PIER PAOLO PASOLINI, «EL «DISCURSO» DE LOS CABELLOS» (Escritos Corsarios)

EL «DISCURSO» DE LOS CABELLOS (Escritos Corsarios)

Pier Paolo Pasolini. Contra la modernidad

***

Pasolini, “Escritos corsarios”

Por  Esteban Nicotra

 

 

En mayo de 1975, seis meses antes de su muerte, Pier Paolo Pasolini publica el libro Scritti corsari (Escritos corsarios) que reúne una serie de artículos polémicos publicados entre el 7 de enero de 1973 y el 18 de febrero de 1975, en el Corriere della sera, con el apoyo del innovador (en ese diario conservador) Piero Ottone, más una sección titulada “Documentos y alegatos” que recoge escritos críticos publicados anteriormente en el semanario Tempo. Estos artículos de Scritti corsari son los textos tal vez más apreciados por los nuevos críticos italianos de la última obra pasoliniana, son la formulación de su última visión del mundo y de la cultura, visión que comparten otras obras desesperadas y desesperanzadas como su film Salò, sus Cartas luteranas, su novela inconclusa Petróleo o los poemas de La nueva juventud. 

Muchos en Italia, cuando se produjo el affaire “Tangentopoli” y el consecuente “mani pulite” encabezado por los jueces milaneses que develaron la resquebrajada y moribunda corrupción de los políticos en el poder de la Democracia cristiana italiana, dijeron: “esto ya lo había previsto Pasolini”. Otros se preguntan hoy: “¿qué diría Pasolini de la dictadura fascista neocapitalista de Berlusconi que suplantó a los viejos títeres democratacristianos?”. Qué diría hoy es difícil de imaginar, seguramente mucho más de lo que podamos suponer. Porque Pasolini tenía, sin quererlo, esa capacidad de anticipar ‘proféticamente’ el futuro al saber “leer” muy bien los signos, los síntomas, de su presente italiano. Cosa que no siempre podían o querían realizar sus contemporáneos intelectuales.

Pasolini, efectivamente, anticipó en sus Scritti corsari y Lettere luterane (1976) nuestro presente, no sólo el de Italia. El triunfo de los valores y la economía burguesa y neocapitalista, la homologación total de las culturas subalternas (no de las diferencias de clase, por supuesto) en la civilización burguesa; el triunfo de una lengua y cultura de una nueva civilización tecnocrática, pragmática, totalitaria, basada en la mera comunicación, en la autoridad de los medios de comunicación de masas, y el consecuente genocidio –no sólo de las culturas subalternas– sino de la misma cultura humanista, expresiva y diferenciada.

Los Escritos corsarios, junto a las obras que mencionamos antes, son el último testamento escrito del intelectual italiano más importante de la segunda mitad del siglo XX. Quien los lea con ánimo apasionado y lúcido, al mismo tiempo, no podrá de dejar de realizar un examen de autoconciencia sin posibilidad de retorno a su anterior estado de naturalización del Estado de cosas al que interpela Pasolini, so pena de asumirse también como un conformista.

Son los jóvenes, especialmente, los que deben frecuentar y desentrañar estos textos. Los jóvenes, que no conocieron el mundo de “antes de la desaparición de las luciérnagas”, que nacieron bajo la sombra del ya instalado “Poder sin rostro” que aplicaba despiadadamente la política del “Desarrollo” en vez del “Progreso”. Estos jóvenes tienen la dura tarea de realizar un doble proceso interior: no sólo imaginar las luciérnagas, sino crearlas nuevamente brillando en los cielos de la sociedad homologada.

Ya en Empirismo herético (1972) Pasolini ‘pedagógicamente’ aconsejaba a los jóvenes de la generación del ’68 un camino para liberarse de la conciencia maniquea del mal burgués: “a) Reanalizando –fuera tanto de la sociología como de los clásicos del marxismo– lo pequeño-burgueses que son (que nosotros somos) hoy. b) Abandonando la propia autodefinición ontológica y tautológica de ‘estudiantes’ y aceptando ser simplemente ‘intelectuales’. c) Realizando la última elección aún posible –en la vigilia de la identificación de la historia burguesa con la historia humana- en favor de lo que no es burgués (cosa que ellos ya sólo pueden hacer sustituyendo la fuerza de la razón por las razones traumáticas personales y públicas a las que me refería: operación, ésta, extremadamente difícil, que implica una auto-análisis ‘genial’ de sí mismos, fuera de toda convención).” (Empirismo herético, Brujas, Córdoba, 2005, p.222). 

 

 

A comienzos de los años 70 del siglo XX, esperanzadoras perspectivas de cambio amanecían en la Europa mediterránea y en América Latina. Sin embargo la violencia política, los demonios interiores de cada país, la resaca de las revoluciones juveniles de los años 60, y no digamos las hipotecas estratégicas de la Guerra Fría pendían como espada de Damocles, en mayor o menor medida, sobre esos futuros posibles. A esos factores se unía la rapidez vertiginosa de las transformaciones en el seno de esas mismas sociedades, que actuaban como causa/efecto realimentando sin tregua los procesos sociales.

Este es el contexto en el que cabe situar, para el caso italiano, estos Escritos corsarios: una recopilación de artículos periodísticos y reseñas cuyo conjunto conforma una crónica ambiental de la Italia de los llamados Años de Plomo. Exige pues una mínima puesta al día sobre aquel período a la vez creativo y convulso, que tanta tinta y tanto celuloide ha hecho correr. A cambio Pasolini nos regala su incisiva visión sobre un país enfrascado en un gigantesco proceso de aculturación colectiva, que parte del mundo tradicional rural y paleoindustrial y se encamina a la sociedad urbana de masas. Él no oculta su angustia ante la agonía del humanismo popular ancestral, arrollado por el consumismo apabullante y homogeneizante. Y traza un diagnóstico sombrío sobre los incipientes mecanismos del poder social. Así sin descanso hasta poco tiempo antes de su horrible asesinato.

Lógicamente los reaccionarios le atacaron denunciando el carácter transgresor de sus obras, pero también tuvo que lidiar con la inquina de una intelligentsia progresista supuestamente pragmática. Como el propio Pasolini, ahora Sciascia y Calvino, Berlinguer y los fantasmales dirigentes de la DC, esos personajes políticos e intelectuales con los que él polemizó, han desaparecido. Por desgracia la turbulenta evolución de la sociedad italiana -atención: con tantos aspectos similares a los de otros países de cultura afín- ha confirmado muchos de los pronósticos y orientaciones corsarias que él nos legó.

Desde el siglo XXI haríamos bien en tomar nota de su sabiduría, de su pensamiento deslumbrante por su alcance cultural y su espíritu humanista. Un ser profético, inclasificable, incómodo, maldito como ninguno, insoslayable para la cultura europea y universal, retratista de la buena nueva y del mal absoluto.

 

 

«El retrato robot de este rostro aún blanco del nuevo Poder le atribuye vagamente rasgos «modernos», por la tolerancia y una ideología hedonista autosuficiente, pero también unos rasgos feroces y sustancialmente represivos. Es una tolerancia falsa, porque en realidad ningún hombre ha tenido que ser nunca tan normal y conformista como el consumidor; y en cuanto al hedonismo, oculta evidentemente una decisión de ordenarlo todo con una crueldad que la historia no ha conocido nunca.» (p. 58)

«La destrucción de valores actuales no implica una sustitución inmediata por otros valores con sus cosas buenas y malas, con una mejora del modo de vida unida a un progreso cultural real. Entre medias hay un momento de imponderabilidad, y eso es precisamente lo que estamos viviendo, es ahí donde reside el grande, el trágico peligro. Pensad en lo que puede suponer en estas condiciones una recesión y sentiréis un escalofrío si hacéis una comparación -quizá arbitraria, quizá novelesca- con la Alemania de los años treinta.» (p. 273, 274)

 

♦♦♦♦♦

 

 

EL «DISCURSO» DE LOS CABELLOS (Escritos Corsarios) *

«Aquellos cabellos largos aludían por lo tanto a «cosas» de Derecha»

Por Pier Paolo Pasolini

Publicado en el «Corriere della Sera» con el título «Contra los cabellos largos».

7 de enero de 1973

 

La primera vez que vi los melenudos fue en Praga. En el hall del hotel donde me alojaba entraron dos jóvenes extranjeros, con los cabellos largos hasta los hombros. Atravesaron el hall, alcanzaron un ángulo un poco apartado y se sentaron a una mesa. Permanecieron allí sentados durante una media hora, observados por los clientes, entre los cuales me contaba; después se fueron. Sea mientras pasaban a través de la gente reunida en el hall, sea mientras estaban sentados en su rincón apartado, ninguno de los dos dijo una palabra (quizás – aunque no lo recuerdo – se murmuraron algo entre ellos: pero, supongo, algo estrictamente práctico, inexpresivo). 

En efecto, en aquella situación particular -que era completamente pública o social, casi estaría por decir oficial- ellos no tenían ninguna necesidad de hablar. Su silencio era rigurosamente funcional. Y lo era simplemente porque la palabra era superflua. Ambos, en efecto, usaban para comunicarse con los presentes, con los observadores -con sus hermanos de ese momento- un lenguaje diferente al formado con las palabras. 

Lo que sustituía el tradicional lenguaje verbal, haciéndolo superfluo -y encontrando por lo demás inmediata ubicación en el amplio dominio de los «signos», en el ámbito de la semiología- era el lenguaje de sus cabellos. 

Se trataba de un signo único -el largo de sus cabellos cayendo sobre los hombros- en el que se concentraban todos los signos posibles de un lenguaje articulado. ¿Cuál era el sentido de su mensaje silencioso o exclusivamente físico? 

Era éste: «Nosotros somos dos melenudos. Pertenecemos a una nueva categoría humana que está haciendo su aparición en el mundo en estos días, que tiene su centro en América y que en provincia (como un ejemplo -antes que nada y sobre todo- aquí en Praga) es ignorada. Somos, por lo tanto, para ustedes una aparición. Ejercemos nuestro apostolado plenos de un saber que nos colma y nos agota totalmente. No tenemos nada que agregar oral o racionalmente a lo que física y ontológicamente dicen nuestros cabellos. El saber que nos colma, también a causa de nuestro apostolado, pertenecerá un día a ustedes. Por el momento es una Novedad, una gran Novedad, que crea en el mundo, con el escándalo, una expectativa: no será traicionada. Los burgueses hacen bien en miramos con odio y terror, porque aquello en que consiste el largo de nuestros cabellos los contraría en absoluto. Pero no nos consideren gente mal educada y salvaje: somos conscientes de nuestra responsabilidad. Nosotros no los miramos, nos atenemos a nosotros. Hagan lo mismo ustedes y esperen los acontecimientos». 

Yo fui el destinatario de esta comunicación y pronto estuve en situación de descifrarla: aquel lenguaje falto de léxico, de gramática y de sintaxis podía ser aprendido de inmediato, porque, semiológicamente hablando, no era más que una forma de aquel «lenguaje de la presencia física» que siempre estuvieron los hombres en situación de usar. 

Comprendí y experimenté una antipatía inmediata por los dos. 

Luego tuve que tragarme la antipatía y defender a los melenudos de los ataques de la policía y de los fascistas: estuve, por principio, de parte de Living Theatre, de los Beats, etc.; y el principio que me hacía estar de su parte era un principio rigurosamente democrático. 

Los melenudos se volvieron numerosos -como los primeros cristianos: pero continuaban siendo misteriosamente silenciosos; sus cabellos largos eran su único y verdadero lenguaje y poco importaba agregarle otro. Su lenguaje coincidía con su ser. La inefabilidad era el ars retorica de su protesta. 

¿Qué decían, con su lenguaje inarticulado que consistía en el signo monolítico de sus cabellos, los melenudos hacia 1966-1967? 

Decían: «La civilización del consumo nos ha nauseado. Protestamos de manera radical. Creamos un anticuerpo contra tal civilización mediante el rechazo. Todo parecía andar bien, ¿verdad? ¿Nuestra generación debía ser una generación de integrados? Y vean en cambio como son las cosas realmente. Oponemos la locura a un destino de «ejecutivos». Creamos nuevos valores religiosos en la entropía burguesa, precisamente en el momento que se estaba volviendo laica y hedonística. Lo hacemos con un clamor y una violencia revolucionaria (¿violencia de los no violentos?) porque nuestra crítica a la sociedad actual es total e intransigente.» 

No creo que, interrogados según el sistema tradicional del lenguaje verbal, ellos hubieran sido capaces de expresar de manera tan articulada el tema de sus cabellos; pero en sustancia era esto lo que decían. En cuanto a mí, aunque sospechase desde entonces que su «sistema de signos» fuese producto de una subcultura de protesta que se oponía a una subcultura de poder, que su revolución no marxista fuese sospechosa, continué por un tiempo de su parte, asumiéndolos al menos en el elemento anárquico de mi ideología. 

El lenguaje de estos cabellos, aunque inefablemente, expresaba «cosas» de Izquierda. Más bien de la Nueva Izquierda, nacida dentro del universo burgués (en una dialéctica creada quizás artificialmente por la Mente que regula, más allá de la conciencia de los Poderes particulares e históricos, el destino de la Burguesía). 

Llega 1968. Los melenudos fueron absorbidos por el Movimiento Estudiantil; se agitaron con las banderas rojas sobre las barricadas. Su lenguaje expresaba cada vez más «cosas» de Izquierda. (Che Guevara era melenudo, etc.

En 1969 -con los atentados de Milán, la Mafia, la trama negra, los provocadores- los melenudos se habían difundido extensamente: si bien no eran todavía la mayoría desde un punto de vista numérico, lo eran en cambio por el peso ideológico que habían alcanzado. Ahora los melenudos no eran más silenciosos: no delegaban al sistema de signos de sus cabellos la totalidad de su capacidad comunicativa y expresiva. Por el contrario, la presencia física de los cabellos había sido desplazada, en cierto modo, a una función distintiva. Había vuelto a funcionar el uso tradicional del lenguaje verbal. Y no digo verbal por puro accidente. Por el contrario, lo subrayo. Se ha hablado tanto desde el 68 al 70, tanto que, por un buen rato, no podrá hablarse más: se ha consagrado el verbalismo, y el verbalismo ha sido la nueva ars retorica de la revolución (izquierdismo, enfermedad verbal del marxismo). 

Aunque los cabellos -absorbidos en la furia verbal- no hablaban más autónomamente a los destinatarios trastornados, yo encontré de todas formas la fuerza para aguzar mi capacidad decodificadora y, en medio del ruido, traté de prestar atención al discurso silencioso, evidentemente no interrumpido de aquellos cabellos siempre más largos. 

¿Qué decían ellos ahora? Decían: «Sí, es cierto, hablamos cosas de la Izquierda; nuestro sentido -bien que puramente sustentado en el sentido de los mensajes verbales- es un sentido de izquierda… Pero… Pero… ». 

El discurso de los cabellos largos se detenía aquí: lo debía completar por mí mismo. Con aquel «pero» querían decir evidentemente dos cosas: 1) «Nuestra inefabilidad se revela cada vez más de tipo irracional y pragmático: la preeminencia que nosotros atribuimos silenciosamente a la acción es de carácter subcultural y, por lo tanto, sustancialmente de derecha.» 2) «Hemos sido adoptados también por los provocadores fascistas; que se mezclan con los revolucionarios verbales (el verbalismo puede llevar hasta la acción, sobre todo cuando la mitifica): y constituimos una máscara perfecta, no sólo desde el punto de vista físico -nuestro desordenado fluir y ondear tiende a homologar todas las caras- sino también desde el punto de vista cultural: en efecto, una subcultura de Derecha puede muy bien ser confundida con una subcultura de Izquierda». 

En suma, comprendí que el lenguaje de los cabellos largos no expresaba más «cosas» de Izquierda, sino que expresaba algo equívoco, Derecha-Izquierda, que hacía posible la presencia de los provocadores. 

Hace una decena de años, pensaba, entre nosotros, la generación precedente, un provocador era casi inconcebible (salvo que fuera un magnífico actor): efectivamente, su subcultura era distinta, hasta físicamente, de nuestra cultura. Lo hubiéramos desenmascarado enseguida y le habríamos dado de inmediato la lección que merecía. Ahora esto no es posible. Nadie en el mundo podría distinguir por la presencia física a un revolucionario de un provocador

Derecha e Izquierda se han fusionado físicamente. Hemos llegado a 1972. 

En setiembre de ese año estaba en la ciudad de Isfahan, en el corazón de Persia. País subdesarrollado, como horriblemente se dice, pero también, como de manera igualmente horrible se dice, en vías de desarrollo. 

Sobre la Isfahan de hace diez años – una de las más bellas ciudades del mundo, sino la más bella quizás – ha nacido una Isfahan nueva, moderna y feísima. Pero por sus calles, camino del trabajo o de paseo, hacia la noche, se ven los muchachos que se veían en Italia hace una decena de años: hijos dignos y humildes, con sus bellas nucas, sus bellas caras límpidas bajo los fieros mechones inocentes. Y he aquí que una tarde, caminando por la calle principal, vi entre todos aquellos muchachos antiguos, hermosísimos y llenos de antigua dignidad humana, dos seres monstruosos: no eran exactamente melenudos, pero sus cabellos estaban cortados a la europea, largos por detrás, cortos sobre la frente, como estopa por la tensión, encolados artificialmente en torno del rostro con dos feos mechones sobre las orejas. 

¿Qué decían sus cabellos? Decían: «Nosotros no pertenecemos a la masa de estos muertos de hambre, de estos pobrecitos subdesarrollados, demorados en la edad de la barbarie! Nosotros somos empleados de la banca, estudiantes, hijos de gente enriquecida que trabaja en las compañías petroleras; conocemos Europa, hemos leído. ¡Somos burgueses: y he aquí que nuestros cabellos largos testimonian nuestra modernidad internacional!» 

Aquellos cabellos largos aludían por lo tanto a «cosas» de Derecha. 

El ciclo se había cumplido. La subcultura del poder ha absorbido la subcultura de la oposición y se la ha apropiado: con diabólica habilidad la ha convertido pacientemente en una moda que, si no puede ser llamada fascista en el sentido clásico de la palabra es, sin embargo, de una «extrema derecha» real. 

Concluyo amargamente. Las máscaras repugnantes que los jóvenes se colocan sobre el rostro, tornándose obscenos como las viejas prostitutas de una iconografía absurda, recrean objetivamente sobre sus fisonomías lo que solamente ellos han condenado siempre. Han aparecido las viejas caras de los curas, de los jueces, de los funcionarios, de los falsos anarquistas, de los siervos bufones, de Azzeccagarbugli, de Don Ferrante, de los mercenarios, de los tramposos, de los hampones bienpensantes. Es decir que la condena radical e indiscriminada que pronunciaron contra sus padres -que son la historia en evolución y la cultura precedente- levantando contra ellos una barrera insalvable, ha terminado por aislarlos, impidiéndoles una relación dialéctica con sus padres. Solamente mediante esta relación dialéctica habrían podido tener una conciencia histórica de sí verdadera y avanzar más aIlá, «superar» a sus padres. En cambio, el aislamiento en el cual se encerraron -como en un mundo aparte, en un ghetto reservado a la juventud- los ha detenido en su inevitable realidad histórica: y ella ha implicado -fatalmente- una regresión. En realidad han retrocedido más allá de la posición de sus padres, resucitando en sus almas terrores y conformismos y, en su aspecto físico, convencionalismos y miserias que parecían superadas para siempre. 

Ahora los cabellos largos dicen, en su inarticulado y obsesivo lenguaje de signos no verbales, en su hamponesca iconografía, las «cosas» de la televisión o de los anuncios de los productos, donde es actualmente imposible hallar un joven que no tenga cabellos largos: hecho que hoy sería escandaloso para el poder. 

Experimento un sincero e inmenso disgusto al decirlo (más, una verdadera desesperación): pero ahora millares y centenares de millares de rostros de jóvenes italianos se parecen cada vez más al rostro de Merlín. La libertad de llevar los cabellos como querían no es más defendible porque no hay tal libertad. Ha llegado el momento de decir más bien a los jóvenes que su manera de arreglarse es horrible, por servil y vulgar. Ha llegado el momento de que ellos mismos lo adviertan y se liberen de esta ansia culpable de atenerse al orden de la horda.

 

 

♦♦♦♦♦

 

Es difícil permanecer indiferente ante la obra de Pasolini, ya sea en la pantalla o sobre el papel. Tampoco ante su vida, tan llena de contradicciones, de luces y sombras. Pero lo que es indudable es que fue uno de los personajes más notables del siglo pasado, y que su vigencia se extiende hasta el presente

 

Pier Paolo Pasolini. Contra la modernidad

Demasiada libertad sexual os convertirá en terroristas

Por Antonio García Vila

El Viejo Topo

 

Pier Paolo Pasolini es una de las figuras más controvertidas, e inquietantes, del mundo cultural de la segunda mitad del pasado siglo. Un poeta, novelista, cineasta, dramaturgo e intelectual comprometido, un moralista, un comunista idealista y milenarista, como él mismo se consideraba. Y un personaje al que, a pesar de que está cobrando renovada actualidad, no es cómodo ni fácil aproximarse, pues huye de cualquier clasificación simplista: alterna destellos de lucidez escalofriante y propuestas que desconciertan por su escaso realismo o por su impropiedad. Polemizó con todos los intelectuales de su época, desde Moravia a Natalia Ginzburg, pasando por Sciascia, Calvino, Eco y buena parte de la cúpula del PCI; criticó con dureza extrema tanto a la Iglesia como a la Democracia Cristiana y a los izquierdistas de Potere Operario o Lotta Continua: antifascista, fue, sobre todo, antiburgués, enemigo pasional del nuevo consumismo, del hedonismo de masas, de la tolerancia del nuevo “poder”, del desarrollo y, a fin de cuentas, de la modernidad. Fue, casi, un personaje de otra época, derrotado por sus propias contradicciones y aniquilado físicamente en esa Italia que odiaba y amaba bajo los “años de plomo”. Se ha dicho de él que fue el “último intelectual italiano”, un “profeta”, o, según Moravia, en su epitafio, uno de los tres o cuatro poetas que dejaría el siglo XX. Gianluca Maconi, en El caso Pasolini. Crónica de un asesinato (Gallo Nero, 2010), un notable cómic acompañado de información pertinente y precisa, nos ofrece de él la imagen de una especie de mártir que se inmola premeditadamente. Es una exageración, sin duda, y su traumática muerte, de hecho, ha supuesto un impedimento para su interpretación, pues con frecuencia se han asumido su vida y su obra como una “preparación” para su terrible final.

 

Su padre, oficial militar, distante, alcohólico, abatido.

 

Pero algo hay en Pasolini que atrae y deslumbra y, al mismo tiempo, produce cierto rechazo. Si sus películas a menudo no se sabe muy bien si son documentos etnográficos, tesis políticas, denuncias sociales o intentos de “construir” un realismo crudo y violento, sus artículos de prensa tampoco sabemos, en ocasiones, cómo tomarlos. Son, por supuesto, intervenciones de un intelectual en un contexto muy determinado, escritos a propósito de situaciones o hechos concretos, en constante polémica con todo el abanico político de la Italia que denunciaba en busca de otra Italia que, en realidad, nunca había existido, al menos tal y como Pasolini quería presentarla. Mereció muchas acusaciones, algunas infundadas, otras no tanto, e intentó blindarse apelando a su naturaleza, a su heretismo, a que no le comprendían, a las cazas de brujas, pero no siempre era así. Sí que se le leía, mas Pasolini no siempre tenía razón. Es lógico. Nadie la tiene siempre, independientemente de que se sea homosexual, infeliz, vitalista o inteligente. De lo que no cabe duda es que, como dijera Althusser a la muerte de Sartre, Pasolini nunca transigió con el poder establecido. Y eso tiene un precio.

 

Ana Magnani en Mama Roma

 

Nació el 5 de marzo de 1922 en Casarsa, en Bolonia, la “Bolonia roja”, y vivió en Belluno, Conegliano, Sacile, Idria, Cremona, Reggio Emilia, hasta que de nuevo en el 43 la familia se establece en Casarsa, la patria chica de su madre, hasta el 49. Los constantes traslados se debían a los sucesivos destinos de su padre, oficial militar, distante, alcohólico, abatido. Su madre sería una referencia hasta su muerte, como lo serían Friul y Bolonia, los dos “paraísos” de la infancia y adolescencia, los de las primeras poesías, los de la fascinación por su dialecto. En el 42 publica su primer libro de versos, Poesie a Casarsa, en el 43 es llamado a filas y tras apenas unos días de reclutamiento huye regresando a Casarsa desde Livorno: teme que le persigan y teme la muerte. Pronto se encontrará con ella: en el 44 muere su abuela y, un año después, se produce la masacre de Porzûs. Diecisiete partisanos de la Brigada Osoppo, de orientación católica y socialista, son asesinados entre el 7 y el 18 de febrero de 1945 a manos de otro grupo partisano perteneciente al Partido Comunista, vinculados a la Brigada Garibaldi y al IX Korpus, una unidad del ejército de liberación yugoslavo. Entre las víctimas se encontraba Guido, el hermano menor de Pasolini. El golpe fue durísimo, pero no impidió a Pier Paolo afiliarse poco después al partido, con el que siempre mantendría unas complejas relaciones de respeto, crítica y nostalgia. Cuando Pasolini tiene 26 años, en una confesión, un niño declara al párroco haber mantenido relaciones sexuales con el poeta. El cura acude a la sede de la Democracia Cristiana para, saltándose el secreto de confesión, acusarle. La DC aprovecha el caso para criticar la corrupción comunista y el PCI toma distancias mostrando su incomodidad: “En el invierno del 49 huí con mi madre a Roma, como en una novela; el periodo friulano había terminado”, asume el autor. En el 50 ya se traslada a Roma, la ciudad de su madurez, la ciudad que recorría en busca de ese subproletariado que idealizaba y que amaba, en todos los sentidos: mamá Roma. Doctor en Letras, profesor de Instituto, poeta friulano, Pasolini da, por fin, un paso más: escribe Ragazzi di vita, su primera novela. Cierta crítica dirá, recuerda Roberto Laurenti en En torno a Pasolini (Sedmay, 1976) que se trata de “un caso singular de sincera vocación traumática hacia lo subhumano, que se traduce en la frialdad inerte de un trabajo etnológico, de un procedimiento narrativo, todo construido y artificial”. Y en parte tienen razón. Ha hallado los tres elementos que configuran la vida sottoproletaria y sobre ellos girará: “hambre, sexo y dinero”. Sufrió una denuncia por obscenidad pero también mereció el Premio Colombi-Guidotti de 1955, como dos años después Las cenizas de Gramsci, una serie de breves poemas jergo-dialectales, recibió el Premio Viareggio de 1957, y en el 59 Una vida violenta, su segunda novela, el Premio Crotone, y el Chianciano, en 1961, por su libro de poemas La religione del mio tempo. No es un desconocido ni se le ningunea. Se reconoce su obra, se le invita a la India para homenajear a Tagore, un escritor al que apenas había leído y no apreciaba, circunstancia que aprovecha para escribir El olor de la India, un hermoso libro, pero un libro, no nos engañemos, de “turista”, y comienza su obra cinematográfica: Accatone (1961). Es un intelectual, es decir, un burgués, repleto de contradicciones que le atormentan, enamorado de un subproletariado en el que encuentra cosas que él a menudo pone previamente, un nostálgico y, también, un espectador pavorosamente lúcido de la realidad de su época.

 

Mereció muchas acusaciones, algunas infundadas, otras no tanto.

 

Poeta civil, se ha dicho de él que era un antiiilustrado, pero no un reaccionario, aunque a veces parezca más un ilustrado reaccionario. Influido por la semiótica de Peirce y la lingüística de Saussure (Silvestra Mariniello, Pier Paolo Pasolini, Cátedra, 1999), Pasolini, en sus contradictorios escritos sobre cine, proyecta llevar a cabo una semiología de la realidad a partir del cine; aún más, “desde hace tiempo tengo la ambición de escribir una Filosofía del cine consistente en la inversión del nominalismo: no ‘nomina sunt res’ sino ‘res sunt nomina’ [… ] En suma, la realidad (espiada por el cine) es un ‘conjunto’ cuya estructura es la estructura de un lenguaje”. No llegará a tanto, no tendrá tiempo o lo dedicará a intervenir asiduamente en los medios de comunicación con constantes escritos polémicos, con denuncias, cartas y réplicas, los textos que le muestran como un intelectual que no pierde ocasión de tomar la palabra para decir lo que piensa. Ese intelectual que ahora nos ocupa. A comienzos de los años 40, en plena guerra, publica unos artículos –podemos leer algunos en Demasiada libertad sexual os convertirá en terroristas (Errata naturae, 2014)- sentimentales, poco agresivos, sin carácter, pero que ya apuntan a algunas de sus constantes. Más adelante colaborará asiduamente con la prensa comunista con sus “Diálogos con Pasolini” en Vie Nuove, mas, tras Poesia in forma di rosa (1964), tras la aparición del Grupo 63, Passolini parece algo estancado literariamente, dedicado sobre todo al cine, y en el año clave de 1968 comienza una nueva serie de colaboraciones que evidencian su distanciamiento del PCI. Ahora escribirá para Tempo, cuyo semanal alcanza grandes tiradas, en una sección que titula “El caos”, y subtitula “Contra el terror”. Las críticas de los comunistas no tardan y le acusan de connivencia con la burguesía y pronostican que acabará escribiendo en el Corriere della Sera, órgano de expresión por excelencia burgués, como, en efecto, haría. Por ello el escritor comienza su colaboración, anunciada como la más relevante tras la de Curzio Malaparte, con una explicación en la que se defiende como persona pero aclara su uso cínico del medio como intelectual. Son tiempos de enormes cambios, los cambios que Pasolini denunciará y criticará con obsesiva reiteración y que preludian los textos “corsarios” de los años 70: contra la “homologación”, contra la burguesía, contra el consumismo, contra la masificación, contra el desarrollo… En realidad los temas serán siempre los mismos y, en verdad, los argumentos también, solo que Pasolini va desesperanzándose cada vez más, se siente más solo, le disgusta más lo que ve, cree que nadie le comprende y arremete con más virulencia. Enclaustrado en un edipismo que Moravia le reprocha y él acepta, preso de sus propias arbitrariedades o gustos, desprecia la sociología, esa ciencia, cómo no, burguesa, y se queja, sin embargo, si se alude a su vida: defiende su integridad, su inconsciente, es un “feto adulto”, “una fuerza del pasado”, y, sin embargo, exige racionalidad, ante todo racionalidad, del mismo modo que clama por los derechos civiles al tiempo que mira con malos ojos el divorcio o, como veremos, se escandaliza ante la legislación del aborto despreciando el feminismo. Acude con su Alfa Romeo 2000 a los suburbios romanos en busca de chavales con los que mantener relaciones sexuales a cambio de un regalo, esos chicos auténticos, “alegres”, distintos, que le excitan, pero se echa las manos a la cabeza y despotrica contra la tolerancia porque observa por las calles de la ciudad a chicas “disponibles” para cualquiera. Y no se refiere a prostitutas adolescentes, como el lector podría suponer, sino a jóvenes que Pasolini, obsesionado con la castidad femenina, interpreta que están dispuestas a gozar con quien les parezca oportuno: ¡una barbaridad, el final de un mundo, una revolución antropológica asociada a la funesta manía de los jóvenes de dejarse crecer el pelo! Y es que “Demasiada libertad sexual os convertirá en terroristas”, el artículo publicado en Tempo el 16 de julio de 1972 y que Errata naturae ha escogido como gancho de su antología, no es un título irónico ni provocativo: es un resumen de lo que, en efecto, Pasolini piensa y desarrolla en un artículo que acaba con la neurosis y ¡Ulrike Meinhof! No es una broma: Pasolini nunca bromea. Es un trágico, como señala Pietro Barcellona en “Todos estamos en peligro”, su contribución a Visiones de Pasolini (Círculo de Lectores, 2006).

 

El Decamerón

 

Sería absurdo negarle a Pasolini la lucidez de haber visto lo que casi nadie en su momento atisbaba, de anticipar un futuro que hoy, en buena medida, es presente, pero tampoco se le puede, sin más, dar la razón. Anclado en la cultura de la resistencia antifascista, percibe con pavor cómo el viejo fascismo ha devenido un nuevo modelo mucho más pregnante, más profundo y difícil de combatir, pero, sencillamente, no se puede volver atrás. Critica, lógicamente, el estalinismo pero mira con complacencia el retorno al campo de la revolución cultural china; ha leído a Marx, pero no ha hecho caso de sus advertencias frente al lumpemproletariado ni su crítica del “idiotismo ruralista”. Los viejos fascistas, la anquilosada Iglesia que le apoyó, eran fáciles de identificar: se estaba en contra. Ahora las cosas son más complejas, el poeta no distingue “físicamente” a los neofascistas de los demócratas, el Vaticano ha tirado la toalla y se arrastra a rebufo de los poderosos: Pasolini ya no encuentra ni siquiera las caras que le gustan. Es un luterano que escribe cartas, un corsario que advierte, sin embargo, contra el caos, un revolucionario de no se sabe muy bien qué revolución. Es una contradicción que irradia fuerza.

 

Salo

 

Una de sus célebres polémicas atañe al aborto, un asunto complejo que con frecuencia nubla la razón y que en España sigue dando guerra. Pasolini tiene el “deber” de intervenir y el derecho de pensar a contracorriente de lo que se supone la izquierda habría de defender, pero su alegato hace aguas víctima de sus permanentes contradicciones que, en ocasiones, llegan a cancelar sus mismas propuestas. El 19 de enero de 1975 aparece en Corriere della Sera “Estoy en contra del aborto”, recogido en sus Escritos corsarios (Monte Avila, 1978) como “El coito, el aborto, la falsa tolerancia del poder, el conformismo de los progresistas”. Ahí es nada. Están a debate los ocho referéndums propuestos por el Partido Radical, y ahí aparece el aborto. Comienza Pasolini afirmando la sacralidad de la vida. De acuerdo. A continuación acusa a los radicales y a “todos los abortistas democráticos más puros y rigurosos” de referirse a la Realpolitik y, por lo tanto, recurrir “a la prevaricación ‘cínica’ de las situaciones de hecho y del buen sentido”. Y, en seguida, empieza a desbarrar: “El aborto legalizado, es en efecto –acerca de eso no cabe duda– una enorme comodidad para la mayoría. Sobre todo porque haría más fácil el coito –el acoplamiento heterosexual– para el cual no habría prácticamente más obstáculos. Pero esta libertad del coito de la ‘pareja’ tal como es concebida por la mayoría –esa maravillosa discrecionalidad en lo que le concierne– ¿por quién ha sido tácitamente querida, tácitamente promulgada y tácitamente introducida, de manera ya irreversible en los hábitos? Por el poder del consumo, del nuevo fascismo”.

 

Ante Moravia admite su “traumática” sexofobia, su defensa de la virginidad y la castidad de la mujer.

 

A continuación se remite a la eutanasia, a la ecología y, sobre todo, al coito, a la heterosexualidad, evidentemente, a la culpa y a la conciencia, para concluir de forma pasmosa: “Finalmente: muchos –privados de la viril y racional capacidad de comprensión– acusarán esta intervención mía de ser personal, particular, minoritaria. ¿Y bien?” Alberto Moravia fue uno de esos individuos poco viriles y racionales, incapaces de comprender, que le replicaron, y el 30 del mismo mes Pasolini contesta a las críticas de su amigo primero dándole la razón: admite su “traumática” sexofobia, su defensa de la virginidad y la castidad de la mujer, pero, resulta que, a pesar de la conclusión de su primera intervención, eso no tiene nada que ver con sus razonamientos, son una especie de golpes bajos, personales, y vuelve a apelar a sus temas de siempre, sin añadir ningún argumento sólido. Se pueden aportar razones de peso para discutir sobre el aborto, como las que presenta Peter Singer, por ejemplo, pero lo que Pasolini hace es algo distinto. Como le ocurre en su diatriba “contra el pelo largo” y en otras tantas ocasiones, Pasolini parte de una aversión personal o de un deseo y trama un discurso ideológico-pasional que, a la postre, se distancia enormemente del punto de partida, derivando profecías o valoraciones que pueden ser acertadas o no, pero que no se desprenden del dato inicial. Franco Cassano, en su contribución al ya citado libro Visiones de Pasolini, lo resume así con acierto: “el oxímoron de una vida”. De una vida trágica, como apuntábamos. Le acompaña el escándalo, de los bienpensantes y de los izquierdistas: unas veces la Iglesia le apoya y otras le rechaza, en el 68 defiende a la policía de esos jóvenes burgueses, hijos de burgueses, que combaten; siente nostalgia de otra época, de otro mundo, y el que se avecina le aniquila. No es de extrañar que su última película sea un auténtico vómito en el que arroja toda la crítica visceral y racional que alberga. Su Saló no es solo la crítica de un fascismo ya pasado, pues Pasolini siempre intentó alertar de que ese ya no era el enemigo, que ahora el fascismo era otro, como intentó desligar, sin conseguir aclararlo del todo, desarrollo y progreso, sino, como aclara Eduardo Subirats en Proceso a la civilización (Montesinos, 2011), la denuncia de “una humanidad que se devora a sí misma”, y de sus idiotizados espectadores: nosotros. Todos estamos en peligro. “Pasolini crítico de la modernidad, de la homologación, del fascismo como embrutecimiento y pasividad de la ‘masa’, como culto de la violencia sin objeto, como conformismo gregario de cuartel; crítico del presente en nombre de un pasado heroico de ‘pecadores inocentes’ como los campesinos y los nuevos proletarios de las barriadas. Pasolini antiilustrado pero no reaccionario, con su afanosa búsqueda de la fuerza de las pasiones y la inteligencia de los débiles y los marginados. Pasolini inquisidor de la Democracia Cristiana, pero distante del Partido Comunista Italiano y de sus tácticas, redescubridor de lo sagrado como ‘lugar’ de lo originario de la existencia y de la polis. Pasolini testigo de un cambio antropológico que nos afecta a todos”, resume Pietro Barcellona.

 

Quizás iba para santo y quedó en casi mártir.

 

Las imágenes de su cadáver son estremecedoras. El ensañamiento de su asesinato, la brutalidad de los golpes, su intento de huida, el coche que atropella su cuerpo aún con vida, las intrigas, los rumores, los datos contradictorios de un caso cerrado pero abierto en la conciencia de muchos, rubrican una vida y una obra siempre al límite, contradictoria, atípica, insatisfecha y hambrienta. Ninetto Davoli, uno de sus actores fetiche, incrédulo por la estupefacción de los periodistas, tras el brutal asesinato declaró ingenuo: “¿Por qué asombrarse?, en Roma se mata”. Era cierto, en Roma se mata, y la noche del 1 al 2 de noviembre de 1975, en la ribera de Ostia, habían matado a Pasolini. “Todos estamos en peligro”, constataba en la entrevista que, unas horas antes, había concedido a Furio Colombo. Da miedo.

www.elviejotopo.com/articulo/pier-paolo-pasolini-contra-la-modernidad/

 

 

 

 

Sé el primero en comentar

Deja tu opinión

Tu dirección de correo no será publicada.


*