EL PRÍNCIPE Parte 3
Tabla de contenidos
El Príncipe
Nicolás Maquiavelo
El Príncipe es una de las primeras manifestaciones para la estructuración de la política como saber científico. Entre sus páginas. se encuentran acercamientos a la moralidad y a la ética en el poder: la disciplina de los ciudadanos ante el peligro y, por último, un llamado desesperado para la liberación de Italia de las fuerzas extranjeras.
ÍNDICE
Nicolás Maquiavelo al Magnífico Lorenzo De Médecis
De las distintas clases de principados y de la forma en que se adquieren
De los principados hereditarios
De los principados mixtos
Por qué el reino de Darío, ocupado por Alejandro, no se sublevó contra los sucesores de éste tras su muerte
De qué manera hay que gobernar las ciudades o los principados que se regían por sus propias leyes, antes de ser ocupados
De los principados nuevos adquiridos por las armas propias y el talento personal
Capítulo VII
De los principados nuevos que se adquieren con las armas y las fortunas de otros
Capítulo VIII
De los que llegaron al principado mediante crímenes
Capítulo IX
Del principado civil
Capítulo X
Cómo deben medirse las fuerzas de todos los principados
Capítulo XI
De los principados eclesiásticos
Capítulo XII
De las distintas clases de milicias y de los soldados mercenarios
Capítulo XIII
De los soldados auxiliares, mixtos y mercenarios
Capítulo XIV
De los deberes del príncipe en lo concerniente al arte de la guerra
Capítulo XV
De aquellas cosas por las cuales los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o censurados
Capítulo XVI
De la prodigalidad y de la avaricia
Capítulo XVII
De la crueldad y la clemencia; y si es mejor ser temido que amado
Capítulo XVIII
De qué modo los príncipes deben cumplir sus promesas
Capítulo XIX
El príncipe debe evitar ser aborrecido y odiado
Capítulo XX
Si las fortalezas que los príncipes hacen con frecuencia, son útiles o no
Capítulo XXI
Cómo debe comportarse un príncipe para ser estimado
Capítulo XXII
De los secretarios del príncipe
Capítulo XXIII
Cómo huir de los aduladores
Capítulo XXIV
Por qué los príncipes de Italia perdieron sus Estados
Capítulo XXV
Del poder de la fortuna de las cosas humanas y de los medios para oponérsele
Capítulo XXVI
Exhortación a liberar a Italia de los bárbaros

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EL PRÍNCIPE (Parte 3: Capítulos VII y VIII)
De los nuevos principados adquiridos mediante armas ajenas o por la buena fortuna
Quienes solo por buena suerte se convierten en príncipes siendo simples ciudadanos tienen pocos problemas en su ascenso, pero muchos para mantenerse en lo alto:
no encuentran obstáculos para elevarse, dado que vuelan, pero se enfrentan a muchas dificultades cuando alcanzan la cima.
Se trata de aquellos a los que se entrega un Estado bien por dinero o por gracia de quien se lo concede, como les ocurrió a muchos en Grecia, en las ciudades de Jonia y del Helesponto, donde Darío designó príncipes para que mantuvieran las ciudades tanto por su propia seguridad como para su mayor gloria; y como sucedió a otros emperadores que alcanzaron el trono corrompiendo a sus soldados.
Estos se sustentan gracias a la voluntad y la fortuna de aquel que los ha elevado, cosas ambas veleidosas e inestables.
Tampoco tienen el conocimiento requerido para la posición porque, a menos que sean hombres de gran valía y habilidad, no es razonable esperar que sepan mandar, al haber vivido siempre como simples ciudadanos; además, no pueden mantenerse porque carecen de fuerzas amigas y fieles.
Chi non fa e’ fondamenti prima, li potrebbe con una gran virtù farli poi, ancora che si faccino con disagio dello architettor e periculo dello edifizio.
Quien no ha colocado primero sus cimientos puede ser capaz, con gran habilidad, de asentarlos después, aunque eso implique complicaciones para el arquitecto y riesgo para el edificio.

Los Estados que surgen inesperadamente, como todo lo que en la naturaleza nace y crece con rapidez, no pueden fijar sus raíces (NT- Le radici e corrispondenze, sus raíces -cimientos- y ramificaciones -correspondencias o relaciones con otros Estados) y ramificaciones de modo que no sean derribados por la primera tormenta, a menos que, como se ha dicho,
quienes se convierten en príncipes de repente sean hombres con la habilidad suficiente para saber que han de prepararse de inmediato para conservar aquello que la fortuna les ha puesto entre manos, y que han de erigir DESPUÉS esos cimientos que otros pusieron ANTES de convertirse en príncipes.

Respecto a estos dos métodos de ascender al rango de príncipe por habilidad o por fortuna, deseo recurrir a dos ejemplos que aún permanecen en nuestra memoria, y estos son Francesco Sforza (*) y César Borgia.
Francesco, con los medios apropiados y con gran habilidad, de ser un ciudadano normal pasó a convertirse en duque de Milán, y lo que había adquirido con un millar de tribulaciones pudo conservarlo con pocos problemas.

Por su parte, César Borgia, llamado por el pueblo duque Valentino, adquirió su Estado durante el ascenso de su padre y en su declive lo perdió, aunque había adoptado todas las medidas y hecho todo lo que debía hacer un hombre sabio y capaz para hundir con firmeza sus raíces en los Estados que las armas y fortuna de otros le habían otorgado.
César Borgia adquirió su Estado durante el ascenso de su padre y en su declive lo perdió, aunque había adoptado todas las medidas y hecho todo lo que debía hacer un hombre sabio y capaz para hundir con firmeza sus raíces en los Estados que las armas y fortuna de otros le habían otorgado.
Porque, como se afirma más arriba, quien no ha colocado primero sus cimientos puede ser capaz, con gran habilidad, de asentarlos después, aunque eso implique complicaciones para el arquitecto y riesgo para el edificio.
Así, si se consideran todos los pasos dados por el duque, se verá que sentó unas bases sólidas para su futuro poder, y no me parece superfluo comentarlas, porque no sé qué mejores preceptos ofrecer a un nuevo príncipe que el ejemplo de sus acciones; y si sus disposiciones no han dado buen resultado, no será de él la culpa, sino del extraordinario y extremo rigor de la fortuna.
«…quien no ha colocado primero sus cimientos puede ser capaz, con gran habilidad, de asentarlos después, aunque eso implique complicaciones para el arquitecto y riesgo para el edificio».

Alejandro VI, en su deseo de engrandecer al duque, su hijo, se enfrentaba a muchas dificultades inmediatas y futuras.
En primer lugar, no veía el modo de convertirle en señor de un Estado que no fuera de la Iglesia; y si se decidía a apoderarse de uno de la Iglesia sabía que el duque de Milán y los venecianos no lo consentirían, porque Faenza y Rímini estaban ya bajo la protección de los venecianos.
Además, vio que las fuerzas de Italia, en especial aquellas que podrían haberle ayudado, estaban en manos de quienes temían el engrandecimiento del papa, a saber, los Orsini, los Colonna y sus seguidores.
Le convenía, por tanto, alterar este estado de cosas y enzarzar a los poderes para adueñarse con seguridad de parte de sus Estados.
Le fue fácil hacerlo, porque descubrió que los venecianos, movidos por otros motivos, se mostraban propensos a traer de vuelta a Italia a los franceses; no solo no se opondría a ello, sino que facilitaría la tarea disolviendo el anterior matrimonio del rey Luis.
El rey entró en Italia con la ayuda de los venecianos y el consentimiento de Alejandro. En cuanto llegó a Milán, Luis proporcionó al papa tropas para su intento de tomar la Romaña, que cedió ante él debido a la reputación del rey.

Una vez ganada la Romaña y derrotados los Colonna, aunque deseaba conservar lo adquirido y avanzar más allá, el duque se vio lastrado por dos cosas:
la primera, que sus fuerzas no parecían serle leales;
la segunda, la voluntad de Francia.
Es decir, no solo temía que le fallaran las fuerzas de los Orsini, que estaba usando, y le impidieran ganar otros territorios, sino que ellas mismas podrían apoderarse de los que había conseguido, y que el rey podría hacer lo mismo.
Es decir, no solo temía que le fallaran las fuerzas de los Orsini, que estaba usando, y le impidieran ganar otros territorios, sino que ellas mismas podrían apoderarse de los que había conseguido, y que el rey podría hacer lo mismo.
Recibió una confirmación de los Orsini cuando, tras tomar Faenza y atacar Bolonia, vio que se sumaban muy a regañadientes al ataque.
Y en cuanto al rey, le hizo desistir de la empresa cuando, después de tomar el ducado de Urbino, atacó Toscana. Así fue como el duque decidió no depender más de las armas y la suerte de otros.
Así fue como el duque decidió no depender más de las armas y la suerte de otros.

Como primera medida debilitó a los bandos de los Orsini y los Colonna
Como primera medida debilitó a los bandos de los Orsini y los Colonna ganándose a todos sus aliados, que eran caballeros, ofreciéndoles buena paga y, en función de su rango, honrándoles con cargos y mando, de modo tal que en pocos meses toda vinculación a las facciones quedó destruida y transferida por completo al duque.
Tras dispersar a los fieles de la casa de Colonna, esperó una oportunidad para aplastar a los Orsini. Esta llegó pronto y la aprovechó bien:
los Orsini, viendo al fin que el engrandecimiento del duque y la Iglesia habían de arruinarles, convocaron una reunión en Magione, Perugia.
Fruto de ella fue la rebelión en Urbino, los tumultos en la Romaña e innumerables peligros para el duque, todo lo cual superó con la ayuda de los franceses.
Restaurada su autoridad, para no arriesgarla confiando en los franceses u otras fuerzas exteriores, recurrió a la astucia.
Restaurada su autoridad, para no arriesgarla confiando en los franceses u otras fuerzas exteriores, recurrió a la astucia.
Sabía ocultar tan bien lo que pensaba que, por mediación del señor Paolo a quien se había asegurado el duque con todo tipo de atenciones, dinero, trajes y caballos-, los Orsini se reconciliaron y su ingenuidad les hizo caer ante el duque en Sinigalia (Sinigalia, 31 de diciembre de 1502).

Una vez eliminados los líderes y después de convertir en aliados a sus partidarios, el duque sentó unas bases suficientemente sólidas para su poder.
Además, se ganó el aprecio del pueblo, que empezaba a apreciar la prosperidad.
Una vez eliminados los líderes y después de convertir en aliados a sus partidarios, el duque sentó unas bases suficientemente sólidas para su poder, al contar con toda la Romaña y el ducado de Urbino. Además, se ganó el aprecio del pueblo, que empezaba a apreciar la prosperidad.
Y dado que este punto es digno de señalar, y debe ser imitado por otros, no quiero pasarlo por alto.
Cuando el duque invadió la Romaña la encontró bajo el mando de señores débiles, que saqueaban a sus súbditos más que gobernarles, dándoles más motivos de desunión que de unión, por lo que el país estaba asolado por robos, querellas y todo tipo de violencia.
Con el deseo de restaurar la paz y la obediencia a la autoridad, consideró necesario dotarla de un buen gobernador.
Así pues, promocionó a micer Ramiro de Orco (también conocido como Ramiro de Lorqua o de Lorca), un hombre resuelto y cruel, al que otorgó los máximos poderes.

En poco tiempo, este hombre trajo la paz y la unidad con el mayor de los éxitos.
Más adelante, el duque decidió que no era recomendable conferirle una autoridad tan excesiva, ya que no tenía dudas de que se volvería odioso, por lo que
creó un tribunal de enjuiciamiento bajo un excelente presidente, donde todas las ciudades tenían sus defensores.
Y dado que sabía que la severidad del pasado había despertado cierto odio hacia su persona, para limpiar su imagen a ojos del pueblo y ganárselo por completo quiso probar que
si se había producido alguna crueldad, no era él el origen, sino la severidad natural del ministro.
Gracias a esta coartada, capturó a Ramiro y le hizo ejecutar una mañana en la plaza de Cesena, donde lo dejaron, con el tajo y un cuchillo ensangrentado al lado. La barbarie de este espectáculo hizo que el pueblo se sintiera a la vez satisfecho y asustado.

Pero regresemos al punto de partida.
Sostengo que el duque, al considerarse ya lo bastante poderoso y parcialmente a salvo de peligros inmediatos por haberse armado a su propio gusto, y habiendo aplastado en gran medida las fuerzas vecinas que pudieran perjudicarle si proseguía con sus conquistas, tenía que tener en cuenta a Francia, ya que sabía que el rey, que tomó conciencia de su error demasiado tarde, se negaba a apoyarle.
A partir de ese momento empezó a buscar nuevas alianzas y a contemporizar con Francia en lo relativo a la expedición que estaba poniendo en marcha en el reino de Nápoles contra los españoles que asediaban Gaeta.
Su intención era asegurar su posición ante ellos, lo que habría logrado rápidamente si Alejandro hubiera vivido.
Su intención era asegurar su posición ante ellos, lo que habría logrado rápidamente si Alejandro hubiera vivido.

Tal era su línea de acción respecto a los asuntos presentes. Pero en cuanto al futuro debía temer, en primer lugar, que un nuevo sucesor en la Iglesia le fuera hostil e intentara arrebatarle lo que Alejandro le había dado.
Decidió actuar de cuatro modos:
primero, exterminar a las familias de los señores a los que había arruinado, para arrebatarle tal pretexto al papa.
En segundo lugar, ganarse a todos los caballeros de Roma para así poder pararle los pies al papa con su ayuda.
En tercer lugar, consiguiendo mayor fidelidad del Colegio Cardenalicio.
En cuarto lugar, adquirir tanto poder antes de la muerte del papa como para poder resistir el primer ataque por sí mismo.

De estos cuatro objetivos había alcanzado tres a la muerte de Alejandro.
Había dado muerte a todos los señores desposeídos que pudo atrapar, y pocos habían escapado; se había ganado a los caballeros de Roma y tenía a su favor a la mayor parte del Colegio.
En lo referente a posibles nuevas adquisiciones, tenía en mente convertirse en amo de la Toscana, dado que ya poseía Perugia y Piombino, y Pisa estaba bajo su protección.
Y dado que no tenía que vigilar a Francia (ya que los franceses habían sido expulsados del reino de Nápoles por los españoles, y ambos se veían obligados a ganarse su voluntad), se lanzó sobre Pisa.
Después de esto, Lucca y Siena cedieron de inmediato, en parte por odio y en parte por miedo a los florentinos; los florentinos no habrían tenido escapatoria si hubiera seguido prosperando, como lo estaba haciendo el año que murió Alejandro, ya que había adquirido tanto poder y reputación que se habría podido mantener por sí mismo sin depender de la suerte y las fuerzas de otros, sino solamente de su propio poder y habilidad.
Los florentinos no habrían tenido escapatoria si hubiera seguido prosperando, como lo estaba haciendo César Borgia el año que murió Alejandro, ya que había adquirido tanto poder y reputación que se habría podido mantener por sí mismo sin depender de la suerte y las fuerzas de otros, sino solamente de su propio poder y habilidad.

Alejandro murió cinco años después de desenvainar por primera vez su espada.
Dejó al duque con el Estado de Romaña consolidado, y el resto en el aire, entre los dos ejércitos hostiles más poderosos.
Pero Alejandro murió cinco años después de desenvainar por primera vez su espada. Dejó al duque con el Estado de Romaña consolidado, y el resto en el aire, entre los dos ejércitos hostiles más poderosos.
El duque conocía tan bien cómo se gana o se pierde a los hombres, y tan firmes eran los cimientos que en breve tiempo había tendido, que si no hubiera tenido esos ejércitos a su espalda, o si hubiera tenido buena salud, habría superado todas las dificultades.
Y se puede afirmar que sus cimientos eran buenos, ya que la Romaña le esperó durante más de un mes.
En Roma, aunque ya moribundo, estaba seguro; y aunque los Baglioni, los Vitelli y los Orsini podían avanzar sobre Roma, no actuarían contra él de ninguna manera. Aunque no pudo hacer papa a quien quiso, al menos habría evitado que fuese elegido quien él no deseaba.
Aunque no pudo hacer papa a quien quiso, al menos habría evitado que fuese elegido quien él no deseaba.

Si su estado de salud a la muerte de Alejandro hubiera sido bueno (Alejandro VI murió de fiebres el 18 de agosto de 1503), todo habría sido diferente para él.
El día en que Julio II (Julio II era Giuliano della Rovere, cardenal de San Pietro ad Vincula, nacido en 1443 y muerto en 1513) fue elegido, me dijo que había pensado en todo lo que podría ocurrir tras la muerte de su padre, y había previsto remedio para todo ello, salvo que jamás imaginó que también él estaría a punto de morir.
«Me dijo que había pensado en todo lo que podría ocurrir tras la muerte de su padre, y había previsto remedio para todo ello, salvo que jamás imaginó que también él estaría a punto de morir«.
Cuando se recuerdan todos la acciones del duque, no sé cómo censurarle, sino que por el contrario, como ya he dicho, debería postularle como ejemplo a imitar por todos los que, por la fortuna o las armas de otros, ascienden a la posición de gobernante.
Porque él, que poseía un elevado espíritu y objetivos de gran alcance, no podría haberse conducido de otro modo, y únicamente la brevedad de la vida de Alejandro y su enfermedad frustraron sus designios.
Por tanto, aquel que considere necesario asegurar su posición en un nuevo principado,
hacer amigos,
derrotar por la fuerza o el engaño,
cambiar el viejo orden por uno nuevo,
hacer que el pueblo le ame y le tema,
ser severo y clemente,
magnánimo y liberal,
que sus soldados le sigan y le reverencien,
exterminar a quienes tienen poder o razones para perjudicarle,
variar el ordenamiento de las cosas,
establecer alianzas con reyes y príncipes que se vean obligados a ayudarle con celo y ofenderle con cautela,
no podrá encontrar un ejemplo más enérgico que los actos de este hombre.

Solo cabe culparle de la elección de Julio II, que fue una mala decisión.
Solo cabe culparle de la elección de Julio II, que fue una mala decisión.
Como se ha dicho, no podía elegir un papa a su gusto; en cambio, podía haber dificultado la elección de cualquier otro y jamás consentir la elección de ningún cardenal al que hubiera ofendido o que tuviera motivos para temerle si se convertía en pontífice.
Porque los hombres hacen daño por miedo o por odio.
Aquellos a quienes había perjudicado eran, ente otros, el cardenal de San Pietro ad Vincula, Colonna, San Giorgio y Ascanio (San Giorgio alude a Raffaelo Riario. Ascanio es Ascanio Sforza).

El resto, al convertirse en papa, le habrían temido, a excepción de Ruán y los españoles, estos por parentesco y obligaciones, el primero por su influencia, ya que el reino de Francia tenía relaciones con él.
Por encima de todo, el duque hubiera debido nombrar un papa español y, de no ser posible, haber consentido el ascenso de Ruán y no el de San Pietro ad Vincula. Quien crea que nuevos beneficios harán que grandes personajes olviden viejas heridas, se engaña.
Por lo tanto, el duque se equivocó en su elección y esto fue la causa de su ruina definitiva.
E benché Ballioni, Vitelli et Orsini venissino in Roma, non ebbobo séguito contro di lui: possé fare, se non chi e’ volle papa, almeno che non fussi chi non voleva.
…y aunque los Baglioni, los Vitelli y los Orsini podían avanzar sobre Roma, no actuarían contra él de ninguna manera. Aunque no pudo hacer papa a quien quiso, al menos habría evitado que fuese elegido quien él no deseaba.

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Nota
(*) Francisco Sforza, nacido en 1401, murió en 1466. Contrajo matrimonio con Bianca Maria Visconti, hija natural de Felipe Visconti, duque de Milán, a cuya muerte maquinó su ascenso al ducado.
Maquiavelo fue el embajador de la República florentina ante César Borgia (1478-1507) durante las negociaciones que condujeron al asesinato de los Orsini y los Vitelli en Sinigalia.
Junto a las cartas a sus superiores de Florencia ha dejado una narración, escrita diez años antes que El principe, sobre los métodos del duque en su Descrizione del modo tenuto dal duca Valentino nello ammazzare Vitellozzo Vitelli («Descripción de cómo procedió el duque Valentino para matar a Vitellozzo Vitelli»).

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De quienes han obtenido un principado a través de la maldad
Puesto que hay otras dos formas de llegar a príncipe que no pueden atribuirse solo a la fortuna o el genio, para mí es evidente que no debo olvidarme de ellas, aunque una podría ser tratada con más extensión cuando aborde las repúblicas.
Estos procedimientos son
aquellos por los que se asciende al principado por medios delictivos o nefandos,
o cuando por el favor de sus conciudadanos una persona se convierte en príncipe de su país.

Respecto al primer método, será ilustrado por dos ejemplos -uno antiguo, el otro moderno-y, sin entrar más a fondo en el tema, considero que bastarán para quienes se vean obligados a seguirlos.
Agatocles (Agatocles de Siracusa, nacido en 361 a. C., murió en 289 a. C.), se convirtió en rey de Siracusa no solo desde una posición particular, sino desde la más baja y abyecta. Este hombre, hijo de un alfarero, llevó una vida infame sometida a los cambios de la fortuna.
No obstante, sus infamias se combinaban con tal capacidad de mente y cuerpo que, habiéndose entregado a la profesión militar, ascendió de rango hasta ser pretor de Siracusa.
Una vez alcanzado este cargo, y deliberadamente resuelto a convertirse en príncipe y tomar por la violencia, sin obligaciones hacia otros, lo que le hubiera sido concedido de buen grado, llegó a un acuerdo con Amílcar, el cartaginés que con su ejército estaba batallando en Sicilia.
Una mañana reunió al pueblo y el senado de Siracusa, como si tuviera que discutir con ellos asuntos relacionados con la república, y a una señal acordada, los soldados asesinaron a todos los senadores y a los más ricos del lugar; muertos estos, conservó el principado de esa ciudad sin ninguna rebelión civil.
A pesar de que fue aplastado dos veces por los cartagineses, y finalmente sitiado, no solo fue capaz de defender su ciudad, sino que, dejando a parte de sus hombres para su defensa, con el resto atacó África y en breve plazo contrarrestó el asedio de Siracusa.
Los cartagineses, reducidos a una situación de extrema necesidad, se vieron forzados a llegar a un acuerdo con Agatocles y, dejando en sus manos Sicilia, tuvieron que contentarse con su posesión de África.

Quien estudie los actos y el genio de este hombre descubrirá poco, o nada, que pueda atribuirse a la fortuna.
Como se ha expuesto anteriormente, no alcanzó la preeminencia por el favor de nadie, sino paso a paso en la profesión militar, a costa de mil problemas y dificultades, y después defendiendo audazmente cada avance con muchos peligros y riesgos.
Pero no se puede llamar talento al hecho de matar a conciudadanos, engañar a los amigos, carecer de fe, de misericordia, de religión; puede que tales métodos permitan ganar imperios, pero no acarrean la gloria.
Pero no se puede llamar talento al hecho de matar a conciudadanos, engañar a los amigos, carecer de fe, de misericordia, de religión; puede que tales métodos permitan ganar imperios, pero no acarrean la gloria.
Sin embargo, si se toma en consideración el coraje de Agatocles a la hora de arriesgarse y salir victorioso, así como la grandeza de su mente al tolerar y superar tribulaciones, no hay motivo por el que deba ser menos estimado que el más notable de los capitanes.
No obstante, esa bárbara crueldad e inhumanidad, esa infinita maldad, no permiten alabarle junto a los hombres más excelentes.
Lo que logró no puede atribuirse ni a la fortuna ni a la virtud.
E debbe, sopr’ a tutto, uno principe viver con li suoi sudditi in modo che veruno accident o di male o dib en lo abbi a fare variare.
(Y, sobre todo, un príncipe debe convivir con sus súbditos de tal manera que ningún accidente, sea bueno o malo, pueda hacerle cambiar)

En nuestros tiempos, durante el gobierno de Alejandro VI, Oliverotto da Fermo fue criado por su tío materno, Juan Fogliani, al quedar huérfano.
En los primeros años de su juventud luchó a las órdenes de Paolo Vitelli para que, al recibir instrucción en esta disciplina, pudiera alcanzar algún rango elevado en la profesión militar.
A la muerte de Paolo combatió a las órdenes de su hermano Vitellozzo y en muy poco tiempo, al estar dotado de ingenio y de un cuerpo y una mente vigorosos, se convirtió en el primer hombre de su ejército.
Pero como estimó mezquino servir a otros, resolvió con la ayuda de su algunos conciudadanos, que amaban más la esclavitud de su país que la libertad, y el apoyo de los Vitellozzo, apoderarse de Fermo.
Oliverotto resolvió, con la ayuda de su algunos conciudadanos, que amaban más la esclavitud de su país que la libertad, y el apoyo de los Vitellozzo, apoderarse de Fermo.

Escribió a Juan Fogliani diciéndole que, después de muchos años lejos de casa, deseaba visitarle a él y su ciudad, y en cierta medida comprobar el estado de su patrimonio.
Escribió a Juan Fogliani diciéndole que, después de muchos años lejos de casa, deseaba visitarle a él y su ciudad, y en cierta medida comprobar el estado de su patrimonio.
Aunque no se había esforzado por adquirir nada salvo honor, quería que sus conciudadanos vieran que no había desperdiciado el tiempo en vano, por lo que deseaba presentarse con dignidad acompañado de un centenar de hombres a caballo, sus amigos y servidores.
Imploraba a Juan que lo dispusiera todo para ser recibido dignamente por los habitantes de Fermo, todo lo cual no solo le honraría a él, sino también al propio Juan, que le había criado.
Imploraba a Juan que lo dispusiera todo para ser recibido dignamente por los habitantes de Fermo, todo lo cual no solo le honraría a él, sino también al propio Juan, que le había criado.
Juan no escatimó las atenciones debidas a su sobrino, hizo que fuera recibido con honores por los fermianos y le alojó en su casa.

Al cabo de unos días, después de organizar todo lo necesario para sus malvados propósitos, Oliverotto celebró un solemne banquete al que invitó a Juan Fogliani y los jefes de Fermo.
Al cabo de unos días, después de organizar todo lo necesario para sus malvados propósitos, Oliverotto celebró un solemne banquete al que invitó a Juan Fogliani y los jefes de Fermo.
Acabados los manjares y todos los demás entretenimientos habituales en tales banquetes, Oliverotto propició una discusión acerca de la grandeza del papa Alejandro y su hijo César, y de sus empresas.
Ante la respuesta de Juan y otros, se levantó de inmediato diciendo que dichos asunto debían se comentados en un lugar más privado, y se trasladó a otra estancia, a la que le siguieron Juan y el resto de los ciudadanos.
Tan pronto como se sentaron, irrumpieron soldados, que se habían ocultado en secreto, y mataron a Juan y a los demás.
Tan pronto como se sentaron, irrumpieron soldados, que se habían ocultado en secreto, y mataron a Juan y a los demás. Tras estos asesinatos, Oliverotto, recorrió la ciudad arriba y abajo montado a caballo, y asedió al magistrado supremo en el palacio. El pueblo, atemorizado, se vio obligado a obedecerle y aceptar un gobierno del que se erigió en príncipe.
El pueblo, atemorizado, se vio obligado a obedecerle y aceptar un gobierno del que se erigió en príncipe.
Mató a todos los descontentos que podían perjudicarle y se afianzó en el puesto por medio de nuevas ordenanzas civiles y militares, de modo que en el año en que conservó el principado no solo estuvo seguro en la ciudad de Fermo, sino que era temido por sus vecinos.
Su destrucción habría sido tan difícil como la de Agatocles si no se hubiera dejado engañar por César Borgia y prender, junto con los Orsini y los Vitelli, en Sinigalia.

Un año después de que Oliverotto cometiera su parricidio, fue estrangulado junto a Vitellozzo, que había sido su maestro en valor y maldad.
Su destrucción habría sido tan difícil como la de Agatocles si no se hubiera dejado engañar por César Borgia y prender, junto con los Orsini y los Vitelli, en Sinigalia, como se ha señalado antes.
Así pues, un año después de que cometiera su parricidio, fue estrangulado junto a Vitellozzo, que había sido su maestro en valor y maldad.
«Y, por encima de todo, un príncipe debería vivir entre su pueblo de tal modo que ninguna circunstancia inesperada, sea buena o mala, le haga cambiar».
Quizá alguien se pregunte cómo es posible que Agatocles y su ralea pudieran vivir seguros en sus dominios pese a infinitas traiciones y crueldades, y defenderse de enemigos exteriores sin jamás ser objeto de una conspiración de sus propios ciudadanos, dado que muchos otros que llegaron a la misma posición mediante la crueldad, fueron incapaces, incluso en tiempos de paz, de mantener su Estado, y menos aún en inseguros tiempos de guerra.
Creo que esto se debe al impropio o mal uso de la severidad (Burd sugiere que esta palabra probablemente se aproxima más al equivalente moderno del pensamiento de Maquiavelo cuando habla de crudeltà que las más obvias «atrocidades»).
Esta puede ser utilizada apropiadamente (si es posible hablar bien del mal) cuando se aplica de una sola vez y es necesaria para la propia seguridad, pero no se persiste después en la maldad, a menos que pueda convertirse en una ventaja para los súbditos.
Las crueldades mal empleadas son aquellas que, sin importar que sean pocas al comienzo, se multiplican con el tiempo en vez de disminuir.
Quienes practican el primer sistema pueden, con la ayuda divina o humana, mitigar en alguna medida su severidad, como hizo Agatocles. A los que siguen el otro les es imposible mantenerse.
Quienes practican el primer sistema pueden, con la ayuda divina o humana, mitigar en alguna medida su severidad, como hizo Agatocles.
A los que siguen el otro les es imposible mantenerse.
Por eso, hay que subrayar que, al apoderarse de un Estado, el usurpador ha de considerar cuidadosamente todas las heridas que deberá infligir, y hacerlo de golpe para no tener que repetirlas a diario; así podrá reconfortar a sus súbditos y ganárselos mediante prebendas.
Quien hace otra cosa, bien por ser timorato o por estar mal aconsejado, se ve obligado a llevar siempre el cuchillo en la mano.
Tampoco puede confiar en sus súbditos, ni ellos en él, debido a las continuas y reiteradas penalidades a las que se ven sometidos. Porque las heridas deben infligirse todas de una vez, para que al ser menos frecuentes ofendan menos; los favores han de concederse poco a poco, para que sean paladeados durante más tiempo.
Porque las heridas deben infligirse todas de una vez, para que al ser menos frecuentes ofendan menos; los favores han de concederse poco a poco, para que sean paladeados durante más tiempo.
Y, por encima de todo, un príncipe debería vivir entre su pueblo de tal modo que ninguna circunstancia inesperada, sea buena o mala, le haga cambiar; porque si surge la necesidad de hacerlo en tiempos turbulentos, es demasiado tarde para tomar medidas duras; y las moderadas no serán de ayuda, ya que pensarán que os han sido impuestas y nadie sentirá obligación alguna hacia vos.
Un príncipe debería vivir entre su pueblo sin que ninguna circunstancia le haga cambiar; porque si surge la necesidad de hacerlo en tiempos turbulentos, es demasiado tarde para tomar medidas duras; y las moderadas no serán de ayuda, ya que pensarán que os han sido impuestas y nadie sentirá obligación alguna hacia vos.

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