JUICIO CONTRA UNA PROSTITUTA (parte 2), por Demóstenes. «Le había dado en matrimonio a la hija de una extranjera»

JUICIO CONTRA UNA PROSTITUTA (Parte 1), por Demóstenes: «Su delito era ser extranjera»

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JUICIO CONTRA UNA PROSTITUTA (parte 2)

Atribuido a Demóstenes

Traducción (y anotaciones) de Helena González

JUICIO CONTRA UNA PROSTITUTA (parte 2)
Hetaira y simposiasta .Una escena de una kylix griega de figuras rojas que muestra a una hetaira y un simposiista. C. 490 a. C. (Museo Metropolitano de Arte, Nueva York)

 

TESTIMONIO

Filóstrato, hijo de Dioniso, de Colono, testifica que sabía que Neera pertenecía a Nicareta, de quien también era propiedad Metanira, y que se quedaron en su casa, cuando se trasladaron para los misterios, puesto que vivían en Corinto. También que las dejó en su casa Lisias, hijo de Céfalo, que era buen amigo suyo.

 

En una ocasión posterior, atenienses, Simón el tesalio vino con ella a la ciudad para las grandes Panateneas. La acompañaba de nuevo Nicareta y se hospedaron en casa de Ctesipo, hijo de Glaucónides de Cidántidas, y Neera, la misma que veis ahí, estuvo bebiendo y comiendo delante de muchos hombres, como si fuera una furcia.

Y puesto que lo que digo es cierto, hago comparecer ante vosotros a los testigos de los hechos. Que llamen a Eufileto, hijo de Simón de Exona, y a Aristómaco, hijo de Critodemo de Alopece.

 

TESTIGOS

Eufileto, hijo de Simón de Exona, y Aristómaco, hijo de Critodemo de Alopece, dan fe de que sabían que Simón el tesalio había venido a Atenas para las grandes Panateneas y con él Nicareta y Neera, la ahora procesada. Y que se hospedaron en casa de Ctesipo, hijo de Glaucónides, y que Neera estuvo bebiendo con ellos como si fuera una prostituta, y en presencia de muchos otros que también estuvieron bebiendo en casa de Ctesipo.

 

Después de esto, ella estuvo prostituyéndose abiertamente en Corinto, donde era muy conocida. Amantes suyos fueron, entre otros, el poeta Jenóclides y el actor Hiparco, que incluso llegaron a tenerla alquilada. Aunque esto que os digo es verdad, no cuento con el testimonio de Jenóclides, porque las leyes no le permiten testificar dado que, cuando Calístrato os convenció de ayudar a los lacedemonios, él votó en contra en el demos —había comprado el cincuenta por ciento del grano en paz y estaba obligado a depositar su dinero en la sede de la asamblea cada pritanía y, ya que estaba exento por ley, no acudió a aquella expedición— y fue acusado por Estéfano, aquí presente, de insubordinación y calumniado en el alegato en el tribunal, encarcelado y desprovisto de sus derechos civiles.

Y bien, ¿acaso no os parece terrible que a quienes son atenienses por naturaleza y toman parte por nacimiento en los asuntos de la ciudad los prive de libertad de expresión (la parresía es literalmente el «decirlo todo» y, por extensión, el «hablar libremente». Este derecho implica no sólo la libertad de expresión, sino la obligación de hablar con la verdad para el bien común, incluso ante el peligro individual) ese individuo, Estéfano, y que a los que no poseen ningún vínculo los convierta a la fuerza en ciudadanos en contra de todas las leyes?

No obstante, sí llamo como testigo ante vosotros a Hiparco, le insto a testificar y si no, salvo que jure de acuerdo con la ley, lo llamo a juicio15 . Que comparezca Hiparco.

 

TESTIMONIO

Hiparco de Atmonia da fe de que Jenóclides y él mismo tenían a Neera, la ahora procesada, alquilada en Corinto como a una hetera que se prostituye y de que Neera bebía en Corinto con él y con el poeta Jenóclides.

 

Después tuvo dos amantes, el corintio Timanóridas y el leucadio Éucrates, quienes, al resultarles muy carera en sus tarifas Nicareta, que exigía de ellos que satisficieran los gastos diarios de toda la casa, le pagaron trescientas minas por el cuerpo de Neera y se la compraron conforme a la legislación de la ciudad, como se compra a una esclava.

La tuvieron y disfrutaron cuanto tiempo quisieron. Pero, cuando fueron a casarse, le anunciaron que no querían ver a aquella que había sido querida de ambos prostituirse en Corinto ni dejarse amparar por un chulo, que se conformarían con recuperar una cantidad menor de la que habían gastado en ella y que les parecía bien que ella se quedara algo para sí misma. Se comprometieron entonces a dejarla libre por mil dracmas, quinientos por cabeza. Y le pidieron a ella que les devolviera las veinte minas cuando las consiguiera.

Al conocer las condiciones de Éucrates y Timanóridas, Neera manda llamar a Corinto, entre otros antiguos amantes, a Frinión de Peania, que era hijo de Demón y hermano de Demócares, un individuo que llevaba una vida licenciosa y extravagante, como recordáis los de más edad. Cuando Frinión acude a ella, Neera le traslada la propuesta hecha por Éucrates y Timanóridas, y le da el dinero que había recaudado de los otros amantes, reunido en concepto de ayuda para obtener su libertad, y lo que ella misma tenía ahorrado, al tiempo que le ruega que, tras añadir el resto —esto es, lo que faltaba para las veinte minas— pague por ella a Éucrates y Timanóridas para que la dejen libre. Él, contento al oír su plan, toma el dinero que le habían dado los otros amantes, añade él mismo lo que falta y paga a Éucrates y Timanóridas las veinte minas por su libertad, acordadas a condición de que no se prostituya en Corinto.

Puesto que digo la verdad, llamo como testigo ante vosotros a quien lo presenció. Que hagan venir a Filagro de Mélita.

 

TESTIMONIO

Filagro el meliteo atestigua que estaba en Corinto cuando Frinión, el hermano de Demócares, pagó veinte minas por Neera, la misma que ahora es procesada, al corintio Timanóridas y al leucadio Éucrates, y que, tras pagar la suma, se marchó a Atenas llevando consigo a la susodicha.

 

Pues bien, una vez llegó aquí, estuvo sirviéndose de ella impúdica y temerariamente, iba con ella de banquete en banquete, dondequiera que se bebiera se hacía acompañar siempre por ella y gozaba de ella en público cuando quería y donde quería, haciendo alarde de su posesión ante quienes quisieran verlo. Con Neera como compañera estuvo, entre otras muchas, en casa de Cabrias de Exona, cuando en el arcontado de Socrátides ganó en los Juegos Píticos (Tenían lugar en Delfos en honor de Apolo. Eran una de las competiciones más importantes de Grecia, junto a los Juegos Olímpicos, los Nemeos y los Ístmicos) con la cuadriga, que había comprado a los hijos de Mitis el argivo, y volviendo de Delfos festejó la victoria en Colias. Allí, mientras Frinión dormía, muchos otros mantuvieron relaciones con ella, que estaba borracha, incluidos los sirvientes de Cabrias.

Voy a ofreceros como testigos de que digo la verdad a los que vieron y presenciaron los hechos: Quiónides de Jipeta y Eutetión de Cidateneo.

 

TESTIMONIO

Quiónides de Jipeta y Eutetión de Cidateneo testifican que fueron invitados a cenar a casa de Cabrias, cuando éste celebraba su victoria en la carrera de carros, y que la fiesta se celebró en Colias; que sabían que Frinión estaba presente en aquella cena en compañía de Neera, la actualmente procesada; que ellos se fueron a dormir, lo mismo que Frinión y Neera, y que pudieron oír durante toda la noche cómo muchos —incluidos algunos sirvientes, que eran criados de Cabrias— se levantaron uno tras otro para ir donde Neera.

 

Efectivamente, Neera recibía un impúdico maltrato por parte de Frinión y ni su amor ni sus deseos eran satisfechos, así que empaquetó todo lo que tenía en casa de aquél, todos sus vestidos y joyas para adornarse, hasta dos doncellas, Trata y Cocálina, y se largó a Mégara.

Era ése el año en que Asteo ejercía de arconte en Atenas (374-373 a.C.17) el  tiempo en que vosotros librabais la segunda guerra contra los lacedemonios. Neera pasó sólo dos años en Mégara, los del arcontado de Asteo y el de Alcístenes, porque el comercio de su cuerpo no le proporcionaba ingresos suficientes para administrar la casa con holgura. Mientras que ella era de gustos caros, los megarenses eran agarrados y tacaños, y el número de extranjeros era insignificante a causa de la guerra y del hecho de que los de Mégara estaban del lado de los lacedemonios, cuando nosotros dominábamos el mar. Sin embargo, no podía regresar a Corinto, ya que había sido liberada por Éucrates y Timanóridas con la condición de que no volvería a trabajar allí.

Pues bien, cuando se firmó la paz en el arcontado de Frasiclides y se libró la batalla en Leuctra entre tebanos y lacedemonios, Estéfano, el aquí presente, se fue a Mégara, se instaló en su casa, como en la de una hetera, y se estuvo acostando con ella. Neera le contó todo lo sucedido, el maltrato de Frinión y las cosas que se había llevado al marcharse de su casa. Le dijo que por un lado deseaba vivir aquí, pero que tenía miedo de Frinión, a quien había ofendido y que estaba furioso, y, como conocía su carácter violento y despreciativo, se puso bajo la protección de Estéfano.

Él, por su parte, después de animarla y regalarle los oídos en Mégara, asegurando que Frinión iba a lamentarlo si se atrevía a tocarla, mientras que él la tendría como esposa e introduciría a sus hijos en sus propias fratrías, como si fueran suyos, los convertiría en ciudadanos, y no permitiría que nadie la maltratara, regresó a Atenas con ella y con sus hijos Próxeno, Aristón y la chica que ahora se llama Fano. Y los introdujo a todos en su casa, que estaba junto al Hermes susurrante (Estatua de Hermes, divinidad con la que los atenienses aseguraban tener un trato muy cercano), entre las de Doroteo el eleusino y Clinómaco, la misma que le ha comprado ahora Espintaro por siete minas. Pues, en efecto, no tenía otras propiedades.

Vino con ella por dos razones: porque iba a disponer de una hermosa furcia de manera gratuita y porque, si la ponía a trabajar, con su sueldo podría mantener la casa. Y es que él no contaba con más ingresos que los que pudiera obtener cuando realizaba alguna acusación falsa.

Al enterarse Frinión de que Neera se había marchado y de que estaba con él, tomó consigo a unos jóvenes y fue a casa de Estéfano a por ella. Al exigírsela éste de acuerdo con la ley de liberación, la puso bajo fianza ante el polemarco (El arconte polemarco, además de presidir las ceremonias en honor de los caídos en combate, supervisaba los litigios que involucraban a ciudadanos extranjeros. Sobre la ley de liberación cf. Contra Teócrines, 19 y ss.; Lisias, XIII, 12 e Isócrates, XVII, 14). Y como testigo de que lo que digo es cierto os voy a presentar al entonces polemarco. Que llamen a Eetes de Ciríadas.

 

TESTIMONIO

Eetes de Ciríadas atestigua que, cuando era polemarco, Neera, la ahora procesada, fue puesta bajo fianza por Frinión, el hermano de Demócares, y que los fiadores de ella fueron Estéfano de Eréadas, Glaucetes de Cefisa y Aristócrates de Falero.

 

Una vez fue puesta en libertad, gracias a que Estéfano pagó la fianza, y se hubo establecido en su casa, se puso a ejercer el mismo oficio que antes y, si bien no disminuyó la frecuencia, sí aumentó las tarifas que cobraba a los que querían acostarse con ella, bajo pretexto de que ahora era una respetable mujer casada. Él colaboraba, a su vez, como sicofante, y si la pillaba con algún amante extranjero, ingenuo y rico, lo encerraba con ella como a un adúltero dentro de la casa y, por supuesto, le hacía pagar mucho dinero. Ni Estéfano ni Neera tenían propiedades con las que soportar los gastos diarios y su administración era elevada, toda vez que debían dar de comer ellos dos a los tres críos con los que ella había venido de Mégara, a las dos doncellas y al criado de la casa. Además, ésa de ahí estaba acostumbrada a no pasar estrecheces, porque antes eran otros quienes pagaban sus gastos. Tampoco él conseguía nada digno de mención de la política, no era aún un orador, como cuando cayera bajo la tutela de Calístrato de Afidna, sino uno de esos sicofantes que gritan junto a la tarima, que persiguen judicialmente y denuncian por dinero, inscribiendo como propias las resoluciones de otros.

Os voy a exponer con detalle de qué modo y por qué motivo lo hacía, pero será más adelante, cuando haya probado que Neera es extranjera, que nos ha causado grandes agravios y que ha ofendido a los dioses. Así veréis que también este sujeto merece un castigo que no sea inferior al de ella, sino mucho mayor, porque, mientras se dice ateniense, ha despreciado hasta tal punto nuestras leyes y a nuestros dioses que ni avergonzado por sus pecados tiene la prudencia de estarse quieto, sino que calumniando a muchos, a mí entre ellos, ha forzado la celebración de un juicio tan importante contra ambos, para lo que ha de investigarse quién es realmente ella y sacarse a la luz la maldad de él.

Pues bien, como Frinión había puesto una denuncia contra él, porque le exigió que liberara a Neera y se quedó cuanto ella se llevó de su casa, los amigos los reunieron y convencieron de que se sometieran a un arbitraje. Ocupó el puesto de árbitro favorable a Frinión Sátiro de Alopece, hermano de Lacedemonio; el favorable a Estéfano, Saurias de Lamptras. En común se eligió además a Diogetón deAcarnea. Ellos, después de reunirse en el templo y escuchar las versiones de los hechos de ambos, lo mismo que la de la propia mujer, dieron a conocer su parecer y aquéllos lo acataron sumisos: la mujer era libre y dueña de sí misma, pero lo que se llevó al marcharse de casa de Frinión, a excepción de las ropas, los abalorios y las sirvientas, que se había comprado ella misma, debía ser devuelto a Frinión. Además, viviría con cada uno de ellos en días alternos y, si alguna vez establecían mutuamente otro acuerdo, éste sería igualmente válido. Siempre tendría que cubrir sus necesidades el que la tuviera, y en lo sucesivo serían amigos y no se guardarían rencor.

Ésta fue la reconciliación pactada por los árbitros de Frinión y Estéfano en cuanto a Neera. A continuación se os leerá el testimonio que avala que lo que digo es la verdad. Que llamen a Sátiro de Alopece, Saurias de Lamptras y Diogetón de Acarnea.

 

TESTIMONIO

Sátiro de Alopece, Saurias de Lamptras y Diogetón de Acarnea dan fe de que habiendo sido elegidos como árbitros pusieron de acuerdo a Frinión y Estéfano en el caso de Neera, la ahora procesada, y de que la reconciliación que acordaron es tal y como la presenta Apolodoro.

 

RECONCILIACIÓN

En estos términos reconciliaron a Frinión y Estéfano: que cada uno podría disfrutar de Neera teniéndola el mismo número de días al mes en su casa, a no ser que ellos mismos llegaran a otro acuerdo.

 

Una vez reconciliados, quienes habían asistido a cada uno en el arbitraje y el proceso, tal y como creo que suele pasar en estos casos, sobre todo cuando la diferencia ha sido por una hetera, fueron a cenar a la casa de aquel al que le tocara tener a Neera, y ella cenó y bebió en su compañía, dando placer a todos. Y para certificar lo que digo pueden llamar como testigos a quienes estuvieron con ellos, Eubolo de Probalinto, Diopites de Mélita y Ctesón de Cérames.

 

TESTIMONIO

Eubolo de Probalinto, Diopites de Mélita y Ctesón de Cérames dan testimonio de que, cuando tuvo lugar la reconciliación entre Frinión y Estéfano por el asunto de Neera, a menudo cenaron con ellos y bebieron en compañía de Neera, la ahora procesada, y que unas veces ella estaba en casa de Estéfano y otras en la de Frinión.

 

Que ciertamente era esclava de origen, que fue vendida dos veces y que comerciaba con su cuerpo, como hetera que era, que escapó de Frinión a Mégara y que, al regresar, fue puesta bajo fianza ante el polemarco como una extranjera, esto lo he probado ante vosotros con mis palabras y lo he apoyado con las declaraciones de los testigos. Quiero ahora mostraros que el mismo Estéfano, el aquí presente, ha dado pruebas suficientes de que ella es extranjera.

En efecto, la hija de Neera, la que trajo consigo cuando aún era una niña —a la que entonces llamaban Estribela y ahora llaman Fano—, Estéfano se la dio en matrimonio como hija suya a un ateniense, Frástor de Egilia, y le concedió como dote trescientas minas. Cuando llegó a casa de Frástor, un trabajador que había reunido su hacienda a base de austeridad, no fue capaz de contentarse con su forma de vida, pues ella pretendía mantener las costumbres de su madre y la liberalidad de su casa, porque había sido educada, me imagino, en tales excesos. Frástor, viendo que ella ni era moderada ni quería escucharle, y además convencido ya a esas alturas de que no era hija de Estéfano, sino de Neera, y de que había sido estafado desde el principio —cuando se casó con la que había tomado por una hija que aquél habría tenido no con Neera sino con una mujer de nuestra ciudad antes de vivir con ella—, se enfadó por todo y considerando que había sido injuriado y estafado, expulsó a la mujer con la que había convivido un año, embarazada, y ni siquiera le devolvió la dote.

Estéfano respondió con un proceso por alimentos en el odeón, de acuerdo con la ley que prescribe que si una mujer es repudiada ha de devolvérsele la dote o pagar un interés de nueve óbolos, y que, en beneficio de la mujer, su dueño puede promover un proceso por alimentos. Pero Frástor acusó a Estéfano ante los tesmotetas, porque le había dado por esposa a un ateniense a la hija de una extranjera como si descendiera de él, de acuerdo con la siguiente ley. Que sea leída.

 

LEY

Si alguien le entregara en matrimonio a un ateniense una mujer extranjera como si fuera hija suya, será desprovisto de su ciudadanía, sus bienes serán expropiados y un tercio le corresponderá a quien lo delatara. Deberán denunciarlo ante los tesmotetas quienes puedan, como en el caso de extranjería.

 

Se os ha leído la ley conforme a la cual fue acusado Estéfano por Frástor ante los tesmotetas. Como sabía que, si se demostraba que le había dado en matrimonio a la hija de una extranjera, corría el riesgo de sufrir las peores penas, llegó a un acuerdo con Frástor: él renunció a la dote y levantó el proceso por alimentos; aquél la acusación ante los tesmotetas.

Llamo como testigo de que lo que digo es cierto a Frástor, y le insto a prestar testimonio como la ley ordena. Que llamen a Frástor de Egilia.

 

TESTIMONIO

Frástor de Egilia testifica que, cuando supo que era hija de Neera la que Estéfano le había 53 54 80 entregado como propia, lo acusó ante los tesmotetas, como la ley ordena, y expulsó a la mujer de su casa y ya no siguió viviendo con ella; que Estéfano, después de haber promovido contra él un proceso en el odeón, acordó con él que se retirarían tanto la acusación ante los tesmotetas, como el proceso por alimentos que había promovido contra mí Estéfano (Frástor era un hombre simple, se ha dicho, y como tal se expresa pasando del uso formal de la impersonal a la primera persona en su declaración).

 

Permitidme que os ofrezca un testimonio adicional al de Frástor, el de los miembros de su fratría y familiares, que prueba que Neera es extranjera. No mucho tiempo después de haber repudiado a la hija de Neera, Frástor cayó enfermo. Se encontraba en una situación penosa, reducido a la más absoluta necesidad. Como tenía diferencias desde hacía tiempo con sus familiares, rencillas y resentimientos, y como, además, no tenía hijos, se consoló en su enfermedad con los cuidados de Neera y su hija. Acudieron a él cuando la salud lo abandonó y carecía de quien atendiera sus dolencias, le llevara los remedios oportunos y lo cuidara —y, sin duda, todos sabéis por experiencia lo valiosa que es la presencia de una mujer en la enfermedad de un convaleciente—. Lo convencieron entonces para que recuperara y reconociera como hijo suyo al niño que la hija de Neera había dado a luz cuando Frástor la expulsó embarazada de su casa, después de averiguar que no era hija de Estéfano sino de Neera y reaccionó ante el engaño. Sus razones fueron humanas y naturales, ya que pensó que estaba grave y que no tenía muchas esperanzas de recuperarse, y para que sus parientes no heredaran sus bienes al morir sin hijos, optó por reconocer a la criatura y llevarla a su casa.

Sin embargo, os voy a demostrar con una prueba de peso y muy convincente que, si hubiera estado sano, nunca lo hubiera hecho. En efecto, en cuanto salió recuperado de aquella enfermedad y su cuerpo estuvo razonablemente restablecido, Frástor se casó legalmente con una mujer ateniense, la hija legítima de Sátiro de Melite y hermana de Dífilo. Esto ha de serviros como prueba de que no reconoció al niño por su propia voluntad, sino forzado por la enfermedad, los cuidados de aquéllas y las enemistades con sus familiares, para que no se convirtieran en sus herederos si le pasaba algo. Pero os lo demostraré aún más claramente con lo que siguió.

Cuando, en su enfermedad, Frástor presentó al niño de la hija de Neera a los miembros de su fratría y a los britidas, de los que era uno de los jefes de clan, como éstos sabían, me parece, quién era la primera mujer de Frástor, esto es, la hija de Neera, que la había repudiado y que durante su convalecencia lo habían convencido para que se hiciera cargo de la criatura, rechazaron al niño y no lo inscribieron entre los suyos. Cuando Frástor los demandó por negarse a registrar a su hijo, los miembros de la fratría lo retaron a jurar ante un árbitro, por las sagradas víctimas inmoladas, si de verdad creía que su hijo era nacido de una ciudadana legalmente entregada en matrimonio. Al desafiarlo los fráteres a decir esto ante un árbitro, 59 60 83 Frástor se abstuvo de realizar el juramento22 . De la verdad de cuanto digo os voy a presentar como testigos a los britidas que estuvieron presentes.

 

TESTIGOS

Timóstrato de Hécala, Jantipo de Eréadas, Evalces de Falero, Ánito de Lacíadas, Éufranor de Egilia y Nicipo de Céfala atestiguan que tanto ellos como Frástor de Egilia son miembros de la tribu que llaman britida y que, cuando Frástor reclamó la inscripción de su hijo entre sus miembros, como sabían que el niño era de la hija de Neera, impidieron que Frástor lo hiciera.

 

Así pues, estoy demostrando de manera evidente que incluso los más cercanos a Neera, la aquí presente, han dado fe en su contra de que es extranjera: lo mismo Estéfano, que la tiene ahora y vive con ella, que Frástor, que se casó con su hija. El primero, porque no sólo rehusó ir a juicio en defensa de la hija de ésta cuando Frástor lo demandó ante los tesmotetas por haberle dado en matrimonio a la hija de una extranjera a quien era ateniense, sino que además había renunciado a la dote y no había tratado de recuperarla. El segundo, porque repudió a la hija de Neera después de haberse casado con ella, al enterarse de que no era hija de Estéfano, porque no devolvió la dote, porque, más tarde, fue persuadido a causa de la enfermedad, la falta de descendencia y la enemistad con sus familiares de reconocer al niño como su hijo, porque cuando lo presentó a sus confráteres éstos lo rechazaron y porque cuando le pidieron juramento no quiso jurar, sino que prefirió no cometer perjurio. Porque, finalmente, se casó con otra mujer que era ateniense por derecho.

Estos hechos constituyen para vosotros grandes pruebas de que Neera, aquí presente, es extranjera.

Examinad atentamente la avaricia de ese individuo, de Estéfano, y su malicia, que a partir de ésta también veréis cómo Neera no es ateniense. En efecto, Estéfano maquinó un plan contra Epéneto de Andros, un antiguo amante de Neera que había gastado mucho dinero en ella, y que, dada su amistad con la susodicha, se alojaba en casa de ambos cada vez que venía a Atenas: lo hace llamar al campo con la excusa de un sacrificio para pillarlo, en realidad, en adulterio con la hija de Neera y bajo amenazas hace que le pague trescientas minas. Después de tomar como garantes de éstas a Aristómaco, que había sido tesmoteta, y a Nausífilo, hijo de Nausinico, que había sido arconte, lo suelta con la condición de que le pagará el dinero. Pero, cuando Epéneto sale y es dueño de sí mismo, denuncia ante los tesmotetas a Estéfano por haberlo retenido ilegalmente, según la ley que ordena que si alguien es retenido ilegalmente como adúltero23 , denuncie ante los tesmotetas lo sucedido, y si quien lo retuvo resulta convicto y se considera que ha urdido un plan ilegal, su víctima será declarada inocente y los avalistas quedarán eximidos de abonar la fianza. Si, en cambio, se dictamina que es adúltero, la ley ordena que los garantes lo entreguen al que lo pilló y que en el tribunal haga lo que quiera con él, en tanto adúltero, pero sin usar cuchillo.

Pues bien, de acuerdo a esta ley lo denuncia Epéneto y confiesa haber gozado de los favores de la mujer, pero no admite ser un adúltero, pues ni siquiera era la hija de Estéfano, sino la de Neera, y la madre sabía perfectamente que se acostaba con él. Además, se había gastado mucho dinero en ellas y había dado de comer, cada vez que venía, a toda la casa. A estas razones añadió la ley que no permite tomar por adúltero a quien vaya con mujeres del tipo de las que se sientan en un prostíbulo o se venden abiertamente, alegando que la casa de Estéfano es un prostíbulo, que ése era el trabajo de ella y que, de hecho, precisamente es de eso de lo que viven.

Ante los argumentos esgrimidos por Epéneto y la denuncia por él mismo interpuesta, Estéfano, que sabía que iba a ser declarado convicto por prostitución y chantaje, encarga la mediación con Epéneto a los mismos que fueran sus avalistas, en la idea de que se les perdonaría la fianza y de que Epéneto retiraría la denuncia. Convencido por ellos Epéneto, y tras retirar la acusación contra Estéfano, tuvo lugar una reunión. Los avalistas se sentaron como árbitros, pero Estéfano no sólo no tuvo nada sensato que decir, sino que además reclamó que Epéneto contribuyera a la dote de la hija de Neera, alegando su propia falta de recursos y la mala suerte que la pobre había tenido anteriormente con Frástor, que había perdido su dote y no era capaz de proporcionarle una nueva. «Tú la has disfrutado», dijo, «y sería justo que hicieras algo bueno por ella». Dio algunos otros argumentos para convencerlo, cosas que uno sólo diría obligado por lo feo de la situación.

Cuando hubieron escuchado a ambas partes, los árbitros los reconciliaron y persuadieron a Epéneto de que aportara mil dracmas para la dote de la hija de Neera. De que todo esto que digo es cierto llamo como testigos a los propios avalistas que ejercieron de árbitros.

 

TESTIGOS

Nausífilo y Aristómaco de Céfala testifican que se ofrecieron como avalistas de Epéneto de Andros cuando Estéfano dijo haberlo sorprendido en adulterio. Y que cuando Epéneto salió de su casa y fue dueño de sí mismo puso una denuncia contra Estéfano ante los tesmotetas porque lo había retenido ilegalmente. Que, finalmente, ellos mismos, convertidos en árbitros, reconciliaron a Epéneto y Estéfano. Las condiciones fueron las que presenta Apolodoro.

 

CONDICIONES

En estos términos reconciliaron a Epéneto y Estéfano los árbitros: que no guardarían ningún rencor por lo sucedido en cuanto a la detención, que Epéneto aportaría mil dracmas a la dote de Fano, porque había gozado de ella muchas veces, y que Estéfano, por su parte, pondría a Fano a disposición de Epéneto cada vez que éste viniera a la ciudad y quisiera acostarse con ella.

 

Aunque en aquellos momentos la joven era abiertamente reconocida como una extranjera, Estéfano se había atrevido a acusar a alguien de haber cometido adulterio con ella. Hasta tal punto de osadía llegaron él y Neera, esos mismos de ahí, que no se contentaron con asegurar que era ciudadana. Al ver que Teógenes Cerónida, un hombre de buena cuna, pero pobre e inexperto en estos asuntos, obtuvo el puesto de rey (Es decir, de arconte basileus, que tomó las funciones religiosas de los antiguos reyes. Era el responsable de las ceremonias religiosas y presidía el Areópago. Estaba a cargo de los asuntos de homicidio y delitos de impiedad. Imponía prohibiciones religiosas que debían cumplirse), Estéfano, que le había ayudado a salir elegido y había contribuido a los gastos, cuando obtuvo el cargo, logró, comprándoselo, ser nombrado su asesor y darle en matrimonio a esa mujer, la hija de Neera, de quien le garantizó que era su propia hija. Tal fue su desprecio hacia vosotros y vuestras leyes. Pues esa mujer ofreció los sacrificios inefables en beneficio de la ciudad, y vio cosas que no convenía que viera una extranjera. Siendo de la condición que era entró donde nadie más de entre todos los atenienses entra, sino la que está casada con el rey. Tomó juramento a las venerables sacerdotisas en los sacrificios y se entregó como esposa a Dioniso (La ceremonia del matrimonio sagrado tenía lugar en las Antesterias. Cf. Aristóteles, Constitución de Atenas, 3, 5). Realizó los ritos patrios por la ciudad en honor de los dioses, que son muchos, sagrados e inefables. Aquello que ni siquiera escucharlo le está permitido a todos, ¿cómo podría ser piadoso que lo hiciera la primera a la que le caiga en suerte, sobre todo una mujer de su condición y que ha cometido tales aberraciones?

Sin embargo, quiero contaros cada uno de estos asuntos desde el principio con más detalle, para que pongáis más cuidado en el castigo y veáis que no sólo vais a emitir un voto en vuestro beneficio y el de la legalidad, sino también en beneficio del temor a los dioses, castigando a los impíos y haciendo daño a los delincuentes.

Antiguamente, atenienses, había una dinastía en la ciudad, y la soberanía pertenecía a los que destacaban sucesivamente por ser autóctonos. El rey ofrecía todos los sacrificios; su mujer los más sagrados e inefables, como era natural para una reina. Después Teseo los agrupó en una ciudad y fundó la democracia (A finales del siglo VI a.C. comenzaron a atribuírsele al héroe mítico Teseo muchas de las reformas del legislador Clístenes, como la unificación de aldeas áticas a la que aquí se alude), la ciudad se volvió populosa y, sin embargo, el demos no dejó de nombrar al rey de entre los que eran elegidos a mano alzada por su valor. Dispusieron además, por ley, que su mujer debía ser ateniense y no haberse unido a otro hombre, sino haberse casado virgen, para que ofreciera los inefables sacrificios sagrados según la tradición y en beneficio de la ciudad, de manera que las costumbres se mantengan con respeto hacia los dioses, y que ni se anule ni se altere nada. Inscribieron esta ley en una estela que colocaron en el templo de Dioniso en Limnas, junto al altar (y dicha estela aún hoy está en pie mostrando en caracteres áticos -anteriores al 403 a.C.- debilitados lo que se escribió entonces), con lo que el pueblo manifestó su respeto por lo divino y dejó como legado para las generaciones venideras su creencia en que la mujer que va a ser entregada al dios y va a ofrecer los sacrificios ha de ser de tal condición. Por eso colocaron la estela en el templo más antiguo y sagrado dedicado a Dioniso, para que no muchos conocieran su contenido. De hecho, se abre una sola vez al año, el doce del mes de Antesterión (a finales del siglo VI a.C. comenzaron a atribuírsele al héroe mítico Teseo muchas de las reformas del legislador Clístenes, como la unificación de aldeas áticas a la que aquí se alude).

Ahora, atenienses, es justo que seáis celosos guardianes de los sagrados y venerables ritos, de los que vuestros antepasados tan bien y con tanta magnificencia se ocuparon, y que a quienes desprecian con irreverencia vuestras leyes y se comportan sin vergüenza ni respeto hacia los dioses los castiguéis, por dos razones: para que paguen por sus faltas y para que otros tomen ejemplo y sientan temor antes de cometer crímenes hacia los dioses y la ciudad. Quiero llamar ante vosotros al heraldo de las ceremonias sagradas, que sirve a la mujer del rey cuando ésta toma juramento a las sacerdotisas con sus cestos frente al altar (Catorce mujeres que asisten a la reina), antes de que toquen a las víctimas, para que oigáis el juramento y la parte que está permitida oír de cuanto se dice y veáis qué venerables, sagrados y antiguos son los ritos.

 

La hetaira más famosa de la antigua Atenas fue Aspasia de Mileto (470-410/400 a.C.), la consorte del estadista Pericles (495-429 a.C.). Aspasia era una meteca (alguien que no había nacido en Atenas), y parece ser que muchas metecas a menudo encontraban trabajo en Atenas como hetairas, tal y como hizo Aspasia

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ALGUNAS CONSIDERACIONES EN TORNO A LA CONDICIÓN DE LA MUJER EN LA GRECIA ANTIGUA, por Paula Fuentes Santibáñez

JUICIO CONTRA UNA PROSTITUTA (Parte 1), por Demóstenes: "Su delito era ser extranjera"

JUICIO CONTRA UNA PROSTITUTA (y Parte 3), por Demóstenes

 

Cráter ático de cáliz de figuras rojas. Aquí se representa una escena de simposio , los invitados masculinos están reclinados mientras la intérprete de aulos les da una serenata. Por el pintor de Uppsala. Museo Arqueológico Nacional, Atenas