Hacer la Santa Transición imitando a la España (fallida) de la Restauración no puede decirse que haya sido un buen negocio.
El cambio político que nos condujo —por la vía de la reforma, huyendo de la ruptura— desde la dictadura franquista a la partitocracia, y a continuación nos encaminó hacia el cesarismo, consolidado gracias a las concesiones políticas en favor de los nacionalismos periféricos,
inspiradas en una lectura ingenua del legado de la Segunda República, ha desembocado en un extraño viaje a la semilla.
Nuestro inquietante presente político se asemeja demasiado a un pretérito que, en buena medida, parecía que habíamos superado.
No es así. La vida pública española parece condenada a la eterna política del encasillado, el ingenioso (y fraudulento) sistema electoral mediante el cual los partidos dinásticos de finales del siglo XIX y comienzos del XX se repartían el poder en Madrid por turnos sucesivos y, con él, ocupaban las instituciones estatales,
que dejaban de ser neutrales y de servir a todos para convertirse en la prolongación ejecutiva de un absolutismo que no toleraba la crítica y se cobraba —sin excepciones— la cabeza de los críticos y de los disidentes.
«Bien podría decirse que la derecha española obvió la asignatura de la creación de la burguesía, dio el salto directo del caciquismo feudal a la era moderna. Sin ir a clase, según una vieja costumbre arraigada en los lideres de esta derecha. Obtener los títulos sin estudio y por tanto desconociendo los contenidos. Incluso pueden hasta atreverse a nombrarse como socialdemocratas que emparejan con formas hijas de la autarquía más correosa»
La analogía histórica ayuda a entender mejor el asombroso crepúsculo del sanchismo, cercado por tierra, mar y aire por una espiral infinita de sospechas, causas judiciales e imputaciones que, además de contra quienes son —o han sido— sus máximos dirigentes (Ábalos, Cerdán, Zapatero),
esta semana se ha extendido, igual que una marea de petróleo, a más de 20 directivos de entidades públicas como la SEPI, la Agencia Tributaria —justo al término de la campaña de recaudación— o la Guardia Civil.
Los dos grandes partidos, en mayor o menor grado, han incentivado la conquista partidaria de la Administración durante estas cinco décadas de democracia.
El PSOE de González fue genéticamente clientelar.
El PP de Aznar jugó a ser una selecta minoría de patricios.
Zapatero practicó el populismo con sonrisas.
Rajoy implantó el galleguismo táctico y el pansanchismo, tras descubrir que la forma más sencilla de autoritarismo es el peronismo, ha optimizado —como dicen en las escuelas de negocio— el método hasta convertirlo en estructural.
Carta I de Pedro a los Corintios:
«Las instituciones del Estado están consagradas a servir al Gran Insomne».
En este sistema neocolonial, Moncloa hace la función de metrópoli y los ministerios y las empresas públicas, convertidas en los abrevaderos de las famiglie del PSOE y en el territorio natural de los comisionistas y los intermediarios, actúan como sus virreinatos.
La lógica es imperial y se sustenta en el sistema que Cánovas —un político malagueño— depuró hasta convertirlo en perfecto.
Baste recordar la frase del célebre Pacto del Pardo:
«Isabelita, de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas».
Cánovas y Sagasta – Pacto de El Pardo
Ahí está todo.
La Roma republicana elegía dos cónsules con capacidad de veto sobre su gemelo —en un antecedente de la doctrina de los contrapesos— para prevenir las tentaciones monárquicas y los abusos de poder. Así fue hasta que Julio César se convirtió en un autócrata y su heredero —Octavio Augusto— en Pontifex Maximus.
El colonialismo político, igual que el económico, que es su reverso, es de naturaleza extractiva:
las rentas inmediatas que produce el sobrevenido capital político —influencias, contratos, negocios, comisiones— se distribuyen entre el partido, los hombres de honor y una parte de la soldadesca, que siempre exigió su ración al Palatino hasta que las legiones romanas cayeron en la cuenta de que un caudillo que desee perdurar necesita una milicia fiel mucho más que un ejército a su César.
Primo de Rivera (padre) y Franco institucionalizaron esta secular costumbre española de no distinguir entre el Estado y su propia persona, recurriendo al monopolio de la fuerza o agitando el miedo a la represión política.
Una forma de hacer política que no se diferencia del absolutismo del Antiguo Régimen o de las leyes de cualquier secuestro.
Sánchez no es sino la variante posmoderna de este fenómeno: instituciones, fuerzas de seguridad, judicatura y altos funcionarios deben identificarse con su causa.
Una forma de hacer políticaque no se diferencia del absolutismo del Antiguo Régimen o de las leyes de cualquier secuestro.
Los caciques y comisarios políticos de antaño son los cargos de confianza (del partido) de hogaño.
Ya se sabe: hay que hacer de la necesidad virtud y reemplazar el tradicional pacto oligárquico por la prueba de militancia, equiparable a la pretérita probanza de sangre, del mismo modo que el Movimiento Nacional exigía un «certificado de adhesión inquebrantable» para trabajar en la Administración.
A nadie debería extrañar que esta alianza fáustica haga aflorar de pronto muchas fortunas inexplicables, patrimonios (inmobiliarios) colosales o joyas color azabache.
El poder, por supuesto, protege a sus fieles y erosiona a quien no lo ejerce.
Como decían los políticos condenados por los ERE en Andalucía:
«Se colabora con quien colabora».
Recuerden las cándidas almas dormidas:
«¿De quién depende la Fiscalía? Pues eso».
«¿Para qué sirve el Constitucional de Pumpido, fiscal general del Estado con Zapatero? Para lo que se le ordene».
Y así todo.
Si el sanchismo reivindica la epopeya de la resistencia, se debe únicamente a que ha serializado la supeditación de muchas instancias del Estado, y de buena parte de los directivos de las empresas y entidades públicas, entre ellas RTVE, al negocio de la adhesión partidaria.
Una industria sencilla, sin riesgos excesivos mientras dure el baile y próspera. Negarse es un dislate.
Quien decline besar el gran anillo sabe que nunca hará carrera, mientras que quienes acepten la servidumbre (voluntaria) ascenderán sin demora, aunque estén expuestos a que un día el viento cambie de dirección y las lanzas se tornen cañas.
Pedro Sánchez posando con el hijo -y heredero- de Soros
Lo de Góngora:
«Ande yo caliente y ríase la gente».
«Madrid es el mundo, y el empleado público, el hombre. Morir es quedar cesante».
Galdós puso esta frase en boca de Ramón Villaamil, uno de sus personajes, un diligente funcionario del Ministerio de Hacienda apartado por las intrigas políticas, en ¡Miau!, una de sus novelas contemporáneas.
Los virreyes de Sánchez representan el descrédito de una democracia con poltronas de oro y oradores subvencionados que está siendo desgarrada, como si fuera una plaza colonial de ultramar, desde dentro.
«El egoísta necio que sonríe y el necio sombrío y ceñudo serán tenidos por sabios y se tomarán por norma».
«El peligro se ha hecho tan grande para cada individuo, cada clase, cada pueblo, que es deplorable el pretender engañarse.
El tiempo no puede detenerse; no hay prudentes retornos, no hay cautelosas renuncias.
Sólo los soñadores creen en posibles salidas.
El optimismo es cobardía.
Hemos nacido en este tiempo y debemos recorrer violentamente el camino hasta el final.
No hay otro.
Es nuestro deber permanecer sin esperanza, sin salvación en el puesto ya perdido.
Permanecer como aquel soldado romano, cuyo esqueleto se ha encontrado delante de una puerta en Pompeya, y que murió porque al estallar la erupción del Vesubio olvidáronse de licenciarlo.
Eso es grandeza; eso es tener raza. Ese honroso final es lo único que no se le puede quitar al hombre»
Oswald Spengler (29 mayo 1880-8 mayo 1936) Buena parte de sus tesis fueron adoptadas por los ideólogos del nazismo, concepción política a la que Spengler era cercano, aunque fue crítico respecto de algunos aspectos de esta doctrina y se manifestó contrario al racismo. Spengler vinculó la decadencia de Occidente al dominio del dinero de sobre la cultura en las democracias liberales.
La “cultura” de la mano armada tenía un aliento largo y ha hecho presa en toda la especie Humana.
Las “culturas del lenguaje y de la empresa” —pues son varias, que se pueden distinguir claramente—, esas culturas de la incipiente contraposición anímica entre personalidad y masa, del “espíritu” cada vez más afanoso de señorío y de la vida por éste violentada, comprenden sólo una parte del mundo humano, y están hoy, al cabo de pocos milenios, hace tiempo ya extintas y destrozadas.
Lo que llamamos “pueblos naturales” y “primitivos” no son sino restos del material viviente, ruinas de formas antaño animadas, escorias de las cuales ha desaparecido el ardor del devenir y del perecer.
Hombre petrificado en Pompeya por la erupción del Vesubio.
Sobre ese suelo proliferan desde 3000 años antes de J.C., acá y allá, las culturas superiores, las culturas en el sentido estricto y máximo, culturas que ocupan cada una un breve espacio de superficie terrestre y duran cada una apenas un milenio.
Es éste el tiempo de las últimas catástrofes. Cada decenio significa ya algo; cada año tiene casi su “rostro”.
Esta es historia universal en el sentido más propio, más lleno de pretensiones.
Este grupo de apasionados cursos vitales ha inventado el Estado como su símbolo y su “mundo”, frente a la aldea del período anterior; ha establecido la ciudad de piedra como albergue de una vida, que se ha convertido en artificial, que se ha separado de la madre tierra, que se ha tornado completamente antinatural.
Es la ciudad del pensamiento desarraigado, la ciudad que atrae y consume los torrentes de la vida procedentes del campo.
En la ciudad nace la sociedad con su orden jerárquico de clases —nobleza, sacerdocio, burguesía—, frente al “aldeanismo grosero”, como gradación artificial de la vida (la natural es la división en fuertes y débiles, listos y tontos) y como sede de una evolución cultural preespiritualizada.
Aquí domina el “lujo” y “la riqueza”. Estos son conceptos que, quienes no los poseen, malentienden envidiosamente.
Pero el lujo no es más que la cultura en la forma más llena de pretensiones. Piénsese en la Atenas de Pericles, en la Bagdad de Harum-al-Raschid y en el “rococó”.
Esta cultura de las ciudades es, en todo y por todo, lujo; lo es en todas sus capas y actividades y tanto más exuberante y maduro cuanto más avanzados son los tiempos; es cultura totalmente artificial, ya se trate de las artes diplomáticas, de la dirección dada a la vida, del adorno, de la producción escrita, del pensamiento o de la vida económica.
Sin riqueza económica concentrada en pocas manos, es imposible también la “riqueza” de las artes plásticas, del espíritu, de los hábitos distinguidos, y no hablemos del lujo en las concepciones del Universo, en el pensamiento teorético, substituido al pensamiento práctico.
El empobrecimiento económico arrastra inmediatamente tras de sí el espiritual y el artístico.
¿CUÁNTOS PRESIDENTES DE ESTADOS UNIDOS FUERON MASONES?
Y en este sentido, los procedimientos técnicos que se desarrollan en el grupo de estas culturas son también lujo espiritual, frutos tardíos, dulces y frágiles, de una creciente artificialidad y espiritualización.
Comienzan con la construcción de las pirámides funerarias egipcias y de las torres de los templos sumerios en Babilonia.
Estas construcciones surgen en el tercer milenio antes de J. C., allá en el Sur, y significan simplemente la victoria sobre las masas pesadas, y, pasando por las empresas de las culturas china, india, antigua, árabe y mexicana, llegan a las de la cultura fáustica, en el segundo milenio después de Cristo, allá en el Norte, representando la victoria del pensamiento puramente técnico sobre difíciles problemas.
Pues estas culturas crecen independientes unas de otras y en una sucesión que va de Sur a Norte.
La cultura fáustica europea occidental acaso no sea la última, pero es, sin duda alguna, la más poderosa, la más apasionada, la más trágica de todas, por su contradicción interior entre una espiritualización, que lo comprende todo, y una profunda disensión del alma.
La cultura fáustica es el concepto acuñado por el filósofo Oswald Spengler en su obra La decadencia de Occidente. Define el alma de la civilización europea occidental como un impulso insaciable hacia el infinito, el espacio ilimitado, la expansión, la técnica y la conquista de la naturaleza.
Es posible que todavía sobrevenga un epígono sin brillo, acaso en algún punto situado en la llanura entre el Vístula y el Amur y en el próximo milenio.
Pero aquí la lucha entre la naturaleza y el hombre, que con su existencia histórica se revuelve contra la naturaleza, ha sido llevada prácticamente a su término.
La comarca del Norte ha forjado el tipo humano en razas duras, fortalecidas por la inclemencia de las condiciones vitales, por el frío, por la constante penuria; y las ha provisto de un espíritu extraordinariamente acerado, animado con el ardor frío de una pasión indomable por la lucha, la audacia y la presión hacia adelante, lo que yo he llamado el pathos de la tercera dimensión.
Estos hombres son una vez más auténticos animales de rapiña, cuyas almas fuertes persiguen lo imposible, se atreven a quebrantar la supremacía del pensamiento, de la vida, artificialmente organizada, sobre la sangre, y convertirla en un servicio, y elevar el destino de la libre personalidad al rango de sentido del mundo.
Tiene una voluntad de poderío, que menosprecia todas las limitaciones del tiempo y del espacio, que se propone como objetivo propio lo ilimitado, lo infinito, somete los continentes, envuelve al fin la tierra entera en las formas de su tráfico y de sus comunicaciones y la transforma mediante el poder de su energía práctica y la inmensidad de su superioridad técnica.
Al principio de toda cultura superior fórmanse las dos clases primordiales, la nobleza y el sacerdocio, como iniciaciones de la “sociedad”, sobre la vida aldeana del campo llano.
Encarnan ideas que se excluyen una a otra.
El noble, guerrero, aventurero, vive en el mundo de los hechos.
El sacerdote, sabio, filósofo, vive en su mundo de verdades.
El uno sufre o es un destino. El otro piensa en causalidades. Aquél quiere poner el espíritu al servicio de su vida fuerte. Este quiere poner su vida al servicio del espíritu.
Esta contraposición no ha asumido jamás forma más irreconciliable que en la cultura fáustica, en la cual la orgullosa sangre de los animales rapaces se subleva por última vez contra la tiranía del pensamiento puro.
Desde la lucha entre las ideas del imperio y del pontificado, en los siglos XII y XIII, hasta la lucha entre las potencias de una tradición racial, distinguida—monarquía, nobleza, ejército—, y las teorías de un racionalismo, liberalismo y socialismo plebeyo —de la revolución francesa a la revolución alemana—, siempre, una y otra vez, se ha buscado la decisión.
Esta diferencia subsiste en toda su grandeza entre los vikingos de la sangre y los vikingos del espíritu, en el ascenso de la cultura fáustica.
Aquéllos, en insaciable afán de lejanía infinitas, parten del Norte y en 706 llegan a España;
en 859, al interior de Rusia;
en 861, a Islandia, y en el mismo tiempo a Marruecos, desde donde alcanzan la Provenza y las proximidades de Roma;
en 865, por Kiev (Kaenugard), llegan al mar Negro y a Bizancio;
en 880, al mar Caspio;
en 909, a Persia.
Hacia 900 ocupan la Normandía e Islandia;
hacia 980, Groenlandia;
hacia el año 1000 descubren Norteamérica.
En 1029 parten de Normandía y llegan a la baja Italia y a Sicilia;
en 1034 parten de Bizancio y van a Grecia y al Asia Menor.
En 1066 salen de la Normandía y conquistan Inglaterra.
Guillermo el Conquistador el vikingo bastardo que acabó con el último monarca sajón
Con la misma audacia y la misma hambre de poder y de botín espirituales, los frailes nórdicos de los siglos XIII y XIV penetran en el mundo de los problemas técnico-físicos.
Aquí no hay nada de esa curiosidad ociosa y extraña a la acción, que caracteriza a los sabios chinos, indos, antiguos y árabes.
Aquí no hay especulaciones con el propósito de obtener una simple “teoría”, una imagen de aquello que no se puede conocer.
Sin duda toda teoría científico-natural es un mito, que el entendimiento bosqueja sobre los poderes de la naturaleza, y toda teoría depende completamente de la religión correspondiente.
Pero aquí y sólo aquí la teoría es desde un principio hipótesis de trabajo.
Una hipótesis de trabajo no necesita ser “justa”; ha de ser tan sólo prácticamente utilizable. No se propone descubrir los enigmas del Universo que nos rodea, sino hacerlos servir a determinados fines.
UROBOROS (el que se come la cola): El ciclo eterno de la vida, la muerte y el renacimiento: La serpiente que se consume a sí misma para renacer de su propia sustancia. La infinidad y la totalidad: El círculo cerrado sin principio ni fin. La unidad de los opuestos: La idea de que la creación y la destrucción, la vida y la muerte, son partes inseparables de un mismo ciclo. La autosuficiencia y la renovación constante.
De aquí se deriva la exigencia del método matemático, que fue planteada por los ingleses Grosseteste (nacido en 1175) y Roger Bacon (nacido hacia 1210), y por los alemanes Alberto Magno (nacido en 1193) y Witelo(nacido en 1220). De aquí también se deriva el experimento, la scientia experimentalisde Bacon, la inquisición de la naturaleza con aparatos de tortura, con palancas y tornillos.
Experimentum enim solum certificat, como escribe Alberto Magno. Es la astucia guerrera de los animales rapaces del espíritu.
Creían que lo que querían era “conocer a Dios”; pero lo que en realidad querían era aislar, hacer utilizables y palpables las fuerzas de la naturaleza inorgánica, la energía invisible en todo lo que acontece.
La física faústica, y sólo ésta es dinámica, frente a la estática de los griegos y a la alquimia de los árabes.
No se trata de materia, sino de fuerza. La masa misma es una función de la energía.
San Alberto Magno, en fresco de Tommaso da Modena (1352). Obispo de Ratisbona (5 de enero de 1260-febrero de 1262).
Grosseteste desarrolla una teoría del espacio como función de la luz, y Pedro Peregrino establece una teoría del magnetismo.
En un manuscrito de 1322 se indica ya la teoría copernicana del movimiento de la tierra alrededor del sol, y cincuenta años después Nicolás de Oresme, en De coelo et mundo, fundamenta esta teoría con más claridad y profundidad que el mismo Copérnico, y en De differentia qualitatum anticipa las leyes de la caída, de Galileo, y la geometría de las coordenadas de Descartes.
Considérase a Dios, no ya como el Señor, que desde su trono gobierna el Universo, sino como una fuerza infinita, pensada casi de modo impersonal, fuerza que está presente en todas partes en el mundo.
Extraño servicio divino era esa investigación experimental de las fuerzas ocultas por piadosos frailes.
Y, como decía un viejo místico alemán:
“Al servir a Dios, Dios te sirve a ti”.
Cansada estaba la Humanidad de contentarse con el servicio de las plantas, los animales y los esclavos, de arrebatar a la naturaleza sus tesoros —los metales, las piedras, las maderas, las materias textiles, el agua en canales y pozo—, de vencer sus resistencias por medio de la navegación, las carreteras, los puentes, los túneles y los diques.
La naturaleza no había de seguir siendo saqueada en sus materias, sino que había de ponerse en tensión, con todas sus fuerzas, sometiéndose al yugo y realizando trabajo de esclava, para multiplicar el poder del hombre.
Este enorme pensamiento es tan antiguo como la cultura faústica misma, aunque es ajeno a todas demás culturas.
Ya en el siglo X encontramos construcciones técnicas de índole completamente nueva.
Ya Roger Bacon y Alberto Magno meditaban sobre máquinas de vapor, barcos de vapor y aparatos voladores.
Y muchos en la celda del claustro cavilaban sobre la idea del Perpetuum mobile.
Esta idea ya no nos abandona jamás.
Hubiese sido la definitiva Victoria sobre Dios o la naturaleza (Deus sive natura): un mundo pequeño, creado por sí mismo, y que, como el grande, se mueve por propia fuerza y obedece al dedo del hombre.
Construir un mundo, ser Dios, tal fue el ensueño de los inventores fáusticos; de ese ensueño salieron todos los bosquejos de máquinas, que se acercaban lo más posible al fin inaccesible del perpetuum mobile.
El concepto de botín, en que piensa el animal rapaz, fue llevado hasta su extremo límite.
No esto y aquello, como el fuego que Prometeo robó, sino el Universo mismo es, con el secreto de su fuerza, considerado como la presa y botín en la construcción de esta cultura.
Y los que no estaban poseídos por esa voluntad de omnipotencia, superior a la naturaleza, habían de sentirla como algo diabólico; y, en efecto, siempre se ha sentido la máquina como invención del diablo, y se la ha temido.
Con Roger Bacon comienza la larga serie de los que fueron considerados como mágicos y heréticos.
Pero la historia de la técnica europea occidental sigue adelante.
Hacia 1500, con Vasco de Gama y Colón, comienza otra serie de expediciones vikingas.
Créanse o conquístanse nuevos imperios en las Indias occidentales y orientales; y un torrente de hombres, con sangre nórdica, se vierte hacia América, en donde antaño los navegantes de Islandia desembarcaron en vano.
Y al mismo tiempo los viajes de los vikingos del espíritu se amplifican en proporciones poderosas. Se inventan la pólvora y la imprenta.
Desde Copérnico y Galileo vienen a la luz innumerables procedimientos técnicos, cuyo sentido es siempre el aislar la fuerza inorgánica del mundo en torno y hacerla rendir trabajo en substitución de los animales y los hombres.
Con las ciudades crecientes la técnica se hace burguesa.
El sucesor de aquellos frailes góticos es el sabio inventor profano, sacerdote sapiente de la máquina.
Con el racionalismo, finalmente, la “creencia en la técnica” se convierte casi en religión materialista: la técnica es eterna e imperecedera, como Dios Padre; salva a la Humanidad, como el Hijo; nos ilumina, como el Espíritu Santo.
Y su adorador es el filisteo moderno del progreso, desde La Mettrie hasta Lenin.
En realidad, la pasión del inventor no tiene nada que ver con sus consecuencias. Ella es su personal tema de vida, su personal ventura y desventura.
El inventor quiere gozar para sí del triunfo sobre difíciles problemas, de la riqueza y fama que el éxito le proporciona. Que su invención sea útil o fatal, creadora o destructora, esto no le atañe para nada, aun suponiendo que haya algún hombre capaz de saberlo de antemano.
Pero nadie puede prever los efectos de una “conquista técnica de la Humanidad”, prescindiendo de que “la Humanidad no ha inventado nunca nada”.
Descubrimientos químicos como la síntesis del añil, y probablemente, dentro de poco tiempo, la del caucho artificial, destruyen las condiciones de vida en que se desarrollan países enteros.
Pero semejantes reflexiones ¿han llevado nunca a algún inventor a destruir su obra? El que lo crea, conoce mal la naturaleza rapaz del animal humano.
Todas las grandes invenciones y empresas proceden del deleite que el hombre fuerte paladea en la victoria.
Son expresión de la personalidad y no del pensamiento utilitario de las masas, que se limitan a presenciar y han de aceptar las con secuencias tales como son.
Y estas consecuencias son enormes.
El pequeño enjambre de espíritus nativamente directores, de empresarios e inventores, constriñe la naturaleza a realizar un trabajo, que se mide por millones y millares de caballos vapor y ante el cual nada significa ya la cantidad de energía corporal humana.
No se conocen hoy mejor que antes los enigmas de la naturaleza; pero se conoce la hipótesis de trabajo, que no es “verdadera”, sino sólo adecuada a fines y con cuyo auxilio se obliga a la naturaleza a obedecer al mando humano, a la más leve presión de un botón o de una palanca.
El tempo de las invenciones crece hasta límites fantásticos; y, sin embargo, debe repetirse, una y otra vez, que no ahorra absolutamente ningún trabajo humano.
El número de los brazos necesarios aumenta con el número de las máquinas, porque el lujo técnico supera toda otra índole de lujo y porque la vida artificial se hace cada día más artificial.
Desde la invención de la máquina, la más astuta de todas las armas contra la naturaleza, que en general son posibles, los empresarios e inventores han aplicado a su construcción esencialmente el número de brazos que necesitan.
El trabajo de la máquina es realizado por la fuerza inorgánica, la tensión del vaporo del gas, de la electricidad y del calor, que se obtienen del carbón, del petróleo y del agua.
Pero esto ha tenido por efecto el aumentar peligrosamente la tensión anímica entre directores y dirigidos. Ya no se comprenden unos a otros.
Las empresas primitivas de los milenios anteriores a Jesucristo exigían la colaboración inteligente de todos los que sabían y sentían aquello de que se trataba.
Había entonces una especie de camaradería como hoy en la caza y en el deporte. Pero ya durante la construcción de los grandes edificios en Egipto y Babilonia no debió de ser éste el caso.
El trabajador aislado no comprendía ni el término ni la finalidad de todo el procedimiento; ni tampoco le importaban, siéndole indiferentes y acaso odiosos.
El “trabajo” era una maldición, como nos lo refiere la narración del paraíso al principio de la Biblia.
Obreros de Hiram Abiff: El trabajo masónico
Pero ahora, desde el siglo XVIII, innumerables “manos” trabajan en cosas de cuya función efectiva en la vida, incluso en la vida propia, nada saben ya y en cuyos éxitos no participan lo más mínimo interiormente.
Dilátase en el mundo actual una soledad desértica del alma, una desconsoladora nivelación, sin altos ni bajos, que despierta encono contra la vida de los dotados, de los que han nacido creadores.
No se quiere ya ver, no se quiere ya comprender que el trabajo director es el trabajo más duro y que de él, de su logro, depende la propia vida. Se siente sólo que ese trabajo hace feliz, que llena y enriquece el alma, y por eso mismo se le odia.
En realidad, empero, ni las cabezas ni las manos pueden alterar en nada el destino de la técnica maquinista, que se ha desarrollado por necesidad interna, por necesidad del alma, y que ahora marcha hacia su plenificación, hacia su término.
Nos hallamos hoy en la cúspide, allí donde comienza el quinto acto. Las últimas decisiones sobrevienen. La tragedia acaba.
Toda gran cultura es una tragedia. La historia del hombre en conjunto es trágica. Pero el delirio y la caída del hombre fáustico es más grande que todo cuanto Esquilo y Shakespeare han contemplado jamás.
La creación se subleva contra el creador.
Así como antaño el microcosmos-hombre se sublevó contra la naturaleza así ahora el microcosmos-máquina se subleva contra elhombre nórdico.
El señor del mundo tórnase esclavo de la máquina. La máquina le constriñe, nos constriñe a todos sin excepción, sepámoslo y querámoslo o no, en la dirección de su trayectoria.
El victorioso despeñado es pisoteado a muerte bajo el golpe de los caballos.
A principios del siglo XX, el “Universo” en este pequeño planeta ofrece el espectáculo de un grupo de naciones con sangre nórdica, dirigidas por ingleses, alemanes, franceses y yanquis, que domina la situación.
Su poderío político se basa en su riqueza y su riqueza consiste en la fuerza de su industria.
Ésta, a su vez, está condicionada por la existencia de carbón.
La situación de las regiones carboníferas descubiertas asegura, sobre todo a los pueblos germánicos, casi el monopolio y conduce a un aumento de población, que es único en toda la Historia.
Sobre las espaldas del carbón y en los centros de las vías del tráfico, que del carbón irradian, reúnense una masa humana de enormes proporciones, masa que se ha disciplinado en la técnica maquinista y trabaja para ella y vive de ella.
Los demás pueblos, ya en figura de colonias, ya como Estados en apariencia independientes, mantiénense en un papel que consiste en producir materias primas y en consumir productos manufacturados.
Esta distribución de los papeles queda asegurada por los ejércitos y las escuadras, cuyo entretenimiento supone la riqueza de los países industriales y que, a consecuencia de su educación técnica, se han convertido también en verdaderas máquinas, que trabajan a una señal del dedo.
Una vez más muéstrase aquí la profunda semejanza y aun casi identidad entre la política, la guerra y la economía. El grado de poder militar depende del rango de la industria.
Los países de pobre industria son pobres en general; no pueden, pues, mantener un ejército ni costear una guerra; son, por tanto, políticamente impotentes, y en ellos los trabajadores, tanto los que dirigen como los que son dirigidos, constituyen objetos para la política económica de sus adversarios.
Frente a las masas de manos ejecutoras, que son lo único que la desfavorable “mirada del pequeño” percibe, resulta ya desconocido y desestimado, el creciente valor de la labor directora, que ejecutan unas pocas cabezas creadoras: los empresarios, los organizadores, los inventores, los ingenieros.
Ello acontece menos en América, nación práctica, y, en cambio, más en Alemania, país de “poetas y pensadores”.
La absurda frase “todas las ruedas se paran si tu fuerte brazo quiere” envuelve en niebla los cerebros de los parlanchines y de los escritores.
Parar la rueda puede hacerlo cualquier insecto, que cae en el mecanismo.
Pero inventar esas ruedas y darles ocupación, para que aquel “brazo fuerte” pueda alimentarse, esto sólo pueden hacerlo unos pocos, nacidos para ello.
Esos incomprendidos y odiados, ese puñado de fuertes personalidades, tienen una psicología muy distinta.
Conocen todavía el sentimiento de triunfo, que anima al animal rapaz cuando tiene entre sus garras la palpitante presa; el sentimiento de Colón, cuando vio aparecer la tierra en el horizonte; el sentimiento de Moltke, en Sedán, cuando por la tarde, desde la altura de Frénois, observaba cómo el cerco de su artillería se cerraba en Illy, rematando la victoria.
Estos momentos, estas cumbres de lo que un hombre puede vivir son los momentos en que un gran navío, ante los ojos de su constructor, resbala sobre el astillero y entra en el agua; el instante en que una máquina, recién inventada, comienza a trabajar a la perfección y en que el primer zeppelín se levanta sobre el suelo.
Pero el trágico destino de este tiempo quiere que el pensamiento humano desencadenado no pueda ya aprehender sus propias consecuencias.
La técnica se ha convertido en un misterio, como la alta matemática de que hace uso, como la teoría física que, en su pensamiento taladrante, atraviesa las abstracciones del fenómeno y penetra hasta las formas fundamentales puras del conocer humano, sin notarlo claramente.
La mecanización del mundoha entrado en un estadio de peligrosísima tensión.
La imagen de la tierra, con sus plantas, animales y hombres, se ha modificado.
Dentro de pocos decenios habrán desaparecido las grandes selvas, convertidas en papel de periódicos, y se producirán cambios de clima que amenazan la agricultura de poblaciones enteras.
Innumerables especies animales se extinguen casi por completo, como el búfalo, y razas humanas desaparecen, como los indios norteamericanos y los naturales de Australia.
Todo lo orgánico sucumbe a la creciente organización.
Un mundo artificial atraviesa y envenena el mundo natural.
La civilización se ha convertido ella misma en una máquina, que todo lo hace o quiere hacerlo maquinísticamente.
Hoy se piensa en caballos de vapor.
Ya no se ven y contemplan las cascadas sin convertirlas mentalmente en energía eléctrica.
No se ve un prado lleno de rebaños pastando sin pensar en el aprovechamiento de su carne.
No se tropieza con un bello oficio antiguo de una población todavía alimentada de savia primordial, sin sentir el deseo de substituirlo por una técnica moderna.
Consentido o sin él, el pensamiento técnico quiere realización.
El lujo de la máquina es la consecuencia de una constricción mental.
La máquina es, en último término, un símbolo, como su ideal oculto, el perpetuum mobile, es una necesidad espiritual y anímica, pero no vital.
Ya comienza a contradecir en muchos puntos a la práctica científica.
La descomposición se anuncia por doquier. La máquina anula su fin por su número y su refinamiento.
El automóvil en las grandes ciudades ha anulado por su masa el efecto que quería conseguir; y se llega a los sitios más de prisa a pie.
En Argentina, Java y otros lugares revélase el sencillo arado, tirado por animales en las propiedades pequeñas, como superior económicamente a los grandes motores y desplaza de nuevo a éstos.
En muchas regiones de los trópicos, el aldeano de color, con sus labores primitivas se convierte en peligroso competidor de la explotación moderna y técnica en las grandes plantaciones de los blancos.
Y el trabajador blanco de la industria en la vieja Europa y en Norteamérica, comienza a ver problemático su trabajo.
Es locura hablar —como estuvo de moda en el siglo XIX— del agotamiento que amenaza sobrevenir en las minas de carbón dentro de pocos siglos, acarreando graves consecuencias.
Era esta tesis una idea materialista.
Prescindiendo de que hoy ya el petróleo y la fuerza hidráulica van penetrando en extensiones considerables, como reservas inorgánicas de fuerza, es claro que el pensamiento técnico descubriría muy pronto otras fuerzas distintas.
Pero aquí no se trata de semejantes espacios de tiempo. La técnica americana y europeo-occidental acabará antes.
Una circunstancia mezquina, como la falta de materia, no podría en modo alguno detener esa evolución poderosa.
Mientras el pensamiento, que en ella actúa, permanezca en la altura, sabrá siempre crearlos medios necesarios para sus fines.
Pero ¿cuánto tiempo seguirá estando en la altura?
Sólo para mantener en el mismo nivel la provisión actual de métodos y dispositivos técnicos son necesarias, digamos, por ejemplo, cien mil cabezas sobresalientes: organizadores, inventores, ingenieros.
Tienen que ser talentos fuertes e incluso creadores, transidos de entusiasmo por su causa y formados durante años, con acerado celo y grandes gastos.
En realidad, hace cincuenta años que la mayor parte de los fuertes talentos juveniles, en los pueblos blancos, sienten una inclinación predominante hacia esa vocación.
Ya los niños jugaban con juguetes técnicos.
En las capas urbanas y en las familias de las ciudades, cuyos hijos son los que en este punto han de tenerse en consideración, el bienestar, la tradición de vocaciones espirituales y de cultura refinada constituían los supuestos normales para la formación de este producto maduro y tardío del pensamiento técnico.
Pero hace ya decenios que, con claridad creciente, está cambiando todo esto en los países de gran industria y antigua técnica.
El pensamiento fáustico comienza a hartarse de la técnica.
El cansancio se propaga, una especie de pacifismo en la lucha contra la naturaleza.
Siéntese el atractivo de formas vitales más sencillas, más próximas a la naturaleza.
Los jóvenes se dedican al deporte en vez de dedicarse a los ensayos técnicos.
Cunde el odio a las grandes ciudades; se aspira a sacudir el yugo de las actividades sin alma, a eludir la esclavitud de la máquina, a disipar la clara y fría atmósfera de la organización técnica.
Justamente los talentos más fuertes y creadores se desvían de los problemas prácticos y de las ciencias prácticas y se dedican a la pura especulación.
Empiezan a resucitar el ocultismo y el espiritismo, las filosofías indias, las cavilaciones metafísicas de matiz cristiano o pagano, todas cosas que eran despreciadas en la época del darwinismo.
Este es el talante de Roma en la época de Augusto.
Por hálitos de vida, huyen los hombres de la civilización y buscan refugio en continentes más primitivos, en vagabundajes, en el suicidio.
Comienza la fuga de los directores nativos ante la máquina. Dentro de poco sólo habrá disponibles talentos de segundo orden, epígonos de una gran época.
Todo gran empresario comprueba la disminución de las calidades espirituales en la descendencia.
Ahora bien; la grandiosa evolución técnica del siglo XIX fue posible, exclusivamente, en virtud del nivel espiritual creciente.
No sólo la disminución, sino simplemente la detención, es peligrosa y señala hacia un término, por muchas que sean las manos bien preparadas que se apresten al trabajo.
Y en esto, ¿qué acontece también? La tensión entre el trabajo de los directores y el de los ejecutores ha alcanzado el grado de una catástrofe.
La importancia de los primeros y el valor económico de toda auténtica personalidad en el trabajo directivo se han hecho tan grande, que ya no es visible ni comprensible para la mayor parte de los que se hallan abajo.
En la otra labor, en la labor de las manos, el individuo no tiene la menor importancia.
Sólo el número tiene aún valor.
El conocimiento de esta situación inmodificable, conocimiento excitado por oradores y escritores egoístas, explotado financieramente y envenenado, es tan desconsolador, que una rebelión contra el papel conferido a la mayor parte de los hombres por la máquina y no por sus poseedores, es al fin harto humano.
En innumerables formas, desde el atentado hasta el suicidio, pasando por la huelga, iníciase la sublevación de las manos contra su destino, contra la máquina, contra la vida organizada y, al fin, contra todo y contra todos.
La organización del trabajo, tal como reside desde milenios en el concepto de la acción entre muchos y que tiene por fundamento la distinción entre directores y dirigidos, entre cabezas y manos, está siendo deshecha desde abajo.
Pero la “masa” no es más que una negación; la masa niega el concepto de la organización; la masa no es algo que por sí mismo sea capaz de vida.
Un ejército sin oficiales no es más que un montón de hombres superfluos y extraviados. Un detritus de chatarra y de tejas no es un edificio.
Esta sublevación en toda la tierra amenaza anular la posibilidad de un trabajo técnico económico.
Los directores pueden huir; pero los dirigidos, ya inútiles, están perdidos. Su número significa su muerte.
El tercer síntoma, y el más grave, de la descomposición incipiente reside en lo que pudiéramos llamar la traición a la técnica.
Trátase de cosas que todo el mundo conoce, pero que nunca se ven en la conexión que les permite manifestar su sentido fatal.
La enorme superioridad de la Europa occidental y de Norteamérica en la segunda mitad del siglo pasado, por lo que se refiere a la fuerza de toda índole, económica, política, militar, financiera, descansa en un indiscutido monopolio de la industria.
Las grandes industrias se han desarrollado en relación con los yacimientos carboníferos en esos países nórdicos.
El resto del mundo era región de consumo, y la política colonial ha actuado en el sentido de descubrir nuevas regiones de consumo y de materias primas, pero no nuevas regiones de producción.
Carbón había también en otras partes; pero sólo el ingeniero “blanco” hubiera podido descubrirlo.
Nos hallábamos en la posesión única no sólo de las materias, sino también de los métodos y de los cerebros capaces de darles aplicación.
Tal es el fundamento del tipo lujoso de vida que lleva el trabajador blanco, el cual, en comparación con el hombre de color, tiene ingresos principescos.
Esta circunstancia ha sido omitida por el marxismo para su gran daño.
Hoy se venga lanzando en el curso de la evolución el problema de la falta de trabajo.
El salario del trabajador blanco, que hoy es un peligro para su vida, descansa, por lo que a su altura se refiere, exclusivamente en el monopolio que los directores de la industria habían establecido alrededor de él.
Pero a fines del siglo la ciega voluntad de poderío empieza a cometer errores decisivos.
En vez de mantener secreto el saber técnico, el mayor tesoro que los pueblos “blancos” poseían, fue ofrecido a todo el mundo orgullosamente, en todas las escuelas superiores, de palabra y por escrito, y se aceptaba con orgullosa satisfacción la admiración de los indios y los japoneses.
Iníciase la conocida “dispersión de la industria”, incluso a consecuencia de la reflexión de que conviene aproximar la producción a los consumidores para obtener mayores provechos.
En lugar de exportar exclusivamente productos, comiénzanse a exportar secretos, procedimientos, métodos, ingenieros y organizadores. Incluso hay inventores que emigran.
El socialismo, que quería someterlos a su yugo, los despide.
Todos los “hombres de color” penetraron en el secreto de nuestra fuerza, lo comprendieron y lo aprovecharon.
Los japoneses llegaron a ser, en treinta años, técnicos y peritos de primer orden, y en la guerra contra Rusia demostraron una superioridad técnica militar, de la que sus maestros mismos pudieron aprender.
En todas partes, en el Asia oriental, en la India, en América del Sur, en África del Sur, se han formado regiones industriales o están formándose; y como pagan salarios inferiores, hacen a la vieja industria una competencia mortal.
Los insubstituibles privilegios de los pueblos blancos han sido dilapidados, gastados y traicionados. Los adversarios han alcanzado a sus modelos y acaso los superen con la mezcla de las razas de color y con la archimadura inteligencia de civilizaciones antiquísimas.
Allí donde hay carbón, petróleo y fuerzas hidráulicas puede forjarse una nueva arma contra el corazón de la cultura fáustica.
Aquí comienza la venganza del mundo explotado contra sus señores.
Con las innumerables manos de los hombres de color, que trabajan tan hábilmente como los blancos y con muchas menos pretensiones, conmuévese la base de la organización económica de los blancos.
El lujo habitual del obrero blanco, comparativamente con el kuli, conviértese en destino fatal. El propio trabajo de los blancos resulta innecesario.
Las poderosas masas acampadas sobre el carbón septentrional los dispositivos de la industria, el capital invertido, ciudades y comarcas enteras, amenazan sucumbir a la competencia.
El centro de gravedad de la producción desplázase incoerciblemente, desde que la guerra mundial ha puesto fin al respeto de los hombres de color ante el blanco.
Este es el verdadero motivo de la falta de trabajo en los viejos países de Europa y América, falta de trabajo que no constituye una crisis, sino el comienzo de una catástrofe.
Pero para los hombres de color —los Rusos quedan incluidos en este concepto— la técnica fáustica no es ya una necesidad interior.
Sólo el hombre fáustico piensa, siente y vive en sus formas. Para este es esa técnica espiritualmente necesaria; no sus consecuencias económicas, sino sus victorias. Navigarenecesse est, vivere non est necesse.
Para los “hombres de color” la técnica no es más que un arma en la lucha contra la civilización fáustica, un arma semejante a una rama de árbol que se tira cuando ha cumplido a su fin.
Esta técnica maquinista acaba con el hombre fáustico y llegará un día en que se derrumbe y se olvidarán los ferrocarriles y los barcos de vapor, como antaño las vías romanas y la muralla de China, y nuestras ciudades gigantescas con sus rascacielos, lo mismo que los palacios de la vieja Memphis y de Babilonia.
La historia de esa técnica se aproxima rápidamente a su término inevitable.
Está carcomida por dentro, como todas las grandes formas de cualquier cultura.
Pero no sabemos cuándo y de qué modo acabará.
En vista de este destino,
sólo hay una concepción del Universo que sea digna de nosotros: la ya citada de Aquiles cuando dice que mejor es una vida breve, llena de hazañas y de gloria, que una vida larga sin contenido.
El peligro se ha hecho tan grande para cada individuo, cada clase, cada pueblo, que es deplorable el pretender engañarse.
El tiempo no puede detenerse; no hay prudentes retornos, no hay cautelosas renuncias. Sólo los soñadores creen en posibles salidas.
El optimismo es cobardía.
Hemos nacido en este tiempo y debemos recorrer violentamente el camino hasta el final. No hay otro.
Es nuestro deber permanecer sin esperanza, sin salvación en el puesto ya perdido.
Permanecer como aquel soldado romano, cuyo esqueleto se ha encontrado delante de una puerta en Pompeya, y que murió porque al estallar la erupción del Vesubio olvidáronse de licenciarlo.
Eso es grandeza; eso es tener raza. Ese honroso final es lo único que no se le puede quitar al hombre.
Caverna con una abertura por la que entra la luz: excelente ilustración del estado de ignorancia innata en que yacemos mientras no ascendamos hacia la verdad.
«sólo hay una concepción del Universo que sea digna de nosotros: la ya citada de Aquiles cuando dice que mejor es una vida breve, llena de hazañas y de gloria, que una vida larga sin contenido.
El peligro se ha hecho tan grande para cada individuo, cada clase, cada pueblo, que es deplorable el pretender engañarse.
El tiempo no puede detenerse; no hay prudentes retornos, no hay cautelosas renuncias.
Sólo los soñadores creen en posibles salidas. El optimismo es cobardía.
Hemos nacido en este tiempo y debemos recorrer violentamente el camino hasta el final.
No hay otro. Es nuestro deber permanecer sin esperanza, sin salvación en el puesto ya perdido.
Permanecer como aquel soldado romano, cuyo esqueleto se ha encontrado delante de una puerta en Pompeya, y que murió porque al estallar la erupción del Vesubio olvidáronse de licenciarlo.
Eso es grandeza; eso es tener raza. Ese honroso final es lo único que no se le puede quitar al hombre».
Oswald Spengler, El hombre y la técnica.
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AUTOR: Oswald Spengler, filósofo alemán (1880-1936). FUENTE: El hombre y la técnica, Espasa-Calpe, Colección Austral, tercera edición, 1967.
* * *
Notas
(1) Decadencia de Occidente. Tomo I, Capítulo II.
(2) Decadencia de Occidente. Tomo III, Capítulo I.
(3) Decadencia de Occidente. Tomo I, Capítulo II, números 4 y 5.
(4) Decadencia de Occidente. Tomo III, páginas 11 y siguientes.
(5) Von Uxküll, Concepción biológica del universo.
(6) Sólo la manía sistemática y clasificativa de los anatómicos, que no son más que anatómicos, ha puesto al hombre en la proximidad del mono; y aun esto está resultando ya hoy prematuro y superficial.
Véase Klaatsch, que fue darwinista: Der Werdegang der Menschheit (El advenimiento de la humanidad), 1920, páginas 29 y siguientes.
Justamente en el “sistema” colócase el hombre al margen y fuera de todo orden, siendo sumamente primitivo en muchos rasgos de su estructura corporal, y en otros, en cambio, una excepción.
Pero a nosotros, que consideramos su vida, esto no nos interesa. El hombre, en su destino, es decir, por su alma, es un animal de rapiña.
(7) ¡Harto se habla de evolución! Los darwinistas dicen que la posesión desemejantes armas privilegiadas ha favorecido y conservado la especie en la lucha por la vida. Pero es lo cierto que sólo el arma ya completamente formada sería una ventaja.
El arma en trance de evolución —y se nos dice que esta evolución ha debido durar milenios— hubiera sido una carga inútil, que más hubiese perjudicado que beneficiado la especie. Y ¿cómo representarse el comienzo de tal evolución?
Esta caza de las causas y los efectos, que en último término son formas del pensar humano y no del suceder universal, resulta bastante necia, si se cree que con ella se va a penetrar en los arcanos del universo.
(8) La teoría de la mutación, 1901-1903.
(9) N.del E. Acheulense: Cultura del Paleolítico Inferior correspondiente al período de la tercera glaciación (200.000 – 125.000 A.C.; es decir, entre el interglaciar Mindel-Riss y la glaciación Würm)‚ localizada en Saint-Achaeul(Somme‚ Francia).
Durante este período está en auge la talla del sílex bifacial‚ una técnica de trabajo más depurada que el período anterior Chelense o Abevillense. Solutrense: Cultura del Paleolítico Superior (20.000 –15.000 A.C. Paleolítico Superior Medio).
Esta cultura solutrense, sea su origen europeo o norteafricano, fue esencialmente lítica, tanto que incluso se ha dudado que tuviera un arte rupestre representativo.
Es en este ciclo cuando la talla del utillaje de sílex alcanza la máxima perfección y así, aunque no se han descubierto pinturas parietales, sí se han encontrado numerosas laminillas grabadas o pintadas.
(10) Decadencia de Occidente. Tomo 1, Capítulo II, número 16. Tomo III, Capítulo III, número 6.
(11) Sobre la base de las investigaciones de De Beer acerca de la cerámica sueca de cintas, véase el Real Lexihon der Vorgeschichte (Tomo II, “Cronologíadiluvial”).
(12) Sobre lo que sigue, véase Decadencia de Occidente. Tomo III, Capítulo II, “Pueblos, razas, idiomas”.
(13) Ibídem.
(14) Hasta el punto de que, en algunos idiomas, la “oración” es una palabra única y monstruosa, en la cual, por medio de prefijos y sufijos clasificativos, colocados en orden regular, se expresa todo lo que se quiere decir.
(15) El concepto es la ordenación de cosas, situaciones y actividades en clases de generalidad práctica. El criador de caballos no dice nunca “caballo”, sino bayo, o jaca torda; el cazador dice “jabalí”, verraco, venado, etc.
(16) Seguramente no se aprendía a hablar hasta que se era muy mayor, como hoy los niños no aprenden a escribir hasta que ya son grandecitos.
(17) Real Lexikon der Vorgeschichte (Diccionario de Prehistoria). Tomo 1 (Bergbo: minería).
(18) Hilzheimer, Naturliche Rassengeschichte der Haussaugetiere, 1926(Historia natural de las razas de mamíferos domésticos).
(19) Como hoy las reses de nuestros montes.
(20) Todavía en el siglo XIX las tribus de indios perseguían los grandes rebaños de búfalos, como aún hoy los gauchos argentinos los rebaños de vacuno, que son propiedad privada. El nomadismo ha nacido en gran parte así de la sedentariedad.
(21) Decadencia de Occidente, Tomo IV, Capitulo V, números 2 y 4.
(22) Viene de la palabra latina Genius, que significa la fuerza fecundante del varón.
(23) Decadencia de Occidente. Tomo III, Capítulo 1, número 15; Tomo IV, Capítulo IV, número 6.
(24) Ibídem.
(25) Y con una sola cabeza, no con muchas.
(26) Y hoy se apretujan millones.
(27) Decadencia de Occidente. Tomo I, Capitulo II, número 6.
(28) Decadencia de Occidente. Tomo III, capítulo II: “El alma de la ciudad”
(29) Decadencia de Occidente. Tomo IV, Capítulo IV, números 1 y 4.
(30) Decadencia de Occidente. Tomo I, Capítulo III, número 2; Tomo II, capítuloy, número 3.
(31) K. Th. Strasser, Wikingos y normandos (1928)
(32) Sobre lo que sigue, véase Decadencia de Occidente. Tomo II, Capítulo VI.
(33) Ibídem. Tomo III, Capitulo III, número 19.
(34) Ibídem. Tomo IV, Capitulo V, número 6.
(35) Ibídem. Tomo II, Capítulo VI, número 12.
(36) Decadencia de Occidente. Tomo IV, Capítulo V: “La máquina. —Epístola De Magnete, de Pedro Peregrino, en 1269”.
(37) Pues los que emigraron de España, Portugal y Francia fueron seguramente, en su mayor parte, descendientes de los conquistadores de la época de las invasiones bárbaras. Lo que restaba era la masa humana, que había perdurado a través de celtas, romanos y sarracenos.
(38) Compárese la vida de los trabajadores hacia 1700 y hacia 1900 y el tipo de vida de los trabajadores urbanos con el de los aldeanos.
(39) Decadencia de Occidente. Tomo IV, Capítulo V, número 7.
(40) Decadencia de Occidente. Tomo II, Capítulo VI, números 14 y 15.
(41) El Gobierno soviético, desde hace quince años, no hace otra cosa que intentar, con nuevos nombres, restablecer las organizaciones políticas, militares y económicas, que ha destruido.
(42) Comprendo entre los “hombres de color” a los habitantes de Rusia y de una parte de la Europa meridional y oriental.
(43) Demuéstralo ya la contraposición entre el salario de un gañán en el campo y los ingresos de un obrero metalúrgico.
“Si dejamos pasar el momento nos van a ganar el relato» (Álvaro García Ortiz, Fiscal General del Estado).
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Oswald Spengler
(29 mayo 1880-8 mayo 1936)
Buena parte de sus tesis fueron adoptadas por los ideólogos del nazismo, concepción política a la que Spengler era cercano, aunque fue crítico respecto de algunos aspectos de esta doctrina y se manifestó contrario al racismo.
Filósofo alemán. Nació en Blankenburg. Estudió matemáticas, economía y ciencias naturales en Munich, Berlín y Halle. Se doctoró con una tesis sobre Heráclito.
Ejerció como profesor de matemáticas en el instituto de bachillerato Heirinch Herz de Hamburgo, pero pronto abandonó la enseñanza para dedicarse plenamente a su obra.
En 1918 publicó la primera parte de su obra fundamental, La decadencia de occidente, que había escrito poco antes de la Primera Guerra Mundial (cuya segunda parte se publicó en 1922) y en la que expone las líneas maestras de su concepción de la filosofía de la historia.
Muy influido por la filosofía de Heráclito, Nietzsche, Goethe y Dilthey, e integrado en las corrientes irracionalistas y biologistas, elaboró una filosofía de la historia en la cual interpreta el desarrollo histórico como el desarrollo de un organismo biológico sometido, como todo organismo, a unas fases de nacimiento, crecimiento, maduración y decadencia, que Spengler organiza en cuatro estadios a los que da los nombres de las estaciones del año.
Así, según él, todas las culturas pasan por:
una etapa místico-mítica (primavera);
una etapa de racionalización de lo mítico y místico, con la aparición de la filosofía y de las ciencias (verano);
una tercera etapa de confianza plena en la razón, o período ilustrado (otoño) y, finalmente,
una época de decadencia dominada por ideas materialistas y escépticas, en la cual la cultura se ha degradado en mera civilización (invierno).
Aunque cada una de las culturas es diferente, Spengler señala abundantes analogías e isomorfismos entre unas y otras para ilustrar sus diferentes grados de desarrollo o decadencia.
Además, caracteriza a las distintas culturas que analiza de forma que considera que la cultura griega estaba dominada por un alma apolínea, la árabe por un alma mágica y la occidental por un alma fáustica.
Como método para estudiar esta evolución histórica Spengler rechaza los propios de las ciencias de la naturaleza, ya que sustenta la estricta especificidad de los fenómenos culturales, irreductibles a los modelos usados por la explicación científica.
Así, si la inteligencia está adaptada para el estudio de lo muerto, de la realidad inorgánica, del mundo devenido y estático, a través de la lógica y de la matematización que paralizan lo real, la historia y el desarrollo de las culturas sólo puede estudiarse a partir de la experiencia vivida (la Erlebnis) y de la intuición, único instrumento capaz de acercarnos al conocimiento de la ley orgánica que las rige.
Analizando la cultura occidental, Spengler diagnostica que estamos asistiendo a su total decadencia, ya que ha llegado a la etapa de mera civilización, caracterizada especialmente por la crisis de la religión -que es, según él, el alma de toda cultura-, cuya manifestación más evidente es el predominio de la democracia y del socialismo, es decir,
el triunfo del dinero sobre todos los valores (crisis de los valores que había pronosticado Nietzsche);
aunque piensa que, bajo la dirección férrea de Alemania, aun es posible un imperio mundial.
Buena parte de sus tesis fueron adoptadas por los ideólogos del nazismo, concepción política a la que Spengler era cercano, aunque fue crítico respecto de algunos aspectos de esta doctrina y se manifestó contrario al racismo.
Buena parte de sus tesis fueron adoptadas por los ideólogos del nazismo, concepción política a la que Spengler era cercano, aunque fue crítico respecto de algunos aspectos de esta doctrina y se manifestó contrario al racismo
Oswald Spengler (von Rudolf Großmann, 1922)
Otras obras del autor
Spengler, Oswald,El hombre y la técnica. Espasa- Calpe, Madrid, 1967, 3 ed.
Spengler, Oswald,La decadencia de Occidente. Espasa- Calpe, Madrid, 1941.
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