CEREBRO Y MENTE (El Mito de la Máquina), por Lewis Mumford (1895-1990)

CEREBRO Y MENTE

 

CEREBRO Y MENTE

Si hubiera que resumir la constitución original del hombre en el momento en que consiguió ser algo más que mero animal, encadenado a la eterna rutina de alimentarse, dormir, copular y criar a la prole, lo peor que podría hacerse sería describirlo como lo hizo Rousseau en su Discurso sobre los orígenes de la desigualdad, presentándolo como un «animal más débil que algunos y menos ágil que otros, pero que, visto en conjunto, es el más ventajosamente organizado de todos». Esta ventaja general puede centrarse en su postura erecta, su visión colorida estereoscópica y muy abierta, su capacidad de andar sobre los pies dejando libres los brazos y las manos para menesteres independientes de la locomoción y la alimentación. Con ello se produjo una aptitud coordinada para la manipulación permanente, el ejercicio corporal rítmico y reiterado, la producción de sonidos y de herramientas. Desde entonces (como ha subrayado Ernst Mayr), aquellos homínidos, tan primitivos, con cerebros poco mayores que los de los antropoides, fueron capaces de fabricar herramientas, pues esta última facultad probablemente solo sea un componente menor en la «presión selectiva para aumentar el tamaño del cerebro».

Por Lewis Mumford

El Mito de la Máquina

 

Tal desarrollo del sistema nervioso central liberó ampliamente al hombre del automatismo de sus esquemas instintivos y de sus reflejos, así como del confinamiento al entorno inmediato en el tiempo y el espacio. En vez de limitarse a reaccionar a los desafíos exteriores o a las instigaciones hormonales internas, tuvo ya pre-moniciones e ideas retrospectivas; es más: consiguió auto estimularse y auto dirigirse, pues al elevarse por encima de la animalidad, se confirmó su capacidad para tener otros planes y propósitos que los programados para su especie en los genes de donde procedía.

Hasta aquí, y solo por conveniencia didáctica, he estado describiendo las ventajas especiales del hombre sólo en términos de su mayor cerebro y de su compleja organización neuronal, como si ambas fueran sus realidades últimas; pero estas solo son una parte de tan grandiosa historia, ya que el paso más radical en la evolución del hombre no fue el desarrollo de su cerebro (órgano privado y de vida útil limitada), sino el surgimiento de la mente, que impuso, por encima de los cambios puramente electroquímicos, un modo duradero de organización simbólica. Esto creó un mundo público y compartido de impresiones sensoriales organizadas y de significados suprasensibles, y con el tiempo un dominio coherente de la significación. Tales resultados de las actividades cerebrales no pueden describirse en términos de movimiento ni de masa ni de electroquímicos ni como mensajes del ADN o del ARN, pues se dan en otro plano.

A la par que ese gran cerebro era un órgano apropiado para mantener un equilibrio dinámico entre el organismo y el entorno, ambos sometidos a inusitados cambios y tensiones, la mente se hizo eficiente como centro organizador de adaptaciones y reconstrucciones tanto en el propio yo del hombre como en su hábitat; así, la mente halló medios para superar a ese mismo cerebro que le había dado la existencia. En el nivel animal, cerebro y mente son virtualmente idénticos, y en gran parte de la propia existencia del hombre resultan casi indistinguibles, si bien hay que notar que ya se sabía mucho de la mente a través de sus actividades externas y productos públicos, bastante antes de que el cerebro quedara identificado como el órgano primordial de la mente, en lugar de la glándula pineal o el corazón.

Al hablar de las respuestas del sistema nervioso, utilizo «cerebro» y «mente» como términos muy interrelacionados pero no intercambiables, pues no es posible describir adecuadamente su naturaleza de forma plena mediante uno solo de dichos términos. En cambio, propongo que se evite tanto el tradicional error de hacer de la mente, o el alma, una entidad intangible y no relacionada con el cerebro, como el error moderno de despreciar como meramente subjetivas (es decir, como situadas más allá de toda investigación científica fidedigna) las manifestaciones típicas de la mente, que equivalen al grueso de la historia cultural del hombre. Nada de lo que sucede en el cerebro puede ser descrito sino mediante símbolos suministrados por la mente, que es un producto cultural, y no por el cerebro, que es un órgano biológico.

 

Lewis Mumford

 

La diferencia entre cerebro y mente es tan grande como la que hay entre el fonógrafo y la música que de él sale. No hay rastro de música en el microsurco del disco ni en el amplificador sino mediante las vibraciones inducidas por la rotación del disco a través de la aguja; pero todos esos agentes y acontecimientos físicos no llegan a ser música hasta que un oído humano oye los sonidos y una mente humana los interpreta. Para este acto final voluntario es indispensable todo el aparato físico y neuronal, pero ni el más minucioso análisis del tejido cerebral, acompañado por el de toda la parafernalia mecánica del fonógrafo, nos iluminarán acerca de los estímulos emocionales, la forma estética y la finalidad y significación de la música. Ningún electroencefalograma de las respuestas de un cerebro a la música se parecerá ni remotamente a los sonidos y las frases musicales... como tampoco se les parece el disco físico que ayuda a producir el sonido.

Cuando me refiera al significado y a los agentes simbólicos del significado, usaré la palabra «mente»; cuando me refiera a la organización cerebral que primero recibe, documenta, combina, transporta y acumula los significados, emplearé la palabra «cerebro». La mente no podría existir sin la activa asistencia del cerebro y, por supuesto, sin todo el organismo correspondiente y el entorno que lo rodea. Pero, una vez creada la mente, partiendo de la superabundancia de imágenes y sonidos (todo un sistema de símbolos destacables y acumulables), logró cierta independencia que los otros animales, aun los parientes próximos, solo consiguieron en mucho menor grado, y que la mayoría de los organismos, a juzgar por sus demostraciones externas, no poseen en absoluto.

Dr. Wilder Graves Penfield

Existen pruebas suficientes acumuladas para mostrar que tanto las impresiones sensoriales como los símbolos dejan huellas en el cerebro, y que, sin el constante fluir de la actividad mental, los nervios se achican y deterioran. Esta relación dinámica contrasta con la impresión estática de los símbolos musicales sobre el microsurco del disco, que más bien resulta gastado y averiado mediante el uso. Pero la relación entre mente y cerebro se da en un proceso de doble faz, pues la estimulación electrónica directa de ciertas áreas del cerebro puede (como ha demostrado el Dr. Wilder Penfield) «traer a la mente» experiencias pasadas, y todo ello de un modo que hace pensar que corrientes eléctricas similares auto inducidas pueden hacer aparecer en la conciencia inesperadamente ciertas imágenes inapropiadas, o que puedan efectuarse sin esfuerzo deliberado nuevas combinaciones de símbolos, o que, si hay brechas en el circuito eléctrico interno, se produzcan olvidos parciales o totales.

Las relaciones entre psique y soma, mente y cerebro, son peculiarmente íntimas, pero como en el matrimonio, los cónyuges no son inseparables; al revés, su divorcio fue una de las condiciones de la historia independiente de la mente y sus adquisiciones acumuladas.

No obstante, la mente humana posee una ventaja especial sobre su cerebro, pues en cuanto crea y acumula símbolos y recuerdos significativos, puede trasladar sus actividades características a materiales como la piedra o el papel, donde perdurarán las manifestaciones originales del cerebro, de vida tan breve. Cuando el organismo muere, el cerebro muere también, con todo lo acumulado en el transcurso de la vida; en cambio, la mente se reproduce transmitiendo sus símbolos a otros intermediarios, humanos y mecánicos, distintos del cerebro particular que primero los reunió. Así, en el propio acto de hacer la vida más significativa, las mentes han aprendido a prolongar su propia existencia influyendo sobre otros seres humanos, remotos en el tiempo y el espacio, y animando y vitalizando porciones cada vez mayores de experiencia. Todos los organismos vivos mueren; solo el hombre, mediante su mente, sobrevive y continúa, en cierta medida, su función.

Como órgano físico, el cerebro no es hoy, al parecer, ni mayor ni más perfecto que cuando apareció el primer arte rupestre, hace unos treinta o cuarenta mil años, pero desde entonces sus impresiones simbólicas han sido genéticamente documentadas y han dado al cerebro una mayor propensión a abstraer. En cambio, la mente humana ha crecido enormemente en tamaño, extensión, alcance y eficacia, pues ahora manda sobre un vasto y creciente cúmulo de experiencia simbolizada que se ha difundido a través de innumerables gentes. En su origen, tal experiencia se transmitió mediante el ejemplo instructivo y la imitación, y enseguida por el lenguaje, todo ello durante miles y miles de generaciones; después, desde hace unos cinco mil años, la mente humana dejó su marca en los edificios, los monumentos, los libros, las pinturas, las ciudades y los campos cultivados, y últimamente, de modo similar, en las fotografías, los discos fonográficos y las películas del cine. Por estos medios, la mente humana ha ido superando, en un grado cada vez mayor, las limitaciones del cerebro: su fragilidad, su aislamiento, su reserva y la brevedad de su curso vital.

Todo esto sirve para aclarar por anticipado la descripción que pronto haré de la evolución total de la cultura humana, pero desde ahora hay que subrayar una cuestión concreta, no sea que al lector se le escape el supuesto básico del que he partido: que el cerebro y la mente son vertientes no comparables del mismo proceso orgánico. Aunque la mente puede existir y perdurar mediante muchos otros vehículos además del cerebro, siempre necesita volver a pasar por cerebros vivos para conseguir que sus comunicaciones o expresiones potenciales se conviertan en reales. Por ejemplo: al dotar a los ordenadores de algunas de las funciones del cerebro, no prescindimos ni del cerebro ni de la mente, sino que transferimos sus respectivas funciones a la actividad del ordenador, a su programación y a la interpretación de los resultados. Es que el ordenador es un gran cerebro en su estado más elemental: un pulpo gigantesco que se alimenta de símbolos en lugar de cangrejos; pero ningún ordenador puede crear, de por sí y con sus solos recursos, un solo símbolo nuevo.

 

LA LUZ DE LA CONCIENCIA

Hombre de Pekín

 

En alguna etapa, de repente o por grados, el hombre debe de haber despertado de las complacientes rutinas que caracterizan a las demás especies, escapando de la larga noche del instintivo, de andar a tientas para pasar mediante sus lentas adaptaciones, puramente orgánicas, y sus «mensajes», demasiado bien memorizados, a saludar el tenue amanecer de la conciencia. Esto acarreó el conocimiento cada vez mayor de la experiencia pasada, junto con nuevas expectativas de posibilidades futuras. Desde que junto a los antiquísimos huesos del Hombre de Pekín se halló la prueba del fuego, quizá los primeros pasos del hombre para emerger de su animalidad se debieron en parte a su valentía frente al fuego, hecho que no se da en ninguno de los demás animales, pues todos lo eluden cautelosamente o huyen ante él.

Este «jugar con fuego» fue un punto de inflexión a la vez técnico y humano, ya que el fuego tiene tres caras: luz, energía y calor. La luz le permitió sobreponerse artificialmente a la oscuridad: gran ventaja en un entorno pletórico de peligros nocturnos; la energía del fuego le permitió cambiarla faz de la naturaleza por primera vez en forma decisiva, quemando el bosque que le estorbaba; y el calor le permitió mantener la temperatura interna de su cuerpo y transformar la carne animal y las féculas en comida fácilmente digestible.

¡Hagase la luz!: con estas palabras comienza realmente la historia del hombre. Toda existencia orgánica, incluso la del hombre, depende del sol y fluctúa con las llamaradas y manchas solares, así como con las relaciones cíclicas de la tierra y el sol y todos los cambios de luz y calor que acompañan a las respectivas estaciones. Sin su oportuno manejo del fuego, difícilmente habría podido sobrevivir el hombre a las terribles vicisitudes de la Edad de Hielo; quizá su capacidad de pensar dependió, en tan arduas condiciones (como ocurrió con las primeras iluminaciones filosóficas de Descartes), de poder quedarse quieto y tranquilo durante largos ratos en un entorno templado y protegido. La cueva fue el primer claustro del hombre.

 

 

Pero no debemos buscar la ancestral fuente de la energía humana en la luz de la madera ardiente, pues la iluminación que lo identifica definitivamente salió de dentro del hombre. La hormiga era un trabajador más industrioso que el hombre primitivo y tenía una organización social más articulada; pero ninguna otra criatura tuvo la capacidad que tiene el hombre para crear, a su propia imagen, un mundo simbólico que refleja oscuramente, a la vez que trasciende, su propio entorno. Comenzando por el conocimiento de sí mismo, el hombre inició, el largo proceso de ampliar los límites del universo y dar al mudo espectáculo cósmico el atributo que le faltaba: un conocimiento de hacia dónde ha estado marchando durante miles de millones de años.

La luz de la conciencia humana es, hasta ahora, la máxima maravilla de la vida, así como la principal justificación para todos los sufrimientos y calamidades que han acompañado al desarrollo humano. El significado de la historia humana se manifiesta en ese saber cuidar el fuego, en ese reconstruir el mundo, en la intensificación de esa luz y en la ampliación de la asociación simbiótica y perspicaz del hombre con todos los seres de la creación.

Detengámonos a considerar cuán distinto parece todo el universo cuando consideramos la luz de la conciencia humana como el hecho fundamental de la existencia, en lugar de la masa o la energía.

Cuando se trasladó al tiempo astronómico el concepto teológico de una eternidad sin principio ni fin, resultó evidente que el hombre era un recién llegado a la tierra y que esta no es más que una partícula en un sistema solar que existe desde hace muchos millones de años. A medida que nuestros telescopios penetran más en el espacio, descubren que nuestro sol no es más que una motita en la inmensidad de la Vía Láctea, que a su vez es mera parte de galaxias mucho mayores y de interminables nubes estelares. Si considerarnos tales extensiones de espacio y tiempo, el hombre, como objeto físico y con su diminuto lapso de existencia, nos parecerá ridículamente insignificante. A primera vista, esta colosal magnificación del espacio y el tiempo parecen destruir, como vacía jactancia y mera vanidad, la pretensión del hombre de tener importancia central, pues hasta sus dioses más poderosos quedan empequeñecidos y menoscabados ante semejante espectáculo cósmico.

Y no obstante, todo este cuadro de evolución cósmica, visto en términos de existencia física cuantitativa, con sus inconmensurables tiempo y espacio, se presentará de modo muy diferente si retornamos al centro en que se juntan todos los detalles de tal cuadro científico: la mente del hombre. Cuando observemos la evolución cósmica, no en términos de tiempo y espacio, sino en términos de conciencia mentalizada, con el hombre en su papel central de medidor e intérprete, la historia se lee de forma muy diferente.

Cualquier género de criatura sensible, hasta la más elemental ameba, parece ser la culminación, extremadamente rara y preciosa, del proceso cósmico; hasta el organismo de una diminuta hormiga, detenido en su desarrollo desde hace unos sesenta millones de años incorpora en su organización mental y en sus actividades autónomas un modo de ser más elevado que el que presentaba toda nuestra tierra antes de que la vida apareciera en ella. Cuando consideramos el cambio orgánico no como mero movimiento, sino como desarrollo de la sensibilidad y de la actividad autónoma, ampliación de la memoria, expansión de la conciencia y exploración de las potencialidades orgánicas siguiendo patrones de significación cada vez mayor, la relación entre el hombre y el cosmos cambia radicalmente.

A la luz de la conciencia humana, no es el hombre, sino el universo entero de materia aún «inerte», el que deviene en impotente y carente de significación. Tal universo físico, es incapaz de contemplarse a sí mismo si no es a través de los ojos del hombre; no puede hablar por sí: para ello necesita la voz humana; es incapaz de conocerse a sí mismo, salvo a través de la inteligencia humana; en realidad, no pudo comprobar siquiera las potencialidades de su propio desarrollo hasta que el hombre u otras criaturas sensibles de capacidad mental semejante surgió, por fin, de la terrible oscuridad y el silencio de la existencia pre orgánica.

Nótese que en el párrafo anterior he entrecomillado la expresión «inerte» pues lo que se suele llamar «materia inerte» es una ilusión o, más bien, una descripción ya obsoleta y fundada en conocimientos insuficientes. Pues entre las propiedades básicas de la «materia», tal como ahora la conocemos, hay una que los físicos ignoraron durante muchos siglos: la propensión a formar átomos más complejos partiendo del átomo primordial del hidrógeno, y moléculas más complejas partiendo de dichos átomos, hasta que, finalmente, surge el protoplasma organizado, capaz de crecer, reproducirse, tener memoria y comportarse de modo teleológico; es decir: un organismo vivo. Cada vez que comemos, transformamos moléculas «inertes» en tejidos vivos, y esa transformación está acompañada de sensaciones, percepciones, sentimientos, emociones, sueños, respuestas corporales, fines y actividades autónomas, es decir, otras tantas pletóricas manifestaciones de vida.

 

Leibniz

 

Todas estas capacidades estaban potencialmente presentes, según subraya Leibniz, en la constitución de la mónada primordial, junto con muchas otras posibilidades que aún están por sondear. El propio desarrollo del hombre y su auto descubrimiento forman parte de un proceso universal al que se puede describir como una parte rara, diminuta, pero infinitamente preciosa, del universo, que mediante la invención del lenguaje llega a ser consciente de su propia existencia. Si consideramos debidamente este logro de la conciencia en un ser elemental, reconoceremos que hasta la estrella más enorme vale menos que un enano cretino.

En la actualidad los físicos estiman que la edad de la tierra está entre los cuatro y los cinco mil millones de años, y que las primeras manifestaciones de vida probablemente aparecieron dos mil millones de años más tarde, aunque seguramente debieron estar precedidas por proto organismos vivos o semi vivientes que no se han conservado. En tan descomunal y abstracto calendario, la existencia entera de la humanidad parece casi demasiado breve y efímera para tomar nota siquiera de ella. Pero es que aceptar tal calendario sería hacer gala de una falsa humildad, pues los calendarios también son invenciones humanas y el universo exterior al hombre ni los construye, ni los interpreta, ni se rige por ellos.

En términos de la evolución de la conciencia, estos tres primeros miles de millones de años, con toda su prolongadísima y monótona vacuidad, pueden condensarse en uno o dos breves momentos de preparación. Con la evolución de los organismos inferiores durante los dos mil millones de años posteriores, esos imperceptibles segundos se prolongaron, psicológicamente hablando, en minutos: la primera manifestación de la sensibilidad orgánica y de dirección autónoma. En cuanto comenzaron las exploraciones de los animales vertebrados, favorecidas cada vez más por su aparato nervioso especializado, el cerebro dio, a tientas, los primeros pasos hacia la conciencia. Después de esto, como una especie tras otra siguió el mismo camino, tras muchas derivaciones, paradas y hasta retrocesos, tales segundos y minutos de abstracción se prolongaron durante horas.

No necesitamos detallar aquí los cambios anatómicos y las actividades constructivas que acompañaron al desarrollo de la conciencia en otras especies, desde las abejas y las aves a los delfines y los elefantes, o a la ancestral especie de la que evolucionaron tanto los monos como los homínidos; no obstante, el acontecimiento culminante llegó con la aparición de la criatura que hoy denominamos hombre, y que comenzó a actuar como tal hace unos quinientos mil años (según las estimaciones actuales más aproximadas).

El extraordinario desarrollo que enseguida alcanzaron en el hombre el sentimiento expresivo, la sensibilidad captadora de impresiones y la inteligencia selectiva, todo lo cual produjo finalmente el lenguaje y el saber transmisible, hizo que las horas de su conciencia se prolongaran en días. Al principio, este cambio se ciñó sobre todo a las mejoras neuronales; pero a medida que el hombre inventó aparatos especiales para recordar el pasado, documentar las nuevas experiencias, enseñar a los jóvenes y escudriñar el futuro, la conciencia de la humanidad se prolongó en siglos y milenios, libre ya de su anterior limitación a la brevedad de nuestra vida.

 

 

Hacia el final del período paleolítico, ciertos pueblos cazadores «auriñacienses» y «magdalenienses» dieron otro gran salto adelante al fijar sus imágenes conscientes mediante la pintura y escultura de determinados objetos, lo que dejó rastros que ahora podemos reconocer y seguir en las artes posteriores de la arquitectura, la pintura, la escultura y la escritura, artes con las que se intensificaba y conservaba la conciencia en forma comunicable y compartida. Finalmente, con la invención de la escritura, hace unos cinco mil años, se amplió y prolongó aún más el dominio de la conciencia.

 

 

Cuando por fin emerge en historia documentada, la duración orgánica invierte el tiempo mecánico y externo que miden los calendarios y los relojes. A partir de entonces lo que importa no es cuánto vivimos, sino con qué intensidad lo hemos hecho y qué significado ha tenido y transmitido nuestra vida. De este modo, hasta la más humilde mente humana abarca y trasfigura en un solo día más experiencia consciente de la que todo nuestro sistema solar ha podido abarcar en los tres primeros miles de millones de años anteriores a la aparición de la vida.

Eso de que el hombre se sienta disminuido, como muchos les ocurre en la actualidad, por la inmensidad del universo o las interminables evoluciones del tiempo, equivale a asustarse de su propia sombra. Solo gracias a la luz de la conciencia resulta visible tal universo, y si esta luz desapareciese, solamente la nada quedaría. Fuera de la etapa iluminada por la conciencia humana, tan descomunal cosmos no es sino una existencia sin significado. Solo a través de las palabras y los símbolos humanos, que documentan el pensamiento de la humanidad, puede librarse de su sempiterna vacuidad ese gran universo descubierto por la astronomía. Sin esa etapa iluminada y sin el drama humano que se ha desplegado en ella, todo el teatro de los cielos, que tan profundamente conmueve al alma humana, exaltándola o anonadándola, se disolvería de nuevo en su nulidad existencial... como el mundo de los sueños de Próspero.

Tales inmensidades del espacio y del tiempo, que ahora nos espantan cuando, con la ayuda de «nuestra ciencia», nos enfrentamos con ellas, son presunciones vacías en cuanto dejan de referirse al hombre. La palabra «año» no tiene sentido aplicada al sistema físico por sí mismo, pues es el hombre, y no las estrellas ni los planetas, quien experimenta los años y los mide. Esta misma observación es el resultado de la atención del hombre a los movimientos periódicos, a los acontecimientos estacionales, a los ritmos biológicos y a las secuencias mensurables; por eso, cuando la idea de año se proyecta sobre el universo físico, dice además algo importante para el hombre, o sea, que es una ficción poética.

Todos los intentos de dotar de realidad objetiva a los miles de millones de años por los que atravesó supuestamente el cosmos antes de que apareciera el hombre meten de contrabando en tal proceso a un observador humano, pues la capacidad del hombre para pensar, recordar y prever es lo que crea, cuenta y se estima dentro de tales años. Sin las actividades temporales del hombre, el universo no tendría años, como resultado vacío de sentido, atemporal, informe e insensato sin sus concepciones espaciales y sin su descubrimiento de las formas, los modelos y los ritmos. El significado vive y muere con el hombre o, más bien, con el proceso creador que lo trajo a la existencia y le dio una mente.

Aunque la conciencia humana ejerce esa función central y es la base de todas sus actividades creadoras y constructivas, el hombre sigue sin ser un dios, pues su iluminación espiritual y auto descubrimiento no hacen más que desarrollar y prolongar la creatividad de la naturaleza. La razón del hombre le informa de que, aun en sus más inspirados momentos, solo es un agente partícipe de un proceso cósmico mucho mayor que no tiene su origen en él y que él sólo puede controlar en un grado limitadísimo. Si no fuera por la expansión de su conciencia, la pequeñez y soledad del hombre resultarían terriblemente reales. Poco a poco ha ido encontrando el hombre que, por muy maravillosa que sea su mente, debe reprimir las alegrías y decepciones egoístas que suele promover, pues hasta sus mayores capacidades dependen de la cooperación de muchísimas otras fuerzas y organismos cuyos cursos y necesidades vitales hay que respetar.

Las condiciones físicas que gobiernan toda vida encierran al hombre dentro de ellas: su temperatura interna debe mantenerse dentro de los límites de unos pocos grados, y el equilibrio ácido- alcalino de su sangre es todavía más delicado; asimismo, las diferentes horas del día afectan a su capacidad para usar sus energías o reponerse de una enfermedad, y hasta las fases de la luna o los cambios del tiempo climático tienen en él, quiéralo o no, repercusiones fisiológicas y mentales. Solo en un sentido han resultado las facultades del hombre similares a las de los dioses: en que con ellas ha fabricado un universo simbólico de significaciones que ponen de manifiesto su naturaleza original y su lenta eclosión cultural, lo que le permite, hasta cierto punto, trascender mediante el pensamiento las muchas limitaciones que tiene como animal. Todas sus actividades cotidianas -comer, trabajar, copular- son necesarias y, en consecuencia, importantes, pero solo lo son en la medida en que vivifican su participación consciente en el proceso creador: ese proceso que todas las religiones reconocen a la vez como inmanente y trascendente y que llaman divino.

Teóricamente, la actual conquista del tiempo y del espacio puede permitir que unos cuantos astronautas audaces circunnaveguen todos y cada uno de los planetas de nuestro sistema solar o, aunque mucho más improbable, que lleguen hasta alguna de las estrellas más cercanas, a unos cuatro o cinco años-luz; aceptemos ambos proyectos incluyéndolos en el ámbito de las posibilidades mecánicas, si no biológicas; pero tales hazañas, aunque tuvieran un éxito milagroso, nada serían en comparación con la profundización de la autoconciencia y la ampliación de los horizontes de una cualquiera de las tribus más primitivas.

Los cometas viajan tan rápido como el hombre pueda desear (y quizá pueda algún día) viajar; pero esos interminables viajes por el espacio no producen alteración alguna, si no es en la distribución de la energía. Pues bien, hasta las más valerosas exploraciones espaciales del hombre todavía estarían más cerca de las restringidas posibilidades de un cometa que de su propio desarrollo histórico... además de que aún distan mucho de estar agotados sus primeros intentos de auto exploración, que le llevaron a fundar muchos progresos en la interpretación simbólica de todo y, en especial, el lenguaje. Es más; son estas exploraciones íntimas, que datan de cuando el hombre abandonó la animalidad, las que han hecho posible ampliar todas las dimensiones del ser y coronar la mera existencia con la significación. Este definido sentido humano ocupa íntegramente la historia, es el propio viaje del auto descubrimiento del hombre y está muy lejos de las alteraciones climáticas de la evolución cósmica.

Ahora tenemos razones para sospechar que el acceso a la conciencia puede haberse producido en más de un lugar del universo, y aun en muchos lugares, a través de criaturas que quizá explotaban otras posibilidades, o que escaparon mejor que el hombre de las detenciones, desvíos e irracionalidades que han aquejado a la historia humana, y que ahora, cuando tanto han crecido los poderes del hombre, amenazan tan seriamente su futuro. Pero aunque pueda haber en otras partes vida orgánica y criaturas sensibles, todavía son tan infrecuentes que hacen del acceso a la cultura de la abstracción por parte del hombre algo infinitamente más importante que su actual conquista de las fuerzas de la naturaleza o sus posibles viajes a través del espacio. La hazaña técnica de escapar de la gravedad terrestre es bien trivial si se la compara con la escapada que hizo el hombre de la bruta inconsciencia de la materia y del ciclo cerrado de la vida orgánica.

En resumen, sin la capacidad acumulativa del hombre para dar forma simbólica a la experiencia, así como para reflejarla, rehacerla y proyectarla, el universo físico resultaría tan vacío de significado como un reloj sin manecillas: su tic-tac no dirá nada. La mentalización del hombre marca toda la diferencia.

 

LA LIBRE CREATIVIDAD DEL HOMBRE

CEREBRO Y MENTE

 

Puesto que el hombre aparece al final de un largo desarrollo evolutivo que tuvo multitud de ramificaciones, a sus singulares capacidades les subyace la experiencia orgánica acumulada de las innumerables especies que le han precedido. Aunque no debemos tomar muy al pie de la letra la vieja noción de que «el hombre escala y repite su árbol genealógico», los datos que indican la persistencia de su rica herencia, desde la blástula unicelular, a través de las agallas del embrión (como las de los peces) y siguiendo con el vello que recubre el embrión humano a los siete meses (como en los monos), no nos permiten desentendernos de tantas pruebas ni considerarlas como desechables. Cada órgano del cuerpo humano, empezando por la sangre, tiene una historia que refleja las primeras manifestaciones de la vida; por ejemplo: el contenido de sal de la sangre es muy similar al del mar (del cual salieron los primeros organismos), la columna vertebral de los seres humanos se asemeja a la de los primeros peces, y los músculos de su vientre son ya visibles en las ranas.

La propia naturaleza del hombre ha sido mantenida y formada constantemente por las complejas actividades, auto transformaciones e intercambios que se producen en todos los organismos; ni su naturaleza ni su cultura podemos abstraerlas de la gran diversidad de hábitats que los seres humanos han explorado, con sus diferentes formaciones geológicas, sus diversas capas de vegetación y sus distintas agrupaciones de animales (aves, peces, insectos, bacterias), todos en medio de condiciones climáticas constantemente cambiantes. La vida del hombre sería muy diferente si los mamíferos y las plantas no hubiesen evolucionado a la par, si no hubiesen tomado posesión de la superficie de la tierra los árboles y las hierbas, si no hubiesen cautivado su imaginación y despertado su mente esas bellas nubes que surcan el cielo, las vivas puestas de sol, las montañas imponentes, los océanos infinitos y el cielo estrellado. Ni los cohetes espaciales ni las cápsulas que rondan ahora la luna tienen la menor semejanza con el entorno en que el hombre pensó y prosperó durante siglos y siglos. ¿Acaso habría soñado alguna vez el hombre en volar en un mundo desprovisto de criaturas voladoras?

Mucho antes de que hubiese llegado a existir riqueza cultural alguna, la naturaleza había provisto al hombre con su propio modelo original de creatividad inagotable, con lo cual el azar dio paso a la organización y esta incorporó gradualmente finalidades y significaciones. Tal creatividad es su propia razón de existir y su auténtico premio. Ensanchar la esfera de la creatividad significativa y prolongar su período de desarrollo es la única respuesta del hombre a la conciencia de su propia muerte.

Lamentablemente, estas ideas son ajenas a nuestra cultura actual, dominada por las máquinas. Un geógrafo contemporáneo que vivió imaginariamente en un asteroide artificial nos ha presentado las siguientes observaciones: «No hay méritos inherentes en un árbol, una brizna de hierba, un arroyo rumoroso o los hermosos contornos de un paisaje; si dentro de un millón de años nuestros descendientes habitasen un planeta de rocas, aire, océanos y naves espaciales, aún seguiría siendo un mundo natural». No puede haber declaración más absurda que esta a la luz de la Historia Natural. El mérito de todos los componentes naturales originales que este geógrafo descarta tan caballerosamente es en rigor que, en su totalidad inmensamente variada, han ayudado a crear al hombre.

Como Lawrence Henderson tan brillantemente demostró en The Fitness of the Environment, hasta las propiedades físicas del aire, el agua y los compuestos de carbono fueron propicios para la aparición de la vida; si esta hubiese comenzado en ese planeta pelado y estéril que el citado geógrafo prevé como posible futuro, al hombre le habrían faltado los recursos necesarios para su propio desenvolvimiento. Y si nuestros descendientes redujeran este planeta a un estado tan desnaturalizado como ya están haciendo las excavadoras, los pesticidas y defoliantes y las bombas atómicas, entonces el hombre mismo quedará igualmente desnaturalizado, es decir, deshumanizado.

 

 

La humanidad del hombre es en sí una clase especial de florecimiento propiciado por las condiciones favorables en las que otros incontables organismos tomaron forma y se han reproducido. Unas seiscientas mil especies de plantas y un millón doscientas mil especies de animales ayudaron a formar el entorno que el hombre encuentra a su disposición… por no citar las innumerables variedades de otros organismos: unos dos millones de especies en total. A medida que las poblaciones humanas crecieron y se volvieron regionalmente diferenciadas y culturalmente identificables, introdujeron a su vez otra variedad ulterior, cuyo mantenimiento ha sido una de las condiciones de la prosperidad humana, y aunque en ello hay mucho de superfluo para la mera supervivencia del hombre, esa misma superfluidad ha sido un incentivo para su mente investigadora.

 

Foto de grupo del Partido Sur, desde la izquierda: Bert Schultz, Mylan Stout, Emery Blue, Robert Long, Loren Eiseley, Eugene Vanderpool, Frank Crabill. (Sociedad Loren Eiseley/Archivos de la Universidad de Pensilvania)

 

El estudiante que preguntó a Loren Eiseley por qué el hombre, con su actual capacidad para crear máquinas automáticas y alimentos sintéticos, no se desentendía totalmente de la naturaleza, no comprendía que, como el geógrafo antes citado, estaba socavando fatuamente la base en que se apoyaban sus pies. Es que la capacidad de apropiarse de la inagotable creatividad de la naturaleza y usarla después correctamente es una de las condiciones básicas de la evolución humana. Hasta los primitivos más elementales parecen comprender tal relación fundamental; en cambio, es evidente que no lo hacen así las mentes «post-históricas» que en la actualidad se reúnen y fermentan en nuestras multiversidades (no universidades) y que tan activo odio profesan a todo lo que se resista a las máquinas o escape a su control.

 

LA ESPECIALIDAD DE LA NO-ESPECIALIDAD

 

La raza humana —como ahora podemos comprobar retrospectivamente— reunía requisitos notables para hacer uso de la abundancia terrenal; y quizá uno de los mayores ha sido su disposición a saltarse las restricciones impuestas por los órganos especializados y válidos para un solo fin, que solo se adaptan a entornos muy limitados. El complejo conjunto formado por los órganos vocales del hombre comenzó siendo una serie de partes muy especializadas en gustar, masticar y tragar los alimentos, así como en inhalar y exhalar el aire o copiar los sonidos naturales; pero, sin dejar de realizar tales funciones, el hombre descubrió nuevos usos para tales órganos, rehaciéndolos y modulándolos para que respondieran a sus urgentes expresiones vocales. En cuanto fueron debidamente agrupados por la mente, los pulmones, la laringe, el paladar, la lengua, los dientes, los labios y los carrillos se convirtieron en una perfecta orquesta de viento y percusión, y también en instrumentos de cuerda. Y ninguno de nuestros parientes más próximos, de entre los animales que sobreviven, aprendieron jamás a componer una partitura equivalente y tan ejecutable, pues solo por accidente ocurre que unas pocas especies de aves puedan copiar sin esfuerzo la voz humana... si bien solo para el hombre tiene alguna significación el parloteo aprendido por el papagayo.

Cuando el hombre se libró de las realizaciones ancestrales estereotipadas, esa misma liberación estuvo acompañada por cierta pérdida de seguridad y destreza, pues tanto el andar como el hablar (actos humanos tan característicos) tienen que ser aprendidos; y el principal agente de la hazaña de liberar al hombre de la especialización orgánica fue, sin duda, su cerebro, ya muy desarrollado. Tal concentración en el cerebro controló y facilitó a la vez todas las demás actividades; y como sus actos, simbólicamente condicionados, aumentaron en número y complejidad, el necesario equilibrio orgánico solo se pudo mantener a través de la mente consciente.

En efecto, el cerebro parece haber iniciado su andadura siendo un órgano restringido a la finalidad exclusiva de recibir, información y llevar a cabo las correspondientes respuestas motoras. Su parte más antigua es el bulbo olfativo, dedicado principalmente a percibir los olores. Aunque el sentido del olfato se haya ido haciendo cada vez menos esencial como guía para el comportamiento humano, sigue siendo importante para disfrutar más de los alimentos, para juzgar si son comestibles o para descubrir un fuego inadvertido, e incluso es útil para diagnosticar trastornos corporales como el sarampión.

En la siguiente etapa la evolución cerebral aumentó la gama de las respuestas emocionales; y antes de que el pensamiento pudiera ser simbolizado en grado suficiente para guiar a la conducta, el cerebro aseguró prontas y abundantes reacciones motoras, como atacar, huir, agacharse, esconderse, protegerse, abrazar y copular. Pero el gran avance que separa al hombre de los que probablemente fueron sus parientes más próximos se produjo a través de enormes aumentos en el tamaño y la complejidad de los lóbulos frontales, y por consiguiente en todo el sistema neuronal. Esta mutación o, más bien, esta sucesión de cambios en la misma dirección, no puede ser adecuadamente explicada por ninguna teoría biológica, aunque fue C. H. Waddington, en The Nature of Life, quien más se aproximó a la redefinición de los cambios orgánicos que facilitan la formación y transmisión de los «rasgos adquiridos», la expresión de encubrimiento en boga, «presiones selectivas» explica los resultados, no la propia transformación.

 

 

Pero los propios hechos son bastante transparentes. El tamaño del primer cráneo que puede identificarse como humano es varios cientos de centímetros cúbicos mayor que el de cualquier mono, así como el cráneo del hombre de épocas posteriores, tan reciente como el de Neandertal, es aproximadamente tres veces mayor que el de los primeros homínidos australopitecos descubiertos en África, a los que ahora se consideran como unos de los inmediatos antepasados del hombre. De esto se puede inferir que en los especímenes humanos más desarrollados hubo, además de aumento en la masa por el desarrollo numérico de neuronas y dentritas, una multiplicación de posibles conexiones entre ellas.

Para subvenir a las meras necesidades del pensamiento abstracto, nuestro cerebro contiene diez mil veces más componentes que el más complejo ordenador conocido en la actualidad. Esta vasta superioridad numérica disminuirá sin duda con la miniaturización en electrónica, pero la comparación puramente cuantitativa no llega a revelar la unicidad cualitativa de las respuestas del cerebro (la riqueza del olor, el gusto, el color, el tono, la emoción, el sentimiento erótico, etc.) que subrayan y cubren tanto las reacciones como las proyecciones que se dan dentro y a través de la mente humana. Si estas fueran eliminadas, las capacidades creadoras del cerebro se reducirían al nivel de las de un ordenador, capaz de procesar abstracciones puras de forma precisa y veloz, pero que se paraliza cuando tiene que enfrentarse con esas concreciones orgánicas que quedan fatalmente perdidas por el aislamiento o la abstracción. A la vez que la mayoría de las respuestas «emocionales» al color, el sonido, el olor, la forma y los valores táctiles adelantaron el rico desarrollo cortical del hombre, reforzaron y enriquecieron sus modos más elevados de pensar.

A causa de la estructura extremadamente compleja del gran cerebro humano, la incertidumbre, la imprevisibilidad, la contra adaptabilidad y la creatividad (es decir: la novedad deliberada, distinguida ya del azar) son funciones constitutivas que quedaron así encastradas en la compleja estructura neuronal del hombre. Por su aptitud para enfrentar desafíos inesperados, tales funciones superan hasta a los modelos instintivos más seguros y las adaptaciones ambientales de las especies más próximas; pero esas mismas potencialidades han obligado al hombre a inventar un reino independiente: el del orden estable y previsible, que quedara interiorizado y bajo control consciente. El hecho de que tal orden y creatividad sean complementarios fue básico para el desarrollo cultural del hombre, pues este tiene que interiorizar el orden para poder dar forma externa a su creatividad. De otro modo, como el pintor Delacroix lamentaba en su diario íntimo, su tumultuosa imaginación habría prorrumpido en más imágenes de las que sería capaz de retener y utilizar... como de hecho sucede a menudo en los sueños nocturnos.

 

"La libertad guiando al pueblo", Delacroix

 

Nótese que ese cerebro ampliado del Homo sapiens no se explica satisfactoriamente, al principio, como un mecanismo de adaptación que contribuya a la supervivencia del hombre y a su cada vez mayor dominio sobre las demás especies. Sus contribuciones adaptadoras eran valiosas, pero solo parciales, pues durante mucho tiempo se vieron contrarrestadas, como también ocurre ahora, por inadaptaciones y perversiones. Durante unos cien mil años, el cerebro humano se mantuvo muy desproporcionado respecto de la tarea que estaba llamado a cumplir. Como señalaba Alfred Russel Wallace hace tiempo, las capacidades psíquicas potenciales de un Aristóteles o un Galileo ya estaban anatómica y fisiológicamente presentes, a la espera de ser usadas, entre gentes que aún no habían aprendido a contar con diez dedos; y gran parte de dicha dotación sigue sin emplearse y a la espera.

 

Alfred Russel Wallace

 

Semejante «crecimiento excesivo» del cerebro pudo ser, durante un largo período de la prehistoria, más un estorbo que una ayuda para aquellos antepasados del Homo sapiens, pues en cierta medida los inhabilitaba para las funciones animales puramente instintivas antes de que hubieran podido desarrollar el correspondiente aparato cultural capaz de utilizar sus nuevas facultades. El florecimiento neuronal, como la floración que se da en el reino de la botánica, es típica de muchos otros progresos orgánicos, pues el crecimiento se basa en la capacidad del organismo para producir un excedente de energía y capacidad orgánica que superan en mucho lo necesario para la mera supervivencia.

De nuevo nos ha descarriado en esta ocasión el arbitrario principio victoriano de la parquedad, que no hace justicia a la extravagancia y exuberancia de la naturaleza. El Dr. Walter Cannon ha demostrado la racionalidad de los excedentes orgánicos en su análisis de los órganos pares de nuestro cuerpo. Los riñones humanos tienen un factor de reserva de cuatro, pues un cuarto de riñón basta para mantener vivo a nuestro organismo. Y en lo tocante al sistema nervioso, se confirma el aforismo de Blake: que el hombre ha entrado en el palacio de la sabiduría por la ancha calle de los excesos.

 

William Blake

 

En uno de sus primeros ensayos, publicado en La voluntad de creer, William James, aunque nunca dijo nada más al respecto, planteó el caso con más claridad, diciendo:

«La principal diferencia entre el hombre y los animales se fundamenta en el exuberante exceso de las propensiones subjetivas del hombre, y la preminencia que este tiene sobre aquellos se basa, sencillamente, en el número y carácter innecesario y fantástico de sus necesidades físicas, morales, estéticas e intelectuales. Ni siquiera dedicando toda su vida a procurarse lo superfluo habría podido jamás establecerse en ello tan inexpugnablemente como lo ha hecho en lo necesario. Del reconocimiento de esto extraerá la lección de que sus necesidades deben ser contempladas; que aunque su satisfacción parezca muy remota, la inquietud que ocasionan sigue siendo la mejor guía de su vida y le han de llevar a desenlaces situados mucho más allá de lo que en la actualidad puede calcular. Si se podan las extravagancias del hombre, si se le vuelve sobrio, se le arruina».

 

Aunque solo sea especulativamente, podríamos ir más allá. El don de una estructura neuronal tan rica excedía hasta tal punto los requisitos originales del hombre que hasta pudo haber perjudicado su supervivencia. El propio exceso de «sesudez» le planteó al hombre un problema similar al de usar un poderoso explosivo mediante la invención de una envoltura suficientemente fuerte para mantener la carga o, a voluntad, dejarla estallar; por eso, la limitada capacidad de utilizar el órgano humano más poderoso, antes de que sus productos pudieran ser almacenados en recipientes culturales, explica suficientemente las no despreciables manifestaciones de irracionalidad que aquejan a todo el comportamiento humano documentado u observado. O hay que admitir esta irracionalidad como un mecanismo de adaptación (lo que parece absurdo), o hay que aceptar que el aumento de la «cerebralidad», aunque parcialmente un mecanismo de adaptación, se vio reiteradamente minado por reacciones no adaptivas procedentes de la misma fuente. Sin un amplio margen para la mala conducta, la especie humana difícilmente habría podido sobrevivir.

Mediante esfuerzos constructivos amplios y difíciles, el hombre elaboró un orden cultural que sirvió de receptáculo a su creatividad y redujo el peligro de sus muchas manifestaciones negativas; y gracias a una multitud de experimentos, descubrimientos e invenciones que se prolongaron durante cientos de miles de años y abarcaron mucho más que las herramientas y el equipo material, pudo crear una cultura suficientemente amplia para emplear en ella una parte de las inmensas potencialidades de su cerebro. Esta evolución acarreó a su vez otros peligros e incapacidades, pues con frecuencia, cuando el complejo cultural resultaba demasiado elaboradamente estructurado o se aferraba demasiado a las adquisiciones del pasado (como ocurrió reiteradas veces tanto en las primeras tribus como en posteriores grupos civilizados), no permitía el desarrollo mental en nuevas áreas. Por otra parte, cuando la estructura cultural se debilitó y desmenuzó, o cuando, por alguna razón, sus componentes no pudieron ser interiorizados, aquel cerebro, incesantemente activo y cargado al máximo, desplegaba una hiperactividad maniática y destructora, comportándose como el motor de un coche de carreras que está en marcha y se quema a sí mismo por falta de carga. Aún hoy, a despecho de las inmensas armazones culturales de que dispone el hombre occidental, estamos demasiado ligados a esas dos posibilidades.

 

LA FORMACIÓN DE LA MENTE

EN EL AIRE:  Nikola Tesla (alrededor de 1898) sostiene una bombilla a varios metros de un generador y, sin embargo, sigue brillando. El final del siglo XIX fue una época en la que la luz, el poder, los mensajes y las voces podían ser convocados repentinamente desde el éter; no parecía haber razón para pensar que esta progresión fantástica debería detenerse antes de las ondas cerebrales y los pensamientos. 

 

El tamaño y complejidad neuronal del cerebro humano acarreó dos consecuencias conocidas. Al nacer, la cabeza era demasiado grande, por lo que creaba dificultades a la hora del parto; y después, aún más significativamente, exigía cuidados especiales que se prolongaban durante todo el período que tardaba la caja craneana en soldarse y endurecerse. Esto evoca el ulterior despliegue de delicadezas que es normal entre los mamíferos. Y puesto que una parte tan grande del comportamiento del hombre, al estar libre de los controles internos puramente automáticos, tenía que ser aprendido mediante la imitación y el reconocimiento de las circunstancias, con lo que se prolongaba el período de la dependencia infantil. La lenta maduración del niño exigía los cuidados continuos de los padres y activos intercambios, fenómenos no conservados en otras especies menos sociables, cuyos pequeñuelos pueden manejarse por sí solos a edad más temprana. El aprendizaje resultaba más efectivo a fuerza de amor, ya que este es la base de todos los intercambios culturales y no hay máquina de enseñar que pueda proporcionar todo eso.

Esta prolongada fase de maternidad activa y de espiritualidad fue decisiva para el desarrollo de la cultura. Habitualmente, tiene que pasar todo un año para que el niñito pueda andar, y aun es más largo el período que ha de transcurrir para que sus balbuceos sean reconocibles como lenguaje humano y comunicación efectiva. Si antes de los cuatro años no se adquiere el dominio del lenguaje, no suele adquirirse nunca después, sino en sus formas más rudas, como lo hemos visto en los sordomudos y en unos pocos ejemplos comprobados de niños salvajes; y sin el lenguaje resultan defectuosas las otras formas de simbolismo y abstracción, por muy amplia que sea la capacidad fisiológica del cerebro.

El largo período de intimidad emocional que hay entre los padres y el hijo es esencial (bien lo sabemos) para la evolución humana normal; si desde el principio falta ese amor, quedarán deformadas otras cualidades humanas necesarias, incluidas la inteligencia y el equilibrio emocional. Contra sus ocultas esperanzas de encontrar un sustituto mecánico barato del cuidado materno, los experimentadores de la Universidad de Wisconsin han demostrado que, aun entre los monos, la ausencia del afecto y la instrucción maternales, incluidos los reproches por mal comportamiento, conducen a profundas perturbaciones neuróticas.

Del hecho de que el tálamo, sede original de las emociones, sea una parte más antigua del cerebro de los vertebrados que el córtex frontal, cabe deducir que el desarrollo emocional del hombre llegó a ser reconociblemente humano tras profundizar y ensanchar la sensibilidad de los primeros mamíferos, antes de que su inteligencia se hubiese desarrollado lo suficiente para producir adecuados medios de expresión o comunicación que estén por encima del nivel animal. Según intentaré reconstruir en el próximo capítulo, la primera manifestación de cultura que establece la base para esta inteligencia cada vez mayor fue, con toda probabilidad, resultado directo de esta evolución emocional.

Ahora bien, las actividades del cerebro se ramifican a través de todos los órganos corporales, que a su vez -como hace tiempo comprobó Claude Bernard en relación con el hígado- afectan al funcionamiento del cerebro; hasta el punto de que el más leve desequilibrio (ocasionado quizá por una infección o por la mera fatiga muscular) puede perjudicar la capacidad de funcionamiento de la mente. De acuerdo con su peculiar función de vigilancia, el cerebro sirve a diversas finalidades. Espero poder mostrar que hasta sería falso decir que se especializa en la formación y la comunicación, pues es más correcto afirmar que, a través del cerebro, toda actividad interna, todo acto y toda impresión exterior se remiten a un todo mayor que está presidido por la mente.

 

Una lección de Claude Bernard (León Lhermitte, 1889).

 

Sin contacto con ese todo mayor (el dominio de las significaciones), el hombre se siente incómodo y perdido o, como se dice ahora, «enajenado». Por todo ello, el cerebro humano actúa a la vez como sede del gobierno, tribunal de justicia, parlamento, plaza pública, comisaría de policía, cabina telefónica, templo, galería de arte, biblioteca, teatro, observatorio, archivo central y ordenador; en resumen, recordando a Aristóteles, es nada menos que toda la ciudad (polis), aunque sea en miniatura.

La actividad del cerebro es tan incesante como la de los pulmones o el corazón, y la mentalización que sustenta se extiende a la mayor parte de la existencia. Cuando se necesita, esta actividad es controlable en parte, aunque nunca del todo, si bien la localización de este control puede convertirse en otra parte del cerebro. Aun cuando al cerebro no se le exija esfuerzo alguno, el electroencefalógrafo indica que a este órgano siempre lo recorren impulsos eléctricos, lo que sugiere que en él se mantiene, subyacente, cierto funcionamiento mental; y tal predisposición se muestra (como ha señalado el fisiólogo W. Grey Walter) desde el momento de nacer.

Cuando ese mismo científico intentó hacer la más simple maqueta de un cerebro de dos elementos, reconoció que debía presentar, en algún grado, los siguientes atributos: «exploración, curiosidad, libre albedrío (en el sentido de imprevisibilidad), búsqueda de objetivos, autorregulación, rechazo a los dilemas, previsión, memoria, aprendizaje, olvido, asociación de ideas, reconocimiento de las formas y elementos de acomodación social». Y agregó sabiamente: «¡Así es la vida!».

En vez de afirmar que ese convencional «fabricar herramientas» determinó necesariamente la formación del cerebro, ¿no sería más pertinente preguntarse qué clase de herramientas podría ocasionar esta estrecha relación con el cerebro? La respuesta está casi implícita en la pregunta: una clase de herramientas que se refiera de modo directo a la mente y que se fabricara con sus propios recursos «eterealizados»: los signos y los símbolos.

Lo que a nosotros nos atañe en la actual reseña del pasado humano, en relación con la historia técnica, es que hay una gran probabilidad de que la mayoría de las características actuales del cerebro estuvieran ya al servicio del hombre, aunque sin desarrollar, antes de que los seres humanos pronunciasen un sonido inteligible o empleasen una herramienta especializada. El desarrollo ulterior llegó, sin duda, junto con las actividades ampliadas del hombre y con el progresivo traslado de las más altas funciones del cerebro «antiguo» al «nuevo», en el que ahora radicarían bajo dirección consciente. Todavía no sabemos qué relación hubo entre tal facilidad mental y el registro genético por medio de un cerebro mayor, con áreas especializadas y armazones neuronales más complejas; y es probable que no lo sepamos si los biólogos no cambian radicalmente su enfoque, pues hasta que el hombre no se fabricó una cultura, su cerebro siguió estando mal alimentado y anémico.

Lo que debe quedar bien sentado es que el hombre, desde el comienzo de su desarrollo, tenía extraordinarias dotes que estaban por encima de su capacidad de usarlas. El hecho de que el cerebro humano «sea único en la actividad de ser constantemente especulativo y expectante», muestra que el desarrollo del hombre no quedó confinado a resolver el problema en cada situación inmediata ni a ajustarse simplemente a las demandas exteriores. Tal como solemos decir, tenía «una mente propia y peculiar», un instrumento con el que podía plantear problemas gratuitos, dar respuestas insurgentes y propuestas contra adaptadoras, para buscar con todo ello nuevas armazones significativas. Con esto mostraba tendencia a explorar territorios desconocidos y probar rutas alternativas, ya que nunca se conformaba con someterse durante mucho tiempo un solo modo de vida, por perfecta que pudiera ser su adaptación a él.

A pesar de la capacidad del cerebro para absorber información, el hombre no espera pasivamente las instrucciones que le llegan del mundo exterior. Tal como dice Adelbert Ames, «percibimos, juzgamos, sentimos, obramos y llevamos adelante nuestro ser en medio de un contexto de esperanzas».

Quienes todavía extraen de la física sus modelos biológicos no reconocen esta característica esencial de los organismos y no la distinguen de lo que ocurre con la materia inorgánica. Esta ni documenta su pasado ni anticipa su futuro... mientras que todos los organismos llevan en sí su pasado y construyen su potencial futuro, siempre según los términos del ciclo vital de su especie. La estructura corporal de los organismos superiores suele hacer amplias provisiones para el futuro, como se ve en la acumulación de grasa y azúcar para proporcionar la energía necesaria para futuras situaciones de urgencia, así como en la progresiva maduración de los órganos sexuales mucho antes de que sean necesarios para la reproducción.

En el hombre, tal pre-visión y tal pro-visión para el futuro se hacen cada vez más conscientes y deliberados en las imágenes oníricas, en las anticipaciones placenteras y en las tentativas de probar las alternativas imaginadas. Lejos de reaccionar solamente al olor o a la vista inmediata del alimento (como los animales confinados en los laboratorios), el hombre se empeña en buscarlo horas, días y meses antes de necesitarlo; podríamos decir que el hombre es un prospector nato, aunque a menudo sus afanes se salden con el fracaso; y como actor, se proyecta frecuentemente en nuevos papeles antes de que la obra haya sido escrita y aun antes de que se haya elegido el teatro ni esté construido el decorado.

Su exaltado interés por el futuro no fue la menor de las contribuciones del extraordinario cerebro del nombre, pues los principales incentivos de su creatividad fueron la ansiedad, la aprensión profètica y la anticipación imaginativa, todo lo cual llegó primero a su conciencia, seguramente al mismo tiempo que los cambios de las estaciones, las alteraciones cósmicas y la muerte. A medida que los instrumentos de cultura resultaron más adecuados, la función de la mente consiste cada vez más en dotar áreas cada vez mayores del pasado y del futuro de armazones más coherentes y significativos.

Ahora bien, la delicadeza y complejidad de la organización nerviosa del hombre le hizo inusitadamente vulnerable, por lo que se ha visto constantemente frustrado y defraudado, pues a menudo es mucho más lo que anhela que lo que puede abarcar; asimismo, algunos de los obstáculos más formidables opuestos a su desarrollo nacieron no del entorno hostil en que se movía, ni de las amenazas de los animales carnívoros o venenosos que compartían su espacio vital, sino de los conflictos y contradicciones que se daban en su propio yo, mal dirigido o mal manejado, es decir, precisamente por ese exceso de sensibilidad, imaginación y rapidez de reacción que le habían puesto por encima de las demás especies. Aunque todos estos rasgos tienen su base en el cerebro super desarrollado del hombre, sus implicaciones para la condición humana han sido olvidadas con demasiada frecuencia.

Las potencialidades del hombre son aún más importantes, infinitamente más importantes, que todas sus conquistas hasta la fecha. Así fue desde el principio, y así sigue siendo. Su mayor problema ha sido cómo organizar selectivamente y dirigir conscientemente tanto los agentes internos como los externos de la mente, para formar con ellos conjuntos más coherentes e inteligibles. La técnica colaboró en la solución de este problema; pero los instrumentos de piedra y de madera, o las fibras textiles, no pudieron explotarse a fondo hasta que el hombre inventó otras herramientas intangibles, que forjó con la propia materia de su cuerpo, y que por lo demás eran invisibles.

 

«HACEDOR Y MODELADOR»

 

Si la mera supervivencia hubiese sido lo único que le importaba al hombre primitivo, podría haber sobrevivido con pertrechos no mejores que los que ya poseían sus inmediatos antepasados homínidos; pero surgió alguna necesidad adicional e imprecisa, alguna lucha interior (tan difícil, si no imposible, de explicar por las presiones exteriores del entorno, como, por ejemplo, la transformación del reptil en ave voladora), que debió impeler al hombre en su carrera y a partir de entonces ocupó sus días en algo más que la mera búsqueda de alimentos. La condición favorecedora de esta evolución fue la rica dotación neuronal del hombre; pero ese mismo hecho le dejaba demasiado expuesto a las incitaciones subjetivas, que le llevaban a someterse al molde de su especie, hundiéndose de nuevo en el redundante círculo animal y cooperando con el fluir del cambio orgánico.

Creo que el momento decisivo se dio cuando el hombre descubrió que su mente era polifacética y quedó fascinado por lo que halló en ella: imágenes que eran independientes de las que sus ojos veían, movimientos corporales rítmicos y reiterados que no obedecían a función inmediata alguna, pero que le complacían; acciones recordadas que podía repetir más perfectamente en la fantasía y llevar a cabo después, tras muchos ensayos... todo eso constituía una materia prima que estaba esperando ser moldeada, y este material, dada la original deficiencia de herramientas que padecían aquellos hombres tan primitivos, aparte de los órganos de su propio cuerpo, era más accesible a su manipulación que lo que encontraban en el entorno externo. Dicho de otro modo: la propia naturaleza del hombre era la parte más plástica y accesible de dicho entorno, por lo que la primera tarea fue fabricarse un nuevo yo, mentalmente muy rico y distinto, tanto en apariencia como en comportamiento, de su naturaleza de antropoide.

El establecimiento de la identidad humana no es un problema moderno. El hombre tuvo que aprender a ser humano, como ha tenido que aprender a hablar, y tal paso de la animalidad a la humanidad, decisivo, aunque gradual y sin fechas, y que aún está sin completar, se fue dando mediante los esfuerzos del hombre para modelarse y remodelarse a sí mismo, pues hasta que pudo establecer para sí una personalidad identificable, aunque ya no era animal, todavía no conseguía ser hombre. Tal auto transformación fue, sin duda alguna, la primera misión de la cultura humana; en efecto, todo avance cultural, aun hecho sin esta intención, es un esfuerzo para rehacer la personalidad humana. Desde el punto en que la naturaleza cesó de moldear al hombre, este emprendió (con la audacia que da la ignorancia) la ímproba tarea de modelarse a sí mismo.

 

Sir Julian Huxley (nacido el 22 de junio de 1887 en Londres; fallecido el 14 de febrero de 1975 en Londres) fue un biólogo, filósofo, educador y autor inglés que influyó enormemente en el desarrollo moderno de la embriología , la sistemática y los estudios del comportamiento y la evolución .

 

Si Julian Huxley tiene razón, la mayoría de las posibilidades filológicas y anatómicas de la vida orgánica fueron agotadas hace unos dos millones de años: «El tamaño, el poder, la velocidad, la eficiencia sensorial y muscular, las combinaciones químicas, la regulación de la temperatura, y todo lo demás» (a lo que hay que agregar un casi infinito número de cambios, mayores y menores), han sido modificaciones probadas tanto en el color como en la textura y la forma. Apenas eran posibles innovaciones radicales de valor práctico o significativas en el ámbito puramente orgánico, aunque siguieron produciéndose muchas mejoras, como el continuo desarrollo del sistema nervioso de los primates. El hombre abrió nuevos caminos evolutivos mediante la auto experimentación; mucho antes de que intentara dominar su entorno físico, intentó transformarse a sí mismo.

Esta hazaña de la auto transformación estuvo acompañada por cambios corporales, tal como lo atestiguan los fragmentos de antiquísimos esqueletos que aún se conservan; pero la proyección cultural del yo del hombre fue todavía más rápida, pues su prolongada infancia biológica le permitía vivir un estado plástico y moldeable que alentaba la experimentación con todos los órganos corporales posibles, no considerándolos ya por sus meros oficios funcionales, sino proyectándolos para nuevos fines, como instrumentos de la mente humana, llena de aspiraciones. Las disciplinadísimas prácticas del yoga, con su control consciente de la respiración, de los latidos del corazón, de la vejiga y del recto, para lograr la máxima exaltación mental, nos recuerdan los esfuerzos iniciales del hombre tanto para controlar sus órganos corporales como para darles otros usos que los fisiológicos habituales.

Hasta puede definirse al hombre como una criatura que nunca estuvo «en estado de naturaleza», pues en cuanto se reconoció como hombre, ya se encontró en «estado de cultura». A esto solo hay que oponer las raras excepciones de los «niños salvajes» que sobrevivieron gracias a la compasión animal, pero que siempre carecieron de la capacidad de caminar erguidos y hablar, y cuyo carácter se mantuvo más cerca del de los animales con quienes habían convivido que del de los hombres, por lo que, en realidad, nunca aprendieron a ser totalmente humanos. Durante el siglo anterior hubo muchos intentos de describir la naturaleza específica del hombre, pero creo que nadie la ha caracterizado mejor que el renacentista Pico della Mirandola, pese a que su descripción esté envuelta en el lenguaje, ahora poco familiar, de la teología.

 

Pico della Mirandola, retrato atribuido a Cristofano dell'Altissimo (Florencia, Galería Uffizi).

 

«Dios», dice Pico della Mirandola, «dio al hombre una forma indeterminada, lo situó en el centro del mundo y le habló así: “Oh Adán: no te he dado ningún puesto fijo, ni una imagen peculiar, ni un empleo determinado. Tendrás y poseerás por tu decisión y elección propia aquel puesto, aquella imagen y aquellas tareas que tú quieras. A los demás les he prescrito una naturaleza regida por ciertas leyes. Tú marcarás tu naturaleza según la libertad que te entregué, pues no estás sometido a cauce angosto alguno. Te puse en medio del mundo para que miraras placenteramente a tu alrededor, contemplando lo que hay en él. No te hice celeste ni terrestre, ni mortal ni inmortal. Tú mismo te has de forjar la forma que prefieras para ti, pues eres el árbitro de tu honor, su modelador y diseñador. Con tu decisión puedes rebajarte hasta igualarte con los brutos, y puedes levantarte hasta las cosas divinas"».

Y esta opción reaparece en cada etapa de la evolución humana.

 

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