JUICIO CONTRA UNA PROSTITUTA (Parte 1), por Demóstenes: «Su delito era ser extranjera»

HETAIRA juicio contra una prostituta

 

 

Juicio contra una prostituta

El orador ateniense Demóstenes fue testigo entre 343 y 340 a.C. del juicio de Neera, una prostituta de Corinto juzgada no por ejercer este oficio, sino por ser extranjera.
 
 

En esta entrada hablaremos de Demóstenes, considerado el más grande orador de la humanidad, y de su obra Juicio contra una prostituta, una historia real de la que éste fue testigo. En ella se puede apreciar cómo la sociedad griega era especialmente dura e intransigente al juzgar a las mujeres quienes, aun siendo griegas, no tenían  derechos políticos y socialmente eran reducidas a ser señoras de casa. Las extranjeras, por otra parte, no tenían mejor suerte; y esto ya lo veremos en el caso de Neera, del que  hablaremos  más adelante.

Antes de saber quién era Neera, de qué era acusada y cuál fue su destino, hablaremos brevemente de quién fue Demóstenes y cómo llegó a convertirse en toda una figura oratoria.

Demóstenes nació en una villa situada aproximadamente a 10 km de Atenas en el año 384 a. C. Fue hijo de un artesano que, gracias a su trabajo duro y honrado, logró hacerse de una considerable fortuna. Desgraciadamente éste murió cuando Demóstenes tendría unos 7 años de edad, no sin antes asegurarse de dejar 3 tutores que administrasen la herencia que le había dejado a su hijo. Sin embargo esto no ocurrió así y los tutores malgastaron la herencia reduciéndola considerablemente.

Mientras tanto, Demóstenes con todo y todo continuaba su formación escolar y más tarde se convirtió en un joven ateniense sumamente instruido y provisto de un carácter e inteligencia que lo llevarían más tarde a ser un hombre reconocido por sus talentos de orador.

Así pues, cuando éste alcanzó la mayoría de edad y reclamó su herencia, sus tutores tuvieron que reconocer una suma hereditaria muy inferior a la que le correspondía y, tras intentar llegar a un acuerdo, terminaron llevando el asunto a los tribunales.

Fue este lamentable suceso el que terminó por hacer que Demóstenes decidiera su vocación y más tarde se formaría como abogado para llegar a ser orador y político. De tal suerte que antes de los treinta años ya había pronunciado tres discursos políticos y un discurso delante del pueblo.

Sin embargo, nada de esto ocurrió sin un gran esfuerzo y determinación, pues el que se convirtiera en el más grande orador de toda Grecia padecía un defecto del habla. ¡Sí!, Demóstenes tartamudeaba. Las historias de cómo logro superar esta adversidad son muchas y muy variadas, se dice por ejemplo que se afeitó la cabeza, para así resistir la tentación de salir a las calles, y  día a día, se aislaba hasta el amanecer practicando frente a un espejo donde por horas mejoraba sus posturas y sus gestos. Se dice también que al atardecer corría por las playas gritándole al sol con todas sus fuerzas, para así ejercitar sus pulmones. Y más entrada la noche, se llenaba la boca con piedras y con un cuchillo afilado entre los dientes se forzaba a hablar sin tartamudear.

Así pasaron meses y años, antes de que de que reapareciera ante la asamblea, luego de un primer intento en el que fue humillado y abucheado. Finalmente, después de su arduo trabajo, logró defender con éxito a un fabricante de lámparas, a quien sus ingratos hijos le querían arrebatar su patrimonio.

Es por ello que Demóstenes escribió en su mayoría discursos políticos, seis cartas y algunas obras como Las filípicas,  Sobre la corona y Juicio contra una prostituta. En cuanto a esta obra, trata de una denuncia contra Neera y su esposo Estéfano quien al parecer es el culpable de las desgracias de Apolodoro y, para vengarse, decide enjuiciar a Neera por su calidad de prostituta, más específicamente hablando: hetera, cortesana instruida no sólo en las artes amatorias, sino también con cierto nivel cultural y formación académica, de modo que eran por decirlo así, las prostitutas de la élite.

La obra gira en torno a cómo Apolodoro saca a relucir el pasado oscuro de Neera quien desde pequeña fue comprada por Nicareta para prostituirla y que conforme va creciendo se prostituye para ganarse el pan

de cada día, llegando incluso a conseguir su libertad y  por iniciativa propia continúa en esos bajos mundos, hasta que por azares del destino llega  la ciudad de Megara en donde conoce a Estéfano, ciudadano griego, con quien contrae matrimonio.

Pero como ya se ha mencionado antes, Apolodoro buscaba vengarse de Estéfano ¿por qué entonces dirigir su acusación contra Neera? Sencillamente por ser una  prostituta extranjera que pretendía “injustamente” pasar a ser una ciudadana griega casada.

Es precisamente esto lo que trata de decirnos Demóstenes en su obra,  que podría resumirse así: dos personajes bastante vulgares, una prostituta y su marido-proxeneta, que vivieron hace más de veintitrés siglos y que vieron cómo su irreprimible deseo de ascenso en la escala social se topaba con la estructura arcaica de una antigua Grecia que impedía tales atrevimientos.

Soun

 

Mujer acicalándose ante un espejo. Detalle de un vaso nupcial procedente de Líparo. 340 a.C.

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JUICIO CONTRA UNA PROSTITUTA (parte 1)

Atribuido a Demóstenes

Traducción (y anotaciones) de Helena González

 

 

Atenienses, he tenido muchas razones para poner esta denuncia contra Neera y acudir ante vosotros. Tanto mi cuñado y yo como mi hermana y mi mujer hemos sido realmente maltratados por Estéfano (Marido de Neera; N. de la T., al igual que todas las del texto) y por su culpa nos hemos visto en situaciones de extremo peligro, de modo que no me presento en este juicio como acusador, sino como vengador. Él fue el primero en iniciar las enemistades, sin haber sufrido antes ningún mal de nuestra parte, ni de palabra ni de obra. Por eso quisiera en primer lugar relataros cuántos males nos ha infligido, para que seáis más indulgentes conmigo, que me defiendo, y después cómo nos puso en situaciones de extremo peligro relativas a la patria y los derechos civiles (La pérdida de derechos civiles -"atimia"- es un tema recurrente en este discurso).

Pues cuando los atenienses votaron a favor de la ciudadanía de Pasión y de sus descendientes en recompensa a sus servicios al Estado, mi padre estuvo de acuerdo con el presente que le hacía el pueblo, y le concedió al hijo de aquél, Apolodoro, la mano de su propia hija, mi hermana, que es la madre de sus hijos. Como Apolodoro era bueno con mi hermana y con todos nosotros, y compartía el conjunto de sus bienes con quienes consideraba su verdadera familia, yo mismo tomé como esposa a la hija de Apolodoro, mi propia sobrina. Transcurrido algún tiempo, salió elegido para la asamblea Apolodoro. La aprobación de su examen y el juramento legal (Los miembros de la asamblea -"boulé"- salían elegidos por sorteo, después, eran sometidos a examen para comprobar que cumplían los requisitos legales para desempeñar el cargo y juraban defender los intereses del pueblo. Al cesar de su cargo, debían demostrar que no se habían aprovechado de éste para enriquecerse) coincidieron con la entrada de la ciudad en una guerra en la que, si ganabais, teníais la posibilidad de convertiros en los hombres más poderosos de Grecia, recuperar vuestras posesiones y reducir por las armas a Filipo; pero si os demorabais en ayudar y abandonabais a vuestros aliados, con el campamento deshecho por falta de dinero, los perderíais, y los demás griegos considerarían que no erais de confianza, mientras que también el resto de vuestras posesiones en Lemnos, Imbros, Skiros y el Quersoneso correría peligro.

Antes de que enviarais vuestro ejército en masa a Eubea y Olintos (en el 348 a.C., cuando Olintos cayó en manos de Filipo de Macedonia), Apolodoro, como miembro del consejo, propuso una resolución y la sometió allí a la ratificación del pueblo, pidiendo que éste votara si le parecía que el dinero sobrante de la administración debía ser para uso militar o civil, en tanto las leyes ordenaban que, cuando se estaba en guerra, el dinero sobrante era para uso militar. Lo hizo porque consideraba que el pueblo debía ser soberano y disponer como quisiera de lo que le pertenecía, y después de haber jurado que aconsejaría lo mejor a los atenienses, como todos pudisteis presenciar en aquella ocasión.

Una vez tuvo lugar la votación, nadie se pronunció en contra de que debiera hacerse uso militar de ese dinero, e incluso ahora, si en alguna parte se menciona el asunto, todos coinciden en que recibió una injusta recompensa por dar los consejos más convenientes. Es justo, por tanto, que os enfadéis con quien engañó a los jueces con sus palabras y no con los engañados. Pues Estéfano, aquí presente, tras impugnar la votación como ilegal y llevar a Apolodoro ante un tribunal, bajo el falso y calumnioso testimonio de que era deudor al Estado desde hacía veinticinco años, y haciendo muchas otras acusaciones ajenas al caso, ganó la votación.

Que en un primer momento le pareciera que hacía lo correcto no lo llevamos mal. Sin embargo, cuando los jueces abordaron la votación de la pena, por mucho que le suplicáramos, no quiso perdonarnos la más mínima parte, sino que la fijó en quince talentos para privar de sus derechos civiles a Apolodoro y a sus hijos, y a mi hermana y a mí ponernos en una situación de extrema indigencia. ¡Si sus propiedades apenas alcanzaban tres talentos con los que poder pagar una multa tan alta! Además, si no la había pagado para la novena pritanía (La asamblea estaba compuesta de quinientos miembros, cincuenta por tribu. Los cincuenta delegados de cada tribu ejercían colectivamente durante uno de los diez meses del año ateniense -treinta y seis días- la magistratura de los pritanos, esto es, la pritanía de su tribu), su cuantía ascendería al doble, y quedaría registrado que Apolodoro debía treinta talentos a las arcas públicas. Hecho esto, le expropiarían a Apolodoro sus bienes y, cuando fueran vendidos, seríamos reducidos a la pobreza extrema él y sus hijos, su mujer y toda su familia6 . Además, su otra hija nunca podría casarse, porque ¿quién tomaría a la hija sin dote de un deudor al erario público y falto de recursos? Estéfano se convirtió así en el culpable de numerosos perjuicios para todos nosotros, a pesar de que jamás había recibido una ofensa por nuestra parte.

A aquellos jueces de entonces debo agradecer muchísimo que al menos no permitieran que Apolodoro se viera privado de todo, sino que por el contrario establecieran la pena en un talento, de manera que, aunque con apuros, pudiera satisfacerla.

Con razón, pues, nos hemos propuesto pagar a Estéfano con la misma moneda. Pero éste no trató de destruirnos únicamente de este modo, también quiso expulsar a Apolodoro del país. Para ello le imputó una acusación falsa, en la idea de que en una ocasión en que había ido a Afidna en busca de un fugitivo había golpeado a una mujer y que ésta había muerto a causa de las heridas, y sobornando a unos esclavos para que fingieran ser cireneos, le acusó públicamente de asesinato en el Paladio (Santuario de Palas Atenea donde se juzgaban los casos de homicidio involuntario e inducción al asesinato).

El proceso lo llevó el mismo Estéfano, tras haber jurado que Apolodoro mató a esa mujer con sus propias manos, cosa que nunca sucedió ni nadie nunca vio ni oyó. Después, cuando se demostró que había cometido perjurio y acusado en falso, cuando se vio claramente que había sido pagado por Cefisofonte y Apolófanes a fin de que consiguiera dinero para destruir a Apolodoro o para difamarlo, obtuvo pocos de los quinientos votos y se marchó con la reputación de un perjuro y un maleante.

Pensad, miembros del jurado, considerad para con vosotros mismos las probabilidades. ¿Qué habría sido de mí y de mi mujer, de mi hermana, si Apolodoro hubiera llegado a sufrir algo de lo que Estéfano deseaba para él, ya fuera en el primer o en el segundo caso? ¿En qué gran deshonra hubiera, además, caído?

Mientras, todos acudían a mí en privado a pedirme que me ocupara de castigar lo que por su culpa había sufrido y me reprochaban que era el más cobarde de los hombres, si, siendo pariente cercano de ellos, no me tomaba la revancha por mi hermana y mi cuñado, mis sobrinos y mi propia esposa, y no traía ante vosotros a esta que tan flagrantemente es impía con los dioses, que insulta a nuestra ciudad y viola nuestras leyes, y os probaba con mis argumentos que comete un delito, para que fuerais dueños de hacer lo que quisierais con ella.

Y por eso, así como Estéfano me hubiera privado de mis familiares en contra de vuestras leyes y vuestros decretos, así también yo vengo a probar ante vosotros que él vive ilegalmente con una extranjera como si fuera su esposa, que ha introducido a los hijos de otro en sus fratrías y demos (La fratría es el equivalente a una tribu, que agrupa a diversas familias y sirve de eslabón entre éstas y el demos, unidad mayor que vendría a ser un barrio o distrito), que ha garantizado que los hijos de una prostituta (el texto utiliza para Neera el término hetaira,«hetera» o «cortesana», sin embargo, se ha preferido traducirlo en diversas ocasiones como «prostituta» e incluso «furcia», porque recogen mejor la realidad del personaje, que no era precisamente de elevada condición social) eran suyos, ha sido irrespetuoso con los dioses y ha ninguneado el procedimiento de su pueblo para convertir a alguien en ciudadano. Porque, ¿quién intentaría obtener esta recompensa del pueblo y convertirse en ateniense empleando muchos gastos y esfuerzo, si le es posible conseguirlo gracias a Estéfano por mucho menos y con el mismo resultado?

En fin, cuanto anteriormente sufrí a manos de Estéfano y por lo que he traído este caso a juicio, os lo he contado ya. Lo que ahora tenéis que saber es que Neera, aquí presente, es extranjera y que vive con Estéfano, también presente, como su esposa, y que además, al hacerlo, ha transgredido las leyes de la ciudad.

Pido de vosotros, miembros del jurado, algo que considero conveniente siendo joven e inexperto en lo que respecta a hablar, y es que me permitáis tener como abogado en este juicio a Apolodoro. Él es mayor que yo, conoce mejor las leyes y se ha ocupado de este asunto en detalle. Por otro lado, ha sido también víctima de Estéfano, de manera que no puede reprochársele que se vengue de quien lo empezó todo.

Es vuestro deber, por amor a la verdad, tras escuchar la exposición precisa de la acusación y de la defensa, y sólo entonces, emitir el voto en favor de los dioses, de las leyes, de la justicia y de vosotros mismos.

 

Demostenes

 

DEFENSA (habla Apolodoro)

Las injusticias que he sufrido, atenienses, a manos de Estéfano, y por las que subo al estrado a acusar a Neera, aquí presente, os las ha contado Teomnesto. Que Neera es extranjera y convive con Estéfano como esposa de manera ilegal, esto es lo que con claridad quiero demostraros. En primer lugar se os va a leer la ley, en virtud de la cual Teomnesto ha puesto esta demanda y a cuyo amparo se presenta este caso ante vosotros.

Si un extranjero convive como esposo con una ciudadana de cualquier modo o manera, que lo denuncie ante los tesmotetas (Arcontes o magistrados menores que supervisaban el funcionamiento de los tribunales, revisaban y actualizaban las leyes) quien de entre los atenienses quiera. Y si el extranjero fuera condenado, que sean vendidos él y sus propiedades, y un tercio sea para el que lo delatara. Sea también así si una extranjera convive con un ciudadano como su esposa, y que aquel que convivía con la extranjera convicta pague mil dracmas.

 

Miembros del jurado, acabáis de oír lo que dicta la ley, que no permite a una extranjera convivir como esposa con un ciudadano ni a una ciudadana con un extranjero, ni tener hijos, de ningún modo o manera. Si alguien actúa contra estas leyes, está establecido que se le denuncie ante los tesmotetas, al extranjero o la extranjera, y si fuera condenado, que sea vendido. Por lo tanto, que esa mujer de ahí, Neera, es extranjera, esto es lo que quiero mostraros con precisión desde el principio.

Nicareta, que era liberta de Carisio el eleo y esposa del cocinero de éste, llamado Hipias, mujer dotada para detectar la belleza natural de las niñas pequeñas, hábil a la hora de criarlas y educarlas con experiencia, y preparada en estas artes, compró a siete chicas con las que se ganaba la vida. Se dirigía a ellas por el nombre de «hijas» a fin de hacer pagar tarifas lo más elevadas posible a quienes quisieran tener comercio con ellas, con el pretexto de que eran libres.

Cuando obtuvo el fruto de la doncellez de cada una, vendió de una sola vez los cuerpos de las siete, que eran Antía, Estrátola, Aristoclea, Metanira, Fila, Istmíada y Neera, aquí presente. Os contaré a cuál de ellas compró cada quien y cómo fueron manumitidas por los que las compraron a Nicareta a lo largo de mi alegato, si queréis oírlo y si dispongo de tiempo de clepsidra (un reloj de agua limitaba el tiempo para los alegatos de la acusación y la defensa). Pero ahora quiero que regresemos al hecho de que Neera pertenecía a Nicareta y que trabajaba vendiendo su cuerpo a quienes quisieran tener comercio con ella.

Pues bien, Lisias el sofista, que era amante de Metanira, quiso añadir a los otros gastos que había asumido por ella el de iniciarla (En los misterios de Eleusis), porque sabía que el resto del dinero se lo quedaba su dueña, pero que lo que gastara por ella en la fiesta y los misterios sería una inversión a favor de su persona. Así pues, pidió a Nicareta que fuera a los misterios con Metanira para que se iniciara y prometió que él se haría cargo. Cuando llegaron, Lisias no las llevó a su casa, por respeto a su esposa, la hija de Braquilo a la vez que su propia sobrina, y a su madre, que era mayor y vivía con ellos. Lisias dejó a Metanira y Nicareta con Filóstrato de Colono, que estaba todavía soltero y era amigo suyo. Las acompañaba Neera, esa misma de ahí, que ya se dedicaba al comercio carnal, aunque era demasiado joven, pues verdaderamente aún no tenía edad para ello.

Para demostrar que digo la verdad, que ella pertenecía a Nicareta y que la siguió y que cobraba al que quisiera pagar, llamo como testigo ante vosotros al mencionado Filóstrato

 

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ALGUNAS CONSIDERACIONES EN TORNO A LA CONDICIÓN DE LA MUJER EN LA GRECIA ANTIGUA, por Paula Fuentes Santibáñez

JUICIO CONTRA UNA PROSTITUTA (Parte 2), por Demóstenes

JUICIO CONTRA UNA PROSTITUTA (y Parte 3), por Demóstenes