INEPTOCRACIA Y DIOSES MUERTOS: Ineptocracia Gubernamental y Nihilismo Estatal. «El hombre de espíritu libre vive únicamente para el conocimiento» (Nietzsche)
«Si miras el Mundo a tu alrededor, verás los efectos.
Si miras dentro del Hombre, verás las causas»
Para los nihilistas, la existencia humana, la vida y la misma existencia del universo, carecen de significado o propósito. Niegan la posibilidad de una verdad objetiva, así como del valor intrínseco de lo material. Ni materia ni espíritu. Solos. Arrojados a un mundo sin sentido.
Niegan la existencia de principios morales o religiosos absolutos, pues solo serían construcciones sociales, nunca verdades universales.
Su escepticismo es extremo; creen que no existe una base sólida para el conocimiento, que no es posible conocer la «verdad» de nada.
Friedrich Nietzsche, referente de los modernos Nihilistas, afirmó la «muerte de Dios» como la pérdida de un fundamento moral superior en la sociedad occidental.
Tragedia a tragedia es como, tristemente, nos vamos ubicando frente a la realidad. Esa realidad objetiva y auténtica que existe fuera de nosotros, la realidad donde vivimos y morimos.
La realidad que duele y mata. Esa realidad es la que nos hemos dado con nuestros propios actos (a menudo interactuando con ilusiones, pero causando efectos sobre la realidad, no sobre la ilusión).
Pese a lo evidente de lo Real, la ilusión permanece. Hasta que el dolor se hace horror, y el miedo mata la esperanza. Es entonces cuando, como el Frankenstein de Shelley, podremos sentarnos en la cima de una montaña y contemplar todos los destrozos que hemos causado. En la Realidad; desde la Ilusión, de la que el dolor nos ha despertado.
Sabemos que cualquiera que se encuentre en un bosque, puede morir abrasado por las llamas. Demasiado lejano.
Sabemos que cada pocas décadas hay riadas que dejan ahogados. Pero, cada vez, más gente vive en esas zonas. Tampoco parecen sucesos cercanos.
Ahora, el Tren. Es diferente. Quizás, sólo por que es la última, pero quizás porque, por una vez, el tren nos iguala a todos. En lo abstracto.
Atrás, abocada al olvido, va quedando cada tragedia, el dolor concreto de cada víctima que, sin embargo, a todos nos afecta, más allá de la tristeza.
Unos, azarosamente azotados por el dolor y la muerte, heridos por un sufrimiento concreto, y los demás, víctimas abstractas del Miedo.
El dolor de la realidad nos despierta de la ilusión. ¿Colectivamente?
Quizás, recuperando ese superpoder que nos hace, no dioses, sino poderosas Megamáquinas, seres capaces, colectivamente, de afrontar los mayores retos.
El Poder de la Cooperación, el superpoder que convierte a los siervos en ciudadanos y sublima las ilusiones vanas en ideas y actos capaces de mejorar la realidad.
Porque hay una realidad. De la que, en buena parte, somos responsables.
Hemos de recordar que, por lejos que nos parezca estar de la Verdad, ésta existe, y siempre podremos acercarnos a ella. Y, caminando hacia la Verdad, nos acercaremos a la Justicia.
Caminando hacia la Justicia, empujados por la sed de verdad, y siendo conscientes de la realidad -sin dejar de ser escépticos-, será sencillo encontrar nuevos -o recuperar antiguos- Propósitos, individuales o sociales.
Cada día que pasa es más evidente que los cuarenta y cinco muertos de Adamuz y el maquinista muerto en Gelida son consecuencia de la simbiosis de corrupción e ineptocracia: la primera roba y malversa, la segunda elige expertos en mantenimiento ferroviario que reutilizan material caducado, ignoran a los maquinistas y no usan técnicas avanzadas a su disposición.
Pero son cara y cruz: si aceptas ineptos tendrás corruptos, y viceversa.
Entenderlo es de la mayor importancia, pues no nos libraremos de la corrupción sin combatir la ineptocracia, y lo contrario: son dos naipes que se apoyan mutuamente. Limitarse a pedir dimisiones no resolverá el problema.
Ineptocracia es el gráfico y amargo término acuñado por Jean d’Omerssonpara describir el sistema donde los más ineptos consiguen trepar al poder:
“Gobierno donde los menos preparados para gobernar son elegidos por los menos preparados para producir, y los menos preparados para procurarse su sustento son regalados con bienes y servicios pagados con los impuestos confiscatorios sobre el trabajo y riqueza de unos productores en número descendente, y todo ello promovido por una izquierda populista y demagoga que predica teorías, que sabe que han fracasado allí donde se han aplicado, a unas personas que sabe que son idiotas”.
“Los cántaros, cuanto más vacíos, más ruido hacen” (Alfonso X el Sabio)
No es, pues, una maldición española, sino una tendencia de las democracias en estado demagógico avanzado. Ineptos notorios hay y habrá siempre en todos lados, y muchos otros desconocidos hasta que los desnuda la fatalidad del Principio de Peter: en una jerarquía cualquiera, todo incompetente asciende hasta su máximo nivel de incompetencia.
Pero la característica de la ineptocracia destructiva es dar el mando a los más incompetentes a pesar de ser de sobra conocidos: es Hitler en su búnker de la cancillería dando el mando de ejércitos fantasmas a generales aduladores e ineptos.
El corrupto es el mejor amigo del inepto
¿Cuál es la relación de ineptocracia y corrupción? Para empezar, es fácil comprender que los ineptos de cualquier gobierno también lo son para detectar y purgar a los corruptos, en el caso de que quieran hacerlo. Dicho de otro modo, el mejor amigo de un corrupto es un inepto pues, comparta o no su codicia, será incapaz de impedir que la satisfaga.
La perspectiva histórica puede ayudarnos a entender esta ley sistémica. Los pensadores políticos realistas griegos y romanos le dedicaron la atención que merece. Tucídides atribuyó el declive de la democracia ateniense a que la excepcionalidad de Pericles ocultaba la vulnerabilidad del sistema a la acción erosiva de los ineptos que medraban en la demagogia; muerto Pericles, Atenas no dejó de caer por la pendiente hasta la condena a muerte de Sócrates por una asamblea ineptocrática, manipulada por demagogos, comprensiva con la corrupción y hostil a los principios.
Respecto a Tácito, le debemos la disección implacable de la alianza entre élites patricias ineptas y corrupción de Roma, inmortalizada en el principio:
“Cuanto más corrupto es el Estado, más leyes aprueba» (Corruptissima re publica plurimae leges)”.
En efecto, la ineptocracia es hiperactiva para, precisamente, ocultar con mala política la corrupción de su trastienda: véase cualquier comparecencia o anuncio del Gobierno Sánchez, y que el bono de transporte gratuito consumiera más recursos que el mantenimiento.
Los ejemplos dan para llenar un grueso volumen. También en sentido contrario: quizás el segundo mayor mérito de Winston Churchill, tras el primero de la intransigencia democrática contra el totalitarismo, fue la voluntad de rodearse de los mejores para superar sus propias limitaciones (incluyendo cierta debilidad nepotista por sus amigos e hijos).
Así salvó al Reino Unido durante el largo año y medio de soledad contra los nazis, logrando avances decisivos en cosas como la computación gracias a su apoyo personal al equipo de Alan Turing, pese a entender muy poco de lo que hacían. En nuestra ineptocracia, el puesto de Turing habría sido para Jessica.
Un AVE a 350 kilómetros por hora
Las razones por las que los buenos líderes prefieren a los mejores no son solo morales, y muchas veces -qué bien lo razonó Maquiavelo– carecen de cualquier moralidad. Un buen líder quiere a los mejores para beneficiarse de su capacidad y rechaza a quien no tiene ninguna, como el inepto profesional, o las dedica exclusivamente al robo y a sus vicios, caso de los corruptos.
Los malos hacen, en cambio, una selección como la de Pedro Sánchez, pues los ineptos son de los suyos y los corruptos le deberán el puesto.
El riesgo de alianza triunfal de ineptos y corruptos es elevado. El trepa inepto teme a los más capaces que él; es casi fatal que prefiera a corruptos que aporten apoyo incondicional a cambio de carta blanca. Incluso se da el caso de que el número uno sea a la vez descaradamente inepto y sospechoso de corrupción: José Luis Rodríguez Zapatero.
Recordemos que, según proclamó, el sistema financiero español era el mejor del mundo pocos meses antes del hundimiento de más de la mitad, las Cajas de Ahorros. ¿Qué nos recuerda esto?: sí, a Óscar Puente prometiendo AVE a 350 kilómetros-hora pocos días antes de la tragedia de Adamuz y desafiando la cascada creciente de accidentes, retrasos e incompetencia ministerial.
España es un ejemplo de ineptocracia basada en la corrupción, y viceversa. Una vez entrados en política para enriquecerse lo antes posible, el cuarteto del Peugeot no podía hacer otra cosa que hundirlo, pues su plan de asalto exigía nombrar a ineptos que se conformaran con poca parte del botín a cambio del relumbrón del poder: basta con ver lo que sale a la luz de los nombramientos en Adif y Renfe, sin olvidar la SEPI o la colonización de Telefónica.
Durante la pandemia ya elevaron esta simbiosis de codicia e incompetencia al nivel más elevado: el famoso Comité de Expertos dirigido por el inepto Fernando Simón ni siquiera tuvo necesidad de existir.
Miedo al cambio de reglas
Para que una ineptocracia corrupta tan descarada se instale en un país, como ha pasado en España, tan desconfiado de los méritos ajenos y cainita, hacen falta otras dos condiciones satisfechas en abundancia:
El populismo político que, por su propio odio a meritocracia y conocimiento, simpatiza naturalmente con los ineptos (su lema: nadie es mejor que nadie, pero sí peor), y la ineptitud generalizada, instaurada hace tiempo en las élites occidentales y españolas, cuyo mayor temor es el cambio de reglas y ciclo porque perderán sus privilegios.
Esta es, resumida, la lógica interna de nuestra actual desgracia.
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LA CONCIENCIA INTELECTUAL
«No quiero rendirme a la evidencia: la mayoría de los hombres carecen de conciencia intelectual.
Quiero decir que la mayoría de los hombres no juzgan despreciable creer tal o cual cosa y vivir según esa creencia, sin haber adquirido conciencia previa de las razones últimas y ciertas que la abonan como verdad, ni siquiera haberse tomado el trabajo de buscar tales razones.
Los hombres más capaces y las mujeres más distinguidas forman parte de esa mayoría.
Pero ¿qué importan el buen corazón, la sagacidad y el genio cuando el hombre que posee estas virtudes se conforma con la tibieza de sentimientos respecto a la fe y al juicio, sin que la necesidad de la certeza sea para él el más profundo de los deseos y la más íntima de las necesidades, cuando aquello es lo que distingue a los hombres superiores de los inferiores?
A veces he pensado que con las reivindicaciones de esa conciencia se siente uno solitario, cual si se hallara en un desierto, aunque esté en las ciudades más populosas»
A veces he pensado que con las reivindicaciones de la conciencia intelectual se siente uno solitario, cual si se hallara en un desierto, aunque esté en las ciudades más populosas.
Cuantas veces repito el experimento, me sublevo contra sus resultados; no quiero rendirme a la evidencia: la mayoría de los hombres carecen de conciencia intelectual.
A veces he pensado que con las reivindicaciones de esa conciencia se siente uno solitario, cual si se hallara en un desierto, aunque esté en las ciudades más populosas. Todos te miran con ojos de extraño y cada uno sigue manejando su balanza y llamando a tal cosa buena y a tal otra mala; nadie se avergüenza cuando das a entender que las pesas de que se sirven no son cabales, ni tampoco se revuelve nadie contra ti; a lo sumo se ríen de tus dudas.
Quiero decir que la mayoría de los hombres no juzgan despreciable creer tal o cual cosa y vivir según esa creencia, sin haber adquirido conciencia previa de las razones últimas y ciertas que la abonan como verdad, ni siquiera haberse tomado el trabajo de buscar tales razones. Los hombres más capaces y las mujeres más distinguidas forman parte de esa mayoría.
Pero ¿qué importan el buen corazón, la sagacidad y el genio cuando el hombre que posee estas virtudes se conforma con la tibieza de sentimientos respecto a la fe y al juicio, sin que la necesidad de la certeza sea para él el más profundo de los deseos y la más íntima de las necesidades, cuando aquello es lo que distingue a los hombres superiores de los inferiores?
En algunos hombres piadosos he observado un odio a la razón que es de agradecer, porque al menos manifiesta la intranquilidad de su conciencia intelectual. Pero verse en medio de este rerum concordia discors [concordia discordante de las cosas], de toda esta maravillosa incertidumbre, de esta multiplicidad de la vida, y no preguntar, no sentir el estremecimiento del deseo y el placer de la interrogación, no odiar siquiera al interrogador, sino tal vez divertirse con él, eso es lo que me parece despreciable; ese sentimiento de desprecio es lo que busco en cada hombre, y cualquier locura basta para convencerme de que todo hombre posee tal sentimiento en cuanto hombre.
En lo cual soy injusto a mi manera.
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FRIEDRICH NIETZSCHE, La Gaya Ciencia. Sarpe, 1984. Traducción: Pedro González Blanco. FD, 13/10/2008.
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¡ADELANTE POR EL CAMINO DE LA SABIDURÍA!
«El hombre de espíritu libre, que vive únicamente para el conocimiento, alcanzará pronto su fin exterior, su situación definitiva respecto de la sociedad y del Estado, y, por ejemplo, se declarará voluntariamente satisfecho de un pequeño empleo o de una fortuna que baste justamente para su existencia.
Todas estas son cosas a las que aplica la menor energía posible, para sumergirse con todas sus fuerzas reunidas en el elemento del conocimiento.
Así puede tener la esperanza de bucear profundamente y quizá hasta ver bien en el fondo.
Aunque atraviesa algunos laberintos, aunque su camino se estreche momentáneamente entre rocas, en cuanto llega a la luz, sigue su camino en la claridad, fácilmente y casi sin ruido, y deja que los rayos del sol penetren hasta el fondo de su alma.
Hay que haber amado la religión y el arte como se ama a una madre y a una nodriza; de lo contrario, no se puede llegar a ser sabio.
Pero hay que dirigir las miradas más allá, saber erguirse por encima; si permanecemos en su soberanía feudal, no los comprendemos.
La misma vida que conduce a la vejez, conduce también a la sabiduría.
Entonces es el momento, sin que haya lugar a indignarse, de que la bruma de la muerte se aproxime.
Hacia la luz, tu último movimiento; un hurra de conocimiento, tu último grito»
Circunspección de los espíritus libres.- Los hombres de espíritu libre, que viven únicamente para el conocimiento, alcanzarán pronto su fin exterior, su situación definitiva respecto de la sociedad y del Estado, y, por ejemplo, se declararán voluntariamente satisfechos de un pequeño empleo o de una fortuna que baste justamente para su existencia, pues se arreglarán para vivir de manera que un gran cambio en la fortuna pública, e incluso una revolución en el orden político, no sea al mismo tiempo la ruina de su vida. Todas estas son cosas a las que aplican la menor energía posible, para sumergirse con todas sus fuerzas reunidas y, en cierto modo, con una respiración amplia en el elemento del conocimiento. Así pueden tener la esperanza de bucear profundamente y quizá hasta ver bien en el fondo.
De un acontecimiento, a un espíritu semejante no le gusta buscar más que un solo fin, no le agrada ver las cosas en toda la amplitud y abundancia de su desarrollo, pues no quiere enredarse en ellas. Él también conoce los días laborables de falta de libertad, de dependencia, de servidumbre. Pero, de cuando en cuando, es preciso que venga un domingo de libertad; pues, de otro modo, no soportaría la vida. Es probable que incluso su amor a los hombres sea circunspecto y de corto aliento, pues sólo en medida en que le es necesario para los fines del conocimiento se embarca en el mundo de los instintos y de la ceguedad.
Debe tener en cuenta que el genio de la justicia dirá algo en favor de su discípulo y de su pupilo, si voces acusadoras le reclamaran por pobreza de amor. En su manera de vivir y de pensar hay un heroísmo refinado, que tiene vergüenza de ofrecerse al saludo de las masas, como hace su hermano más vulgar, y que sigue silenciosamente su camino por el mundo y fuera del mundo. Aunque atraviesa algunos laberintos, aunque su camino se estreche momentáneamente entre rocas, en cuanto llega a la luz, sigue su camino en la claridad, fácilmente y casi sin ruido, y deja que los rayos del sol penetren hasta el fondo de su alma.
Nietzsche, Jasper y Salomé
Adelante.- ¡Y así, adelante por el camino de la sabiduría, a buen paso, con plena confianza! En cualquier situación en que estés, sírvete a ti mismo de fuente de experiencia. Arroja la amargura por encima de la borda de tu ser, perdónate a ti mismo, pues en todo caso tienes en ti una escala de mil peldaños, por los cuales puedes subir al conocimiento. El siglo en que padeces ser precipitado, te estima feliz con esa dicha; te pregona que tomas aún parte en experiencias que tal vez tengan que pasar los hombres de tiempos futuros.
No desdeñes haber sido también religioso; penétrate bien de cómo has tenido un legítimo acceso al arte. ¿Acaso, precisamente con la ayuda de estas experiencias, no puedes seguir con mejor conocimiento de causa inmensas etapas de la humanidad anterior? ¿No es precisamente sobre este terreno, que a veces desagrada tanto, sobre el terreno del pensamiento turbado, donde han brotado los frutos más hermosos de la vieja civilización?
Hay que haber amado la religión y el arte como se ama a una madre y a una nodriza; de lo contrario, no se puede llegar a ser sabio. Pero hay que dirigir las miradas más allá, saber erguirse por encima; si permanecemos en su soberanía feudal, no los comprendemos. Así mismo, es preciso estar familiarizado con los estudios históricos y con el juego prudente de la balanza: «de un lado, del otro». Haz un viaje retrospectivo, siguiendo las huellas que la humanidad ha dejado en su larga marcha dolorosamente a través del desierto del pasado: así es como aprenderás de la manera más segura en qué dirección toda la humanidad futura no tiene ya posibilidad ni derecho a ir.
Y, sin embargo, cuando intentes con todas tus fuerzas descubrir por anticipado cuán apretado está aún el nudo del porvenir, tu propia vida adquirirá el valor de un instrumento y de un medio de conocimiento. Depende de ti que todos los rasgos de tu vida: tus ensayos, tus errores, tus faltas, tus ilusiones, tus sufrimientos, tu amor y tu esperanza entren sin excepción en tu designio. Este designio es llegar a ser tú mismo una cadena necesaria de anillos de la civilización y deducir de esta necesidad la necesidad en la marcha de la civilización universal. Cuando tu mirada haya adquirido bastante fuerza para ver el fondo en la fuente sombría de tu ser y de tus conocimientos, y quizá también te lleguen a ser visibles, en ese espejo, las constelaciones lejanas de las civilizaciones futuras.
¿Acaso crees que una vida semejante con un designio tal resulte demasiado penosa, demasiado desprovista de todo placer? Es que no has aprendido aún que no hay miel más dulce que la del conocimiento, y que las nubes de aflicción que se ciernen sobre ti te han de servir también de ubre, de la que has de extraer la leche para refrescarte. Deja que llegue la época; tan sólo entonces verás cómo has escuchado la voz de la naturaleza, de esa naturaleza que gobierna el universo por medio del placer: la misma vida que conduce a la vejez, conduce también a la sabiduría, gozo constante del espíritu en esta dulce voz del sol; ambas, vejez y sabiduría, llegan a ti por la misma vertiente de la vida: así lo ha querido la naturaleza.
Entonces es el momento, sin que haya lugar a indignarse, de que la bruma de la muerte se aproxime. Hacia la luz, tu último movimiento; un hurra de conocimiento, tu último grito.
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FRIEDRICH NIETZSCHE, Humano, demasiado humano. Edaf, 1984. Traducción: Carlos Vergara. [FD, 19/05/2009].
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EL HOMBRE DE CIENCIA
«El hombre de ciencia es una verdadera paradoja: ese hombre está rodeado por los problemas más terribles, que tienen clavada en él su mirada, ese hombre va caminando al lado de abismos, y a lo que él se dedica es a cortar una flor y contar sus estambres.
Lo que el científico hace es trabajar, no es estar consagrado a una ocupación, el científico no mira ni a derecha ni a izquierda y atraviesa todas las cosas que dan que pensar y todos los asuntos de la vida con aquella semiatención y con aquel mismo afán de esparcimiento que son propios del obrero extenuado.
Se comporta como si para él la vida fuese ocio, pero sin dignidad: se comporta como un esclavo que ni aun cuando sueña se desprende del yugo que lo oprime.
Pascal opina que los seres humanos cultivan con tanta solicitud sus negocios, sus ciencias, con el fin de escapar así a las cuestiones importantes, a las preguntas con que los importuna la soledad, es decir, a las preguntas: ¿de dónde? y ¿cómo? y ¿adónde?
Todas las ciencias son una fruslería desde el momento en que el ser humano se conduce con ellas igual que con las trabajosas tareas que vienen impuestas por la pobreza y la miseria.
Un mero afán de novedades no merece llevar el altivo nombre de «ciencia».
Si no sabéis mezclar a vuestra vida científica la correspondiente antidosis de ruda experiencia, filosofía y arte, seréis indignos de la cultura y seréis asimismo incapaces de ella»
El hombre de ciencia es una verdadera paradoja: ese hombre está rodeado por los problemas más terribles, que tienen clavada en él su mirada, ese hombre va caminando al lado de abismos, y a lo que él se dedica es a cortar una flor y contar sus estambres. No se trata de un embotamiento del conocer: pues el hombre de ciencia se enardece con su instinto de conocer y de descubrir y no existe para él placer mayor que el de aumentar el tesoro de sus saberes. Pero se comporta como el más engreído de los haraganes favorecidos por la fortuna: para él es como si la existencia no fuera una cosa que no tiene remedio y como si perder un solo minuto mereciese un castigo.
Lo que el científico hace es trabajar, no es estar consagrado a una ocupación, el científico no mira ni a derecha ni a izquierda y atraviesa todas las cosas que dan que pensar y todos los asuntos de la vida con aquella semiatención y con aquel mismo afán de esparcimiento que son propios del obrero extenuado. Se comporta como si para él la vida fuese ocio, pero sin dignidad: se comporta como un esclavo que ni aun cuando sueña se desprende del yugo que lo oprime. Tal vez se encuentre el modo justo de efectuar una apreciación de la gran masa de los doctos si se empieza por considerarlos como labriegos: tienen una pequeña heredad y de la mañana a la noche se esfuerzan diligentemente en roturar la tierra, guiar el arado y azuzar a los bueyes.
Pascal opina que los seres humanos cultivan con tanta solicitud sus negocios, sus ciencias, con el fin de escapar así a las cuestiones importantes, a las preguntas con que los importuna la soledad, es decir, a las preguntas: ¿de dónde? y ¿cómo? y ¿adónde? Pero resulta todavía mucho más asombroso el que no acudan a la mente de los doctos las preguntas más inmediatas: ¿para qué este trabajo, para qué esta prisa, para qué este frenesí? ¿Acaso para ganarse el sustento? No. Pero vosotros trabajáis del mismo modo que lo hacen quienes trabajan para ganarse el sustento. Todas las ciencias son una fruslería desde el momento en que el ser humano se conduce con ellas igual que con las trabajosas tareas que vienen impuestas por la pobreza y la miseria. La cultura es posible sin esa ciencia vuestra, como lo prueban los griegos.
Un mero afán de novedades no merece llevar el altivo nombre de «ciencia». Si no sabéis mezclar a vuestra vida científica la correspondiente antidosis de ruda experiencia, filosofía y arte, seréis indignos de la cultura y seréis asimismo incapaces de ella. El uniformismo de vuestro modo peculiar de vivir y de pensar dejará asombrada a una generación futura: qué escasa y qué pobre es la experiencia del mundo que vosotros tenéis, qué librescos son vuestros juicios. Hay disciplinas que permiten ser asaltadas en tropel: pero hay otras que no lo permiten: y son éstas precisamente las que vosotros eludís. Basta con que penséis en vuestras reuniones de sociedad, ved cómo están compuestas de cansancio, ansias de distracción y reminiscencias literarias.
A pesar de sus métodos y de sus aparatos, la ciencia misma se halla en un período de declive: y vuestras grandes universidades, con la imponente aparatosidad de sus laboratorios y observatorios y de sus laborantes y observantes, traen a la memoria los arsenales repletos de cañones y de artefactos bélicos enormes, pero en las guerras nadie puede hacer uso de tales máquinas. Y esos es lo que ocurre con vuestras universidades: se hallan totalmente al margen de la cultura y están abiertas, en cambio, a todas las corrientes de la incultura actual que dan mucho que pensar. Un catedrático de universidad es un ser cuya incultura y de cuya zafiedad de gusto es lícito estar convencido en tanto no haya dado pruebas de los contrario.
Si pienso en la vulgaridad de vuestros pareceres políticos o teológicos, y no digamos en los del Protestantenverein [Asociación protestante], o si pienso en vuestros estudios lingüísticos realizados con el fin de debilitar los modelos clásicos, o en vuestros estudios sobre la India sin tener la menor conexión con la filosofía india, si pienso en el revuelo que entre vosotros han levantado unos libros tan malos como los de David Strauss y en el revuelo que no han levantado otros libros, si pienso en el modo como vuestros catedráticos de universidad cultivan la Estética, en el modo como vuestras universidades están con respecto al arte a la misma altura que las asociaciones de coros masculinos, en el modo tan estúpido como permanecéis alejados de todas las fuerzas productivas, si pienso en todo eso, una cosa al menos tengo segura: que vosotros no merecéis indulgencia, que sois obreros de una fábrica -y que para la cultura contáis sólo en un aspecto: como obstáculos.
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FRIEDRICH NIETZSCHE, Consideraciones intempestivas I, 125. Alianza Editorial, 1988. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.
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