EL FASCISMO DE LOS ANTIFASCISTAS. «FASCISTA», por Pier Paolo Passolini (Escritos Corsarios)

EL FASCISMO DE LOS ANTIFASCISTAS

 

Finalmente, querido Calvino, quisiera hacerte notar una cosa. No por moralista, sino como analista. En tu apresurada respuesta a mi tesis, en el «Messagero» (18 de junio de 1974) se te ha escapado una frase doblemente infeliz. Se trata de la frase: «A los jóvenes fascistas de hoy no los conozco y espero no tener ocasión de conocerlos». Pero: 1) por cierto no tendrás nunca esta ocasión; aunque en el compartimiento de un tren, en la coIa de un comercio, en la calle, en un salón, tú debieses encontrar jóvenes fascistas, no los reconocerías; 2) desearse no encontrar nunca jóvenes fascistas es una blasfemia, porque, por el contrario, debemos hacer todo para individualizarlos y encontrarlos. No son fatales y predestinados representantes del Mal: no han nacido para ser fascistas. Nadie -cuando nos convertimos en adolescentes y estuvimos en situación de escoger, según sabe qué razones y necesidades- eligió racialmente el sello de los fascistas. Es una forma atroz de la desesperación y de la neurosis lo que lanza a un joven a una elección semejante; y quizás hubiera bastado una pequeña experiencia diferente en su vida, un encuentro simple, para que su destino fuese distinto.

Fragmento de «Paese Sera», de Passolini, con el título "Carta abierta a Italo Calvino"

 

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FASCISTA

Existe hoy una forma de antifascismo arqueológico que es además un buen pretexto para procurarse una patente de antifascismo real. Se trata de un antifascismo fácil que tiene por sujeto y objetivo un fascismo arcaico que no existe más y que no existirá más.

Yo creo, lo creo profundamente, que el verdadero fascismo es aquel que los sociólogos han llamado con demasiada buena voluntad «la sociedad de consumo». Una definición que parece inocua, puramente indicativa. Y en cambio no.

Si uno observa bien la realidad y sobre todo si uno sabe leer a su alrededor los objetos, el paisaje, la urbanística y, sobre todo, los hombres, ve que el resultado de esta despreocupada sociedad de consumo son los resultados de una dictadura, de un verdadero y exacto fascismo.

El fascismo en realidad los había convertido en payasos, en siervos y quizás en parte también convencido, pero no los había tocado profundamente, en el fondo del alma, en su manera de ser. Este nuevo fascismo, esta sociedad de consumo, en cambio, ha transformado profundamente los jóvenes, los ha tocado en su intimidad, les ha dado otros sentimientos, otros modos de pensar, de vivir, otros modelos culturales.

No se trata más, como en la época de Mussolini, de una regimentación superficial, escenográfica, sino de una regimentación real que les ha robado y cambiado el alma. Lo que significa, en definitiva, que esta «civilización del consumo» es una civilización dictatorial. En suma, si la palabra fascismo significa la prepotencia del poder, la «sociedad del consumo» ha realizado muy bien el fascismo.

Los hombres que nos gobiernan desde hace treinta años- han emprendido primero la estrategia de carácter anticomunista, luego, pasada la preocupación por los acontecimientos de 1968 y del peligro comunista inmediato, las mismas, idénticas personas han emprendido la estrategia de la tensión antifascista.

La verdadera intolerancia es la de la sociedad de consumo, de la permisividad concedida desde arriba, querida desde arriba, que es la verdadera, la peor, la más fraudulenta, la más fría y despiadada forma de intolerancia. Porque es la intolerancia enmascarada de tolerancia. Porque no es veraz. Porque es revocable cada vez que el poder lo considera necesario. Porque es el verdadero fascismo del cual proviene el antifascismo inútil, hipócrita, sustancialmente agradable al régimen.

 

EL FASCISMO DE LOS ANTIFASCISTAS

 

Existe hoy una forma de antifascismo arqueológico que es además un buen pretexto para procurarse una patente de antifascismo real. Se trata de un antifascismo fácil que tiene por sujeto y objetivo un fascismo arcaico que no existe más y que no existirá más.

Partamos del reciente film de Naldini: Fascista. Y bien, este film, que se ha propuesto el problema de la relación entre un jefe y la multitud, ha demostrado que tanto el jefe, Mussolini, como la multitud, son dos personajes absolutamente arqueológicos. Un jefe como aquel es hoy absolutamente inconcebible no sólo por la nulidad y por la irracionalidad de lo que dice, por la inanidad lógica que está detrás de lo que dice, sino también porque no encontraría absolutamente espacio y credulidad en el mundo moderno. Bastaría la televisión para anularlo, para destruido políticamente. Las técnicas de aquel jefe estaban bien sobre un palco, en un comicio, frente a la muchedumbre «oceánica», pero no funcionaría absolutamente para nada en una pantalla.

No es esta una simple comprobación epidérmica, puramente técnica, es el símbolo de un cambio total de la manera de ser, de comunicarse entre nosotros. Y lo mismo la muchedumbre, aquella muchedumbre «oceánica». Basta por un instante posar los ojos sobre los rostros para ver que aquella muchedumbre no existe más, que están muertos, que están sepultos, que son nuestros abuelos. Basta esto para comprender que el fascismo no se repetirá nunca más. He aquí por qué buena parte del antifascismo de hoy, o por lo menos del que es llamado antifascismo, o es ingenuo y estúpido o es presuntuoso y de mala fe: porque da la batalla o finge darla a un fenómeno muerto y sepultado, arqueológico precisamente, que no puede asustar a nadie. Y, en suma es un antifascismo cómodo y descansado.

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Yo creo, lo creo profundamente, que el verdadero fascismo es aquel que los sociólogos han llamado con demasiada buena voluntad «la sociedad de consumo». Una definición que parece inocua, puramente indicativa. Y en cambio no. Si uno observa bien la realidad y sobre todo si uno sabe leer a su alrededor los objetos, el paisaje, la urbanística y, sobre todo, los hombres, ve que el resultado de esta despreocupada sociedad de consumo son los resultados de una dictadura, de un verdadero y exacto fascismo. En el film de Naldini nosotros hemos visto a los jóvenes enrolados, en uniforme... Con una diferencia sin embargo. Entonces, en el mismo momento que los jóvenes se quitaban el uniforme y retomaban el camino hacia sus aldeas y sus campos, volvían a ser los italianos de cien o cincuenta años atrás, como antes del fascismo.

El fascismo en realidad los había convertido en payasos, en siervos y quizás en parte también convencido, pero no los había tocado profundamente, en el fondo del alma, en su manera de ser. Este nuevo fascismo, esta sociedad de consumo, en cambio, ha transformado profundamente los jóvenes, los ha tocado en su intimidad, les ha dado otros sentimientos, otros modos de pensar, de vivir, otros modelos culturales. No se trata más, como en la época de Mussolini, de una regimentación superficial, escenográfica, sino de una regimentación real que les ha robado y cambiado el alma. Lo que significa, en definitiva, que esta «civilización del consumo» es una civilización dictatorial. En suma, si la palabra fascismo significa la prepotencia del poder, la «sociedad del consumo» ha realizado muy bien el fascismo.

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Un papel marginal. Por esto he dicho que reducir el antifascismo a una lucha contra esta gente es cometer una mistificación. Para mí la lucha es mucho más compleja, pero también mucho más clara, el verdadero fascismo lo he dicho y lo repito, es el de la sociedad de consumo y los democristianos son, aunque sin darse cuenta, los reales y auténticos fascistas de hoy. En este ámbito los fascistas «oficiales» no son otros que los seguidores del fascismo arqueológico: y en cuanto tales no deben ser tomados en consideración. En este sentido Almirante, aunque haya intentado actualizarse, para mí es tan ridículo como Mussolini. Posiblemente un peligro más real viene hoy de los jóvenes fascistas, de la fracción neonazi del fascismo que ahora cuenta con pocos millares de fanáticos pero que mañana podría convertirse en un ejército.

Según mi opinión, Italia vive hoy algo análogo a cuanto ocurrió en Alemania en los albores del fascismo. También en Italia hoy se asiste a aquellos fenómenos de homologación y de abandono de los antiguos valores campesinos, tradicionales, particulares, regionales que fueron el humus sobre el cual creció la Alemania nazi. Existe una enorme masa de gente que fluctúa, en un estado de imponderabilidad de los valores, pero que todavía no ha adquirido los nuevos valores nacidos de la industrialización. Es el pueblo que se está convirtiendo en pequeña burguesía pero que todavía no es ni lo uno ni lo otro. Me parece a mí que el núcleo del ejército nazista fue constituido precisamente por esta masa híbrida, por este material humano del cual provinieron, en Alemania, los nazis. E Italia está corriendo este mismo peligro.

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En cuanto a la caída del fascismo, antes que nada es un hecho contingente, psicológico. La victoria, el entusiasmo de la victoria, las esperanzas renacidas, el sentido del reencuentro con la libertad y de todo un modo de ser nuevo, habían vuelto a los hombres, después de la liberación, más buenos. Sí, más buenos, pura y simplemente.

Pero luego hay otro hecho más real: el fascismo que habían experimentado los hombres de entonces, aquellos que habían sido antifascistas y habían atravesado la experiencia de los años veinte, de la guerra, de la Resistencia, era en resumen un fascismo mejor que el de hoy. Veinte años de fascismo creo que no han hecho nunca las víctimas que ha hecho el fascismo de estos últimos años. Cosas horribles como los atentados de Milán, de Brescia, de Bologna no habían ocurrido nunca en veinte años. Hubo el asesinato de Matteotti, es cierto, hubo otras víctimas de las dos partes, pero la prepotencia, la violencia, la maldad, la inhumanidad, la glacial frialdad de los delitos cometidos desde el 12 de diciembre de 1969 en adelante nunca se había visto en Italia. He aquí porque existe un mayor odio, un mayor escándalo, una menor capacidad de perdonar... Sólo que este odio se dirige, en ciertos casos de buena fe y en otros de perfecta mala fe, sobre el blanco equivocado, sobre los fascistas arqueológicos en lugar de apuntar hacia el poder real.

Sigamos las pistas siniestras. He tenido una idea, quizá un poco novelesca pero que creo justa, del asunto. La novela es ésta. Los hombres del poder, y quizás podría dar ahora los nombres sin miedo de equivocarme demasiado -de todas formas algunos de los hombres que nos gobiernan desde hace treinta años- han emprendido primero la estrategia de carácter anticomunista, luego, pasada la preocupación por los acontecimientos de 1968 y del peligro comunista inmediato, las mismas, idénticas personas han emprendido la estrategia de la tensión antifascista. Los atentados han sido por lo tanto cumplidos siempre por las mismas personas. Primero han efectuado los atentados de Piazza Fontana acusando a los extremistas de izquierda, luego han hecho los atentados de Brescía y de Bologna acusando a los fascistas y tratando de rehacerse rápida y furiosamente una virginidad antifascista que necesitaban, después de la campaña del referéndum y después del referéndum para continuar operando el poder como si nada hubiese ocurrido.

En cuanto a los episodios de intolerancia señalados, yo no los definiría precisamente como intolerancia. O al menos no se trata de la intolerancia típica de la sociedad de consumo. Se trata en realidad de casos de terrorismo ideológico. Hasta las izquierdas viven, actualmente, en un estado de terrorismo que nació en 1968 y que continúa todavía hoy. No diré que un profesor que, amparado por cierto izquierdismo, no otorga la licenciatura a un joven de derecha, sea un intolerante. Digo que es un aterrorizado. O un terrorista. Pero este tipo de terrorismo ideológico tiene un parentesco sólo formal con el fascismo. Terrorista es uno, terrorista es el otro, es verdad. Pero bajo los esquemas de estas dos formas a veces idénticas, es necesario reconocer realidades profundamente distintas. De lo contrario se termina inevitablemente en la teoría de los «extremos opuestos», o en el «stalinismo igual fascismo».

Pero he llamado estos episodios de terrorismo y no de intolerancia porque, en mi opinión, la verdadera intolerancia es la de la sociedad de consumo, de la permisividad concedida desde arriba, querida desde arriba, que es la verdadera, la peor, la más fraudulenta, la más fría y despiadada forma de intolerancia. Porque es la intolerancia enmascarada de tolerancia. Porque no es veraz. Porque es revocable cada vez que el poder lo considera necesario. Porque es el verdadero fascismo del cual proviene el antifascismo inútil, hipócrita, sustancialmente agradable al régimen.

L'Europeo», 26 de diciembre de 1974)

* Entrevista de Massimo Fini. 

 

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EL VERDADERO FASCISMO Y POR LO TANTO EL VERDADERO ANTIFASCISMO

 

 

¿Qué es la cultura de una nación? Corrientemente se cree, también por parte de las personas cultas, que es la cultura de los científicos, de los políticos, de los profesores, de los literatos, de los cineastas, etc.: es decir que es la cultura de la inteligencia. En cambio no es así. Y no es siquiera la cultura de las clases dominantes que, precisamente, a través de la lucha de clases, trata de imponerla al menos formalmente. No es finalmente tampoco la cultura de la clase dominada, es decir la cultura popular de los obreros y de los campesinos. La cultura de una nación es el conjunto de todas estas culturas de clases: es la media de ellas. Y sería por lo tanto abstracta si no fuese reconocible -o, para decirlo mejor, visible- en lo vivido y en lo existencial y si no tuviese en consecuencia una dimensión práctica. Durante siglos, en Italia, estas culturas fueron distinguibles aunque estuvieran históricamente unificadas. Hoy -casi de golpe, en una especie de Adviento- distinción y unificación histórica han dejado lugar a una homologación que realiza casi milagrosamente el sueño interclasista del viejo Poder. ¿A qué se debe esta homologación? Evidentemente a un nuevo Poder.

Escribo «Poder» con P mayúscula -cosa que Maurizio Ferrara tacha de irracionalismo en «L'Unità» (12-6-1974)- sólo porque sinceramente no sé en qué consiste este nuevo Poder y quien lo representa. Sólo sé, simplemente, que existe. No lo reconozco más en el Vaticano, ni en los Poderosos democristianos, ni en las Fuerzas Armadas. No lo reconozco siquiera en la gran industria, porque ella no está más constituida por un cieno número limitado de grandes industriales; para mí, al menos, aparece más bien como un todo (industrialización total) y, además, como un todo no italiano (trasnacionales).

Conozco también, porque lo veo y lo vivo, algunas características de este nuevo Poder todavía sin rostro; por ejemplo su rechazo del viejo sanfedismo y del viejo clericalismo, su decisión de abandonar la Iglesia, su determinación (coronada por el éxito) de transformar campesinos y subproletarios en pequeños burgueses y, sobre todo su manía, por así decir cósmica, de realizar hasta el final el «Desarrollo»: producir y consumir.

El identikit de este rostro del nuevo Poder todavía en blanco atribuye vagamente a él rasgos «modernos», debido a la tolerancia y a una ideología hedonística perfectamente autosuficiente: pero también rasgos feroces y sustancialmente represivos. La tolerancia es, en efecto, falsa, porque en realidad ningún hombre ha debido ser jamás tan normal y conformista como el consumidor; y en cuanto al hedonismo, esconde evidentemente una decisión de reordenar todo con un carácter despiadado tal que la historia no ha conocido jamás.

Por lo tanto este nuevo Poder no representado todavía por nadie y debido a una «mutación» de la clase dominante es, en realidad -si queremos conservar la vieja terminología- una forma fatal del fascismo. Pero este Poder ha «homologado» también culturalmente a Italia; se trata por lo tanto de una homologación represiva, aunque obtenida mediante la imposición del hedonismo y de la joie de vivre. La estrategia de la tensión es una espía, aunque sustancialmente anacrónica, de todo esto.

Maurizio Ferrara, en el artículo citado (como por otra parte Ferrarotti, en «Paese Sera», 14- 6-1974) me acusa de esteticismo, y tiende con esto a excluirme, a recluirme. Está bien: la mía puede ser la óptica de un «artista», es decir, como quiere la buena burguesía, de un loco. Pero el hecho, por ejemplo, de que dos representantes del viejo Poder (que sirven sin embargo ahora, en realidad, aunque interIocutoriamente, al Poder nuevo) hayan chantajeado recíprocamente a propósito de las financiaciones a los Partidos y del caso Montesi, puede ser también una buena razón para enloquecer: es decir desacreditar de tal modo una clase dirigente y una sociedad ante los ojos de un hombre, hasta hacerla perder el sentido de la oportunidad y de los límites, arrojándolo en un verdadero estado de «anomia». Queda dicho además que la óptica de los locos es digna de ser tomada en cuenta: a menos que se quiera progresar en todo salvo en el problema de los locos, limitándose cómodamente a mantenerlos lejos.

Hay ciertos locos que miran las caras de la gente y su conducta. Pero no porque sean epígonos del positivismo lombrosiano (como groseramente insinúa Ferrara), sino porque conocen la semiología. Saben que la cultura produce códigos; que los códigos producen la conducta; que la conducta es un lenguaje; y que en un momento histórico en el cual el lenguaje verbal es completamente convencional y estéril (tecnificado) el lenguaje de la conducta (física y mímica) asume una importancia decisiva.

Para regresar así al comienzo de nuestro discurso, me parece que tenemos buenas razones para sostener que la cultura de una nación (en este caso Italia) está hoy expresada sobre todo a través del lenguaje de la conducta o el lenguaje físico, más una cierta cantidad - completamente convencional y extremadamente pobre- del lenguaje verbal.

Es a este nivel de comunicación lingüística que se manifiestan:

a) la mutación antropológica de los italianos;

b) su completa homologación con un único modelo.

Por lo tanto: decidir dejarse crecer los cabellos sobre la espalda, o cortarse los cabellos y dejarse crecer las patillas (en una evocación predecimonónica); decidir colocarse una venda en la cabeza o encasquetarse un sombrerito hasta los ojos; decidir si se sueña con un Ferrari o un Porsche; seguir atentamente los programas televisivos; conocer los títulos de algunos bestsellers; vestirse con pantalones y mallas prepotentemente a la última moda; tener relaciones obsesivas con muchachas mantenidas al lado como un adorno, pero al mismo tiempo, con la pretensión de que sean «libres», etc., etc., etc.: todo esto constituye actos culturales.

Ahora todos los italianos jóvenes cumplen estos actos idénticos, tienen este mismo lenguaje físico, son intercambiables; cosa vieja como el mundo, si es limitada a una clase social, a una categoría: pero el hecho es que todos estos actos culturales y este lenguaje somático son interclasistas. En una plaza llena de jóvenes, nadie podrá distinguir, por su cuerpo, un obrero de un estudiante, un fascista de un anti-fascista; cosa que todavía era posible en 1968.

Los problemas de un intelectual perteneciente a la inteligencia son distintos de los de un partido y de un hombre político, aunque la ideología sea la misma. Quisiera que mis actuales opositores de izquierda comprendiesen que estoy en situación de darme cuenta que, en el caso de que el Desarrollo sufriese una detención y hubiese una recesión, si los Partidos de Izquierda no apoyasen al Poder vigente, Italia simplemente se derrumbaría; si en cambio el desarrollo continuase como ha comenzado, sería sin duda el llamado «compromiso histórico» el único modo de tratar de corregir aquel Desarrollo, en el sentido indicado por Berlinguer en su informe al Comité Central del Partido Comunista (ver «L'Unità, 4-6-1974). De todas formas, como a Maurizio Ferrara no le competen las «caras», a mí no me compete esta maniobra de práctica política. Más bien, tengo cuando mucho, el deber de ejercitar sobre ella mi crítica, quijotescamente y quizás de manera extrema. ¿Cuáles son por lo tanto mis problemas?

He aquí, por ejemplo, uno. En el artículo que ha suscitado esta polémica («Corriere della sera», 10-6-1974) decía que los responsables reales de los atentados de Milán y de Brescia son el gobierno y la policía italiana: porque si gobierno y policía hubiesen querido, tales atentados no hubieran ocurrido. Es un lugar común. Y bien, en este momento puedo decir que responsables de estos estragos somos también nosotros, progresistas, antifascistas, hombres de izquierda. Efectivamente, en todos estos años no hemos hecho nada:

1) porque hablar de «Atentados políticos» no se convirtiese en un lugar común y todo se detuviese allí;

2) (y más grave) no hemos hecho nada porque los fascistas no existieran. Los hemos condenado solamente para gratificar nuestra conciencia con nuestra indignación; y cuanto más fuerte y petulante era la indignación más tranquila estaba la conciencia.

En realidad nos hemos comportado con los fascistas (hablo solamente de los jóvenes) de manera racista: apresurada y despiadadamente hemos querido creer que ellos estaban predestinados racialmente a ser fascistas y, frente a esta decisión de su destino, no había nada que hacer. Y no nos engañemos: todos sabíamos, en nuestra verdadera conciencia, que cuando uno de aquellos jóvenes decidía ser fascista, ello era puramente casual, no era más que un gesto, inmotivado e irracional; hubiera bastado quizá una sola palabra para que ello no sucediese.

Pero ninguno de nosotros nunca habló con ellos o a ellos. Los hemos rápidamente aceptado como representantes inevitables del Mal. Y quizás eran adolescentes y adolescentes de dieciocho años, que no sabían nada de nada, y que se habían arrojado de cabeza en la horrenda aventura por simple desesperación.

Pero no podíamos distinguirlos de los otros (no digo de los otros extremistas: sino de todos los otros). Y esta es nuestra espantosa justificación.

El Padre Zosima (¡literatura por literatura!) supo en seguida distinguir, entre todos aquellos que se amontonaban en sus celdas, a Dimitri Karamazov, el parricida. Entonces se levantó de su silla y fue a prosternarse delante de él. Y lo hizo (como diría más tarde al Karamazov más joven) porque Dimitri estaba destinado a hacer la cosa más horrible y a soportar el mis inhumano de los dolores.

Pensad (si tenéis el coraje) en aquel muchacho o en aquellos muchachos que fueron a poner las bombas en la plaza de Brescia. ¿No sería necesario levantarse e ir a prosternarse delante de ellos? Pero eran jóvenes con los cabellos largos, o con bigotes tipo comienzos de siglo, tenían en la cabeza venda o quizás un sombrerito encasquetado hasta los ojos, eran pálidos y presuntuosos, su problema era vestirse a la moda, todos de igual manera, tener Porsche o Ferrari, o motocicletas para guiarlas como pequeños arcángeles idiotas con las muchachas ornamentales detrás, sí, pero modernas, y a favor del divorcio, de la liberación de la mujer, y en general del desarrollo... Eran, en suma, jóvenes como todos los demás: nada los distinguía. Aunque hubiésemos querido no habríamos podido prosternarnos delante de ellos. Porque el viejo fascismo, aunque fuera a través de la degeneración retórica, distinguía: mientras que el nuevo fascismo -que es completamente distinto- no distingue más: no es humanísticamente retórico, es pragmático a la americana. Su fin es la reorganización y la homologación brutalmente totalitaria del mundo.

 

En el «Corriere della Sera» con el título «El Poder sin rostro». 1. Deriva de «santa fade» y significa una tendencia reaccionaria, antiliberal y clerical, con raíces históricas muy concretas. (Nota del Traductor.)

 

 

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ACULTURACIÓN Y ACULTURACIÓN

Muchos lamentan (ante este obstáculo de la austerity) las incomodidades debidas a la falta de una vida social y cultural organizada fuera del Centro «malo» en las periferias «buenas» (vistas como dormitorios sin servicio, sin autonomía, sin reales relaciones humanas). Lamento retórico. Si aquello de lo cual se lamenta la falta en las periferias existiese, sería de todas formas organizado por el Centro. El mismo Centro que, en pocos años, ha destruido todas las culturas periféricas en las cuales -precisamente hasta hace pocos años estaba asegurada una vida propia, sustancialmente libre, hasta en las periferias más pobres y miserables.

Ningún centralismo fascista ha logrado hacer lo que ha hecho el centralismo de la civilización del consumo. El fascismo proponía un modelo, reaccionario y monumental, que, sin embargo, era letra muerta. Las diversas culturas particulares (campesinas, subproletarias, obreras) continuaban imperturbables y adaptadas a sus antiguos modelos: la represión se limitaba a obtener de ellas la adhesión verbal. Hoy, por el contrario. la adhesión a los modelos impuestos por el Centro es total e incondicional. Los modelos culturales reales son rechazados. La abjuración es completa. Se puede, por lo tanto, afirmar que la «tolerancia» de la ideología hedonística del nuevo poder es la peor de las represiones en la historia humana. ¿Cómo ha podido ejercerse esta represión? Mediante dos revoluciones, ocurridas en el interior de la organización burguesa: la revolución de la infraestructura y la revolución del sistema de información. Las carreteras, la motorización, etc., han unido hoy estrechamente la periferia al Centro aboliendo toda distancia material. Pero la revolución del sistema de información ha sido todavía más radical y decisiva. Por medio de la televisión el Centro ha asimilado la totalidad del país, que era históricamente tan diferenciado y rico en culturas originales. Ha comenzado una obra de homologación destructora de toda autenticidad y concreción, Ha impuesto - como decía - sus modelos: que son los modelos queridos por la nueva industrialización, la cual ya no se contenta con que «el hombre consuma», sino que pretende que no sea concebible otra ideología que la del consumo. Un hedonismo neo-laico, ciegamente olvidado de todo valor humanístico y ciegamente extraño a las ciencias humanas.

La ideología anterior, querida e impuesta por el poder era, como se sabe, la religión: y el catolicismo, en efecto, era formalmente el único fenómeno cultural que «homologaba» a los italianos. Ahora se ha convertido en colaborador del nuevo fenómeno cultural «homologador» que es el hedonismo de masas: y, como colaborador, el nuevo poder ha comenzado desde hace años a liquidado. No hay, en efecto, nada de religioso en el modelo del Hombre Joven y Mujer Joven propuestos e impuestos por la televisión. Se trata de dos personas que valoran la vida sólo a través de sus bienes de consumo (y, por supuesto, van todavía a misa los domingos: en automóvil). Los italianos han aceptado con entusiasmo este nuevo modelo que la televisión les impone según las normas de la Producción creadora de bienestar (o, mejor, de salvadora de la miseria). Lo han aceptado: ¿pero están en realidad en situación de realizarlo?

No. O lo realizan materialmente sólo en parte, convirtiéndose en la caricatura, o no logran realizado más que en medida mínima hasta convertirse en sus víctimas. Frustración y ansia neurótica son hoy estados de ánimo colectivos. Por ejemplo, los subproletarios, hasta hace pocos años, respetaban la cultura y no se avergonzaban de su ignorancia. Por el contrario, estaban orgullosos del propio modelo popular de analfabetos que poseía, sin embargo, el misterio de la realidad. Miraban con un cierto desprecio petulante a los «hijos de papá», los pequeños burgueses, de los que se distinguían, aunque estaban obligados a servirlos.

Ahora, por el contrario, comienzan a avergonzarse de su propia ignorancia: han abjurado de su propio modelo cultural (los más jóvenes ya no lo recuerdan más, lo han perdido por completo) y el nuevo modelo que tratan de imitar no prevé el analfabetismo y la rusticidad. Los muchachos subproletarios -humillados- tachan en su documento de identidad el nombre de su oficio, para sustituirlo con la calificación de «estudiante». Naturalmente, desde que han comenzado a avergonzarse de su ignorancia, han comenzado también a despreciar la cultura (característica pequeño burguesa, que han adquirido rápidamente por mímesis). Al mismo tiempo, el muchacho pequeño burgués, al adecuarse al modelo televisivo que, siendo su propia clase la que lo crea y lo impone, le es sustancialmente natural, se convierte extrañamente en rústico e infeliz. Si los subproletarios se han aburguesado, los burgueses se han subproletarizado. La cultura que ellos producen, al ser de carácter tecnológico y estrictamente pragmático, impide al «hombre» que está todavía en ellos desarrollarse. De allí deriva en ellos una especie de entumecimiento de las facultades intelectuales y morales.

La responsabilidad de la televisión, en todo esto, es enorme. No solamente en cuanto «medio técnico», sino en cuanto instrumento del poder y poder en sí misma. No es sólo un lugar a través del cual pasan los mensajes, sino que es un centro elaborador de mensajes. Es el lugar donde se hace realidad una mentalidad que de otro modo no se sabría donde colocar. Es mediante el espíritu de la televisión que se manifiesta en concreto el espíritu del nuevo poder.

No hay duda (se ve por los resultados) que la televisión es autoritaria y represiva como ningún medio de información en el mundo lo ha sido nunca. El diario fascista y los slogan mussolinianos hacen reír: como (con dolor) el arado con relación a un tractor. El fascismo, quiero repetirlo, no ha sido capaz de arañar el alma del pueblo italiano: el nuevo fascismo, mediante los nuevos medios de comunicación y de información (ejemplo, precisamente, la televisión) no sólo lo araña, sino que lo ha lacerado, violado, embrutecido para siempre ...

 

En el «Corriere della Sera» con el título «Desafío a los dirigentes de la televisión». La última parte del artículo (el desafío) está suprimido aquí.

 

 

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