LAS TEMPORERAS CONTRA LA ESCLAVITUD LLEGAN A «THE NEW YORK TIMES»

Las ‘Temporeras contra la esclavitud’ llegan a The New York Times

Por Perico Echevarría

La Mar de Onuba

 

 

Las situaciones abuso y acoso laboral y sexual sufridas por trabajadoras marroquíes contratadas en origen para las campañas de recogidas de frutos rojos en la provincia de Huelva siguen siendo objeto de interés informativo para destacados medios de comunicación internacionales. Esta vez ha sido el prestigioso diario estadounidense The New York Times, considerado la «biblia del periodismo», el que dedicaba en su edición del sábado un extenso artículo a las conocidas en España como Temporeras contra la Esclavitud, 10 mujeres que el pasado año denunciaron diferentes abusos y coacciones en la finca almonteña Doñana 1998, y cuyos casos siguen pendientes de resolver en dos juzgados de la La Palma del Condado (Huelva).

 

 

El artículo, firmado por la periodista Aida Alami e ilustrado con fotografías de María Contreras Coll, hace un extenso relato de las situaciones vividas por la 10 mujeres, que aún permanecen en España y siguen ocultando su identidad por temor a las consecuencias en su país de haber sido víctimas de acoso sexual. Varia de ellas, ha venido informando esta revista desde que el caso saltó a la luz pública, han sido repudiadas por sus maridos, que han solicitado y obtenido el divorcio.

«Las 10 mujeres decidieron hablar, sabiendo que corrían el riesgo de perderlo todo, incluido el respeto y el apoyo de sus familias conservadoras. Ahora están pagando ese precio, y hubieran sido aplastadas hace mucho tiempo si no fuera por el apoyo de los sindicatos, los activistas y la recaudación de fondos en línea»

Asimismo, el artículo hace hincapié en que España es el mayor exportador de la fruta en Europa, «donde son la base de una industria de 650 millones de dólares. Andalucía, donde trabajaban las mujeres, produce el 80 por ciento de las fresas de España», y que en virtud de un acuerdo bilateral firmado en 2001, «miles de mujeres marroquíes trabajan de abril a junio en invernaderos de plástico en expansión para cultivar y cosechar la fruta. El acuerdo especifica que los trabajadores de temporada deben venir del campo, donde la pobreza y el desempleo son rampantes, y deben ser madres, por lo que quieren regresar a sus hogares, lo que la mayoría hace».

El diario describe este acuerdo como un win-win en el que todos ganan: «una oportunidad de ganancia para los marroquíes pobres, que dio a los agricultores españoles una mano de obra muy necesaria y de bajo costo», y destaca que «durante años, los investigadores académicos y los activistas se han quejado de las condiciones de trabajo en las granjas aisladas, pero las autoridades en España y Marruecos han tomado poca o ninguna acción, dijeron funcionarios de sindicatos locales».

«Pero hace más de un año», cuenta The New York Times, «las 10 mujeres decidieron hablar, sabiendo que corrían el riesgo de perderlo todo, incluido el respeto y el apoyo de sus familias conservadoras. Ahora están pagando ese precio, y hubieran sido aplastadas hace mucho tiempo si no fuera por el apoyo de los sindicatos, los activistas y la recaudación de fondos en línea».

«Además de los divorcios», resalta el diario, «muchas de las mujeres dijeron haber sido avergonzadas y culpadas por algunos familiares y vecinos de Marruecos. Muchas dicen que sufren graves ataques de pánico. Durante las entrevistas, algunas lloraron mientras otras gritaban de rabia».

«QUIEN SE QUEJA ES DEVUELTO A MARRUECOS»

Asimismo, NYT destaca, atendiendo al testimonio de las 10 mujeres entrevistadas, que «hay mujeres que se habían acostumbrado al abuso, y las activistas locales [por los movimientos feministas y ONG que trabajan con las temporeras] dijeron que cualquier persona que se quejara era devuelta de inmediato a Marruecos».

«Eso es precisamente lo que sucedió después de que H.H. buscara la ayuda de un sindicato local y abogados», cuenta el periódico. «Cuando los abogados llegaron a la granja el 31 de mayo de 2018, un grupo de mujeres comenzó a compartir sus preocupaciones, todas hablando al mismo tiempo en árabe. Los activistas les pidieron que escribieran una lista de nombres y quejas. H. H. se fue con los abogados, pero tres días después, dijo, las mujeres de la lista, más de 100, fueron obligadas a subir a los autobuses y devueltas a Marruecos, algunas dicen que sin pagar se les debía», relata NYT. «Nueve mujeres lograron escapar, pasando por encima y por debajo de las cercas porque la puerta de metal principal estaba cerrada con llave, rasgando sus ropas y corriendo por el bosque cuando se dirigían a Almonte, a unos pocos kilómetros de distancia».

«Si bien sus casos son raros, hay precedentes», asegura The New York Times, que cita casos anteriores, y destaca que «en 2014, un tribunal de Huelva encontró a tres hombres culpables de una “ofensa contra la integridad moral y el acoso sexual”. Sus víctimas fueron mujeres marroquíes que trabajaron para ellos en 2009».

«En respuesta a las críticas en los medios de comunicación el otoño pasado» concluye el diario estadounidense, «el gobierno español prometió implementar salvaguardas para esta temporada, y el ministro de trabajo de Marruecos también ha prometido mejores condiciones. Pero los trabajadores y los sindicatos dicen que poco o nada ha cambiado». El diario también destaca que «funcionarios marroquíes, incluidos el ministro de trabajo y el embajador en Madrid, funcionarios españoles y varios representantes de asociaciones de agricultores, se negaron a comentar este artículo, al igual que el propietario de Doñana 1998 de Almonte».

«Las mujeres dicen que están decididas a defender sus casos hasta el final», finaliza el artículo de NYT. «La denunciante inicial, H.H., trata de mantener el ánimo en alto. Cada vez que una de las mujeres se rompe, ella le recuerda que era su deber hablar para que otras pudieran trabajar en estos contratos sin temor. «Nunca lo dejaré ir. Ya lo perdí todo. No tengo nada que perder. Lucharé hasta morir».

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Trabajadoras de los campos de fresas de España denuncian abusos

Por Aida Alami

New York Times

https://www.nytimes.com/es/2019/07/22/temporeras-fresas-espana-marruecos/

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Rachel Chaundler ha contribuido a este reportaje

 
Trabajadoras en una granja en Huelva, España. Con un acuerdo bilateral, miles de mujeres marroquíes trabajan de abril a junio para cultivar y cosechar fresas en España. Credit María Contreras Coll para The New York Times

 

ALMONTE, España — Hace poco más de un año, una joven madre dejó a sus hijos al cuidado de su esposo en Marruecos y se fue a trabajar a un campo de fresas cerca de la ciudad de Almonte, en la costa suroeste de España.

Embarazada de su tercer hijo y necesitada de dinero, le hicieron creer que podría ganar unos cuantos miles de euros por el trabajo de varios meses, casi lo que se gana en un año en Marruecos. Ahora, en cambio, está varada en España, esperando un juicio después de unirse a nueve mujeres más del mismo campo, Doñana 1998 de Almonte, que han interpuesto demandas derivadas de sucesos ocurridos ahí, incluyendo acusaciones de hostigamiento y abuso sexual, violación, trata de personas y varias violaciones laborales.

Como otras mujeres entrevistadas para este artículo, la joven madre pidió que solo la identificaran con sus iniciales, L. H., por temor a la reacción de su esposo, familiares y otras personas cuando se vuelva a publicar el artículo en árabe, como sucede con la mayoría de los artículos de The New York Times sobre Marruecos. Los esposos de algunas de las mujeres, entre ellas L. H., ya han solicitado el divorcio.

 

Invernaderos de plástico cerca de Cartaya, España. Las fresas son consideradas como oro rojo y son la base de una industria de 650 millones de dólares en el país, que es el importador número uno de esa fruta en Europa.Credit – María Contreras Coll para The New York Times

 

Las mujeres dijeron que a menudo no tenían más opción que aguantar el abuso, y los expertos están de acuerdo.

“Las ponen en una situación en la que no tienen recursos; su sexualidad se convierte en la única manera en que pueden sobrevivir”, dijo Emmanuelle Hellio, una socióloga que ha hecho una crónica sobre las condiciones en los campos. “El sexismo y el racismo provocan situaciones en las que no pueden quejarse y las relaciones de poder hacen que sea especialmente difícil denunciar los abusos”.

L. H. dijo que su jefe comenzó a hostigarla sexualmente poco después de su llegada. La presionó para tener sexo al prometerle una mejor vida y mejores condiciones de trabajo.

Cuando se resistió, “comenzó a obligarme a trabajar más arduamente”, dijo, mientras trataba de calmar a su bebé, que nació en España. “Las otras chicas me ayudaban cuando el trabajo en el campo se volvía demasiado difícil para mí”.

 

L. H. con su hija en la casa que comparten con otras nueve mujeres en España. Credit María Contreras Coll para The New York Times

 

Ahora vive con las otras mujeres en un lugar que pidió que se mantuviera confidencial, mientras esperan el juicio.

“Estoy deprimida y me da miedo buscar trabajo”, comenta.

Las fresas son llamadas el oro rojo de España, el exportador número uno de esa fruta en Europa, donde son la base de una industria de 650 millones de dólares. Andalucía, donde trabajaban las mujeres, produce el 80 por ciento de las fresas de España.

A través de un acuerdo bilateral firmado en 2001, miles de mujeres marroquíes trabajan de abril a junio bajo extensos invernaderos de plástico con el fin de cultivar y cosechar la fruta. El acuerdo especifica que las trabajadoras de temporada deben provenir del campo, donde la pobreza y la falta de empleo son generalizadas, y deben ser madres, para que quieran regresar a casa, lo cual hace la mayoría.

 

Notas usadas por una temporera para aprender español. Credit María Contreras Coll para The New York Times

 

Se consideró un acuerdo en el que todos ganaban: una oportunidad de ingresos para las marroquíes pobres, que proporcionaban a los granjeros españoles la mano de obra de bajo costo que tanto necesitaban.

Durante años, los investigadores académicos y activistas se han quejado de las condiciones de trabajo en las granjas aisladas, pero las autoridades en España y Marruecos han tomado escasas o ninguna medida, señalaron funcionarios de los sindicatos locales de trabajadores.

Sin embargo, hace más de un año, las diez mujeres decidieron alzar la voz, a sabiendas de que se arriesgaban a perderlo todo, incluidos el respeto y el apoyo de sus familias conservadoras. Ahora están pagando ese precio, y habrían sido aplastadas hace mucho si no fuera por el apoyo de sindicatos, activistas y recaudaciones de fondos en línea.

 

Cosechando moras azules en una granja española Credit María Contreras Coll para The New York Times

 

Además de los divorcios, muchas de las mujeres dijeron que han sido humilladas y culpadas por algunos familiares y vecinos en Marruecos. Muchas dicen que sufren de graves ataques de pánico. Durante las entrevistas, algunas lloraron; otras gritaron de rabia.

La primera en hablar fue H. H., de 37 años, quien dijo que decidió que ya no podía soportar en silencio las duras condiciones de trabajo y la cultura generalizada de hostigamiento sexual e incluso las violaciones en los campos.

“Me sentía como una esclava, como un animal”, dijo durante una entrevista. “Nos trajeron para explotarnos y después enviarnos de regreso. Desearía haberme ahogado en el mar antes de llegar a España”.

 

Una de las diez mujeres que han presentado demandas. Como las otras, ella solicitó que su identidad fuera mantenida en secreto debido al temor de cómo reaccionarían sus familiares y otras personas. Credit María Contreras Coll para The New York Times

 

*Como madre de dos hijos, había trabajado como entrenadora deportiva en su casa y se inscribió en el programa de la granja después de ver a las mujeres regresar a Marruecos con $ 3,500 en ahorros, más de lo que podrían ganar en un año en casa. Ella y las otras mujeres dicen que se les prometieron muchas cosas, como vivir solo cuatro en una habitación, con una cocina y una lavadora.

*En cambio, se encontró en una habitación polvorienta y abarrotada con otras cinco mujeres, escondiendo su comida y ropa debajo de su colchón y cubriendo las ventanas abiertas con cartón para alejar a los mosquitos. Sin el entrenamiento que le habían prometido, al principio fue lenta, y otros tuvieron que ayudarla a ponerse al día para que no se le negara el trabajo.

Con el tiempo, se hartó de trabajar largas jornadas sin pausas para ir al baño y de tener que ganarse la simpatía de los gerentes para obtener suficiente trabajo y poder comprar comida, ya ni hablar de ahorrar. No la atacaron, dijo, pero se sentía horrorizada por lo que habían sufrido otras. Dijo que los abortos eran rutinarios, muchos de ellos después de ser víctimas de coerción sexual.

 

Dentro de una de las habitaciones que las temporeras marroquíes comparten, en Finca La Cañada, en Almonte, España. Credit María Contreras Coll para The New York Times

 

Dijo que las mujeres se habían acostumbrado a los abusos; los activistas locales dijeron que cualquiera que se quejara era enviada inmediatamente de regreso a Marruecos.

Eso es precisamente lo que pasó después de que H. H. buscara la ayuda de un sindicato local de trabajadores y abogados. Cuando los abogados llegaron a la granja el 31 de mayo de 2018, un grupo de mujeres comenzó a expresar sus preocupaciones, todas hablando al mismo tiempo en árabe.

Los activistas les pidieron que escribieran una lista de nombres y quejas. H. H. se fue con los abogados pero, tres días más tarde, dijo, las mujeres de la lista —más de cien— fueron obligadas a subirse a autobuses y fueron enviadas de regreso a Marruecos, algunas dicen que ni siquiera les pagaron lo que les debían.

Nueve mujeres lograron escapar, pasando por encima y debajo de cercas porque la puerta principal de metal estaba cerrada, rasgándose la ropa y corriendo en el bosque para encontrar el camino hacia Almonte, a unos kilómetros de allí.

 

Una temporera marroquí en una cocina compartida en Finca La Cañada, en Almonte, Huelva, España Credit María Contreras Coll para The New York Times

 

“Había escuchado historias antes, pero todas creíamos que eran mentiras hasta que lo vivimos en carne propia”, dijo una de ellas. “Nos dimos cuenta de que, cuando la gente alza la voz, encuentran maneras de callarla”. Las nueve mujeres se unieron a H. H. en la demanda.

Aunque sus demandas no son comunes, tienen precedentes. En 2014, un tribunal en Huelva, España, declaró a tres hombres culpables de una “ofensa en contra de la integridad moral y de hostigamiento sexual”. Las víctimas eran mujeres marroquíes que trabajaron para ellos en 2009. Un artículo en El País en 2010, “Víctimas del oro rojo”, documentó una serie de acusaciones sexuales por parte de trabajadoras polacas y marroquíes.

En respuesta a las críticas en los medios a finales del año pasado, el gobierno español prometió implementar salvaguardas para esta temporada, y el ministro marroquí del Trabajo también ha prometido mejores condiciones. Sin embargo, los trabajadores y los sindicatos dicen que poco o nada ha cambiado.

Los funcionarios marroquíes, entre ellos el ministro del Trabajo y el embajador en Madrid, funcionarios españoles y varios representantes de asociaciones agrícolas, rechazaron hacer comentarios para este artículo, al igual que el propietario de Doñana 1998 de Almonte.

*»Nuestro trabajo se detiene en Tánger; más allá, se convierte en un asunto español», dijo Noureddine Benkhalil, gerente de ANAPEC, la agencia que recluta a las mujeres en Marruecos, el año pasado en una cadena de televisión local.

*En un correo electrónico, una portavoz de la comisión en la Unión Europea dijo que no toleraba la explotación laboral, pero dijo que España era responsable de abordar el problema.

*Las mujeres dicen que están decididas a ver sus casos hasta el final. El denunciante inicial, H.H., trata de mantener el ánimo en alto. Cada vez que una de las mujeres se rompe, ella le recuerda que era su deber hablar para que otras pudieran trabajar en estos contratos sin temor.

*»Nunca lo dejaré ir», dijo H.H. «Ya lo perdí todo. No tengo nada que perder. Lucharé hasta morir.


NOTA: Los párrafos marcados con (*) solo obran en el original en inglés, no en la versión traducida por el propio NYT en castellano 


 

 

 

 

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