¿Por qué pensamos que China se tenía que democratizar?, por Emilio de Miguel Calabia

 

¿Por qué pensamos que China se tenía que democratizar? (I)

Por Emilio de Miguel Calabia

ABC, 01 JULIO 2022

Por qué pensamos que China se tenía que democratizar

 

Durante muchos años,- yo creo que hasta 2005/2010-, muchos pensaron que a medida que se enriqueciese, China se democratizaría y en un futuro no tan lejano nos encontraríamos con urnas y elecciones pluripartidistas en Pekin. ¡Con qué facilidad nos engañamos los seres humanos cuando queremos!

Tuvimos dos equivocaciones, una de comisión y la otra de omisión. La de comisión fue asumir que capitalismo y libre mercado equivalen a democracia. La de omisión fue no querer ver todas las señales que nos enviaban los chinos de que antes echarían ketchup al pato a la pequinesa que democratizarse.

Empecemos por la comisión. No sé a quién se le ocurrió que capitalismo y libre mercado eran lo mismo que democracia. El capitalismo y el libre mercado para florecer necesitan: 1) Una legislación que respete el derecho de propiedad; 2) Un sistema judicial fiable y previsible, que garantice que los pleitos tendrán una solución aceptable. Y punto pelota. La democracia no es uno de los requisitos que necesitan para prosperar. De hecho se podría aducir que la democracia puede ser contraproducente para el capitalismo y el libre mercado. La democracia puede acarrear cambios de gobierno que modifiquen el marco legislativo. Una opinión pública que se oponga a un proyecto por razones medioambientales o cualesquiera otros puede convertirse en un moscón incómodo. Y, finalmente, la democracia suele pedir que se respeten unos estándares mínimos laborales y medioambientales.

Las pruebas de que capitalismo y libre mercado y democracia no van unidos son innumerables. Allende, presidente elegido democráticamente, apostó por un modelo económico que podría calificarse de socializante. El dictador Pinochet implantó una política de libre mercado, que fue inspirada por los denominados “Chicago Boys”, economistas que se habían formado en el Departamento de Economía de la Universidad de Chicago y que seguían las teorías de Milton Friedman. Otro ejemplo: Singapur en 2022 es la economía más libre del mundo según el ránking que elabora The Heritage Foundation y que tiene en cuenta parámetros tales como la libertad para establecer un negocio, el respeto a la propiedad privada y la libertad para invertir. Elementos tales como la celebración de elecciones competitivas que permitan un cambio de partido en el poder o la efectividad de la libertad de expresión no son computados en ese ránking. Podría seguir dando ejemplos, pero me voy a detener aquí, porque casi me interesa más la equivocación por omisión.

Para entender las transformaciones de China hay que partir de 1974, cuando agonizaba la Revolución Cultural que había traído el caos al país durante ocho largos años. El propio Mao, que era quien había desatado la Revolución Cultural, a esas alturas se había dado cuenta de que el país necesitaba estabilidad. Los dos últimos años del régimen de Mao estuvieron marcados por los enfrentamientos entre la denominada “banda de los cuatro”, que quería continuar el proceso revolucionario de la Revolución Cultural y el bando del Primer Ministro Zhou Enlai y de Deng Xiaoping, que querían dejarse de aventurerismos revolucionarios y estabilizar el país. Este enfrentamiento era en parte ideológico, pero lo fundamental era el poder: ¿quién se haría con el control del país a la muerte de Mao? Eso sí, ninguna de las dos facciones concebía un futuro en el que el Partido Comunista Chino (PCCh) no controlase el Estado.

El enfrentamiento se saldó con la victoria de la facción de Deng Xiaoping. La “banda de los cuatro” no tenían propuestas constructivas que ofrecer más allá de crear un estado de revolución permanente que trajera más caos todavía.

Podemos considerar que el denguismo y el proceso de reforma económica de China comenzó en la III Sesión Plenaria del XI Comité Central del PCCh. Bajo el impulso de Deng, la Sesión se centró en la modernización del país; Deng habló de cuatro modernizaciones: industria, agricultura, defensa nacional y ciencia y tecnología. Es cierto que también habló de democracia, pero hay que entender el concepto aplicado en un marco comunista. Democracia implicaba introducir una cierta descentralización, evitar que todo el poder se concentrara en una sola persona, evitar que las divergencias ideológicas intrapartidistas se dirimieran de forma violenta o coercitiva y permitir un cierto intercambio de opiniones, pero todo dentro del marco del Partido. Deng también habló de la necesidad de corregir la fusión entre Partido, Estado y empresas, que no es lo mismo que decir que el Partido se disociaría de la conducción del Estado.

En todo caso, por si alguien quiso ver allí un comienzo de apertura democrática, Deng dejó bien claro que el objetivo final era convertir a China en un “moderno y poderoso país socialista”. Más aún, Deng fijó los cuatro principios fundamentales e irrenunciables: 1) Perseverar en el camino socialista; 2) en la dictadura del proletariado; 3) en la dirección del PCCh y 4) en el marxismo-leninismo y el pensamiento de Mao. En una actitud muy asiática, se incorporarían aquellos elementos del capitalismo que fueran útiles, pero en modo alguno se instauraría un sistema capitalista.

La cuestión es que en aquellos años en Occidente había un deseo tan grande de ver democratizarse a China, que cualquier pequeña señal se magnificaba, mientras que se procuraba pasar por alto todo aquello que inciaba que por ahí no iban los tiros. Uno de los datos que hizo entusiasmarse a los analistas ingenuos fue el discurso que Deng Xiaoping pronunció el 18 de agosto de 1980 con el título “Reforma del Sistema de Gobierno del Partido y del Ejecutivo”. Se puede entender ese entusiasmo porque el discurso incluía párrafos como éste: “Nuestra Constitución debería hacerse más completa y precisa de manera que realmente garantice el derecho del pueblo a gestionar los órganos estatales a todos los niveles, así como las diversas empresas e instituciones, para garantizar a nuestro pueblo el pleno disfrute de sus derechos como ciudadanos, para hacer posible que las regiones habitadas por minorías nacionales ejerciten una autonomía regional genuina, para mejorar el sistema de los congresos populares, etc.” Antes de descorchar las botellas de champán, los analistas hubieran debido comparar ese texto con el siguiente: “[La nuestra] es una sociedad de verdadera democracia, el sistema político que asegura la gestión efectiva de todos los asuntos públicos, la participación más activa del pueblo obrero en el gobierno del Estado y la combinación de los derechos y libertades reales del ciudadano con sus obligaciones y responsabilidad hacia la sociedad.” Este texto bebe del mismo espíritu que el párrafo anterior. Pero resulta que está sacado de la Constitución de la URSS de 1977, época que hasta los más optimistas califican como de estancamiento.

Una lectura sobria y desapasionada de este discurso de Deng pone en evidencia cuál era su verdadero significado. Deng estaba abogando por una reforma de las estructuras administrativas para que las reformas económicas pudieran funcionar. También abogaba por evitar la excesiva concentración de poder en manos de una persona. Éste fue un leit-motiv de aquellos años. La experiencia de lo que había sido el liderazgo de Mao, había dejado a los líderes del PCCh sin ganas de repetir. En resumen, el discurso de 1980 no abría la puerta hacia la democratización del país, ni al establecimiento de un sistema de división de poderes, sino que establecía las reformas políticas y administrativas que eran necesarias para que la modernización económica aprobada en el XI Comité Central pudiese llegar a buen puerto.

 

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¿Por qué pensamos que China se tenía que democratizar? (II)

Por Emilio de Miguel Calabia

ABC, 02 JULIO 2022

 

El 27 de junio de 1981 se aprobó la Resolución sobre algunos problemas en la Historia del PCCh después de la fundación de la República Popular China, que fue adoptada por la 6ª Sesión Plenaria del 11º Comite Central del PCCh. Para decirlo en términos actuales, se trataba de construir una narrativa del Partido para los nuevos tiempos, una narrativa que respondiera a preguntas clave como la del papel histórico de Mao y qué papel debería ocupar en el panteón del Partido o la explicación de los dos grandes desastres posteriores a la fundación de la República Popular: el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural.

La Resolución es un documento ameno de leer, al menos en su traducción inglesa, que es la que he manejado. Es un documento con una cierta cantidad de autocrítica y de reconocimiento de los errores cometidos. Así, por ejemplo, el inicio de la parte dedicada a la Revolución Cultural dice: “La ”revolución cultural”, que duró de mayo de 1966 a octubre de 1976, fue responsable del contratiempo más severo y de las mayores pérdidas que hayan sufrido el Partido, el Estado y el pueblo desde la fundación de la República Popular. La comenzó y dirigió el Camarada Mao Zedong…” No obstante, los logros del Partido prevalecen sobre cualesquiera errores que hubiera podido cometer.

La Resolución da algunos palos a Mao Zedong. Como ejemplo estas líneas, en la parte en la que habla de la Revolución Cultural: “El prestigio del Camarada Mao Zedong alcanzó la cima y comenzó a volverse arrogante (…) gradualmente se divorció de la práctica y de las masas, actuó cada vez más de manera arbitraria y subjetiva y de manera creciente se puso por encima del Comité Central del Partido…” No obstante, los redactores de la Resolución sabían que no podían ir demasiado lejos en la crítica de Mao. El pensamiento de Mao fundamentaba ideológicamente la República Popular. Si se iba demasiado lejos en las críticas a Mao, se acabaría desmontando su pensamiento. En consecuencia, los palos fueron más que compensados por la exaltación de Mao como el gran estratega, revolucionario y teórico, que había sabido adaptar el marxismo-leninismo a las características chinas. Como en otro momento diría Deng Xiaoping, Mao se había equivocado en un 30% y había acertado en un 70%. Algún analista ingenuo pudo pensar que se trataba de un comienzo de desmaoización y que algún día se diría que se había equivocado en un 70%. En absoluto. Se había encontrado la fórmula para mantenerle en el pedestal a pesar de sus errores. Pasados los años ochenta, se volvería casi imposible realizar un juicio crítico de Mao. La Resolución representaba todo lo lejos que el PCCh esta dispuesto a ir en la crítica a Mao.

El duodécimo Congreso Nacional del PCCh, que se celebró en septiembre de 1982, podría considerarse como el del inicio de la nueva era. A estas alturas la Revolución Cultural ya había quedado en el pasado y ya había doctrina sobre cómo abordarla ideológicamente. Ahora lo primordial era avanzar en las cuatro modernizaciones decretadas por Deng Xiaoping. Entre los objetivos prácticos que se marcó el Congreso estaba el de cuadruplicar la producción industrial y agrícola del país para finales del siglo XX; ambos objetivos se consiguieron. El objetivo último era “integrar la verdad universal del marxismo con las realidades concretas de China, abrir un camino propio y construir un socialismo con características chinas.”

Los ochenta en el mundo comunista fueron la década de Gorbachov. Cuando subió al poder, Gorbachov era consciente de que el modelo comunista no daba más de sí. En contra de lo que algunos pudieran pensar, Gorbachov era un comunista de pura cepa. Quería salvar el comunismo y para ello entendió que había que emprender una reforma del modelo económico e introducir una cierta liberalización económica, para que la reforma económica funcionase. Una diferencia entre el modelo soviético y el chino a esas alturas, es que los chinos eran más flexibles e innovadores. Acaso por efecto de la Revolución Cultural, estaban más dispuestos a explorar nuevos caminos. El comunismo soviético, en cambio, era un sistema esclerotizado y burocratizado.

En China, como en la URSS, muchos pensaron que la reforma económica iría indefectiblemente unida a la política y se entusiasmaron. De pronto las meras reformas económicas que prometían elevar el nivel de vida, no bastaban. A ello se añadió que la transición hacia un nuevo modelo económico no fue pacífica e introdujo disrupciones que causaron malestar.

Deng había iniciado las reformas, pero quien las pilotó con mayor vigor fue el Secretario General del Partido, Hu Yaobang. Hu Yaobang fue más lejos de lo que había ido Gorbachov en la URSS; de hecho fue demasiado lejos para su propio bien; cruzó la línea que va del reformismo a la heterodoxia y eso no está bien visto en ningún sistema comunista. Entre las ideas que defendió estaban: celebrar más elecciones a todos los niveles con más de un candidato, aumentar la transparencia del gobierno, más consultas públicas antes de decidir las políticas del Partido, mayor responsabilidad de los funcionarios públicos por sus errores, mayor autonomía en las regiones de las minorías étnicas (Tibet, Xinjiang…) con mayor respeto a su idioma y tradiciones… Hu Yaobang fue demasiado rápido y su política de lucha contra la corrupción no contribuyó a granjearle amigos.

En diciembre de 1986 se produjeron protestas estudiantiles. Aunque las disrupciones producidas por las reformas económicas tuvieron su influencia, la razón principal de las protestas fue el deseo de una aceleración en la liberalización política. Hu simpatizaba con los manifestantes y por no traicionar sus principios, ante la presión de los elementos más conservadores del PCCh se vio obligado a dimitir. Le sucedió como Secretario General Zhao Ziyang, de tendencia liberal, pero su ascenso fue contrapesado por la designación del muy conservador Li Peng como Primer Ministro.

¿Y qué pensaba Deng de todo esto? He leído varias versiones. Incluso hay quienes piensan que a Deng le hubiera gustado que Hu, que era diez años menor, le sucediera. Tengo mis dudas. La versión que me parece más convincente es la que afirma que había un límite al grado de liberalización que Deng estaba dispuesto a tolerar y que Hu, un hombre de principios, lleno de energía y entusiasmo, había cruzado todas las líneas rojas. La prueba de esto serían las afirmaciones de Deng en los primeros meses de 1987, en las que insistió en que debía frenarse la “contaminación espiritual” y la llegada de ideas noticias que corrompían a la juventud, así como la campaña contra “liberalización burguesa” que se agudizó por esas fechas. El marxismo debía seguir orientando a China.

 

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¿Por qué pensamos que China se tenía que democratizar? (III)

Por Emilio de Miguel Calabia

ABC, 03 JULIO 2022

 

El XIII Congreso del PCCh se celebró entre el 25 de octubre y el 1 de noviembre de 1987. Para quien quisiera ver, estaba claro que China se democratizaría cuando las ranas criaran pelo, pero los optimistas impenitentes pudieron ver algunas chispas de esperanza: 90 veteranos del ala dura, que habían criticado las reformas económicas, fueron jubilados; el liberal Zhao Ziyang vio su posición ensalzada; se vinculó la reforma económica a la reforma política, pero se insistió en que China era una “democracia socialista” y que democracia no significaba introducir una democracia a la occidental. Simplemente implicaba una mejora en los métodos de trabajo del PCCh y una desburocratización.

El momento de verdad para la democracia en China llegó en 1989. Los últimos meses de 1988 habían sido complicados. Los obstáculos puestos por los conservadores habían impedido que se ejecutase la terapia de choque que el calentamiento de la economía demandaba. Una de las consecuencias de ello fue que se habían formado dos mercados: uno de precios fijados por el Estado y otro basado en el mercado. Sólo hacían falta los contactos adecuados para hacerse rico, comprando a precios módicos y estables en los almacenes estatales y revendiéndolos en el mercado libre. Hubo desabastecimiento, inflación y salida de capitales de los bancos. Se produjeron protestas ciudadanas por las disrupciones causadas por las reformas económicas a las que en ocasiones se unían protestas que pedían reformas políticas de calado. Todo esto dio argumentos a los conservadores para defender que las reformas habían ido demasiado lejos y que había que retranquear.

En abril de 1989 murió Hu Yaobang. Su funeral, al igual que el de Zhou Enlai trece años antes, fue el detonante para que los estudiantes saliesen a la calle pidiendo reformas. Para terminar de complicar las cosas, el 15 de mayo Gorbachov llegó a Pekin en una visita que ya estaba programada. Gorbachov era entonces el hombre del momento, la persona que se había propuesto liberalizar la URSS, aunque a menudo se pasase por alto que quería liberalizarla para salvarla, no para cargarse el modelo comunista. Las autoridades chinas pilotaron la visita como pudieron y debieron dar un suspiro de alivio cuando el huesped se fue.

Las esperanzas democráticas suscitadas por esta visita murieron (a veces literalmente) en los acontecimientos de Tienanmen del 4 de junio de 1989. Una descripción de lo ocurrido en esas fechas y lo que se discutió en el seno del Partido se encuentra en las memorias “Prisionero del Estado”, que Zhao Ziyang fue grabando en secreto y que fueron sacadas de China por amigos suyos y publicadas en 2010 en el extranjero, cinco años después de su muerte. Son unas memorias recomendables para cualquiera que quiera saber lo que ocurrió entonces, pero deben leerse con una pizca de sal. En ellas Zhao se presenta como un político angélico, liberal y cargado de buenas intenciones. La realidad tiene muchos más matices, empezando con que nadie llega al Politburó de un partido comunista porque sea buena persona.

Un resumen de lo que cuenta Zhao es que los elementos conservadores del PCCh, que eran mayoría, aprovecharon las manifestaciones estudiantiles para hacerle la cama a Zhao y comerle la oreja a Deng Xiaoping para que declarase la ley marcial. En mi opinión, Deng no necesitaba que le comiesen mucho la oreja. La estabilidad y el mantenimiento del marxismo eran prioritarios para él. Como mucho, aquellos dirigentes lo que hicieron fue reforzar a Deng, haciéndole ver que si actuaba con dureza tendría a la mayoría del Partido detrás suyo.

Tiananmen fue un shock para Occidente que veía cómo la aparentemente más intratable Unión Soviética se estaba liberalizando a pasos agigantados y sin baños de sangre. Pasado el shock inicial, la actitud occidental fue pensar que Tiananmen había sido un accidente de recorrido, un revés temporal en el camino hacia la democracia en China. El mito de que el crecimiento económico crearía una clase media que, llegado el momento, pediría más libertades políticas, persistió.

Tiananmen, además de dejar muchos cadáveres estudiantiles, dejó un cadáver político, Zhao Ziyang. Muchos daban por descontado que su sucesor sería el duro y conservador Li Peng, que se había mostrado inflexible durante la crisis de Tiananmen. La sorpresa vino cuando en la sesión plenaria del Comité Central del PCCh del 23 y 24 de junio se eligió nuevo Secretario General del Partido al líder del Partido en Shanghai, Jiang Zemin. Jiang Zemin era el líder del Partido en Shanghai. Jiang representaba una buena fórmula de consenso: era partidario de las reformas económicas de Deng, había demostrado ser un administrador eficaz, era leal a Deng y no cabía esperar de él veleidades de liberalización política. Jiang era consciente de que por edad le faltaba la legitimidad de haber sido un revolucionario de los comienzos y que su principal baza consistía en haber sido el elegido por Deng Xiaoping.

En 1997, con Jiang plenamente asentado, se celebró el XV Congreso del PCCh. Hubo dos aspectos interesantes en el Congreso. El primero fue el retorno de los militares a los cuarteles. Todos sabían que cuando Tiananmen era el Ejército Popular de Liberación el que había salvado al Partido, pero a los regímenes comunistas no les suelen gustar los Ejércitos fuertes y con ideas propias. En el XV Congreso algunos miembros clave de las FFAA fueron jubilados, al tiempo que se constituía un Comité Permanente del Politburó sin militares. Todo ello debía servir como piedra de toque para su profesionalización.

En lo económico, Jiang logró imponer su agenda reformista y los cambios legales necesarios para su triunfo. Esto implicó una serie de cambios ideológicos de calado. Se situó a Deng Xiaoping a la altura de Sun Yat-sen y de Mao, colocando las reformas iniciadas por Deng en 1978 al mismo nivel que el derrumbamiento del régimen imperial o el establecimiento de la República Popular. En este Congreso se eliminó finalmente la política de los dos cualesquiera (cualquier decisión política tomada por Mao, debía ser mantenida; cualquier instrucción que hubiese dado debía ser observada rigurosamente); el pragmatismo chino hacía que el respeto de los dos cualesquiera dependiera de las circunstancias, pero resultaba mejor rescindirlo, que los simbolismos los carga el diablo. A cambio, se instituyeron los “tres favorables”: todo es válido y correcto si contribuye al desarrollo de las fuerzas productivas, a mejorar las condiciones de vida del pueblo y a fortalecer el Estado socialista en China.

En marzo de 1999 se realizó una pequeña enmienda de seis artículos de la Constitución. Los cambios principales consistieron en: 1) Consagrar el papel director del Pensamiento de Deng Xiaoping; 2) El sector privado subió de categoría, al pasar de “complemento de la economía socialista” a ser “un componente importante” de la economía nacional; 3) Se habla de gobierno socialista conforme a la Ley; 4) Se reafirma el deber del Estado de mantener el orden público y suprimir las actividades traidoras o criminales que pongan en peligro la seguridad estatal. Penaliza las actividades que distorsionen la economía socialista.

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¿Por qué pensamos que China se tenía que democratizar? (y IV)

Por Emilio de Miguel Calabia

ABC, 05 JULIO 2022

 

A pesar de Tiananmen y de los pocos signos de apertura, Occidente siguió apostando a la apertura democrática de China. ¿Por qué? Para empezar, las compañías occidentales estaban haciendo mucho dinero en China o, al menos, esperaban hacerlo; lo último que querían era que sus gobiernos rompiesen los puentes. China, por su parte, en estos años llevó a cabo una política exterior muy prudente, siguiendo los consejos de Deng Xiaoping tras Tiananmen: observar tranquilamente, mantenerse firme, responder cuidadosamente y esconder las capacidades propias para ganar tiempo. En 1990, cuando el Consejo de Seguridad de NNUU autorizó a los miembros de la organización a utilizar todos los medios necesarios para sacar a Iraq de Kuwait, China se abstuvo.

Jiang Zemin realizó gran número de viajes al extranjero y transmitió la imagen que Occidente deseaba ver: un líder serio y colaborador, articulado y que sabía cómo mostrarse asertivo cuando hacía falta, pero sin exagerar la nota. Aunque en lo político no hubiese reformas de calado que reseñar, las reformas en lo económico en dirección hacia una economía de mercado eran impresionantes.

Fue entonces cuando EEUU tuvo la genial idea de dar el espaldarazo definitivo a China, facilitando su ingreso en la Organización Mundial del Comercio. Dos citas para mostrar lo que los líderes norteamericanos esperaban de este ingreso. Bill Clinton: “Cuando más liberalice su economía china, más completamente liberará el potencial de su pueblo. Y cuando los individuos tengan el poder de no sólo soñar sino de realizar sus sueños, pedirán un mayor poder de decisión.” George W. Bush, por su parte, pronunció uno de sus pronósticos clarividentes, como el de “misión cumplida” en Iraq: “La libertad económica crea el hábito de la libertad. Y el hábito de la libertad crea las expectativas de democracia. Comercia libremente con China y el tiempo está de nuestro lado.” Pero no fue sólo un error presidencial. Todo el tiempo tuvieron a los lobistas de las grandes compañías, que veían a China como una tierra de oportunidad, susurrándoles al oído que era una buena idea.

Stewart Paterson en “China, Trade and Power: Why the West’s Economic Engagement has Failed?” recrimina la ingenuidad de los presidentes norteamericanos, aunque era una ingenuidad compartida por todo el establishment, por republicanos y demócratas. Paterson dice que hemos ayudado a que los niveles de vida en China crecieran, pero eso no volvió más democrático al sistema. Al contrario, legitimó al PCCh, que estaba mejorando la vida de sus ciudadanos. Mejor aún, puso a China en la carrera hacia la hegemonía, ya que le otorgó un predominio sobre las manufacturas globales que China pronto convirtió en poder e influencia geopolíticas.

El período de Hu Jintao (2002-2012) fue el penúltimo momento en el que Occidente pudo hacerse la ilusión de que la democratización de China estaba a la vuelta de la esquina. Hu había pertenecido al círculo de Hu Yaobang, aunque consiguió que su caída no le afectase. Era un hombre que rehuía el conflicto, cuyo perfil era más bien bajo; más un gestor que un ideólogo. De hecho daba la impresión de que sus alusiones al marxismo-leninismo eran más pro-forma, que realmente sentidas. Un ejemplo de su carácter: cuando estalló la epidemia del SARS en 2003, China se excusó por no haber reaccionado antes, después de que se hubiese revelado que funcionarios locales habían ocultado la seriedad del brote inicial. Cabe hacer más comentarios elogiosos, pero tenía un defecto importantísimo que ningún líder comunista se puede permitir: no era un hombre que proyectase poder ni que supiese imponerse.

Hu tenía una genuina preocupación social y quiso reducir la pobreza rural y mejorar los salarios de los obreros; también demostró una cierta preocupación medioambiental. Ocasionalmente hablaba vagamente de reformas democráticas, aunque en ese campo su Primer Ministro Wen Jiabao era un poco más expresivo. Durante su mandato la libertad de expresión mejoró. Consideraba que resultaba preferible dejar a los descontentos la válvula de escape de poder protestar.

Para que nada faltase, su Primer Ministro Wen Jiabao era un hombre que daba la impresión de que se preocupaba sinceramente de la calidad de vida del pueblo. Su comportamiento con ocasión del terremoto de Sichuan de mayo de 2008 estuvo lleno de compasión y preocupación genuina por los afectados. Poco después, desde el inicio de su segundo mandato comenzó a abogar por la introducción de reformas políticas y una mayor participación democrática de los ciudadanos.

Como de costumbre con China, nos entusiasmamos con el envoltorio y no vimos lo que había dentro del paquete. A continuación voy a referir una serie de hechos que hubieran debido hacer reflexionar a los optimistas que barruntaban una China a punto de hacerse democrática.

En 2005 se publicó un Libro Blanco sobre la Construcción de una Democracia Política en China. Lo más optimista era el título en sí, porque el resto… El sistema político se definía como una democracia socialista con características chinas, en la que la teoría marxista de la democracia se combinaba con la realidad de China y asimilaba los elementos democráticos de la cultura tradicional e institucional china. A este respecto convendría anotar que el pensamiento y la práctica políticas chinas clásicas no dejan mucho espacio al ejercicio de la democracia. La tradición filosófica más antiautoritaria, el taoísmo, es tan peculiar que puede tener tanto lecturas casi totalitarias como otras completamente anarquistas. Para mí, las tres frases clave del documento, que no dejan lugar a engaños son: “La democracia china es una democracia popular bajo el liderazgo del PCCh”; “La democracia china es una democracia garantizada por la dictadura democrática popular”; “La democracia china es una democracia con el centralismo democrático como el principio organizativo y modo operativos básicos”. El documento ciertamente abría algunos portillos, pero siempre en el marco de los principios inmutables que acabo de citar.

En 2007 hubo nuevo Libro Blanco, en esta ocasión sobre el sistema de partidos políticos. Aunque cueste creerlo, China no es en puridad un régimen de partido único. Desde la creación de la República Popular ha existido un frente unido entre el PCCh y ocho pequeños partidos que le apoyaron en la última etapa de la guerra (la Liga Democrática China, la Asociación para la Construcción Democrática Nacional de China, la Sociedad Jiusan, el Comité Revolucionario del Kuomintang Chino, el Partido Democrático de los Campesinos y Obreros de China, el Partido Zhi Gong y la Liga del Autogobierno Democrático de Taiwán). La doctrina oficial del PCCh resume las relaciones entre los partidos del Frente Unido como “coexistencia a largo plazo, supervisión mutua, cuidar unos de otros, disfrutar del honor y la vergüenza juntos.” La realidad es que en ocasiones el PCCh les puede consultar y ahí acaban sus funciones.

El Libro Blanco, como cabía esperar, trazó una descripción más halagüeña del “sistema de cooperación multipartidista” y habló de participación política, expresión de intereses, integración social, supervisión democrática y mantenimiento de la estabilidad. No está claro ni cuál era el objetivo del Libro Blanco, ni qué lectura exacta cabía hacer del mismo. Mi interpretación es que se trataba no de cambiar el modelo político, sino de hacerlo un poco más inclusivo y capaz de acomodar otras sensibilidades pero, eso sí, dentro de un orden.

En resumen, la época de Hu Jintao y Wen Jiabao puede verse como un momento de levísima apertura, pero siempre dentro del sistema. Puede que ellos mismos hubiesen querido una liberalización mayor, pero ésta es la ironía de los sistemas comunistas. Si uno quiere abrir la mano, tiene que enfrentarse a la mayoría del partido, pero si uno quiere cerrar el puño y crear un liderazgo fuerte y férreo, seguramente encontrará a buena parte del partido dispuesto a seguirlo.

En 2013 Xi Jinping asumió el liderazgo del país. Como de costumbre muchos sinólogos lo saludaron con entusiasmo, pensando que sería el heraldo de la democracia o de algo que se le pareciera. Era un hombre que había sufrido mucho durante la Revolución Cultural. Culto, leído, austero… Creo que acabaron desengañados.

 

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