mejores las víctimas preferidas. En aquella ocasión si el heroísmo y el fanatismo ciego de los vencidos fue grande, la crueldad de los vencedores los sobrepujó con exceso.

 

Bernardo de Clairvaux

FIN DEL CAPÍTULO VI

 

 

 


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