MEZCLAOS CON EL PUEBLO
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¿PARA QUÉ SIRVE EL ESTADO?, por Piotr Kropotkin
“Hoy el Estado ha llegado a inmiscuirse en todas las manifestaciones de nuestra vida; desde la cuna a la tumba nos tritura con su peso.
Unas veces el Estado central, otras el de la provincia, otras el municipio; un poder nos persigue a cada paso, se nos aparece a la vuelta de cada esquina y nos vigila, nos impone, nos esclaviza.
Legisla todos nuestros actos y amontona tal cúmulo de leyes que confunde al más listo de los abogados.
¿Para qué sirve esta inmensa máquina que llamamos Estado?
¿Es para impedir la explotación del obrero por el capitalista, del campesino por el rentista?
¿Es para facilitar y asegurar el trabajo, para defendernos contra el usurero, para suministrarnos alimentos cuando la amada esposa no tiene más que agua para calmar el hambre del niño que llora agarrado a su exhausto seno?
No, y mil veces no.
Todo para el propietario holgazán; todo contra el proletario trabajador; la instrucción burguesa que desde la más tierna edad corrompe la infancia, inculcándole prejuicios de esclavitud; la Iglesia que confunde el cerebro de la mujer; la ley que impide la difusión de ideas de solidaridad e igualdad; el dinero, que sirve a veces para corromper a los que se hacen apóstoles de la solidaridad de los trabajadores; la cárcel y la metralla a discreción para reducir a silencio a quien no se deja corromper.
He ahí la misión del Estado”.
Democracia Constitucional, 29 MAYO 2009
El Estado, este organismo que deja en poder de unos cuantos los asuntos de todos, es una forma de organización humana que ha dado de sí cuanto tenía, y por eso la humanidad intenta nuevas formas de agrupación.
Luego de haber llegado a su apogeo en el siglo dieciocho, los viejos Estados de Europa han entrado ya en la fase de descenso. Los pueblos, sobre todo los de raza latina, aspiran a la destrucción de ese poder que no sirve más que para cohibir su libre desenvolvimiento. Quieren la autonomía de las provincias, de los municipios, la asociación entre sí de los grupos obreros, supresión de poderes que impongan, establecimiento de lazos de apoyo mutuo y libre acuerdo. Tal es la fase histórica en que entramos, y nada puede impedir su realización.
UN PODER QUE NOS PERSIGUE A CADA PASO
Hoy el Estado ha llegado a inmiscuirse en todas las manifestaciones de nuestra vida; desde la cuna a la tumba nos tritura con su peso. Unas veces el Estado central, otras el de la provincia, otras el municipio; un poder nos persigue a cada paso, se nos aparece a la vuelta de cada esquina y nos vigila, nos impone, nos esclaviza. Legisla todos nuestros actos y amontona tal cúmulo de leyes que confunde al más listo de los abogados. Crea cada día nuevos engranajes, que adapta aviesamente a la vieja guimbarda recompuesta, llegando a construir una máquina tan complicada, bastarda y obstructiva, que subleva a los mismos encargados de hacerla funcionar.
El Estado crea además un ejército de empleados, arañas con largas uñas que no conocen del universo más que lo visto a través de los sucios cristales de la oficina o lo contenido en los textos absurdos que llenan el papelote de los archivos; multitud estúpida que no tiene otra religión que el dinero, ni más preocupación que la de pegarse a un partido cualquiera, negro, azul o blanco, que le garantice un máximo de sueldo por un mínimo de trabajo.
¿HAY ALGUNA ACTIVIDAD DEL ESTADO QUE NO INDIGNE?
Los resultados nos son, por desgracia, harto conocidos. ¿Hay una sola rama de la actividad del Estado que no indigne a quien tenga algo que ver con ella?
¿Hay un solo ramo en que el Estado, luego de muchos siglos de existencia de reformas, no dé pruebas evidentes de completa incapacidad? Las sumas inmensas que el Estado arranca a los pueblos, a pesar de ser mayores cada día, no son nunca suficientes. El Estado vive siempre a cargo de las futuras generaciones; se llena de deudas y marcha por todos lados a la ruina.
El Estado, aceptado por los pueblos con la condición de ser el defensor de los débiles contra los fuertes, se ha convertido hoy en fortaleza de los ricos contra los explotados, del propietario contra los proletarios.
EL ESTADO REDUCE A SILENCIO A QUIEN NO SE DEJA CORROMPER
¿Para qué sirve esta inmensa máquina que llamamos Estado? ¿Es para impedir la explotación del obrero por el capitalista, del campesino por el rentista? ¿Es para facilitar y asegurar el trabajo, para defendernos contra el usurero, para suministrarnos alimentos cuando la amada esposa no tiene más que agua para calmar el hambre del niño que llora agarrado a su exhausto seno? No, y mil veces no.
Todo para el propietario holgazán; todo contra el proletario trabajador; la instrucción burguesa que desde la más tierna edad corrompe la infancia, inculcándole prejuicios de esclavitud; la Iglesia que confunde el cerebro de la mujer; la ley que impide la difusión de ideas de solidaridad e igualdad; el dinero, que sirve a veces para corromper a los que se hacen apóstoles de la solidaridad de los trabajadores; la cárcel y la metralla a discreción para reducir a silencio a quien no se deja corromper. He ahí la misión del Estado.
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PIOTR KROPOTKIN, Palabras de un rebelde. Edhasa, 2001. Traducción de David León Gómez. [FD, 19/06/2006]

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MEZCLAOS CON EL PUEBLO, Y APRENDED, por Piotr Kropotkin
“Cuando todo está por hacer, cuando un ejército entero de gente joven encontraría bastante en qué ocupar todo el vigor de su viril energía, y toda la fuerza de su inteligencia y talento para ayudar al pueblo en la vasta empresa que ha acometido, ¿preguntáis qué haréis?
¿Dónde están esos profesores que pretenden poseer la ciencia y para quienes la misma humanidad no vale tanto como un insecto raro?
¿Dónde los que siempre están hablando a favor de la libertad y nunca tratan de conquistarla, viéndola constantemente pisoteada bajo sus pies?
¿Dónde está, por último, toda esa falange de hipócritas que habla del pueblo con lágrimas en los ojos, pero que jamás por ningún concepto se encuentra entre nosotros, ayudándonos en nuestro trabajo?
Vosotros, poetas, pintores, escritores, músicos luchad sin cesar por el triunfo de la verdad, justicia e igualdad entre los hombres, cuya gratitud ganaréis. ¡Qué claro y sencillo es todo esto!
Pero cuando uno se dirige a aquellos que no han sufrido los efectos del medio en que vive la burguesía, ¡cuántos sofismas hay que combatir!; ¡cuántas preocupaciones que vencer!; ¡cuántas objeciones interesadas que desechar!“
Democracia Constitucional, 11 August, 2013

¿En qué se diferencia el filósofo dedicado a pasar la vida todo lo agradablemente posible del borracho que sólo busca en la bebida la inmediata satisfacción de un placer?
Indudablemente el filósofo ha tenido mejor acierto en cuanto a la elección del goce, que es más duradero que el del borracho; pero ésta es la única diferencia; uno y otro tienen la misma mira egoísta personal.

¿DÓNDE ESTÁS TÚ?
Esto es lo que veréis si os mezcláis con el pueblo.
En esta lucha incesante, cuántas veces no se ha preguntado inútilmente el trabajador, a la par que caminaba bajo el peso de su yugo:
“¿Dónde, pues, está esa gente joven a quien se ha enseñado a nuestra costa, esos jóvenes a quienes alimentamos y vestimos mientras estudiaban?
¿Dónde están aquellos para quienes hemos edificado, con nuestros hombros agobiados bajo el peso de nuestras cargas y nuestros estómagos vacíos, esos colegios, esas salas de conferencia y esos museos?
¿Dónde están los hombres para cuyo beneficio nosotros con nuestros rostros pálidos y demacrados hemos impreso esos hermosos libros, muchos de los cuales ni siquiera podemos leer?
¿Dónde están esos profesores que pretenden poseer la ciencia y para quienes la misma humanidad no vale tanto como un insecto raro?
¿Dónde los que siempre están hablando a favor de la libertad y nunca tratan de conquistarla, viéndola constantemente pisoteada bajo sus pies?
¿Dónde esos escritores y poetas, esos pintores?
¿Dónde está, por último, toda esa falange de hipócritas que habla del pueblo con lágrimas en los ojos, pero que jamás por ningún concepto se encuentra entre nosotros, ayudándonos en nuestro trabajo?
¿Dónde están en verdad?”
ESA FALANGE DE HIPÓCRITAS
Unos se entregan al descanso con la más cobarde indiferencia; otros, la mayoría, desprecia a la sucia multitud y están dispuestos a lanzarse sobre ella si se atreve a tocar uno solo de sus privilegios.
Es verdad que de cuando en cuando viene a nosotros algún joven que sueña con tambores y barricadas y busca impresiones fuertes; pero que deserta de la causa del pueblo en cuanto percibe que el camino de la barricada es largo; el trabajo, pesado; y las coronas de laurel que han de ganarse en esta campaña están cubiertas de espinas.
Generalmente esos ambiciosos especuladores sin trabajo, quienes, no habiendo podido hacer nada en otro sentido, tratan de sorprender a la gente por este medio,
y que serán poco después los primeros en denunciarla cuando el pueblo desee aplicar los principios que ellos mismos habían profesado, están tal vez hasta dispuestos a volver sus armas contra la vil multitud si se atreve a moverse antes de que ellos hayan dado la señal.
TODO ESTÁ POR HACER
Pero aún preguntáis:
“¿Qué haremos”.
Cuando todo está por hacer, cuando un ejército entero de gente joven encontraría bastante en qué ocupar todo el vigor de su viril energía, y toda la fuerza de su inteligencia y talento para ayudar al pueblo en la vasta empresa que ha acometido, ¿preguntáis qué haréis?
Vosotros, que habéis trabajado por la aplicación de la ciencia a la industria, venid y decidnos francamente cuál ha sido el resultado de vuestros descubrimientos; convenced a aquellos que no se atreven a marchar resueltamente hacia el porvenir y hacedles ver cuántas nuevas invenciones lleva en su seno el conocimiento adquirido hasta el día:
qué podría hacer la industria bajo mejores condiciones y cuánto podría el hombre producir fácilmente si trabajase con el fin de mejorar se propia producción.
Vosotros, poetas, pintores, escritores, músicos; si comprendéis vuestra verdadera misión y el exacto interés del arte mismo, venid a nosotros; poned vuestra pluma, vuestro lápiz, vuestro cincel y vuestras ideas al servicio de la revolución; presentad con vuestro elocuente estilo y con vuestros expresivos cuadros la lucha heroica del pueblo contra sus opresores; encended el corazón de nuestra juventud con ese glorioso entusiasmo revolucionario que encendió el pecho de nuestros antecesores;
decid a las mujeres qué carrera tan gloriosa es la del marido que dedica su vida a la gran causa de la emancipación social.
Mostrad al pueblo qué triste es su vida actual, y hacedle tocar con la mano la causa de su desgracia. Decidnos qué racional sería la vida si no se encontrase a cada paso las locuras e ignominias de nuestro presente orden social.
Finalmente,
todos los que poseéis conocimientos, talento, capacidad, industria, si tenéis un átomo de simpatía en vuestro corazón, venid y poned vuestro servicio a disposición de aquellos que más lo necesitan.

LA CONDUCTA VERDADERAMENTE NOBLE Y RACIONAL
Y tened presente, si venís, que no lo hacéis como amos, sino como compañeros de penas:
que no venís a gobernar, sino a fortaleceros en una nueva vida que se eleva constantemente hacia la conquista del porvenir;
que, más que a enseñar, venís a recoger las aspiraciones de los más, a adivinarlas, a darles forma y a trabajar constantemente con todo el fuego de la juventud y el juicio de la edad madura para hacerlas posible en el momento actual;
entonces, y sólo entonces, seguiréis una conducta verdaderamente noble y racional, viendo así que cada esfuerzo vuestro en este sentido produce frutos en abundancia;
y una vez establecida esta sublime armonía entre vuestras acciones y lo que os dicta vuestra conciencia, obtendréis facultades que nunca soñasteis que pudieran dormir latentes en vosotros mismos.
Luchad incesantemente por el triunfo de la verdad, justicia e igualdad entre los hombres, cuya gratitud ganaréis.
¡Qué claro y sencillo es todo esto! Pero cuando uno se dirige a aquellos que no han sufrido los efectos del medio en que vive la burguesía,
¡cuántos sofismas hay que combatir!; ¡cuántas preocupaciones que vencer!; ¡cuántas objeciones interesadas que desechar!

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PIOTR KROPOTKIN, Palabras de un rebelde. Edhasa, 2001. Traducción de David León Gómez. FD, 20/06/2006.

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EL ESPÍRITU REVOLUCIONARIO, por Piotr Kopotkin
“En la vida de las sociedades se presentan épocas en que la Revolución se vuelve una necesidad imperiosa y se impone de un modo absoluto.
Ideas nuevas que germinan por doquier tratan de salir a la luz, de buscar una aplicación en la vida; pero se estrellan continuamente contra la fuerza de inercia de los que tienen interés en mantener el antiguo régimen.
Una necesidad de vida nueva se hace sentir.
Aquellos que desean el triunfo de la justicia se ven obligados a reconocer que la realización de sus ideas generosas, humanitarias, regeneradoras no puede verificarse en una sociedad como la constituida actualmente; comprenden la necesidad de una tormenta revolucionaria que barra toda esta putrefacción, vivifique con su soplo los corazones entorpecidos y lleve a la humanidad a la abnegación y al heroísmo sin los cuales una sociedad se envilece, se degrada y se descompone.
Es a la acción continua, siempre renovada, de las minorías a las que se debe esta transformación.
El valor, la abnegación, el espíritu de sacrificio, son tan contagiosos como la cobardía, la sumisión y el pánico.
¿Qué formas tomará la agitación?
La agitación tomará todas las formas: y serán tan variadas como las circunstancias que las impulsan.
Ora lúgubre, ora satírica, pero siempre audaz; ora colectiva, ora simplemente individual, la agitación no despreciará ninguno de los medios a su alcance, ninguna circunstancia de la vida pública para mantener siempre el espíritu despierto, para propagar y formular el descontento, para excitar el odio contra los explotadores, ridiculizar a los gobernantes, demostrar la debilidad de las autoridades y, más que todo y ante todo, para despertar la audacia y el espíritu de rebeldía, predicando con el ejemplo”.
En la vida de las sociedades se presentan épocas en que la Revolución se vuelve una necesidad imperiosa y se impone de un modo absoluto.
Ideas nuevas que germinan por doquier tratan de salir a la luz, de buscar una aplicación en la vida; pero se estrellan continuamente contra la fuerza de inercia de los que tienen interés en mantener el antiguo régimen; se ahogan en la atmósfera sofocante de los viejos prejuicios y de las tradiciones.
AQUELLOS QUE DESEAN EL TRIUNFO DE LA JUSTICIA RECONOCEN QUE LA REALIZACIÓN DE SUS IDEAS GENEROSAS, HUMANITARIAS Y REGENERADORAS SÓLO SERÁ POSIBLE MEDIANTE UNA REVOLUCIÓN QUE BARRA ESTA PUTREFACCIÓN QUE ENVILECE Y DEGRADA A TODA LA SOCIEDAD
Las ideas recibidas sobre la constitución de los Estados, sobre las leyes de equilibrio social, sobre las relaciones políticas y económicas de los ciudadanos entre sí, no resisten ya la crítica severa que las zarandea constantemente tanto en el salón como en la taberna, tanto en las obras del filósofo como en la conversación diaria.
Las instituciones políticas, económicas y sociales se derrumban, convirtiéndose en edificio inhabitable que molesta e impide el desarrollo de los gérmenes que se producen en sus muros agrietados y nacen en su derredor.
Una necesidad de vida nueva se hace sentir. El código de moralidad establecido, el código que gobierna a la mayor parte de los hombres en su vida normal no parece ya suficiente.
Se va dando cuenta de que lo que ayer se consideraba una cosa equitativa no es sino una irritante injusticia:
la moralidad de ayer es reconocida hoy como una inmoralidad insufrible.
El conflicto entre las ideas nuevas y las viejas tradiciones estalla en todas las clases de la sociedad, en todos los medios, hasta en el seno de la familia;
El hijo entra en lucha contra su padre, y encuentra escandalosos lo que su padre durante toda su vida juzgó muy natural; la hija se rebela contra los principios que su madre le transmite como fruto de una larga experiencia.
La conciencia popular se insurrecciona cada día contra los escándalos que se producen en el seno de la clase de los privilegiados y de los ociosos,
contra los crímenes que se cometen en nombre del derecho del más fuerte o para perpetuar los privilegios.
Aquellos que desean el triunfo de la justicia, aquellos que quieren poner en práctica las ideas nuevas se ven obligados a reconocer que la realización de sus ideas generosas, humanitarias, regeneradoras no puede verificarse en una sociedad como la constituida actualmente;
comprenden la necesidad de una tormenta revolucionaria que barra toda esta putrefacción, vivifique con su soplo los corazones entorpecidos y lleve a la humanidad a la abnegación y al heroísmo sin los cuales una sociedad se envilece, se degrada y se descompone.
En las épocas de competencia desenfrenada hacia el enriquecimiento, de especulaciones febriles y de crisis, de repentino derrumbamiento de grandes industrias y de efímera expansión de otras ramas de producción, de caudalosas fortunas amontonadas en pocos años y disipadas del mismo modo,
se concibe que las instituciones que presiden a la producción y al cambio están bien lejos de garantizar a la sociedad el bienestar que pretenden garantizarle; ya se va observando que dan precisamente un resultado contrario.
Engendran, en vez del orden, el caos;
en vez del bienestar, la miseria, la inseguridad del mañana;
en vez de la armonía de los intereses, la guerra, una guerra perpetua del explotador contra los productores y de éstos entre sí.
Se ve a la sociedad dividirse cada día más en dos campos hostiles y subdividirse al mismo tiempo en millares de pequeños grupos que se hacen una guerra encarnizada.
Cansada de estas guerras, fatigada por las miserias que éstas engendran, la sociedad se lanza en busca de una nueva organización y pide a gritos un cambio completo del régimen de propiedad, de la producción, del cambio y de todas las relaciones económicas que son su secuela.
La máquina gubernamental, encargada de mantener el orden existente, funciona todavía.
La máquina gubernamental, encargada de mantener el orden existente, funciona todavía. Pero a cada vuelta que da su engranaje se deprime, se desvía y se para.
Su funcionamiento se hace cada día más difícil;
el descontento provocado por sus defectos va siempre creciendo.
A cada momento surgen nuevas exigencias. “Reformad esto, reformad aquello”, gritan por todos lados. “Guerra, finanzas, impuestos, tribunales, policía, todo debe ser retocado, reorganizado, establecido sobre nuevas bases”, dicen los reformadores.
Y, sin embargo, todos comprenden que es imposible rehacer, retocar cualquiera de estas cosas; porque todo está ligado:
habría que rehacerlo todo a la vez y ¿cómo rehacer algo cuando la sociedad queda dividida en dos campos abiertamente hostiles?
Satisfacer a los descontentos sería crear otros tantos nuevos disgustados.
Incapaces de internarse en la vía de las reformas, puesto que sería encaminarse a la revolución, y al mismo tiempo demasiado impotentes para arrojarse con franqueza en la reacción, los gobiernos se limitan a aportar paliativos que no satisfacen a nadie y no hacen más que suscitar nuevos descontentos.
Las medianías que se encargan en esas épocas transitorias de dirigir el barco gubernamental no sueñan, por otra parte, sino en una sola cosa:
enriquecerse en vista del desastre próximo.
Atacados por todos lados, se defienden torpemente; titubean, cometen torpeza tras torpeza, y bien pronto concluyen por romper la última tabla de salvación, ahogando el prestigio gubernamental en el ridículo de su propia incapacidad.
ES A LA ACCIÓN CONTINUA DE LAS MINORÍAS A LA QUE SE DEBE TODA TRANSFORMACIÓN SOCIAL: EL VALOR, LA ABNEGACIÓN Y EL ESPÍRITU DE SACRIFICIO SON TAN CONTAGIOSOS COMO LA COBARDÍA, LA SUMISIÓN Y EL PÁNICO
En estas épocas, la revolución se impone.
Resulta una necesidad social. La situación es puramente revolucionaria.
Cuando estudiamos en nuestros mejores historiadores la génesis y desarrollo de los grandes sacudimientos revolucionarios, encontramos generalmente bajo el siguiente título:
“Las causas de la Revolución”, un cuadro sorprendente de la situación en la víspera de los acontecimientos.
La miseria del pueblo, la inseguridad general, las medidas vejatorias del gobierno, los escándalos odiosos que muestran los grandes vicios de la sociedad, las ideas nuevas que tratan de abrirse camino y tropiezan contra los secuaces del antiguo régimen; nada falta a dicho cuadro.
Al contemplarlo, se llega a la convicción de que la revolución era, en efecto, inevitable; que no quedaba otra salida que la vía de los hechos insurreccionales.
Tomemos por ejemplo al situación antes de 1789, tal cual nos la dan a conocer los historiadores.
Creéis oír al campesino quejarse de la gabela, del diezmo, de los impuestos feudales, y abrigar en su corazón un odio implacable al señor, al monje, al acaparador, al intendente.
Os parece ver a los burgueses quejarse por haber perdido sus amplias prerrogativas, y abrumar al rey bajo el peso de sus maldiciones.
Oís al pueblo criticar a la reina, rebelarse a la relación que hacen los ministros, y por todos lados oís decir que los impuestos son intolerables y los diezmos, exorbitantes; que las cosechas son malas y el invierno demasiado riguroso; que los víveres son carísimos y los acaparadores demasiado voraces; que los abogados del villorrio devoran la cosecha del campesino y que el guardabosque quiere meterse a señorón; que el correo está mal organizado y que los empleados son una turba de haraganes:
En una palabra: nada anda bien, todos se quejan. “Esto no puede durar así, esto concluirá mal”, se dice por todos lados.
Pero entre estos raciocinios pacíficos y la insurrección existe un abismo profundo, un abismo que separa, en la mayor parte de la humanidad, el raciocinio del acto, el pensamiento de la voluntad, de la necesidad de obrar.
¿Cómo ha sido franqueado ese abismo?
¿Cómo esos hombres, que ayer aún se quejaban temerosamente de su suerte, fumando con tranquilidad su pipa, y que, momentos después, saludaban con suma humildad a ese mismo guardabosque del cual acaban de hablar, cómo, digo, unos días más tarde, esos mismos hombres han podido agarrar su guadaña y sus picos e irse a atacar en su propio castillo al señor, al señor que ayer les inspiraba terror?
¿Por qué esos hombres a los que sus mujeres trataban con razón de cobardes han podido transformarse en héroes que corren, bajo lluvia de balas y metralla, a la conquista de sus derechos?
¿Cómo esas palabras, tantas veces proferidas y que se repetían en el aire como el vago sonido de las campanas, cómo esas palabras han podido por fin traducirse en actos?
Fácil es la contestación.
Es a la acción continua, siempre renovada, de las minorías a las que se debe esta transformación:
El valor, la abnegación, el espíritu de sacrificio, son tan contagiosos como la cobardía, la sumisión y el pánico.
¿Qué formas tomará la agitación?
La agitación tomará todas las formas:
y serán tan variadas como las circunstancias que las impulsan.
Ora lúgubre, ora satírica, pero siempre audaz; ora colectiva, ora simplemente individual, la agitación no despreciará ninguno de los medios a su alcance,
ninguna circunstancia de la vida pública para mantener siempre el espíritu despierto, para propagar y formular el descontento, para excitar el odio contra los explotadores, ridiculizar a los gobernantes, demostrar la debilidad de las autoridades y, más que todo y ante todo, para despertar la audacia y el espíritu de rebeldía, predicando con el ejemplo.

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PIOTR KROPOTKIN, Palabras de un rebelde. Edhasa, 2001. Traducción de David León Gómez.
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RELACIONADOS:
DOS CARTAS DE KROPOTKIN: (y Parte 3: Las dos Cartas de Kropotkin)
«EL APOYO MUTUO. Un factor de la evolución», por Piotr Kropotkin. Presentación
«El apoyo mutuo», por Piotr Kropotkin. Capitulo I: «La ayuda entre los animales».
«El apoyo mutuo», por Piotr Kropotkin. Capitulo II: La ayuda entre los animales (continuación).
«El apoyo mutuo»; por Piotr Kropotkin. Capitulo III: La ayuda mutua entre los salvajes.
«El apoyo mutuo»; por Piotr Kropotkin. Capítulo IV: La ayuda mutua entre los barbaros.
«El apoyo mutuo»; por Piotr Kropotkin. Capítulo V: La ayuda mutua en la ciudad medieval.
«El apoyo mutuo»; por Piotr Kropotkin. Capítulo VII: La ayuda mutua en la Sociedad Moderna.
«El Libro de los Animales», de Al-Jahiz; un esbozo evolucionista del siglo IX.
EL PENSAMIENTO DE LAMARCK EN SU CONTEXTO HISTÓRICO, por Faustino Cordón
ABAJO LOS JEFES (La Autoridad – La Dictadura), por Joseph Dèjacque (1859)
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