REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y Friedrich Engels (parte VII)

Tras la invasión de España en 1808 por parte de las tropas francesas, Napoleón Bonaparte logró hacer abdicar a Carlos IV y a su hijo Fernando VII para que la corona recayera sobre su hermano José. Sin embargo, a lo largo de los cinco años que estuvo al frente del país (1808-1813), el hermano del Emperador no logró hacerse con las simpatías del pueblo español; pues solo le veían como una marioneta del verdadero responsable de todo, Napoleón.

Tal era su mala fama entre los españoles que pronto empezó a ser llamado con el apodo de ‘Pepe Botella’. Y es que, aunque la tradición se ha encargado de asignarle una insana afición a la bebida, lo cierto es que José I no acostumbraba a consumir mucho alcohol. Realmente la clave de este nombre está en algunas de sus medidas como rey, ya que hizo desparecer el impuesto sobre los alcoholes e incluso amplió los horarios de venta de estas bebidas. Unas decisiones que provocaron que surgiera el rumor de que era un alcohólico empedernido, porque la denominación de ‘Pepe Botella’ se propagó, más producto de un intento de desprestigiarle que de un vicio real.

http://defensacentral.com/ustedpregunta/categoria/historia/de-donde-venia-el-apodo-de-pepe-botella-de-jose-bonaparte/

Y respecto a las Juntas ciudadanas -con sus blancos y negros, con sus ilusiones y sus fracasos-, de las que Marx nos vuelve a hablar extensamente hoy, véase la introducción de la parte VI de esta saga http://puntocritico.com/2017/06/11/revolucion-en-es…-engels-parte-vi/

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Contienda de Valdepeñas, en la que el pueblo llano detuvo al ejército francés.

 

REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y Friedrich Engels (parte VII)

 

ÍNDICE

IV

Ya en tiempos de Felipe V, Francisco Benito de la Soledad había dicho: “Todos los males de España se deben a los Abogados”. A la cabeza de la deficiente jerarquía judicial española estaba situado el Consejo Real de Castilla.  Surgido en los turbulentos tiempos de Don Juan y Don Enrique y reforzado por Felipe II, que vio en él un valioso complemento del Santo Oficio, el Real Consejo, aprovechando calamidades históricas y la debilidad de los últimos reyes, había conseguido usurpar y acumular en sus manos los atributos más heterogéneos, sumando a sus funciones de tribunal supremo las de legislador y administrador de todos los reinos de España. Así superó en poder al mismo Parlamento francés, al que se asemeja en muchos puntos excepto en no encontrarse nunca al lado del pueblo. Por haber sido la autoridad más poderosa de la vieja España, el Consejo Real fue naturalmente el enemigo más implacable de cualquier nueva España posible y de las recientes autoridades populares que intentaban quebrar su suprema influencia. Suma dignidad el gremio de los abogados y juristas y garantía personificada de todos los abusos y privilegios, el Consejo Real disponía obviamente de todos los numerosos e influyentes intereses creados de la jurisprudencia española. Era pues una fuerza con la que la revolución no podía establecer compromiso alguno: tenía que barrerla si no quería ser barrida a su vez por ella. Como vimos en un artículo anterior, el Consejo se prostituyó ante Napoleón y perdió con aquella traición todo su prestigio en el pueblo. Pero al día siguiente de asumir sus funciones, la Junta Central fue lo suficientemente necia como para comunicar al Consejo su constitución y solicitarle un juramento de fidelidad, recibido el cual declaró que enviaría la misma fórmula de juramento a todas las demás autoridades del reino. Este imprudente paso, abiertamente desaprobado por todo el partido revolucionario, convenció al Consejo de que la Junta Central deseaba su apoyo; el Consejo se recobró así de su desánimo y, tras afectar vacilación durante varios días, dirigió a la Junta una reticente sumisión, acompañando su juramento con la expresión de sus reaccionarios escrúpulos, manifestados en su consejo a la Junta de disolverse como tal y reducirse a tres o cinco miembros, de acuerdo con la Ley 3, Partida 2.n, Título 5, así como en el consejo de ordenar la disolución inmediata de todas las juntas provinciales. Tras la vuelta de los franceses a Madrid y la dispersión del Consejo Real, la Junta Central, no contenta con su primera torpeza, tuvo la fatuidad de resucitar el Consejo mediante la constitución del Consejo Reunido, reunión del Consejo Real con todos los demás restos de los antiguos consejos reales. Así creó espontáneamente la Junta un poder central para la contrarrevolución, poder rival del suyo propio y que no dejó de acosarla y contrarrestarla con intrigas y conspiraciones, intentando empujarla a dar los pasos más impopulares para denunciarlos luego a la apasionada ira del pueblo con virtuosa indignación. Es necesario subrayar que una vez reconocido y restablecido el Real Consejo, la Junta Central era ya incapaz de reformar nada, ni en la organización de los tribunales españoles ni en la viciosísima legislación civil y criminal del país.

El hecho de que a pesar del predominio del elemento nacional y religioso en el alzamiento español existió también en los dos primeros años una tendencia más decidida a practicar reformas sociales y económicas queda probado por todas las manifestaciones de las juntas provinciales de dicha época, las cuales, aunque en su mayor parte compuestas por elementos de las clases privilegiadas, no dejaron nunca de denunciar el viejo régimen y de formular promesas de reforma radical. El hecho viene además documentado por los manifiestos de la Junta Central. En su primera declaración a la nación, fechada el 8 de noviembre de 1808, dice la Junta:

Una tiranía de veinte años ejercida por las personas más incapaces ha llevado a la nación al borde mismo de la perdición; el pueblo se había separado de su gobierno con odio y desprecio. Oprimidos y humillados, ignorando su propia fuerza y no hallando protección contra los males del gobierno ni en las instituciones ni en las leyes, el pueblo ha considerado hace poco el dominio extranjero como menos odioso que la funesta tiranía que le consumía. El dominio de una voluntad siempre caprichosa y las más de las veces injusta ha durado demasiado tiempo; demasiado tiempo se ha abusado de la paciencia del pueblo, de su amor al orden y de su generosa lealtad; era ya tiempo de que se llevaran a la práctica leyes útiles para todos. En todos los terrenos es además necesaria una reforma. La Junta constituirá diversas comisiones, cada una de las cuales se ocupará de un departamento determinado y a las que se podrán dirigir todos los escritos referentes a asuntos de gobierno y administración.

En su manifiesto de 28 de octubre de 1809 dice la Junta:

Un despotismo degenerado y caduco preparó el camino a la tiranía francesa. Dejar sucumbir el estado en los viejos abusos sería un crimen tan monstruoso como entregarlo en manos de Bonaparte.

Parece haber existido en la Junta Central una originalísima división del trabajo: el partido de Jovellanos se encargaba de proclamar solemnemente las aspiraciones revolucionarias de la nación, y el partido de Floridablanca se reservaba el placer de dejar al otro en falso oponiendo a la ficción revolucionaria hechos contrarrevolucionarios. Para nosotros, empero, el punto decisivo consiste en probar, basándonos en las numerosas manifestaciones de las Juntas provinciales cerca de la Central, el hecho tan a menudo negado de la existencia de aspiraciones revolucionarias en la época del primer movimiento español.

La Batalla de Vitoria y fuga a Francia del Rey Intruso

La manera cómo la Junta Central aprovechó las oportunidades que se le ofrecían para llevar a cabo reformas, gracias a la buena disposición de la nación, al rápido ritmo de los acontecimientos y la presencia de un peligro inmediato, puede ser inferida de la influencia ejercida por sus comisarios en las varias provincias a que fueron enviados. Cándidamente nos dice un autor español que la Junta Central, nada sobrada de hombres capaces, tuvo buen cuidado en retener en su centro a los miembros eminentes, enviando a la periferia a los que no servían para nada. Estos comisarios estaban investidos con la autoridad de presidir las juntas provinciales y de representar la Junta Central con todos sus atributos. Daremos algunos ejemplos de su actuación: el general de la Romana, al que los soldados españoles solían llamar “marqués de las romerías” por sus perpetuas marchas y contramarchas, sin entablar nunca combate si no es que no le  quedaba ya otra salida, llegó a Asturias, expulsado de Galicia por Soult, como comisario de la Junta Central. Su primera actuación consistió en entrar en conflicto con la junta provincial de Oviedo, cuyas enérgicas y revolucionarias medidas le habían acarreado el odio de las clases privilegiadas. Procedió entonces a disolverla y a reconstituirla con personas de su agrado. Informado de esas luchas intestinas en una provincia cuya resistencia contra los franceses había sido unánime, el general Ney lanzó inmediatamente sus tropas contra Asturias, expulsó al “marqués de las romerías”, y entró en Oviedo y saqueó la ciudad durante tres días. Al evacuar los franceses Galicia a fines de 1809, nuestro “marqués” y comisario de la Junta Central llegó a La Coruña reuniendo en su persona toda pública autoridad, suprimió las juntas locales que se habían multiplicado con la insurrección y colocó en su lugar gobernadores militares, amenazando a los miembros de aquellas juntas con perseguirles, persiguiendo efectivamente a los patriotas, adoptando una total benignidad para con todos aquellos que habían abrazado la causa del invasor y mostrando en todos los demás aspectos una tozudez malévola, impotente y caprichosa. ¿Y cuáles habían sido las medidas de las juntas provinciales y locales de Galicia? Habían dispuesto un reclutamiento general sin exenciones de clases ni personas, habían establecido impuestos que gravaban a capitalistas y propietarios, habían disminuido los sueldos de los funcionarios públicos y habían ordenado a las comunidades eclesiásticas que pusieran a su disposición las rentas de que disfrutaban: en una palabra, habían tomado medidas revolucionarias. Desde el momento en que el glorioso “marqués de las Romerías” llegó a Asturias y Galicia, aquellas dos provincias que eran las que más se habían distinguido  or la generalidad de la resistencia opuesta al francés, dejaron de participar en la guerra por la independencia apenas ellas mismas no estuvieron en inmediato peligro de invasión.

En Valencia, ciudad en la que parecieron abrirse nuevas perspectivas mientras el pueblo se encontró entregado a sí mismo y a jefes de su propia elección, el espíritu revolucionario fue aplastado también por la influencia del gobierno central. No contenta con colocar la provincia bajo el mando de un don José Caro, la Junta Central envió como “propio” comisario al barón de Labazora. Este barón entró en pugna con la junta provincial por haber desobedecido ésta cierta orden superior y abrogó la disposición por virtud de la cual la junta había decidido juiciosamente suspender la provisión de canonjías, beneficios y encomiendas eclesiásticas, destinando sus rentas al sostenimiento de los hospitales de guerra. Así se originó la acre pugna entre la Junta Central y la de Valencia; a ello se debió también, algo más tarde, el letargo de Valencia bajo la liberal administración del mariscal Suchet, así como la prontitud con la que la ciudad proclamó a Fernando VII al regreso de éste, contra el gobierno entonces revolucionario.

El Palleret Es el sobrenombre con el que se conoce a Vicente Doménech, personaje popular y destacado en la Guerra de la Independencia

En Cádiz, la ciudad más revolucionaria de España en aquella época, la presencia del comisario de la Junta Central, el estúpido y vanidoso marqués de Vitel, provocó el estallido de una insurrección los días 22, 23 de febrero de 1809, la cual, si no hubiera sido canalizada pronto por la guerra, habría tenido las consecuencias más desastrosas.

No hay mejor prueba del grado de discreción manifestado por la Junta Central en el nombramiento de sus comisarios que el caso del delegado enviado a Wellington,señor Lozano de Torres, el cual, aunque humillándose en servil adulación del general inglés, informó secretamente a la Junta de que las quejas del jefe militar sobre escasez de víveres carecían de todo fundamento. Tras descubrir el doble juego de aquel pícaro, Wellington lo expulsó denigrantemente de su campamento.

La Junta Central se encontró en óptimas circunstancias para realizar lo que había proclamado en uno de sus manifiestos a la nación española: “Ha determinado la Providencia que en esta terrible crisis no podáis dar un paso hacia la independencia sin darlo al mismo tiempo hacia la libertad“. Al principio de su reinado el francés no dominaba aún una tercera parte de España.

La Junta Central no tropezó con las antiguas autoridades, o las halló descalificadas por su connivencia con el invasor, o dispersas luego de haberse vendido. No había medida de reforma social que no pudiera asimilarse a la causa de la defensa del país, traspasando la propiedad y el poder de manos de la Iglesia y de la aristocracia a las de la clase media y de los campesinos.

Pedro Caro y Sureda, Marqués de la Romana

La Junta Central se encontraba en la misma favorable situación que el Comité de salut public francés, a saber, en la de poder apoyar la revolución en las necesidades de la defensa contra la agresión extranjera; tenía además  ante sí el ejemplo de la audaz iniciativa que algunas provincias  habian mostrado bajo la presión de las circunstancias. Pero no satisfecha con gravitar como un peso muerto sobre la revolución española, la Junta actuó positivamente en un sentido contrarrevolucionario restableciendo las antiguas autoridades, volviendo a forjar las cadenas que habían sido rotas, apagando el fuego revolucionario en dondequiera que se encendiera y por el procedimiento de no hacer nada e impedir que otros hicieran algo. Durante la estancia de la Junta en Sevilla  el  propio gobierno tory inglés creyó necesario dirigirle el 20 de junio de 1809 una nota de enérgica protesta contra su actuación contrarrevolucionaria ”por considerar que esa conducta puede fácilmente ahogar el entusiasmo público“. Se ha observado más de una vez que España ha sufrido todos los males de la revolución sin adquirir robustez revolucionaria. Si algo hay de exacto en esa observación es su implícita y contundente condena de la Junta Central.

Hemos creído que era ante todo necesario insistir en ese punto, ya que su decisiva importancia no ha sido nunca comprendida por ningún historiador europeo. Sólo bajo el gobierno de la Junta Central fue posible fundir con las necesidades y exigencias de la defensa nacional la transformación de la sociedad española y la emancipación del espíritu nacional, sin lo cual toda constitución política tiene que disolverse como un fantasma al más ligero choque con la vida real. Las Cortes se encontraron ya en circunstancias completamente distintas, reducidas a un aislado rincón de la península, separadas del cuerpo principal del reino durante dos años por el acoso del ejército francés y representando la España ideal mientras la España real se encontraba en plena lucha o había sido ya conquistada. En el momento de las Cortes, España estaba dividida en dos partes. En la isla de León, ideas sin acción; en el resto de España, acción sin ideas. En tiempos de la Junta Central, por elcontrario, hizo falta por parte del gobierno especial debilidad, incapacidad y mala voluntad para trazar una línea divisoria entre la guerra española y la revolución española. Las Cortes, pues, fracasaron no por ser revolucionarias, como dicen escritores franceses e ingleses, sino porque sus predecesores fueron reaccionarios y perdieron la verdadera oportunidad para la acción revolucionaria. Modernos escritores españoles ofendidos por los críticos anglo-franceses se han mostrado sin embargo incapaces de refutarles, y siguen soportando el bonmot del abbé de Pradt: “El pueblo español parece la mujer de Sganarello, que deseaba que la pegaran“.

 

[New York Daily Tt•ibune, 27 de octubre de 1854]

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V

La Junta Central fracasó en la defensa de su país porque fracasó en su misión revolucionaria. Consciente  como era de su propia debilidad, de la inestable sustantancia de su poder y de su extrema impopularidad, ¿cómo podía intentar resolver las rivalidades, envidias y arrogantes pretensiones de sus generales, fenómenos comunes a todas las épocas revolucionarias, sino por medio de trucos indignos y de mezquinas intrigas? Paralizada como estuvo por constantes temor y sospechas respecto de sus propios jefes militares, podemos prestar fe al testimonio de Wellington, que escribía a su hermano, el marqués de Wellesley, con fecha de 1 de septiembre de 1809:

Tengo mucho temor por lo que he visto de los procedimientos de la Junta Central, pues en la distribución de sus fuerzas no considera tanto la defensa y las operaciones militares cuanto la intriga política y la consecución de triviales objetivos políticos.

En tiempos revolucionarios, cuando se relajan todos los lazos de la subordinación, la disciplina militar no puede ser restablecida sino por el severo peso de la disciplina civil sobre los generales. Al no poder la Junta Central por su incongruente naturaleza, realizar nunca con éxito la supervisión de sus generales, los generales fracasaron a su vez en el intento de conseguir la obediencia de sus soldados, y la guerra terminó sin que el ejército español llegara a conseguir un grado aceptable de disciplina y subordinación. Esa insubordinación era además agudizada por la falta de víveres, ropas y las demás cosas materialmente necesitadas por un ejército -pues la moral de un ejército, para usar la expresión de Napoleón, depende siempre de su situación material-. La Junta Central fue incapaz de proveer con regularidad al ejército, pues para ello no bastaban los manifiestos del pobre poeta Quintana; por otra parte, para dar fuerza coactiva a sus disposiciones la Junta habría tenido que recurrir a las mismas medidas revolucionarias que había condenado en las provincias. Pero el alistamiento general sin respetar privilegios ni exenciones y la posibilidad garantizada a todos los españoles de obtener cualquier grado en el ejército fueron obra de las Juntas provinciales y no de la Junta Central. Ahora bien, si las derrotas de los ejércitos españoles fueron así provocadas por las nulidades contrarrevolucionarias de la Junta Central, esos desastres a su vez deprimieron todavía más al gobierno, y al hacerle objeto del desprecio y las sospechas populares aumentaron su dependencia respecto de jefes militares presuntuosos e incapaces.

El ejército regular español, por más que derrotado en  todas partes, seguía no obstante presentándose también en todas. Disperso más de veinte veces, fue siempre capaz de volver a hacer frente al enemigo, y reapareció a menudo después de una derrota con más efectivos que antes. Era completamente inútil derrotarlo, porque gracias a su rápida huida su pérdida en hombres era generalmente reducida y la pérdida de terreno no le desanimaba en absoluto. Retirándose desordenadamente a las sierras, estaba seguro de volver a reunirse y reaparecer cuando menos esperado fuera, robustecido con nuevos refuerzos y capaz, si no de resistir a los ejércitos franceses, sí por lo menos de envolverlos en un continuo movimiento y de obligarlos a dividir sus fuerzas. Más afortunados que los rusos, los españoles no se vieron obligados a morir para intentar escapar de la muerte. La desastrosa batalla de Ocaña, el19 de noviembre de 1809, fue la última gran batalla en campo abierto librada por los españoles; desde ese momento se limitaron a la guerra de guerrillas. El mero hecho de ese abandono de la guerra regular prueba la desaparición del gobierno nacional ante los centrosde gobierno local. Cuando los desastres del ejército regular se repitieron, se generalizó el paso a la guerrilla y la masa del pueblo, deprimida por las derrotas nacionales, se entusiasmó con los éxitos locales de sus héroes. En este punto por lo menos la Junta Central compartió las ilusiones populares: “la Gaceta dio información más completa de cualquier hecho de guerrilla que de la batalla de Ocaña“.

Igual que Don Quijote protestaba con su lanza contra las armas de fuego, así se enfrentaron las guerrillas con Napoleón, pero con otro resultado. “Esas guerrillas, dice el Diario Militar Austríaco (vol. I, 1821), llevan sus bases de operaciones consigo mismas, y toda operación contra ellas termina con la desaparición del objetivo.” Hay que distinguir tres períodos, en la historia de la guerrilla. En el primer período tomó las armas la población de provincias enteras y se lanzó a la guerrilla como en Galicia y Asturias. En el segundo período de guerrillas  constituidas por los restos de los ejércitos españoles, por desertores españoles de los ejércitos franceses, contrabandistas, etc., continuaron la guerra como asunto propio, independientemente de toda ajena disciplina y en función de su inmediato interés. Hechos y circunstancias afortunados colocaron frecuentemente regiones enteras bajo su poder. Mientras las guerrillas fueron de este tipo no tuvieron nunca una envergadura temible ni verdadera compacidad, pero fueron sin embargo peligrosísimas para los franceses. Fueron además la base para que el pueblo se armara. Tan pronto como se ofrecía la oportunidad de una captura importante o se planeaba una empresa de envergadura, la parte más activa y audaz del pueblo se sumaba a las guerrillas. Caían sobre su presa con la mayor rapidez o se colocaban en orden de batalla, según la naturaleza de su empresa. No era infrecuente verlos inmóviles un día entero a la vista del vigilante enemigo para interceptar un correo o capturar víveres. Así capturó el joven Mina al virrey de Navarra nombrado por José Bonaparte, y el guerrillero Julián al comandante de Ciudad Rodrigo. Tan pronto concluía la empresa, cada cual tomaba su propio camino, y pronto se encontraban hombres armados en todas direcciones; los campesinos asociados a la guerrilla volvían tranquilamente a su ocupación habitual “apenas había sido denunciada su ausencia“. Estaban cortadas las comunicaciones por todas las carreteras. Miles de enemigos estaban al acecho sin que ni uno solo pudiera ser descubierto. No se despachaba un correo que no fuera capturado, ni se enviaban suministros que no fueran interceptados; en pocas palabras, cualquier movimiento era espiado por cientos de ojos. Al mismo tiempo, no existían medios para combatir radicalmente ese tipo de resistencia. Los franceses se veían obligados a estar constantemente armados contra un enemigo que en cada momento huía y reaparecía, presente en todas partes y siempre invisible tras el telón de las montañas. “No fueron, dice el abbé de Pradt, batallas ni choques lo que agotó al ejército francés, sino el continuo acoso de un enemigo invisible que al ser perseguido desaparecía disolviéndose en el pueblo, para reaparecer inmediatamente con renovada energía. El león atormentado hasta la muerte por el mosquito de la fábula proporciona un buen cuadro de la situación del ejército francés“.

Sitio de Zaragoza

En su tercer período las guerrillas afectaron la organización de un ejército regular, hincharon sus unidades  hasta los 3.000-6.000 hombres y dejaron de ser asunto de la población entera para caer en manos de unos cuantos caudillos que las utilizaron según convino a sus propios intereses. Esta modificación del sistema guerrillero dio al francés grandes ventajas en la lucha. Imposibilitadas ahora por sus considerables efectivos de hacer lo que habían practicado antes  -esconderse y desaparecer súbitamente sin verse obligados a entablar batalla abierta- los guerrilleros fueron frecuentemente alcanzados y fijados, derrotados, dispersos e imposibilitados de actuar durante cierto tiempo.

Comparando los tres períodos de la guerrilla con la historia política de España, se descubre que aquéllos se corresponden con los respectivos grados en que el espíritu contrarrevolucionario del gobierno consiguió enfriar el estado de ánimo del pueblo. Empezada con el levantamiento de poblaciones enteras, la guerra guerrillera fue luego realizada por bandas cuya reserva estaba constituida  por aquellas mismas poblaciones, y terminó siéndolo por corps francs siempre a punto de atrofiarse en partidas de bandidos o de hundirse hasta el nivel de regimientos regulares.

Lejanía del gobierno, relajamiento de la disciplina, desastres continuos y constante formación, descomposición y reconstrucción de los cuadros durante seis años tienen por fuerza que haber impreso en el cuerpo del ejército español el carácter del pretorianismo, haciéndolo indiferentemente capaz de convertirse en instrumento o en látigo de sus jefes. Por lo que hace a los mismos generales, su situación consistió necesariamente en una de éstas: ser miembros de la Junta Central, querellarse con ella o conspirar contra ella; y constantemente lanzaron a la balanza política el peso de su espada. Así por ejemplo, Cuesta, que parece haber conquistado más tarde la confianza de la Junta Central en la medida en que perdía batallas, empezó  conspirando con el Consejo Real y arrestando a los diputados de León a la Junta Central.

También el general Morla, miembro de la Junta Central se pasó al campo bonapartista después de haber entregado Madrid a los franceses. El mequetrefe del “marqués de las Romerías”, miembro también de la Junta, conspiró contra ella con el fatuo Francisco Palafox, el miserable Montijo y la turbulenta Junta de Sevilla. Los generales Castaños, Blake, La Bisbal (O’Donnell) figuraron e intrigaron como regentes en tiempos de las Cortes, y el capitán general de Valencia, don Javier Elío, entregó finalmente España a merced de Fernando VII. El elemento pretoriano estaba sin duda más desarrollado entre los generales que entre sus tropas.

Por otra parte, el ejército y los guerrilleros -que durante la guerra recibieron parte de sus jefes, como Porlier,  Lacy, Eroles y Villacampa, de las filas de la oficialidad de línea más distinguida, mientras las unidades de línea recibían más tarde jefes guerrilleros, como Mina, el Empecinado, etc.- eran el sector más revolucionario de la sociedad española, reclutado de todas las clases sociales, incorporando en sí toda la juventud patriótica, valerosa y llena de aspiraciones, y cerrándose inaccesiblemente a la soporífera influencia del gobierno central; ambos grupos se habían emancipado de las trabas del gobierno central, y algunos de sus elementos como Riego volvían a España después de años de cautiverio en Francia. No debe pues sorprendernos  la influencia ejercida por el ejército español en ulteriores conmociones, tanto tomando la iniciativa revolucionaria cuanto echando a perderla revolución con su pretorianismo.

Por lo que hace a las guerrillas, es evidente que, tras haber figurado varios años en el escenario de aquellas  sangrientas  luchas, adquirido sus hábitos de vagabundeo, libremente entregadas a todas sus pasiones de odio, venganza y bandidismo, tienen que constituir en tiempo de paz un peligrosísimo elemento, siempre dispuesto a pronunciarse a la menor indicación, en nombre de un partido o principio, a echarse adelante al servicio de quien sea capaz de garantizar buena paga o de ofrecer un pretexto de incursiones y saqueos.

 

[New York  Daily Tribune, 30 de octubre de 1854]

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Plaza de Oriente. Durante el reinado de José Bonaparte, que se extendió desde 1808 hasta 1813, se acometieron las primeras demoliciones de manzanas en el entorno del palacio, dentro de un plan urbanístico de apertura del viario para toda la ciudad, que le valió al monarca el sobrenombre de Pepe Plazuelas (además del archiconocido Pepe Botella).

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España sin Rey – Capítulos 6 -10

 

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