EL MITO DE LA MÁQUINA, por Lewis Mumford (Presentación y Capítulo 1)

EL MITO DE LA MÁQUINA

 

La necesidad de especulación disciplinada

Por Lewis Mumford

 

El hombre moderno ha trazado un cuadro curiosamente distorsionado de sí mismo al interpretar su historia remota de acuerdo con los módulos de su actual afán de fabricar máquinas y conquistar a la naturaleza. Una y otra vez justifica sus inquietudes actuales denominando a su antecesor prehistórico «un animal fabricante de herramientas» y dando por supuesto que los instrumentos materiales de producción predominaron sobre todas sus demás actividades. Mientras los paleontólogos consideraron los objetos materiales —sobre todo huesos y piedras— como la única prueba científicamente admisible de las actividades del hombre primitivo, nada pudo hacerse para modificar este estereotipo.

Pero a mí, como generalista que soy, me parece necesario poner en tela de juicio tan estrecho concepto. Hay valiosas razones para creer que el cerebro del hombre fue desde el principio mucho más importante que sus manos, y que su tamaño no puede haberse derivado exclusivamente de la fabricación y el uso de herramientas; que los ritos, el lenguaje y la organización social, que no dejaron huellas materiales, pero que están permanentemente presentes en todas las culturas, fueron, con toda probabilidad, los más importantes artefactos del hombre desde sus primeras etapas en adelante; y que incluso para dominar a la naturaleza o modificar su entorno, la principal preocupación del hombre primitivo fue utilizar su sistema nervioso, intensamente activo y super desarrollado, dando así forma a un yo humano que cada día se alejaba más de su antiguo yo animal, mediante la elaboración de símbolos, las únicas herramientas que podía construir utilizando los recursos que le proporcionaba su cuerpo: sueños, imágenes y sonidos.

El excesivo hincapié en el uso de herramientas se debió a una renuencia a tener en cuenta otras pruebas que las basadas en descubrimientos materiales, junto con la decisión de excluir actividades mucho más importantes que han caracterizado a todos los grupos humanos en todos los períodos y lugares conocidos. Aunque ninguna parte aislada de nuestra cultura actual puede ser considerada como clave del pasado sin arriesgarnos a cometer graves errores, en conjunto nuestra cultura sigue siendo el testimonio vivo de todo lo que los hombres han arrostrado, quede o no constancia de ello; y la propia existencia de lenguas altamente articuladas y gramaticalmente complejas en los albores de la civilización, hace más de cinco mil años, cuando las herramientas seguían siendo aún muy primitivas, hace pensar que la especie humana pudo haber tenido necesidades mucho más fundamentales que ganarse la vida, ya que esto podía haber continuado haciéndolo de la misma forma que lo hacían sus demás antepasados homínidos.

Siendo así, ¿qué necesidades fueron esas? Tales preguntas siguen aguardando respuesta, o más bien aún están por ser debidamente formuladas, pues no es posible plantearlas sin la previa buena voluntad de contemplar con serenidad las pruebas y aplicar la especulación racional, reforzada por las más cuidadosas analogías, a esos grandes espacios en blanco que encontramos en la existencia prehistórica, cuando por primera vez se formó el carácter del hombre como algo distinto del mero animal. Hasta ahora, tanto los antropólogos como los historiadores de la técnica se han precavido contra los errores especulativos dando demasiadas cosas por seguras, inclusive sus propias premisas, lo que les ha hecho caer en errores de interpretación mucho mayores que los que pretendían evitar.

El resultado ha sido una explicación unilateral de la evolución original del hombre centrada en torno a las herramientas de piedra; una simplificación metodológica, que en otros ámbitos ha sido abandonada como incompatible con la teoría general de la evolución y con la interpretación de áreas mejor documentadas de la historia de la humanidad.

Por supuesto, lo que ha limitado la investigación científica es el hecho de que en lo que se refiere a la mayor parte de los inicios sin documentar de la vida del hombre (salvo en lo tocante a un uno o dos por ciento de toda su existencia), no podemos hacer otra cosa que especular. Y es una cuestión muy espinosa, cuyas dificultades no disminuyen gracias a los hallazgos aislados de fragmentos de huesos y artefactos, ya que sin cierta perspicacia e imaginación, así como sin las correspondientes interpretaciones basadas en analogías, tales objetos sólidos nos cuentan demasiado poco. Pero prescindir de la especulación puede ser aun más embrutecedor, ya que eso daría a la historia posterior y documentada del hombre aspecto de hecho singular y súbito, como si hubiese irrumpido en nuestro mundo una especie diferente. Al hablar de la «revolución agrícola» o la «revolución urbana», solemos olvidarnos de las muchas colinas por las que habrá tenido que trepar la raza humana antes de poder alcanzar tales cumbres. Permítaseme, por tanto, abogar en pro de la especulación como instrumento necesario para llegar al conocimiento adecuado.

 

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EL MITO DE LA MÁQUINA

Técnica y evolución humana

Por Lewis Mumford

EL MITO DE LA MÁQUINA

 

CAPÍTULO I

 

Ritos, arte, poesía, drama, música, danza, filosofía, ciencia, mitos, religión... son todos componentes esenciales del alimento cotidiano del hombre, pues la auténtica vida de los seres humanos no solo consiste en las actividades laboriosas que directamente los sustentan, sino también en las actividades simbólicas que dan sentido tanto a los procesos de su quehacer como a sus últimos productos y consecuencias.

La condición del hombre (1944)

 

TODO EL MUNDO RECONOCE que en el último siglo hemos sido testigos de transformaciones radicales en el entorno humano, debidas en no poca medida al impacto de las ciencias matemáticas y físicas sobre la tecnología. Este desplazamiento de la técnica empírica, basada en la tradición, hacia una modalidad experimental ha abierto nuevos horizontes, como los de la energía nuclear, el transporte supersónico, la cibernética y la comunicación instantánea a enormes distancias. Desde la época de las pirámides nunca se habían consumado cambios físicos tan inmensos en un tiempo tan breve. Estos cambios, a su vez, han producido notables alteraciones en la personalidad humana, y si el proceso sigue adelante, con furia incólume y sin corregir, nos aguardan transformaciones más radicales todavía.

De acuerdo con el panorama habitualmente aceptado de la relación entre el hombre y la técnica, nuestra época está pasando del estado primigenio del hombre, marcado por la invención de armas y herramientas con el fin de dominar las fuerzas de la naturaleza, a una condición radicalmente diferente, en la que no solo habrá conquistado la naturaleza, sino que se habrá separado todo lo posible del hábitat orgánico.

Con esta nueva «megatécnica» la minoría dominante creará una estructura uniforme, omniabarcante y superplanetaria diseñada para operar de forma automática. En vez de obrar como una personalidad autónoma y activa, el hombre se convertirá en un animal pasivo y sin objetivos propios, en una especie de animal condicionado por las máquinas, cuyas funciones específicas (tal como los técnicos interpretan ahora el papel del hombre) nutrirán dicha máquina o serán estrictamente limitadas y controladas en provecho de determinadas organizaciones colectivas y despersonalizadas.

Mi propósito al redactar este libro es discutir tanto los supuestos como las previsiones en las que se ha basado nuestro compromiso con las actuales formas de progreso científico y técnico, consideradas como un fin en sí mismas. Aportaré pruebas que arrojen dudas sobre las teorías en boga acerca de la naturaleza fundamental del hombre, que sobre estiman la función que antaño ejercieron en la evolución humana las primeras herramientas, y que ahora es ejercida por las máquinas. Sostendré no solo que Karl Marx se equivocó al atribuir a los instrumentos materiales de producción el lugar central y la función rectora en la evolución humana, sino que incluso la interpretación aparentemente benévola de Teilhard de Chardin adjudica retrospectivamente a toda la historia de la humanidad el estrecho racionalismo tecnológico de nuestra propia época y proyecta sobre el futuro un estado definitivo que pondría fin a toda posibilidad de evolución humana. En ese «punto omega» de la naturaleza autónoma original del hombre ya no quedaría sino la inteligencia organizada: un barniz omnipotente y universal de espíritu abstracto, despojado de amor y de vida.

Ahora bien, sin investigar en profundidad la naturaleza histórica del hombre no lograremos comprender la función que ha desempeñado la técnica en la evolución humana. En el transcurso del siglo anterior esta perspectiva se ha difuminado porque ha sido condicionada por un entorno social en el que proliferaron de repente una multitud de nuevos inventos mecánicos que destruyeron los antiguos procesos e instituciones y alteraron el concepto tradicional tanto de las limitaciones humanas como de las posibilidades de la técnica.

 

 

Nuestros predecesores asociaron de forma errónea sus peculiares formas de progreso mecánico con un injustificable sentimiento de superioridad moral en aumento; nuestros contemporáneos, en cambio, que tienen motivos para rechazar esa presuntuosa fe victoriana en la mejoría obligada de todas las demás instituciones humanas gracias a la hegemonía de las máquinas, se concentran, a pesar de todo y con maniático fervor, en la expansión continua de la ciencia y la tecnología... como si solo ellas pudieran proporcionar mágicamente los únicos medios para salvar a la humanidad. Puesto que nuestro actual exceso de dependencia de la técnica se debe en parte a una interpretación radicalmente errónea de todo el curso de la evolución humana, el primer paso para recuperar nuestro equilibrio consiste en pasar revista a las principales etapas de la aparición del hombre, desde sus orígenes hasta hoy.

Precisamente por ser tan obvia la necesidad de herramientas en el hombre, debemos precavernos contra la tendencia a sobre estimar el papel de las herramientas de piedra cientos de miles de años antes de que llegaran a ser funcionalmente diferenciadas y eficientes. Al considerar la fabricación de herramientas como un elemento fundamental para la supervivencia del hombre primitivo, los biólogos y antropólogos durante mucho tiempo han quitado importancia, o cuando menos descuidado, a multitud de actividades en las que muchas otras especies tuvieron, también durante mucho tiempo, conocimientos superiores a los del hombre. Pese a las pruebas en sentido contrario aportadas por R. U. Sayce, Daryll Forde y André Leroi-Gourhan, todavía se tiende a identificar las herramientas y las máquinas con la tecnología: a sustituir la parte por el todo.

Incluso a la hora de describir solo los componentes materiales de la técnica, se pasa por alto la función, igualmente decisiva, de los recipientes, en primer lugar los hogares, los pozos, las trampas, las redes; después, los canastos, los arcones, los establos, las casas... por no hablar de recipientes colectivos posteriores, como los depósitos, canales y ciudades. Tales componentes estáticos desempeñan importantes funciones en toda tecnología, incluso en nuestros días, como demuestran los transformadores de alta tensión, en las gigantescas retortas de las fábricas de productos químicos y los reactores atómicos.

Cualquier definición adecuada de la técnica debería dejar claro que muchos insectos, pájaros y mamíferos habían realizado innovaciones mucho más radicales en la fabricación de recipientes (con sus intrincados nidos y enramadas, sus colmenas geométricas, sus hormigueros y termiteros urbanoides, sus madrigueras de castor, etc.), que los antepasados del hombre en la fabricación de herramientas hasta la aparición del Homo sapiens. En resuman, si la habilidad técnica bastase como criterio para identificar y fomentar la inteligencia, comparado con muchas otras especies, el hombre fue durante mucho tiempo un rezagado. Las consecuencias de todo ello deberían ser evidentes, a saber, que la fabricación de herramientas no tuvo nada de singularmente humano hasta que se vio modificada por símbolos lingüísticos, diseños estéticos y conocimientos socialmente transmitidos. Y lo que marcó tan profunda diferencia no fue la mano del hombre, sino su cerebro... que no podía ser un producto más del trabajo manual, pues ya lo encontramos bien desarrollado en criaturas de cuatro patas (como las ratas), que no tienen manos con dedos libres.

Hace más de un siglo, Thomas Carlyle describió al hombre como «un animal que usa herramientas», como si se

Thomas Carlyle

tratase del único rasgo que lo elevaba por encima de los demás seres del reino animal. Semejante sobre estimación de las herramientas, las armas, los aparatos físicos y las máquinas ha sumido en la oscuridad la senda real de la evolución humana. Definir al hombre como un animal que usa herramientas, aun corrigiéndola con la aclaración «fabricante de herramientas», se le habría antojado extraño a Platón, que atribuyó el surgimiento del hombre de su estado primitivo tanto a Marsias y Orfeo (creadores de la música), como a Prometeo (que robó el fuego), o a Hefestos (el dios-herrero), único trabajador manual del Panteón olímpico.

Sin embargo, la descripción del hombre como animal esencialmente «fabricante de herramientas» ha arraigado tanto que el mero descubrimiento de los fragmentos de unos cráneos de pequeños primates en las inmediaciones de unos cuantos guijarros tallados (caso de los australopitecos en África) bastó para que su descubridor (el doctor L. S. B. Leakey) identificase a dichas criaturas como antepasados directos del ser humano, pese a sus marcadas divergencias físicas tanto con los monos como con los hombres posteriores. Puesto que los sub-homínidos de Leakey tenían una capacidad cerebral de aproximadamente una tercera parte de la del Homo sapiens (menor incluso que la de algunos simios), está claro que la capacidad de tallar y emplear toscas herramientas de piedra no exigía, ni mucho menos engendró por sí sola, la espléndida dotación cerebral del hombre.

Si los australopitecos carecían de los requisitos previos de otras características humanas, el hecho de que estuvieran en posesión de ciertas herramientas solo probaría que al menos otra especie, al margen del verdadero género Homo, podía vanagloriarse de semejante rasgo, del mismo modo que los papagayos y las urracas comparten con nosotros el rasgo distintivamente humano del habla, y el tilonorrinco el del esmero en la decoración y el embellecimiento de su vivienda. Y es que ningún rasgo aislado, ni siquiera la fabricación de herramientas, basta por sí solo para identificar al hombre, pues lo especial y singularmente humano es su capacidad para combinar una amplia variedad de propensiones animales hasta obtener una entidad cultural emergente: la personalidad humana.

Si los primeros investigadores hubiesen apreciado debidamente la equivalencia funcional exacta entre la fabricación de herramientas y la fabricación de utensilios, les habría resultado evidente que no hay nada notable en los artefactos de piedra tallados a mano por el hombre hasta que la evolución de este ya está muy adelantada. Incluso un pariente lejano del hombre —el gorila— sabe hacer colchones de hojas para dormir confortablemente sobre ellos, y tender puentes de grandes tallos de helechos sobre arroyos poco profundos, seguramente para no mojarse ni lastimarse los pies. Y hasta los niños de cinco años, que ya saben hablar, leer y razonar, dan muestra de escasa aptitud para usar herramientas, y mucho menos para fabricarlas; por tanto, si lo que contara fuese la fabricación de herramientas, apenas podrían considerárseles humanos.

 

 

Tenemos motivos para sospechar que los primeros hombres poseían la misma clase de facilidades y análogas ineptitudes. Cuando busquemos pruebas en favor de la genuina superioridad del hombre respecto de las demás criaturas, haríamos bien en procurarnos otras pruebas que sus pobres herramientas de piedra; o más bien deberíamos preguntarnos qué actividades le preocuparon durante los innumerables años en que con los mismos materiales y análogos movimientos musculares que más tarde empleó con tanta destreza, podría haber fabricado herramientas mejores.

Responderé a esta pregunta de forma más detallada en los primeros capítulos de este libro; pero desde ahora mismo adelantaré la conclusión declarando que las técnicas primitivas no tuvieron nada de específicamente humanas, si dejamos a un lado el uso y la conservación del fuego, hasta que el hombre reconstituyó sus órganos físicos empleándolos para funciones y finalidades muy alejados de los originarios. Es probable que su primera gran reconstitución y modificación definitiva fuera transformar los miembros delanteros del cuadrúpedo, logrando que dejasen de ser meros órganos especializados en la locomoción, para convertirlos en herramientas multiuso aptas para trepar, agarrar, golpear, desgarrar, batir, escarbar y sostener. Las manos del hombre primitivo, así como sus herramientas de piedra y madera, desempeñaron funciones muy significativas en su evolución, sobre todo porque, como ha indicado Du Brul, facilitaron las operaciones preparatorias para la recogida, el transporte y la molienda de alimentos y como consecuencia, dejaron la boca libre para hablar.

 

 

Si bien el hombre fue, desde luego, un fabricante de herramientas, desde el principio estuvo dotado de una herramienta fundamental, apta para todo y más importante que todos los útiles de los que después logró dotarse: su propio cuerpo, animado por su mente en todas y cada una de sus partes, incluso las que fabricaban cachiporras, hachas de piedra o lanzas de madera. Para compensar la extrema pobreza de esos mecanismos de trabajo, el hombre primitivo disponía de un activo mucho más importante, que amplió todo su horizonte técnico: una dotación biológica mucho más rica que la de cualquier otro animal, un cuerpo no especializado en ninguna actividad exclusiva y un cerebro capaz de escudriñar amplísimos horizontes y coordinar las diversas partes de su experiencia. Precisamente por su extraordinaria plasticidad y sensibilidad, podía utilizar una porción mayor tanto de su entorno externo como de sus recursos psicosomáticos internos.

Gracias a ese cerebro super desarrollado y siempre activo, el hombre tenía más energía mental de la necesaria para su mera supervivencia animal, y en consecuencia necesitaba canalizar dichas energías, no solo para reunir alimentos o reproducirse sexualmente, sino hacia modos de vida que transformaran esas energías de forma más directa y constructiva en formas culturales —es decir, simbólicas— apropiadas. Solo creando válvulas de escape culturales podía el hombre acceder a su propia naturaleza y controlarla y utilizarla plenamente. Las «labores» culturales prevalecieron, por necesidad, sobre el trabajo manual. Estas nuevas actividades implicaban mucho más que la disciplina de manos, músculos y ojos en la fabricación y el uso de herramientas, por útiles que estas fueran: también exigían el control de todas las funciones naturales del hombre, incluyendo sus órganos de excreción, sus desmesuradas emociones, sus promiscuas actividades sexuales y sus atormentados y estimulantes sueños.

Mediante la tenaz exploración que el hombre hizo de sus capacidades orgánicas, se asignaron nuevos papeles a ojos, oídos, nariz, lengua, labios y órganos sexuales. Hasta la mano dejó de ser, como antes, una mera herramienta callosa especializada: ahora acariciaba el cuerpo amado, estrechaba al bebé contra el pecho, hacía gestos significativos, o expresaba en rituales compartidos y danzas pre-establecidas sentimientos de otro modo inexpresables acerca de la vida o la muerte, de un pasado documentado en la memoria o de un futuro preocupante. Por tanto la técnica de las herramientas no es más que un fragmento de la biotécnica, de la dotación vital total del hombre.

Este don de la energía neuronal excedentaria ya estaba presente en los antepasados del hombre. La Dra. Alison Jolly ha explicado recientemente que el desarrollo del cerebro de los lemúridos se deriva de su vocación lúdico-atlética, sus acicalamientos recíprocos y su sociabilidad acentuada, más que de su costumbre de utilizar herramientas y recolectar alimentos; la curiosidad exploratoria del hombre, su capacidad de imitar y sus manipulaciones, ociosas y sin pretensión de contrapartida ulterior alguna, ya eran algo manifiesto en sus parientes simiescos. En el lenguaje popular de diversos países, «hacer monerías» o andar «moneando» son formas de identificar esa inclinación lúdica sin propósito utilitario alguno. Más adelante mostraré que incluso hay motivos para suponer que los modelos estandarizados observables en la fabricación primitiva de herramientas pueden derivarse, en gran parte, de los movimientos estrictamente repetitivos de los rituales, los cánticos y las danzas... formas que desde hace muchísimos siglos existieron en estado perfecto entre los pueblos primitivos, generalmente en un estilo mucho más refinado que sus herramientas.

No hace mucho, el historiador holandés J. Huizinga presentó m su Homo ludens multitud de pruebas para proponer la hipótesis de que el juego, antes que el trabajo, fue el elemento constituyente de la cultura humana y que las actividades más serias del hombre pertenecen al ámbito de los pasatiempos. De acuerdo con este criterio, el ritual y la mimesis, los deportes, los juegos y las representaciones teatrales, emanciparon al hombre de sus insistentes vínculos animales. Y nada podría demostrarlo mejor, se me ocurre añadir, que esas ceremonias primitivas en las que el hombre jugaba a ser otra clase de animal. Mucho antes de que hubiese adquirido la facultad de transformar el entorno natural, el hombre había creado un entorno en miniatura -el campo simbólico del juego-, en el que todas las funciones vitales podían reconstituirse de modo estrictamente humano, al igual que en un juego.

Tan sorprendente era la tesis de Homo ludens que su asombrado traductor modificó deliberadamente la expresa declaración de Huizinga según la cual toda cultura era una forma de juego, por la noción, más obvia y convencional, de que el juego es un elemento de la cultura. Pero la noción de que el hombre no es ni Homo sapiens ni homo ludens, sino ante todo homo faber, se había apoderado tan firme y profundamente del pensamiento occidental contemporáneo, que la sostuvo hasta Henri Bergson. Tan seguros estaban los arqueólogos del siglo XIX de la primacía de las herramientas de piedra y las lanzas en la «lucha por la existencia», que incluso cuando en 1879 se descubrieron

Henri Bergson

en España las primeras pinturas rupestres, «competentes autoridades» las denunciaron de antemano como una patraña escandalosa, basándose en el argumento de que los cazadores de la Edad de Hielo no podrían haber dispuesto ni del tiempo libre ni de la espiritualidad precisa para producir el elegante arte de Altamira.

Pero lo que el Homo sapiens poseía ya en grado singular era el espíritu precisamente: un espíritu basado en el empleo más completo posible de todos sus órganos corporales, no solo de las manos. En esta crítica de los estereotipos tecnológicos obsoletos, yo iría aún más lejos, pues sostengo que, en cada etapa, el objetivo de los inventos y transformaciones del hombre fue menos el de acrecentar la provisión de alimentos o controlar la naturaleza, que el de emplear sus propios e inmensos recursos orgánicos para expresar su potencialidad latente, colmando así sus aspiraciones y demandas supra orgánicas de forma más plena.

Edward Burnett Tylor

Cuando el hombre no se veía coartado por las presiones hostiles del entorno, la elaboración de una cultura simbólica respondía a una necesidad más imperativa que la de controlar el entorno, y es inevitable deducir que esta necesidad se anticipó ampliamente a la aparición de la segunda, y también que durante mucho tiempo le llevó la delantera. Entre los sociólogos, Leslie White merece nuestro reconocimiento por haber dado la debida importancia a este hecho e insistido en el «espiritualizar» y el «simbolizar» del hombre primitivo... aunque no haya hecho así sino recuperar para la generación actual las perspectivas originales del padre de la antropología, Edward Tylor.

De acuerdo con esta lectura, la evolución del lenguaje -culminación de las más elementales formas de expresión y transmisión de significados- fue incomparablemente más importante para la evolución humana posterior que la elaboración de una montaña de hachas manuales. Frente a la coordinación relativamente sencilla requerida para utilizar herramientas, el intrincado engranaje de los múltiples órganos necesarios para crear el lenguaje articulado fue un progreso mucho más sorprendente. Este esfuerzo debe de haber ocupado gran parte del tiempo, las energías y la actividad mental de los primeros hombres, pues el producto colectivo final (el lenguaje articulado) ya era infinitamente más complejo y sofisticado en los albores de la civilización que toda la dotación de herramientas de Mesopotamia o Egipto.

Así pues, considerar al hombre ante todo como un animal que usa herramientas equivale a pasar por alto los principales capítulos de la historia de la humanidad. Frente a tan petrificada teoría, expondré el punto de vista según el cual el hombre es antes un animal fabricante de espíritu, capaz de dominarse y diseñarse a sí mismo, y también que el foco principal de sus actividades es ante todo su propio organismo y la organización social en la que este encuentra su más plena expresión. Hasta que el hombre no logró hacer algo de sí, poco pudo hacer del mundo que le rodeaba.

En este proceso de auto descubrimiento y auto transformación, las herramientas en sentido estricto rindieron buenos servicios como instrumentos subsidiarios, pero no como principal agente de la evolución humana, pues hasta llegar a nuestra época la técnica nunca se ha disociado de la totalidad cultural más amplia en cuyo seno ha funcionado siempre el hombre en tanto ser humano. Es característico que en griego clásico la palabra tekhné no distinga entre producción industrial y arte «refinado» o simbólico, y que durante la mayor parte de la historia humana estos fuesen aspectos inseparables, pues por un lado se atenía a las condiciones y funciones objetivas, y por otro respondía a necesidades subjetivas.

 

Techo de la Gran Sala desde el punto de vista de un visitante actual

 

En el punto de partida, la técnica estaba relacionada con la naturaleza total del hombre, que participaba activamente en todos los aspectos de la industria; de este modo, en el principio, la técnica estuvo centrada en la vida, no en el trabajo ni en el poder. Como en cualquier otro complejo ecológico, la diversidad de los intereses y objetivos humanos, así como las distintas necesidades orgánicas, evitaron la hipertrofia de cualquiera de sus componentes aislados. Aunque el lenguaje fuera la más poderosa expresión simbólica del hombre, surgió, como intentaré demostrar, de la misma fuente común que finalmente engendró la máquina: del orden primigenio y repetitivo de lo ritual, una forma de orden que el hombre se vio obligado a desarrollar en defensa propia, para poder controlar la tremenda sobrecarga de energía psíquica que su voluminoso cerebro ponía ya a su disposición.

Lejos de menospreciar el papel de la técnica, sin embargo, de-mostraré más bien que en cuanto se estableció esta organización interna básica, la técnica sirvió de apoyo a la expresión humana y amplió sus posibilidades. La disciplina adquirida en la fabricación: y aplicación de herramientas sirvió como oportuno correctivo, según esta hipótesis, para el exorbitante poder de invención que el lenguaje articulado otorgó al hombre... poder que de lo contrario habría hinchado en exceso al ego y tentado al hombre de sustituir el trabajo eficiente por fórmulas verbales mágicas.

 

 

Según esta interpretación, el logro específicamente humano, que separó al hombre de sus parientes antropoides más próximos, fue la formación de un nuevo yo, notablemente distinto en apariencia, conducta y plan de vida de sus primitivos antepasados animales. A medida que esta diferenciación se fue ampliando y el número de «señas de identidad» claramente humanas aumentó, el hombre aceleró el proceso de su propia evolución, logrando mediante la cultura y en un plazo relativamente corto cambios que otras especies obtuvieron laboriosamente a través de procesos orgánicos, cuyos resultados, en contraste con los modos culturales del hombre, no eran fáciles de corregir, mejorar o suprimir.

De entonces en adelante, la principal ocupación del hombre fue su auto transformación, grupo por grupo, región por región, cultura por cultura. Este proceso no solo salvó al hombre de quedar permanentemente fijado a su condición animal originaria, sino que también emancipó a su órgano más desarrollado, el cerebro, dejándolo disponible para tareas distintas que las de asegurar la supervivencia física. El rasgo humano dominante, fundamento de todos los demás, es esta capacidad de auto identificación consciente, de auto transformación y, en definitiva, de auto conocimiento.

Todas las manifestaciones de la cultura humana, desde el ritual y el lenguaje hasta la indumentaria y la organización social, tienen como finalidad última remodelar el organismo y la expresión de la personalidad del hombre. Si solo ahora hemos reconocido este rasgo característico, quizá sea porque el arte, la política y la técnica contemporáneos ofrecen amplios indicios de que el hombre puede estar a punto de perderlo y convertirse, no ya en un animal inferior, sino en un insignificante ameboide informe.

Al refundir las estereotipadas representaciones de la evolución humana, afortunadamente he podido echar mano de un corpus cada vez más amplio de pruebas biológicas y antropológicas que hasta ahora no había sido correlacionado ni interpretado de forma plena. No obstante, me doy perfecta cuenta, por supuesto, de que a pesar de estas bases sustanciales, los temas principales que voy a desarrollar y, con mayor motivo aún, las hipótesis especulativas subsidiarias, toparán con un justificado escepticismo, pues todavía han de ser sometidas a escrutinio crítico competente. ¿He de decir que, lejos de partir del deseo de refutar las opiniones ortodoxas prevalecientes, en un principio las acepté respetuosamente, puesto que no conocía otras? Solo al no haber podido descubrir fundamento alguno para explicar la abrumadora adhesión del hombre moderno a su tecnología, aún a expensas de su salud, de su seguridad física, de su equilibrio mental y de su posible desenvolvimiento futuro, me decidí a rexaminar la naturaleza del hombre y todo el curso de los cambios tecnológicos.

Además de descubrir el campo aborigen de la inventiva humana, no en la tarea de fabricación de herramientas externas, sino ante todo en la reconstrucción de sus órganos corporales, he intentado seguir otra pista mucho más reciente: examinar la amplia veta de irracionalidad que recorre toda la historia humana, en oposición a su herencia animal, sensata y funcionalmente racional. En comparación con otros antropoides, cabría aludir sin ironía a la superior irracionalidad del hombre. Sin duda la evolución humana pone de manifiesto una predisposición crónica al error, la maldad, las fantasías desorbitadas, las alucinaciones, el «pecado original» y hasta la mala conducta socialmente organizada y santificada, como se constata en la práctica de los sacrificios humanos y las torturas legalizadas. Al escapar de las determinaciones orgánicas, el hombre renunció a la innata humildad y estabilidad mental de especies menos aventureras. Y no obstante, algunos de sus descubrimientos más erráticos abrieron valiosos ámbitos que la evolución puramente orgánica jamás había explorado a lo largo de miles de millones de años.

Fueron muchos los infortunios que siguieron a este proceso por el que el hombre abandonó su mera animalidad, pero también fueron muchas las ganancias. La propensión del hombre a mezclar fantasías y proyecciones, deseos y designios, abstracciones e ideologías, con los lugares comunes de la experiencia cotidiana, se convirtieron (ahora se ve mejor) en una fuente importante de enorme creatividad. No existe ninguna línea divisoria nítida entre lo irracional y lo suprarracional, y la administración de estos dones ambivalentes siempre ha sido uno de los principales problemas de la humanidad. Una de las razones por las que las actuales interpretaciones utilitarias de la ciencia y la técnica son tan poco profundas es que desconocen que este aspecto de la cultura humana ha estado tan abierto como cualquier otra parte de la existencia del hombre tanto a aspiraciones trascendentales como a compulsiones demoníacas, y nunca ha estado tan abierto ni ha sido tan vulnerable como hoy.

 

 

Los factores irracionales que a veces impulsaron constructivamente la ulterior evolución humana (pese a que muy a menudo también la distorsionaron) se hicieron patentes en el momento en que los elementos formativos de las culturas paleolíticas y neolíticas se unieron en la gran implosión cultural que tuvo lugar hacia el cuarto milenio a. C., que suele denominarse «el nacimiento de la civilización». Desde el punto de vista técnico, lo más notable de esta transformación es que no fue el resultado de inventos mecánicos, sino de una forma de organización social radicalmente nueva: un producto del mito, la magia, la religión y la naciente ciencia de la astronomía. La implosión de fuerzas políticas sagradas y de instalaciones tecnológicas no puede explicarse mediante ningún inventario de herramientas, máquinas elementales y procesos técnicos entonces disponibles. Tampoco el carromato, el arado, la rueda de alfarero ni los carros militares podrían haber provocado por sí solos las grandiosas transformaciones que se produjeron en los grandes valles de Egipto, Mesopotamia y la India, y que acabaron por transmitirse, poco a poco o por oleadas, a muchas otras partes del planeta.

El estudio de la Era de las Pirámides que llevé a cabo como preparación de La ciudad en la historia me reveló de forma imprevista que entre las primeras civilizaciones autoritarias del Próximo Oriente y la nuestra hay un estrecho paralelismo, pese a que la mayoría de nuestros contemporáneos siguen considerando la técnica moderna no solo como punto culminante de la evolución intelectual del hombre, sino como fenómeno totalmente nuevo. Muy al contrario, descubrí que lo que los economistas denominan últimamente la «Era del Maquinismo», o la «Era de la Energía», se originó, no en la llamada «revolución industrial» del siglo XVIII, sino desde el principio mismo de la civilización, en la organización de una máquina arquetípica, compuesta de partes humanas.

En relación con este nuevo mecanismo cabe subrayar dos rasgos que lo identifican a lo largo de su curso histórico hasta llegar al presente: el primero es que los organizadores de la máquina remitían su poderío y su autoridad a una fuente celestial. El orden cósmico era el fundamento de este nuevo orden humano. La exactitud en las medidas, el sistema mecánico abstracto y la regularidad compulsiva de esta «megamáquina», como la llamaré, surgieron directamente de la observación astronómica y el cálculo científico. Semejante orden, inflexible y previsible, incorporado más tarde al calendario, se transfirió a la regimentación de los componentes humanos. Este orden mecanizado, a diferencia de otras formas anteriores del orden ritualizado, era exterior al hombre. Mediante la combinación del mandato divino y una despiadada coacción militar, amplias poblaciones se vieron obligadas a soportar una agobiante pobreza y trabajos forzados en el desempeño de tareas rutinarias que embotaban la mente, para asegurar «Vida, Prosperidad y Salud» al soberano divino o semi divino y su séquito.

 

 

El segundo rasgo que debemos subrayar es que los graves defectos sociales de esta gran máquina humana fueron compensados en parte por sus magníficos logros en lo que se refiere al control de las inundaciones y la producción de cereales, que pusieron los cimientos para conquistas cada vez más amplias en todos los ámbitos de la cultura humana: en la arquitectura monumental, en la codificación de la ley, en el pensamiento sistemáticamente ejercido y documentado de modo permanente, y también en la multiplicación de las potencialidades de la mente mediante la reunión en centros ceremoniales urbanos de una población variopinta, con muy distintos trasfondos regionales y vocacionales. Tal orden, tal abundancia, tal seguridad colectiva y tan estimulante mezcla cultural, se logró primero en Mesopotamia y en Egipto, y más tarde en la India, China y Persia, así como en las culturas andina y maya. Y jamás fueron superadas hasta que la megamáquina fue reconstituida bajo una nueva forma en nuestros días. Por desgracia, estos progresos culturales fueron ampliamente contrarrestados por regresiones sociales de idéntica magnitud.

Desde el punto de vista conceptual, hace cinco mil años los instrumentos de mecanización ya se habían emancipado de toda función y objetivo humano, salvo el aumento continuo del orden, el poderío, la previsión y, ante todo, del control. Esta ideología protocientífica iba acompañada de la regimentación correspondiente y la degradación de actividades humanas que en otro tiempo habían sido autónomas: fue entonces cuando hicieron su aparición, por primera vez, la «cultura de masas» y el «control de masas». Con mordaz simbolismo, los productos definitivos de la megamáquina en Egipto fueron tumbas colosales habitadas por cadáveres momificados, mientras que más tarde en Asiria, como sucedería reiteradamente en todos los imperios en expansión, el principal testimonio de la eficiencia técnica de la megamáquina fue una inmensa extensión de ciudades y aldeas devastadas y campos estériles, prototipo de las atrocidades «civilizadas» semejantes de nuestra época. En cuanto a las monumentales pirámides egipcias, ¿qué son sino el equivalente estático exacto de nuestros cohetes espaciales? Ambos son artilugios para asegurar a un coste extravagante un pasaje al Cielo para unos cuantos privilegiados.

 

En cuanto a las monumentales pirámides egipcias, ¿qué son sino el equivalente estático exacto de nuestros cohetes espaciales? Ambos son artilugios para asegurar a un coste extravagante un pasaje al Cielo para unos cuantos privilegiados

 

Los colosales desmanes de una cultura deshumanizada centrada solo en el poder manchan repetida y monótonamente las páginas de la historia, desde el saqueo de Sumer hasta la destrucción de Varsovia y Rotterdam, de Tokio y de Hiroshima. Más pronto o más tarde (es lo que se deduce de este análisis) tendremos que tener el valor de preguntamos: ¿acaso la asociación de un poder y una productividad desmesurados con una violencia y una destructividad igualmente desmesurada es algo puramente accidental?

 

 

A medida que desentrañaba este paralelismo y seguía la pista de la máquina arquetípica en la historia posterior de Occidente, quedaron extrañamente aclaradas muchas manifestaciones irracionales y oscuras de nuestra cultura altamente mecanizada y supuestamente racional, pues en ambos casos, unos progresos inmensos en saberes valiosos y productividad aprovechable fueron anulados por una proliferación igualmente grande de derroches ostentosos, hostilidad paranoica, destructividad insensata y espantosos exterminios aleatorios.

Este estudio conducirá al lector hasta los umbrales del mundo moderno: a la Europa Occidental del siglo XVI. Aunque algunas de sus implicaciones no puedan apreciarse en su totalidad hasta que los sucesos de los últimos cuatro siglos sean debidamente examinados y evaluados de nuevo, para las inteligencias suficientemente perspicaces, buena parte de lo preciso para comprender -y quizá corregir- el rumbo de la técnica contemporánea resultará ya patente desde los primeros capítulos. Esta interpretación ampliada del pasado es un paso imprescindible para librarse de la funesta insuficiencia de los conocimientos de una sola generación. Si no nos tomamos el tiempo indispensable para examinar el pasado, nos faltará la perspicacia necesaria para comprender el presente y dar rumbo al futuro, pues el pasado nunca nos abandona, y el futuro ya está aquí.

 

 

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