TRANSHUMANISMO Y POSTHUMANISMO. ¿Inmortales e inhumanos en un futuro distópico?

A LA FEMINISTA ILUSTRADA 

Yo, como el archidemonio, llevaba un infierno en mis entrañas; y, no encontrando a nadie que me comprendiera, quería arrancar los árboles, sembrar el caos y la destrucción a mi alrededor, y sentarme después a disfrutar de los destrozos

Mary Shelley (Frankenstein, Capítulo 8)

 

María Teresa Fernández «Cyborg» de la Vega

 

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Qué es el transhumanismo y por qué muchos aseguran que es un futuro inevitable

 

Aunque los dispositivos electrónicos son cada vez más parte integral de nuestra vida, pocos nos detenemos a considerar cómo la convergencia de elementos tecnológicos transformará la humanidad.

Algunos dicen que esa transformación será desordenada, compleja y, a veces, aterradora, pero ya hay señales que apuntan a un futuro que desdibujará nuestras identidades.

Para la BBC, el filósofo Julian Baggini explica la visión radical del transhumanismo.

La mayoría de nosotros consideraríamos el fin de la raza humana como una catástrofe. Pero hay quienes no sólo se alegran sino que quieren apurar el día en el que ocurra.

Los transhumanistas esperan ansiosamente el día en el que el Homo sapiens sea sustituido por un modelo mejor, más inteligente y en mejores condiciones…

Los humanos efectivamente necesitamos mejorar con urgencia.

Cualquier especie que cause un daño tan enorme al medioambiente, que no se puede alimentar a pesar de tener suficiente comida y lucha innumerables guerras que cobran millones de vidas seguramente se puede beneficiar de una actualización del sistema de inteligencia.

 

 

Además, nuestra vida útil es corta, nuestros últimos años usualmente se caracterizan por una salud y vitalidad menguante a menudo acompañada de una disminución en capacidad cognitiva.

Una de cada tres personas que nacieron en 2015 sufrirá de demencia.

¿Es esto realmente lo mejor que podemos esperar?

Los transhumanistas piensan que la respuesta es ‘No’.

El envejecimiento podría detenerse e incluso revertirse.

Algunas mejoras podrían elevar dramáticamente nuestro coeficiente intelectual y hacernos más fuertes.

 

 

Es posible que podamos hasta dejar atrás a nuestros frágiles cuerpos, cargando lo que somos en una computadora y así vivir para siempre en mundos virtuales.

Mejorar a la humanidad a través de la ciencia y la tecnología puede cambiarnos radicalmente.

Sería un nuevo principio que empezaría con el fin de la humanidad como la conocemos.

Muchos transhumanistas consideran que esto no sólo es deseable sino inevitable.

El científico y futurista Ray Kurzweil cree que estamos acercándonos a lo que llama la «singularidad», el momento en el que las computadoras se vuelven lo suficientemente listas como para aprender solas.

De ahí en adelante, y muy rápidamente, se irán volviendo más y más inteligentes.

 

 

El futuro le pertenece a la inteligencia artificial.

La única vía que nos queda a los humanos para sobrevivir es acogerla y volvernos -nosotros mismos- en parte o completamente artificiales.

La idea de ser reemplazados por una nueva forma de humanos es inquietante.

 

«Transhumana»: la chica que se autoimplantó 50 chips y varios imanes para que su cuerpo fuera «mejor»

 

Pero los transhumanistas piensan que sería errado lamentar el fin de la humanidad como la conocemos si lo que la reemplazará será mucho mejor.

Sería como desear que los niños nunca crecieran -alegan- o que el Homo erectus nunca hubiera evolucionado para convertirse en Homo sapiens.

Si los transhumanistas están en lo cierto, nosotros podríamos ser una de las últimas generaciones de humanos en vagar por el planeta.

https://www.bbc.com/mundo/noticias-42751366

¿Cuántos cabremos en ese «mundo feliz» que están construyendo en la oscuridad?

 

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Posthumanismo

Por Natalia Lucero
Fundación Hegel
 

 

Consideraciones preliminares

La tecnología comenzó, de a poco, a facilitar la vida de las personas con un primer objetivo de optimizar el tiempo. La idea era que la gente pudiera aumentar la eficiencia en el trabajo, disfrutar con sus seres más cercanos y disponer de tiempo para el descanso: los tres elementos que conformaban la circularidad de la multifuncionalidad, esto quiere decir que, mientras se tenga éxito laboral, se podrá disponer de más tiempo con los seres más cercanos y, además, tener tiempo de ocio, lo que redunda en una mayor productividad, cerrando así el círculo del éxito constante, elemento que fija el norte de nuestros actos y decisiones, puesto que convertirse en una persona exitosa (bajo los aspectos recién mencionados) es uno de los objetivos primordiales del hombre moderno.

Todo lo nuevo proporcionado por la tecnología iba teniendo un buen nivel de aceptación y así se le abrió un espacio en nuestra cotidianeidad:

Pero, básicamente, las máquinas no poseían movimientos por sí mismas, no decidían, no eran autónomas. No podían lograr el sueño humano, sino sólo imitarlo. No eran un hombre, un autor de sí mismo, sino una caricatura de ese sueño reproductor masculinista. Pensar lo contrario era algo paranoico. Ahora, ya no estamos tan seguros. Las máquinas de este fin de siglo han convertido en algo ambiguo la diferencia entre lo natural y lo artificial, entre el cuerpo y la mente, entre el desarrollo personal y el planeado desde el exterior y otras muchas distinciones que solían aplicarse a los organismos y a las máquinas. Las nuestras están inquietantemente vivas y, nosotros, aterradoramente inertes.” (Haraway, 1984, 5).

Actualmente nos es muy normal tener — sólo por mencionar un ejemplo — un dispositivo móvil en donde no sólo nos comunicamos de manera instantánea cuando lo necesitamos, sino que nos proporciona orientación si estamos perdidos, nos permite tener acceso a información de cualquier índole a través de internet e incluso lo usamos de reloj despertador, siendo éste uno de los elementos tecnológicos que mejor refleja el carácter de la nueva época que surgió después de la guerra. Si hay que buscar una palabra que defina dicho carácter, esta es integral: mientras más conectado, más informado, más preparado académicamente; mientras mayor es la sintonía con su entorno mucho mejor es la valoración que recibe, pero de eso — y teniendo en consideración lo dicho por Haraway — ¿cuánto realmente depende efectivamente de nosotros y cuánto de la tecnología? ¿Qué tan reactivos, alertas o inertes estamos frente a las nuevas máquinas que nos facilitan la vida?

Por lo mismo, y siempre orientados en el sentido de lo integral, las tecnologías siguieron tomando espacio tornándose algo natural para nuestro entorno, es decir, la intervención no sólo abarca lo que compete a lo que estrictamente nos rodea, sino que ya está inserta en nosotros, interviniendo nuestros cuerpos, actuando directamente sobre la vida al buscar compensar lo que históricamente se ha considerado como falencias de la naturaleza humana. Es por esta razón que, como se podrá apreciar, el sentido del humanismo va cambiando levemente su dirección y, al mismo tiempo, dejando de ser humanismo: al ser humano ya no le basta ser mejor reprimiendo su animalidad, sino que, en adición a lo anterior, el parámetro de ‘lo mejor’ está dictado por la superación de todo tipo de falencias físicas y, de este modo, la búsqueda está fijada por la finalidad de alcanzar la inmortalidad humana. Esto es lo que actualmente se conoce como post-humanismo: cuando los ideales de los seres humanos trascienden, van más allá (post) de aquellos que por años rigieron los cánones de la humanidad, teniendo como finalidad alcanzar la mayor cantidad de consecuencias deseables para el progreso humano.

 

Neil Harbisson

 

Para ejemplificar mejor lo anterior, se expondrá brevemente el caso de Neil Harbisson; un hombre que a los 11 años fue diagnosticado con acromatopsia; una enfermedad en la que todo lo que ve aparece a sus ojos en blanco y negro. Decidido a poder percibir los colores, independiente de que sabía que no podría experimentarlos a través del sentido de la vista, desarrolló un aparato muy similar a una antena — el cual utiliza en su cabeza — que le proporciona la facultad de oír los colores. Lo que hizo Neil fue asociar colores a la escala de notas musicales, lo que le ha permitido llevar una vida más independiente, puesto que, aunque no seamos plenamente conscientes de ello, muchas de las decisiones que tomamos dependen de los colores; la más simple es si cruzamos o no la calle, dependiendo si el semáforo muestra verde o rojo. De este modo, para él, la tecnología pasó a formar parte de su identidad y por eso se le define a través de la palabra cyborg, lo que quiere decir que está compuesto de dispositivos tecnológicos y, a la vez, de parte de su naturaleza orgánica. Asimismo, también se puede apreciar que hay mejoras que se nos han transformado en habituales, por ejemplo, audífonos para oír, anteojos o lentes de contacto, prótesis que sustituyen alguna parte del cuerpo, entre otras, de manera que las personas puedan complementar su vida y desarrollarla buscando siempre los máximos niveles de eficiencia.

No obstante, surgen algunas interrogantes al reflexionar en torno al asunto: ¿Estamos los seres humanos preparados para hacer un buen uso de la tecnología? ¿Sabemos lo que es llevar a cabo un buen uso? Estas son algunas de las preguntas que se pueden plantear sólo como inicio de la reflexión. Se verá que, a través de lo expuesto en este escrito, surgirán otras dudas que es válido plantear y, de este modo, propiciar la generación de un debate que nos permita el intercambio de opiniones, puntos de vista y experiencias con el fin de ayudar a clarificar de qué se trata el tema en cuestión y los respectivos argumentos y objeciones.

¿Qué es el posthumanismo?

El humanismo había fracasado en su cometido de poner a resguardo de su propio salvajismo al ser humano, por lo que era necesario dar un paso más allá; evolucionar. De este modo, se busca que la vulnerabilidad humana — representada en su ‘ser salvaje’ — sea superada. La educación, entendida en los términos de la modernidad, no satisfizo las necesidades de una población en número creciente y, por lo demás, no todos tenían acceso a ella, por lo que había que expandir los horizontes. Así, la renovación del ser humano llegó de la mano de la revolución tecnológica, con máquinas inteligentes que nos prometen alcanzar mayor eficiencia; máquinas que no sólo son parte de nuestro entorno, sino que, como se dijo anteriormente y como confirma Haraway (1984): “Las máquinas modernas son la quintaesencia de los aparatos microelectrónicos: están en todas partes, pero son invisibles.” (pág. 6), pasando así a formar parte de nosotros mismos, llegando incluso a intervenir la ‘máquina oficial’ que poseemos: nuestro cuerpo.

 

Prótesis BeBionic3, permite realizar operaciones complejas y minuciosas.

 

Teniendo esto en consideración, el posthumanismo se puede definir como el empuje de los límites de la naturaleza, llevándola más allá de sus propios términos biológicos y, si se puede permitir el término, llevándola más allá de sus posibilidades, experimentando con los alimentos — donde un ejemplo son los alimentos transgénicos — y los animales (clonación, nuevas especies, entre otros). No obstante, hasta aquí no han sido contempladas las modificaciones al ser humano y es que esto está incorporado en otro concepto, que es el de transhumanismo, el cual también debe ser entendido como una superación del humanismo inicialmente mencionado e, incluso, como una etapa previa al posthumanismo, lo que no implica el fin del ser humano, sino que sólo un desplazamiento, en donde ya no se le sitúa en el centro y donde el espíritu de la actualidad responde a una descripción como la que sigue:

Uno de los rasgos más importantes del impresionante progreso de la técnica en el siglo XX es el empeño constructivista: parece que la realidad no sólo puede ser desmontada y recompuesta (…), sino también construida e incluso suplantada por el artificio humano y su potencia instrumental. No se trata únicamente de explotar y dominar, sino de adueñarse de los resortes últimos de cuanto existe — incluida la vida — y utilizarlos, hasta el punto de que se habla ya de una nueva era planetaria, el antropoceno. Más allá del llamado postmodernismo o del pensamiento postmetafísico, hay que referirse casi a lo postnaturalen el claro supuesto de que no hay sustrato alguno que permanezca invulnerable. (Espinosa, 2010, 3).

Se hace hincapié en las últimas palabras de la cita de Espinosa y es que, si el asunto del posthumanismo se estudia con un poco más de detenimiento, más allá de las consideraciones positivas que se pueda tener sobre él y sobre las consecuencias deseables que implica, hay otros aspectos de la esfera humana que son tocados profundamente por estas transformaciones y que, dada su relevancia, es preciso tratar en este escrito.

Lo primero que se debe considerar es la relación del hombre y la naturaleza, la que Espinosa retrata de la siguiente manera:

El salto tecnológico puede transformar el mundo, pero también la subjetividad y los estilos de vida, de manera cualitativa. Para apreciarlo mejor es oportuno distinguir entre un modelo de desarrollo prometeico y otro fáustico: el primero se funda en la noción de progreso indefinido (material, científico, político, etc.), pero consciente a la par de que ‘hay límites con respecto a lo que se puede conocer, hacer y crear’ (por ejemplo, en torno a la vida), de manera que la tecnificación resulta beneficiosa sin pretender adueñarse de ciertas cosas; por el contrario, el segundo tipo subordina todo a la previsión y el control sin barreras, hasta dominar la naturaleza externa e interna al cuerpo humano, y adoptar así una función demiúrgica creadora de vida, capaz de ‘redefinir todas las fronteras y todas las leyes, subvirtiendo la antigua prioridad de lo orgánico sobre lo tecnológico.’ (2010, 11)

 

Ilustración de Martin Heidegger

 

En adición, se debe considerar lo que Heidegger retrata en su texto La pregunta por la técnica (1994), en donde una de las tesis que sostiene es que la naturaleza y el ser humano han tenido una relación que varía según la situación histórica en la que se sitúe, es decir, la naturaleza no se manifiesta como tal, porque siempre hay una comprensión histórica de por medio que empaña su realidad. Así, la relación que los griegos mantenían con la naturaleza dista mucho de la relación moderna del hombre con ella puesto que, en la primera, es una relación más originaria en el sentido de que se la define en el texto como un dejar salir, un brotar, mientras que en la época moderna, desde la que Heidegger escribe, el hombre fuerza en la naturaleza ese brotar que en un principio era espontáneo.

Finalmente, la propuesta del autor es que se debe retornar a los griegos, a la concepción que ellos poseían de la relación con la naturaleza, puesto que, en su opinión, el trato del hombre moderno hacia la naturaleza está afectado de un modo negativo. Existen muchas otras consideraciones que hacer respecto a dicho texto, pero yendo a lo que es de nuestro interés, y teniendo en cuenta que la historia ha seguido su progreso, tanto así que ahora se habla de posthumanismo: ¿qué clase de relación se tiene con la naturaleza? Si se sigue con el planteamiento heideggeriano, se trataría de una relación de control y de explotación por lo que cabe preguntarse si es correcto el rol que ambos, es decir, ser humano y naturaleza, desempeñan y, por sobre todo, si es sano dicho rol o si desvirtúa el rol histórico que debería poseer cada uno. Es más, se puede afirmar que el ser humano ha llegado a tal nivel de posesión y control que le ha asignado a la naturaleza un rol (de dependencia) que no es el que originariamente debería desempeñar. Esto nos lleva a la pregunta por el criterio del hombre: ¿qué tanto criterio poseemos para relacionarnos con la naturaleza?

En adición a lo anterior, el posthumanismo abre el debate sobre la historia, tema que puede ser abordado, por ejemplo, desde el punto de vista de la filosofía de la historia de Hegel. Para dicho autor, bajo cada acontecimiento histórico existe una racionalidad que marca el camino, distinguiendo entre lo que es necesario y lo que es contingente. Por necesario deben entenderse aquellos acontecimientos históricos en los que se dieron todas las condiciones para que ocurrieran y, por lo tanto, sucedieron. Un ejemplo de ello — que es el mismo que Hegel proporciona — es que Julio César haya cruzado el río Rubicón, hecho que efectivamente sucedió. Por otro lado, contingente hace referencia a aquellos hechos que tenían alguna posibilidad de acontecer, pero que finalmente no sucedieron. Siguiendo con el ejemplo de Julio César, un acontecimiento contingente es que, una vez que se detuvo a la orilla del río, atormentado por las dudas, hubiera decidido no cruzar y, por lo tanto, no provocar una guerra civil, la segunda de la República de Roma. Lo que de esto se debe rescatar es si el posthumanismo y lo que él implica ¿es parte de la racionalidad del transcurso de la historia o será que el hombre, en su afán de dominación y poder, ha logrado doblegar la mano de la historia y redirigirla según su conveniencia inmediata, sin pensar en un télos, una finalidad, como sí lo haría la historia según Hegel? ¿Será que el posthumanismo es un nuevo despliegue de la verdad en el camino que nos acerca al saber absoluto? ¿A qué clase de saber nos acercamos?

En tercer lugar, téngase en consideración lo siguiente:

Los beneficios pueden ser muy grandes, pero en un mundo globalizado a todos los efectos no pueden olvidarse los riesgos ni las múltiples interacciones extensionales e intencionales, de muy difícil gobierno. A nadie se le oculta, baste un ejemplo, que la modificación genética de organismos conlleva efectos impredecibles por definición (…) tanto respecto a los equilibrios ecológicos en general como a la salud en particular. Sin embargo, la vida es presentada como algo del todo manejable y se convierte en una mera categoría técnica, sin que ya importe apenas la esforzada construcción de la identidad personal. (Espinosa, 2010, 7).

Espinosa rescata el problema de la modificación genética antes mencionado junto a los posibles trastornos que afectarían el equilibrio ecológico, pero agrega un elemento crucial: la construcción de la identidad personal. Frente a esto, lo que debe tenerse en mente es la formación de nuestra identidad en relación a las máquinas y, en base a lo anterior, plantearse la pregunta por nuestra condición humana y, así, a un problema de índole antropológico: ¿será posible que en algún momento las máquinas puedan ‘robarnos’ la condición de humanidad que consideramos que nos es exclusiva? ¿dónde, o en qué, radica nuestra humanidad? ¿Estamos sólo reducidos a conexiones neuronales? ¿Tenemos un alma? ¿o somos un compuesto indisoluble de alma y cuerpo?.

Reflexiones Finales

En primer lugar, si las mejoras apuntan a conseguir el ‘mejor mundo posible’ a través de la consecución de los máximos niveles de eficiencia que nos podamos permitir; ¿es válido apuntar la búsqueda hacia el término de la finitud humana? No sería mejor probar a tratar de mejorar en otros aspectos, por ejemplo, aumentar el coraje para ejercer la libertad, o para poder solucionar problemas de inseguridad, entre otros? Al respecto, Espinosa pronuncia lo siguiente: “Es más que deseable reducir cuanto se pueda el sufrimiento de todos los seres vivos, pero con cuidado de no anestesiar y/o mutilar — en el caso humano — el conjunto trabado de las emociones, sus interacciones y contrapesos, su juego subconsciente y a veces creativo, imponderable. (2010, 15).

En adición, las mejoras que vienen de la mano de la tecnología para los seres humanos y su entorno en general extienden la vida, lo que nos asegura cantidad, sin embargo, ¿eso nos garantiza calidad de vida? Al buscar optimizar todo ámbito en que los seres humanos nos desenvolvemos ¿no estaremos olvidando aspectos que son relevantes para el normal desarrollo de la vida de las personas y que no aceptan modificación? Por mencionar un caso: ¿las relaciones entre humanos se mantendrán, se verán afectadas por estos avances o será posible prescindir de ellas?.

Luego, como se ha producido un cambio de paradigma que va desde el humanismo al posthumanismo, ¿habrá que replantearse el concepto de dignidad humana? Lo que nos lleva nuevamente a la pregunta por la condición humana: ¿qué somos?.

Por lo demás, a medida que la reproducción o que otros factores alteren los genes humanos (por ejemplo, adaptación): ¿será necesario el posthumanismo y sus mejoras?.

Por último, pero por eso no menos importante, ¿será que tenemos, como humanidad, un criterio formado para aplicar (y aplicarnos) mejoras tecnológicas? Se debe recordar que, para quienes propiciaron estos cambios, el ideal de la formación de las personas a través de la educación había fracasado, lo que quedó demostrado con las dos guerras mundiales, por lo que, si la educación no fue suficiente en ese momento: ¿lo será actualmente? ¿Bajo qué criterios nos consideraríamos bien formados, bien educados? En aquel entonces, el criterio era regirse bajo los preceptos de la razón, principio que heredamos de autores como Kant y Hegel. No obstante, ¿tenemos claro cuáles son aquellos preceptos?.

Que lo aquí planteado sea una guía, un instrumento que permita ampliar el debate sobre la tecnología y su avance, puesto que cada día colonizan nuestras vidas con mayor facilidad. El tema del posthumanismo, lo que significa, ya dejó de ser algo propio de los libros de ciencia ficción, como los escritos por Isaac Asimov. Nos basta con encender la televisión para ver la creación de un nuevo robot, de un automóvil que requiere menos habilidades de manejo dada su ‘autonomía’ o de la aparición de cyborg, como Neil Harbisson, por lo que no podemos mantenernos al margen de este debate y de la información disponible para participar en él.

Referencias Bibliográficas

Duque, F. (2002). En torno al humanismo; Heidegger, Gadamer, Sloterdijk. Editorial Tecnos, Madrid.

Espinosa, L. (2010). El desafío del posthumanismo (en relación a las nuevas tecnologías). Revisado en: http://gredos.usal.es/jspui/bitstream/10366/116244/1/DFLFC_EspinosaRubio_DesafioPosthumanismo.pdf

García Selgas, F. (2010). Posthumanismo, sociedad y ser humano. Athenea Digital, núm. 19: 1–5, noviembre 2010.

Haraway, D. (1984). Manifiesto Cyborg: el sueño irónico de un lenguaje común para las mujeres en el circuito integrado. Traducción de Manuel Talens con pequeños cambios de David Ugarte. Revisado en: http://xenero.webs.uvigo.es/profesorado/beatriz_suarez/ciborg.pdf

Heidegger, M. (1994). Conferencias y artículos. (pp. 9–37). Barcelona, Ediciones Del Serbal. Traducción de Eustaquio Barjau.

Hegel, G. (1982). Ciencia de la Lógica, traducción de Augusta y Rodolfo Mondolfo. Ediciones Solar, págs. 244–245. (Formato PDF).

Hottois, G. (2013). Humanismo, transhumanismo, posthumanismo. Universidad El Bosque, Revista Colombiana de Bioética, Vol. 8 N° 2, Julio-Diciembre de 2013.

Vásquez Rocca, A. Sloterdijk; en el mismo barco, ensayo sobre la hiperpolítica, en: Peter Sloterdijk; esferas, helada cósmica y políticas de climatización, colección Novatores, N° 28, Editorial de la Institución Alfons el Magnànim (IAM), Valencia, España, 2008.

https://medium.com/@HegelFoundation/posthumanismo-c57a9c5ffb18

 

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«EN UN FUTURO, LAS CLASES SOCIALES SE CONVERTIRÁN EN CLASES BIOLÓGICAS»

Entrevista a Antonio Diéguez, catedrático de Lógica y Filosofía de la Universidad de Málaga y experto en transhumanismo.

Por Esther Peñas

ethic.es

 

La tecnología como instrumento para mejorar el ser humano, no solo física, sino emocional, mental y moralmente. Esta es la propuesta del transhumanismo. Gracias a la ingeniería genética y al desarrollo de la inteligencia artificial, los cambios que se avecinan son radicales. Pero ¿podremos vivir para siempre? ¿Habrá ética en las máquinas que nos tutelen? ¿El ser humano derivará en una nueva especie? ¿Podremos revertir o al menos detener el proceso de degradación medioambiental del planeta? ¿La tecnología avanzada acentuará la brecha entre ricos y pobres? Antonio Diéguez, catedrático de Lógica y Filosofía de la Universidad de Málaga, y hasta hace poco presidente de la Asociación Iberoamericana de la Filosofía de la Biología, acaba de publicar ‘Transhumanismo’ (Herder), un análisis crítico de este movimiento que focaliza buena parte del debate internacional.

¿Ya somos poshumanos, como sostienen teóricos como Donna Haraway o Rosi Braidotti?

No somos poshumanos en ningún sentido realista que queramos darle al término. No somos cíborgs asexuados que hayan asumido su condición de tales ni hemos creado una nueva especie humana aislada reproductivamente de la nuestra. En mi opinión, es muy improbable que existan seres poshumanos en un futuro cercano y previsible. Pero si continuamos destruyendo el planeta a este ritmo, ciertamente no los habrá nunca, porque no dará tiempo a que puedan surgir. Solo en un sentido metafórico, y de caracterización variable, algunos autores han defendido que la poshumanidad ya está aquí, pero lo que querían subrayar con ello, como en el caso de Braidotti, es que estamos ante un cambio de época en el que el humanismo moderno ha entrado en crisis y está siendo sustituido por una nueva visión del ser humano en la que éste asume identidades múltiples y flexibles, y ya no es considerado el centro del universo ni de la vida en la Tierra.

¿En qué momento un humano se convierte en transhumano?

El transhumano es el ser humano mejorado física, cognitiva, moral o emocionalmente por medio de la tecnología. En un sentido amplio, ya tenemos a nuestro alrededor muchos seres transhumanos. Cualquier persona que tome medicamentos que potencien su vigor físico o sexual, su capacidad de atención o su memoria, o que tome antidepresivos, sería un ser humano biomejorado, y en tal sentido, un transhumano. Pero esta forma de entender la cuestión es excesivamente amplia y soslaya alguna de las cuestiones más importantes suscitadas por el transhumanismo. Cuando los transhumanistas piensan en un ser transhumano, lo que tienen en mente son personas dispuestas a realizar transformaciones tecnológicas importantes en su cuerpo o en su cerebro (cuando éstas estén disponibles) que les acerquen a la condición final de poshumano. Esto se producirá, según los transhumanistas, por dos vías principales. Por un lado, el ser humano irá integrándose de forma más extensa y profunda con la máquina, e incluso, como mantienen Raymond Kurzweil y otros autores, podrá algún día volcar su mente en una computadora, y de este modo evitará la muerte y potenciará su inteligencia en muchos órdenes de magnitud. Por otro lado, la ingeniería genética, auxiliada por la biología sintética, irá poniendo a nuestro alcance transformaciones sustanciales en nuestro genoma que, una vez pasados ciertos límites, darán lugar –según nos anuncian– al poshumano, un organismo descendiente de nuestra especie, pero con características radicalmente nuevas, entre ellas un alargamiento indefinido de la vida que, a efectos prácticos, podríamos considerar como lo más parecido a la inmortalidad.

Kurzweil propone la integración con la máquina para sobrevivir; ¿devendrá así el ser humano en una nueva especie?

Si la propuesta de Kurzweil fuera alguna vez realizable, cosa que personalmente dudo mucho, la integración completa de nuestra mente en una máquina haría improcedente la aplicación del concepto de especie biológica en ese contexto, puesto que los seres humanos dejarían de ser organismos vivos para convertirse en máquinas inteligentes. No sería, pues, una forma de sobrevivir, sino de eludir la mortalidad dejando de pertenecer al tipo de seres susceptibles de morir. En todo caso, podrían ser destruidos, pero no sería apropiado entonces hablar de muerte, porque este es un término que se refiere al cese de la vida, y allí ya no habría vida (a no ser que estemos dispuestos a cambiar el significado de ese concepto). Pero, insisto, no apostaría mucho a que algo así sea factible alguna vez.

«Si arruinamos este planeta no vamos a tener ninguna oportunidad de arruinar otros»

De esta «inflación de promesas» relativas a la biotecnología y el transhumanismo, ¿cómo saber cuáles son una estafa y cuáles tienen visos de materializarse?

Es muy difícil saberlo, porque para hacer esa discriminación se necesitan amplios conocimientos científicos y técnicos, y sobre todo, una visión realista de las posibilidades actuales de la tecnología. Por eso, en mi libro sobre el transhumanismo he intentado dar algunas pistas acerca de por dónde es previsible que vayan las cosas en los próximos años, de modo que el lector pueda forjar un juicio propio medianamente informado. Pero hay muchas cuestiones que no he podido tratar por falta de espacio o de conocimientos, y otras en las que quizás he podido emitir una opinión equivocada. Lo importante, sin embargo, es saber que es necesario hacer un esfuerzo por separar el grano de la paja, sobre todo por parte de las personas que, como los periodistas y los divulgadores de la ciencia, tienen la posibilidad de influir en un público amplio. Es imprescindible averiguar qué intereses económicos y profesionales hay detrás de estas grandes promesas. No para descalificarlas eo ipso, sino para tener clara consciencia de que deben ser contextualizadas, y algunas de ellas muy posiblemente cuestionadas si se perciben debilidades en su base científica o se detectan claros intereses privados en su promoción.

¿Por qué «el sujeto moderno no es sostenible por más tiempo»?

Supongo que lo que algunas personas quieren decir con una frase así es que los ideales filosóficos, sociales y políticos que han conformado lo que los historiadores llaman ‘modernidad’ están ya caducos y han de ser sustituidos por otros ideales, llamémosles ‘postmodernos’. En tal caso, yo me siento mucho más cerca de Jürgen Habermas cuando afirma que la modernidad es un proyecto aún no cumplido. No tenemos más que mirar a nuestro alrededor y preguntarnos si los ideales de la Ilustración, los ideales de la democracia, las libertades públicas, la igualdad, el uso desprejuiciado de la razón, etc., están tan extendidos por el mundo como para querer pasar página. Otra cosa es que bajo la etiqueta de ‘ideales de la modernidad’ o de ‘sujeto moderno’ se haya intentado a veces hacer pasar mercancías muy averiadas, como dicotomías o jerarquías inaceptables de género, raciales o culturales. Esta mercancía averiada debe ser retirada cuidadosamente, y en eso una parte del pensamiento transhumanista está siendo de gran utilidad. Pero creo que hay que tener la precaución de no tirar el bebé con el agua del baño, como dicen los anglosajones. Por supuesto que lo que no podrá sostenerse por mucho tiempo más es nuestro sistema actual de producción y consumo. Una economía basada en un crecimiento constante y en un uso despilfarrador de los recursos naturales no puede ser mantenida indefinidamente, como dicta el mero sentido común. Pero no responsabilizaría al «sujeto moderno» de este desaguisado. La modernidad tiene muchas caras que aún no han sido exploradas.

Usted alude al ejemplo de la ‘Posidonia oceanica’, que vive miles de años, pero ¿de veras es deseable vivir para siempre?

Esa es una pregunta difícil de contestar. Hay una gran cantidad de personas que buscan de algún modo la inmortalidad, aunque sea en ‘otra vida’, y por eso muchas religiones ofrecen una ‘vida eterna’ en el más allá. Otros, sin embargo, querrían solo vivir más en esta vida, pero no para siempre. Este deseo me parece muy sensato. No me imagino cómo mi yo personal podría mantenerse intacto durante miles de años, ni cómo podría darse sentido a una vida de tal duración. Pero estoy casi seguro de que, por muchos días que viva, no va a llegar el momento en que me diga a mí mismo: «Hoy sería un buen día para morirme». Así que, si fuera posible retrasar alguna vez la muerte todo lo que uno quisiera, manteniendo buena salud y un aspecto relativamente juvenil, puede que nunca encontráramos el momento oportuno para morirnos, aun cuando pensáramos que vivir para siempre es una pesadilla. La crítica más habitual a esta pretensión de querer vivir de forma indefinida gracias a la tecnología es que una vida así terminaría siendo tremendamente aburrida, porque al cabo de un tiempo ya no habría auténticas novedades para nosotros que pudieran atraer nuestro interés o que pudieran ilusionarnos. Pero como respondió un transhumanista, más aburrida es la muerte.

Si en 2050 el hombre consumirá los recursos de dos planetas como la Tierra, si ha esquilmado esta casa, en el caso de vivir para siempre, terminaría arruinando ¿cuántos planetas?

Si arruinamos este planeta no vamos a tener ninguna oportunidad de arruinar otros. Para plantearse siquiera la posibilidad de viajar y establecer colonias numerosas en otros planetas, tenemos que pensar en un futuro muy, muy lejano, y para llegar a ese futuro el ser humano tendría que haber conseguido de algún modo vivir en armonía con el planeta que nos ha visto nacer y del que podemos decir que hay muchas probabilidades de que sea nuestra verdadera casa para siempre. Ahora bien, si el ser humano consiguiera alguna vez algo parecido a la inmortalidad, digamos una vida de varios centenares o miles de años, y no conseguimos colonizar otros planetas, está muy claro que debería quedar reducido casi a cero el número de nacimientos. Algo poco gratificante. Se acabó desde luego la alegría de tener, cuidar y educar a un hijo.

Algunos avances que proporcionan una mayor comodidad de vida suponen una intromisión/invasión casi absoluta en nuestra privacidad. Se sabrá cuánta agua consumimos al ducharnos, qué canales de televisión miramos, cuánto tiempo, a qué hora llegamos a casa, cuánto hablamos por teléfono y con quien, a qué temperatura tenemos nuestro hogar… ¿Cómo se compaginarán los derechos con los avances tecnológicos?

De forma cada vez más complicada y problemática. Hoy mismo, con el uso de internet y de las redes sociales, estamos poniendo en manos de compañías privadas mucha información personal, y no tenemos ya ningún control sobre ella. No sabemos qué están haciendo con nuestra información. Y estamos solo en los comienzos. Imagine cuando cualquier paciente tenga realizado un análisis de su genoma y esa información pueda llegar a las compañías de seguros. La publicidad nos llega ya personalizada. Si buscamos en internet un hotel para viajar a una ciudad determinada, luego entramos en Facebook y recibimos allí publicidad de hoteles en dicha ciudad. Hay ‘robots aspiradoras’ que guardan en su memoria un plano de nuestra casa y pueden transmitirlo a la compañía que los fabricó. La pérdida de buena parte de nuestra privacidad es ya un hecho consumado. Pero parece que estamos dispuestos a pagarlo a cambio de todo lo que nos ofrece internet. No es sorprendente que usar el buscador de Google o mandar mensajes con Mensenger o Whatsapp sea gratis. El negocio para estas compañías está, en buena medida, en el uso de la información que les proporcionamos usando gratis sus productos.

«La ingeniería genética pondrá a nuestro alcance un alargamiento indefinido de la vida que podríamos considerar como lo más parecido a la inmortalidad»

A este respecto, pensemos en un futuro cada vez más tecnológico, transhumano. Alguien va en un coche con su hijo de pocos meses. El coche, conduce ‘solo’. De pronto, se cruza un lince en la carretera, y el coche tendrá que decidir en cuestión de nanosegundos si trata de esquivar el animal poniendo en riesgo nuestra vida o si decide atropellarlo. Esta decisión, y otras del mismo cariz, supongo que estarán programadas para ser tomadas en función de cuestiones económicas. ¿Qué papel cumplirá la ética en el transhumanismo?

Ese ejemplo no pertenece al futuro, sino a nuestro presente. Es un problema que se plantean seriamente los ingenieros que trabajan en Inteligencia Artificial para programar vehículos autónomos. La cuestión tiene mala solución porque nadie querrá comprar un vehículo que no salve su vida y la de su familia a toda costa, aunque sea causando un accidente que acabe con la vida de otras personas (no digamos ya de un animal, por muy en peligro de extinción que esté). Pero si esto se convierte en la norma, tendríamos las carreteras llenas de coches potencialmente asesinos con tal de salvar a sus ocupantes. Si fuéramos capaces de introducir en las máquinas la capacidad de reflexión ética, la decisión tomada por el coche estaría más abierta (y supongo que los problemas entonces serían para su programador, al que los familiares de las víctimas podrían pedírsele responsabilidades). Por el momento, nadie sabe cómo podrían las máquinas internalizar nuestros valores morales y tomar decisiones ajustadas a ellos en contextos muy diferentes y cambiantes. Hay autores, como Nick Bostrom, que se muestran muy pesimistas al respecto y piensan que las máquinas no desarrollarán jamás un comportamiento moral que encaje con los valores humanos. Pero yendo a la parte final de su pregunta, si la popularidad que está alcanzando el transhumanismo en los medios de comunicación tiene algún efecto positivo, es precisamente el poner de relieve que los rápidos avances en biotecnologías, robótica, Inteligencia Artificial, neurociencias, tecnologías de la información, etc. nos van a situar en poco tiempo –nos están situando ya– ante difíciles problemas éticos y sociales sobre los que tendremos que pensar con detenimiento si queremos tener respuestas mínimamente adecuadas.

En una sociedad altamente tecnificada, donde apenas se necesiten trabajadores (todos los ensayos redundan en esta idea), ¿qué se hará con el ‘excedente humano’, que será casi todo?

Según los más optimistas, las máquinas inteligentes, los robots, harán el trabajo por nosotros y solo deberemos organizar la sociedad para repartir equitativamente la riqueza. Todos viviríamos como potentados ociosos. Según los más pesimistas, tendremos ejércitos de desempleados, mantenidos por el Estado en condiciones de mera supervivencia, e incapaces de hacer nada valioso con su vida, más allá de consumirla en una realidad virtual proporcionada por las máquinas. Quizás lo más verosímil sea una situación intermedia. Se perderán muchos puestos de trabajo con los nuevos avances tecnológicos, y muchas personas quedarán sin empleo y no tendrán fácil incorporación en el mercado laboral, pero también se crearán nuevos empleos cualificados, como ha sucedido en ocasiones anteriores, y se mantendrán –esta vez revalorizados– empleos en los que las máquinas no ofrecen una buena sustitución del ser humano, como muchos que se basan en un trato personalizado y empático.

Cuando las máquinas alcancen tal grado de perfección, ¿nos necesitarán?

A no ser que seamos capaces de crear máquinas superinteligentes y con voluntad autónoma, cosa que algunos especialistas ponen en duda que podamos conseguir alguna vez, las máquinas seguirán dependiendo de nosotros, aunque sea de una forma cada vez más indirecta y sofisticada. Los objetivos de su funcionamiento seguirán siendo objetivos humanos. Por el contrario, si pudiéramos en el futuro crear tales máquinas superinteligentes y autónomas, capaces de marcarse fines a sí mismas y de obrar en consecuencia, no parece que ello vaya a significar nada bueno para los seres humanos. Haríamos bien en evitarlo, porque en tal caso, como señalaba hace años el ingeniero del MIT Edward Fredkin, es muy posible que tuviéramos suerte si nos conservaran como mascotas.

De nuevo Kurzweil habla de que en 2045 todo quedará bajo el control de las máquinas superinteligentes, incluyendo recursos materiales y energéticos. ¿En función de qué actuarán las máquinas?

Se supone que, a partir de ese momento, que Kurzweil llama ‘la singularidad’, las máquinas actuarían únicamente en función de sus propios intereses. Pero, como ya sugerí antes, las ideas de Kurzweil se basan en supuestos muy cuestionables desde un punto de vista científico (y filosófico, todo sea dicho).

Ya hay lugares de Japón en los que a los ancianos los atienden robots. ¿Es ese el futuro que queremos?

Mejor ese que el de la soledad y el abandono. Lo ideal es envejecer acompañado de los seres queridos, pero no parece que nuestra sociedad y nuestro sistema económico favorezcan esa posibilidad. Solo los ricos, con casas grandes y recursos suficientes para pagar personal especializado, pueden proporcionar ya esa vida a sus mayores (o los muy pobres, que sobreviven con sus pensiones). Ya no se vive en grandes caseríos o cortijos en los que convivían varias generaciones y los jóvenes cuidaban de los ancianos. Las alternativas que les esperan ahora mismo a nuestros ancianos son la soledad, las residencias o las comunidades de personas mayores al estilo de los países nórdicos. Esta última alternativa parece la más deseable porque permite la compañía mutua, facilita los cuidados médicos o asistenciales y otorga una gran libertad a los comuneros. Pero si esa alternativa no está disponible cuando yo llegue a mi vejez, preferiría tener un robot en casa que me cuidara a tener que internarme en una residencia.

¿Por qué es deseable acabar con la imperfección?

Ésa es una pregunta muy interesante y decisiva a la hora de formar un juicio sobre la deseabilidad de los fines del transhumanismo. Parecería que las imperfecciones deben ser eliminadas por el mismo hecho de que son imperfecciones y, por tanto, son causa de mal funcionamiento y de sufrimiento. No querer acabar con las imperfecciones parece un oxímoron. Sin embargo, hay quienes han subrayado que nuestra vulnerabilidad, nuestra dependencia de otros, nuestras imperfecciones, en suma, son parte constitutiva de nuestra condición humana y que, por tanto, querer acabar con ellas es tanto como buscar diluir dicha condición para convertirnos en otra cosa que quizás, desde algún punto de vista, pueda considerarse mejor, pero no está claro si ese punto de vista debería ser el nuestro.

«La pérdida de buena parte de nuestra privacidad es ya un hecho consumado. Pero parece que estamos dispuestos a pagarlo»

Si llega un momento en el que todos seamos bondadosos, justos, ecuánimes (gracias a los avances biotecnológicos), todos dejaremos de serlo.

Ese momento no va a llegar. No deberíamos preocuparnos por sus efectos.

El azar, ¿siempre quedará al margen de cualquier tecnología?

Es imposible el control completo. Heidegger se equivocaba cuando consideraba que lo terrible de la tecnología era que todo funcionaba. No todo funciona siempre ni como estaba previsto. En cualquier circunstancia hay factores que no han podido ser tenidos en cuenta y que pueden provocar efectos enormes, incluso catastróficos, sin que podamos hacer nada al respecto. La tecnología no es ciertamente un sistema caótico, pero, como todo sistema imbricado en la sociedad, está sujeto en muchas ocasiones a circunstancias imprevistas y de efectos imposibles de medir con antelación, o siquiera de prevenir de forma suficiente. Nadie pudo prever cuando se fabricaron los primeros coches que iban a ser una pieza central en el cambio climático que ahora comenzamos a padecer.

¿Causará más exclusión el transhumanismo?

Obviamente. No todos podrán acceder, debido a sus costes, a estas supuestas mejoras tecnológicas en igualdad de condiciones. Lo terrible es que las personas excluidas quedarán entonces separadas de los privilegiados no solo por sus condiciones económicas, sino por sus genes. Los ricos serán genéticamente diferentes de los pobres. Las clases sociales se convertirán en clases biológicas. No se me ocurre una distopía más ominosa.

https://ethic.es/2017/11/transhumanismo-antonio-dieguez/

 

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El posthumanismo y el transhumanismo: transformaciones del concepto de ser humano en la era tecnológica

 

 

 

 

 

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