LA FICCIÓN GRAMATICAL
(«El cero y el infinito»)
Por Arthur Koestler

No nos muestres la meta sin el camino, porque los medios y los fines están tan mezclados en la tierra, que al cambiar uno cambian los otros; cada sendero diferente nos ofrece una nueva perspectiva.
FERDINAND LASALLE, Franz von Sickingen.
“Cuando le preguntaron si se confesaba culpable, el acusado Rubashov contestó: ‘Sí’, con voz clara. A la otra pregunta del fiscal acerca de si el acusado había obrado como agente de la contrarrevolución, contestó otra vez: ‘Sí‘, en voz muy baja…”
La hija del portero Vassilij leía lentamente, destacando cada sílaba por separado; había extendido el periódico sobre la mesa, y seguía las líneas con el dedo, alisándose, de vez en cuando, el florido pañuelo que llevaba en la cabeza.
“…Habiéndosele preguntado si deseaba un abogado para su defensa, el acusado contestó que renunciaba a ese derecho. El tribunal procedió entonces a la lectura del acta de acusación…”.
El portero Vassilij estaba acostado en la cama con la cara vuelta a la pared, y Vera Vassilijovna no estaba segura de que el viejo estuviese dormido o despierto; a veces refunfuñaba algunas palabras para sí mismo, pero ella no le hacía caso. Seguía con la costumbre de leer el periódico todas las mañanas, por “razones de educación”, aunque después del trabajo en la fábrica tenía que asistir a una reunión de su célula y volvía tarde a casa.“…
La relación de los cargos dice que el acusado Rubashov es probadamente culpable en todos los puntos contenidos en el acta de acusación, mediante evidencia documental y también por propia confesión durante las investigaciones preliminares. Contestando a una pregunta del presidente del Tribunal respecto a si tenía alguna queja de la forma como lo habían tratado en las investigaciones preliminares, el acusado respondió negativamente, agregando que había confesado por su propia voluntad, en sincero arrepentimiento de todos sus crímenes contrarrevolucionarios…”
El portero Vassilij no se movió. Encima de la cama, directamente sobre su cabeza, estaba colgado el retrato del Número Uno, y al lado, un clavo mohoso sobresalía de la pared; hasta hacía muy poco tiempo había estado allí la fotografía de Rubashov, vestido de comandante de voluntarios. La mano de Vassilij buscó automáticamente el agujero del colchón donde solía esconder su grasienta Biblia, pero poco después del arresto de Rubashov su hija la había encontrado y hecho desaparecer, por “razones de educación”.

“...Contestando preguntas del fiscal, el acusado Rubashov procedió a describir su evolución desde que había sido oponente a la línea del Partido hasta convertirse en contrarrevolucionario y traidor a la patria. Delante de un público en tensión, el acusado declaró del modo siguiente: Ciudadanos jueces, voy a decir lo que me obligó a capitular delante del magistrado examinador, y delante de vosotros, los representantes de la justicia de nuestro país. Mi historia demostrará cómo la más ligera desviación de la línea del Partido debe acabar necesariamente en un bandidaje contrarrevolucionario. El inevitable resultado de los esfuerzos de la oposición fué que nos vimos sumidos cada vez más en la ciénaga. Voy a describir mi caída, para que pueda servir como advertencia a todos aquellos que en esta hora decisiva todavía dudan, ocultando la desconfianza que sienten hacía la dirección del Partido y la rectitud de la línea que éste sigue. Lleno de vergüenza, arrastrándome por el polvo y viéndome muy cercano a la muerte, voy a pintar el triste sino de un traidor, para que pueda servir de lección y de aterrador ejemplo a los millones de seres de nuestro país...”.
El portero Vassilij se había dado vuelta en la cama y apretaba la cara contra el colchón. Delante de sus ojos estaba el retrato del barbudo comandante de voluntarios, Rubashov, que en los peores trances solía decir tales palabrotas que era una alegría oírle. “...Arrastrándome por el polvo y muy cercano a la muerte...” Vassilij gimió sordamente. La Biblia había desaparecido, pero sabía muchos pasajes de memoria. “…
En este momento, el fiscal interrumpió la narración del acusado para pedirle algunos detalles respecto a la suerte de la ciudadana Arlova, antigua secretaria de Rubashov, que había sido ejecutada por actividades contrarrevolucionarias. De las respuestas del ciudadano Rubashov se deduce que éste, arrinconado por la vigilancia del Partido, había cargado la responsabilidad de sus propios crímenes en Arlova, para salvar la cabeza y continuar así sus ignominiosas actividades. Rubashov confiesa este repugnante delito con cínica franqueza, y ante la observación del fiscal: ‘Usted carece aparentemente de todo sentido moral‘, el acusado contesta con una sarcástica sonrisa: ‘Aparentemente‘. Su conducta provocó entre los asistentes repetidas y espontáneas demostraciones de furor y de desprecio, que fueron rápidamente reprimidas por el presidente del Tribunal. En una ocasión, estas manifestaciones del sentido revolucionario de la justicia, se cambiaron en risa y diversión, cuando el acusado interrumpió la descripción de sus crímenes, con la pretensión de que se suspendiese la vista por unos minutos ya que estaba sufriendo de ‘intolerable dolor de muelas‘. Es típico del correcto proceder de la justicia revolucionaria que el presidente accediera inmediatamente a ese deseo. En efecto, encogiéndose de hombros, ordenó que se suspendiese la vista por unos minutos”.
El portero Vassilij descansaba de espaldas, pensando en los tiempos en que Rubashov era conducido en triunfo a la salida de los mítines, después que lo habían rescatado de los enemigos extranjeros, y de cómo aparecía en la tribuna apoyado en sus muletas, debajo de las banderas rojas y las decoraciones, mientras, sonriendo, se frotaba los lentes en la manga, sin que cesaran ni un momento los vítores y las aclamaciones.
“Y los soldados lo llevaron al lugar llamado Pretorio, y allí se reunió la banda completa. Y lo vistieron de púrpura, y lo hirieron en la cabeza con una flecha, y lo escupieron; y doblando las rodillas, lo adoraron.”
–¿Qué está usted rezongando? -le preguntó la hija.
–Nada que te importe -le respondió el viejo Vassilij, y se volvió contra la pared. Buscó con la mano en el hoyo del colchón, pero estaba vacío. Cuando su hija quitó el retrato de Rubashov y lo tiró al cajón de la basura, ni siquiera protestó; era demasiado viejo para resistir las penalidades de la cárcel.
La muchacha suspendió su lectura y puso sobre la mesa el calentador Primus, para preparar el té, esparciéndose un fuerte olor a petróleo por el cuarto.
–¿Estaba usted atendiendo? -le peguntó la hija.
Vassilij la miró obedientemente.
–Lo oí todo -dijo.
–Ya ve usted -continuó Vera Vassilijovna echando petróleo en el calentador-, él mismo reconoce que ha sido un traidor, y si no fuera verdad, no lo diría. En la reunión de célula de nuestra fábrica, hemos aprobado una resolución que van a firmar todos.
–Bastante entiendes tú de todo esto-suspiró Vassilij.
Vera Vassilijovna lo miró de tal manera que lo obligó a volverse de nuevo contra la pared. Cada vez que lo miraba de ese modo, Vassilij se acordaba de que era un estorbo para las aspiraciones de Vera Vassilijovna, quien deseaba quedarse con el cuarto de la portería para vivir con el joven mecánico de la fábrica con quien se había casado. Hacía tres semanas que estaban inscriptos en el registro matrimonial, pero la pareja carecía de vivienda, y el muchacho tenía que dormir con dos compañeros. Era cosa corriente; a veces pasaban años antes de que el comité de la vivienda asignase un cuarto.
Finalmente se prendió el Primus, y Vera puso la tetera encima.

–El secretario de la célula nos leyó la resolución aprobada, en la que se pide que todos los traidores sean exterminados sin misericordia. Cualquiera que se compadezca de ellos también es un traidor y debe ser denunciado -explicó de intento, en un tono de voz apropiado al caso-. Los trabajadores deben permanecer vigilantes. Cada uno ha recibido una copia de la resolución, a fin de recoger firmas.
Vera Vassilijovna sacó una hoja de papel ligeramente arrugada del bolsillo de la blusa y la extendió sobre la mesa. Vassilij estaba ahora tendido de espaldas con el clavo mohoso sobre la cabeza, y miró de soslayo el papel que estaba cerca del calentador Primus, pero retiró la vista con rapidez.
“Él dijo: Te digo, Pedro, que antes que cante el gallo tres veces, tres veces renegarás de Mí diciendo que no Me conocer…”.
El agua en la tetera empezó a zumbar. El viejo Vassilij preguntó con expresión socarrona:
–¿Deben firmar también los que combatieron en la guerra civil?
La hija permaneció de pie, inclinada sobre la tetera, con su pañuelo floreado en la cabeza.
–Nadie está obligado -dijo con la misma peculiar mirada de antes-. En la fábrica saben, desde luego, que vivía en esta casa. El secretario de la célula me preguntó si usted y él fueron amigos hasta el final, y si hablaban mucho juntos.
El viejo Vassilij se sentó en el colchón de un brinco, pero el esfuerzo le hizo toser y las venas se hincharon en su cuello flaco y escrofuloso.
La hija puso dos vasos en el borde de la mesa y en cada uno de ellos echó un poco de polvo de té, que sacó de un cartucho de papel.
–¿Qué está usted rezongando otra vez? -le preguntó.
–Dame ese condenado papel -dijo el viejo Vassilij.
La hija se lo pasó diciendo:
–¿Se lo leo para que sepa lo que firma?
–No -contestó el viejo, poniendo su nombre debajo de lo escrito-. No quiero saberlo. Ahora dame el té.
La hija le pasó el vaso, y los labios de Vassilij siguieron moviéndose mientras sorbía, a pequeños sorbos, el pálido líquido amarillo.
Después que tomaron el té, la hija siguió leyendo el periódico; la vista de los acusados Rubashov y Kieffer terminaba ya. La parte de los cargos que se refería al proyectado asesinato del jefe del Partido había levantado oleadas de indignación en el público, y se oían continuamente gritos de: “¡Fusilen a esos perros rabiosos!” El fiscal hizo su pregunta final, concerniente a los motivos de los hechos, y el acusado Rubashov, que parecía estar exhausto, contestó con voz cansada y trabajosa:
“Yo sólo puedo decir que nosotros, o sea, la oposición, habiéndonos propuesto derribar el gobierno del País de la Revolución, utilizamos los procedimientos que nos parecieron más adecuados para nuestro propósito, y que eran tan viles; como el propósito mismo.”
Vera Vassilijovna empujó la silla hacia atrás.
–Es repugnante -dijo-. Da náuseas ver cómo se arrastra por el suelo.
Soltó el periódico y empezó a limpiar ruidosamente el Primus y los vasos, mientras Vassilij la miraba desde la cama; el té caliente le había infundido valor. Se sentó en el lecho.
–No te imagines que tú entiendes -dijo-. Dios sabe lo que tendría en la cabeza cuando dijo esto. El Partido les ha enseñado a todos ustedes a ser astutos, y todo aquel que se vuelve demasiado astuto pierde la decencia. No está bien que se encojan de hombros -prosiguió con cólera-. Ahora ocurre en el mundo que la decencia y el talento están reñidos, y cualquiera que elija uno de ellos tiene que prescindir del otro. No es bueno para el hombre pensar demasiado las cosas, y por eso está escrito: “Que tus palabras sean: sí, sí; no, no; porque cualquiera que dijese más que esto, hace mal.”
Se dejó caer en el colchón y volvió la cabeza, para no ver la cara que ponía su hija. Hacía tiempo que no la había contradicho con tanta energía, y esto podía dar lugar a algo malo, desde que se le había metido en la cabeza que necesitaba el cuarto para ella y para su marido. Uno tenía que ser astuto en esta vida, porque después de todo era muy duro a su edad tener que ir a la cárcel o verse obligado a dormir a la intemperie debajo de los puentes. Pero había que elegir: o conducirse decentemente, o con habilidad, por que las dos cosas no podían ser.
–Le voy a leer a usted el final de la audiencia -anunció la hija.
El fiscal había acabado el interrogatorio de Rubashov. A continuación, el acusado Kieffer fue preguntado una vez más, y repitió sus afirmaciones precedentes sobre el proyectado asesinato en todos sus detalles. “...Interrogado por el presidente si deseaba hacer alguna pregunta a Kieffer, ya que tenía este derecho, el acusado Rubashov contestó que renunciaba a ello. Con esto concluyó la audiencia de los testigos, y el juicio se suspendió. Luego, al reanudarse, el fiscal empezó a hacer el resumen...”.
El viejo Vassilij no escuchaba el discurso del fiscal. Se había vuelto hacia la pared y se había dormido. No supo desde cuánto tiempo había estado durmiendo, ni cuántas veces su hija echó aceite a la lámpara, ni las veces que llegó con el dedo al final de una columna y volvió a empezar con la siguiente. Sólo despertó cuando el fiscal, resumiendo su alegato, pidió la pena de muerte. Tal vez la hija había cambiado el tono de voz al final, o quizás había hecho una pausa; sea como fuere, Vassilij estaba despierto otra vez cuando ella llegó a la última frase del discurso del fiscal público, que estaba impresa en un tipo negro y bien destacado:
“Pido para esos perros rabiosos la pena de muerte.”
Entonces se permitió a los acusados decir sus últimas palabras. “…
El procesado Kieffer se levantó, y dirigiéndose a los jueces, pidió que se le perdonara la vida en consideración a su juventud. Admitió la bajeza del crimen, procurando atribuir la responsabilidad total a su instigador, Rubashov. Al hacer esto empezó a tartamudear agitadamente, provocando así las risas de los espectadores, que fueron reprimidas con rapidez por el presidente. Después se permitió hablar a Rubashov…”.
El periodista pintaba aquí con vivos colores cómo el procesado Rubashov “examinó al público con ojos febriles, y no encontrando ni una sola cara que demostrase piedad o simpatía, dejó caer la cabeza con desesperación”.
Las palabras finales de Rubashov fueron breves, con lo que se intensificó la desagradable impresión que había producido toda su conducta ante el tribunal.
“Ciudadano presidente -declaró el acusado Rubashov-. Hablo aquí por última vez en mi vida. La oposición se encuentra batida y destrozada, y si me preguntase a mí mismo: ‘¿por qué voy a morir?’, no sabría qué contestarme. No existe nada por lo que valga la pena morir, si uno muere sin arrepentirse y sin haberse reconciliado con el Partido y el Movimiento ante el país, ante las masas y la totalidad del pueblo. Las mascaradas políticas, las farsas de las conspiraciones y disputas ha terminado. Estábamos políticamente muertos antes de que el ciudadano fiscal pidiese nuestra cabeza. Desgraciados de los vencidos a quienes la historia convierte en polvo. No tengo que ofrecer más que una sola justificación, ciudadanos jueces: no evité responsabilidades, ni busqué que todo esto fuese fácil para mí mismo. La vanidad y los últimos restos de orgullo me susurraban: ‘Muere en silencio, no digas nada’; o ‘muere con un rasgo noble, con un conmovedor canto de cisne en los labios; vuelca tu corazón y desafía a tus acusadores’. Hubiese sido más fácil para un viejo rebelde. Pero vencí la tentación. Con eso mi tarea ha terminado. He pasado y queda saldada mi cuenta con la historia. Pedir misericordia sería un escarnio y una mofa para todos. No tengo nada más que decir.”
“… Después de una breve declaración, el presidente leyó la segunda sentencia. El Tribunal Supremo de la justicia Revolucionaria ha condenado a los procesados a la máxima pena: fusilamiento y confiscación de bienes.”
El viejo Vassilij miró el clavo mohoso encima de su cabeza y murmuró:
–Hágase tu voluntad. Amén.
Y se volvió hacia la pared.
-2-
Todo había terminado, y Rubashov sabía que antes de la medianoche habría dejado de existir.
Daba vueltas por la celda, a la que había regresado luego del estruendo de la vista pública; seis pasos y medio hasta la ventana y seis pasos y medio de vuelta. Cuando se detuvo para escuchar, en la tercera baldosa negra a partir de la ventana, el silencio entre las cuatro paredes blanqueadas se le venía encima como en las profundidades de un pozo. No comprendía aún por qué todo había quedado tan tranquilo, dentro y fuera, pero sabía que ya nada vendría a perturbar su paz.
Mirando hacia atrás, podía recordar con precisión el momento en que esta bendita quietud se había abatido sobre él. Había ocurrido en la vista, antes de comenzar su último discurso. Estaba creído de que había hecho desaparecer por el fuego los últimas vestigios de egoísmo y vanidad de su ser consciente, pero en aquel momento, cuando sus ojos escudriñaban las caras del público, encontrando únicamente indiferencia y escarnio, había sentido por última vez deseo de un mendrugo de piedad, como si, helándose, hubiese deseado calentarse con sus propias palabras.
Había sentido otra vez la tentación de hablar de su pasado, de alzarse una vez más y desgarrar la red en que lo habían envuelto Ivanov y Gletkin; de gritar a sus acusadores como Dantón: “¡Habéis puesto vuestras manos sobre mi vida entera; ojalá se levante para desafiaron…!” ¡Oh, qué bien se sabía el discurso de Dantón ante el Tribunal Revolucionario; se lo había aprendido cuando muchacho y podía repetirlo palabra por palabra: “Necesitáis ahogar en sangre la República. Hasta cuándo las únicas huellas de la libertad deberán estar grabadas en las losas de las tumbas? La tiranía está en pie, ha arrojado el velo, lleva la cabeza alta y marcha sobre nuestros propios cuerpos.”
Las palabras habían quemado su lengua, pero la tentación no había durado más que un momento; después, cuando empezó a pronunciar su último discurso, la campana del silencio se había hundido otra vez sobre él. Reconoció que era demasiado tarde.
Demasiado tarde para andar otra vez el mismo camino, para hollar una vez más en las sepulturas de sus propias huellas; las palabras no podían deshacer nada.

Demasiado tarde para todos ellos. Cuando llegase la hora de aparecer por vez postrera ante el mundo, ninguno de ellos podría convertir la barra de los acusados en una tribuna; ninguno de ellos podría desgarrar el velo que cubría la verdad, revelándola al mundo, ninguno de ellos podría devolver la acusación a sus jueces, como Dantón.
Los había que estaban silenciosos por el miedo, como Labio Leporino; otros que esperaban salvar su cabeza; otros, por último, arrancar a sus mujeres o a sus hijos de las garras de los Gletkin. Los mejores de ellos guardaban silencio para prestar este último servicio al Partido, dejándose sacrificar como otras tantas víctimas expiatorias y, además, aun los mejores tenían una Arlova sobre su conciencia. Todos estaban demasiado ligados a su pasado, presos en la red que ellos mismos tejieron, según las leyes de su propia ética y lógica retorcidas; todos eran culpables, aunque no de los hechos de los que los acusaban. No había retirada posible para ellos, y su salida del escenario tuvo lugar con estricto apego a las reglas de su extraño juego. El público no esperaba cantos de cisne de ninguno de ellos. Tenían que conducirse con sujeción a lo que mandaba el libreto, y su papel era de aullar como los lobos en la noche…
En consecuencia, todo había terminado, y no quedaba nada más que hacer. Ya no tenía que aullar con los lobos; había pagado y su cuenta estaba saldada. Estaba como el hombre que perdió su sombra, liberado de toda atadura. Había seguido todos sus pensamientos hasta su conclusión lógica y obrado en consecuencia hasta el mismo final; las horas que le quedaban pertenecían al interlocutor silencioso, cuyo dominio empezaba justamente donde el raciocinio lógico acababa. Lo había denominado: “ficción gramatical”, con ese rubor de hablar en primera persona del singular que el Partido inculcaba a sus discípulos.
Rubashov se detuvo delante de la pared que lo separaba del número 406. La celda estaba vacía desde la partida de Rip van Winkle; se quitó los lentes, miró alrededor furtivamente y transmitió: “5-4, 3-5”.
Se quedó escuchando con un sentimiento de rubor infantil, y llamó otra vez: “5-4, 3-5”.
Siguió escuchando, y otra vez repitió los mismos signos. La pared permaneció muda. Hasta entonces nunca había transmitido conscientemente la palabra “Yo”. Probablemente nunca. Escuchaba. Los golpes se desvanecieron sin resonancia ni respuesta.
Rubashov continuó paseando por la celda. Desde que la campana del silencio se había hundido sobre él, estaba dándole vueltas a ciertas cuestiones que hubiera querido resolver antes de que fuera demasiado tarde. Eran cuestiones bastante ingenuas, referentes al significado del sufrimiento, o más exactamente, a la diferencia entre el sufrimiento que tiene algún sentido y el sufrimiento insensato. Era evidente que sólo el sufrimiento con sentido era inevitable, en tanto que estaba enraizado en la fatalidad biológica. Por el contrario, todo sufrimiento con origen social era un simple accidente, y, por lo tanto, absurdo y sin objeto. El único fin de la Revolución había sido la abolición del sufrimiento evitable. Pero había resultado que la abolición de esta segunda clase de sufrimiento era sólo posible al precio de un temporario y enorme aumento en la suma total del primero.
Por consiguiente, la cuestión se planteaba así: ¿Estaba aquella operación justificada? Evidentemente lo estaba si se refería uno al género humano en abstracto; pero aplicada al “hombre” en singular, a la cifra “5-4, 3-5”, al ser humano real de carne y hueso, el principio conducía a una consecuencia absurda. Cuando muchacho, había creído que trabajando para el Partido encontraría respuesta a todas las preguntas de esta especie. El trabajo había durado cuarenta años, y ahora volvía a la perplejidad original de su juventud. El Partido le había tomado cuanto él había ofrecido, pero nunca le había proporcionado ninguna respuesta. Ni tampoco lo hacía el interlocutor silencioso, cuyo mágico nombre había golpeado en la pared de la celda vacía; se hacía el sordo a las preguntas directas, por muy urgentes que fuesen.
A pesar de eso, había algunos procedimientos para acercarse a él. A veces respondía inesperadamente a una melodía, o al simple recuerdo de ella, o a las manos plegadas de la Pietà, o a ciertas escenas de su juventud. Como un diapasón respondía a ciertas vibraciones, y una vez que arrancaba se producía ese estado que los místicos llamaban “éxtasis” y los santos “contemplación”; el más grande y serio de los psicoanalistas modernos había reconocido ese estado como un hecho real, y lo llamaba “sentido oceánico”. Indudablemente, la personalidad se disolvía como un grano de sal en el mar; pero, al mismo tiempo, ese mar infinito parecía estar contenido en el grano de sal, que no podía localizarse ya ni en el tiempo, ni en el espacio. Era un estado en el que el pensamiento perdía su dirección y empezaba a dar vueltas en círculo, como la aguja de una brújula en el polo magnético; hasta que, por último, se soltaba de su eje y se lanzaba libremente al espacio, como un rayo de luz en la noche; hasta parecía que todos los pensamientos y sensaciones, hasta la misma alegría y el dolor, eran solamente las rayas del espectro del mismo rayo de luz, desintegrándose en el prisma de la conciencia.
Rubashov daba vueltas por su celda. En sus buenos tiempos se hubiera ruborizado por estas infantiles meditaciones, pero ahora no se avergonzaba, porque cuando la muerte se aproxima, la metafísica se torna real. Se detuvo ante la ventana e inclinó la frente contra el vidrio. Sobre la torrecilla de la ametralladora podía verse un trozo de cielo azul. Era un azul pálido, y le recordaba aquel particular azul que veía en el parque de su padre, cuando, siendo niño, se tendía sobre la hierba a mirar los álamos balancearse con lentitud contra el cielo. Aparentemente, bastaba un trozo de cielo azul para originar el “sentido oceánico”. Había leído que, según los últimos descubrimientos en astrofísica, el volumen del mundo era finito, aunque el espacio no tenía límites, y se contenía en sí mismo, como la superficie de una esfera. Nunca había sido capaz de entender eso, pero ahora sentía un urgente deseo de comprender. También recordaba dónde lo había leído; durante su primera detención en Alemania, los camaradas habían logrado entrar de contrabando un ejemplar del órgano del Partido, que se imprimía ilegalmente; en la primera hoja venían tres columnas acerca de una huelga en una fábrica de hilados, y en la parte baja de una de ellas, seguramente para llenar un hueco, habían impreso en letra menuda el descubrimiento de que el universo era finito; pero como faltaba la mitad de la página, nunca había podido saber lo que seguía.
Rubashov estaba de pie junto a la ventana, golpeando la pared con sus lentes. Cuando era muchacho había tenido intención de estudiar astronomía, pero durante cuarenta años sólo estuvo haciendo otra cosa. ¿Por qué no le había preguntado el fiscal: “Ciudadano Rubashov, ¿qué sabe usted del infinito?” No hubiese sido capaz de contestar, y allí, allí estaba el verdadero origen de la culpa. ¿Podía haberla mayor?
Después de haber leído esa información periodística, en la soledad de su celda y con las coyunturas todavía lastimadas del último día de tormento, había caído en un extraño estado de exaltación; lo había invadido el “sentido oceánico”. Había sentido luego vergüenza de sí mismo. El Partido no aprobaba tales estados, calificados de misticismo pequeño burgués o refugio en la torre de marfil. También los llamaba “una deserción del trabajo de la lucha de clases”. El “sentido oceánico” era contrarrevolucionario.
Cuando uno se prepara para la lucha hay que tener ambos pies sólidamente plantados en tierra. El Partido enseñaba a uno cómo debía hacerlo. El infinito era, políticamente, una cantidad sospechosa; el “yo”, era también una cualidad sospechosa. El Partido no reconocía sus existencias y la definición de un individuo era: una multitud de un millón, dividida por un millón.
El Partido negaba la libre voluntad del individuo, y al mismo tiempo le exigía un autosacrificio voluntario. Negaba su capacidad para escoger entre dos alternativas, y al mismo tiempo le exigía que constantemente eligiese la legítima. Le negaba la facultad de distinguir entre el bien y el mal, pero al mismo tiempo hablaba patéticamente de crimen y traiciones. El individuo estaba colocado bajo el signo de la fatalidad económica, era una rueda en un engranaje del mecanismo de un reloj al que se había dado cuerda para toda la eternidad y que no podía ser detenido ni influído; y el Partido pedía que la rueda girase en contra del mecanismo y cambiase de sentido. Evidentemente, había algún error en los cálculos, y la ecuación no cuadraba.
Durante cuarenta años había estado combatiendo contra la fatalidad económica. Era el principal mal de la humanidad, el cáncer que le roía las entrañas. Allí era donde había que operar, y el resto del organismo curaría. Todo lo demás no era más que diletantismo, romanticismo y charlatanismo. No se puede curar a una persona atacada de una enfermedad mortal con exhortaciones piadosas. La única solución es el bisturí del cirujano y su frío cálculo. Pero dondequiera que se había aplicado el cuchillo, una nueva llaga aparecía en el lugar de la antigua. Y tampoco esta vez cuadraba la ecuación.
Durante cuarenta años había vivido observando rígidamente los votos de su orden, el Partido, ateniéndose a unas reglas elaboradas por el cálculo más frío. Había quemado los restos de la vieja e ilógica moralidad con el ácido del razonamiento. Se había apartado de las tentaciones del interlocutor silencioso, combatiendo contra el “sentido oceánico” con todo su poder. ¿Y a dónde le había llevado todo aquello? Premisas de verdad irrefutable le habían conducido a un resultado completamente absurdo, las intachables deducciones de Ivanov y Gletkin lo habían llevado al sobrenatural y fantasmagórico juego del tribunal público. Quizá no fuera conveniente para el hombre llevar todos sus pensamientos hasta su conclusión lógica.
Rubashov miraba a través de la reja de su ventana el trozo azul que se veía sobre la torrecilla de la ametralladora. Recapacitando sobre su pasado, le parecía ahora que durante cuarenta años había estado combatiendo a ciegas, debatiéndose frente a la razón pura. Tal vez no era conveniente para el hombre libertarse del todo de las viejas ataduras y frenos contenidos en las frases: “No lo harás”, y “No puedes”; que le permitirían arrasar con todos los obstáculos que se le opusiesen a la meta.
El azul había empezado a teñirse de rosa, e iba cayendo en la oscuridad; alrededor de la torre una bandada de pájaros negros hacía círculos con lento y deliberado batir de alas. No, la ecuación no cuadraba. Evidentemente, no era bastante dirigir los ojos del hombre hacia una meta y ponerle un cuchillo en las manos, no era conveniente para él hacer experimentos con un cuchillo. Quizá más adelante, algún día. Por el momento era demasiado joven y desmañado. ¡Con qué encarnizamiento había trabajado en el gran campo experimental, la patria de la Revolución, el baluarte de la libertad! Gletkin justificaba todo lo que había sucedido con tal de conservar el baluarte. Pero ¿y si se miraba dentro? No, es imposible construir un paraíso con cemento. El baluarte deberá preservarse, pero ya no contiene un mensaje, ni un ejemplo que dar al mundo. El régimen del Número Uno ha manchado el ideal del Estado socialista, lo mismo que algunos papas medievales ensuciaron el ideal de un imperio cristiano. La bandera de la Revolución estaba á media asta.
Rubashov deambulaba por su celda. Todo estaba tranquilo y casi oscuro, y no tardarían mucho en llegar a buscarlo. Había, evidentemente, un error en la ecuación, o mejor dicho, en el conjunto del sistema matemático del pensar. Ya había tenido intuición de ello, desde el asunto de Ricardo y la Pietà; pero nunca se pudo atrever a reconocerlo del todo. Quizá la Revolución había llegado demasiado pronto, como un aborto de miembros desproporcionados y deformes. Tal vez todo había sido un error cronológico. También la civilización romana parecía estar condenada hacia el siglo I antes de Cristo; parecía tan fundamentalmente podrida como la nuestra. También entonces los mejores habían creído que el tiempo estaba maduro para un gran cambio; y a pesar de eso, el viejo y gastado mundo duró otros quinientos años. La historia tiene un pulso lento y cuenta en generaciones, mientras el hombre cuenta en años. Era posible que se estuviera todavía en el segundo día de la creación. ¡Cómo le hubiera gustado vivir para construir la teoría de la madurez relativa de las masas!...
La celda estaba en silencio. Rubashov sólo oía el crujido de sus pasos sobre las baldosas. Seis pasos y medio hacia la puerta, por donde vendrían a buscarlo; seis pasos y medio hasta la ventana, detrás de la cual caía la noche. Pronto todo habría terminado. Pero cuando se preguntó: “¿por qué voy a morir?”, no encontró respuesta.
Había un error en el sistema, que tal vez residía en el precepto que hasta entonces creyó incontestable, y en nombre del cual había sacrificado a otros e iba él mismo a ser sacrificado: el precepto de que el fin justifica los medios. Esto era lo que había matado la gran fraternidad de la Revolución, que había obligado, a todos ellos, a luchar a ciegas. ¿Qué había escrito una vez en su diario? “Hemos tirado por la borda todas las convenciones, y nuestra única guía es la lógica consecuente; estamos navegando sin lastre ético.”
Era posible que el origen del mal estuviese allí. Tal vez no conviniera al género humano navegar sin lastre. Y quizá la causa era una brújula defectuosa, que daba un derrotero tan torcido que la meta se perdía en la niebla.
Ahora tal vez vendría la época de la gran oscuridad.
Tal vez más adelante, mucho más adelante, surgiría un nuevo movimiento con flamantes banderas y un espíritu nuevo, con conocimiento, tanto del fatalismo económico como del “sentido oceánico”. Quizá los miembros del nuevo partido usarían cogullas de monje y predicarían que sólo la pureza de medios puede justificar los fines. Tal vez enseñarían el error de creer en el dogma que un hombre es el producto de dividir un millón de hombres entre un millón, e introducirían una nueva aritmética basada en la multiplicación: que al juntar un millón de individuos se formará una nueva unidad, que no será una masa amorfa, sino que desarrollará una conciencia y una individualidad propias, con un “sentimiento oceánico” un millón de veces mayor, en un espacio ilimitado, aunque contenido en sí mismo.
Rubashov se detuvo y escuchó: se oía un redoble apagado en el corredor.
-3-
El redoble sonaba como si el viento lo trajese de la distancia; estaba lejos aún; se iba acercando. Rubashov no se movió; sus piernas no estaban ya sujetas a su voluntad, y sentía cómo la gravedad de la tierra subía lentamente hacia ellas. Retrocedió tres pasos hacia la ventana sin quitar la vista de la mirilla. Respiró profundamente y encendió un cigarrillo. En aquel momento, oyó golpecitos en la pared, junto al camastro:
-SE LLEVAN A LABIO LEPORINO. LE ENVÍA SUS SALUDOS.
La pesadez abandonó sus piernas. Se acercó a la puerta y empezó a golpear rítmicamente sobre el metal, con las palmas de las manos. Era inútil transmitir a la celda 406, que estaba vacía; allí se rompía la cadena. Redoblaba, con los ojos pegados a la mirilla.
En el pasillo la luz eléctrica lucía como de costumbre. Pudo ver, como siempre, las puertas de hierro de los números 401 y 407. El redoble aumentó. Los pasos se aproximaron, lentos y arrastrados; se los oía claramente sobre las baldosas. De pronto, apareció Labio Leporino en el campo de su visión. Allí estaba, con los labios temblorosos, igual que bajo el reflector de la lámpara de Gletkin; las manos, esposadas, colgaban detrás de la espalda con un retorcimiento peculiar. No podía ver los ojos de Rubashov detrás de la mirilla, pero fijaba los ojos en la puerta con una mirada ciega y expectante, como si toda la esperanza de salvación estuviese detrás de ella. Se oyó una orden, y Labio Leporino prosiguió obediente. Detrás de él iba el gigante de uniforme, con su cartuchera.
Desaparecieron del campo visual de Rubashov, uno tras otro.
El redoble se fué apagando; todo estaba tranquilo nuevamente. Del muro próximo al camastro llegó el mensaje:
-SE HA PORTADO BASTANTE BIEN… Desde el día que había informado al número 402 de su capitulación, éste no le había vuelto a hablar. Ahora siguió:
-USTED TIENE TODAVÍA DIEZ MINUTOS. ¿CÓMO SE SIENTE?
Rubashov se dió cuenta de que el número 402 había empezado la conversación para hacerle más fácil la espera. Le estaba agradecido por ello. Se sentó en el camastro y contestó:
-QUISIERA QUE TODO HUBIESE CONCLUIDO…
El número 402 continuó:
-USTED NO EXHIBIRÁ LA PLUMA BLANCA. TODOS LE SABEMOS MUY VALIENTE.
Hizo una pausa, y luego repitió velozmente sus últimas palabras:
-MUY VALIENTE.
Era obvia su ansiedad por evitar que la conversación llegase a un punto muerto.
-¿SE ACUERDA USTED: “PECHOS COMO COPAS DE CHAMPAÑA”? ¡JA! ¡JA! UN VERDADERO DEMONIO…
Rubashov atendía a los ruidos en el pasillo. No se oía nada. El número 402 parecía adivinar sus pensamientos, porque le transmitió:
-NO ESCUCHE. YA LE AVISARÉ A TIEMPO CUANDO VENGAN… ¿QUÉ HABRÍA HECHO SI LO HUBIERAN PERDONADO?
Rubashov lo pensó un, momento y contestó:
-ESTUDIAR ASTRONOMÍA.
-¡JA! ¡JA! -dijo el número 402-. YO TAMBIÉN, QUIZÁ. LA GENTE DICE QUE TAMBIÉN LAS ESTRELLAS POSIBLEMENTE ESTÉN HABITADAS. ¿ME PERMITE HACERLE ALGUNAS SUGERENCIAS ?
-CIERTAMENTE -respondió Rubashov, sorprendido.
-PERO NO LO TOME A MAL. SON CONSEJOS TÉCNICOS DE UN SOLDADO. VACÍE LA VEJIGA. SIEMPRE ES MEJOR EN ESTOS CASOS. EL ESPÍRITU ESTÁ DISPUESTO, PERO LA CARNE ES DÉBIL. ¡JA! ¡JA!
Rubashov sonrió y, obedientemente, se dirigió hacia el balde.
Luego se sentó otra vez en el camastro y transmitió:
-GRACIAS. EXCELENTE IDEA. ¿Y CUÁLES SON SUS PROYECTOS?
El número 402 permaneció silencioso por unos segundos. Luego transmitió, algo más lento que antes:
-ME QUEDAN DIECIOCHO AÑOS TODAVÍA… NO COMPLETOS. SOLAMENTE 6.530 DÍAS…
Hizo una pausa y añadió:
-REALMENTE LE TENGO ENVIDIA. -Y luego, después de otra pausa-: PIENSE EN ELLO. OTRAS 6.530 NOCHES SIN UNA MUJER.
Rubashov no dijo nada. Después le transmitió:
-PERO PUEDE LEER, ESTUDIAR…
-NO TENGO CABEZA PARA ESO -transmitió el número 402, y luego, apresuradamente-: YA VIENEN…
Se detuvo, pero unos segundos después añadió:
-¡QUÉ LÁSTIMA! CON LA AGRADABLE CONVERSACIÓN QUE TENÍAMOS…
Rubashov se levantó del camastro. Se quedó pensando un momento y transmitió:
-ME HA AYUDADO USTED MUCHO. GRACIAS.
La llave giró en la cerradura y se abrió la puerta. El gigante de uniforme apareció juntamente con un civil, que llamó a Rubashov por su nombre y empezó a devanar el texto de un documento. Mientras le retorcían los brazos detrás de la espalda y le ponían las esposas, oyó que el número 402 transmitía apresuradamente:
-LE ENVIDIO A USTED. LE ENVIDIO A USTED. BUEN VIAJE.
Fuera, en el pasillo, habían empezado los redobles otra vez. El sonido le acompañó hasta que llegaron a la puerta de la peluquería. Rubashov sabía que detrás de cada mirilla lo observaban sus compañeros de prisión, pero no volvió la cabeza ni a derecha ni a izquierda. Las esposas le lastimaban las muñecas; el gigante se las había apretado demasiado; llevaba estirados los brazos, que también le dolían.
La escalera de caracol apareció y Rubashov acortó el paso. El civil se paró en lo alto de los escalones; era pequeño y tenía ojos ligeramente protuberantes. Le preguntó:
–¿Tiene algún otro deseo?
–Ninguno -contestó Rubashov, y empezó a bajar la escalera, mientras el otro se quedó arriba, mirándole can sus ojos saltones.
La escalera era estrecha y mal alumbrada, y Rubashov tenía que poner cuidado para no caerse, al no poder tomarse del pasamano. El redoble había cesado, y oía al hombre de uniforme que bajaba tres escalones detrás de él.
La escalera daba vuelta en espiral. Rubashov se inclinaba hacia adelante para ver mejor; los lentes se le cayeron y, rodando de escalón en escalón hasta el último, se hicieron añicos. Rubashov se detuvo un segundo, dudando, y luego siguió a tientas el resto del descenso. Oyó que el hombre que venía detrás se agachaba y se ponía en el bolsillo los lentes rotos, pero no volvió la cabeza.
No veía casi nada, pero tenía terreno sólido bajo los pies. Empezó a andar a lo largo de un corredor de paredes borrosas, cuyo fin no podía ver. El hombre de uniforme se mantenía a tres pasos de distancia. Rubashov sentía su mirada fija en la nuca, pero no volvió la cabeza. Tenía que poner con precaución un pie delante de otro.
Le parecía que llevaban andando por el pasillo varios minutos, y nada sucedía aún. Probablemente oiría cuando el hombre de uniforme sacase el revólver de la funda; así que hasta entonces estaba seguro. ¿O es que el hombre procedería como el dentista, que oculta sus instrumentos en la manga mientras se inclina sobre el paciente? Rubashov procuraba pensar en otra cosa, pero tenía que concentrar toda su voluntad en no volver la cabeza.
Era extraño que el dolor del diente hubiese cesado en el momento en que el bendito silencio cayó sobre él en el tribunal. Tal vez el absceso se había abierto en ese mismo instante. ¿Qué les había dicho entonces? “Me arrodillo delante de mi país, de las masas y de la totalidad del pueblo…” ¿Y qué, entonces? ¿Qué les había sucedido a esas masas, a ese pueblo? Durante cuarenta años había deambulado en el destierro, con amenazas y promesas, con imaginarios terrores y recompensas imaginarias. Pero ¿dónde estaba la Tierra Prometida?
¿Es que existe esa tierra para el errante género humano? Ésta era una cuestión a la cual le hubiera gustado encontrar respuesta antes de que fuese demasiado tarde. Tampoco a Moisés le había sido permitido entrar en la tierra prometida, pero al menos él pudo verla de lejos, desde la cumbre de una montaña, extendida a sus pies. De esta manera era fácil morir, con la visible certeza del propio ideal ante los propios ojos. A él, Nicolás Salmanovich Rubashov, nadie lo había llevado a la cumbre de una montaña; dondequiera que volvía los ojos no veía más que desiertos y la oscuridad de la noche.
Un golpe sordo le hirió detrás de la cabeza, pero a pesar de que había estado esperándolo, lo tomó desprevenido. Sintió, vagamente, cómo las rodillas se le doblaban debajo del cuerpo, en tanto que éste giraba dando una media vuelta. “Qué teatral -pensó mientras caía-, y sin embargo no siento nada.” Quedó contraído en el suelo, con la mejilla apoyada en las frías losas. Lo rodeó la oscuridad, como si el mar se lo llevase meciéndolo en su superficie nocturna. Los recuerdos pasaron a través de él como los jirones de niebla sobre el agua.
Se oía afuera que alguien estaba llamando a la puerta, y soñó que venían a detenerlo; pero, ¿en qué país se encontraba?
Hizo un esfuerzo para meter el brazo dentro de la manga de la bata. ¿De quién era el retrato en colores que colgaba encima de su cama, y lo miraba? ¿Era el Número Uno, o era el otro? ¿El de la sonrisa irónica o el de la mirada vidriosa y glacial?
Una figura informe se inclinó sobre él, y percibió el olor a cuero fresco de la cartuchera; pero ¿qué emblema llevaba la figura en las mangas y las hombreras del uniforme? Y, ¿en nombre de quién levantaba el negro cañón de la pistola?
Recibió en la oreja un segundo golpe, aplastante. Entonces todo quedó en silencio. Allí estaba el mar otra vez con sus resonancias. Una ola lo elevó lentamente. Avanzaba desde lejos, subiendo y bajando sosegadamente, como un encogimiento de hombros de la eternidad.

F I N
*******
RELACIONADOS:
EL MITO DE LA IZQUIERDA, por Raymond Aron (El opio de los intelectuales, 1955)
ARTHUR KOESTLER. «Almas inflexibles», por Mario Vargas Llosa
CURZIO MALAPARTE: «TÉCNICA DEL GOLPE DE ESTADO» (1931): «Prólogo».
EL TOTALITARISMO: «Ideología y terror de una nueva forma de gobierno», por Hannah Arendt





