«El tiempo y la máquina», por Aldous Huxley

ENSAYOS DE ALDOUS HUXLEY: El tiempo y la maquina. 

Por Emir Rodríguez MONEGAL

El tiempo y la maquina

 

Muchos lectores de esas Hojas estériles, de Contrapunto, de Con los esclavos en la noria han lamentado que el autor no supiera resistir a la tentación de exponer su sabiduría y no dejara de intercalar insistentemente en la narración extensas disquisiciones o apretados ensayos. Otros lectores, por el contrario, han lamentado que la intriga novelesca, más o menos previsible, interrumpiera las brillantes  reflexiones, las sagaces observaciones de los personajes. Para estos lectores publica Huxley sus ensayos; para ellos la editorial Losada ha recogido; bajo el insospechable titulo de El tiempo y la maquina, diez ensayos diversos.

La primera observación ineludible del lector se refiere a la unidad intelectual y estilística que manifiesta la selección. No importa que el tema sea el esnobismo inglés o El sueño de Felipe II de El Greco; no importa que en ocho páginas se satirice el fetichismo moderno o que en cuarentena se trace un retrato de David Lawrence. La unidad se halla siempre presente (por encima de la diversidad de temas, por encima de la extensión de cada ensayo); ella hace más sabrosa la lectura del volumen.

Dicha unidad responde a varios motivos: la actitud intelectual y moral frente al mundo, la identidad estilística, la reiteración de conceptos fundamentales, la proximidad en la fecha de composición de los ensayos. La nota fundamental está dada por la actitud del autor frente al mundo. En todos los ensayos se transparenta una misma concepción vitalista, desconfiada de lo meramente intelectual, que usa el intelecto para destruir sus propias falacias; una actitud de reverencia hacia la riqueza y multiplicidad del mundo y una actitud de desprecio por la mentira y el engaño en que vive el hombre corriente. Puede observarse plenamente esta doble y única actitud en el ensayo sobre D.H. Lawrence, en los titulados Uno y muchos y En un oasis de Túnez. Esa actitud vitalista, que parecerá increíble a quien solo conozca a Hurxley por lo que opinan los que no lo leen (o lo leen mal); representa una etapa fundamental de su evolución. En la pagina 164 dice:

Doy por sentado –es un acto de fe- que mayor proporción e intensidad de vida es preferible a una proporción  menor y más débil”.

En esas palabras se explicita y se condensa lo que aparece desarrollado en los citados ensayos. En ese momento, la influencia Lawrence es visible, pero no es avasalladora. Huxley corrige, de acuerdo con su peculiar manera de juzgar, la enseñanza de su amigo y ofrece una visión personal del mismo tema (Así, p.ej., no comparte el desprecio de Lawrence por la ciencia; ver págs. 19 a 20). Por otra parte, los momentos de esa actitud pueden rastrearse fácilmente en sus novelas. En Contrapunto (1928) se puede ver el planteamiento total del problema del hombre frente al mundo. (Es claro que se trata del intelectualizado hombre occidental de la post-guerra). En dicha obra cada personaje fundamental da una respuesta moral e intelectual a la vida, respuesta que ratifica con sus actitudes (p.ej., Rampion) o que desmiente con su conducta (p.ej., Burlap). La oposición que dibujan los caracteres representativos de Philip Quarles y Mark Ramplon presenta el problema en sus últimos términos.

Los ensayos contenidos en El tiempo y la maquina permiten conocer directamente el pensamiento de Huxley alrededor de 1928; permiten comprender, además, que es peligroso atribuir a un autor las opiniones de uno cualquiera de sus personajes (ya que las opiniones aquí vertidas difieren bastante de las de sus personajes); permiten comprender, finalmente, que la falsa imagen de Huxley- el frio y el ridículo intelectual- se ha formado tomando como modelo la caricatura del intelectual puro llamado Philip Quarles.  Estos ensayos tienen además un valor propio y ese valor independiente del conocimiento completo de la obra de Huxley por el lector. Cada uno de ellos interesa por si, por la riqueza de su pensamiento, por la finura de sus estilos, por la originalidad de sus enfoques. Dentro de la gran calidad de todos, se pueden elegir como mejores: D.H. Lawrence, Uno y muchos y De la vulgaridad de la literatura.

El ensayo sobre Lawrence es la presentación más exacta y profunda de la personalidad de este autor inglés. Sirvió originalmente de prologo a sus Letters, publicadas por Huxley en 1932. Define a Lawrence interiormente y aporta un conocimiento personal y directo. Es probablemente, el ensayo más importante sobre Lawrence, el que da más viva y fidedignamente la figura de este gran escritor. En De la vulgaridad en la literatura el tema se halla enfocado muy originalmente. El autor trata, ante todo, de expresar qué entiende por vulgaridad. Después de algunas observaciones circunstanciales llega a esta caracterización:

La vulgaridad es una bajeza que se proclama a sí misma; y esa proclamación es también intrínsecamente, una bajeza (p.56)”.

De acuerdo con esta concepción examina distintos tipos de vulgaridad, desde las actitudes de Vulliers de L`Isle Adam y de Flaubert, hasta los ejemplos ilustres de Poe (en sus poesías), de Romain Rolland (en Colas Breugnon), de Balzac (en Seraphita) y de Dickens (en La tienda de antigüedades). Las afirmaciones de Huxley en este ensayo (así como en los otros) serán discutibles, pero no pueden dejarse de lado. Y pese a la afirmación de Edmond Jaloux de que a Huxley, en sus novelas, le convendría un poco de vulgaridad, se sigue prefiriendo el punto de vista de este ultimo. Pero el ensayo más rico en contenido intelectual es Uno y muchos.  Aquí trata Huxley de definir la esencia de Dios, examinando las afirmaciones del monoteísmo y del politeísmo y enjuiciando su verdad o su falsedad de acuerdo con la esencia del hombre. La conclusión final es la de que el hombre es uno y múltiple ,pese a su no desmentido afán de ser uno, siempre inmutable; de ahí concluye que Dios (lo divino) es uno y muchos, y que el monoteísmo puro solo puede concebirse como doctrina pero no realizarse en la práctica. (El ejemplo que aporta de la vida en la Edad Media es muy sugestivo). Aparte del contenido esencial de este ensayo, la agilidad de la exposición, la alegre y clara inteligencia que revela, lo hacen uno de los más valiosos.

El estilo de los ensayos de Huxley es uno de los más puros y atractivos de la literatura contemporánea (comparable solo al de Valery o al de T.S.Elfot).

Posee cualidades que rara vez se ofrecen juntas: vivacidad imaginativa, rigor lógico, intuición poética, originalidad. Huxley desarrolla sus curiosos puntos de vista sin necesidad de recurrir al inteligente pero mecánico sistema de la paradoja (ver Chesteron o Shaw). Su punto de vista es original, pero usa de la sorpresa con mesura. Plantea su posición y luego la desarrolla precisamente, insistiendo con fuerza y concisión en los puntos fundamentales, no sacrificando la solidez de la expresión al fácil brillo. Por otra parte consigue un equilibrio estable entre el desarrollo lógico (impecable, nítido) y la metáfora (imprevista nueva) con que ilustra y hace plástico su pensamiento. Un ejemplo basta: “Algunos filósofos reducen deliberadamente la ración alimenticia-“¿Te parece propio de un filosofo preocuparse de los llamados placeres, tales como el comer y el beber?- No por cierto, Sócrates, dijo Simias”. (¡Qué ganas siente uno de pega un puntapié a estos imbéciles que siempre están de acuerdo con el viejo sofista, por grande que sea el despropósito que diga! Merecerían la cicuta cien veces más que su maestro). –“¿O las relaciones sexuales?” continúa Sócrates. –No.- ¿O todos los cuidados del cuerpo? ¿Crees que el filosofo  los tendrá en precio?” Claro que no- como necio que es. El alma del filosofo “se aparta cuanto puede de toda asociación y contacto con el cuerpo y aspira a la verdad en si misma”. ¿Con que resultado? Privada de su sustento, el alma crece flaca y sarnosa, como el león, famélico. Con asco y lastima en medio de nuestra admiración no podemos menos de exclamar: “¡Pobres animales!”. Ante la vista de almas tan extraordinarias y lamentables como las de Kant, Newton o Descartes. “¿Por qué no les dan bastante de comer?”. (Ver págs. 166 a 167). Como se ve sus metáforas son, también, humorísticas. Resumiendo: una inteligencia maravillosamente dotada, una enorme capacidad imaginativa, un estilo preciso, poético y humorístico. Tal es el balance de estos ensayos de Huxley (Olvido deliberadamente su increíble erudición. Ya se ha hablado demasiado de ella).

La traducción es francamente buena, la edición muy hermosa. Hay algunos reparos que hacer: los ensayos no llevan la fecha de composición; tampoco se indican de donde han sido tomados ni quien ha hecho la selección. Falta, además, el acostumbrado y servicial prologo de Guillermo de Torre, prometido desde la publicación (en 1943) de El joven Arquímedes.

 

Traducción del inglés por Marina Ruiz Lagos. Editorial Losada, Bs. Aires, 1945,228 páginas.

 

*******

El tiempo y la máquina (1945)

Por Aldous Huxley

 

El tiempo tal como lo conocemos ahora es invención muy reciente. El sentido moderno del tiempo es apenas anterior a los Estados Unidos. Es un subproducto del industrialismo, análogo en lo psicológico a los perfumes sintéticos y a las tinturas de anilina.

El tiempo es nuestro tirano. Tenemos conciencia crónica del correr del minutero y aun del correr del segundero. Es forzoso. Hay trenes que tomar, relojes que registran la entrada al trabajo, tareas que debemos ejecutar a plazo fijo, récords que hemos de superar por fracciones de segundo, máquinas que indican la velocidad a que debe realizarse el trabajo. Nuestra conciencia de las más pequeñas unidades de tiempo es ahora aguda. Para nosotros, por ejemplo, el momento 8.17 significa algo —algo muy importante si por casualidad es el momento de partida de nuestro tren diario. Para nuestros antepasados un instante tan raro y singular no tenía sentido, no existía siguiera. Al inventar la locomotora, Watt y Stephenson fueron coinventores del tiempo.

Otra entidad que acentúa la importancia del tiempo es la fábrica y su dependencia la oficina. Las fábricas existen para confeccionar cierta cantidad de productos en determinado tiempo. El artesano antiguo trabajaba a su antojo; de ahí que los clientes por lo general tenían que aguardar los productos que le habían encargado. La fábrica es una invención trazada para que los obreros se den prisa. La máquina cumple tantas revoluciones por minuto, hay que hacer tantos movimientos y producir tantas piezas por hora. Resultado: el obrero de fábrica (y lo mismo se aplica mutatis mutandis al empleado de oficina) se ve forzado a conocer el tiempo en sus menores fracciones. En la época del trabajo manual no existía tal obligación de tener en cuenta los minutos y segundos.

Nuestra conciencia del tiempo ha llegado a tal colmo de intensidad que padecemos vivamente siempre que nuestros viajes nos llevan a algún rincón del mundo donde la gente no tiene interés en los minutos y segundos. La falta de puntualidad del Oriente, por ejemplo, es atroz para los recién llegados de un país con horas de comer fijas y servicios regulares de trenes. Para un norteamericano o un inglés moderno esperar es una tortura psicológica. Un hindú acoge las horas de vació con resignación y hasta con satisfacción. No ha perdido el arte sutil de no hacer nada. Nuestra idea del tiempo como colección de minutos cada uno de los cuales debe llenarse con alguna ocupación o entretenimiento es del todo ajena al oriental, precisamente como fue ajena al griego. Para el hombre que vive en un mundo preindustrial el tiempo se mueve con paso lento y holgado; no tiene la preocupación del minuto por la sencilla razón de que no le han forzado a tener conciencia de la existencia de los minutos.

Lo cual nos lleva a una aparente paradoja. Vivamente penetrado de las más pequeñas partículas que constituyen el tiempo –del tiempo tal como lo miden los engranajes del reloj, la llegada de los trenes y las revoluciones de las máquinas—el hombre industrializado ha perdido en gran parte el antiguo sentido del tiempo en sus divisiones mayores. El tiempo que conocemos es artificial, hecho a máquina. En general casi no tenemos en absoluto conciencia del tiempo natural, cósmico, medido por el sol y la luna, los hombres pre-industriales conocen el tiempo en su ritmo de días, de meses y estaciones. Perciben la salida del sol, el mediodía y el crepúsculo; la luna llena y la nueva; el equinoccio y el solsticio; la primavera y el verano, el otoño y el invierno. Todas las viejas religiones, incluso el catolicismo, han insistido en tal ritmo de días y estaciones. Al hombre pre-industrial nunca le fue posible olvidar el majestuoso movimiento del tiempo cósmico.

El industrialismo y el urbanismo lo cambiaron todo. Podemos vivir y trabajar en una ciudad sin darnos cuenta del paso del sol por el cielo, sin ver nunca la luna ni las estrellas. Broadway y Piccadilly son nuestra Vía Láctea; nuestras constelaciones están dibujadas con tubos de neón. Hasta los cambios de estación afectan muy poco al habitante de la ciudad, poblador de un universo artificial y rodeado en casi toda su extensión de muros que lo separan del mundo de la naturaleza. Fuera el tiempo es cósmico, marcha con la trayectoria del sol y de las estrellas. Dentro, es cuestión de ruedas en movimiento y se mide en segundos y minutos –a lo sumo en días de ocho horas y semanas de seis días. Tenemos una nueva conciencia pero la adquirimos a expensas de la antigua.

 

*******

ALDOUS HUXLEY: POEMARIO

DOS REALIDADES

 

Pasó un vagón con ruedas escarlata

y carrocería amarilla, nuevo flamante.

"¡Espléndido! -dije-, qué bueno

es estar vivo, cuando la belleza pela

la dura cáscara de la vida". Y tú

dijiste: "¡Espléndido!". Y pensé que habías visto

ese vagón brillando calle abajo;

pero miré y vi que tu mirada había caído

sobre un niño que atizaba puntapiés

a una obscena inmundicia marrón.

Nuestras almas son elefantes, pensé,

aisladas tras estrechos barrotes,

con trompas que asomadas fisgonean

y sobre la realidad se abalanzan;

y cada cual según su dulce antojo

se apodera del pastel que más le gusta

dejando atrás los demás.

*******

*******

LIBROS Y PENSAMIENTOS

 

Viejos fantasmas que olvidó la muerte transportar

al otro lado del Leteo de los años

-he aquí mis amigos, pues ante sus lágrimas

lloro y con su júbilo me regocijo.

Desde una atalaya, cuyas almenas

ponen todo el cielo ante mis ojos,

en las largas noches estivales entro en trance,

adormilado entre murmullos y fragancias

que manan de la tierra, en tanto el cielo sobre mí

con su paz funde la paz del alma mía,

lo profundo hallando lo profundo. No hay agitación que conmoverme pueda,

nada en mi liberación la calma rompe:

en vano la iracunda luz del sol maldice

ante el silencio y la penumbra de las cavernas polares.

*******

LA ELECCIÓN

 

Camarada, ahora que estás alegre

y por tanto eres sincero,

dime: ¿dónde te gustaría morir

y hacer que tu amigo enterrase

lo que tú fuiste una vez?

"¿En lo alto de una colina

con una vista apacible

del país donde en calma todo permanece?"...

Dios santo ¡Yo no!

Yacería en la calle

allí donde dos arroyos se encuentran,

con un intenso rumor que llega

a los oídos,

mientras dentro del cerebro tocan

marchas de vida y muerte,

de gloria, júbilo y miedo,

de la paz que se muda,

del fragor de la contienda

y de desbandadas de ejércitos en estampida.

Libre, allí me conmocionaría

lejos de los hundidos ritmos

de mi indolente esencia.

*******

ALMERÍA

 

Los vientos aquí no tienen insignias en movimiento, pero recorren

una vacía oscuridad, una destemplada luz;

ramas que no se doblan, nunca una flor torturada

se estremece, raíces agotadas, a punto de volar;

alado futuro, marchito pasado, ni semillas ni hojas

dan fe de esos veloces pies invisibles: corren

libres por una tierra desnuda, cuyo pecho recibe

todo el fiero ardor de un sol desnudo.

Tú tienes la Luz por amante. ¡Tierra afortunada

que concibe el fruto de su divino deseo!

Mas el seco polvo es todo lo que ella da a luz,

esa hija de arcilla creada por el perpetuo fuego celestial.

Por lo tanto venid, suave lluvia y delicadas nubes, y calmad

este amor radiante que tiene la fuerza del odio.

 

*******

RELACIONADOS:

UNA DISTOPÍA FELIZ, por Chris Hedges // Documental: «Orwell rolls in his grave»

Inmortalidad y supervivencia, por Aldous Huxley. ¿Quién quiere vivir para siempre?

«La Libertad Primera y Última», por Jiddu Krishnamurti. Prefacio de Aldous Huxley

¡HACED UNA REVOLUCIÓN!, por D. H. Lawrence

 

 


Sé el primero en comentar

Deja tu opinión

Tu dirección de correo no será publicada.


*