TOTALITARISMO GLOBAL: «Pedro Sánchez y la ley trans escocesa», por Daniel Rodríguez Herrera (Libertad Digital)

Pedro Sánchez y la ley trans escocesa

Poéticas de la castración

¿Puede un menor de edad –esto es, un sujeto sin responsabilidad jurídica– imponer que le sea aplicada, a voluntad propia, una amputación corpórea de consecuencias tan mayores cuanto irreversibles? No consigo entender que alguien pueda ser tan malvado como para pretender eso. Y darle forma legal

Por Gabriel Albiac

 

Que entre sexo y sentimiento de culpa teje el inconsciente humano una maraña de angustias, con frecuencia muy difícil de transitar entre los especímenes jóvenes de la especie, es algo conocido desde siempre. Por eso el mito de la castración reaparece en las tradiciones más distantes. Y la más bella de sus versiones literarias es, pienso, la más antigua. Hesíodo, en el pasaje clave de su Teogonía que narra, hace unos dos mil ochocientos años, la castración que un hijo llamado Tiempo (Cronos) impone al dios del Cielo (Urano). De las salpicaduras que desde la amputación vienen a caer sobre el mar embravecido, se formará la espuma de la cual surge la más bella y la más mortífera de las deidades: Afrodita.

Es don de la literatura trocar en arquetipo bello lo horrible, aquello cuya presencia material ninguno toleraría. Sucede con el descomunal ciclo de retornos fallidos a casa que construye la tragedia griega en torno a los vencedores de Troya. Sucede con esa maraña de historias atroces, exquisitamente narradas, con las cuales Hesíodo dio fundamento a la religiosidad helena. Pero nadie en su sano juicio transitará de la literatura a lo real sin saber el altísimo precio que habrá de pagar por ello. Y, cuando, a inicio del siglo III, un literalismo exacerbado promueva entre los cristianos de Alejandría la aplicación literal del pasaje de Mateo 19:12 que elogia a «quienes a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos», la autoridad eclesiástica no dudará en truncar la monstruosa tentación del salto entre figura literaria y realidad.
 
El siglo XX nació, en arte y literatura, cuando ya todos los arquetipos de la imaginación humana habían sido transitados. Tras el portazo que asesta el simbolismo al agonizante siglo XIX, ningún veto simbólico quedaba firme. Pero el poeta sabe que está danzando sobre el filo de una navaja, en la cual cualquier paso en falso es irreparable: saber eso hace de él un maestro. Villiers de l’Isle Adam o Barbey d’Aurevilly hicieron de tal danza con lo oscuro virtuosismo. Otros –el Lautréamont de los Cantos de Maldoror o el conmovedor Rimbaud de Una estancia en el infierno– fueron devorados por su tiniebla. Pero a ninguno se le ocurrió confundir literatura y vida. Y si alguno –Nerval, por ejemplo– se sintió tentado a hacerlo, suprimió la segunda.
 
¿Puede un adulto soñar mutilaciones uranianas? ¿Puede sellarlas en su propio cuerpo? Es cosa suya. Si se trata, verdaderamente, de un adulto en plena posesión de facultades. Habrá destruido su vida. Pero él sabrá lo que hace.
 
¿Puede un menor de edad –esto es, un sujeto sin responsabilidad jurídica– imponer que le sea aplicada, a voluntad propia, una amputación corpórea de consecuencias tan mayores cuanto irreversibles? No consigo entender que alguien pueda ser tan malvado como para pretender eso. Y darle forma legal. La que establece el proyecto de ley de la señora Montero. Artículo 19. 2: «En el caso de personas menores entre 12 y 16 años, solo se permitirán dichas prácticas [de modificación genital] a solicitud de la persona menor siempre que, por su edad y madurez, pueda consentir de manera informada a la realización de dichas prácticas».
 
Por «su edad y madurez», dice el texto. O sea: por tener entre 12 y 16 años. Es todo lo que necesita un niño para ser castrado.
 
La Feministra Feroz. El Feminismo lucha contra los roles impuestos por el machismo; así, como «la mujer es pasional e incontrolada«, se impuso la tutela del padre o del marido. Montero y sus monterettes, fortalecen aquello contra lo que dicen «luchar» (Chus)

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No se debe escribir sino para el mundo entero…”

Además, ¿qué puede importarnos la justicia? Aquel que al nacer no albergue en su pecho su propia gloria, jamás conocerá el significado de esta expresión”.

Villiers de l’Isle-Adam

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Pedro Sánchez y la ley trans escocesa

Nuestra izquierda ha aprobado una ley que lleva a su extremo más delirante todas las salvajadas de las que los demáspaises se están arrepintiendo

Por Daniel Rodríguez Herrera

LD, 17 FEBRERO 2023

Pedro Sánchez y la ley trans escocesa
Pedro Sánchez y la ministra de Igualdad, Irene Montero, este lunes en la sede del Ministerio de Igualdad, durante el acto institucional con motivo del 8-M. | EFE

 

Escocia aprobó recientemente una ley trans tan extremadamente radical –aunque menos que la española– que el Gobierno británico decidió bloquearla, la primera vez que anula una ley escocesa en sus 25 años de autonomía. Muchos pensaron entonces que la jugada era precisamente esa: emplear esa intervención para inflamar los ánimos independentistas ante la intolerable interferencia de Westminster. En ese caso, pronto quedó claro que no habían elegido muy bien la colina sobre la que gritar «Libertad» al estilo Braveheart. Las quejas de varias prisioneras que tuvieron que compartir condena con un violador que se había cambiado convenientemente de sexo para ingresar en una cárcel llena de presas, en ambos sentidos de la palabra, obligó a la primera ministra Sturgeon a impedir que tal caso volviera a producirse mandando a otra «mujer trans» a una prisión de hombres. Entonces llegó un periodista educado, pero persistente, que terminó de cavar su tumba política:

—Mi pregunta es: ¿son mujeres todas las mujeres trans? No ha contestado a esa pregunta.

—Ese no es el punto sobre el que estamos hablando hoy.

—Pero es mi pregunta.

—Las mujeres trans son mujeres, pero en el contexto carcelario no hay un derecho automático para una mujer trans a…

—Entonces hay contextos en los que una mujer trans no es una mujer.

—Hay… (pausa incómoda) circunstancias en las que una mujer trans estará en una prisión masculina.

—¿Hay algún contexto en el que una mujer nacida mujer podría acabar en una prisión para hombres?

—Estamos hablando de mujeres trans.

—Ahora le estoy preguntando por mujeres nacidas como mujeres.

—No creo que haya circunstancias en ese caso, pero…

—¿Hay diferencia para mujeres trans?

—Bueno, sí

—De modo que no son iguales.

Eso no… hay un proceso de evaluación de riesgos para mujeres trans que tiene en cuenta la naturaleza del delito. Claramente surge una preocupación especial en el caso de los delitos sexuales y si es apropiado que en estos casos se encarcelen en prisiones de mujeres o de hombres.

 

¿Cree el primer ministro de Escocia que todas las mujeres trans son mujeres? El gobierno escocés acaba de implementar una prohibición efectiva de que los presos trans que hayan cometido delitos sexuales y violentos contra las mujeres sean trasladados a una prisión solo para mujeres. @itvnews

 

Diez días después de esta entrevista, el servicio de prisiones escocés anunció que todas las «mujeres trans» irían a cárceles de hombres. Y cinco días más tarde, Nicola Sturgeon anunció su dimisión. La opinión pública británica ya estaba sensibilizada por el escándalo de la clínica Tavistock, la única dedicada a atender menores trans, cuyo cierre definitivo tendrá lugar en unos pocos meses al enfrentarse a más de un millar de denuncias por apostar por la terapia afirmativa, que consiste en no tratar a ningún paciente que exprese disconformidad con su género y animarle y ayudar a su transición, sin cuestionar jamás que el problema pueda ser otro, que quedaría sin tratar. Más de mil menores mutilados y esterilizados de por vida ahora exigen reparación. De ahí que el Reino Unido esté echando marcha atrás en sus leyes y prácticas referidas a la transexualidad, al igual que otros países pioneros como Australia, Nueva Zelanda, Francia, Suecia o Finlandia. Y aunque aún no ha llegado a ese punto, el debate en Estados Unidos está poniendo a la defensiva a los activistas trans por primera vez desde su irrupción.

Naturalmente, es este momento el elegido por nuestra izquierda para aprobar en el Congreso una ley que lleva a su extremo más delirante todas las salvajadas de las que los demás países se están arrepintiendo. Permite transicionar a menores a partir de 12 años. Impulsa el uso de fármacos para bloquear la pubertad cuyas consecuencias a largo plazo son desconocidas, dado que se han empezado a utilizar recientemente, pero que cada vez acumulan más pruebas sobre sus perjuicios, que van desde la infertilidad de por vida a consecuencias perjudiciales en el cerebro, la masa ósea, la tiroides, el sistema circulatorio y otros muchos. Penaliza el uso de cualquier terapia que no sea la «afirmativa» que ha llevado a escándalos como el de Tavistock y al desamparo y abandono de las personas cuyos problemas psicológicos no son examinados. Permite cambiar de sexo registral tantas veces como se desee. Permite a hombres que se dicen mujeres competir con E impone multas de hasta 150.000 euros por impedir a hombres con sus genitales de hombre pero que dicen ser mujeres entrar en baños de mujeres, o para institutos donde se enseñe que sólo hay dos sexos.

Esta ley es una aberración porque perjudicará a personas concretas, a las que se esterilizará y mutilará mientras se dejan sus problemas psicológicos reales sin tratar, pero sobre todo porque se dirige contra el principio más básico: el de la verdad. Nos dicen que las mujeres trans son mujeres, una afirmación con aroma a tautología, pero con «mujeres trans» se refieren a hombres que dicen sentirse mujeres. ¿Y qué es una mujer entonces? Y como no se puede contestar a esa pregunta sin recurrir a la biología, como demostró el hilarante y excelente documental What is a woman?, te contestarán o diciendo «quien se sienta mujer«, lo cual nos vuelve a llevar a la misma pregunta inicial, o con un montón de estereotipos de género, eso que las feministas llevan décadas diciéndonos que hay que erradicar. Y como el principio de realidad termina imponiéndose, acabarán metidos en un callejón sin salida. Como Nicola Sturgeon… y Pedro Sánchez.

 

Ya han destruido el Feminismo. Ahora acabarán con el Socialismo

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La globalización sobrevenida

Son devotos del caviar y de los aviones particulares. Nadie los ha elegido para asumir tan monumental misión, pero no se discuten sus privilegios

Por Amando de Miguel

LD, 17 FEBRERO 2013

Pedro Sánchez en la cumbre del clima | EFE

 

La famosa «globalización«, que nadie sabía lo que era, ya está entre nosotros como una amenaza. Significa que las grandes decisiones políticas para medio mundo se toman en «foros» o «cumbres» por unos cuantos mandamases. Son devotos del caviar y de los aviones particulares. Nadie los ha elegido para asumir tan monumental misión, pero no se discuten sus privilegios. Su acción se nota, por ejemplo, en un país como España, a través, de ciertas extravagantes leyes que responden a la doctrina generada en dichos «foros» y «cumbres«. Se toman para imponer el feminismo, el ecologismo, el animalismo, el veganismo; todo en su versión radical y dañina. Ni siquiera es fácil asegurar que todo esto sea una emanación de la izquierda. Antes bien, sus propulsores pertenecen a una minoría bien instalada en cada país, con las amenidades propias de los inveterados burgueses, o mejor, plutócratas.

El propósito descarado de las nuevas leyes es el de alterar de arriba abajo la conducta sexual, familiar, íntima de los contribuyentes. Digo bien, pues, lo que se llama pueblo o nación solo permanece en su papel de pagar todo tipo de impuestos, una cuota que siempre crece. Hay que hacer frente a los cuantiosos gastos de los Estados y, también, los de los entes globalizadores. Añádase la continua sangría de las subvenciones a los «chiringuitos« (como decimos en España) o asociaciones clientelares, afines a los Gobiernos. Esa es la causa fundamental de la actual crisis económica, que es otra manifestación del carácter «global» de ese gigantesco andamiaje.

Si este planteamiento fuera correcto, no extrañará que sus inconvenientes no puedan resolverse a la escala de cada Estado. En España, las leyes propuestas por el PSOE y sus atrabiliarios socios, por extravagantes que puedan parecer, serán respetadas por el PP, en el supuesto de que llegara al Gobierno. Es la mejor demostración de la hipótesis aquí mantenida sobre la hegemonía de la difusa globalización. La cual impulsa muchas medidas complementarias. Por ejemplo, que el volumen de la población mundial se estabilice o, incluso, mengüe, o que se fomenten continuas migraciones desde los países pobres a los ricos. No importa que sean «ilegales» o de «refugiados«. Es otro de los casos en los que España sirve de avanzado laboratorio. La última razón de las acciones dichas es que se diluyan las identidades y tradiciones nacionales. Para ello, se impone una medida indirecta: el fomento de los secesionismos regionales en España. La cosa está muy clara. Es más, los «indepes» vascos y catalanes (que no se sienten españoles) participan con entusiasmo en el Gobierno español. Lo que parece contradictorio cobra todo su sentido cuando aceptamos la hipótesis antedicha sobre la acción globalizadora. La cual refuerza la tendencia a que la economía española triture muchas empresas agrarias y fabriles para concentrarse en una estructura de turismo y servicios públicos. Por eso destaca tanto el número de trabajadores a tiempo parcial. Este es el talón de Aquiles de la composición de la población laboral española.

El cuadro trazado podrá parecer pesimista, y lo es. Empero, son las cosas que pasan. Se espera que los contribuyentes seamos sumisos, que no levantemos la voz. De hacerlo, seríamos tachados de fascistas redivivos. Es un claro atentado contra la lógica de la historia, pero eso a nadie le preocupa. La globalización se ha propuesto reescribir la crónica de la humanidad, partiendo de cero. Lo malo es que lo está consiguiendo.

 

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Joe Biden, de zombie a censor

Un sencillo vistazo a los informes filtrados desvela que para ellos, «la Desinformación» es cualquier artículo crítico con la izquierda o con Biden

Por Itxu Díaz

LD, 17 FEBRERO 2023

El presidente de EEUU, Joe Biden | EFE

 

Estados Unidos fue una vez la tierra de la libertad de prensa. Ya no lo es. Washington Examiner acaba de destapar el mayor escándalo periodístico del siglo XXI y apuesto a que no has leído ni una palabra sobre el asunto en la prensa europea. La Administración de Biden ha estado pagando un dineral a una «organización sin ánimo de lucro» (inserte aquí sus risas) para que elabore en secreto «listas negras» de «periódicos peligrosos» y para que disuada a todos sus anunciantes de seguir financiándolos. En sus informes figuran pantallazos de periódicos conservadores en los que se subrayan anuncios de Amazon y otras compañías, acompañados de la correspondiente denuncia de que esas multinacionales están financiando fascismo, misoginia, racismo, contaminación, y cosas así. Es todo tan poco sutil que, a su lado, lo del Barcelona con los árbitros es todo un ejemplo de ética profesional y fair play.

La organización se llama Global Desinformation Index (GDI) y no han podido ser más sinceros con el nombre. Sita en Reino Unido, está afiliada a otras dos sociedades americanas que reciben fondos públicos, y cuenta con una misteriosa propiedad óptica: no es capaz de detectar la desinformación en la basura amarillista de los tabloides que tiene frente a sus narices, pero sí en las lejanísimas revistas conservadoras de los Estados Unidos. Casualidades: uno de los principales financiadores del GDI es George Soros, perejil de todas las salsas envenenadas, y ahora célebre columnista de El País, donde nos regala su rosario de apocalipsis y la lunática actualización de sus propias profecías incumplidas.

Dice el GDI que su propósito es «erradicar la desinformación». Un sencillo vistazo a los informes filtrados desvela qué es para ellos «la desinformación»: cualquier noticia o artículo de opinión crítico con la izquierda o con Biden. El plan que ni siquiera se preocupan por ocultar es asfixiar económicamente a estos medios mediante la presión a las plataformas publicitarias y a los propios anunciantes. Está feo insinuar que parece diseñado por la mafia.

Como toda la prensa conservadora llevó el escándalo a primera plana esta semana, algunas compañías que trabajaban con el GDI como Microsoft han anunciado la suspensión del servicio. Pero la mayoría a esta hora guarda silencio, mientras los medios conservadores comprueban que no pocos de los anunciantes que fueron acusados de estar cooperando con «la desinformación» en los informes secretos de GDI retiraron su publicidad; que todo plan malvado necesita la cooperación de los medrosos corporativos. Si no han logrado arruinar a toda la prensa combativa es porque la mayoría lo vieron venir, y revistas como The American Spectator o National Review hace tiempo que viven de sus propios suscriptores.

Parece un chiste. El GDI elabora una lista con los diez periódicos «menos peligrosos» y, con excepción de Wall Street Journal, todos son de izquierda o de extrema izquierda. Y una lista con los «más peligrosos» y todos son conservadores. Algunos de ellos, que conozco bien porque tengo el privilegio de escribir semanalmente allí, son medios legendarios de sobrado prestigio como The American Spectator o The American Conservative, mientras que cabeceras generalistas como New York Post o revistas libertarias de acreditada independencia como Reason tampoco se han librado del ranking inquisidor.

El pretexto de las «fake news» es la manera en que la izquierda promueve su propia desinformación. Tampoco sorprende en España, donde varias de esas organizaciones que se venden como «neutrales» son tan «neutrales» como yo en un Real Madrid-Barça. El escándalo es que esté financiado con dinero público, y la novedad más gore es que el método sea coaccionar a los anunciantes. Dicho de modo que lo pueda entender hasta, no sé, Alberto Garzón: Biden está utilizando pasta de los americanos para cerrar la prensa que le critica.

La vieja reflexión de Reagan es más necesaria que nunca: «La libertad nunca está a más de una generación de la extinción. No se la transmitimos a nuestros hijos en el torrente sanguíneo. Se debe luchar, proteger y transmitir para que ellos hagan lo mismo, o un día pasaremos nuestros últimos años contándoles a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos cómo hubo un tiempo en que, en los Estados Unidos, los hombres eran libres».

Como decía ayer Jeffrey Blehar en National Review, «hoy tuvimos suerte porque Examiner hizo su trabajo», pero es posible que mañana nadie lo haga, o que sus denuncias sean ignoradas: «porque nosotros, como conservadores, no participaremos más en la conversación mediática en igualdad de condiciones». Es así. Si esta historia tiene un divertido parecido con el escándalo del Barcelona y con las telenovelas de sobremesa de los 90 es que, pase lo que pase, la confianza se ha quebrado para siempre.

 

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1 Comment

  1. «Lo de rojos contra azules cada vez ayuda menos a comprender los problemas de nuestra época» (Víctor Lenore).

    Lenore dice bien. Pero no claramente.

    El adagio inicial fue «DE FRANCO A LAS INSTITUCIONES».

    La legitimidad del expolio económico (gigantesco, aunque hoy no nos lo parezca), descansó, hasta la muerte de Franco, en él. En aquél viejecito que «no se metía en política», el que nos enseñaban una vez al año desde el balcón de la Plaza de Oriente, y al que, para hacernos ver que seguía vivo, levantaban el brazo a modo de saludo, mientras con un tenue hilillo de voz, el anciano recitaba el «Españoles todos».

    El viejo se murió, y se quedaron sin «legitimación» para continuar el Expolio.

    Entonces el Régimen se hizo «demócrata», los fascistas se repartieron la gallina de los huevos de oro, como lo habían vivido: Falangistas, al PSOE y tecnócratas a AP (hoy PP). En el medio quedó Suárez, más solo que la una, hasta que fue amortizado.

    Hoy, la saga de ladrones de Estado, encuentra la Legitimación del Expolio (que continúa, ahora jugando en las ligas mayores de la corrupción internacional) en «las Instituciones».

    Empezó en noviembre de 1976, cuando desaparecieron mágicamente los Procuradores en Cortes franquistas y se sustituyeron, inmediatamente, por unos desconocidos e ignotos «demócratas de toda la vida», casualmente todos ellos hijos, nietos y deudos de los fenecidos Procuradores franquistas y otras carcundias surgidas del frío de la dictadura.

    Hasta hoy

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